LIBRO VI REPÚBLICA
Comentario1
(484a-488a)
484ª-488ª
Sócrates comienza mostrando su satisfacción por haber
mostrado (finales de libro V) quienes eran los filósofos verdaderos y los que
no. Son aquellos- repite- que pueden alcanzar lo que siempre se mantiene igual a sí
mismo y no los que andan errando por multitud de cosas. Ahora bien, Sócrates se
pregunta a continuación: ¿cuáles de ellos conviene que sean jefes de la ciudad?
Para aclararlo señala una serie de rasgos que deberían poseer aquellos que se
muestren capaces de guardar las leyes y usos de la ciudades. Entre estos rasgos son de
destacar los siguientes: deben tener en su alma un modelo claro de la ciudad ideal;
deben mostrarse apasionados por aprender aquello que puede mostrarles algo de la
esencia siempre existente y no sometida a los extravíos de la generación y la
corrupción; deben odiar la mentira y amar la verdad, y así, desde la
juventud, ser verdaderos amantes del saber sobre toda otra cosa; si son filósofos
verdaderes y no fingidos, se deben entregar enteramente al placer del alma en sí
misma y darán de lado a los placeres del cuerpo; deben estar ausente de sus almas la
vileza y la mezquindad de su pensamiento y tender constantemente a la totalidad y
universalidad de lo divino y de lo humano; tampoco deberán tener a la muerte
por cosa temible sino ser valientes ante la vida y la muerte por lo que una naturaleza
cobarde y vil no podrá formar parte de una naturaleza filosófica verdadera; tambien
deben poseer un alma justa, mansa y sociable; además se vigilará si son
expeditos o torpes en el aprender pues el que es olvidadizo no suele retener nada de lo
aprendido, por ello al alma olvidadiza no debería incluirse entre las propiamente
filosóficas, porque éstas deben de poseer una buena memoria. Sócrates finaliza la
enumeración de los rasgos afirmando que solamente aquellos hombres que llegasen, por su
educación y sus años, a poseer tales rasgos merecerían que se les confiara el
gobierno de la ciudad. {Ver
Texto1a}
Adimanto protesta acerca del análisis realizado por Sócrates sobre los rasgos
que debería poseer un filósofo verdadero y gobernante de la ciudad. Y fundamenta su
postura poniendo como ejemplo los juegos de tablas o del chaquete, en donde los
que eran ágiles y prácticos se quedaban atascados, como sinónimo de lo que podría
sucederles tambien a los filósofos-gobernantes de las ciudades. Y es que los que se dedican
a la filosofía, no sólo en su juventud sino tambien en la madurez resultan ser, en
su mayoría, personajes extraños, por no decir perversos, demostrando en la
práctica ser unos inútiles para el servicio de las ciudades. Sócrates responde
que es verdad lo que está diciendo y lo que la mayoría de la gente piensa y se propone
demostrar que, aùn siendo los filósofos unos inútiles en asuntos de tipo práctico, las
ciudades no saldrán de sus males hasta que tales sujetos manden en ellas. Para justificar
como puede ser cierta esta aparente contradicción, Sócrates, se sirve de una
comparación (Patrón-marineros). {Ver Texto2a}
Presentación
TEXTO1A
(484a-487b)
-Así, pues -dije yo-, tras un largo
discurso se nos ha demostrado al fin, ¡oh, Glaucón! quiénes son filósofos y quiénes
no.
-En efecto -dijo-, quizá no fue posible conseguirlo por más breve camino.
-No parece -dije-; de todos modos, creo que se nos habría mostrado mejor si no
hubiéramos tenido que hablar más que de ello ni nos fuera preciso el discurrir ahora
sobre todo lo demás al tratar de examinar en qué difiere la vida justa de la injusta.
-¿Y a qué -preguntó- debemos atender después de ello?
-¿A qué va a ser -respondí- sino a lo que se sigue?
Puesto que son filósofos aquellos que pueden alcanzar lo que siempre se mantiene igual a
sí mismo y no lo son los que andan errando por multitud de cosas diferentes, ¿cuáles de
ellos conviene que sean jefes en la ciudad?
-¿Qué deberíamos sentar -preguntó- para acertar en
ello?
-Que hay que poner de guardianes -dije yo- a aquellos que se muestren capaces de guardar las leyes y usos de las ciudades.
-Bien -dijo.
-¿Y no es cuestión clara -proseguí- la de si conviene que el que ha de guardar algo sea
ciego o tenga buena vista?
-¿Cómo no ha de ser clara? -replicó.
-¿Y se muestran en algo diferentes de los ciegos
los que de hecho están privados del conocimiento de todo ser y no tienen en su alma
ningún modelo claro ni pueden, como los pintores, volviendo su mirada a lo puramente
verdadero y tornando constantemente a ello y contemplándolo con la mayor agudeza, poner
allí, cuando haya que ponerlas, las normas de lo hermoso, lo justo y lo bueno y
conservarlas con su vigilancia una vez establecidas?
-No, ¡por Zeus! -contestó-. No difieren en mucho.
-¿Pondremos, pues, a éstos como guardianes o a los que tienen el conocimiento de cada
ser sin ceder en experiencia a aquéllos ni quedarse atrás en ninguna otra parte de la
virtud?
-Absurdo sería -dijo- elegir a otros cualesquiera si es que éstos no les son inferiores
en lo demás; pues con lo dicho sólo cabe afirmar que les aventajan en lo principal.
-¿Y no explicaremos de qué manera podrían tener los tales una y otra ventaja?
-Perfectamente.
-Pues bien, como dijimos al principio de esta discusión,
hay que conocer primeramente su índole; y, si quedamos de acuerdo sobre ella, pienso que
convendremos también en que tienen esas cualidades y en que a éstos, y no a otros, hay
que poner como guardianes de la ciudad.
-¿Cómo?
-Convengamos, con respecto a las naturalezas filosóficas, en que éstas se apasionan siempre por aprender aquello que puede
mostrarles algo de la esencia siempre existente y no sometida a los extravíos de
generación y corrupción.
-Convengamos.
-Y además -dije yo-, en que no se dejan perder por su voluntad ninguna parte de ella,
pequeña o grande, valiosa o de menor valor, igual que referíamos antes de los ambiciosos
y enamorados.
-Bien dices -observó.
-Examina ahora esto otro, a ver si es forzoso que se halle, además de lo dicho, en la
naturaleza de los que han de ser como queda enunciado.
-¿Qué es ello?
-La veracidad y el no admitir la mentira- en modo
alguno, sino odiarla y amar la verdad.
-Es probable -dijo.
-No sólo es probable, mi querido amigo, sino de toda necesidad que el que por naturaleza
es enamorado, ame lo que es connatural y propio del objeto amado.
-Exacto -dijo.
-¿Y encontrarás cosa más propia de la ciencia que la verdad?
-¿Cómo habría de encontrarla! -dijo.
-¿Será, pues, posible que tengan la misma naturaleza el filósofo y el que ama la
falsedad?
-De ninguna manera.
-Es, pues, menester que el verdadero amante del saber tienda, desde su juventud, a la
verdad sobre toda otra cosa.
-Bien de cierto.
-Por otra parte, sabemos que, cuanto más fuertemente arrastran los deseos a una cosa,
tanto más débiles son para lo demás, como si toda la corriente se escapase hacia aquel
lado.
-¿Cómo no?
-Y aquel para quien corren hacia el saber y todo lo semejante, ése creo que se entregará
enteramente al placer del alma en sí misma y dará de
lado a los del cuerpo si es filósofo verdadero y no fingido.
-Sin ninguna duda.
-Así, pues, será temperante; y en ningún modo avaro de riquezas, pues menos que a nadie
se acomodan a él los motivos por los que se buscan esas riquezas con su cortejo de
dispendios.
-Cierto.
-También hay que examinar otra cosa cuando hayas de distinguir la índole filosófica de
la que no lo es.
-¿Cuál?
-Que no se te pase por alto en ella ninguna vileza, porque la mezquindad de pensamiento es
lo más opuesto al alma que ha de tender constantemente a la totalidad y universalidad de lo divino y de lo humano.
-Muy de cierto, dijo.
-Y a aquel entendimiento que en su alteza alcanza la contemplación de todo tiempo y de
toda esencia, ¿crees tú que le puede parecer gran cosa la vida humana?
-No es posible -dijo.
-¿Así, pues, tampoco el tal tendrá a la muerte por cosa
temible?
-En ningún modo.
-Por lo tanto, la naturaleza cobarde y vil no podrá, según parece, tener parte en la
filosofía.
-No creo.
-¿Y qué? El hombre ordenado que no es avaro ni vil, ni vanidoso ni cobarde,¿puede
llegar a ser en algún modo intratable o injusto?
-No es posible.
-De modo que, al tratar de ver el alma que es filosófica y la que no, examinarás desde
la juventud del sujeto si esa alma es justa y mansa o
insociable y agreste.
-Bien de cierto.
-Pero hay otra cosa que tampoco creo que pasarás por alto.
-¿Cuál es ella?
-Si es expedita o torpe para aprender: ¿podrás confiar en que alguien tome afición a
aquello que practica con pesadumbre y en que adelanta poco y a duras penas?
-No puede ser.
-¿Y si, siendo en todo olvidadizo, no pudiera retener nada de lo aprendido? ¿Sería
capaz de salir de su inanidad de conocimientos?
-¿Cómo?
-Y trabajando sin fruto, ¿no te parece que acabaría forzosamente por odiarse a sí mismo
y al ejercicio que practica?
-¿Cómo no?
-Por lo tanto, al alma olvidadiza no la incluyamos
entre las propiamente filosóficas, sino procuremos que tenga buena memoria.
-En un todo.
-Pues por lo que toca a la naturaleza inarmónica e informe, no diremos, creo yo, que
conduzca a otro lugar sino a la desmesura.
-¿Qué otra cosa cabe?
-¿Y crees que la verdad es connatural con la desmesura o con la moderación?
-Con la moderación.
-Busquemos, pues, una mente que, a más de las otras cualidades, sea por naturaleza mesurada y bien dispuesta y que por sí misma se deje
llevar fácilmente a la contemplación del ser en cada cosa.
-¡Cómo no!
-¿Y qué? ¿No creerás acaso que estas cualidades, que hemos expuesto como propias del
alma que ha de alcanzar recta y totalmente el conocimiento del ser, no son necesarias ni
vienen traídas las unas por las otras?
-Absolutamente necesarias -dijo.
-¿Podrás, pues, censurar un tenor de vida que nadie sería capaz de practicar sino
siendo por naturaleza memorioso, expedito en el estudio, elevado de mente, bien dispuesto,
amigo y allegado de la verdad, de la justicia, del valor y de la templanza?
-Ni el propio Momo -dijo- podría censurar a una tal
persona.
-Y cuando estos hombres -dije yo- llegasen a madurez por su educación y sus años, ¿no
sería a ellos a quienes únicamente confiarías la
ciudad?
Comentario1
Presentación
TEXTO2A
(487b-488a)
Entonces Adimanto dijo:
-¡Oh, Sócrates! Con respecto a todo eso que has dicho, nadie sería capaz de
contradecirte, pero he aquí lo que les pasa una y otra vez a los que oyen lo que ahora
estás diciendo: piensan que es por su inexperiencia en preguntar y responder por lo que
son arrastrados en cada pregunta un tanto fuera de camino por la fuerza del discurso, y
que, sumados todos estos tantos al final de la discusión, el error resulta grande, con lo
que se les muestra todo lo contrario de lo que se les mostraba al principio; y que, así
como en los juegos de tablas los que no son prácticos
quedan al fin bloqueados por los más hábiles y no saben adónde moverse, así también
ellos acaban por verse cercados y no encuentran nada que decir en este otro juego que no
es de fichas, sino de palabras, bien que la verdad nada aventaje con ello. Digo esto
mirando al caso presente: podría alguien decir que no hay nada que oponer de palabra a
cada una de tus cuestiones, pero en la realidad se ve que cuantos, una vez entregados a la
filosofía, no la dejan después, por no haberla abrazado simplemente para educarse en su
juventud, sino que siguen ejercitándola más largamente, éstos resultan en su mayoría
unos seres extraños, por no decir perversos, y los que parecen más razonables, al pasar
por ese ejercicio que tú tanto alabas se hacen inútiles
para el servicio de las ciudades.
Y yo al oírle dije: -¿Y piensas que los que eso afirman no dicen verdad?
-No lo sé -contestó-; pero oiría con gusto lo que tú opinas.
-Oirás, pues, que me parece que dicen verdad.
-¿Y cómo se puede decir -preguntó- que las ciudades no saldrán de sus males hasta que
manden en ellas los filósofos, a los que reconocemos inútiles para aquéllas!
-Has hecho una pregunta -dije- a la que hay que contestar con una comparación.
-¡Pues sí que tú no acostumbras, creo yo, a hablar por comparaciones! -exclamó.
