LIBRO IV REPUBLICA
COMENTARIO1
(419a-421c)
419ª-421c
En los inicios del libro IV Sócrates y Adimanto siguen
analizando el problema de la educación de los guardianes planteada a finales del
libro III. Comienza interviniendo Adimanto para plantear a Sócrates si
con el duro regimen de viva propuesto más arriba no se haría infelices a los guardianes.
Y es que, objeta Adimanto, parece que los guardianes, estando en una ciudad que
es realmente suya, son como personas a sueldo a las que no les está permitido usar de
ella como a otros ciudadanos. Sócrates recalca, incluso, que no es cierto que
los guardianes deban recibir un sueldo; unicamente el sustento. Tampoco les estaría
permitido salir de la ciudad a gastar en juergas los dineros. Y justifica su posición en
el razonamiento siguiente: comienza estableciendo que en la ciudad justa que
están intentando investigar lo importante no es la felicidad o infelicidad de un
estamento concreto sino de la ciudad toda. Por lo tanto, del mismo modo que
en una estatua la belleza no está en sus ojos o en su cara sino en el conjunto,
asi tambien al hablar de la educación de los guardianes no debe establecerse ésta
mirando en su mayor o menor felicidad, sino que, con la vista puesta en la ciudad
entera, se ha de considerar el modo de que ésta alcance su auténtica felicidad. Y
hasta ahora el razonamiento nos dice que ello pasa por obligar o persuadir a los
guardianes de que ante todo deben ser perfecto operarios de su propio trabajo en
el que deben encontrar su auténtica felicidad. {Ver texto1a}
Presentación
TEXTO1A
(419a-421c)
Y Adimanto, interrumpiendo, dijo.- -¿Y qué dirías en tu defensa,
Sócrates, si alguien te objetara que no haces nada
felices a esos hombres, y ello ciertamente por su culpa,
pues, siendo la ciudad verdaderamente suya, no gozan bien alguno de ella, como otros que adquieren campos y se construyen casas bellas y
espaciosas y se hacen con el ajuar acomodado a tales casas y ofrecen a los dioses
sacrificios por su propia cuenta, albergan a los forasteros y además, como tú decías,
granjean oro y plata y todo aquello que deben tener los que han de ser felices? Éstos, en cambio -agregaría el objetante-, parece que están
en la ciudad ni más ni menos que como auxiliares a sueldo, sin hacer otra cosa que
guardarla.
-Sí -dije yo,- y esto sólo por el sustento, sin percibir sobre él salario alguno como los demás, de modo que, aunque
quieran salir privadamente fuera de la ciudad, no les sea posible, ni tampoco pagar
cortesanas ni gastar en ninguna otra cosa de aquellas en que gastan los que son tenidos
por dichosos. Estos y otros muchos particulares has dejado fuera de tu acusación.
-Pues bien -contestó-, dalos también por incluidos en ella.
-¿Y dices que cómo habríamos de hacer nuestra defensa?
-Sí.
-Pues siguiendo el camino emprendido -repliqué yo-, encontraríamos, creo, lo que habría
que decir. Y diremos que no sería extraño que también éstos, aun de ese modo, fueran felicísimos; pero que, como quiera que sea, nosotros no
establecemos la ciudad mirando a que una clase de gente sea especialmente feliz, sino para
que lo sea en el mayor grado posible la ciudad toda; porque pensábamos que en una ciudad tal encontraríamos más
que en otra alguna la justicia, así como la injusticia en aquella en que se vive peor, y
que, al reconocer esto, podríamos resolver sobre lo que hace tiempo venimos investigando.
Ahora, pues, formamos la ciudad feliz, en nuestra opinión, no ya estableciendo
diferencias y otorgando la dicha en ella sólo a unos cuantos, sino dándola a la ciudad
entera; y luego examinaremos la contraria a ésta. Lo
dicho es, pues, como si, al pintar nosotros una estatua,
se acercase alguien a censurarla diciendo que no aplicábamos los más bellos tintes a lo
más hermoso de la figura, porque, en efecto, los ojos, que es lo más hermoso, no habían
quedado teñidos de púrpura, sino de negro; razonable parecería nuestra réplica al
decirle.- «No pienses, varón
singular, que hemos de pintar los ojos tan hermosamente que no parezcan ojos, ni tampoco
las otras partes del cuerpo; fíjate sólo en si, dando a cada parte lo que le es propio,
hacemos hermoso el conjunto. Y así, no me obligues a poner en los guardianes tal
felicidad que haga de ellos cualquier cosa antes que guardianes. Sabemos, en efecto, el
modo de vestir hasta a los labriegos con mantos de púrpura, ceñirlos de oro y
encargarles que no labren la tierra como no sea por placer; y el de tender a los alfareros
en fila a que, dando de lado al torno, beban y se banqueteen
junto al fuego para hacer cerámica sólo cuando les venga en gana; y el de hacer felices
igualmente a todos los demás de la ciudad para que toda ella resulte feliz. Pero no nos
requieras a hacer nada de ello; porque, si te hiciéramos caso, ni el labriego sería
labriego ni el alfarero alfarero ni
aparecería nadie en conformidad con ninguno de aquellos tipos de hombres que componen la
ciudad. Y aun de los otros habría menos que decir, porque, si los zapateros se hacen
malos, se corrompen y fingen ser lo que no son, ello no es ningún peligro para la
comunidad; pero los guardianes de las leyes y de la ciudad que no sean tales en realidad,
sino sólo en apariencia, bien ves que arruinan la misma ciudad de arriba abajo, de igual
modo que son los únicos que tienen en sus manos la oportunidad, de hacerla feliz y de
buena vivienda». Así, pues,
nosotros establecemos auténticos guardianes y no en
manera alguna enemigos de la ciudad; y el que propone aquello otro de los labriegos y los
que se banquetean a su placer, no ya como en una ciudad, sino como en una gran fiesta,
ése no habla de ciudad, sino de cualquier otra cosa. Tenemos, pues, que examinar si hemos
de establecer los guardianes mirando a que ellos mismos consigan la mayor felicidad
posible o si, con la vista puesta en la ciudad entera, se ha de considerar el modo de que
ésta la alcance y obligar y persuadir a los auxiliares
y guardianes a que sean perfectos operarios de su propio trabajo, y ni más ni menos a los
demás; de suerte que, prosperando con ello la ciudad en su conjunto y viviéndose bien en
ella, se deje a cada clase de gentes que tome la parte de felicidad que la naturaleza les
procure.
Comentario1
Presentación
LIBRO IV REPÚBLICA
COMENTARIO2
(421c-422a)
421c-422ª
Sócrates saca ahora a colación el asunto de la riqueza
y la pobreza dentro de la ciudad. Señala que todos los que tienen un oficio
y se hacen ricos acaban por abandonar o ser peores en el mismo. Por otro
lado, todos aquellos oficios que carecen de medios para poder desarrollarlos por
ser pobres acaban por ser peores tanto ellos mismos como los oficicios que
enseñan. Por tanto, señala Sócrates, los guardianes-auxiliares han de vigilar
que no se meta en la ciudad ni la riqueza ni la pobreza ya que una trae la
molicie y la ociosidad y la otra la vileza y el mal obrar. {Ver Texto1b}
Presentación
TEXTO1B
(421c-422a)
-En verdad creo --dijo él- que hablas con acierto.
-¿Y acaso --dije- te parecerá que tengo razón en otro asunto
que corre parejas con éste?
-¿De qué se trata?
-Examina si estas otras cosas no corrompen a los demás trabajadores hasta el punto de
ocasionar su perversión.
-¿Y cuáles son ellas?
-La riqueza -contesté-- y la indigencia.
-¿Y cómo?
--Como voy a decirte. ¿Crees tú que un alfarero que se
hace rico va a querer dedicarse de aquí en adelante a su oficio?
-De ningún modo -replicó.
-¿No se hará más holgazán y negligente de lo que era?
-Mucho más.
-¿Vendrá, pues, a ser peor alfarero?
-También ---dijo-. Mucho peor.
-Y, por otra parte, si por la indigencia no puede
procurarse herramientas o alguna otra cosa necesaria a su arte, hará peor sus obras, y a
sus hijos o a otros a quiee nes enseñe, los enseñará a ser malos artesanos.
-¿Cómo no?
-Por consiguiente, tanto con la riqueza como con la indigencia resultan peores los productos de las artes y peores también los que
las practican.
-Así parece.
-Hemos encontrado, pues, por lo visto, dos cosas a que deben atender nuestros guardianes vigilando para que no se les metan en la ciudad sin que
ellos se den cuenta.
-¿Qué cosas son?
-La riqueza --dije- y la indigencia; ya que la una trae la molicie, la ociosidad y el
prurito de novedades, y la otra, este mismo prurito y, a más, la vileza y el mal obrar.
Comentario2
Presentación
LIBRO IV REPÚBLICA
COMENTARIO3
(422a-423c)
422ª-423c
A continuación Sócrates plantea a Adimanto, con el objeto de
llamar su atención sobre lo que va a decir, la siguiente paradoja: una ciudad,
gobernada por guardianes seleccionados y educados según las propuestas anteriores, le
será más dificil vencer en una batalla a una ciudad grande y rica que a dos. El
razonamiento en donde apoya tal afirmación es el siguiente: comienza señalando que sus
guardianes serán atletas que luchan contra hombres ricos de otra ciudad. Ello
les permitiría,del mismo modo que un solo púgil es capaz de vencer a otros dos ricos
pero grasos, el poder luchar con un número de enemigos doble e incluso triple al suyo.
Ahora bien, ¿por qué sería más fácil vencer a dos ciudades ricas que a una sola?
Aquí Sócrates hace intervenir la importancia que tiene para una ciudad justa la ausencia
de riquezas y la limitación del territorio. Afirma que nos supongamos a una
embajada de nuestra ciudad justa que dijese a una de las ciudades ricas esta verdad: nosotros
no queremos para nada el oro ni la plata ni nos es lícito servirnos de las riquezas como
a vosotros, luchad a nuestro lado y quedaos con lo de los contrarios. ¿Piensas,
pregunta Sócrates, que habría quienes, al oir esto, eligieran el combatir contra unos
perros duros y magros en vez de aliarse con ellos contra unos carneros mantecosos y
tiernos? En este contexto, por tanto, sería incluso mejor luchar en contra de dos
ciudades que en contra de una sola.
Adimanto sin embargo, no se muestra totalmente de acuerdo con lo dicho por
Sócrates y le recuerda que si se juntan en una sóla ciudad las riquezas de las otras, lo
que parece evidente es que corre gran peligro el que carece de ellas. Sócrates niega que
deba llamarse ciudad a otra cosa que no sea tal como el razonamiento nos viene
descubriendo y le niega ese supuesto poniendo como ejemplo el juego ateniense de
las ciudades en donde cada casilla de un tablero recibía el nombre de ciudad (y que
recuerda a los juegos de estrategia actuales tipo Civilizacion II). En este juego
se trataba de lograr que tu ciudad no quedase aislada aprovechándo la diversidad de
intereses entre las diferentes ciudades ofreciéndoles bienes para lograr así alianzas y,
con ello, tener pocos enemigos. De esta forma actuando juiciosamente se podría conseguir
una ciudad que sea realmente grande aunque no tuviese más que un millar de combatientes,
es decir, que parezca pequeña. En consecuencia con todo lo dicho Sócrates propone otra
prescripción para los guardianes: que atiendan por todos los medios a que la ciudad
no sea pequeña ni parezca grande, sino que sea suficiente en su unidad. {Ver texto1c}
Presentación
TEXTO1C
(422a-423c)
-Conforme en todo -dijo-; pero considera, Sócrates, cómo nuestra
ciudad, sin estar en posesión de riqueza, se hallará capaz de hacer la guerra, sobre
todo cuando se vea forzada con otra ciudad grande y rica.
-Está claro -dije- que contra una sola le será más difícil;
pero más fácil si pelea en contra dos de tales ciudades.
-¿Cómo dices? -preguntó.
-Primeramente --,dije-, si hay que luchar, ¿no lucharán contra hombres ricos siendo
ellos atletas en la guerra?
-Sí por cierto -replicó.
-Y bien, Adimanto -pregunté-; un solo púgil preparado lo mejor posible en su oficio,
¿no te parece que puede luchar fácilmente con otros dos que no sean púgiles, pero sí
ricos y grasos?
-Quizá no -contestó-- con los dos a un tiempo.
-¿Y si le fuera posible -observé- emprender la huida y golpear, dando cara de nuevo, a
cada uno de los que sucesivamente le fueran alcanzando, y si hiciera todo esto bajo el ardor del sol? ¿No podría el tal habérselas aun con más de
dos de aquellos otros?
-Sin duda -dijo-, no sería nada extraño.
-¿Y no crees tú que a los ricos se les alcanza por conocimiento y práctica más de
pugilato que de guerra?
-Lo creo ---contestó.
-Por lo tanto, nuestros atletas podrán luchar probablemente con un número de enemigos
doble y triple que el suyo.
-Lo concedo - dijo -, porque, en efecto, me parece que llevas razón.
-¿Y qué sucedería si, enviando una embajada a una de
aquellas otras dos ciudades, dijeran, como era verdad: «Nosotros no queremos para
nada el oro ni la plata ni nos es lícito servirnos de ellos como os lo es a vosotros;
luchad, pues, a nuestro lado y quedaos con lo de los contrarios»? ¿Piensas que
habría quienes, al oír esto, eligieran el combatir contra unos perros duros y magros en
vez de aliarse con ellos contra unos carneros mantecosos y tiernos?
