LIBRO II DE LA REPÚBLICA
(357a-362b)
Comentario I
357a-362d:
Ahora es Glaucón el que toma la palabra no permitiendo que se levante la reunión como hubiese sido el deseo de Trasímaco. Glaucón representa en el diálogo al joven sincero pero descontento con la situación que le rodea y al que no llegan las meras palabras. Por ello dice a Sócrates que no llega unicamente con afirmar la la vida del justo es mejor que la injusto, sino que tambien hay que estar realmente persuadido de tal hecho. Y es que Glaucón afirma percibir, cuando se habla de la justicia, un auténtica contradicción en lo que realmente es la justicia y lo que parece ser la justicia. Para aclarar lo que quiere decir interroga al mismo Sócrates teniendo como base del diálogo que se establece entre ellos la naturaleza de los bienes. Según Glaucón habría bienes que aspiramos poseer no en atención a los efectos que producen sino por ellos mismos (alegría). Existen tambien bienes que apreciamos tanto por ellos mismos como por los resultados que producen (inteligencia,vista,saludo). Y, por fín, existen bienes, penosos pero que nos benefecian (gimnasia),que no los queremos por ellos mismos sino por las ganancias o ventajas que resultan de ellos. Pues bien, pregunta Glaucón a Sócrates: ¿en cuál de esta clase de bienes se incluye la justicia? Sócrates le responde que en la clase de los bienes que apreciamos tanto por sí mismos como por los resultados que producen. {Ver texto 1a}
TEXTO1a
(357a-358a)
Con estas palabras creí haber dado ya fin a la discusión; mas al parecer no habíamos pasado todavía del preludio, porqué
Glaucón, que siempre y en todo asunto se muestra sumamente esforzado, tampoco entonces siguió a Trasímaco en su retirada, antes bien, dijo:
-Pues no es ése --dijo- el parecer del vulgo,
que la clasifica en el género de bienes penosos, como algo que hay que practicar con
miras a las ganancias y buena reputación que produce, pero que, considerado en sí mismo,
merece que se le rehúya por su dificultad.
-Ya sé -respondí- que tal es la opinión general; por eso Trasímaco lleva un buen
rato atacando a la justicia, a la que considera como un bien de esa clase, y ensalzando la
injusticia. Pero yo, a lo que parece, soy difícil de convencer.
-¡Ea, pues! ----exclamó-. Escúchame ahora, a ver si llegas a opinar del mismo modo que
yo. Porque yo creo que Trasímaco se ha dado por vencido demasiado pronto, encantado, como
una serpiente, por tus palabras. En cambio, a mí no me ha persuadido todavía la defensa
de ninguna de las dos tesis. Lo que yo quiero es oír hablar de la naturaleza de ambas y de los efectos que por sí mismas
producen una y otra cuando se albergan en un alma; pero dejando aparte los beneficios y
cuanto resulta de ellas. He aquí, pues, lo que voy a hacer, si tú me lo permites.
Volveré a tomar la argumentación de Trasímaco y trataré primeramente de cómo dicen que es la justicia y de
dónde dicen que ha nacido; luego demostraré que todos cuantos la practican lo hacen
contra su voluntad, como algo necesario, no como un
bien; y en tercer lugar mostraré tambien que es natural
que así procedan, pues, según dicen, es mucho mejor la vida del injusto que la del
justo. No creas, Sócrates, que mi opinión es ésa en
realidad; pero es que siento dudas y me zumban los oídos al escuchar a Trasímaco y otros
mil, mientras no he hablado jamás con nadie que defienda a mi gusto la justicia y
demuestre que es mejor que la injusticia. Me gustaría oir el elogio de la justicia
considerada en sí misma y por sí misma, y creo que eres tú la persona de quien
esperarlo. Por eso voy a extenderme en alabanzas de la vida injusta y, una vez lo haya
hecho, te mostraré de qué modo quiero oírte atacar la injusticia y loar la justicia.
Mas antes sepamos si es de tu agrado lo que propongo.
-No hay cosa más de mi agrado - dije- .¿Qué otro mejor tema para que una persona
inteligente disfrute hablando y escuchando?