Comentario1
Presentación
LIBRO VI REPÚBLICA
Comentario2
(488a-497b)
488ª-497b
Sócrates comienza a describir la comparación que le
permita demostrar que las ciudades unicamente podrán salir de sus males si son gobernadas
por filósofos aunque las gentes los consideren como inútiles. Figúrate afirma-
que en una nave o en varias ocurre algo así como lo que se va a contar a continuación:
hay un patrón (representa al pueblo y su figura recuerda a la del personaje de
los Caballeros de Aristófanes (Demo, de Pnix, un viejecillo gruñón y algo
sordo) así como al caballo de la Apología que es un poco lento por su gran tamaño y
necesita de algún tábano que lo aguijonee. A este patrón, representante del
pueblo, no es al que Sócrates critica sino a la chusma indigna) más corpulento y fuerte
que todos los demás de la nave, pero un poco sordo, otro tanto corto de vista y con
conocimientos naúticos parejos a su vista y a su oido; los marineros
(representan la chusma indigna que se aprovecha de la ineptitud del patrón y recuerda a
un pasaje de Carlyle en donde unos marineros deciden por votación las maniobras relativas
al paso de Hornos) están en reyerta unos con otros por llevar el timón, creyendo cada
uno de ellos que debe regirlo sin haber aprendido jamás el arte del timonel. Aseguran que
tal oficio no es cosa de estudio y se muestran dispuestos a hacer pedazos a quien diga que
si los es. Por ello rodean al patrón exigiéndole que entregue el timón, y sucede que,
si no le persuaden, sino que hace caso a otros, entonces éstos son arrojados por la
borda; a continuación dejan impedido al patrón con mandrágora, con vino o cualquier
otro medio y se ponen a mandar en la nave apoderándose de lo que en ella hay. Y asi,
bebiendo y banqueteando, navegan como es natural que lo hagan tales gentes y llaman hombre
de mar y buen piloto a todo aquel que se muestra dispuesto ayudarles, y, por medio de la
persuasión o la fuerza, censuran al que no lo hace. Rechazan que sea importante el
preocuparse, para una buena navegación, del tiempo, las estaciones, del cielo, los astros
y los vientos, asi como de todo aquello que atañe al arte de navegar, ya que es algo que
no es posible aprenderlo ni como ciencia ni como práctica. Pues bien, interroga
Sócrates, es evidente que, en este contexto, el piloto verdadero será
considerado como un inutil y un charlatán por los que navegan en naves
dispuestas de este modo. Afirma tambien que no se necesita ser muy lince para ver como la
comparación representa fielmente la actitud de las ciudades respecto de los filósofos
verdaderos. Por consiguiente, es cierto, señala Sócrates, que los más discretos
filósofos son inútiles para la multitud, pero la culpa de tal inutilidad no se
debe a la filosofía sino a quienes no saben servirse de ella y de sus representantes
verdaderos. Y es que no es natural que el piloto suplique a los marineros que se dejen
gobernar por él ni que los sabios vayan a pedir a la puerta de los ricos, sino lo
contario. {Ver Texto1b}
Despues de explicar en que sentido los buenos filósofos son inútiles, Sócrates,
comienza analizar tambien el porque la mayor parte de ellos son considerados tambien como
malos, con el objeto de demostrar que tampoco de esto es culpable la filosofía. Para
fundamentar tal demostración, Sócrates, comieza trayendo a colación algo que había
señalado anteriormente y referido a que la principal cualidad del filósofo consistía en
perseguir la verdad para todo asunto. En este sentido, tales filósofos, representan
a los verdaderos amantes del conocimiento por intentar alcanzar la naturaleza
misma de cada una de las cosas que existen a través del aquella parte del alma a
que corresponde. Con ello el filósofo obtiene conocimiento, verdadera vida y alimento
verdadero. En este contexto, por tanto, es evidendete que el filósofo tendrá que ser enemigo
de la mentira a la que odiará sobremanera. Pero al mismo tiempo continúa
Sócrates- para alcanzar todo esto el filósofo ha de poseer un carácter sano, justo
y templado. Tambien esto ya se había establecido anteriormente- estos
filósofos deberían poseer la facilidad para aprender y una gran memoria.
Pues bien se pregunta Sócrates- ¿cómo es posible que este tipo de sujetos
puedan ser considerados no sólo inútiles sino tambien malos? Para explicar este
fenómeno sería preciso, según Sócrates, examinar las causas de que se
corrompa en muchos la naturaleza anteriormente descrito y de que sólo escapen unos pocos
a esa corrupción, de tal modo que, aún siendo para el vulgo inútiles, ya no son
considerados al menos como malos. Despues afirma Sócrates que pasará a analizar a
aquellos caracteres que imitan mal a las naturalezas privilegiadas siendo responsables de
colgar a la filosofía la mala reputación de los filósofos. (En definitiva, Sócrates va
diferenciar entre dos clases de corrupción (ponería): la que resulta de la
corrupción de un alma bien dotada y la que resulta de la vileza de los
falsos filósofos). {Ver Texto2b}
Sócrates comienza haciendo referencia a las causas de la corrupción de las
almas filosóficas. Señala que tales almas se dan raras veces y en muy pocos
hombres pero que ello no implica que no puedan corromperse en relación con la templanza,
el valor y todas las demás cualidades descritas anteriormente. Y es que, según
Sócrates, cuanto más fuerte es un ser vivo o vegetal, tanto mayor será la
falta de condiciones adecuadas en el caso de que falle la alimentación o el clima. Ello
explicaría que las naturaleza más fuertes y más perfectas, al ser sometidas a un
género de vida ajeno a ella, salen mucho más perjudicadas que las de baja calidad. Este
principio de corruptio optimi pessima parece haber sido importante en la doctrina
socrática: Aquellos de los hombres que están mejor dotados y tienen mayor grandeza
de alma, llegan a ser los mejores y los más útiles y aprenden lo que se debe hacer;
pero, cuando no han sido educados ni instruidos, resultan los seres más perversos.
En definiva, según Sócrates, las almas mejor dotadas se vuelven particularmente
malas cuando reciben mala educación. Así los grandes delitos y la maldad refinada no
nace de las naturalezas inferiores sino de almas nobles viciadas por la educación.
Pues bien, en este contexto, si la naturaleza filosófica que venimos analizando obtiene
una educación adecuada, entonces se desarrolla hasta alcanzar toda clase de virtudes;
pero si es sembrada, arraiga y crece en lugar no adecuado, entonces llegará a todo lo
contrario. Sócrates citas a los sofistas y sus discípulos como representación
de este último tipo de filósofos asi como de aquellos que sentado todos juntos en asambleas
u otras reuniones públicas censuran con gran alboroto algunas de las cosas que se dicen o
hacen, chillan y aplauden redoblando asi el estruendo de sus censuras o alabanzas. Pues
bien, en un ambiente educativo de este tipo no es de extrañar que jovenes aptos
y con almas naturalmente buenas y filosóficas se vuelvan particularmente malas cuando
reciben tal educación. {Ver Texto3b}
Sócrates habla, a continuación, de la mayor fuerza corruptora cuando
se refiere al empleo del uso de la fuerza como medio persuasor y educativo y
señala que en una organización política de este tipo solamente podría salvarse con la
ayuda de la providencia divina. Acusa de nuevo a los sofistas de malos filósofos
ya que con sus enseñanzas lo único que persiguen es fundamentar las opiniones del vulgo
dándoles el nombre de ciencia. Sucede lo mismo- señala Sócrates- que si el guardián de
una criatura grande y poderosa se aprendiera bien sus instintos y respuestas, sus
puntos flacos en relación con la fiereza y la mansedumbre y considerarse todo esto como
una ciencia y, sobre tal base, se dedicara a la enseñanza ignorando lo que en el fondo
explica tales tendencias. De este modo, con arreglo a tal criterio, no sería de extrañar
que llamara bueno a aquello con que la criatura goza y malo a lo que a ella le molesta,
sin dar otra explicación acerca del porque de estas calificaciones. Ahora bien, según
Sócrates, es evidente que a esa criatura grande y poderosa, es decir, al vulgo le
es imposible reconocer que existe lo bello en sí pero no la multiplicidad de las
cosas bellas. Ello quiere decir que es imposible que ni el vulgo ni sus representantes
pueden llegar a ser buenos filósofos sino que éstos deben ser vituperados por él. Pues
bien se pregunta Sócrates- ¿qué medio de salvación podría existir para que
una naturaleza filosófica persevere hasta el fín en su menester? Sócrates señala
que no es nada facil. Y es que cuando la ciudad o la familia perciben que, desde pequeño,
alguno de sus miembros descollan por su capacidad de memoria, valor, magnanimidad, etc
resulta evidente que sus parientes y conciudanos querrán servirse de él para sus propios
fines lo que significará que se comience por adular de antemano su futuro poder.
Pues bien, a una persona en tal situación le será muy dificil usar bien de sus dones
naturales pues es de esperar que caiga en la tentación de adquirir grandes esperanzas
creyendo que va a ser capaz de gobernar a helenos y a bárbaros para remontarse así a las
alturas, lleno de presunción e insensata vanagloria. Tambien es de esperar que si alguien,
con buenas intenciones, se acerca a él y le dice tranquilamente la verdad
(alusión a la relación de Sócrates con Alcibíades) lo más seguro es que no le
escuche. Y en el caso de que lo haga, las presiones del entorno lo más seguro es que se
hagan insoportables tanto para él como para su buen maestro al que se atacará con
acechanzas privadas y procesos públicos (alusión del Platón al proceso de Sócrates
que será acusado de corromper a la juventud). En definitiva, será muy dificil que tal
persona llegue a ser un filósofo verdadero. En vez de ello nos encontraremos con que
almas que por naturaleza estarían verdaderamente capacitados para ser buenos filósofos,
se apartarán de ella y la dejarán solitaria y célibe del mismo modo que sucede con las doncellas
huérfanas (epíkleros) a la que se niegan a tomar en matrimonio los parientes más
cercanos a quienes por ley correspondía hacerlo y cae, por ello, en manos del primer
recien llegado, del que nacerá la prole que se puede suponer. En definitiva, el
lugar de los que podrían ser, por naturaleza, auténticos filósofos, harán su
aparición las imágenes falsas de la filosofía verdadera en personajes que se
abalanzan a ella abandonando sus oficios naturales (Diógenes el cínico
era cambista; Protágoras era leñador; Eutidemo era maestro de esgrima
e Isócrates un logógrafo) sucediendo con ellos lo que pasa con un esclavo
calderero calvo y rechoncho que se hace rico y se casa con la hija del dueño porque ella
es pobre y está sóla. {Ver Texto4b}
Nos quedamos, por tanto, sigue analizando Sócrates, con un pequeñísimo número
de personas dignas de tratar con la filosofía. En este contexto, hace referencia a
aquellos que aislados por el destierro y alejados de las intrigas de la ciudad
han podido conservar su alma noble ya que, muchas veces, una comunidad pequeña hace a un
alma grande (Heráclito? Euclides de Megara? Anaxágoras?). Este tipo de personaje se
define por despreciar los asuntos de la ciudad no considerándolos dignos de
atención; tambien pueden ser personas que mostrando desdén por sus oficios
(Fedón o Simón de Atenas que era Zapatero) o que abandonan la política por
causa de alguna enfermedad (Téages) o que llegán a la filosofía por una señal
demónica (como sucedió al mismo Sócrates) y, sobre la base de que todos poseen un
alma armónica, llegan a gustar de la dulzura y la felicidad del bien de la filosofía.
Pues bien este pequeño grupo que se salva de la quema general llega a percibir claramente
que la criatura grande y fuerte (el vulgo), a la que los falsos filósofos adulan,
constituye una multitud que está loca y se dan cuenta que casi nadie hace nada juicioso
en política. Pues bien, en tal contexto, es evidente que estos auténticos filósofos
acabarán por sentirse como caidos en medio de bestias feroces por negarse a participar en
sus fechorías. Esta sería otra razón que explicaría el porque se considera, no
solamente como inútiles, sino tambien como malos a los filósofos
verdaderos: bien porque, aún poseyendo auténticas naturalezas filosóficas, han sido
incapaces de superar las presiones y, con ello, se vuelven autenticamente malos; bien
porque, aún sin tener auténticas naturalezas filosóficas, deciden ejercer la filosofía
de un modo vil con lo que tambien serían auténticamente malos; bien, porque, aún siendo
buenos y verdaderos filósofos, son considerados malos por el vulgo. Al llegar a este
punto, Sócrates afirma que ya se ha hablado bastante acerca de las razones que podrían
explicar el por qué se ha tratado tan injustamente a la filosofía. {Ver Texto5b}
Presentación
TEXTO1B
(488a-489d)
-Bien -dije-, ¿te burlas de mí, después de haberme lanzado
a una cuestión tan difícil de exponer? Escucha, pues, la comparación y verás aún mejor cuán torpe soy en
ellas. Es tan malo el trato que sufren los hombres más juiciosos de parte de las
ciudades, que no hay ser alguno que tal haya sufrido; y así, al representarlo y hacer la
defensa de aquéllos, se hace preciso recomponerlo de muchos elementos, como hacen los
pintores que pintan los ciervos-bucos y otros seres
semejantes. Figúrate que en una nave o en varias ocurre algo así como lo que voy a
decirte: hay un patrón más corpulento y fuerte que todos
los demás de la nave, pero un poco sordo, otro tanto corto de vista y con conocimientos
náuticos parejos de su vista y de su oído; los marineros
están en reyerta unos con otros por llevar el timón, creyendo cada uno de ellos que debe
regirlo sin haber aprendido jamás el arte del timonel ni poder señalar quién fue su
maestro ni el tiempo en que lo estudió, antes bien, aseguran que no es cosa de estudio y, lo que es más, se muestran dispuestos a hacer pedazos al que diga que lo es. Estos tales rodean al patrón
instándole y empeñándose por todos los medios en que les entregue el timón; y sucede
que, si no le persuaden, sino más bien hace caso de otros, dan muerte a éstos o les
echan por la borda, dejan impedido al honrado
patrón con mandrágora, con vino o por cualquier otro medio y se ponen a mandar en la
nave apoderándose de lo que en ella hay. Y así, bebiendo y banqueteando, navegan como es
natural que lo hagan tales gentes Y, sobre ello, llaman
hombre de mar y buen piloto y entendido en la náutica a todo aquel que se da arte a ayudarles en tomar el mando por medio de la persuasión o
fuerza hecha al patrón y censuran como inútil al que no lo hace; y no entienden tampoco
que el buen piloto tiene necesidad de preocuparse del tiempo, de las estaciones, del
cielo, de los astros, de los vientos y de todo aquello que atañe al arte si ha de ser en realidad jefe de la nave. Y en cuanto al
modo de regirla, quieran los otros o no, no piensan que sea posible aprenderlo ni como
ciencia ni como práctica, ni por lo tanto el arte del pilotaje. Al suceder semejantes
cosas en la nave, ¿no piensas que el verdadero piloto será llamado un miracielos, un charlatán, un inútil por los que navegan
en naves dispuestas de ese modo?