-No creo que los hubiera ---dijo; pero, si se juntan en una sola ciudad las riquezas
de las otras, mira no haya peligro para la que carece de ellas.
-Eres un bendito --dije- si crees que se debe llamar
ciudad a otra que no sea tal como la que nosotros formamos.
-¿Y por qué? -preguntó.
A las otras -replíqué- hay que acrecerles el nombre; porque cada una de ellas no es una
sola ciudad, sino muchas, como las de los jugadores.
Dos, en el mejor caso, enemiga la una de la otra: la de los pobres y la de los ricos. Y en
cada una de ellas hay muchísimas, a las cuales, si las tratas como a una sola, lo
errarás todo, pero, si te aprovechas de su diversidad entregando a los unos los bienes,
las fuerzas y aun las personas de los otros, te hallarás siempre con muchos aliados y
pocos enemigos. Y mientras tu ciudad se administre juiciosamente en la disposición que
queda dicha, será muy grande, no digo ya por su fama, sino en realidad de verdad, aunque
no cuente más que con un millar de combatientes; y
difícilmente hallarás otra tan grande ni entre los griegos ni entre los bárbaros,
aunque muchas parezcan ser varias veces más grandes que ella. ¿O tal vez opinas
de otro modo?
-No, por Zeus -dijo.
-De modo -proseguí- que éste será para nuestros gobernantes el mejor límite al
desarrollo que han de dar a la ciudad y al territorio que, conforme a este desarrollo, han
de asignarle dejando fuera lo demás.
-¿Qué límite? --,dijo.
-Creo que el siguiente --dije-.- mientras su crecimiento permita que siga siendo una sola
ciudad, acrecerla; pero no pasar de ahí.
-Perfectamente --dijo.
-Y así, haremos también otra prescripción a los
guardianes: que atiendan por todos los medios a que la ciudad no sea pequeña ni parezca
grande, sino sea suficiente en su unidad.
-¡Ligera prescripción, la que les hacemos! ---dijo.
Comentario3
Presentación
LIBRO IV REPÚBLICA
COMENTARIO4
(423c-427d)
423c-427d
A continuación Sócrates señala las últimas prescripciones
relacionadas con la educación de los guardianes-auxiliares y con la fundación
de su ciudad ideal. Serían de destacar las siguientes:
- Repite de nuevo la idea acerca de que en caso de que los guardianes procreen
algún descendiente de poca valía deberían de despedirlo de la asociación y enviarlo a
la ciudad a ejercer el oficio al que estaría destinado por naturaleza. Y es que
en una ciudad ideal cada uno debe dedicarse a un trabajo, que ha de ser aquel para el que
esté dotado.
- Hace referencia por primera vez a algo que desarrollará con detalle más
adelante (libro V) como es la cuestión de la crianza y educación comunal de
los hijos de los guardianes, la posesión común de las mujeres y los matrimonios y
la procreación de los hijos.
- Los que cuidan de la ciudad han de esforzarse para que en la educación no haya innovaciones
contra lo prescrito en la gimnasia o en la música, rechazando expresiones como
ésta: la gente celebra entre todos los cantos el postrero, el más nuevo que viene a
halagar a los oidos. {Ver Texto1d}
- A los niños se les ha de procurar no introducir cambios en sus juegos,
ofreciéndoles, desde el primer momento, juegos tradicionales, es decir,
sujetos a normas ya que si no se atienen a éstas es imposible que al crecer se hagan
varones justos y de provecho.
- Esta buena educación base en los niños les ayudará a descubrir por sí mismos
aquellas reglas aparentemente superadas y,con ello, enderezar cuanto anteriormente estaba
caido en la ciudad. De este modo descubrirán, sin necesidad de que nadie lo prescriba con
leyes, que los jovenes han de guardar silencio ante personas de más edad;
aprender a como levantarse y sentarse ante su presencia; respetar a los propios padres
asi como aprender el modo de cortarse el pelo, vestir y calzar. Afirma que no
sería necesario legislar sobre estas cosas puesto que ciudadanos educados en su
ciudad ideal ya sabrian lo que deberían hacer en este terreno.{Ver Texto2d}
- Del mismo modo, afirma Sócrates, sobrarían leyes y decretos para establecer
como comportarse en los lances del mercado o en los convenios sobre negocios. Lo
mismo sobrarían decretos referidos a las injurias y atropellos o a las citaciones ante la
justicia y elección de los jueces. Y es que no vale la pena dar ordenanzas a hombres
sanos y honrados. Ellos mismos hallarán fácilmente la mayor parte de aquello que habría
de ponerse por ley. Y es que, según Sócrates, la promulgación continúa de leyes es
algo propio de ciudades enfermas. Además tales leyes no hacen otra cosa que
complicar y agravar aún más tal enfermedad. Andan engañados lo que creen que el cuerpo
(medicina) o el alma (leyes) puede curarse con recetas médica o con prescripiciones
legales. De lo que se trata es de extirpar el mal de raiz. Ello explica que en las
ciudades enfermas se tenga por su peor enemigo al que les dice la verdad y les recuerda
que no son los cauterios, las sajaduras o talismanes las que curan al cuerpo que está
realmente enfermo, ni se cura una ciudad enferma en su alma legislando sobre multitud de
asuntos. Quienes hacen esto son los hombres más graciosos del mundo pues están realmente
cortando las cabezas de la hidra. {Ver
Texto3d}
A continuación, Adimanto le pregunta a Sócrates si queda algo más que decir
en materia de legislación. Sócrates saca a colación todo lo referente a la materia
religiosa presente en una ciudad ideal (erecciones de templos, sacrificios, cultos a
los dioses,sepulturas a los muertos....) Afirma que los guardianes no entienden de estas
cosas ( y nosotros, afirma Sócrates, tampoco) por lo que no nos serviremos de más guía
que la transmitida por nuestros padres y muestra un respeto especial ante el dios
Apolo por considerarlo como un dios general en materia religiosa que no era
consultado solamente por los griegos sino tambien por muchos otros pueblos. Al llegar a
este punto, Sócrates considera ya fundada su ciudad ideal. {Ver texto4d}
Presentación
TEXTO1D
(423c-425a)
-Y aún más ligera ---continué-, esta otra, que ya recordamos antes cuando decíamos que, en caso de tener
los guardianes algún descendiente de poca valía, han de despedirlo y mandarlo con los
demás ciudadanos, y que sí a estos últimos les nace algún retoño de provecho ha de ir
con los guardianes. Con esto se quiere mostrar que, aun entre los demás de la ciudad,
cada uno debe ser puesto a un trabajo, que ha de ser aquel para el que esté dotado; de
modo que, atendiendo a una sola cosa, conserve él también su unidad y no se divida, y
así la ciudad entera resulte una sola y no muchas.
-¡Bien por cierto --dijo-, más insignificante es eso que lo otro!
-En verdad --dije- parecerá, buen Adimanto, que estas prescripciones son muchas y de
peso; pero todas son realmente de poca importancia con tal de que guarden aquella
única gran cosa del proverbio o más bien, en vez de
grande, suficiente.
-¿Y cuál es ella? -preguntó.
-La educación y la crianza --contesté--; porque, si con
una buena educación llegan a ser hombres discretos, percibirán fácilmente todas estas
cosas y aun muchas más que ahora pasamos por alto, como lo de que la posesión de las
mujeres, los matrimonios y la procreación de los hijos deben, conforme al proverbio, ser
todos comunes entre amigos en el mayor grado posible.
-Y sería lo mejor --dijo él.
-Y aún más -- dije-: una vez que el Estado toma impulso
favorable, va creciendo a manera de un círculo; porque, manteniéndose la buena crianza y
educación, producen buenas índoles, y éstas, a su vez, imbuidas de tal educación, se
hacen, tanto en las otras cosas como en lo relativo a la procreación, mejores que las que
les han precedido, igual que sucede en los demás animales.
-Es natural --dijo.
-Para decirlo, pues, brevemente: los que cuidan de la ciudad han de esforzarse para que
esto de la educación no se corrompa sin darse ellos cuenta, sino que en todo han de
vigilarlo, de modo que no haya innovaciones contra lo prescrito ni en la gimnasia ni en la
música; antes bien, deben vigilar lo más posible y sentir miedo si alguno dice
«la gente celebra entre todos los cantos el postrero, el más nuevo que viene a halagar sus [oídos»,
no crean que el poeta habla, no ya de cantos nuevos
sino de un género nuevo de canto y lo celebren. Porque ni hay que celebrar tal cosa ni
hacer semejante suposición. Se ha de tener, en efecto, cuidado con el cambio e
introducción de una nueva especie de canto en el convencimiento de que con ello todo se
pone en peligro; porque no se pueden remover los modos musicales sin remover a un tiempo
las más grandes leyes, como dice Damón y yo creo.
-Ponme a mí también entre los convencidos --,dijo Adimanto.
-Por tanto, es en el ámbito de la música ---dije- donde, según parece, han de
establecer su cuerpo de guardia los guardianes.
-Ahí es, en efecto -replicó, donde, al insinuarse, la ilegalidad
pasa más fácilmente inadvertida.
-Sí ---dije-, como cosa de juego y que no ha de producir daño alguno.
-Ni lo produce -observó- sino introduciéndose poco a poco y deslizándose calladamente
en las costumbres y modos de vivir; de ellos sale, ya crecida, a los tratos entre
ciudadanos y tras éstos invade las leyes y las constituciones, ¡oh, Sócrates!, con la
mayor impudencia hasta que al fin lo trastorna todo en la vida privada y en la pública.
-Bien --dije yo-, ¿ocurre ello así?
-Tal me parece -contestó.
Comentario4
Presentación
TEXTO2D
(425a-425d)
-¿Así, pues, como ya al comienzo decíamos, a los niños se les ha de procurar desde el
primer momento un juego más sujeto a normas en la convicción de que, si ni el juego ni
los niños se atienen a éstas, es imposible que, a al crecer, se hagan varones justos y
de provecho?
-¿Cómo no? ---dijo.
-Y cuando los niños, comenzando a jugar como es debido,
reciben la buena norma por medio de la música, aquélla, al contrario de lo que ocurre
con los otros, los seguirá a todas partes y los hará medrar enderezando cuanto
anteriormente estaba caido en la ciudad.
-Verdad es --dijo.
-Y ellos -dije- descubrirán también aquellas reglas que sus predecesores dejaron totalmente perdidas.
-¿Cuáles son?
-De este género: el silencio que los jóvenes han de guardar ante personas de más edad;
cómo han de hacer que se sienten y levantarse ellos en su presencia; el respeto de los
propios padres; y también el modo de cortarse el pelo, de vestir y calzar, el pergeño
general del cuerpo y, en fin, todo cuanto hay de semejante a esto. ¿No te parece?
-Desde luego.
-Creo que sería tonto disponer por ley todas estas cosas:
no se hace en ninguna parte y, aunque se hiciera, no se mantendrían ni por la palabra ni
por la escritura.
-¿Cómo iban a mantenerse?
-Será, pues, probable, ¡oh, Adimanto! -dije yo-, que, partiendo de la educación en la
dirección de la vida, todo lo que sigue sea como ella. ¿O no es cierto que lo semejante
llama a lo semejante?
-¿Qué más cabe?
-Y al fin, creo que podríamos decirlo, saldrá de ello algo completo y vigoroso, sea
bueno, sea malo.
-¿Cómo no? ---dijo él.
-De modo -proseguí- que yo, por los motivos dichos, no trataría de legislar sobre estas
cosas.
-Y con razón -dijo él.
Comentario4
Presentación
TEXTO3D
(425d-427a)
-¿Y qué diremos, por los dioses -continué--, acerca
de esos
lances del mercado, de los convenios que en
él hacen unos y otros entre sí y, si quieres, de los tratos con los artesanos, de las
injurias y atropellos, de las citaciones en justicia y las elecciones de los jueces, de la
necesidad de tales y cuales coacciones o imposiciones de tributos en plazas y puertos y,
en general, de todos los usos placeros, urbanos y marítimos y cuantas cosas hay del mismo
estilo? ¿Nos atreveremos a poner leyes sobre ellas?
-No vale la pena -contestó-- de dar ordenanzas a hombres sanos
y honrados: ellos mismos hallarán fácilmente la mayor parte de aquello que habría
de ponerse por ley.
-Sí, amigo ---dije-, si el cielo les da conservar las leyes de que antes hicimos
mención.
-En otro caso --- dijo- se pasarán la vida dando y rectificando normas y figurándose que
van a alcanzar lo más perfecto.
-Quieres decir -respondí- que los tales van a vivir como los enfermos que no quieren, por su indocilidad, salir de un régimen dañino.
-Exactamente.
-Y de cierto que es graciosa su vida; pues no consiguen otra cosa que complicar y agravar
sus enfermedades ni con el tratamiento ni con sus inacabables esperanzas de sanar por obra
del medicamento que cada cual les recomíenda.
-Eso es de cierto ~--dijo- lo que les pasa a tales enfermos.
-¿Y qué más? ---continué yo-. ¿No es gracioso que tengan por su peor enemigo al que
les dice la verdad, esto es, que, sí no dejan sus borracheras, sus atracones, sus
placeres amorosos y su ociosidad, ni las medicinas ni los cauterios ni las sajaduras ni tampoco los ensalmos ni los talismanes ni
ninguna otra de tales cosas ha de servirles para nada?
-No es nada gracioso --dijo-, porque el enojarse con el que habla razonablemente no tiene
gracia.