Comentario1
Presentación
TEXTO 3a
(358e-360e)
-Tienes mucha razón -- convino --. Escucha ante todo aquello con lo que dije que comenzaría: qué es y de dónde procede la justicia. Dicen que el cometer injusticia es por naturaleza un bien, y el sufriría, un mal. Pero como es mayor el mal que recibe el que la padece que el bien que recibe quien la comete, una vez que los hombres comenzaron a cometer y sufrir injusticias y a probar las consecuencias de estos actos, decidieron los que no tenían poder para evitar los perjuicios ni para lograr las ventajas que lo mejor era establecer mutuos convenios con el fin de no cometer ni padecer injusticias. Y de ahí en adelante empezaron a dictar leyes y concertar tratados recíprocos, y llamaron legal y justo a lo que la ley rescribe. He aquí expuesta la
génesis y esencia de la justicia, término medio entre el mayor bien, que es el no sufrir su castigo quien comete injusticia, y el mayor mal, el de quien no puede defenderse de la injusticia que sufre. La justicia, situada entre estos dos extremos, es aceptada no como un bien, sino como algo que se respeta por impotencia para cometer la injusticia; pues el que puede cometerla, el que es verdaderamente hombre, jamás entrará en tratos con nadie para evitar que se cometan o sufran injusticias. ¡Loco estaría si tal hiciera! Ahí tienes, Sócrates, la naturaleza de la justicia y las circunstancias con motivo de las cuales cuenta la gente que apareció en el mundo. Para darnos mejor cuenta de cómo los buenos lo son contra su voluntad, porque no pueden ser malos, bastará con imaginar que hacemos lo siguiente; demos a todos, justos e injustos, licencia para hacer lo que se les antoje y después sigámosles para ver adónde llevan a cada cual sus apetitos. Entonces sorprenderemos en flagrante al justo recorriendo los mismos caminos que el ínjusto, impulsado -por el interés propio, finalidad que todo ser está dispuesto por naturaleza a perseguir como un bien, aunque la ley desvíe por fuerza esta tendencia y la encamine al respeto de la igualdad. Esta licencia de que yo hablo podrían llegar a gozarla, mejor que de ningún otro modo, si se les dotase de un poder como el que cuentan tuvo en tiempos el antepasado del lidio Giges. Dicen que era un pastor que estaba al servicio del entonces rey de Lidia. Sobrevino una vez un gran temporal y terremoto; abrióse la tierra y apareció una grieta en el mismo lugar en que él apacentaba. Asombrado ante el espectáculo descendió por la hendidura y vio allí, entre otras muchas maravillas que la fábula relata, un caballo de bronce, hueco, con portañuelas, por una de las cuales se agachó a mirar y vio que dentro había un cadáver, de talla al parecer más que humana, que no llevaba sobre sí más que una sortija de oro en la mano; quitósela el pastor y salióse. Cuando, según costumbre, se reunieron los pastores con el fin de informar al rey, como todos los meses, acerca de los ganados, acudió también él con su sortija en el dedo. Estando, pues, sentado entre los demás, dio la casualidad de que volviera la sortija, dejando el engaste de cara a la palma de la mano; e inmediatamente cesaron de verle quienes le rodeaban y con gran sorpresa suya, comenzaron a hablar de él como de una persona ausente. Tocó nuevamente el anillo, volvió hacia fuera el engaste y una vez vuelto tornó a ser visible. Al darse cuenta de ello, repitió el intento para comprobar si efectivamente tenía la joya aquel poder, y otra vez ocurrió lo mismo: al volver hacia dentro el engaste, desaparecía su dueño, y cuando lo volvía hacia fuera, le veían de nuevo. Hecha ya esta observación, procuró al punto formar parte de los enviados que habían de informar al rey; llegó a Palacio, sedujo a su esposa, atacó y mató con su ayuda al soberano y se apoderó del reino. Pues bien, si hubiera dos sortijas como aquélla de las cuales llevase una puesta el justo y otro el injusto, es opinión común que no habría persona de convicciones tan firmes como para perseverar en la justicia y abstenerse en absoluto de tocar lo de los demás, cuando nada le impedía dirigirse al mercado y tomar de allí sin miedo alguno cuanto quisiera, entrar en las casas ajenas y fornícar con quien se le antojara, matar o libertar personas a su arbitrio, obrar, en fin, como un dios rodeado de mortales. En nada diferirían, pues, los comportamientos del uno y del otro, que seguirían exactamente el mismo camino. Pues bien, he ahí lo que podría considerarse una buena demostración de que nadie es justo de grado, sino por fuerza y hallándose persuadido de que la justicia no es buena para él personalmente; puesto que, en cuanto uno cree que va a poder cometer una injusticia, la comete. Y esto porque todo hombre cree que resulta mucho más ventajosa personalmente la injusticia que la justicia. «Y tiene razón al creerlo así», dirá el defensor de la teoría que expongo. Es más: si hubiese quien, estando dotado de semejante talismán, se negara a cometer jamás injusticia y a poner mano en los bienes ajenos, le tendrían, observando su conducta, por el ser más miserable y estúpido del mundo; aunque no por ello dejarían de ensalzarle en sus conversaciones, ocultándose así mutuamente sus sentimientos por temor de ser cada cual objeto de alguna injusticia. Esto es lo que yo tenía que decir.