-Bien seguro -dijo Adimanto.
-Y creo -dije yo- que no necesitas examinar por menudo la comparación para ver que
representa la actitud de las ciudades respecto de los verdaderos filósofos, sino que
entiendes lo que digo.
-Bien de cierto -repuso.
-Así, pues, instruye en primer lugar con esta imagen a aquel
que se admiraba de que los filósofos no reciban honra en las ciudades y trata de
persuadirle de que sería mucho más extraño que la recibieran.
-Sí que le instruiré -dijo.
-E instrúyele también de que dice verdad en lo de que los más discretos filósofos son
inútiles para la multitud, pero hazle que culpe de su inutilidad a los que no se sirven
de ellos y no a ellos mismos. Porque no es natural que el piloto suplique a los marineros
que se dejen gobernar por él ni que los sabios vayan a pedir a las puertas de los ricos, sino que miente el que dice tales gracias y la verdad
es, naturalmente, que el que está enfermo, sea rico o pobre, tiene que ir a la puerta del
médico, y todo el que necesita ser gobernado, a la de aquel que puede gobernarlo; no que
el gobernante pida a los gobernados que se dejen gobernar si es que de cierto hay alguna
utilidad en su gobierno. No errarás, en cambio, si comparas
a los políticos que ahora gobiernan con los marineros de que hablábamos hace un momento,
y a los que éstos llamaban inútiles y papanatas, con los verdaderos pilotos.
-Exactamente -observó.
-Por lo tanto, y en tales condiciones, no es fácil que el mejor tenor de vida sea habido
en consideración por los que viven de manera contraria, y la más grande, con mucho, y
más fuerte de las inculpaciones le viene a la filosofía de aquellos que dicen que la
practican; a ellos se refiere el acusador de la filosofía de que tú hablabas al afirmar
que la mayor parte de los que se dirigen a aquélla son unos perversos, y los más
discretos, unos inútiles, cosa en que yo convine contigo. ¿No es así?
-Sí.
Comentario2
Presentación
TEXTO2B
(489e-491a)
-¿Hemos, pues, explicado la causa de que los buenos sean
inútiles?
-En efecto.
-¿Quieres que a continuación expongamos cuán forzoso es que la mayor parte de ellos
sean malos y que, si podemos, intentemos mostrar
que tampoco de esto es culpable la filosofía?
-Ciertamente que sí.
-Sigamos, pues, hablando y escuchando por turno, pero recordando antes el lugar en que
describíamos las cualidades innatas que había de reunir forzosamente quien hubiera de
ser hombre de bien. Y su principal y primera cualidad era,
si lo recuerdas , la verdad, la cual debía él
perseguir en todo asunto y por todas partes si no era un embustero que nada tuviese que
ver con la verdadera filosofía.
-En efecto, así se dijo.
-¿Y no era ese un punto absolutamente opuesto a la opinión general acerca del filósofo?
-Efectivamente -dijo.
-Pero ¿no nos defenderemos cumplidamente alegando que el verdadero amante del
conocimiento está naturalmente dotado para luchar en persecución del ser y no se detiene
en cada una de las muchas cosas que pasan por existir, sino que sigue adelante, sin
flaquear ni renunciar a su amor hasta que alcanza la naturaleza misma de cada una de las
cosas que existen, y la alcanza con aquella parte de su alma a que corresponde, en virtud
de su afinidad, el llegarse a semejantes especies, por
medio de la cual se acerca y une a lo que realmente existe y engendra inteligencia y
verdad, librándose entonces, pero no antes, de los dolores de su parto, y obtiene
conocimiento y verdadera vida y alimento verdadero.
-No hay mejor defensa -dijo.
-¿Y qué? ¿Será propio de ese hombre el amar la mentira
o todo lo contrario, el odiarla?
-El odiarla -dijo.
-Ahora bien, si la verdad es quien dirige, no diremos, creo yo, que vaya seguida de un
coro de vicios.
-¿Cómo ha de ir?
-Sino de un carácter sano y justo, al cual acompañe también la templanza.
-Exacto -dijo.
-Pero ¿qué falta hace volver a poner en fila, demostrando que es forzoso que existan, el
coro de las restantes cualidades filosóficas? En efecto, recuerdas, creo yo, que
resultaron propios de estos seres el valor, la magnanimidad, la facilidad para aprender,
la memoria. Y, como tú objetaras que toda persona se verá obligada a convenir en lo que
decimos, pero, si prescindiera de los argumentos y pusiera su atención en los seres de
quienes se habla, dirá que ve cómo los unos de entre ellos son inútiles y la mayor
parte perversos de toda perversidad, hemos llegado ahora, investigando el fundamento de
esta interpretación malévola, a la cuestión de por
qué son malos la mayor parte de ellos; ésa es la razón por la cual nos ha sido forzoso
volver a estudiar y definir el carácter de los auténticos filósofos.
-Así es -dijo.
-Siendo ésta -seguí- su naturaleza, precisa examinar las causas
de que se corrompa en muchos y de que sólo escapen a esa corrupción unos pocos a
quienes, como tú decías, no se les llama malos, pero sí inútiles. Y pasaremos después
a aquellos caracteres que imitan a esa naturaleza y la suplantan en sus menesteres y
veremos qué clase de almas son las que, emprendiendo una ocupación de la cual no son
dignas ni están a la altura, se propasan en muchas cosas y con ello cuelgan a la
filosofía esa reputación común y universal de que hablas.
Comentario2
Presentación
TEXTO3B
(491a-492d)
-¿Y cuáles son -dijo- las causas de corrupción a que te refieres?
-Intentaré exponértelas -dije- si soy capaz de ello. He aquí un punto en que todos,
creo yo, me darán la razón: una naturaleza semejante
a la descrita y dotada de todo cuanto hace poco exigimos para quien hubiera de hacerse un
filósofo completo, es algo que se da rara vez y en muy pocos hombres. ¿No crees?
-En efecto.
-Pues bien, mira cuántas y cuán grandes causas pueden corromper a esos pocos.
-¿Cuáles son, pues?
-Lo que más sorprende al oírlo es que, de aquellas cualidades que ensalzábamos en el
carácter, todas y cada una de ellas pervierten el alma que las posee y la arrancan de la
filosofía. Quiero decir el valor, la templanza y todo lo que enumerábamos.
-Sí que suena raro al oírlo -dijo.
-Y además -continué- también la pervierten y apartan todas las cosas a las que se llama
bienes: la hermosura, la riqueza, la fuerza corporal, los parentescos, que hacen poderoso
en política, y otras circunstancias semejantes. Ya tienes idea de a qué me refiero.
-La tengo -asintió-. Pero me gustaría conocer más pormenores de lo que dices.
-Pues bien -seguí-, toma la cuestión rectamente, en sentido general, y se te mostrará
perspicua y no te parecerá ya extraño lo que se ha dicho acerca de ella.
-¿Qué quieres, pues, que haga? -dijo.
-De todo germen o ser vivo vegetal o animal sabemos -dije- que, cuanto más fuerte sea, tanto mayor será la falta de condiciones
adecuadas en el caso de que no obtenga la alimentación o bien el clima o el suelo que a
cada cual convenga. Porque, según creo, lo malo es más contrario de lo bueno que de lo
que no lo es.
-¿Cómo no va a serlo?
-Es, pues, natural, pienso yo, que la naturaleza más perfecta, sometida a un género de
vida ajeno a ella, salga peor librada que la de baja calidad.
-Lo es.
-¿Diremos, pues, Adimanto -pregunté-, que del mismo modo las almas mejor dotadas se vuelven particularmente malas cuando reciben
mala educación? ¿O crees que los grandes delitos y la maldad refinada nacen de
naturalezas inferiores y no de almas nobles viciadas por la educación, mientras que las
naturalezas débiles jamás serán capaces de
realizar ni grandes bienes ni tampoco grandes males?
-No opine así -dijo-, sino como tú.
-Pues bien, es forzoso, creo yo, que, si la naturaleza filosófica que definíamos obtiene
una educación adecuada, se desarrolle hasta alcanzar todo género de virtudes; pero, si
es sembrada, arraiga y crece en lugar no adecuado, llegará a todo lo contrario si no
ocurre que alguno de los dioses le ayude. ¿O crees tú también, lo mismo que el vulgo,
que hay algunos jóvenes que son corrompidos por los sofistas,
y sofistas que, actuando particularmente, les corrompen en grado digno de consideración y
no que los mayores sofistas son quienes tal dicen, los cuales sa ben perfectamente cómo
educar y hacer que jovenes y viejos, hombres y mujeres, sean como ellos quieren?
-¿Cuándo lo hacen? -dijo.
-Cuando, hallándose congregados en gran número -dije-, sentados todos juntos en asambleas, tribunales, teatros, campamentos u otras
reuniones públicas, censuran con gran alboroto algunas de las cosas que se dicen o hacen
y otras las alaban del mismo modo, exageradamente en uno y otro caso, y chillan y
aplauden; y retumban las piedras y el lugar todo en que se hallan, redoblando así el
estruendo de sus censuras o alabanzas. Pues bien, al verse un joven
en tal situación, ¿cuál vendrá a ser, como suele decirse, su estado de ánimo? ¿O
qué educación privada resistirá a ello sin dejarse arrastrar, anegada por la corriente
de semejantes censuras y encomios, adondequiera que ésta la lleve, o llamar buenas y
malas a las mismas cosas que aquéllos o comportarse igual que ellos o ser como son?
-Es muy forzoso, ¡oh, Sócrates! -dijo.
Comentario2
Presentación
TEXTO4B
(492d-496a)
-Sin embargo -dije-, aún no hemos hablado de la
mayor fuerza.
-¿Cuál? -dijo.
-La coacción material de que usan esos educadores y sofistas cuando no persuaden con sus
palabras. ¿O no sabes que a quien no obedece le castigan con privaciones de derechos,
multas y penas de muerte?
-Lo sé muy bien -dijo.
-Pues bien, ¿qué otro sofista, qué otra instrucción privada crees que podrá
prevalecer si resiste contra ellos?
-Pienso que nadie -dijo.
-No, en efecto; sólo el intentarlo -dije- sería gran locura. Pues no existe ni ha
existido ni ciertamente existirá jamás ningún carácter distinto en lo que toca a
virtud ni formado por una educación opuesta a la de ellos; hablo de caracteres humanos,
mi querido amigo, pues los divinos hay que dejarlos a un lado de acuerdo con el proverbio.
En efecto, debes saber muy bien que, si hay algo que en una organización política como
ésta se salve y sea como es debido, no carecerás de razón al afirmar que es una providencia divina la que lo ha salvado.
-No opino yo de otro modo -dijo.
-Pues bien -dije-, he aquí otra cosa que debes creer también.
-¿Cuál?
-Que cada uno de los particulares asalariados -- o
los que esos llaman sofistas y consideran como competidores no enseña otra cosa sino los
mismos principios que el vulgo expresa en sus reuniones, ya esto es a lo que llaman
ciencia. Es lo mismo que si el guardián de una criatura
grande y poderosa se aprendiera bien sus instintos y humores y supiera por dónde hay que
acercársele y por dónde tocarlo y cuándo está más fiero o más manso Y por qué
causas y en qué ocasiones suele emitir tal o cual voz y cuáles son, en cambio, las que
le apaciguan o irritan cuando las oye a otro; y, una vez enterado de todo ello por la
experiencia de una larga familiaridad, considerase esto como una ciencia y, habiendo
compuesto una especie de sistema, se dedicara a la enseñanza ignorando qué hay realmente
en esas tendencias y apetitos de hermoso o de feo, de bueno o de malo, de justo o de
injusto, y emplease todos estos términos con arreglo al criterio de la gran bestia,
llamando bueno a aquello con que ella goza y malo a lo que a ella le molesta, sin poder,
por lo demás, dar ninguna otra explicación acerca de estas calificaciones, y llamando
también justo y hermoso a lo inevitable cuando ni ha comprendido ni es capaz de enseñar
a otro cuánto es lo que realmente difieren los conceptos de lo inevitable y lo bueno.
¿No te parece, por Zeus, que una tal persona sería un singular educador?
-En efecto -dijo.
-Ahora bien, ¿te parece que difiere en algo de éste el que, tanto en lo relativo a la
pintura o música como a la política, llama ciencia al haberse aprendido el temperamento
y los gustos de una heterogénea multitud congregada? Porque, si una persona se
presenta a ellos para someter a su juicio una poesía o
cualquier otra obra de arte o algo útil para la ciudad, haciéndose así dependiente del
vulgo en grado mayor que el estrictamente indispensable, la llamada necesidad diomedea le forzará a hacer lo que ellos hayan de alabar.
¿Y has oído alguna vez a alguno que dé alguna razón que no sea ridícula para
demostrar que realmente son buenas y bellas esas cosas?
-Ni espero oírlo nunca -dijo.
-Pues bien, después de haberte fijado en todo esto, acuérdate
de aquello: ¿existe medio de que el vulgo admita o
reconozca que existe lo bello en sí, pero no la multiplicidad de cosas bellas, y cada
cosa en sí, pero no la multiplicidad de cosas particulares?
-De ningún modo -dijo.
-Entonces -dije-, es imposible que el vulgo sea filósofo.
-Imposible.
-Y por tanto, es forzoso que los filósofos sean vituperados por él.
-Forzoso.
-Y también por esos particulares que conviven con la plebe y desean agradarle.
-Evidente.