-A lo que parece ---dije- no eres muy celebrador de semejantes hombres.
-No, por Zeus --dijo.
-Por consiguiente, cuando la ciudad entera, como ahora decíamos, hiciere otro tanto,
tampoco lo celebrarás; ¿o es que no te parece que obran lo mismo que aquéllos todas las ciudades que, estando mal regidas, prescriben a los
ciudadanos que no toquen a punto alguno de su propia constitución en la inteligencia de
que ha de morir el que lo haga, mientras el que más blandamente adule a los que viven en semejante régimen y los obsequie con
su sumisión y el conocimiento prevío de sus deseos y se muestre hábil en satisfacerlos,
ése resulta un varón excelente y discreto en los grandes asuntos y recibe honra de
ellos?
-Me parece, en efecto --dijo-, que hacen lo mismo que aquellos otros; y no los celebro en
modo alguno.
-¿Y qué diremos de los que se prestan con afán a curar a tales ciudades? ¿No admitas
su valor y buena voluntad?
-Sí, los admiro --dijo-; exceptuando, sin embargo, a aquellos que andan engañados y se
creen que son en realidad políticos, porque se ven celebrados por la multitud.
-¿Cómo se entiende? ¿No vas a dispensar ---dije- a tales hombres? ¿Crees, acaso,
posible que un sujeto que no sabe medir, cuando otros muchos iguales que él le dicen que
tiene cuatro codos de estatura, deje de creerlo de sí
mismo?
-No es posible --dijo.
-No te irrites con ellos, por lo tanto; y los tales hombres son de cierto los más
graciosos del mundo. Se ponen a legislar sobre cuantos particulares antes enumerábamos,
rectifican después y piensan siempre que van a encontrar algo nuevo en relación con los
maleficios de los contratos y las cosas de que yo hace poco hablaba sin darse cuenta de
que, en realidad, están cortando las cabezas de la hidra.
Comentario4
Presentación
TEXTO4D
(427a-427d)
-Y por cierto --dijo- que no es otra su tarea.
-Por eso -proseguí-, yo no podía pensar que el verdadero legislador hubiera de tratar
tal género de leyes y constituciones ni en la ciudad de buen régimen ni en la de malo:
en ésta, porque resultan sin provecho ni eficacia, y en aquélla, porque en parte las
descubre cualquiera y en parte vienen por sí mismas de los modos de vivir precedentes.
-¿Qué nos queda, pues, que hacer en
materia de
legislación? -preguntó.
-Y yo contesté: -A nosotros nada de cierto; a Apolo, el
dios de Delfos, los más grandes, los más hermosos y
primeros de todos los estatutos legales.
-¿Y cuáles son ellos? -preguntó.
-Las creaciones de templos, los sacrificios y los demás cultos de los dioses, de los
demones y de los héroes; a su vez, también, las sepulturas de los muertos y cuantas
honras hay que tributar para tener aplacados a los del mundo de allá. Como nosotros no
entendemos de estas cosas, al fundar la ciudad no obedeceremos a ningún otro, si es que
tenemos seso, ni nos serviremos de otro guía que el propio de nuestros padres; y sin
duda, este dios, guía patrio acerca de ello para todos los hombres, los rige sentado
sobre el ombligo de la tierra en el centro del mundo.
-Hablas acertadamente --observó- y así se ha de hacer.
Comentario4
Presentación
LIBRO IV REPÚBLICA
COMENTARIO5
(427d-432b)
427d-432b
Hemos visto como Sócrates ha dado ya por fundada su ciudad
ideal. Pero con ello no se ha hecho más que comenzar la investigación pues de lo que se
trata ahora sería el poder ver en qué sitio está la justicia y en cuál la
injusticia y en que se diferencia la una de la otra y cuál de las dos debe alcanzar
el que ha de ser féliz. Para averiguar todo ello Sócrates le pide a Adimanto
que comienze tal investigación procurandose de dónde sea la luz necesaria y, si
es necesario, que llame en su auxilio a su hermano Glaucón así como a Polemarco
y a los demás. Adimanto protesta contra esta sugerencia de Sócrates y le recuerda que ha
sido él mismo quien prometió llevar a cabo tal investigación. Sócrates reconoce que es
verdad lo que Adimanto dice. Solicita, sin embargo, ayuda a los presentes para llevar a
cabo tal investigación. A partir de ahí, Sócrates, inicia su investigación para
descubrir la esencia de la justicia y la injusticia en una ciudad. Para lograrlo,
comienza hablando de las cuatro virtudes que deben acompañar a toda realidad que
sea considerada como absolutamente buena: prudencia, valor, templanza, justicia.
Comienza su estudio por el análisis de la Prudencia. En primer lugar afirma que
una ciudad prudente es aquella que acierta en sus determinaciones y que tal
acierto es un modo de ciencia, es decir, un tipo de saber. A continuación
analiza a quienes, dentro de la ciudad, pertenece tal tipo de saber. Va descartando toda
una sere de oficios (constructores, carpinteros, broncistas, agricultores) para
acabar afirmando que, a partir de los análisis realizados anteriormente en relación con
ciudad recientemente fundada, parecen existir determinados ciudadanos (los guardianes
perfectos) que no se preocupan por aspectos particulares de la ciudad sino por ella entera
en lo que se refiere a llevar lo mejor posible sus relaciones en el interior
y con las demás ciudades. Afirma que poseen la ciencia de la preservación
y que, en virtud de tal ciencia, ello permite que la ciudad acierte en sus determinaciones
y sea, con ello, verdaderamente prudente. Finaliza señalando que curiosamente, en
comparación con los representantes de los otros oficios dentro de la ciudad, es mucho menor
el número de los sujetos poseedores de la virtud de la prudencia. Ello le lleva a
concluir que una ciudad fundada conforme a naturaleza puede ser toda entera prudente por
la clase de gente más reducida que en ella hay, que es la que la preside y gobierna y a
la que propiamente pertenece el nombre de prudente.{Ver texto1e}
A continuación analiza Sócrates el Valor. Señala que una ciudad es valerosa
gracias a la existencia de una clase o estamento que la defiende. Define la virtud del
valor como aquella que es capaz de mantener en toda circunstancia la opinión acerca
de las cosas que se han de temer en el sentido de que éstas son siempre las mismas y
tales cuales el legislador las prescribió en la educación. Es decir constancia
en las opiniones que se han de temer y obediencia. En este contexto,
afirma que el valor es una especie de conservación y ello por lo siguiente:
mantenerse firme en las opiniones sobre las cuestiones que se han de temer sin desecharlas
jamás implica un gran valor interno de conservar lo adquirido. Describe tambien
un ejemplo que ayude a entender lo que quiere decir: los tintoreros cuando tiñen
las lanas para que queden de color púrpura, eligen primeramente las de color blanco y las
cuidan con esmero para que adquieran el mayor brillo posible. Despues las tiñen y lo que
queda teñido por este procedimiento conserva de modo indeleble su tinte. Pues bien, del
mismo modo debería educarse, primeramente, con gran esmero a los jovenes guardianes en la
música y la gimnasia. Ello les permite les permite brillar para recibir una especie
de teñido que se conserve tambien de modo indeleble en relación con las cosas que se han
de temer y las que no. Tal teñido no deberían llevárselo ni los placeres, ni los
miedos, ni la concupiscencia. Pues bien, esta fuerza de preservación en las opiniones
rectas, en todo tipo de cirscunstancias, acerca de las cosas que deben ser temidas es
la virtud del valor. Y tal cualidad, presente tambien en una clase reducida de la
ciudad, es lo que hace a ésta realmente valerosa.{Ver texto2e}
Ahora comienza Sócrates el estudio de la virtud de la templanza. Comienza
señalando que se parece más que las anteriores a la armonía musical ya que
esta virtud se define como un orden y dominio de los placeres y de la concupiscencia.
Además suele afirmarse tambien que quien posee la virtud de la templanza posee tambien un
dominio sobre sí mismo lo que, a primera vista, resulta paradójico
pues el que es dueño de sí mismo es tambien esclavo y el esclavo resulta que es tambien
dueño de sí mismo. Sócrates señala, sin embargo, que la solución ante esta aparente
paradoja pasa por entender realmente lo que se quiere decir con ello; y es que en el alma
del un mismo hombre existe algo que es mejor y algo que es peor; y cuando lo que
por naturaleza es mejor domina a lo peor, se dice que aquel es dueño de sí mismo.
Pues bien, sobre esta definición de templanza Sócrates propone echar una ojeada a la ciudad
que podría definirse como templada y señala que, en coherencia con lo establecido hasta
ahora, debería ser aquella que se proclama dueña de sí misma debido a que en
ella lo mejor se sobrepone a lo peor. Ahora bien, en la ciudad recien fundada nos
encontramos con que los llamados a gobernar, por ser los mejores. son aquellos
que han logrado vencer lo peor en sus almas y sobreponerse sobre los apetitos de los
menos capacitados para gobernar, pero que, a su vez, reconocen el dominio de los
mejores. Por lo tanto parece que una ciudad asi (como la defendida por Sócrates) es
dueña de sus concupiscencias y apetitos, y, por tanto, temperante. Ahora bien, en una
ciudad temperante la virtud de la templanza no es propiedad y característica,
como sucede con la prudencia y el valor, unicamente de los llamados a gobernar
(dueños de sí mismos por gobernar en ellos lo mejor) sino tambien de los gobernados (que
aceptan dejarse gobernar por los más templados). Por ello, afirma Sócrates, la
templanza se extiende por la ciudad entera, logrando que canten lo mismo (de ahí su
parecido con la armonía musical) los más débiles, los más fuertes y los de en medio.
En definitiva, la templanza es concordia y armonía entre las distintas clases o
estamentos de la ciudad. En conclusión: la templanza es en la ciudad una virtud
general de todos los ciudadanos; los guardianes auxiliares han de poseer tambien
la virtud del valor; y los guardianes perfectos (gobernantes) deben poseer,
además de la templanza y del valor, la virtud de la prudencia. De este modo cada clase
tiene su virtud propia y diferencial.
{Ver texto3e}
Presentación
TEXTO1E
(427d-429a)
-Da, pues, ya por fundada a la
ciudad, ¡oh, hijo de Aristón -dije-, y lo
que a continuación has de hacer es mirar bien en ella procurándote de donde sea la luz
necesaria; y llama en tu auxilio a tu hermano y tambien a
Polemarco y a los demás, por si podemos ver en que sitio
está la justicia y en cuál la injusticia y en qué se diferencia la una de la otra y
cuál de las dos debe alcanzar el que ha de ser feliz, lo vean o no los dioses y los
hombres.
-Nada de eso --objetó Glaucón-, porque prometiste hacer
tú mismo la investigación, alegando que no
te era lícito dejar de dar favor a la justicia en la medida de tus fuerzas y por todos
los medios.
-Verdad es lo que me recuerdas -repuse yo- y así se ha de hacer; pero es preciso que
vosotros me ayudéis en la empresa.
-Así lo haremos -replicó.
-Pues por el procedimiento que sigue -dije- espero hallar lo que buscamos: pienso que
nuestra ciudad, si está rectamente fundada, será completamente buena.
-Por fuerza -replicó.
-Claro es, pues, que será prudente, valerosa, moderada y justa.
-Claro.
-¿Por tanto, sean cualesquiera las que de estas cualidades encontremos en ella, el resto
será lo que no hayamos encontrado?
-¿Qué otra cosa cabe?
-Pongo por caso: si en un asunto cualquiera de cuatro a cosas buscamos una, nos daremos
por satisfechos una vez que la hayamos, reconocido, pero, si ya antes habíamos llegado a
reconocer las otras tres, por este mismo hecho quedará patente la que nos falta; pues es
manifiesto que no era otra la que restaba.
-Dices bien --observó.
-¿Y así, respecto a las cualidades enumeradas, pues que son también cuatro, se ha de
hacer la investigación del mismo modo?
-Está claro.
-Y me parece que la primera que salta a la vista es la prudencia;
y algo extraño se muestra en relación con ella.
-¿Qué es ello? -preguntó.
-Prudente en verdad me parece la ciudad de que hemos venido hablando; y esto por ser
acertada en sus determinaciones. ¿No es así?
-Sí.
-Y esto mismo, el acierto, está claro que es un modo de ciencia,
pues por ésta es por la que se acierta y no por la ignorancia.
-Está claro.
-Pero en la ciudad hay un gran número y variedad de ciencias.
-¿Cómo no?
-¿Y acaso se ha de llamar a la ciudad prudente y acertada por el saber de los
constructores?
-Por ese. saber no se la llamará así -dijo-, sino maestra en construcciones.
-Ni tampoco habrá que llamar prudente a la ciudad por la ciencia de hacer muebles, si
delibera sobre la manera de que éstos resulten lo mejor posible.
-No por cierto.
-¿Y qué? ¿Acaso por el saber de los broncistas o por algún otro semejante a éstos?
-Por ninguno de ésos --contestó.
-Ni tampoco la llamaremos prudente por la producción de los frutos de la tierra, sino
ciudad agrícola.
-Eso parece.
-¿Cómo, pues? ----dije-. ¿Hay en la ciudad fundada hace un momento por nosotros algún
saber en determinados ciudadanos con el cual no resuelve sobre este o el otro particular
de la ciudad, sino sobre la ciudad entera, viendo el modo
de que ésta lleve lo mejor posible sus relaciones en el interior y con las demás
ciudades?
-Sí, lo hay.
-¿Y cuál es --dije- y en quiénes se halla?