TEXTO 4a
(360e-362d)
Finalmente, en cuanto a decidir entre las vidas de los dos hombres de que hablamos, el justo y el injusto, tan sólo nos hallaremos en condiciones de juzgar rectamente si los consideramos por
separado; si no, imposible. ¿Y cómo los consideraremos separadamente? Del siguiente modo: no quitemos nada al injusto de su injusticia ni al justo de su justicia, antes bien, supongamos a uno y otro perfectos ejemplares dentro de su género de vida. Ante todo, que el injusto trabaje como los mejores artífices. Un excelente timonel o médico se dan perfecta cuenta de las posibilidades o deficiencias de sus artes y emprenden unas tareas sí y otras no. Y si sufren algún fracaso, son capaces de repararlo. Pues bien, del mismo modo el malo, si ha de ser un hombre auténticamente malo, debe realizar con destreza sus malas acciones y pasar inadvertido con ellas. Y al que se deje sorprender en ellas hay que considerarlo inhábil; pues no hay mayor perfección en el mal que el parecer ser bueno no siéndolo. Hay, pues, que dotar al hombre perfectamente injusto de la más perfecta injusticia, sin quitar nada de ella, sino dejándole que, cometiendo las mayores fechorías, se gane la más intachable reputación de bondad. Si tal vez fracasa en algo, sea capaz de enderezar su yerro; pueda persuadir con sus palabras, si hay quien denuncie alguna de sus maldades; y si es preciso emplear la fuerza, que sepa hacerlo valiéndose de su vigor y valentía y de las amistades y medios con que cuente. Ya hemos hecho así al malo. Ahora imaginemos que colocamos junto a él la imagen del justo, un hombre simple y noble, dispuesto, como dice Esquilo, no a parecer bueno, sino a serlo. Quitémosle, pues, la apariencia de bondad; porque, si parece ser justo, tendrá honores y recompensas por parecer serlo, y entonces no veremos claro si es justo por amor de la justicia en sí o por los gajes y honras. Hay que despojarle, pues, de todo excepto de la justicia y hay que hacerle absoluta mente opuesto al otro hombre. Que sin haber cometido la menor falta, pase por ser el mayor criminal, para que, puesta a prueba su virtud, salga airosa del trance al no dejarse influir por la mala fama ni cuanto de ésta depende; y que llegue imperturbable al fin de su vida tras de haber gozado siempre inmerecida reputación de maldad. Así, llegados los dos al último extremo, de justicia el uno, de injusticia el otro, podremos decidir cuál de ellos es el más feliz.«quíere y cultiva el surco fecundo de su mente para que en él germinen los más nobles designios»,
y mandar ante todo en la ciudad apoyado por su reputación de hombre
bueno, tomar luego esposa de la casa que desee, casar sus hijos con quien quiera, tratar y
mantener relaciones con quien se le antoje y obtener de todo ello ventajas y provechos por
su propia falta de escrúpulos para cometer el mal. Si se ve envuelto en procesos
públicos o privados podrá vencer en ellos y quedar encima de sus adversarios, y al
resultar vencedor se enriquecerá y podrá beneficiar a sus amigos y dañar a sus enemigos
y dedicar a la divinidad copiosos y magníficos sacrificios
y ofrendas, con lo cual honrará mucho mejor que el justo a los dioses y a aquellos
hombres a quienes se proponga honrar, de modo que hay que esperar razonablemente que por
este procedimiento llegue a ser más amado de los dioses que el varón justo. Tanto es,
según dicen, ¡oh, Sócrates!, lo que supera a la vida del justo la que dioses y hombres
deparan al que no lo es.
Comentario1
Presentación
LIBRO II DE LA REPÚBLICA
(362d-368a)
Comentario II
Al finalizar Glaucón su exposición, Sócrates intenta darle
alguna respuesta pero no puede al interrrumpirle el hermano de Glaucón, Adimanto.
Este afirma que la cuestión no está suficientemente discutida y que le gustaría añadir
algunas consideraciones más referentes a la naturaleza de la justicia. Para ello señala
que va a examinar algunas de las teorías que alaban la justicia y censuran la
injusticia con el objeto de averiguar en que fundamentan su postura. En su
exposición comienza citando a los poetas griegos Homero y Hesiodo como
representantes principales de figuras que alaban la justicia pero no por sí misma sino
siempre por la consideración moral que acompaña a quienes la ejercen los cuales obtienen
siempre prestigio, reputación, e, incluso, cargos públicos. Intentan tambien estos
poetas fundamentar religiosamente la validez de la justicia afirmando que los
justos serán objeto de innumerables bendiciones por parte de los dioses:en la encina
de los justos producen los dioses abejas en el tronco y bellotas arriba. Cita tambien
a Museo el cual afirma que los dioses transportan a los buenos y justos con
imaginación al Hades para allí invitarlos a un banquete de justos en
los que les hacen pasar la vida entera coronados y beodos, cual sino hubiera mejor
recompensa de la virtud que la embriaguez sempiterna. Al mismo tiempo, todos estos poetas
sepultan a los injustos en el fango del Hades. {Ver texto1b}
Sin embargo, sigue Adimanto en su exposición, nos encontramos tambien en los poetas
juicios absolutamente contradictorios con lo establecido anteriormente: así se
afirma que aunque la templanza y la justicia son buenos, son, al mismo tiempo, díficiles
de explicar y penosos. Suelen afirmar tambien que generalmente resulta más ventajoso
lo injusto que lo justo. Suelen considerar mejor al rico áun siendo injusto que al
pobre siendo justo. Tampoco tienen reparo en afirmar que los dioses han enviado
calamidades y vida miserable a muchos hombres buenos y suerte contraria a quienes no lo
habían sido.Por su parte, los charlatanes y adivinos van llamando a las puertas de los
ricos y les convencen de que han recibido de los dioses poder para borrar, por medio de
sacrificios y conjuros, cualquier falta que hayan cometido.Cita a los libros de Museo
y Orfeo en donde se afirma que bastan sacrificios o juegos placenteros para lograr
ser absuelto y purificado de toda iniquidad en vida.{Ver texto 2b}
Adimanto se pregunta que clase de efecto pueden producir todas estas opiniones en
las almas de los jovenes que las escuchan. Pensando, posiblemente en el mismo Trasímaco
como representante de esta juventud, Adimanto, responde que muy probablemente dirían lo mismo que Píndaro:
¿voy a seguir el camino de la justicia o la torcida senda del fraude para escalar la
alta fortaleza? Es evidente que siguiendo los consejos de los poetas lo mejor parece
ser el llevar una vida auténticamente injusta, aúnque bajo la apariencia de justicia y
con la compañía de la astuta zorra de Arquíloco. Además, en el último de los
casos siempre podré comprar con dinero el perdón para las injusticias cometidas por uno.