-Según esto, ¿qué medio de salvación descubres para
que una naturaleza filosófica persevere hasta el fin en su menester? Piensa en ello
basándote en lo de antes. En efecto, dejamos sentado que la facilidad para aprender, la
memoria, el valor y la magnanimidad eran propios de esa naturaleza.
-Sí.
-Pues bien, el que sea así, ¿descollará ya desde niño entre todos los demás, sobre
todo si su cuerpo se desarrolla de modo semejante a su alma?
-¿Por qué no va a descollar? -dijo.
-Y, cuando llegue a mayor, me figuro que sus parientes y conciudadanos querrán servirse
de él para sus propios fines.
-¿Cómo no?
-Se postrarán, pues, ante él y le suplicarán y agasajarán anticipándose así a adular
de antemano su futuro poder.
-Al menos así suele ocurrir -dijo.
-¿Y qué piensas -dije- que hará una persona así en tal situación, sobre todo si se da
el caso de que sea de una gran ciudad y goce en ella de riquezas y noble abolengo teniendo
además belleza y alta estatura? ¿No se henchirá de irrealizables esperanzas creyendo
que va a ser capaz de gobernar a helenos y bárbaros y remontándose por ello «a las
alturas», lleno de presunción» e insensata «vanagloria»?
-Efectivamente -dijo.
-Y si al que está en esas condiciones se le acerca alguien
y le dice tranquilamente la verdad, esto es, que no hay en él razón alguna, que está
privado de ella y que la razón es algo que no se puede adquirir sin entregarse
completamente a la tarea de conseguirla, ¿crees que es fácil que haga caso quien está
sometido a tantas malas influencias?
-Ni mucho menos -dijo.
-Ahora bien -dije yo-, si, movido por su buena índole y por la afinidad que siente en
aquellas palabras, atiende algo a ellas y se deja influir y arrastrar hacia la filosofía,
¿qué pensamos que harán aquellos que ven que están perdiendo sus servicios y amistad?
¿Habrá acción que no realicen, palabras que no le digan a él, para que no se deje
persuadir, y a quien le intenta convencer, para que no pueda hacerlo, y no les atacarán
con asechanzas privadas y procesos públicos?
-Es muy forzoso -dijo.
-¿Hay, pues, posibilidad de que la tal persona llegue a ser filósofo?
-En absoluto.
-¿Ves -dije- cómo no nos faltaba razón cuando decimos
que son los mismos elementos de la naturaleza del filósofo los que, cuando están
sometidos a una mala educación, contribuyen en cierto modo a apartarle de su ejercicio,
como igualmente las riquezas y todas las cosas semejantes que pasan por ser bienes?
-No se dijo sin razón -contestó-, sino con ella.
-He aquí, ¡oh, admirable amigo! -dije-, cuántas y cuán grandes son las causas que
pervierten e inhabilitan para el más excelente menester a las mejores naturalezas, que ya
de por sí son pocas como nosotros decimos. Y esa es la
clase de hombres de que proceden tanto los que causan los mayores males a las ciudades y a los particulares, como los que, si el
azar de la corriente los lleva por ahí, producen los mayores bienes. En cambio los
espíritus mezquinos no hacen jamás nada grande ni a ningún particular ni a ningún
Estado.
-Gran verdad -dijo.
-De modo que éstos, aquellos a los que más afín les es, se apartan de la filosofía y
la dejan solitaria y célibe; y así, mientras ellos llevan una vida no adecuada ni
verdadera, ella es asaltada, como una huérfana privada
de parientes, por otros hombres indignos que la deshonran y le atraen reproches como
aquellos con los que dices tú que la censuran quienes afirman que entre los que tratan
con ella hay algunos que no son dignos de nada y otros, los más, que merecen los peores
males.
-En efecto -asintió-, eso es lo que se dice.
-Y con razón -contesté yo-. Porque, al ver otros hombrecillos que aquella plaza está
abandonada y repleta de hermosas frases y apariencias, se ponen contentos, como
prisioneros que, escapados de su encierro, hallasen refugio en un templo; y se abalanzan
desde sus oficios a la filosofía los que resulten ser
más habilidosos en lo relativo a su modesta ocupación. Pues, aun hallándose en tal
condición la filosofía, le queda un prestigio más brillante que a ninguna de las demás
artes, atraídas por el cual muchas personas de condición imperfecta, que tienen tan deteriorados los cuerpos por sus oficios manuales como
truncas y embotadas las almas a causa de su ocupación artesana... ¿No es esto forzoso?
-Muy forzoso -dijo.
-¿Y crees que su aspecto difiere en algo -dije- del de un calderero
calvo y rechoncho que ha ganado algún dinero y que, de sus grilletes recién liberado y
en los baños recién lavado, se ha compuesto como un novio, con su vestido nuevo, y va a
casarse con la hija del dueño porque ella es pobre y está sola?
-No difiere en nada -dijo.
-Pues bien, ¿qué prole es natural que engendre una semejante pareja? ¿No será
degenerada y vil?
-Es muy forzoso.
-¿Y qué? Cuando las gentes indignas de educación se acercan a ella y la frecuentan
indebidamente, ¿qué pensamientos y opiniones diremos que engendrarán? ¿No serán tales
que realmente merezcan ser llamados sofismas sin que
haya entre ellos ninguno que sea noble ni tenga que ver con la verdadera inteligencia?
-Desde luego -dijo.
Comentario2
Presentación
TEXTO5B
(496a-497b)
-No queda, pues, ¡oh, Adimanto! -dije-, más que un
pequeñísimo número de personas dignas de tratar con la filosofía; tal vez algún
carácter noble y bien educado que, aislado por el
destierro,
haya permanecido fiel a su naturaleza filosófica por no tener quien le pervierta; a veces
en una comunidad pequeña nace un alma grande que
desprecia los asuntos de su ciudad por considerarlos indignos de su atención; y también
puede haber unos pocos seres bien dotados que acudan a la filosofía movidos de un
justificado desdén por sus oficios. A otros los puede
detener quizá el freno de nuestro compañero Téages,
que, teniendo todas las demás condiciones necesarias para abandonar la filosofía, es
detenido y apartado de la política por el cuidado de su cuerpo enfermo. Y no vale la pena
de hablar de mi caso, pues son muy pocos o ninguno aquellos otros a quienes se les ha
aparecido antes que a mí la señal demónica. Pues
bien, quien pertenece a este pequeño grupo y ha gustado la dulzura y felicidad de un bien
semejante y ve, en cambio, con suficiente claridad que la multitud
está loca y que nadie o casi nadie hace nada juicioso en política y que no hay ningún
aliado con el cual pueda uno acudir en defensa de la justicia sin exponerse por ello a
morir antes de haber prestado ningún servicio a la ciudad ni a sus amigos, con muerte
inútil para sí mismo y para los demás, como la de un hombre que, caído entre bestias feroces, se negara a participar en sus
fechorías sin ser capaz tampoco de defenderse contra los furores de todas ellas... Y,
como se da cuenta de todo esto, permanece quieto y no se
dedica más que a sus cosas, como quien, sorprendido por un temporal, se arrima a un
paredón para resguardarse de la lluvia y polvareda arrastradas por el viento; y,
contemplando la iniquidad que a todos contamina, se da por satisfecho si puede él pasar
limpio de injusticia e impiedad por esta vida de aquí abajo y salir de ella tranquilo y
alegre, lleno de bellas esperanzas.
-Pues bien -dijo-, no serán los menores resultados los que habrá conseguido al final.
-Pero tampoco los mayores -dije- por no haber encontrado un sistema político conveniente;
pues en un régimen adecuado se hará más grande y, al salvarse él, salvará a la
comunidad.
-Mas de por qué ha sido atacada la filosofía y de que lo ha sido injustamente, de eso me
parece a mí que, a no ser que tú tengas algo más que decir, ya hemos hablado bastante.
Comentario2
Presentación
LIBRO VI REPÚBLICA
COMENTARIO3
(497b-502d)
497b-502d
Adimanto comienza afirmando que no tiene nada más que plantear
acerca del por qué los filósofos suelen ser considerados en la Ciudad como inútiles
y como malos. En su lugar pregunta a Sócrates acerca de cuál, de los gobiernos
actuales, es el que más se acercaría a las auténticas naturalezas filosóficas.
Sócrates comienza afirmando que ningun gobierno de los existentes, que él
conoce, se corresponde a las naturalezas autenticamente filosóficas lo que explica el
que, aún existiendo personas dotadas para la filosofía, acaben por torcerse y alterarse.
Sucede aquí, explica Sócrates, como con las simientes exóticas, las cuales,
sembradas en suelo extraño, degeneran y unicamente conservan su fuerza peculiar en un
ambiente apropiado. Del mismo modo, sólo carácteres muy concretos, que se encuentren en
un sistema político excelente, demostrarán realmente su naturaleza divina. Lo que
sucede, señala Sócrates, es que los presentes querrán saber qué sistema político
en concreto es ese. Adimanto afirma que debería ser sinónimo de la ciudad anteriormente
fundada. Sócrates afirma que efectivamente el regimen político del que ahora está
hablando se correponde con la ciudad antes fundada, salvo en una cosa que es la
referente a la autoridad legisladora existente dentro de la ciudad. Y es, señala
Sócrates, que anteriromente esta cuestión no había quedado suficientemente clara
porque, según señala, le asustaron las objecciones que le habían anteriomente
planteado Adimanto (419ª) y Polemarco (449b). De todos modos, Sócrates hace referencia,
ahora, a como debería practicar la filosofía una ciudad que no quisiera
perecer. Afirma que debería mantener una posición totalmente distinta, acerca de la
filosofía, de la que mantiene hasta ahora. Para ello, debería conseguir que los
ciudadanos mejor dotados no la estudiaran unicamente como pasatiempo de juventud,
para abandonarlas más tarde a favor de los negocios. Por ello, no sólo los niños y los
jovenes deberían recibir una educación y una filosofía apropiadas a su edad, sino que
llegada la edad en que el alma entra en la madurez, habría que redoblar los ejercicios
sobre ella. Se muestra partidario convencer de ello incluso a personas que como Trasímaco,
allí presente, rechazan totalmente tal tesis. {Ver Texto1c}
Para ello habría que convencer al vulgo que existen
personas, aparententemente inútiles y malas, que son los realmente capaces de ocuparse de
la marcha de la ciudad. Para ello deben convencerse que estos pocos filósofos están
ocupados en el conocimiento del verdadero ser y de aquello que está siempre del
mismo modo. Si se logra que el vulgo se convenza de que efectivamente se dice la
verdad acerca de tales filósofos, no solamente lograrán desenmascarar a los filósofos
aparentes, sino que comenzarán a no irritarse y respetar a los que comenzarán a ver como
dibujantes de un modelo divino. De ese modo, con los ojos puestos en el
modelo, estos filósofos cogerán, como se coge una tablilla, la ciudad y los
caracteres de los hombres y comenzarán a limpiarla de impurezas. Despues
comenzarán a esbozar un plan general de gobierno y, más tarde, dirigiendo su
mirada a lo naturalmente justo, bello y temperante, así como a las demás virtudes,
acabarán por extraer leyes que sean buenas a los ojos de los dioses y de los
hombres. De ese modo, cuando el vulgo contemple en la práctica el dibujo, es de esperar
que se persuadan de que ese consumado pintor de gobiernos no es otro que aquel
que anteriormente hemos donominado como filósofo verdadero. Según Sócrates,
todos estos hechos permitirán que el vulgo se convenza de que los males de la ciudad
pueden cesar cuando llegue a ser dueña de la ciudad la clase de los filósofos. Adimanto,
no muy convencido, responde con un quizás que para Sócrates se convierte, de un modo
totalmente optimista, en un totalmente convencidos. Pues bien, concluye
Sócrates, en una ciudad como esta no sería de extrañar que algunos (aunque fuera
uno sólo) de los descendientes de estos gobernantes sean capaces de establecer las
leyes y las instituciones antes descritas las cuales, además de ser aceptadas como buenas
por todos los ciudadanos, se nos muestran como posibles y realizables, amen de
las mejores. {Ver Texto2c}
Presentación
TEXTO1C
(497b-498d)
-Nada tengo ya que añadir acerca de ello -contestó-.
Pero ¿cuál de los gobiernos actuales consideras
adecuado a a ella?
-Ninguno en absoluto -dije-. De eso precisamente me quejo: de que no hay entre los de
ahora ningún sistema político que convenga a las naturalezas filosóficas y por eso se
tuercen éstas y se alteran. Como suele ocurrir con una simiente exótica que, sembrada en suelo extraño, degenera, vencida
por él, y se adapta a la variedad indígena, del mismo modo un carácter de esta clase no
conserva, en las condiciones actuales, su fuerza peculiar, sino que se transforma en otro
distinto. Pero, si encuentra un sistema político tan excelente como él mismo, entonces
es cuando demostrará que su naturaleza es realmente divina, mientras en los caracteres y
maneras de vivir de los demás no hay nada que no sea simplemente humano. Ahora bien,
después de esto es evidente que me vas a preguntar qué sistema
político es ése.
-No acertaste -dijo-; no te iba a preguntar eso, sino si es el mismo que nosotros
describimos al fundar la ciudad o bien otro distinto.
-Es el mismo -dije yo- excepto en una cosa, con relación a la cual dijimos entonces que
sería necesario que hubiese siempre en el Estado alguna autoridad
cuyo criterio acerca del gobierno fuese el mismo con que tú, el legislador, estableciste
las leyes.
-Así se dijo, en efecto -asintió.
-Pero no quedó lo suficientemente claro -dije-, porque me asustaron las objeciones con
que me mostrasteis cuán larga y difícil era la demostración de este punto; además lo
que queda no es en modo alguno fácil de explicar.
-¿Qué es ello?