-Es la ciencia de la preservación --,dijo- y se
halla en aquellos jefes que ahora llamábamos perfectos guardianes.
-¿Y cómo llamaremos a la ciudad en virtud de esa ciencia?
-Acertada en sus determinaciones -repuso- y verdaderamente prudente.
-¿Y de quiénes piensas -pregunté- que habrá mayor número en nuestra ciudad, de
broncistas o de estos verdaderos guardianes?
-Mucho mayor de broncistas -respondió.
-¿Y así también --dije- estos guardianes serán los que se hallen en menor número de todos aquellos que por su ciencia reciben una
apelación determinada?
-En mucho menor número.
-Por lo tanto, la ciudad fundada conforme a naturaleza
podrá ser toda entera prudente por la clase de gente más reducida que en ella hay, que
es aquella que la preside y gobierna; y éste, según parece, es el linaje que por fuerza natural resulta más corto y al cual
corresponde el a participar de este saber, único que entre todos merece el nombre de
prudencia.
-Verdad pura es lo que dices --observó.
-Hemos hallado, pues, y no sé cómo, esta primera de las cuatro cualidades y la parte de
la ciudad donde se encuentra.
-A mí, por lo menos -dijo-, me parece que la hemos hallado satisfactoriamente.
Comentario5
Presentación
TEXTO2E
(429a-430c)
-Pues si pasamos al
valor y a la
parte de la ciudad en que reside y por la que toda ella ha de ser llamada valerosa, no me
parece que la cosa sea muy difícil de percibir.
-¿Y cómo?
-¿Quién ---dije yo-- podría llamar a la ciudad cobarde o valiente mirando a otra cosa
que no fuese la parte de ella que la defiende y se pone en campaña a su favor?
-Nadie podría darle esos nombres mirando a otra cosa -replicó.
-En efecto -agregué-, los demás que viven en ella, sean cobardes o valientes, no son
dueños, creo yo, de hacer a aquélla de una manera u otra.
-No, en efecto.
-Y así, la ciudad es valerosa por causa de una clase de
ella, porque en dicha parte posee una virtud tal como para mantener en toda circunstancia
la opinión acerca de las cosas que se han de temer en el sentido de que éstas son
siempre las mismas y tales cuales el legislador las prescribió en la educación. ¿O no
es esto lo que llamas valor?
-No he entendido del todo lo que has dicho --contestó.
-Afirmo --dije- que el valor es una especie de conservación.
-¿Qué clase de conservación?
-La de la opinión formada por la educación bajo la ley acerca de cuáles y cómo son las
cosas que se han de temer. Y dije que era conservación en toda circunstancia porque la
lleva adelante, sin desecharla jamás, el que se halla entre dolores y el que entre
placeres y el que entre deseos y el que entre espantos.
Y quiero representarte, si lo permites, a qué me parece que es ello semejante.
-Sí, quiero.
-Sabes --dije-- que los tintoreros, cuando han de teñir lanas
para que queden de color de púrpura, eligen primero, de entre tantos colores como hay,
una sola clase, que es la de las blancas; después las preparan previamente, con prolijo
esmero, cuidando de que adquieran el mayor brillo posible, y así las tiñen. Y lo que
queda teñido por este procedimiento resulta indeleble en su tinte, y el lavado, sea con
detersorios o sin ellos, no puede quitarle su brillo; y también sabes cómo resulta lo
que no se tiñe así, bien porque se empleen lanas de otros colores o porque no se
preparen estas mismas previamente.
-Sí --contestó--; queda desteñido y ridículo.
-Pues piensa -repliqué yo- que otro tanto hacemos nosotros en la medida de nuestras
fuerzas cuando elegimos los soldados y los educamos en la música y en la gimnástica: no
creas que preparamos con ello otra cosa sino el que, obedeciendo lo mejor posible a
las leyes, reciban una especie de teñido, para que, en
virtud de su índole y crianza obtenida, se haga indeleble su opinión acerca de las cosas
que hay que temer y las que, no; y que tal teñido no se lo puedan llevar esas otras
lejías tan fuertemente dísolventes que son el placer, más terrible en ello que
cualquier sosa o lejía, y el pesar, el miedo y la
concupiscencia, más poderosos que cualquier otro detersorio. Esta fuerza y preservación en toda circunstancia de la
opinión recta y legítima acerca de las cosas que han de ser temidas y de las que no es
lo que yo llamo valor y considero como tal si tú no dices otra cosa.
-No por cierto ---,dijo-; y, en efecto, me parece que a esta misma recta opinión acerca
de tales cosas que nace sin educación, o sea, a la animal
y servil, ni la consideras enteramente legítima ni le das el nombre de valor, sino otro
distinto.
-Verdad pura es lo que dices ---observé.
-Admito, pues, que eso es el valor.
-Y admite -agregué,-- que es cualidad propia de la
ciudad y acertarás con ello. Y en otra ocasión, si quieres, trataremos mejor acerca del
asunto, porque ahora no es eso lo que estábamos investigando, sino la justicia; y ya es
bastante, según creo, en cuanto a la búsqueda de aquello otro.
-Tienes razón --dijo.
Comentario5
Presentación
TEXTO3E
(430c-432b)
-Dos, pues, son las cosas --dije- que nos quedan por observar en la
ciudad: la
templanza y aquella otra por la que
hacemos toda nuestra investigación, la justicia.
-Exactamente.
-¿Y cómo podríamos hallar la justicia para no hablar todavía acerca de la templanza?
-Yo, por mi parte --dijo-, no lo sé, ni querría que se declarase lo primero la
justicia, puesto que aún no hemos examinado la templanza; y, si quieres darme gusto, pon
la atención en ésta antes que en aquélla.
-Quiero en verdad -repliqué- y no llevaría razón en negarme.
-Examínala, pues ---dijo.
-La voy a examinar -contesté-. Y ya a primera vista, se parece más que todo lo
anteriormente examinado a una especie de modo musical o armonía.
-¿Cómo?
-La templanza -repuse- es un orden y dominio de placeres y concupiscencia según el dicho
de los que hablan, no sé en qué sentido, de ser dueños de sí mismos; y también hay
otras expresiones que se muestran como rastros de aquella cualidad. ¿No es así?
-Sin duda ninguna --contestó.
-Pero ¿eso de «ser dueño de sí mismos» no es
ridículo? Porque el que es dueño de sí mismo es también esclavo, y el que es esclavo,
dueño; ya que en todos estos dichos se habla de una misma persona.
-¿Cómo no?
-Pero lo que me parece --dije- que significa esa expresión es que en el alma del mismo
hombre hay algo que es mejor y algo que es peor; y cuando lo
que por naturaleza es mejor domina a lo peor, se dice que «aquél es dueño de sí
mismo», lo cual es una alabanza, pero cuando, por mala crianza o companía, lo mejor
queda en desventaja y resulta dominado por la multitud de lo peor, esto se censura como
oprobio, y del que así se halla se dice que está dominado por sí mismo y que es un
intemperante.
-Eso parece, en efecto --observó.
-Vuelve ahora la mirada -dije- a nuestra recién
fundada ciudad y encontrarás dentro de ella una de estas dos cosas; y dirás que con
razón se la proclama dueña de sí misma si es que se ha de llamar bien templado y dueño
de sí mismo a todo aquello cuya parte mejor se sobrepone a lo peor.
-La miro, en efecto -respondió-, y veo que dices verdad.
-Y de cierto, los más y los más varios apetitos, concupiscencias y desazones se pueden
encontrar en los niños y en las mujeres y en los domésticos y en la mayoría de los
hombres que se llaman libres, aunque carezcan de valía.
-Bien de cierto.
-Y, en cambio, los afectos más sencillos y moderados, los que son conducidos por la
razón con sensatez y recto juicio, los hallarás en unos pocos, los de mejor índole y
educación.
-Verdad es --dijo.
-Y así ¿no ves que estas cosas existen también en la ciudad y que en ella los apetitos
de los más y más ruines son vencidos por los apetitos y la inteligencia de los menos y
más aptos?
-Lo veo ---dijo.
-Sí hay, pues, una ciudad a la que debarnos llamar dueña de sus
concupiscencias y apetitos y dueña también ella de sí misma, esos títulos hay
que darlos a la nuestra.
-Enteramente --- dijo.
-¿Y conforme a todo ello no habrá que llamarla asimismo temperante?
-En alto grado -contestó.
-Y si en alguna otra ciudad se hallare una sola opínión, lo mismo en los gobernantes que
en los gobernados, respecto a quiénes deben gobernar, sin duda se hallará también en
ésta. ¿No te parece?
-Sin la menor duda --dijo.
-¿Y en cuál de las dos clases de ciudadanos
dirás que reside la templanza cuando ocurre eso? ¿En los gobernantes o en los
gobernados?
-En unos y otros, creo -repuso.
-¿Ves, pues -dije yo--, cuán acertadamente predecíamos hace un momento que la templanza
se parece a una cierta armonía musical?
-¿Y por qué?
-Porque, así como el valor y la prudencia, residiendo en una parte de la ciudad, la hacen
a toda ella el uno valerosa y la otra prudente, la templanza no obra igual, sino que se
extiende por la ciudad entera, logrando que canten lo mismo y en perfecto unísono los más débiles, los más fuertes y los de en
medio, ya los clasifiques por su inteligencia, ya por su fuerza, ya por su número o
riqueza o por cualquier otro semejante respecto; de suerte que podríamos con razón
afirmar que es templanza esta concordia, esta armonía
entre lo que es inferior y lo que es superior por naturaleza sobre cuál de esos dos
elementos debe gobernar ya en la ciudad, ya en cada individuo.
-Así me parece en un todo -repuso.
Comentario5
Presentación
LIBRO IV REPÚBLICA
COMENTARIO6
(432b-434d)
432b-434d
A partir de ahora Sócrates y Adimanto se centrarán en
búsqueda y análisis de la virtud que falta: La Justicia.
Sócrates comienza su investigación de un modo algo misterioso y con el objeto
de excitar la curiosidad de los oyentes. Habla de la justicia como de algo que
sabemos que tiene que estar ya presente y la compara con una pieza de caza a la
cual, aún teniéndola a la vista, no somos capaces de reconocer. Despues habla de un rastro
que conduce a ella y finaliza afirmando que la justicia es algo que tenemos ante
nuestras narice y que con ella nos sucede lo mismo que aquellos, que teniendo algo en la
mano, bucan lo mismo que ya tienen en su poder. {Ver texto1f}
Despues de esta puesta en escena un tanto misteriosa Sócrates hace referencia a algo que
ya desde el principio habían establecido como elemento básico de la ciudad: cada uno
debe atender a una sola de las cosas de la ciudad, es decir, a aquello para lo que su
naturaleza esté mejor dotada. Señala tambien que en hacer cada uno lo suyo y en no
multiplicar sus actividades era, presisamente, en lo que consistía la justicia. La
justicia=hacer cada uno lo suyo. A continuación Sócrates señala que ha inferido
tal afirmación como un residuo del estudio de las otras virtudes. Y es que
despues de haber descubierto las virtudes de la prudencia, el valor y la templanza,
faltaría la virtud que les da vigor y las conserva despues de su
nacimiento. Y es que si alguien tuviera que responder a la pregunta de cual de todas las
virtudes hace con su presencia totalmente buena a una ciudad, no sería muy correcto
afirmar que es aquella que mantiene a los soldados en la opinión legítima sobre lo
que es realmente temible; o la que se asienta en el niño, la mujer, el esclavo,
el hombre libre, el artesano o el gobernante y gobernado; o la que permite la
igualdad de opiniones entre gobernantes y gobernados. Y es que estas virtudes, aunque
hacen a una ciudad entera prudente,valerosa y templada, no pertenecen por igual a todos
los ciudadanos. Sin embargo, el que dentro de una ciudad cada uno haga en ella lo que
es propio parece que generaliza y sintetiza las otras virtudes en una sóla. Y ello
parece que se corresponde con la justicia. En definitiva, según Socrates la posesión
y la práctica de lo que a cada uno es propio constituye la justicia. Por lo tanto,
si un carpintero se dedica hacer el trabajo del zapatero y viceversa o un artesano
pretende entrar en la clase de los guerreros, o uno de los guerreros en las de los
consejeros o guardianes, sin tener merito para ello, es evidente que tal trueque en las
funciones sería ruinoso para una ciudad. El entrometimiento y trueque mutuo de estas tres
clases, afirma Sócrates, en el mayor daño de la ciudad y su mayor crimen.
Y tal crimen no sería otra cosa que la injusticia. Por consiguiente, concluye
Sócrates, parece que hemos cazado no solamente la justicia, como sinónimo de
actuación en lo que le es propio a cada uno de los linajes de la ciudad, sino tambien a
la injusticia como sinónimo del entrometimiento, y, por tanto, el hacer
dejación de sus funciones propias como estamento social. En definitiva, según el
Sócrates de la Republica, las virtudes de la prudencia, valor y templaza se resumen en la
justicia y ésta representa la virtud única de donde brotan las otras. {Ver texto2f}
Presentación
TEXTO1F
(432b-433a)
-Bien -dije yo-; tenemos vistas tres cosas de la ciudad según
parece; pero ¿cuál será la cualidad restante por la que aquélla alcanza su virtud? Es
claro que la justicia.
-Claro es.
-Así, pues, Claucón, nosotros tenemos que rodear la mata, como unos cazadores, y aplicar la atención, no sea que se nos
escape la justicia y, desapareciendo de nuestros ojos, no podamos verla más. Porque es
manifiesto que está aquí; por tanto, mira y esfuérzate en observar por sí la ves antes
que yo y puedes enseñármela.