Pues bien, se pregunta Adimanto:¿que razones nos quedarían para preferir la
justicia a la injusticia cuando es posible hacer ésta compatible con una falsa conciencia
de virtud? Y es que todos los que se nos muestran como defensores de la justicia no
ha habido jamás nadie que censure la injusticia o encomie la justicia por otras razones
que por las famas, los honores y recompensas que de la última provienen. Pero por lo que
se refiere a los efectos que una y otra producen por sí mismas, nunca ni en verso ni en
lenguaje común, se ha extendido nadie en la demostración de que la injusticia es el
mayor de los males que puede albergar en su interior el alma y la justicia el mayor
bien. {Ver texto 3b}
A continuación pide a Sócrates que, en su contestanción a todas estas dudas,
no se limite a demostrar que la justicia es mejor que injusticia sino a mostrar cúales
son los efectos que ambas producen por sí mismas sobre quien las practica,
efectos que en virtud de los cuales la una es un mal y la otra un bien. Le pide que si
alaba la justicia lo haga en relación a lo que resulte ser ventajosa pero por sí misma
al margen de remuneraciones y castigos. Le pide la misma linea de investigación en el
caso de que censure a la justicia. No te ciñas, pues, a demostrar en tus argumentos
que es mejor la justicia que la injusticia, sino muéstranos cuáles son los efectos que
una y otra producen por sí mismas.{Ver
texto 4b}
Presentación
TEXTO 1b
Así terminó Glaucón. Y, cuando me disponía a, darle alguna respuesta, interrumpió su hermano
Adimanto:«Cual la fama de un rey intachable, que teme a los dioses y, rigiendo una gran multitud de esforzados vasallos, la justicia mantiene, y el negro terruño le rinde sus cebadas y trigos, los árboles dóblanse al fruto y le nace sin tregua el ganado y el mar le da peces».
Museo y su hijo conceden a los
buenos, en nombre de los dioses, dones
todavía más espléndidos que los citados, pues los transportan con la imaginación al Hades y allí los sientan a la mesa y organizan un banquete de justos, en el que les hacen pasar la vida
entera coronados y beodos, cual si no hubiera mejor recompensa de la virtud que la
embriaguez sempiterna. Pero hay otros que prolongan más todavía los efectos de las
recompensas divinas, diciendo que el hombre pío y cumplidor de los juramentos dejará
hijos de sus hijos y una posterioridad tras de sí . Como éstos o semejantes son los
encomios que se prodigan a la justicia. En cambio, a los impíos e injustos los sepultan
en el fango del Hades o les obligan a acarrear agua en un
cedazo, les dan mala fama en vida y, en fin, aplican al injusto, sin poder concebir
ninguna otra clase de castigo para él, todos cuantos males citaba Glaucón con respecto a
los buenos que pasan por ser malos. Tal es su manera de alabar al justo y censurar al
injusto.
Presentación
Comentario2
TEXTO 2b
(364a-365a)
Repara además, Sócrates, en otra cosa que dicen todos, poetas y hombres vulgares, referente a la justicia e injusticia. El
mundo entero repite a coro que la templanza y justicia son buenas, es cierto, pero difíciles de practicar y penosas, y en cambio la licencia e injusticia son agradables, es fácil conseguirlas y, si son tenidas por vergonzosas, es únicamente porque así lo imponen la opinión general y las convenciones. Dicen también que generalmente resulta más ventajoso lo injusto que lo justo, y están siempre dispuestos a considerar feliz y honrar sin escrúpulos, en público como en privado, al malo que es rico o goza de cualquier otro género de poder y, al contrario, a despreciar y mirar por encima del hombro a quienes sean débiles en cualquier aspecto o pobres, aun reconociendo que éstos son mejores que los otros. En todo ello no hay nada más asombroso que lo que se cuenta de los dioses y la virtud; por ejemplo, cómo los dioses han destinado calamidades y vida miserable a muchos hombres buenos o suerte contraria a quienes no lo son. Por su parte los charlatanes y adivinos van llamando a las puertas de los ricos y les convencen de que han recibido de los dioses poder para borrar, por medio de sacrificios o conjuros realizados entre regocijos y fiestas, cualquier falta que haya cometido alguno de ellos o de sus antepasados; y, si alguien desea perjudicar a un enemigo, por poco dinero le harán daño, sea justo o injusto, valiéndose de encantamientos o ligámenes ya que, según aseguran, tienen a los dioses convencidos para que les ayuden. Y todas estas afirmaciones las defienden aduciendo testimonios de poetas, que a veces atribuyen facilidades a la maldad, por ejemplo:«Gran maldad fácilmente lograrla es posible, pues llano resulta el camino y habita bie cerca del hombre pero, en cambio, los dioses han puesto el sudor por delante de la virtud»,
y una ruta larga, difícil y escarpada. Otras veces ponen a Homero por testigo de la influencia ejercida por los hombres sobre los dioses, porque también él dijo.-
«Mueven las súplicas hasta a los dioses; los hombres les ruegan y
ablandan con sus sacrificios y dulces plegarias y votos humeantes ofrendas de grasa cada
vez que
en cualquier transgresión o pecado han caído».