-La cuestión de cómo debe practicar la filosofía una ciudad que no quiera perecer;
porque todas las grandes empresas son peligrosas y verdaderamente lo hermoso es difícil,
como suele decirse.
-Sin embargo -dijo-, hay que completar la demostración dejando aclarado este punto.
-Si algo lo impide -dije- no será la falta de voluntad, sino de poder. Pero tú, que
estás aquí, verás cuánto es mi celo. Mira, pues, de qué
modo tan vehemente y temerario voy ahora a decir que la ciudad debe adoptar con respecto a
este estudio una conducta enteramente opuesta a la de
ahora.
-¿Cómo?
-Los que ahora se dedican a ella -dije- son mozalbetes,
recién salidos de la niñez, que, después de haberse asomado a la parte más difícil de
la fìlosofía -quiero decir lo relativo a la dialéctica-, la dejan para poner casa y
ocuparse en negocios y con ello pasan ya por ser consumados filósofos. Y en lo sucesivo
creen hacer una gran cosa si, cuando se les invita, acceden a ser oyentes de otros que se
dediquen a ello, porque lo consideran como algo de que no hay que ocuparse sino de manera
accesoria. Y al llegar la vejez, todos, excepto unos pocos, se apagan mucho más
completamente que el sol heracliteo, porque no vuelven
a encenderse de nuevo.
-¿Y qué hay que hacer? -dijo.
-Todo lo contrario. Cuando son niños y mozalbetes
deben recibir una educación y una filosofía apropiadas a su edad; y en esa época en que
crecen y se desarrollan sus cuerpos tienen que cuidarse muy bien de ellos preparándoles
así como auxiliares de la filosofía. Llegada la edad en que el alma entra en la madurez,
hay que redoblar los ejercicios propios de ella; y,cuando, por faltar las fuerzas, los
individuos se vean apartados de la política y milicia, entonces hay que dejarlos ya que pazcan en libertad y no se dediquen a ninguna otra cosa sino
de manera accesoria; eso si se quiere que vivan felices y que, una vez terminada su vida,
gocen allá de un destino acorde con su existencia terrena.
-Verdaderamente -dijo- me parece que hablas con vehemencia, ¡oh, Sócrates! Sin embargo,
creo que la mayor parte de los que escuchan, empezando por Trasímaco,
te contradirán con mayor vehemencia todavía y no se convencerán en manera alguna.
-No intentes -dije- enemistarme con Trasímaco, de quien hace poco me he hecho amigo sin
que, por lo demás, hayamos sido nunca enemigos. Y no escatimaremos esfuerzos hasta que
convenzamos tanto a éste como a los demás o al menos les seamos útiles en algo para el
caso de que, nuevamente nacidos a otra vida, se encuentren allí en conversaciones como
ésta.
-¡Pues sí que es corto el plazo de que hablas! -dijo.
-No es nada -contesté-, al menos comparado con la eternidad.
Comentario3
Presentación
TEXTO2C
(498e-502d)
Por lo demás no me sorprende en absoluto que el
vulgo no crea lo que se ha dicho, porque jamás han visto
realizado lo que ahora se ha presentado ni han oído sino frases como la que acabo de
decir, pero en las cuales no se han reunido fortuitamente, como en ésta, las palabras consonantes, sino que han sido igualadas de intento las
unas con las otras. Pero hombres cuyos hechos y palabras estén, dentro de lo posible, en
la más perfecta consonancia y correspondencia con la virtud y que gobiernen en otras
ciudades semejantes a ellos, de esos jamás han visto muchos, ni uno tan siquiera. ¿No
crees?
-De ningún modo.
-Ni tampoco, mi buen amigo, han sido oyentes lo suficientemente asiduos de discusiones
hermosas y nobles en que, sin más miras que el conocimiento en sí, se busque,
denodadamente y por todos los medios, la verdad; discusiones en las cuales se saluden
desde muy lejos esas sutilezas y triquiñuelas que no
tienden más que a causar efecto y promover discordia en los tribunales y reuniones
privadas.
-Tampoco las han oído -dijo.
-Esto era lo que considerábamos -dije-, y esto lo que preveíamos nosotros cuando, aunque
con miedo, dijimos antes, obligados por la verdad, que no habrá jamás ninguna ciudad ni
gobierno perfectos, ni tampoco ningún hombre que lo sea, hasta que, por alguna necesidad
impuesta por el destino, estos pocos filósofos, a los que
ahora no llaman malos, pero sí inútiles, tengan que ocuparse, quieran que no, en las
cosas de la ciudad y ésta tenga que someterse a ellos; o bien hasta que, por obra de
alguna inspiración divina, se apodere de los hijos de los
que ahora reinan y gobiernan o de los mismos gobernantes un verdadero amor de la
verdadera filosofía. Que una de estas dos posibilidades
o ambas sean irrealizables, eso yo afirmo que no hay razón alguna para sostenerlo. Pues,
si así fuera, se reirían de nosotros muy justificadamente como de quien se extiende en
vanas quimeras. ¿No es así?
-Así es.
-Pero, si ha existido alguna vez en la infinita extensión del tiempo pasado o existe actualmente, en algún lugar bárbaro y
lejano a que nuestra vista no alcance o ha de ir existir en
el futuro alguna necesidad por la cual se vean obligados a ocuparse de política los
filósofos más eminentes, en tal caso nos hallamos dispuestos a sostener con palabras que
ha existido, existe o existirá un sistema de gobierno como el descrito siempre que la
musa filosófica llegue a ser dueña del Estado. Porque no
es imposible que exista; y cuanto decimos es ciertamente difícil -eso lo hemos reconocido
nosotros mismos-, pero no irrealizable.
-También yo opine igual -dijo.
-Pero ¿me vas a decir que no es esa, en cambio, la opinión del vulgo? -pregunté.
-Tal vez -dijo.
-¡Oh mi bendito amigo! -dije-. No censures de tal modo a las multitudes. Pues cambiarán de opinión si, en vez de buscarles querella,
se les aconseja y se intenta deshacer sus prejuicios contra el amor de la ciencia
indicándoles de qué filósofos hablas y definiendo, como hace un instante, su naturaleza
y profesión para que no crean que te refieres a los que ellos se imaginan. ¿O dirás que
no han de cambiar de opinión o a responder de distinto modo ni aun cuando los vean a esa
luz? ¿Piensas tal vez que quien no es envidioso y es manso por naturaleza va a ser
violento contra el que no lo sea o a envidiar a quien no envidie? Por mi parte diré,
anticipándome a tus objeciones, que un carácter tan difícil puede darse en unas pocas personas, pero no en una multitud.
-También yo estoy enteramente de acuerdo -dijo.
-¿Entonces estarás también de acuerdo en que la culpa de que el vulgo esté mal
dispuesto para con la filosofía la tienen aquellos intrusos que, tras haber irrumpido indebidamente en ella, se insultan y enemistan
mutuamente y no tratan en sus discursos más que cuestiones personales comportándose así de la manera menos propia
de un filósofo?
-Sí -dijo.
-En efecto, ¡oh, Adimanto!, a aquel cuyo espíritu está ocupado con el verdadero ser no le queda tiempo para bajar su mirada
hacia las acciones de los hombres ni para ponerse, lleno de envidia y malquerencia, a
luchar con ellos; antes bien, como los objetos de su atenta contemplación son ordenados,
están siempre del mismo modo, no se hacen daño ni lo reciben los unos de los otros y
responden en toda su disposición a un orden racional, por eso ellos imitan a estos
objetos y se les asimilan en todo lo posible. ¿O crees que hay alguna posibilidad de que
no imite cada cual a aquello con lo que convive y a lo cual admira?
-Es imposible -dijo.
-De modo que, por convivir con lo divino y ordenado, el
filósofo se hace todo lo ordenado y divino que puede serlo un hombre; aunque en todo hay
pretexto para levantar calumnias.
-En efecto.
-Pues bien -dije-, si alguna necesidad le impulsa a intentar implantar en la vida pública y privada de los demás
hombres aquello que él ve allí arriba en vez de limitarse a moldear su propia alma,
¿crees acaso que será un mal creador de templanza y de justicia y de toda clase de
virtudes colectivas?
-En modo alguno -dijo.
-Y si se da cuenta el vulgo de que decíamos verdad con respecto a él, ¿se irritarán contra los filósofos y desconfiarán de
nosotros cuando digamos que la ciudad no tiene otra posibilidad de ser jamás feliz sino
en el caso de que sus líneas generales sean trazadas por los dibujantes que copian de un modelo divino?
-No se irritarán -dijo- si se dan cuenta de ello. Pero ¿qué clase
de dibujo es ese de que hablas?
-Tendrán -dije- que coger, como se coge una tablilla, la ciudad y los caracteres de los
hombres y ante todo habrán de limpiarla, lo cual no es enteramente fácil. Pero ya sabes
que este es un punto en que desde un principio diferirán de los demás, pues no
accederán ni a tocar siquiera a la ciudad o a cualquier particular, ni menos a trazar sus
leyes, mientras no la hayan recibido limpia o limpiado ellos mismos.
-Y harán bien -dijo.
-Y después de esto, ¿no crees que esbozarán el plan general de gobierno?
-¿Cómo no?.
-Y luego trabajarán, creo yo, dirigiendo frecuentes miradas a uno y a otro lado, es
decir, por una parte a lo naturalmente justo y bello y temperante y a todas las virtudes similares y por otra a aquellas que irán
implantando en los hombres mediante una mezcla y combinación de instituciones de la que,
tomando como modelo lo que, cuando se halla en los hombres, define Homero como divino y
semejante a los dioses, extraerán la verdadera carnación humana.
-Muy bien -dijo.
-Y pienso yo que irán borrando y volviendo a pintar este o aquel detalle hasta que hayan
hecho todo lo posible por trazar caracteres que sean agradables a los dioses en el mayor
grado en que cabe serlo.
-No habrá pintura más hermosa que esa -dijo.
-¿No lograremos, pues -dije-, persuadir en algún modo a aquellos de quienes decías que avanzaban con todas sus fuerzas contra nosotros,
demostrándoles que ese consumado pintor de gobiernos no
es otro que aquel cuyo elogio les hacíamos antes y por causa del cual se indignaban
viendo que queríamos entregarle las ciudades, y no se quedarán algo más tranquilos al
oírnoslo decir ahora?
-Mucho más -dijo-, si es que son sensatos.
-Porque ¿qué podrán discutir? ¿Negarán que los
filósofos son amantes del ser y de la verdad?
-Sería absurdo -dijo.
-¿Dirán que la naturaleza de ellos, tal como la hemos descrito, no es afín a todo lo
más excelente?
-Tampoco eso.
-¿iPues qué? ¿Que una naturaleza así no será buena y filosófica en grado más
perfecto que ninguna otra, con tal de que obtenga condiciones adecuadas? ¿O dirá que lo
son más aquellos a quienes excluimos?
-No por cierto.
-¿Se irritarán, pues, todavía cuando digamos nosotros que no cesarán los males de la
ciudad y de los ciudadanos ni se verá realizado de hecho el sistema que hemos forjado en
nuestra imaginación mientras no llegue a ser dueña de las ciudades la clase de los
filósofos!
-Quizá se irritarán menos -dijo.
-¿Y no prefieres -pregunté- que, en vez de decir «menos», los declaremos por
perfectamente convencidos y amansados para que, si no
otra razón, al menos la vergüenza les impulse a convenir en ello?
-Desde luego.
-Pues bien -dije-, helos ya persuadidos de esto. ¿Y puede alguien negar la posibilidad de
que algunos descendientes de reyes o gobernantes resulten acaso ser filósofos por
naturaleza?
-Nadie -dijo.
-¿O hay quien pueda decir que es absolutamente fatal que se perviertan quienes reúnen
tales condiciones? Que es difícil que se salven, eso nosotros mismos lo hemos admitido.
Pero que jamás, en el curso entero de los tiempos, pueda salvarse ni uno tan sólo de
entre todos ellos, ¿puede alguien afirmarlo?
-¿Cómo lo va a afirmar?
-Ahora bien -dije-, bastaría con que hubiese uno solo y
con que a éste le obedeciera la ciudad para que fuese capaz de realizar todo cuanto ahora
se pone en duda.
-Sí que bastaría -dijo.
-Y, si hay un gobernante -dije- que establezca las leyes e instituciones antes descritas,
no creo yo imposible que los ciudadanos accedan a obrar en consonancia.
-En modo alguno.
-Ahora bien, lo que nosotros opinamos, ¿será acaso sorprendente o imposible que lo
opinen también otros?
-No creo yo que lo sea -dijo.
-Y en la parte anterior dejamos suficientemente demostrado, según yo creo, que nuestro plan era el mejor, siempre que fuese realizable.
-En efecto, suficientemente.
-Pues bien, ahora hallamos, según parece, que, si es realizable, lo que decimos acerca de
la legislación es lo mejor, y, si bien es difícil que llegue a ser realidad, no resulta
en modo alguno imposible.
-Así es -dijo.