-¡Ojalá! --dijo él-, pero mejor te serviré si te sigo y alcanzo a ver lo que tú me
muestres.
-Haz, pues, conmigo la invocación y sígueme ---dije.
-Así haré -replicó- , pero atiende tú a darme guía.
-Y en verdad --,dije yo- que estamos en un lugar difícil y sombrío,
porque es oscuro y poco penetrable a la vista. Pero, con todo, habrá que ir.
-Vayamos, pues -exclamó.
Entonces yo, fijando la vista, dije: -¡Ay, ay, Glaucón! Parece que tenemos un rastro y creo que no se nos va a escapar la presa.
-¡Noticia feliz! --dijo él.
-En verdad ---dije-- que lo que me ha pasado es algo estúpido.
-¿Y qué es ello?
-A mi parecer, bendito amigo, hace tiempo que está la cosa rodando ante nuestros pies y
no la veíamos incurriendo en el mayor de los ridículos. Como aquellos que, teniendo algo
en la mano, buscan a veces lo mismo que tienen, así nosotros no mirábamos a ello, sino
que dirigíamos la vista a lo lejos y por eso quizá no lo veíamos.
-¿Qué quieres decir? -preguntó.
-Quiero decir -repliqué- que en mi opinión hace tiempo que estábamos hablando y oyendo
hablar de nuestro asunto sin darnos cuenta de que en realidad de un modo u otro
hablábamos de él.
-Largo es ese proemio -dijo- para quien está deseando
escuchar.
Comentario6
Presentación
TEXTO2F
(433a-434d)
-Oye, pues -le advertí-, por si digo algo a que valga. Aquello que
desde el
principio, cuando fundábamos la ciudad,
afirmábamos que había que observar en toda circunstancia, eso mismo o una forma de eso
es a mi parecer la justicia. Y lo que establecimos y repetimos muchas veces, si bien te
acuerdas, es que cada uno debe atender a una sola de las cosas de la ciudad: a aquello
para lo que su naturaleza esté mejor dotada.
-En efecto, eso decíamos.
-Y también de cierto oíamos decir a otros muchos y dejábamos nosotros sentado
repetidamente que el hacer cada uno lo suyo y no multiplicar sus actividades era la
justicia.
-Así de cierto lo dejamos sentado.
-Esto, pues, amigo ---dije-, parece que es en cierto modo la justicia: el hacer cada uno
lo suyo. ¿Sabes de dónde lo infiero?
-No lo sé; dímelo tú -replicó.
-Me parece a mí ---dije- que lo que faltaba en la ciudad después de todo eso que dejamos
examinado -la templanza, el valor y la prudencia- es aquello otro que a todas tres da el vigor necesario a su nacimiento y que, después de nacidas,
las conserva mientras subsiste en ellas. Y dijimos que si encontrábamos aquellas tres, lo
que faltaba era la justicia.
-Por fuerza --,dijo.
-Y si hubiera necesidad -añadí- de decidir cuál de estas cualidades constituirá
principalmente con su presencia la bondad de nuestra
ciudad, sería difícil determinar si será la igualdad de opiniones de los gobernantes y
de los gobernados o el mantenimiento en los soldados de la opinión legítima sobre lo que
es realmente temible y lo que no o la inteligencia y la vigilancia existente en los
gobernantes o si, en fin, lo que mayormente hace buena a la ciudad es que se asiente en el
niño y en la mujer y en el esclavo y en el hombre libre y en el artesano y en el
gobernante y en el gobernado eso otro de que cada uno haga lo suyo y no se dedique a más.
-Cuestión difícil ---dijo-. ¿Cómo no?
-Por ello, según parece, en lo que toca a la excelencia de la ciudad esa virtud de que
cada uno haga en ella lo que le es propio resulta émula de la prudencia, de la templanza
y del valor.
-Desde luego -dijo.
-Así, pues, ¿tendrás a la justicia como émula de e aquéllas para la perfección de la
ciudad?
-En un todo.
-Atiende ahora a esto otro y mira si opinas lo mismo: ¿será a los gobernantes a quienes
atribuyas en la ciudad el juzgar los procesos?
-¿Cómo no?
-¿Y al juzgar han de tener otra mayor preocupación que la de que nadie posea lo ajeno ni
sea privado de lo propio?
-No, sino ésa.
-¿Pensando que es ello justo?
-Sí.
-Y así, la posesión y práctica de lo que a cada uno
es propio será reconocida como justicia.
-Eso es.
-Mira, por tanto, si opinas lo mismo que yo: el que el carpintero
haga el trabajo del zapatero o el zapatero el del carpintero o el que tome uno los
instrumentos y prerrogativas del otro o uno solo trate de hacer lo de los dos trocando todo lo demás ¿te parece que podría dañar
gravemente a la ciudad?
-No de cierto -dijo.
-Pero, por el contrario, pienso que, cuando un artesano
u otro que su índole destine a negocios privados, engreído por su riqueza o por el
número de los que le siguen o por su fuerza o por otra cualquier cosa semejante, pretenda
entrar en la clase de los guerreros, o uno de los guerreros en la de los consejeros o
guardianes, sin tener mérito para ello, y así cambien entre sí sus instrumentos y
honores, o cuando uno solo trate de hacer a un tiempo los oficios de todos, entonces creo,
como digo, que tú también opinarás que semejante trueque
y entrometimiento ha de ser ruinoso para la ciudad.
-En un todo.
-Por tanto, el entrometimiento y trueque mutuo de estas tres clases es el mayor daño de
la ciudad y más que ningún otro podría ser con plena razón calificado de crimen.
-Plenamente.
-¿Y al mayor crimen contra la propia ciudad no habrás de calificarlo de injusticia?
-¿Qué duda cabe?
-Eso es, pues, injusticia. Y a la inversa, diremos: la actuación en lo que les es propio
de los linajes de los traficantes, auxiliares y guardianes, cuando cada uno haga lo suyo
en la ciudad, ¿no será justicia, al contrario de aquello otro, y no hará justa a la
ciudad misrna?
-Así me parece y no de otra manera -dijo él.
Comentario6
Presentación
LIBRO IV REPÚBLICA
COMENTARIO7
(434d-441c)
434d-441c
Al llegar a este punto Sócrates señala la necesidad de analizar si
la virtud de la justicia, que acaba de definir como ideal para la ciudad buena recien
fundada, se podría descubrir tambien si sometieramos a examen a un hombre solo.
Plantea pues la idea de trasladar al individuo lo que se nos mostró como virtud
en la ciudad con el objeto de observar si existe concordancia. Y es que si en el
individuo esta virtud se nos presentaran como algo distinto, entonces deberíamos volver
al estudio de la ciudad para hacer la prueba de poner en contacto al sujeto y la ciudad
con el objeto de hacer que en ámbos brille la justicia como fuego de enjutos.... El
punto de partida acerca del porque no tiene porque existir gran diferencia entre ciudad
justa e individuo justo es, de alguna forma, la creencia en la ley de la tendencia de
lo igual hacia lo igual, es decir, Sócrates afirma que cuando se predica algo de una
cosa que es lo mismo que en otra, ya sea más grande o más pequeña, parece evidente que
ese algo será semejante tanto en una cosa como en la otra. Por consiguiente, si ese algo
es la idea de justicia, parece la justicia no diferirá en nada en un hombre justo y en
una ciudad justa. Por otro lado, continúa Socrates, anteriormente hemos establecido que
una ciudad justa aparece cuando los tres linajes de naturalezas que hay en ella
hacía cada uno lo suyo propio; y, al mismo tiempo, se nos mostró como temperada,
valerosa y prudente por otras condiciones presentes en estos mismos linajes. Pues
bien, ahora se trataría de analizar si el individuo tiene en su propia alma
estas mismas especies con el objeto de ver si se nos aparecen los mismos calificativos que
en la ciudad. Este planteamiento lleva a Sócrates a analizar si es posible descubrir en
el alma humana estas tres especies de linajes ya que si ello es cierto
entonces tendríamos que reconocer que en cada uno de nosotros se dan las mismas especies
y modos de ser que en la ciudad. Afirma tambien que tal tipo de investigación no es un
absurdo ya que a las ciudades las hacen los individuos lo que explicaría que se
hablase de ciudades de índole arrebatada como Tracia y Escitia; o ciudades
amantes del saber como la misma Atenas; o ciudades en donde reina la avaricia
como suele decirse de los fenicios y de los habitantes de Egipto. {Ver Texto1g}
Pues bien teniendo todo esto presente, Sócrates comienza analizando si las diferentes funciones
del alma - pensar,encolerizarse,apetecer - las hacemos por medio de una única
especie de alma o mediante tres. Es decir, Sócrates intenta averiguar si existe un
alma responsable de la cólera como algo distinto de la responsable del pensamiento y
éstas dos como distintas de la responsable de los apetitos; o, por el contrario, si
obramos con el alma entera. La argumentación usada para intentar aclarar estos
puntos es la siguiente: comienza formulando ( por primera vez en el pensamiento griego )
el principio de contradicción, es decir, señalando que es imposible que un
mismo ser admita hacer o sufrir cosas contrarias al mismo tiempo. Es decir, es
imposible entender que una misma cosa se esté quieta y se mueva al mismo tiempo en una
misma parte de sí misma. Sócrates intenta fundamentar la seguridad de este principio con
el objetivo de no dudar en absoluto de él ante los ataques y argucias de los sofistas.
Asi analiza criticamente los ataques a este principio, por ejemplo, a partir de aquellos
que podrían afirmar que es posible que un hombre se mueva y esté quieto al mismo tiempo,
ya que podría estar quieto y, al mismo tiempo, mover las manos y la cabeza. Y es que,
según Sócrates, en este caso no habría alteración en el principio de contradicción ya
que una parte de él estaría quieta y otra estaría moviéndose. Y el principio establece
que no puede ser que algo se mueva y esté quieto al mismo tiempo en una misma parte
de sí misma. Tambien analiza el ejemplo de las peonzas que están en reposo
y se mueven enteras cuando bailan con la púa fija en un punto sin salirse de su sitio.
Tampoco valdría este caso como ejemplo de principio de contradicción ya que no
permanecen y se mueven al mismo tiempo en la misma parte de sí mismos sino que en ellos
hay una linea recta y una circunferencia y que están quietos por su linea recta, puesto
que no se inclinan a ningún lado, pero que por lo que se refiere a su circunferencia se
mueven en redondo. Por lo tanto, en este caso, no estarían quietos y, al mismo tiempo,
moviéndose en una misma parte de la peonza. Por otro lado, cuando la linea recta se
inclina a la derecha o a la izquierda, hacia delante o hacia atrás al mismo tiempo que
gira circularmente, entonces ocurrre que no están quietos en ningún respecto. En
definitiva, Sócrates quiere dejar claramente establecido lo siguiente: no debemos
dejarnos nunca conmover ni persuadir por estas argucias acerca que algo pueda sufrir ni
ser ni obrar dos cosas contrarias al mismo tiempo.{Ver texto2g}
Pues bien, a continuación Sócrates aplica este principio a la cuestión que se
encuentra en esos momentos analizando, es decir, si es el alma entera quien gobierna
al individuo o si existen tres partes (mere), especies (eíde) o
linajes (géne) dentro de la misma. Para ello comienza haciendo referencia
acciones y pasiones que parecen ser contrarias entre sí (asentir-negar, desear-rehusar).
Tambien hace referencia a apetitos contrarios entre sí (hambre-sed; querer-rechazar). A
continuación se centra en el análisis de apetitos básicos como son el hambre y la
sed como deseos de bebida y comida. Señala que lo de menos son las cualidades
que acompañan a esos deseos, como puede ser que la comida sea fría o la bebida caliente.
Cada apetito no es apetito más que de aquello que le conviene por naturaleza; y
cuando le apetece de tal o cual cualidad, ello depende de algo accidental que se le
agrega. Sócrates hace referencia a esto último teniendo tambien presentes las argucias
de los sofistas que podrían afirmar que nadie apetece bebida, sino buena bebida,
ni comida sino buena comida; para concluir que los apetitos son el deseo de algo bueno y
placentero. Sócrates rechaza esta posición para señalar que cada apetito desea
realmente aquello que le conviene por naturaleza (la sed desea la bebida; el hambre la
comida....). Los añadidos son algo accidental. Pero no solamente cada apetito tiende
hacia lo que desea por naturaleza sino que tiene tambien su propio objeto, es
decir, un objeto en sí mismo y diferente de los demás. Tal objeto, además, podrá ser general
o específico. Así, por ejemplo, decimos que la ciencia en sí tiene por objeto
general el conocimiento en sí. Ahora bien, tambien puede haber una ciencia que tenga su
objeto específico. Asi, por ejemplo, una vez que se creó la ciencia de hacer edificios,
ésta quedó separada de las demás ciencias y recibió el nombre de arquitectura, es
decir, quedó calificada como ciencia que posee un objeto específico. En definitiva, una
vez que una ciencia ya no tiene por objeto el de la ciencia en sí, sino otro determinado,
ella misma queda determinada como ciencia y eso hace que no sea llamada ya ciencia a
secas, sino ciencia especial de algo que se le ha agregado. {Vert Texto3g}
A continuación Sócrates vuelve al estudio los apetitos y se refiere a la sed
en sí. Señala que el objeto de la sed en si es la bebida, pero no como caliente o
fría, dulce o amarga. Pues bien el alma del sediento, en cuanto tiene sed, no
desea otra cosa que beber y hacia ello tiende. Ahora bien, si algo la retiene en
su sed tendrá que haber alguna cosa distinta a aquello que la impulsa a desear beber, ya
que como hemos establecido anteriormente, una misma cosa no puede hacer lo que es
contrario en la misma parte de sí misma en relación con el mismo objeto y al mismo
tiempo. Sucedería lo mismo que a un arquero al que sería imposible el que, al mismo
tiempo, sus manos rechazen y atraigan el arco al mismo tiempo, sino que mientras que una
lo rechaza, la otra la atrae. Pues bien, establecido todo lo anterior, Sócrates plantea a
Adimanto si acaso no es cierto que existen algunos que tienen sed y, al mismo tiempo,
no quieren beber. Adimanto responde que sí. Pues bien, según Sócrates, ello
significa que tiene que haber en su alma un objeto específico,relacionado con lo que les impulsa
a beber y otro relacionado con algo que los retiene en tal impulso. Además,
parece que este segundo es no sólo diferente sino tambien más poderoso.