O bien nos presentan un rimero de libros de Museo y Orfeo, descendientes, según se dice, de la Luna y las Musas ,
con arreglo a los cuales regulan sus ritos y hacen creer, no ya sólo a ciudadanos
particulares, sino incluso a ciudades enteras, que bastan sacrificios o juegos placenteros
para lograr ser absuelto y purificado de toda iniquidad en vida, o incluso después de la
muerte, pues los llamados ritos místicos nos libran de los
males de allá abajo, mientras a quienes no los practican les aguarda algo espantoso.
Presentación
Comentario2
Tantas y tales son, amigo Sócrates -sigui
Comentario2
TEXTO 4B
(366e-368a)
Y la causa de todo ello no hay que buscarla en otra cosa sino en el mismo hecho que ha originado esta larga discusión en que éste y yo venimos a decirte a ti, Sócrates: «¡Oh, varón extraordinario! De todos cuantos os gloriáis de defensores de la justicia, empezando por los héroes de antaño cuyas palabras han llegado a nosotros, y terminando por los hombres de hogaño, no ha habido jamás nadie que censure la injusticia o
encomie la justicia por otras razones que por las faenas, honores y recompensas que de la última provienen. Pero por lo que toca a los efectos que una u otra producen, por su propia virtud, cuando están ocultas en el alma de quien las posee e ignoradas de dioses y hombres, nunca, ni en verso ni en lenguaje común, se ha extendido nadie suficiente en la demostración de que la injusticia es el mayor de los males que puede albergar en su interior el alma y la justicia el mayor bien. Pues, si tal hubiese sido desde un principio el lenguaje de todos vosotros y os hubieseis dedicado desde nuestra juventud a persuadirnos de ello, no tendríamos que andar vigilándonos mutuamente para que no se cometan injusticias, antes bien, cada uno sería guardián de su propia persona, temeroso de obrar mal y atraerse con ello la mayor de las calamidades». Estas, Sócrates, o tal vez otras todavía más fuertes serían, me parece a mí, las razones que adujeran Trasímaco u otro como él acerca de la justicia y de la injusticia confundiendo torpemente, al menos en mi opinión, los efectos de la una y de la otra. En cambio yo -porque no necesito ocultarle nada - únicamente me he extendido todo lo posible porque deseo oírte a ti defender la tesis contraria. No te limites, por tanto, a demostrar con tu argumentación que la justicia es mejor que la injusticia, sino muéstranos cuáles son los efectos que ambas producen por sí mismas sobre quien las practica, efectos en virtud de los cuales la una es un mal y la otra un bien.En cuanto a la reputación, prescinde de ella, como Glaucón te aconsejaba. Porque, si no segregas de una y otra las reputaciones verdaderas ni añades, por el contrario, las falsas, te objetaremos que no alabas la justicia, sino la apariencia de tal, ni censuras la injusticia, sino su apariencia; que exhortas a ser injusto sin que advierta el mundo que uno lo es y que coincides con Trasímaco en apreciar que la justicia es un bien, sí, pero un bien para los demás, ventajoso para el fuerte, y que, en cambio, la injusticia es conveniente y provechosa para quien la practica y sólo perjudicial para el débil. Así, pues, ya que has reconocido que la justicia se cuenta entre los mayores bienes, aquellos que vale la pena de poseer por las consecuencias que de ellos nacen, pero mucho más todavía por sí mismos, como, por ejemplo, la vista, el oído, la inteligencia, la salud o cualquier otro bien de excelencia genuina e intrínseca, independiente de la opinión, alaba en la justicia aquello por lo cual resulta ventajosa en sí misma para el justo, mientras la injusticia perjudica al injusto; en cuanto a las remuneraciones y prestigios, deja que otros los celebren. Por lo que a mí toca, soportaría tal vez en los demás aquellos elogios de la justicia y críticas de la injusticia que no encomian ni censuran otra cosa que el renombre y las ganancias que están vinculados a ellas; mas a ti no te lo toleraría, a no ser que me lo mandaras, puesto que a lo largo de tu vida entera jamás te has dedicado a examinar otra cuestión que la presente. No te ciñas, pues, a demostrar con tus argumentos que es mejor la justicia que la injusticia, sino muéstranos cuáles son los efectos que una y otra producen por sí mismas, tanto si dioses y hombres conocen su existencia como si no, en quien las posee, de manera que la una sea un bien y un mal la otra.