Comentario3
Presentación
LIBRO VI REPÚBLICA
COMENTARIO4
(502d-505a)
502d-505ª
Sócrates afirma que, a partir de ahora, es necesario estudiar la
manera de cómo lograr tener personas que gobiernen Estado; así como describir
las enseñanzas y ejercicios con los cuales se formen y las distintas edades
en que se aplicarán a cada uno de ellos. Afirma que, anteriormente,al tratar acerca de la
educación de los guardianes y las guardianas y de la procreación de sus
hijos, se había hablado muy de pasada acerca de la designación de los
gobernantes. Pues bien, Sócrates afirma que en lo relativo a las mujeres y los hijos
de los gobernantes todo está ya tratado. Sin embargo en lo que se refiere a la cuestión
de los gobernantes, Sócrates, afirma que hay que empezar de nuevo como si
estuvieramos al principio. Recuerda que anteriormente se había establecido la necesidad
de someter a los guardianes y guardianes a diversas pruebas relacionadas con el
placer y con el dolor con el objeto de escoger a los mejor dotados para la defensa de la
ciudad y excluir a los peor dotados. Pues bien, ahora el razonamiento anterior nos ha
mostrado que los mejores guardianes deben ser tambien filósofos verdaderos. Esto
implica, según Sócrates, que la selección, hacia la búsqueda de los mejores,
se vuelva más compleja y dificil y el número de los elegidos debería ser todavía menos
numerosa. Y es que, según Sócrates, la naturaleza humana se nos aparece como
desmembrada. Así, por ejemplo, quienes reúnen facilidad para aprender, memoria,
sagacidad y otras cualidades semejantes, no suelen poseer al mismo tiempo nobleza y
magnanimidad que les permita llevar una vida ordenada y tranquila, sino que su espíritu
inquieto y vivaz les lleva a experimentar situaciones nuevas. Por su parte, los caracteres
firmes y constantes y que se mantienen inconmovibles en medio de los peligros guerreros,
les ocurre que no son aptos para el estudio sino que les cuesta moverse a aprender estando
amodorrados, adormecidos y bostezando en cuanto han de trabajar en asuntos de carácter
intelectual. {Ver texto1d}
Pues bien, de lo que se trataría es de lograr un grupo de escogidos
que participen justa y proporcionadamente de ambos grupos de cualidades. Estos deberían
de recibir la más completa educación con el objeto de concederles honores y
magistraturas. Para ello, habría que probarlos, no unicamente con pruebas relacionadas
con los placeres y los peligros, sino tambien haciéndolos ejercitar en muchas disciplinas
con el objeto de averigüar si son capaces de soportar las más grandes enseñanzas.
Adimanto se muestra de acuerdo con lo dicho con Sócrates; sin embargo, un tanto
extrañado, le pregunta acerca la naturaleza de lo que ha denominado como las más
grandes enseñanzas. Sócrates responde recordando lo dicha anteriormente acerca de
la naturaleza de la justicia, la templaza, el valor y sabiduría, así como sobre
las especies de alma con ellas relacionadas. Recuerda tambien el gran rodeo
que hubo que dar para llegar a buen puerto y percibir con gran claridad la naturaleza de
tales virtudes. Adimanto se muestra reacio a seguir con tales rodeos y afirma que
Sócrates ya ha llenado crecidamente la medida. Sócrates protesta contra el empleo del
término medida cuando se quiere aplicar a una situación imperfecta y critica a
Adimanto por creer que ya está todo dicho y que no hace falta seguir investigando sobre
todo cuando se está analizando la naturaleza de los elementos más importantes para el
gobierno de la ciudad. Por todo ello, afirma, estas personas elegidas deben acostumbrarse
a rodear por lo más largo, es decir, a reflexionar e investigar las cosas en
profundidad pues, de lo contrario, no llegarán a dominar jamás el más súblime de
los conocimientos. Adimanto, extrañado de nuevo, pregunta a Sócrates si acaso no
son la virtudes analizadas las más sublimes y si existe algo más grande
todavía que la justicia y las demás virtudes enumeradas. Sócrates contesta no solamente
que hay algo, sino tambien que, por lo que se refiere a las mismas virtudes, no llega con
conocerlas en su naturaleza a través de un simple bosquejo de las mismas, sino que se
debe aspirar a tener una visión de la obra en toda su perfección. Adimanto
intrigado le solicita información acerca de ese tipo sublime de conocimiento asi como
acerca del objeto sobre el que versa. Sócrates le contesta no tener inconveniente en
hablar de ello aunque le recuerda que sobre estaa cuestín ya ha hablado con él otras
muchas veces (ello significa que el tema del bien pareció ser un motivo
recurrente para la escuela platónica) y que Adimanto lo ha escuchado:el más sublime
objeto de conocimiento es el bien. {Ver
Texto2d}
Presentación
TEXTO1D
(502d-503d)
-Ya pues, que, aunque a duras penas, hemos terminado con
esto, ahora nos queda por estudiar la manera de que
tengamos personas que salvaguarden el Estado, las enseñanzas y ejercicios con los cuales
se formarán y las distintas edades en que se aplicarán a cada uno de ellos.
-Hay que estudiarlo, sí -dijo.
-Entonces -dije- de nada me sirvió la habilidad con que antes
pasé por alto las espinosas cuestiones de la posesión de mujeres y procreación de hijos
y designación de gobernantes, porque sabía cuán criticable y difícil de realizar era
el sistema enteramente conforme a la verdad; pero no por ello ha dejado de venir ahora el
momento en que hay que tratarlo. Lo relativo a las mujeres e hijos está ya totalmente
expuesto; pero con la cuestión de los gobernantes hay que comenzar otra vez como si
estuviésemos en un principio. Decíamos, si lo
recuerdas, que era preciso que, sometidos a las pruebas del placer y del dolor, resultasen
ser amantes de la ciudad y que no hubiese trabajo ni peligro ni ninguna otra vicisitud
capaz de hacerles aparecer como desertores de este principio; al que fracasara había que
excluirlo y al que saliera de todas estas pruebas tan puro como el oro acrisolado al
fuego, ése había que nombrarle gobernante y concederle honores y recompensas tanto en
vida como después de su muerte. Tales eran, poco más o menos, los términos evasivos y
encubiertos de que usó la argumentación, porque temía remover lo que ahora se nos
presenta.
-Muy cierto es lo que dices -repuso-. Sí que lo recuerdo.
-En efecto -dije yo-, no me atrevía, mi querido amigo, a hablar con tanto valor como hace
un momento; pero ahora arrojémonos ya a afirmar también que es necesario designar filósofos para que sean los más perfectos guardianes.
-Quede afirmado -dijo.
-Observa ahora cuán probable es que tengas pocos de éstos, pues dijimos que era
necesario que estuviesen dotados de un carácter cuyas distintas partes rara vez suelen
desarrollarse en un mismo individuo, antes bien, generalmente la tal naturaleza aparece
así como desmembrada.
-¿Qué quieres decir? -preguntó.
-Ya sabes que quienes reúnen facilidad para aprender, memoria, sagacidad, vivacidad y
otras cualidades semejantes, no suelen poseer al mismo tiempo una tal nobleza y
magnanimidad que les permita resignarse a vivir una vida ordenada, tranquila y segura,
antes bien, tales personas se dejan arrastrar adonde quiera llevarlos su espíritu vivaz y
no hay en ellos ninguna fijeza.
-Tienes razón -dijo
-En cambio, a los caracteres firmes y constantes, en los cuales puede uno más confiar y
que se mantienen inconmovibles en medio de los peligros guerreros, les ocurre lo mismo con
los estudios; les cuesta moverse y aprender, están como amodorrados y se adormecen y
bostezan constantemente en cuanto han de trabajar en alguna de estas cosas.
-Así es-dijo.
Comentario4
Presentación
TEXTO2D
(503d-505a)
-Pues bien, nosotros afirmábamos
que han de participar justa y proporcionadamente de ambos grupos de cualidades y, si no,
no se les debe dotar de la más completa educación ni concederles honores o
magistraturas.
-Bien -dijo.
-¿Y no crees que esta combinación será rara?
-¿Cómo no?
-Hay que probarlos, pues, por medio de todos los trabajos, peligros y placeres de que
antes hablábamos; y diremos también ahora algo que
entonces omitimos: que hay que hacerles ejercitarse en muchas disciplinas y así veremos
si cada naturaleza es capaz de soportar las más grandes
enseñanzas o bien flaqueará como los que flaquean en otras cosas.
-Conviene, en efecto -dijo él-, verificar este examen. Pero ¿a qué llamas las más
grandes enseñanzas?
-Tú recordarás, supongo yo -dije-, que colegimos, con
respecto a la justicia, templanza, valor y sabiduría, cuál era la naturaleza de cada uno
de ellos, pero no sin distinguir antes tres especies en el alma.
-Si no lo recordara -dijo-, no merecería seguir escuchando.
-¿Y lo que se dijo antes de eso?
-¿Qué?
-Decíamos, creo yo, que para conocer con la mayor
exactitud posible estas cualidades había que dar un largo rodeo al término del cual
serían vistas con toda claridad; pero existía una demostración, afín a lo que se
había dicho anteriormente, que podía ser enlazada con ello. Vosotros dijisteis que os
bastaba y entonces se expuso algo que, en mi opinión, carecía de exactitud; pero, si os
agradó, eso sois vosotros quienes lo habéis de decir.
-Para mí -dijo- llenaste la medida y así se lo
pareció también a los otros.
-Pero, amigo mío -dije-, en materia tan importante no hay ninguna medida que si se aparta
en algo, por poco que sea, de la verdad, pueda en modo alguno ser tenida por tal, pues
nada imperfecto puede ser medida de ninguna cosa. Sin
embargo, a veces hay quien cree que ya basta y que no hace
ninguna falta seguir investigando.
-En efecto -dijo-, hay muchos a quienes les ocurre eso por su indolencia.
-Pues he ahí -dije- algo que le debe ocurrir menos que a nadie al guardián de la ciudad
y de las leyes.
-Es natural -dijo.
-De modo, compañero, que una persona así debe rodear por
lo más largo -dije- y no afanarse menos en su instrucción que en los demás ejercicios.
En caso contrario ocurrirá lo que hace poco decíamos: que no llegará a dominar jamás
aquel conocimiento que, siendo el más sublime, es el que mejor le cuadra.
-Pero ¿no son aquellas virtudes las más sublimes
-dijo-, sino que existe algo más grande todavía que la justicia y las demás que hemos
enumerado?
-No sólo lo hay -dije yo-, sino que, en cuanto a estas mismas virtudes, no basta con
contemplar, como ahora, un simple bosquejo de ellas; antes bien, no se debe renunciar a
ver la obra en su mayor perfección. ¿O no es absurdo que,
mientras se hace toda clase de esfuerzos para dar a otras cosas de poco momento toda
la limpieza y precisión posibles, no se considere dignas de un grado máximo de exactitud
a las más elevadas cuestiones?
-En efecto. ¿Pero crees -dijo- que habrá quien te deje seguir sin preguntarte cuál es
ese conocimiento el más sublime y sobre qué dices
que versa?
-En modo alguno -dije-; pregúntamelo tú mismo. Por lo demás, ya lo has oído no pocas veces; pero ahora o no te acuerdas de ello o es
que te propones ponerme en un brete con tus objeciones.
Comentario4
Presentación
LIBRO VI REPÚBLICA
COMENTARIO5
(505a-509d)
505ª-509d
Sócrates afirma que el más sublime de todos los conocimientos
versa acerca de la idea del bien puesto que tal idea, asociada a virtudes como la
justicia o la templanza, es lo que las hace útiles y beneficiosas. Señala que no se
conoce suficientemente esta idea y ello implica que, aunque conociéramos con toda
perfección todo lo demás, excepto esto, no nos serviría de nada. Pues se
pregunta Sócrates- ¿sirve de algo poseer todas las cosas salvo la buenas? Sócrates
comienza el estudio de la idea del bien haciendo una referencia crítica hacia
aquello que sitúan el bien cono sinónimo del placer (Aristipo) o como
sinónimo del conocimiento para los ilustrados (Antístenes). Señala que no es
concebible identificarlo con ninguno de esos dos conceptos pues es evidente que existen
tanto placeres buenos y malos como conocimientos correctos e incorrectos. Ahora bien, si
ello es así, entonces nos encontramos con que una misma cosa (placer o conocimiento) es
buena y mala, lo que implicaría que lo que decimos que es el bien sería tambien el mal.
Además, por lo que respecta, por ejemplo a lo justo o a lo bello, hay muchos que optan en
su vida por una apariencia de justicia o de belleza; sin embargo, ninguno está
dispuesto sitúe donde sitúe el bien- a poseer lo que parezca pero sin serlo.
Incluso los que hacen el mayor mal, lo harían pensando que es realmente el bien para
ellos. Pues bien, en este contexto, Sócrates afirma que sería absurdo que aquello que se
persigue (el bien) por todo tipo de almas en su obrar, permaneciera en
la oscuridad, sin conocer lo que realmente es, precisamente para aquellos que están
destinados a gobernar la ciudad. Y es que ningún guardián ni gobernante
valdrían gran cosa si, además de conocer porque son valerosos o justos, no saben el
porque tales virtudes son tambien buenas. Por lo tanto, señala Sócrates, no existirá
ninguna comunidad perfectamente organizada si es gobernada por guardianes desconocedores
de estas cuestiones. {Ver Texto1e}
Adimanto se muestra de acuerdo con todas estas afirmaciones de Sócrates pero le
pide que no se contente con señalar lo que no es el bien (placer ni
conocimiento) sino que exponga su auténtica opinión al respecto. Sócrates protesta
afirmando que las opiniones sin conocimiento auténtico son defectuosas y que,
incluso aquellas que parecen mejores,son ciegas. Adimanto le responde que, tanto a él
como los demás presentes, se contentan con un tipo de explicación sobre el bien -
que sea parecida a la que Sócrates realizó anteriomente acerca de la justicia, la
templanza y las demás virtudes. Sócrates contesta que tambien él se daría por
satisfecho pero teme se incapaz de hacerlo provocando sus risas con sus torpes esfuerzos.
A pesar de todo decide poner manos a la obra. En el inicio del estudio sobre la idea
del bien, Sócrates, comienza afirmando que, de momento, dejará de lado el estudio
de lo que pueda ser lo bueno en sí, pues le parece un tema demasiado elevado
para que, con el impulso que llevan en esos momentos, se pueda llegar a una auténtica
visión de su naturaleza. Afirma que, en su lugar, está dispuesto a hablar de algo que
parece ser el hijo del bien, por asemejarse sumamente a él. Adimanto le contesta
que están de acuerdo con ello y que, en otro momento, les pagará la deuda con la
descripción del padre. Sócrates comienza hablando, por tanto, de lo que denomina como el
hijo del bien en sí. Etablece una diferencia entre las existencia de muchas
cosas buenas y hermosas y la existencia de lo bello en sí y de lo bueno en sí.