Pues bien, el objeto relacionado con la retención nace del razonamiento. Por
ello, afirma Sócrates, llamaré a aquello con lo que se razona, lo racional del
alma, y a aquello con lo que se desea y siente hambre o sed, lo irracional y
concupiscible. Pero no finaliza aquí el análisis ya que, tanto Sócrates como
Adimanto, son conscientes de que tienen que descubrir en el individuo no dos sino tres
linajes dentro del alma individual. Por ello, Sócrates pregunta tambien acerca de si
la cólera y aquello que nos permite hacerlo será una tercera especie o será de
la misma naturaleza que las otras dos especies descritas. En principio Adimanto señala
que parece ser de la misma naturaleza que lo concupiscible. Sócrates no lo tiene tan
claro y para demostrarlo se sirve de una anécdota: un cierto Leoncio subía al
Pireo por la parte exterior del muro norte cuando advierte la presencia de unos cadáveres
que estaban en tierra al lado del vérdugo. Comienza a sentir deseos de verlos,
pero, al mismo tiempo, una repugnancia que le retraía a hacerlo. Así estuvo
luchando y cubriéndose el rostro hasta que, vencido por su apetencia, abrió enteramente
los ojos y corriendo hacia los muertos dijo: ¡Ahí los teneis, malditos, saciaos de
hermoso espectáculo! La conclusión que Sócrates deduce aparece ahora clara: la
historia nos muestra que cólera combate a veces los apetitos como algo distinta a ellos.
Señala tambien que la experiencia interior nos demuestra que cuando entran en conflicto
los deseos concupiscibles y la razón, la cólera se hace aliada de la razón no
haciendo nunca causa común con las concupiscencias. En este contexto compara la cólera
con un perro que obedece a su pastor y con los auxiliares que, como perros de raza, están
siempre al servicio de los gobernantes. Por consiguiente, en este último análisis,
señala Sócrates, se nos ha revelado la cólera como lo contrario de lo que
podíamos pensar hace un momento. Entonces pensábamos que era algo concupiscible y ahora
confesamos que en la lucha del alma hace armas a favor de la razón. Por eso,
Sócrates, concluye afirmando que, de momento, parece que hemos descubierto lo siguiente: del
mismo modo que en la ciudad eran tres los linajes que la mantenía, el traficante, el
auxiliar y el deliberante, así parece que existen tres linajes dentro del alma humana, el
racional, el concupiscible y el irascible. Este último se nos manifiesta como un
auxiliar por naturaleza del racional, siempre, claro está, que no ser pervierta por una
mala crianza. Socrates afirma tambien que ya se ha señalado el porque lo irascible es
diferente de lo concupiscible. Ahora señala tambien el porque de su diferencia con lo
racional. Para ello se sirve de ejemplos tomados del mundo de los niños y de los
animales. Parece evidente que los niños cuando nacen están llenos de cólera y la
razón parece que no la alcanzan hasta muchos más tarde, e incluso, muchos no llegan a
alcanzarla nunca. Lo mismo sucede en las bestias. Cita tambien como prueba de que cólera
y razón son cosas distintas la frase de Homero:Pero a su alma increpó golpeándose
el pecho y le dijo.... Es evidente, según Platón, que son dos cosas distintas el
que increpa y el que es increpado. {Ver
Texto4g}
Presentación
TEXTO1G
(434d-436a)
-No lo digamos todavía con voz muy recia --observó--; antes bien,
si, trasladando la idea formada a cada uno de los hombres, reconocemos que allí es
también justicia, concedámoslo sin más, porque ¿qué otra cosa cabe oponer? Pero, si
no es así, volvamos a otro lado nuestra atención. Y ahora terminemos nuestro examen en
el pensamiento de que, si tomando algo de mayor extensión entre los seres que poseen la
justicia, nos esforzáramos por intuirla allí, sería luego más fácil observarla en un
hombre solo. Y de cierto nos pareció que ese algo más extenso es la ciudad y así la
fundamos con la mayor excelencia posible, bien persuadidos de que en la ciudad buena era
donde precisamente podría hallarse la justicia. Traslademos,
pues, al individuo lo que allí se nos mostró y, si hay conformidad, será ello bien; y,
si en el individuo aparece como algo distinto, volveremos a la ciudad a hacer la prueba, y
así, mirando al uno junto a la otra y poniéndolos en contacto y roce, quizá
conseguiremos que brille la justicia como fuego de enjutos y, al hacerse visible, podremos
afirmarla en nosotros mismos.
-Ese es buen camino -dijo- y así hay que hacerlo.
-Ahora bien --,dije-; cuando se predica de una cosa que es lo mismo que otra, ya sea
más grande o más pequeña, ¿se entiende que le es semejante
o que le es desemejante en aquello en que tal cosa se predica?
-Semejante --contestó.
-De modo que el hombre justo no diferirá en nada de la ciudad justa en lo que se refiere
a la idea de justicia, sino que será semejante a ella.
-Lo será -replicó.
-Por otra parte, la ciudad nos pareció ser justa cuando
los tres linajes de naturalezas que hay en ella hacían cada una lo propio suyo; y nos
pareció temperada, valerosa y prudente por otras determinadas condiciones y dotes de
estos mismos linajes.
-Verdad es.
-Por lo tanto, amigo mío, juzgaremos que el individuo que tenga en su propia alma estas
mismas especies merecerá, con razón, los mismos
calificativos que la ciudad cuando tales especies tengan las mismas condiciones que las de
aquélla.
-Es ineludible --dijo.
-Y henos aquí -dije---, ¡oh, varón admirable!, que hemos dado en un ligero problema acerca del alma, el de si tiene en sí misma esas
tres especies o no.
-No me parece del todo fácil -replícó--; acaso, Sócrates, sea verdad aquello que suele
decirse, de que lo bello es difícil.
-Tal se nos muestra --dije-. Y has de saber, Glaucón, que, a mi parecer, con métodos tales como los que ahora venimos empleando en
nuestra discusión no vamos a alcanzar nunca lo que nos proponemos, pues el camino que a
ello lleva es otro más largo y complicado; aunque éste quizá no desmerezca de nuestras
pláticas e investigaciones anteriores.
-¿Hemos, pues, de conformarnos? --dijo-. A mí me basta, a lo menos por ahora.
-Pues bien ---dije-, para mí será también suficiente en un todo.
-Entonces - dijo- sigue tu investigación sin desmayo.
-¿No nos será absolutamente necesario -proseguí- el reconocer que en cada uno de nosotros se dan las mismas especies y modos de
ser que en la ciudad? A ésta, en efecto, no llegan de ninguna otra parte sino de nosotros
mismos. Ridículo sería pensar que, en las ciudades a las que se acusa de índole
arrebatada, como las de Tracía y de Escitia y casi todas las de la región norteña, este
arrebato no les viene de los individuos; e igualmente el amor al saber que puede
atribuirse principalmente a nuestra región y no menos la avaricia que suele a achacarse a
los fenicios o a los habitantes de Egipto.
-Bien seguro --dijo.
-Así es, pues, ello --dije yo- y no es difícil reconocerlo.
-No de cierto.
Comentario7
Presentación
TEXTO2G
(436a-437b)
-Lo que ya es más
difícil es saber si lo
hacemos todo por medio de una sola especie o sí, siendo éstas tres, hacemos cada cosa
por una de ellas. ¿Entendemos con un cierto elemento,
nos encolerizamos con otro distinto de los
existentes en nosotros y apetecemos con un tercero los
placeres de la comida y de la generación y otros parejos o bien obramos con el alma
entera en cada una de estas cosas cuando nos ponemos a ello? Esto es lo difícil de
determinar de manera conveniente.
-Eso me parece a mí también --dijo.
-He aquí, pues, cómo hemos de decidir si esos elementos son los mismos o son diferentes.
-¿Cómo?
-Es claro que un mismo ser no admitirá el hacer o sufrir cosas contrarías al mismo tiempo, en la misma parte de sí
mismo y con relación al mismo objeto; de modo que, si hallamos que en dichos elementos
ocurre eso, vendremos a saber que no son uno solo, sino varios.
-Conforme.
-Atiende, pues, a lo que voy diciendo.
-Habla -dijo.
-¿Es acaso posible -dije- que una misma cosa se esté quieta y se mueva al mismo tiempo
en una misma parte de sí misma?
-De ningún modo.
-Reconozcámoslo con más exactitud para no vacilar en
lo que sigue: si de un hombre que está parado en un sitio, pero mueve las manos y la
cabeza, dijera alguien que está quieto y se mueve al mismo tiempo, juzgaríamos que no se
debe decir así, sino que una parte de él está quieta y otra se mueve; ¿no es eso?
-Eso es.
-Y si el que dijere tal cosa diera pábulo a sus facecias pretendiendo que las peonzas están en reposo y se mueven enteras cuando bailan
con la púa fija en un punto o que pasa lo mismo con cualquier otro objeto que da vueltas
sin salirse de un sitio, no se lo admitiríamos, porque no permanecen y se mueven en la
misma parte de sí mismos. Diríamos que hay en ellos una línea recta y una
circunferencia y que están quietos por su línea recta puesto que no se inclinan a
ningún lado, pero que por su circunferencia se mueven en redondo; y que, cuando inclinan
su línea recta a la derecha o a la izquierda o hacia adelante o hacia atrás al mismo
tiempo que giran, entonces ocurre que no están quietos en ningún respecto.
-Y eso es lo exacto ---dijo.
-Ninguno, pues, de semejantes dichos nos conmoverá ni nos persuadirá
en lo más mínimo de que haya algo que pueda sufrir ni ser ni obrar dos cosas contrarias
al mismo tiempo en la misma parte de sí mismo y a en relación con el mismo objeto.
-A mí por lo menos no -aseveró.
-No obstante --dije-, para que no tengamos que alargarnos saliendo al encuentro de
semejantes objeciones y sosteniendo que no son verdaderas, dejemos sentado que eso es así
y pasemos adelante reconociendo que, si en algún modo se nos muestra de modo distinto que como queda dicho, todo lo que saquemos de
acuerdo con ello quedará vano.
-Así hay que hacerlo -aseguró.
Comentario7
Presentación
TEXTO3G
(437b-439a)
-¿Y acaso -proseguí- el asentir y el negar, el desear algo y el
rehusarlo, el atraerlo y el rechazarlo y todas las cosas de este
tenor las pondrás entre las que son contrarias unas a otras
sin distinguir si son acciones y pasiones? Porque esto no hace al caso.
-Sí -dijo-; entre las contrarias las pongo.
-¿Y qué? - continué --, ¿El hambre y la sed y en general todos
los apetitos y el querer y el desear, no referirás todas estas cosas a las especies que
quedan mencionadas? ¿No dirás, por ejemplo, que el alma del que apetece algo tiende a aquello que apetece o que atrae a sí aquello
que desea alcanzar o bien que, en cuanto quiere que se le entregue, se da asentimiento a
sí misma como si alguien le preguntara, en el afán de conseguirlo?
-Así lo creo.
-¿Y qué? ¿El no desear ni querer ni apetecer no lo pondrás, con el rechazar y el despedir de sí mismo, entre los contrarios
de aquellos otros términos?
-¿Cómo no?
-Siendo todo ello así, ¿no admitiremos que hay una clase especial de apetitos y que los que más a la vista están son
los que llamamos sed y hambre?
-Lo admitiremos --dijo.
-¿Y no es la una apetito de bebida y la otra de comida?
-Sí.
-¿Y acaso la sed, en cuanto es sed, podrá ser
en el alma apetito de algo más que de eso que queda dicho,como, por ejemplo, la sed será
sed de una bebida caliente o fría o de mucha o poca bebida o, en una palabra, de una
determinada clase de bebida? ¿O más bien, cuando a la sed se agregue un cierto calor,
traerá éste consigo que el apetito sea de bebida fría y, cuando se añada un cierto
frío, hará que sea de bebida caliente? ¿Y asimismo, cuando por su intensidad sea grande
la, sed, resultará sed de mucha bebida, y cuando pequeña, de poca? ¿Y la sed en sí no
será en manera alguna apetito de otra cosa sino de lo que le es natural, de la bebida en
sí, como el hambre lo es de la comida?
-Así es -dijo-; cada apetito no es apetito más que de aquello que le conviene por
naturaleza; y cuando le apetece de tal o cual calidad, ello depende de algo accidental que se le agrega.