LIBRO II DE LA REPÚBLICA
Comentario 3
(368a-369a)
TEXTO1C
(368a-369a)
Y yo, que siempre había admirado, desde luego, las dotes naturales
de Glaucón y Adimanto, en aquella ocasión sentí sumo deleite al escuchar sus palabras y
exclamé.-
-No carecía de razón, ¡oh,
LIBRO II DE LA REPÚBLICA
Comentario 4
(369a-372a)
TEXTO 1D
(369a-372a)
-Pues bien -comencé yo-, la ciudad nace,
en mi opinión, por darse la circunstancia de que ninguno de nosotros se basta a sí
mismo, sino que necesita de muchas cosas. ¿O crees otra la razón por la cual se fundan
las ciudades?
-Ninguna otra ---contestó.
-Así, pues, cada uno va tomando consigo a tal hombre para satisfacer esta necesidad y a
tal otro para aquella; de este modo, al necesitar todos de muchas cosas, vamos reuniendo
en una sola vivienda a multitud de personas en calidad de asociados y auxiliares y a esta
cohabitación le damos el nombre de ciudad. ¿No es así?
-Así.
-Y cuando uno da a otro algo o lo toma de él, ¿lo hace por considerar que ello redunda
en su beneficio?
-Desde luego.
-¡Ea, pues! -continué-. Edifiquémos con palabras una ciudad desde sus cimientos. La
construirán, por los visto, nuestras necesidades.
-¿Cómo no?
-Pues bien, la prímera y mayor de ellas es la provisión de alimentos para mantener
existencia y vida.
-Naturalmente.
-La segunda, la habitación; y la tercera, el vestido y cosas similares.
-Así es.
-Bueno -dije yo--. ¿Y cómo atenderá la ciudad a la provisión de tantas cosas? ¿No
habrá uno que sea labrador, otro albañil y otro tejedor? ¿No será menester añadir a
éstos un zapatero y algún otro de los que atienden a las necesidades materiales?
-Efectivamente.
-Entonces una ciudad constará, como mínimo indíspensable, de cuatro o cinco hombres.
-Tal parece.
-¿Y qué? ¿Es preciso que cada uno de ellos dedique su actividad a la comunidad entera,
por ejemplo, que el labrador, siendo uno solo, suministre víveres a otros cuatro y
destine un tiempo y trabajo cuatro veces mayor a la elaboración de los alimentos de que
ha de hacer partícipes a los demás? ¿O bien que se desentienda de los otros y dedique
la cuarta parte del tiempo a disponer para él sólo la cuarta parte del alimento común y
pase las tres cuartas partes restantes ocupándose respectivamente de su casa, sus
vestidos y su calzado sin molestarse en compartirlos con los demás, sino cuidándose él
solo y por sí solo de sus cosas?
Y Adimanto contestó:
-Tal vez, Sócrates, resultará más fácil el primer procedimiento que el segundo.
-No me extraña, por Zeus --dije yo-. Porque al hablar tú me doy cuenta de que, por de
pronto, no hay dos personas exactamente iguales por naturaleza, sino que en todas hay
diferencias innatas que hacen apta a cada una para una ocupación. ¿No lo crees así?
-Sí.
-¿Pues qué? ¿Trabajaría mejor una sola persona dedicada a muchos oficios o a uno solamente?
-A uno solo --dijo.
-Además es evidente, creo yo, que, si se deja pasar el momento oportuno para realizar un
trabajo, éste no sale bien.
-Evidente.
-En efecto, la obra no suele, según creo, esperar el momento en que esté desocupado el
artesano; antes bien, hace falta que éste atienda a su trabajo sin considerarlo como algo
accesorio.
-Eso hace falta.
-Por consiguiente, cuando más, mejor y más fácilmente se produce es cuando cada persona
realiza un solo trabajo de acuerdo con sus aptitudes, en el mornento oportuno y sin
ocuparse de nada más que de él.
-En efecto.
-Entonces, Adimanto, serán necesarios más de cuatro ciudadanos para la provisión de los
artículos de que hablábamos. Porque es de suponer que el labriego no se fabricará por
sí mismo el arado, si quiere que éste sea bueno, ni el bidente ni los demás aperos que
requiere la labranza. Ni tampoco el albañil, que
también necesita muchas herramientas. Y lo mismo sucederá con el tejedor y, el zapatero,
¿no?
-Cierto,.
-Por consiguiente, irán entrando a formar parte de nuestra pequeña
ciudad y acrecentando su población los carpinteros, herreros y otros muchos artesanos de
parecida índole.
-Efectivamente.
-Sin embargo, no llegará todavía a ser muy grande ni aunque les agreguemos boyeros,
ovejeros y pastores de otra especie con el fin de que los labradores tengan bueyes para
arar, los albañiles y campesinos puedan emplear bestias para los transportes y los
tejedores y zapateros dispongan de cueros y lana.
-Pues ya no será una ciudad tan pequeña ---dijo- si ha de tener todo lo que dices.
-Ahora bien -continué-, establecer esta ciudad en un lugar tal que no sean necesarias importaciones es algo casi imposible.