Define a las primeras como múltiples y a lo segundo como correspondiendo a una sola
idea, cuya unidad se supone, y que se denomina como aquello que es. Señala
tambien que lo multiple es visto, pero no concebido; mientras que las ideas
son concebidas, pero no vistas. A continuación, hace referencia a las facultades
sensibles que nos permiten ejercer la visión o el oido y se pregunta si, en
relación con el oido, si existe algúna cosa de especie distinta que les sea
necesario a éste para oir o a la voz para ser oida; es decir, algún tercer elemento
en ausencia del cual no podría oir el uno ni ser oida la otra. Adimanto responde que no
existe ningún elemento (desconociendo que el aire es un medio tan necesario para el oido
como la luz de la que habla más adelante- lo es para la vista). A continuación
Sócrates se centra en la facultad de ver y ser visto y se pregunta si acaso no
es cierto que, aún habiendo vista en los ojos y existiendo el color en la cosas, si no se
añade una tercera especie particularmente constituida para este mismo objeto, ni
la vista verá nada ni los colores serán visibles. En es caso, si afirman que es
necesario ese tercer elemento que denominan como la luz. A partir de ahí,
Sócrates, afirma que el dios del cielo y productor de tal luz no es otro que el sol.
Señala tambien que la vista se encuentra estrechamente relacionado con el sol, pues,
aunque el sol no es igual a la vista en sí ni tampoco el órgano en que se produce (ojo),
lo que parece evidente es que, entre los órganos de los sentidos, es el que más se
parece al sol ya que parece que el poder que tiene la vista es como algo dispensado por el
sol en forma de una especie de emanación. De todas formas, el sol no es la
visión sino que es el causante de la misma. {Ver Texto2e}
Pues bien, aplicando todo lo dicho al hijo del bien, Sócrates, afirma que éste
sería engendrado por el bien en sí como su semejante. La diferencia es
que el hijo del bien no actúa en la región inteligible sino en el
región visible. Adimanto pide a Sócrates que explique esto último con más
claridad. Para explicarlo, Sócrates, habla de los ojos que ven los colores si
existe claridad y de los que ven con dificultad cuando se dirijen hacia las sombras
nocturnas. Afirma tambien que los ojos que pueden ver perfectamente los colores es debido
a que el sol los ilumina. Sobre esta base comparativa solicita a Adimanto y a los
presentes que consideren del mismo modo lo que sigue pero en relación con el alma.
Cuando ésta afirma Sócrates- fija su atención sobre un objeto iluminado por
la verdad y el ser, entonces lo comprende y conoce y demuestra tener inteligencia;
sin embargo, cuando la fija en algo que está envuelto en penumbras, que nace o
perece, entonces como no ve bien, el alma no hace más que concebir opiniones
siempre cambiantes y parece hallarse privada de toda inteligencia. Ahora bien, lo que
proporciona la verdad a los objetos del conocimiento y la facultad de conocer al que
conoce es la idea del bien, a la cual debería concebirse como objeto
del conocimiento, pero tambien como causa de la ciencia y de la verdad. Por
consiguiente, aún siendo hermosísimas la verdad y el conocimiento, es
evidente que la idea del bien es algo distinto a ellas y más hermosa todavía
que ellas. Por todo ello, continúa Sócrates, en esta especie de acceso místico, en lo
que se refiere al conocimiento y a la verdad, sucede algo parecido a lo que pasa en el mundo
visible. Allí hemos visto como la luz y la visión, aunque parecidos al sol,
son realmente distintos del mismo sol. Pues bien, en el mundo inteligible es
acertado tambien considerar que conocimiento y verdad son semejantes al bien,
pero no lo es el tener a uno cualquiera de los dos por el bien mismo. Al oir estas
palabras Adimanto interrumpe a Sócrates haciendo referencia a la inefable belleza
de lo que acaba de describir y le plantea que no cree que Sócrates piense que esa idea
de bien sea identificable con el placer. Sócrates le ruega que detenga
su lengua y que no turbe el silencio místico al que ha llegado haciendo uso de
palabras vulgares y procaces. Sin hacer caso a esta interrupción continúa con la
imagen del sol como sinónimo del hijo del bien- para afirmar que este astro no
sólo proporciona a las cosas sensibles que son vistas la facultad de serlo, sino que
tambien produce la generación y el alimento, sin ser él, a su vez, generación.
Pues bien, del mismo modo, continúa, sucede con las cosas inteligibles a las
cuales no sólo les adviene por el bien en sí sus cualidad de inteligibles, sino
que se le añaden, por obra tambien de aquel, el ser y la esencia; y, al mismo
tiempo, el bien no es esencia, sino algo que está todavía por encima de aquella
en cuanto a dignidad y poder. Ahora es Glaucón quien, de forma un tanto incrédula e
irónica, interrumpe a Sócrates hablando de la maravillosa superioridad de una
idea como la del bien. Sócrates le contesta que si todo lo dicho les parece demasiado
místico, se debe a la culpa de los presentes por obligarle a decir lo que pensaba. A
pesar de todo Glaucón le ruega que no se detenga y que siga exponiendo lo que tenga que
decir, si es que tiene que añadir algo. Sócrates afirma que es todavía mucho
lo que le queda por exponer. Lo que Sócrates dirá a continuación nos lleva al Simil
de la linea. {Ver Texto3e}
Presentación
TEXTO1E
(505a-506b)
Más bien creo esto último, pues me has oído decir muchas
veces que el más sublime objeto de conocimiento es la idea del bien, que es la que, asociada a la justicia y a las demás
virtudes, las hace útiles y beneficiosas. Y ahora sabes muy bien que voy a hablar de ello
y a decir además que no lo conocemos sufìcientemente. Y, si no lo conocemos, sabes
también que, aunque conociéramos con toda la perfección posible todo lo demás excepto
esto, no nos serviría para nada, como tampoco todo aquello que poseemos sin poseer a un
tiempo el bien. ¿O crees que sirve de algo el poseer todas las cosas salvo las buenas!
¿O el conocerlo todo excepto el bien y no conocer nada hermoso ni bueno?
-No lo creo, ¡por Zeus! -dijo.
-Ahora bien, también sabes que para las más de las gentes el bien es el placer y para los más ilustrados
el conocimiento.
-¿Cómo no?
-Y también, mi querido amigo, que quienes tal opinan no pueden indicar qué clase de
conocimiento, sino que al fin se ven obligados a decir que el del bien.
-Lo cual es muy gracioso -dijo.
-¿Cómo no va a serlo -dije- si, después de echarnos
en cara que no conocemos el bien, nos hablan luego como a quien lo conoce? En
efecto, dicen que es el conocimiento del bien, como si comprendiéramos nosotros lo que
quieren decir cuando pronuncian el nombre del bien.
-Tienes mucha razón -dijo.
-¿Y los que definen el bien como el placer? ¿Acaso no incurren en un extravío no menor
que el de los otros? ¿No se ven también éstos obligados a convenir en que existen
placeres malos?
-En efecto.
-Les acontece, pues, creo yo, el convenir en que las mismas cosas son buenas y malas. ¿No
es eso?
-¿Qué otra cosa va a ser?
-¿Es pues, evidente, que hay muchas y grandes dudas sobre esto?
-¿Cómo no?
-¿Y qué? ¿No es evidente también que, mientras con respeto a lo justo y lo bello hay
muchos que, optando por la apariencia, prefieren hacer
y tener lo que lo parezca aunque no lo sea, en cambio, con respecto a lo bueno, a nadie le
basta con poseer lo que parezca serlo, sino que buscan todos la realidad desdeñando en
ese caso la apariencia?
-Efectivamente -dijo.
-Pues bien, esto que persigue y con miras a lo cual obra
siempre toda alma, que, aun presintiendo que ello es algo, no puede, en su perplejidad,
darse suficiente cuenta de lo que es ni guiarse por un criterio tan seguro como en lo
relativo a otras cosas, por lo cual pierde también las ventajas que pudiera haber
obtenido de ellas....¿Consideraremos, pues, necesario que los más excelentes ciudadanos, a quienes vamos a confiar todas
las cosas, permanezcan en semejante oscuridad con respecto a un bien tan preciado y
grande?
-En modo alguno -dijo.
-En efecto, creo yo -dije- que las cosas justas y hermosas de las que no se sabe en qué
respecto son buenas no tendrán un guardián que valga gran cosa en aquel que ignore este
extremo; y auguro que nadie las conocera suficientemente mientras no lo sepa.
-Bien auguras -dijo.
-¿No tendremos, pues, una comunidad perfectamente organizada cuando la guarde un
guardián conocedor de estas cosas?
-Es forzoso -dijo-
Comentario5
Presentación
TEXTO2E
(506b-508c)
Pero tú, Sócrates, ¿dices que el bien es el conocimiento o
que es el placer o que es alguna otra cosa distinta
de éstas?
-¡Vaya con el hombre! - exclamé -. Bien se veía desde
hace rato que no te ibas a contentar con lo que opinaran los demás acerca de ello.
-Porque no me parece bien, ¡oh, Sócrates! -dijo-, que quien durante tanto tiempo se ha
ocupado de estos asuntos pueda exponer las opiniones de los demás, pero no las suyas.
-¿Pues qué? -dije yo-. ¿Te parece bien que hable uno de las cosas que no sabe como si
las supiese?
-No como si las supiese -dijo-, pero sí que acceda a exponer, en calidad de opinión, lo
que él opina.
-¿Y qué? ¿No te has dado cuenta -dije- de que las opiniones sin conocimiento son todas defectuosas? Pues las mejores de entre ellas son ciegas.
¿O crees que difieren en algo de unos ciegos que van por buen camino aquellos que
profesan una opinión recta, pero sin conocimiento?
-En nada-dijo.
-¿Quieres, entonces, ver cosas feas, ciegas y tuertas cuando podrías oírlas claras y
hermosas de labios de otros?
-¡Por Zeus! -dijo Glaucón-. No te detengas, ¡oh, Sócrates!, como si hubieses llegado
ya al final. A nosotros nos basta que, como nos explicaste
lo que eran la justicia, templanza y demás virtudes, del mismo modo nos expliques
igualmente lo que es el bien.
-También yo, compañero -dije-, me daría por plenamente satisfecho. Pero no sea que
resulte incapaz de hacerlo y provoque vuestras risas con mis torpes esfuerzos. En fin, dejemos por ahora, mis bienaventurados amigos, lo que pueda
ser lo bueno en sí, pues me parece un tema demasiado elevado para que, con el impulso que
llevamos ahora, podamos llegar en este momento a mi concepción acerca de ello. En cambio
estoy dispuesto a hablaros de algo que parece ser hijo del bien
y asemejarse sumamente a él; eso si a vosotros os agrada, y si no lo dejamos.
-Háblanos, pues -dijo-. Otra vez nos pagarás tu deuda con la descripción del padre.
-¡Ojalá -dije- pudiera yo pagarla y vosotros percibirla entera en vez de contentaros,
como ahora, con los intereses! En fin, llevaos, pues, este hijo del bien en sí, este
interés producido por él; mas cuidad de que yo no os engañe involuntariamente
pagándoos los réditos en moneda falsa.
-Tendremos todo el cuidado posible -dijo-. Pero habla ya.
-Sí -contesté-, pero después de haberme puesto de acuerdo con vosotros y de haberos
recordado lo que se ha dicho antes y se había dicho ya
muchas otras veces.
-¿Qué?-dijo.
-Afirmamos y definimos en nuestra argumentación -dije- la existencia
de muchas cosas buenas y muchas cosas hermosas y muchas también de cada una de las demás
clases.
-En efecto, así lo afirmamos.
-Y que existe, por otra parte, lo bello en sí y lo bueno en sí; y del mismo modo, con
respecto a todas las cosas que antes definíamos como múltiples, consideramos, por el
contrario, cada una de ellas como correspondiente a una sola idea, cuya unidad suponemos,
y llamamos a cada cosa «aquello que es».
-Tal sucede.
-Y de lo múltiple decimos que es visto, pero no
concebido, y de las ideas, en cambio, que son concebidas,
pero no vistas.
-En absoluto.
-Ahora bien, ¿con qué parte de nosotros vemos lo que es visto?
-Con la vista -dijo.
-¿Y no percibimos -dije- por el oído lo que se oye y por medio de los demás sentidos
todo lo que se percibe?
-¿Cómo no?
-¿No has observado -dije- de cuánta mayor generosidad usó el artífice de los sentidos
para con la facultad de ver y ser visto?
-No, en modo alguno -dijo.
-Pues considera lo siguiente: ¿existe alguna cosa de especie distinta que les sea
necesaria al oído para oír o a la voz para ser oída; algún tercer
elemento en ausencia del cual no podrá oír el uno ni ser oída la otra?
-Ninguna -dijo.
-Y creo también -dije yo- que hay muchas otras facultades, por no decir todas, que no
necesitan de nada semejante. ¿O puedes tú citarme alguna?
-No, por cierto -dijo.
-Y en cuanto a la facultad de ver y ser visto, ¿no te has
dado cuenta de que ésta sí que necesita?
-¿Cómo?
-Porque aunque, habiendo vista en los ojos, quiera su poseedor usar de ella y esté
presente el color en las cosas, sabes muy bien que, si no se añade la tercera especie
particularmente constituida para este mismo objeto, ni la vista verá nada ni los colores
serán visibles.
-¿Y qué es eso -dijo- a que te refieres?
-Aquello -contesté- a lo que tú llamas luz.
-Tienes razón -dijo.