-Que no haya, pues -añadí yo-, quien nos coja de sorpresa
y nos perturbe diciendo que nadie apetece bebida, sino buena bebida, ni comida, sino
buena comida. Porque todos, en efecto, apetecernos lo bueno;
por tanto, si la sed es apetito, será apetito de algo bueno, sea bebida u otra cosa, e
igualmente los demás apetitos.
-Pues acaso ---dijo- piense decir cosa de peso el que tal habla.
-Como quiera que sea -concluí-, todas aquellas cosas que por su índole tienen un objeto,
en cuanto son de tal o cual modo se refieren, en mi opinión, a tal o cual clase de
objeto; pero ellas por sí mismas, sólo a su objeto
propio.
-No he entendido - dijo.
-¿No has entendido -pregunté- que lo que es mayor lo es porque es mayor que otra cosa?
-Bien seguro.
-¿Y esa otra cosa será algo más pequeño?
-Sí.
-Y lo que es mucho mayor será mayor que otra cosa mucho más pequeña. ¿No es así?
-Sí.
-¿Y lo que en un tiempo fue mayor, que lo que fue más pequeño; y lo que en lo futuro ha
de ser mayor, que lo que ha de ser más pequeño?
-¿Cómo no? -replicó.
-¿Y no sucede lo mismo con lo más respecto de lo menos y con lo doble respecto de la
mitad y con todas las cosas de este tenor y también con lo más pesado respecto de lo
más ligero e igualmente con lo caliente respecto de lo frío y con todas las cosas
semejantes a éstas?
-Enteramente.
-¿Y qué diremos de las ciencias? ¿No ocurre lo mismo?
La ciencia en sí es ciencia del conocimiento en sí o de aquello, sea lo que quiera, a
que deba asignarse ésta como a su objeto; una ciencia o tal o cual ciencia lo es de uno y
determinado conocimiento. Pongo por ejemplo: ¿no es cierto que, una vez que se creó la
ciencia de hacer edificios, quedó separada de las demás ciencias y recibió con ello el
nombre de arquitectura?
-¿Cómo no?
-¿Y no fue así por ser una ciencia especial distinta de todas las otras?
-Sí.
-Así, pues, ¿no quedó calificada cuando se la entendió como ciencia de un objeto
determinado? ¿Y no ocurre lo mismo con las otras artes y ciencias?
-Así es.
-Reconoce, pues -dije yo-, que eso era lo que yo quería decir antes, si es que lo has
entendido verdaderamente ahora: que las cosas que se predican como propias de un objeto lo
son por sí solas de este objeto solo; y de tales o cuales objetos, tales determinadas
cosas. Y no quiero decir con ello que como sean los objetos, así serán también ellas,
de modo que la ciencia de la salud y la enfermedad sea igualmente sana o enferma, sino
que, una vez que esta ciencia no tiene por objeto el de la ciencia en sí, sino otro
determinado, y que éste es la enfermedad y la salud, ocurre que ella misma queda
determinada como ciencia y eso hace que no sea llamada ya ciencia a secas ., sino ciencia
especial de algo que se ha agregado, y se la nombra medicina.
-Lo entiendo -dijo- y me parece que es así.
Comentario7
Presentación
TEXTO4G
(439a-441c)
-¿Y la sed? -pregunté---. ¿No la pondrás por su a naturaleza
entre aquellas cosas que tienen un objeto? Porque la sed lo es sin duda de...
-Sí ---,dijo-; de bebida.
-Y así, según sea la sed de una u otra bebida será también ella de una u otra clase;
pero la
sed en sí no es de mucha ni poca ni buena ni
mala bebida ni, en una palabra, de una bebida especial, sino que por su naturaleza lo es
sólo de la bebida en sí.
-Conforme en todo.
-El alma del sediento, pues, en cuanto tiene sed no
desea otra cosa que beber y a ello tiende y hacia ello se lanza.
-Evidente.
Por lo tanto, si algo alguna vez la retiene en su sed tendrá que haber en ella alguna
cosa distinta de aquella que siente la sed y la impulsa
como a una bestia a que beba, porque, como decíamos, una misma cosa, no puede hacer lo
que es contrario en la misma parte de sí misma, en relación con el mismo objeto y al mismo tiempo.
-No de cierto.
--Como, por ejemplo, respecto del arquero no sería bien, creo yo, decir que sus manos
rechazan y atraen el arco al mismo tiempo, sino que una lo rechaza y la otra lo atrae.
-Verdad todo -dijo.
-¿Y hemos de reconocer que algunos que tienen sed no quieren beber?
-De cierto --dijo-, muchos y en muchas ocasiones.
-¿Y qué -pregunté yo-- podría decirse acerca de esto? ¿Que no hay en sus almas algo
que les impulsa a beber y algo que los retiene, esto último diferente y más poderoso que aquello?
-Así me parece --,dijo.
-¿Y esto que los retiene de tales cosas no nace, cuando nace, del razonamiento, y aquellos otros impulsos que les mueven
y arrastran no les vienen, por el contrario, de sus padecimientos y enfermedades?
-Tal se muestra.
-No sin razón, pues --dije-, juzgaremos que son dos cosas diferentes la una de la otra,
llamando, a aquello con que razona, lo racional del alma, y a aquello con que desea y
siente hambre y sed y queda perturbada por los demás apetitos, lo irracional y concupiscible, bien avenido con ciertos hartazgos y
placeres.
-No; es natural --dijo- que los consideremos así.
-Dejemes, pues, definidas estas dos especies que se dan en el alma -seguí yo-. Y la cólera y aquello con que nos encolerizamos, ¿será una
tercera especie o tendrá la misma naturaleza que alguna de esas dos?
-Quizá --dijo- la misma que la una de ellas, la concupiscible.
-Pues yo -repliqué- oí una vez una historia a la que me atengo como prueba, y es ésta: Leoncio, hijo de Aglayón, subía del Pireo por la parte
exterior del muro del norte cuando advirtió unos cadáveres que estaban echados por tierra al lado del verdugo. Comenzó entonces a sentir deseos de verlos, pero
al mismo tiempo le repugnaba y se retraía; y así estuvo luchando y cubriéndose el
rostro hasta que, vencido de su apetencia, abrió enteramente los ojos y, corriendo hacía
los muertos, dijo: «¡Ahí los tenéis, malditos, saciaos del hermoso espectáculo!
-Yo también lo había oído --dijo.
-Pues esa historia -observé- muestra que la cólera combate
a veces con los apetitos como cosa distinta de ellos.
-Lo muestra, en efecto ---dijo.
-¿Y no advertimos también en muchas otras ocasiones ---dije-, cuando las concupiscencias
tratan de hacer fuerza a alguno contra la razón, que él se insulta a sí mismo y se
irrita contra aquello que le fuerza en su interior y que, como en una reyerta entre dos
enemigos, la cólera se hace en el tal aliada de la
razón? En cambio, no creo que puedas decir que hayas advertido jamás- ni en ti mismo ni
en otro, que, cuando la razón determine que no se ha de hacer una cosa, la cólera se
oponga a ello haciendo causa común con las concupiscencias.
-No, por Zeus --dijo.
-¿Y qué ocurre -pregunté- cuando alguno cree obrar injustamente? ¿No sucede que,
cuanto más gene- cuando alguno cree obrar injustamente? ¿No sucede que, cuanto
más generosa sea su índole, menos puede irritarse aunque sufra hambre o frío u otra
cualquier cosa de este género por obra de quien en su concepto le aplica la justicia y
que, como digo, su cólera se resiste a levantarse contra éste?
-Verdad es ---dijo.
-¿Y qué sucede, en cambio, cuando cree que padece
injusticia? ¿No hierve esa cólera en él y se enoja y se alía con lo que se le muestra
como justo y, aun pasando hambre y frío y todos los rigores de esta clase, los soporta
hasta triunfar de ellos y no cesa en sus nobles resoluciones hasta que las lleva a
término o perece o se aquieta, llamado atrás por su propia razón como un perro por el
pastor?
-Exacta es esa comparación que has puesto
--dijo-; y, en efecto, en nuestra ciudad pusimos a los auxiliares como perros a
disposición de los gobernantes, que son los pastores de aquélla.
-Has entendido perfectamente -observé- lo que quise decir; ¿y observas ahora este otro
asunto?
-¿Cuál es él?
-Que viene a revelársenos acerca de la cólera lo
contrario de lo que decíamos hace un momento; entonces pensábamos que era algo
concupiscible y ahora confesamos que, bien lejos de ello, en la lucha del alma hace armas
a favor de la razón.
-Enteramente cierto --dijo.
-¿Y será algo distinto de esta última o un modo de ella de suerte que en el alma o
resulten tres especies, sino dos sólo, la racional
y la concupiscible? ¿O bien, así como en la ciudad eran tres los linajes que la
mantenían, el traficante, el auxiliar y el deliberante, así habrá también un
tercero en el alma, el irascible, auxiliar por naturaleza del racional cuando no se
pervierta por una mala crianza?
-Por fuerza ---dijo-- tiene que ser ése el tercero.
-Sí -aseveré - con tal de que se nos revele distinto
del racional como ya se nos reveló distinto del concupiscible.
-Pues no es difícil percibirlo --dijo-. Cualquiera puede ver en niños pequeños que, desde el punto en que nacen, están
llenos de cólera; y, en cuanto a la razón, algunos me parece que no la alcanzan nunca y
los más de ellos bastante tiempo después.
-Bien dices, por Zeus --observé-. También en las bestias puede verse que ocurre como tú
dices; y a más de todo servirá de testimonio aquello
de Homero que dejamos mencionado más arriba:
«Pero a su alma increpó golpeándose el pecho y le dijo ... » En este
pasaje, Homero, representó manifiestamente como cosas distintas a lo uno increpando a lo
otro: aquello que discurre sobre el bien y el mal contra lo que sin discurrir se
encoleriza.
-Enteramente cierto es lo que dices - afirmó.
Comentario7
Presentación
LIBRO IV REPÚBLICA
COMENTARIO8
(441c-443b)
441c-443b
Al llegar a este punto Sócrates afirma haber llegado a buen
puerto al descubrir que en el alma de cada uno hay las mismas clases que en
la ciudad y en el mismo número. Ahora bien, si ello es así, entonces el
individuo que sea prudente lo deberá de ser por la misma razón que lo es la
ciudad; y lo mismo habría que decir del valeroso y el templado. Y, por supuesto,
si hemos visto que una ciudad era justa porque cada una de sus tres clases hacía
en ella aquello que le era propio, así tambien el hombre solamente será justo si hace
tambien lo propio en cuanto cada una de las cosas, que en él hay, haga lo que es justo.
¿Y de qué modo? Para responder a esta cuestión, Sócrates señala que sería a lo racional
a quien compete el gobierno, por razón de su prudencia, sobre el alma toda. Por su parte,
a lo irascible le correspondería el ser el súbdito y aliado de la razón y ello
se logrará mediante la combinación de la música y de la gimnasia pues, sobre
esta base, la educación del alma hará que sea la razón con sus consejos de tipo
armónico y rítmico quien logrará que la parte irascible remita y se aplaque. Además,
continúa Sócrates, con estos dos elementos anímicos instruidos y controlados no será
dificil lograr que impongan su autoridad frente a lo concupiscible. Este linaje,
como sucede en la ciudad con los artesanos, es la que ocupa una mayor parte
dentro del alma, y, por naturaleza, es insaciable en la busqueda de placeres. Por ello
necesita vigilancia pues puede llegar a hacerse grande y fuerte y, con ello, aspirar no
solamente a obrar lo propio suyo sino tambien a esclavizar y gobernar a aquello que por
naturaleza no le corresponde. Es por ello necesaria la colaboración entre lo racional
y lo irascible con el objeto de someter a la parte concupiscible. Tambien es
necesaria la colaboración del tandem de lo racional (tomando determinaciones) y de lo
irascible (luchando en seguimiento del que mando y ejecutando con valor lo determinado)
para velar en contra de los enemigos de fuera.
Pues bien, en el contexto de lo dicho hasta ahora, Sócrates, realiza una serie de
definiciones relacionadas con el individuo valeroso, prudente, temperante y justo.
Así el valeroso sería el individuo que, a través de lo irascible, sabe
conservar el juicio de la razón sobre lo que es temible y sobre lo que no lo es. Por su
parte el hombre prudente será aquel que, sobre la base de la pequeña porción
racional presente en él, da preceptos a lo irascible pues posee la ciencia de lo
conveniente para cada cual y para la comunidad entera con sus tres partes. A su vez, el
hombre temperante sería aquel individuo en donde la armonía establecida entre
lo racional y lo irascible le hacen ver que es la razón quien gobierna sobre los apetitos
y, a su vez, estos se dejan gobernar no sublevándose en contra de ello. Por último,
será justo el individuo que posea este tipo de alma en donde cada uno de sus linajes
ejerce la función que le es propia por naturaleza.
A continuación Sócrates expresa el temor acerca de que, al trasladar la
justicia de la ciudad al individuo, ésta se borre u oscurezca de modo que
resulte imposible reconocerla. Para demostrar que no es así, Sócrates, recurre a una
prueba de orden común referida a que un individuo que fuera realmente semejante a la
ciudad fundada no sería posible que fuese injusto. Así, por ejemplo, si un sujeto, que
vive en una ciudad como la recien fundada y con un alma gemela a tal ciudad, recibiera un depósito
de oro o plata, lo lógico sería que intentase robarlo antes que él otro que no
tuviese el mismo tipo de educación y que viviese en una ciudad no justa. Lo mismo podría
decirse en lo que se refiere al cometer sacrilegios, traciones privadas o
públicas,adulterios, cumplimiento de promesas, respeto a los padres, etc. Pues bien, la
razón de su comportamieno justo no sería otro que el que cada una de las partes de
su alma hace lo suyo propio tanto en lo que toca a gobernar como en lo que toca a
obedecer. {Ver Texto1h}
Presentación
TEXTO1H
(441c-443b)
-Así, pues --,dije yo----, hemos llegado a puerto, aunque con trabajo, y reconocido en debida forma que
en el alma de cada uno hay las mismas clases que en la ciudad y en el mismo número.