-Imposible, en efecto.
-Necesitarán, pues, todavía más personas que traigan desde otras
ciudades cuanto sea preciso.
-Las necesitarán.
-Pero si el que hace este servicio va con las manos vacías, sin llevar nada de lo que les
falta a aquellos de quienes se recibe lo que necesitan los ciudadanos, volverá también
de vacío. ¿No es así?
-Así me lo parece.
-Será preciso, por tanto, que las producciones del país no sólo sean suficiente para
ellos mismos, sino también adecuadas, por su calidad y cantidad, a aquellos de quienes se
necesita.
-Sí.
-Entonces nuestra ciudad requiere más labradores y artesanos.
-Más, ciertamente.
-Y también, digo yo, más servidores encargados de importar y exportar cada cosa.
Ahora bien, éstos son los comerciantes, ¿no?
-Sí.
-Entonces nuestra ciudad requiere más labradores y más artesanos.
-Más ciertamente.
-Necesitamos, pues, comerciantes.
-En efecto.
-Y en el caso de que el comercio se realice por mar precisos otros muchos expertos en
asuntos marítimos.
-Muchos, sí
¿Y qué? En el interior de la ciudad, ¿cómo cambiarán entre sí los géneros que cada
cual produzca? Pues éste ha sido precisamente el fin con el que hemos establecido una
comunidad y un Estado.
-Está claro --contestó- que comprando y vendiendo.
-Luego esto nos traerá consigo un mercado y una moneda como signo que facilite el cambio.
-Naturalmente.
-Y si el campesino que lleva al mercado alguno de sus productos, o cualquier otro de los
artesanos, no llega al mismo tiempo que los que necesitan comerciar con él, ¿habrá de
permanecer inactivo en el mercado desatendiendo su labor?
-En modo alguno -respondió--, pues hay quienes, dándose cuenta de esto, se dedican a
prestar ese servicio. En las ciudades bien organizadas suelen ser por lo regular las
personas de constitución menos vigorosa e imposibilitadas, por tanto, para desempeñar
cualquier otro oficio. Éstos tienen que permanecer allí en la plaza y entregar dinero
por mercancías a quienes desean vender algo y mercancías, en cambio, por dinero a
cuantos quieren comprar.
-He aquí, pues --,dije-, la necesidad que da origen a la aparición de mercaderes en
nuestra ciudad. ¿O no llamamos así a los que se dedican a la compra y venta establecidos
en la plaza, y traficantes a los que viajan de ciudad en ciudad?
-Exactamente.
-Pues bien, falta todavía, en mi opinión, otra especie de auxiliares cuya cooperación
no resulta ciertamente muy estimable en lo que toca a la inteligencia, pero que gozan de
suficiente fuerza física para realizar trabajos penosos. Venden, pues, el empleo de su
fuerza y, como llaman salario al precio que se les paga, reciben, según creo, el nombre
de asalariados. ¿No es así?
-Así es.
-Estos asalariados son, pues, una especie de complemento de la ciudad, al menos en mí
opinión
-Tal creo yo.
-Bien, Adimanto; ¿tenemos ya una ciudad lo suficientemente grande para ser perfecta?
-Es posible.
Presentación
Comentario 4
LIBRO II DE LA REPÚBLICA
Comentario 5
(372a-374a)
TEXTO 1E
(372a-373a)
-Pues bien, ¿dónde podríamos
hallar en ella la justicia y la injusticia? ¿De cuál de los elementos considerados han tomado su origen?
TEXTO2E
(373a-374a)
-¡Ah! -exclamé-. Ya me doy cuenta. No tratamos sólo, por lo visto de investigar el origen de una ciudad, sino el una ciudad de
lujo. Pues bien, quizá no esté mal eso. Pues examinando una tal ciudad puede ser que lleguemos a comprender bien de qué modo nacen justicia e injusticia en las ciudades. Con todo, yo creo que la verdadera ciudad es la que acabamos de describir: una ciudad sana, por así decirlo. Pero, si queréis, contemplemos también otra ciudad atacada de una infección; nada hay que nos lo impida. Pues bien, habrá evidentemente algunos que no se contentarán con esa alimentación y género de vida; importarán lechos, mesas, mobiliario de toda especie, manjares, perfumes, sahumerios, cortesanas, golosinas, y todo ello de muchas clases distintas. Entonces ya no se contará entre las cosas necesarias solamente lo que antes enumerábamos, la habitación, el vestido y el calzado; sino que habrán de dedicarse a la pintura y el bordado, y será preciso procurarse oro, marfil y todos los materiales semejantes. ¿No es así?
LIBRO II DE LA REPÚBLICA
Comentario 6
(374a-376a)
374ª-376a
Continuando el análisis referente al origen de la guerra,
Sócrates, señala que el afán de expansionismo, presente en una ciudad de lujo, hará
necesario la creación de un ejercito capaz de salir a campaña para combatir
contra los enemigos de la ciudad. Dado que es imposible que una sola persona (tal como se
estableció anteriomente al hablar de la especialización) pueda desempeñar bien muchos
oficios, será necesario la creación del oficio de los guardianes o guerreros.