-No es pequeña, pues, la medida en que, por lo que toca a excelencia, supera el lazo de
unión entre el sentido de la vista y la facultad de ser visto a los que forman las demás
uniones; a no ser que la luz sea algo despreciable.
-No -dijo-; está muy lejos de serlo.
-¿Y a cuál de los dioses del cielo puedes indicar como dueño de estas cosas y productor
de la luz por medio de la cual vemos nosotros y son vistos los objetos con la mayor
perfección posible?
-Al mismo -dijo- que tú y los demás, pues es evidente que preguntas por el sol.
-Ahora bien, ¿no se encuentra la vista en la siguiente relación con respecto a este
dios?
-¿En cuál?
-No es sol la vista en sí ni tampoco el órgano en que se produce, alcua llamamos ojo.
-No, en efecto.
-Pero éste es, por lo menos, el más parecido al sol,
creo yo, de entre los órganos de los sentidos.
-Con mucho.
-Y el poder que tiene, ¿no lo posee como algo dispensado por el sol en forma de una
especie de emanación?
-En un todo.
-¿Mas no es así que el sol no es visión, sino que, siendo causante de ésta, es
percibido por ella misma?
-Así es -dijo.
Comentario5
Presentación
TEXTO3E
(508c-509d)
-Pues bien, he aquí -continué- lo que puedes decir que yo
designaba como hijo del bien,
engendrado por éste
a su semejanza como algo que, en la región visible, se
comporta, con respecto a la visión y a lo visto, del mismo modo que aquél en la región inteligible con respecto a la inteligencia y a
lo aprehendido por ella.
-¿Cómo? -dijo-. Explícamelo algo más.
-¿No sabes -dije-, con respecto a los ojos, que, cuando no
se les dirige a aquello sobre cuyos colores se extienda la luz del sol, sino a lo que
alcanzan las sombras nocturnas, ven con dificultad y parecen casi ciegos como si no
hubiera en ellos visión clara?
-Efectivamente -dijo.
-En cambio, cuando ven perfectamente lo que el sol ilumina, se muestra, creo yo, que esa
visión existe en aquellos mismos ojos.
-¿Cómo no?
-Pues bien, considera del mismo modo lo siguiente con respecto
al alma. Cuando ésta fija su atención sobre un objeto iluminado por la verdad y el
ser, entonces lo comprende y conoce y demuestra tener inteligencia; pero, cuando la fija
en algo que está envuelto en penumbras, que nace o perece, entonces, como no ve bien, el
alma no hace más que concebir opiniones siempre cambiantes y parece hallarse privada de
toda inteligencia.
-Tal parece, en efecto.
-Puedes, por tanto, decir que lo que proporciona la verdad a los objetos del conocimiento
y la facultad de conocer al que conoce es la idea del bien, a la cual debes concebir como objeto del conocimiento, pero también como causa de la ciencia y de la verdad; y así, por muy hermosas
que sean ambas cosas, el conocimiento y la verdad, juzgarás rectamente si consideras esa
idea como otra cosa distinta y más hermosa todavía
que ellas. Y, en cuanto al conocimiento y la verdad, del mismo modo que en aquel otro
mundo se puede creer que la luz y la visión se parecen
al sol, pero no que sean el mismo sol, del mismo modo en éste es acertado el considerar
que uno y otra son semejantes al bien, pero no lo es el tener a uno cualquiera de los dos
por el bien mismo, pues es mucho mayor todavía la consideración que se debe a la
naturaleza del bien.
-¡Qué inefable belleza -dijo- le atribuyes! Pues, siendo fuente del conocimiento y la
verdad, supera a ambos, según tú, en hermosura. No creo, pues, que lo vayas a
identificar con el placer.
-Ten tu lengua -dije-. Pero continúa considerando su imagen
de la manera siguiente.
-¿Cómo?
-Del sol dirás, creo yo, que no sólo proporciona a las cosas que son vistas la facultad
de serlo, sino también la generación, el crecimiento y la alimentación; sin embargo,él
no es generación.
-¿Cómo había de serlo?
-Del mismo modo puedes afirmar que a las cosas inteligibles
no sólo les adviene por otra del bien su cualidad de inteligibles, sino también se les
añaden, por obra también de aquél, el ser y la esencia; sin embargo, el bien no es
esencia, sino algo que está todavía por encima de aquélla en cuanto a dignidad y poder.
Entonces Glaucón dijo con mucha gracia: -¡Por Apolo! ¡Qué maravillosa superioridad!
-Tú tienes la culpa -dije-, porque me has obligado a decir lo que opinaba acerca de ello.
-Y no te detengas en modo alguno -dijo-. Sigue exponiéndonos, si no otra cosa, al menos
la analogía con respecto al sol, si es que te queda algo que decir.
-Desde luego -dije- es mucho lo que me queda.
-Pues bien -dijo-, no te dejes ni lo más insignificante.
-Me temo -contesté- que sea mucho lo que me deje. Sin embargo, no omitiré de intento
nada que pueda ser dicho en esta ocasión.
-No, no lo hagas -dijo.
Comentario5
Presentación
LIBRO VI REPÚBLICA
COMENTARIO6
(509d-511e)
509d-511e
Sobre la base de lo expuesto en relación con la idea sobre el hijo
del bien, Sócrates, afirma que puede deducirse que existen dos realidades que reinan, una
en el género y región de lo inteligible, y el otro, en cambio, en la visible. En
definitiva parece que tenemos ante nosotros, afirma Sócrates, dos especies, la visible y
la inteligible. Pues bien, a partir de ahí, Sócrates, pide a los presentes que se
imaginen una linea cortada en dos segmentos desiguales y que vuelvan a cortar cada uno de
los segmentos, el del genero visible y el del inteligible, siguiendo la misma proporción.
Tales divisiones permitirían tener clasificados, según la mayor claridad u oscuridad de
cada uno los distintos grados de tales segmentos. En el mundo visible, continúa
Sócrates, existiría un primer segmento que se corresponde con las imágenes. Llama
imágenes ante todo a las sombras y, en segundo lugar, a las figuras que se forman en el
agua y en todo lo que es compacto, pulido y brillante. En el segundo de los segmento pide
que coloquemos todo aquello de lo cual lo anterior es imagen, es decir, los animales que
nos rodean, todas las plantas y el género entero de las cosas fabricadas. Pues bien,
establecida la división del género de lo visible, Sócrates, señala que habría que
reconocer que lo visible se divide, en proporción a la verdad o a la carencia de ella,
del mismo modo que la imagen se halla en respecto a aquello que imita, es decir, del mismo
modo que lo opinado se encuentra con respecto a lo conocido. En defintiva, Sócrates
parece estar dicienco que entre un objeto y la imagen del mismo existe la misma relación
que entre algo opinable y algo conocible. A continuación Sócrates plantea analizar el
modo en que hay que dividir el segmento de lo inteligible. Afirma que en relación con la
primera de las partes de lo inteligible, el alma se ve obligada a servirse, como si fueran
imágenes, de aquellas cosas que antes eran imitadas. Para ello, deber partir de
hipótesis y encaminarse no hacia el principio, sino hacia la conclusión. La segunda de
las partes de lo inteligible, parte tambien de hipótesis, pero para llegar a un principio
no hipotético y, además, llevando a cabo su investigación con la sola ayuda de las
ideas tomadas en sí mismas y sin valerse para nada de las imágenes.Despues de esta
exposición del denominado Simil de la Linea, Glaucón solicita de Sócrates una
explicación más precisa de todo lo dicho sobre este segundo segmento de lo inteligible
pues, afirma, no haber comprendido de modo suficiente aquello de lo que está hablando.
Sócrates le contesta trayendo a colación las investigaciones realizadas por los que se
ocupan de la geometría y de la aritmética. Ellos trabajan con los números pares o
impares y con toda clase de figuras. Las adoptan como hipótesis y proceden con ellas como
si las conociesen y no se creen en la obligación de dar ninguna explicación ni a sí
mismos ni a los demás con respecto a lo que consideran como evidente para todos. Pues
bien, de esta especie de axiomas parten para realizar las sucesivas y consecuentes
deducciones que les llevan finalmente a las conclusiones que se proponían en la
investigación. Ahora bien, continúa Sócrates, en sus investigaciones estos sujetos se
sirven de figuras visibles acerca de las cuales discurren, aunque no pensando en ellas
mismas, sino en aquello en que a ellas se parecen. Y asi hablan del cuadrado en sí y de
su diagonal, pero no acerca del que ellos dibujan, sino del que consideran que vale para
todos. En definitiva, las cosas modeladas y trazadas por ellos, de que son imágenes las
sombras y reflejos producidos en el agua, las emplean de modo que sean a su vez imágenes,
en su deseo de ver aquellas cosas en sí que no pueden ser vistas de otra manera sino por
medio del pensamiento. Pues bien ,esta clase de objetos pertenecen al mundo de lo
inteligible aunque el alma se ve obligada a servirse de hipótesis, y, al no poder
remontarse por encima de ellas, no se encamina al principio, sino que usa como imágenes
aquellos mismos objetos, imitados a su vez por los de abajo, y, que, por comparación con
éstos, son tambien estimados como cosas palpables. Glaucón afirma que, ahora, comprende
mejor lo que Sócrates quiere decir y señala que parece estarse refiriendo a los se hace
en la geometría y las ciencias afines.Por último, Sócrates, hace referencia, para
explicar mejor su significado, a lo que sucede en el segundo segmento de lo inteligible.
Aquí la razón, por sí misma, y, valiéndose del poder de la dialéctica considera las
hipótesis no como principios, sino como verdaderas hipótesis, es decir, peldaños y
trampolines que permitan llegar a lo no hipotético, es decir, hasta el principio de todo.
Una vez la razón ha llegado a tal principio, irá pasando de una a otra de las
deducciones que de tal principicio dependan hasta que de ese modo descienda a la
conclusión, y, ello sin recurrir para nada a lo sensible, antes bien, usando solamente de
las ideas tomadas en sí mismas. Glaucón afirma entender, aunque reconoce que no
perfectamente por ser muy grande la empresa a la que se está refiriendo, lo que Sócrates
quiere decir. Glaucón afirma entender que lo que Sócrates le interesa dejar bien sentado
es que es más clara la visión del ser y de lo inteligible que proporciona la ciencia de
la dialéctica que la que proporcionan las llamadas artes, a las cuales sirven de
principios las hipótesis. Los representantes de estas artes, aún siendo cierto que se
sirven del pensamiento para contemplar sus objetos, sin embargo, como no investigan
remontándose al principio no llegan a adquir un auténtico conocimiento, lo que no quiere
decir que no sea un conocimiento inteligible dado que están en relación con un
principio. Glaucón afirma tambien que le parece haber entendido que Sócrates ha querido
decir que la operación de los geómetras puede denominarse pensamiento, pero no
conocimiento, porque el pensamiento es algo que está entre la simple creencia y el
conocimiento. Sócrates reconoce que Glaucón ha entendido perfectamente lo que quiere
decir. Y finaliza este simil de la linea pidiendo a Glaucón que aplique a los cuatros
segmentos enumerados las siguientes operaciones que realiza el alma: la inteligencia, al
más elevado; el pensamiento, al segundo; al tercero pide que se le de el nombre de
creencia y al último el de imaginación. Solicita que se les ponga en orden y se
considere a cada uno de ellos como participante tanto más de la claridad cuanto más
participen de la verdad los objetos a que se aplica. {Ver texto1f}
Presentación
TEXTO1F
(509d-511e)
Simil de la linea
Toma, pues,una línea que esté cortada en
dos segmentos desiguales y vuelve a cortar cada uno de los segmentos, el del género
visible y el del inteligible, siguiendo la misma proporción. Entonces tendrás,
clasificados según la mayor claridad u oscuridad de cada uno:en el mundo visible, un
primer segmento, el de las imágenes . Llamo
imágenes ante todo a las sombras y, en segundo lugar, a las figuras que se forman en el
agua y en todo lo que es compacto, pulido y brillante y a otras cosas semejantes, si es
que me entiendes.
-Sí que te entiendo.
-En el segundo pon aquello de lo cual esto es imagen: los animales que nos rodean, todas las plantas y el género entero de las cosas fabricadas
-Lo pongo -dijo.
¿Accederías acaso -dije yo- a reconocer que lo visible se divide, en proporción a la
verdad o a la carencia de ella, de modo que la imagen se halle, con respecto a aquello que
imita, en la misma relación en que lo opinado
con respecto a lo conocido?
-Desde luego que accedo -dijo.
-Considera, pues, ahora de qué modo hay que dividir el segmento de lo inteligible
.
-¿Cómo?
-De modo que el alma se vea obligada a buscar la una
de las partes sirviéndose, como de imágenes, de aquellas cosas que antes eran imitadas,
partiendo de hipótesis y encaminándose así, no hacia el principio, sino hacia la
conclusión; y la segunda ,partiendo también
de una hipótesis, pero para llegar a un principio no hipotético y llevando a cabo su
investigación con la sola ayuda de las ideas tomadas en sí mismas y sin valerse de las
imágenes a que en la búsqueda de aquello recurría.
-No he comprendido de modo suficiente -dijo-eso de que hablas.
-Pues lo diré otra vez -contesté-. Y lo entenderás mejor después del siguiente
preámbulo. Creo que sabes que quienes se ocupan de geometría , aritmética y otros estudios similares dan por supuestos los
números impares y pares, las figuras, tres clases de ángulos y otras cosas emparentadas
con éstas y distintas en cada caso; las adoptan como hipótesis, procediendo igual que si
las conocieran, y no se creen ya en el deber de dar ninguna explicación ni a sí mismos
ni a los demás con respecto a lo que consideran como evidente para todos, y de ahí es de
donde parten las sucesivas y consecuentes deducciones que les llevan finalmente a aquello
cuya investigación se proponían.
-Sé perfectamente todo eso -dijo.
-¿