-Así es.
-¿Será, pues, forzoso que el individuo sea prudente de la misma manera y por la misma razón que lo es la ciudad?
-¿Cómo no?
-¿Y que del mismo modo que y por el mismo motivo que es valeroso el individuo, lo sea la
ciudad tambien, y que otro tanto ocurra en todo lo demás que en uno y otra hace
referencia a la virtud? -Por fuerza.
-Y así, Glaucón, pienso que reconoceremos también que el individuo será justo de la
misma manera en que lo era la ciudad.
-Forzoso es también ello.
-Por otra parte, no nos hemos olvidado de que ésta era justa porque cada una de sus tres
clases hacía en ella aquello que le era propio.
-No creo que lo hayamos olvidado -dijo.
-Así, pues, hemos de tener presente que cada uno de nosotros
sólo será justo y hará él también lo propio suyo en cuanto cada una de las cosas que
en él hay hago lo que le es propio.
-Bien de cierto --dijo-, hay que- tenerlo presente.
-¿Y no es a lo racional a quien compete el gobierno,
por razón de su prudencia y de la previsión que ejerce sobre el alma toda, así como a
lo irascible el ser su súbdito y aliado?
-Enteramente.
-¿Y no será, como decíamos, la combinación de la
música y la gimnástica la que pondrá a los dos en acuerdo, dando tensión a lo uno y
nutriéndolo con buenas palabras y enseñanzas y haciendo con sus consejos que el
otro remita y aplacándolo con la armonía y el ritmo?
-Bien seguro ---dijo.
-Y estos dos, así criados y verdaderamente instruidos y educados en lo suyo, se
impondrán a lo concupíscible, que, ocupando la mayor
parte del alma de cada cual, es por naturaleza insaciable de bienes; al cual tienen que
vigilar, no sea que, repleto de lo que llamamos placeres
del cuerpo, se haga grande y fuerte y, dejando de obrar lo propio suyo, trate de
esclavizar y gobernar a aquello que por su clase no le corresponde y trastorne enteramente
la vista de todos.
-No hay duda --dijo.
-¿Y no serán también estos dos --dije yo-- los que mejor velen
por el alma toda y por el cuerpo contra los enemigos de fuera, el uno tomando
determinaciones, el otro luchando en seguimiento del que manda y ejecutando con su valor
lo determinado por él?
-Así es.
-Y, según pienso, llamaremos a cada cual valeroso por
razón de este segundo elemento, cuando, a través de dolores y placeres, lo
irascible conserve el juicio de la razón sobre lo que es temible y sobre lo que no lo es.
-Exactamente --dijo.
-Y le llamaremos prudente por aquella su pequeña
porción que mandaba en él y daba aquellos preceptos, ya que ella misma tiene entonces en
sí la ciencia de lo conveniente para cada cual y para la comunidad entera con sus tres
partes.
-Sin duda ninguna.
-¿Y qué más? ¿No lo llamaremos temperante por el
amor y armonía de éstas cuando lo que gobierna y lo que es gobernado convienen en que lo
racional debe mandar y no se sublevan contra ello?
-Eso y no otra cosa es la templanza --dijo--, lo mismo en la ciudad que en el particular.
-Y será asimismo justo por razón de aquello que tantas
veces hemos expuesto.
-Forzosamente,
-¿Y qué? -dije-. ¿No habrá miedo de que se nos oscurezca
en ello la justicia y nos parezca distinta de aquella que se nos reveló en la ciudad?
-No lo creo -replicó.
-Hay un medio -observé- de que nos afirmemos enteramente, si es que aún queda
vacilación en nuestra alma: bastará con aducir ciertas normas corrientes.
-¿Cuáles son?
-Por ejemplo, si tuviéramos que ponernos de acuerdo
acerca de la ciudad de que hablábamos y del varón que por naturaleza y crianza se
asemeja a ella, ¿nos parecería que el tal, habiendo recibido un depósito de oro o
plata, habría de sustraerlo? ¿Quién dirías que habría de pensar que lo había hecho
él antes que los que no sean de su condición?
-Nadie --contestó.
-¿Y así, estará nuestro hombre bien lejos de cometer sacrilegios, robos o traiciones
privadas o públicas contra los amigos o contra las ciudades?
-Bien lejos.
-Y no será infiel en modo alguno ni a sus juramentos ni a sus otros acuerdos.
-¿Cómo habría de serio?
-Y los adulterios, el abandono de los padres y el menosprecio de los dioses serán propios
de otro cualquiera, pero no de él.
-De otro cualquiera, en efecto ---contestó.
-¿Y la causa de todo eso no es que cada una de las cosas
que hay en él hace lo suyo propio tanto en lo que toca a gobernar como en lo que toca a
obedecer?
-Esa y no otra es la causa.
-¿Tratarás, pues, de averiguar todavía si la justicia es cosa distinta de esta virtud
que produce tales hombres y tales ciudades?
-No, por Zeus ---dijo.
Comentario8
Presentación
LIBRO IV REPÚBLICA
COMENTARIO9
(443-444b)
443b-444b
Sócrates finaliza esta parte de su investigación
afirmando que se ha cumplido por fín su ensueño, es decir, aquel presentimiento
que le llevó a pensar que una vez que se lograra fundar una ciudad justa, podríamos
encontrar un cierto principio e imagen de la justicia. Y es que una vez que se ha
descubierto en el alma de cada sujeto la naturaleza de la justicia, la justicia presente
en la ciudad es realmente una imagen o semblanza de la verdadera justicia que está dentro
del hombre mismo cuando cada una de las partes de su alma hace lo que le es propio. Por
ello afirma que la justicia realmente consiste en algo que se refiere no a la acción
exterior del hombre sino a su interior. En definitiva, cuando el hombre no deja
que ninguna de las partes de su alma haga lo que es propio de las demás, ni que se
interfiera en las actividades de los otros linajes que en el alma existen, sino que se
rige y ordena y se hace amigo de sí mismo y pone de acuerdo sus tres elementos de un modo
armónico, entonces es cuando, bien templado y acordado, se pone a actuar ya en política,
ya en lo que toca a sus contratos privados, de una forma justa y buena. En definitiva, con
un alma así no se diría mentira al afirmar que estamos ante un hombre justo en
una ciudad justa y a la justicia que en ellos hay. {Ver Texto1i}
Presentación
TEXTO1I
(443b-444b)
-Cumplido está, pues, enteramente nuestro ensueño: aquel presentimiento que referíamos de que, una
vez que empezáramos a fundar nuestra ciudad, podríamos, con la ayuda de algún dios,
encontrar un cierto principio e imagen de la justicia.
-Bien de cierto.
-Teníamos, efectivamente, Glaucón, una cierta semblanza de la justicia, que, por ello,
nos ha sido de provecho: aquello de que quien por naturaleza es zapatero debe hacer
zapatos y no otra cosa, y el que constructor, construcciones, y así los demás.
-Tal parece.
-Y en realidad la justicia parece ser algo así, pero no en lo que se refiere a la acción
exterior del hombre, sino a la interior sobre sí
mismo y las cosas que en en hay; cuando éste no deja que ninguna de ellas haga lo que es
propio de las demás ni se interfiera en las actividades de los otros linajes que en el
alma existen, sino, disponiendo rectamente sus asuntos domésticos, se rige y ordena y se
hace amigo de sí mismo y pone de acuerdo sus tres elementos exactamente como los tres
términos de una armonía, el de la cuerda grave, el de la alta, el de la media y cualquiera otro que pueda haber entremedio; y después
de enlazar todo esto y conseguir de esta variedad su propia unidad, entonces es cuando,
bien templado y acordado, se pone a actuar así
dispuesto ya en la adquisición de riquezas, ya en el cuidado de su cuerpo, ya en la
política, ya en lo que toca a sus contratos privados, y en todo esto juzga y denomina
justa y buena a la acción que conserve y corrobore ese estado y prudencia al conocimiento
que la presida y acción injusta, en cambio, a la que destruya esa disposición de cosas e
ignorancia a la opinión que la rija.
-Verdad pura es, Sócrates, lo que dices ---observó.
-Bien -repliqué-; creo que no se diría que mentíamos si afirmáramos que habíamos
descubierto al hombre justo y a la ciudad justa y la justicia que en ellos hay.
-No, de cierto, por Zeus --dijo.
-¿Lo afirmaremos, pues?
-Lo afirmaremos.
Comentario9
Presentación
LIBRO IV REPÚBLICA
COMENTARIO10
(444b-445e)
444b-445e
A continuación Sócrates plantea la necesidad de examinar la esencia
de la injusticia. En principio comienza señalando que no sería absurdo señalar que
ésta debe consistir en la sedición de los tres linajes del alma. Tal sedición
se produciría cuando asistimos a la sublevación de una parte del alma en contra del alma
todo con el objeto, por ejemplo, de gobernar sin pertenecerle el mando. En este contexto,
Sócrates compara la injusticia con la enfermedad y la justicia con la salud.
Y es, señala, que el producir salud es disponer los elementos que hay en el cuerpo de
modo que dominen o sean dominados entre sí conforme a naturaleza; y el producir
enfermedad es hacer que se manden u obedezcan unos a otros contra naturaleza (ver tesis de
Hipócrates). Pues bien, el producir justicia no sería otra cosa que disponer los
elementos del alma para que dominen o sean dominados entre sí conforme a naturaleza. Por
su parte, el producir injusticia es el hacer que se manden u obedezcan unos contra otros
contra naturaleza. Por todo ello, la virtud se nos aparece tambien como salud y
bienestar del alma; mientras que el vicio lo hace como enfermedad y flaqueza de
la misma. Ya a finales del libro IV, Sócrates, plantea la necesidad de
investigar, en relación con la injusticia, si conviene obrar justamente, portarse
bien y ser justo, pase o no inadvertido el que tal haga, o cometer injusticia y ser
injusto con tal de no pagar la pena y verse reducido a mejorar por el castigo.
Adimanto señala que, despues de todo lo visto, le parece ridícula tal investigación ya
que del mismo modo que resultaría absurdo defender que es preferible la enfermdead del
cuerpo a la salud, del mismo modo, tambien, es ilógico afirmar que es preferible la
enfermedad del alma a su bienestar. Sócrates reconoce que efectivamente parece ridículo
el plantear tal análisis. Sin embargo, afirma, puesto que llegamos a este punto de
máxima claridad, estar ante algo que no estaría de más estudiar. Sobre esta base
afirma, en primer lugar, que hay una sola especie de virtud e inumnerables
del vicio; además, señala cuáles le parecen ser las especies de vicio o injusticia
y las describe tambien a partir de las formas de gobierno existentes en las
ciudades y sus consiguientes modos del alma. Afirma que estos modos son cinco y señala
que uno de ellos se corresponde con el descubierto en la investigación anterior (el
único justo) . Este modo o forma de gobierno puede recibir dos denominaciones: cuando un
hombre sólo se distingue entre los gobernantes (reino o monarquía) y cuando son muchos
los que gobiernan (aristocracia). {Ver
Texto1j}
Presentación
TEXTO1J
(444b-445e)
-Bien -dije-, después de esto creo que hemos de examinar la injusticia.
-Claro está.
-¿No será necesariamente una sedición de aquellos
tres elementos, su empleo en actividades diversas y ajenas y la sublevación de una parte
contra el alma toda para gobernar en ella sin pertenecerle el mando, antes bien, siendo
esas partes tales por su naturaleza que a la una le convenga estar sometida y a la otra
no, por ser especie regidora? Algo así diríamos, creo yo, y añadiríamos que la
perturbación y extravío de estas especies es injusticia e indisciplina y vileza e
ignorancia, y, en suma, total perversidad.
-Eso precisamente --dijo.
-Así, pues ---dije yo-, el hacer cosas injustas, el violar la justicia e igualmente el
obrar conforme a ella ¿son cosas todas que ahora distinguimos ya con claridad si es que
hemos distinguido la injusticia y la justicia?
-¿Cómo es ello?
-Porque en realidad --dije- en nada difieren de las cosas sanas ni de las enfermizas, ellas en el alma como éstas en el cuerpo.
-¿De qué modo? -preguntó.
-Las cosas sanas producen salud, creo yo; las enfermizas, enfermedad.
-Sí.
-¿Y el hacer cosas justas no produce justicia y el obrar injustamente injusticia?
-Por fuerza.
-Y el producir salud es disponer los elementos que hay en
el cuerpo de modo que dominen o sean dominados entre sí conforme a naturaleza; y el
producir enfermedad es hacer que se manden u obedezcan unos a otros contra naturaleza .
-Así es.
-¿Y el producir justicia --- dije- no es disponer los elementos del alma para que dominen
o sean dominados entre sí conforme a naturaleza; y el producir injusticia, el hacer que
se manden u obedezcan unos a otros contra naturaleza?
-Exactamente -replicó.
-Así, pues, según se ve, la virtud será una cierta o
salud, belleza y bienestar del alma; y el vicio,
enfermedad, fealdad y flaqueza de la misma.
-Así es.
-¿Y