Estos deberían desligarse absolutamente de toda otra ocupación para así realizar su
trabajo con la máxima competencia y celo. A continuación, con el objetivo de percibir
más claramente las caracteristicas definitorias del oficio de los guardines, Sócrates
describe las cualidades que éstos deberían poseer:deberían ser valientes,
listos y veloces como los auténticos animales de raza. Pero tambien deben ser fogosos e
intrepidos como esos animales. Tambien deben ser amables con sus ciudadanos
aunque fieros ante el enemigo. Ahora bien, Sócrates y Glaucón se dan
cuenta que esta última característica implica la existencia de un tipo de individuo en
donde existen dos cualidades opuestas y contradictorias entre sí: apacibilidad
y fogosidad. Al mismo tiempo, son conscientes de que no es posible que se dé un buen
guardián si no se dan juntas estas dos cualidades. Pero como parece imposible
conciliarlas, parece tambien imposible el ideal del buen guardián. Sócrates confiesa
encontrarse en un atolladero y totalmente perplejo ante la conclusión a la que parecen
haber llegado en su análisis de las cualidades de los guardianes. Es curioso que sea el
ámbito de la experiencia quien le ayuda a salir de tal perplejidad: es un dato
de experiencia que existen ciertas características en los perros de raza que les
hacen ser animales mansos para con los de su familia y los que conocen, aunque con los de
fuera son fieros y salvajes. Luego es posible,finaliza diciendo Sócrates, la
existencia de contrarios en un mismo carácter con lo que no perseguimos nada antinatural
al querer encontrar nosotros un guardián así.
TEXTO1F
(374a-376a)
-Además será preciso, querido amigo, hacer la ciudad todavía mayor, pero no un poco mayor, sino tal que pueda dar cabida a todo un
ejército capaz de salir a campaña para combatir contra los invasores en defensa de cuanto poseen y de aquellos a que hace poco nos referíamos.
LIBRO II DE LA REPÚBLICA
Comentario 7
(376a-376d)
TEXTO1G
(376a-376d)
-¿Pero no crees que el futuro guardián necesita todavía otra
cualidad más? ¿Que ha de ser, además de fogoso, filósofo
por naturaleza?
-¿Cómo? ---dijo-. No entiendo.
-He aquí otra cualidad --dije- que puedes observar en los perros: cosa, por cierto, digna
de admiración en una bestia.
-¿Qué es ello?
-Que se enfurecen al ver a un desconocido, aunque no hayan sufrido previamente mal alguno
de su mano, y, en cambio, hacen fiestas a aquellos a quienes conocen aunque jamás les
hayan hecho ningún bien. ¿No te ha extrañado nunca esto?
-Nunca había reparado en ello hasta ahora ---dijo-. Pero no hay duda de que así se
comportan.
-Pues bien, ahí se nos muestra un fino rasgo de su natural
verdaderamente filosófico.
-¿Y cómo eso?
-Porque ---dije- para distinguir la figura del amigo de la del enemigo no se basan en nada
más sino en que la una la conocen y la otra no. Pues bien, ¿no va a sentir deseo de
aprender quien define lo familiar y lo ajeno por su conocimiento o ignorancia de uno y
otro?
-No puede menos de ser así -respondió.
-Ahora bien --continué--, ¿no son lo mismo el deseo de saber
y la filosofía?
-Lo mismo, en efecto --convino.
-¿Podemos, pues, admitir confiadamente que para que el hombre se muestre apacible para
con sus familiares y conocidos es preciso que sea filósofo y ávido de saber por
naturaleza?
-Admitido -respondió.
-Luego tendrá que ser filósofo, fogoso, veloz y fuerte por naturaleza quien haya de
desempeñar a la perfección su cargo de guardián en
nuestra ciudad.
-Sin duda alguna --dijo.
Presentación
Comentario7
LIBRO II DE LA REPÚBLICA
Comentario 8
(376d-383c)
TEXTO1H
(376d-378e)
-Tal será, pues, su carácter. Pero ¿con qué método los criaremos y
educaremos? ¿Y no nos ayudará el examen de este punto a ver claro en el último objeto de todas nuestras investigaciones, que es el cómo nacen en una ciudad la justicia y la injusticia? No vayamos a omitir nada decisivo ni a extendernos en divagaciones.
TEXTO2H
(378e-380c)
-Sí, eso es razonable --dijo-. Pero, si ahora nos viniese alguien a
preguntar también qué queremos decir y a qué clase de fábulas nos referimos, ¿cuáles
les podríamos citar?
Y yo contesté:
-¡Ay, Adimanto! No somos poetas tú ni yo en este momento, sino fundadores de una ciudad.
Y los fundadores no tienen obligación de componer fábulas, sino únicamente de conocer
las líneas generales que deben seguir en sus mitos los poetas con el fin de no permitir
que se salgan nunca de ellas.
-Tienes razón -asintió---. Pero vamos a esto mismo: ¿cuáles serían estas
«dos tinajas la casa de Zeus en el suelo fijadas
tiene: repleta está la una de buenos
destinos
y la otra de malos»;
aquel a quien Zeus otorga una mezcla de unos y otros, «hoy tendrá el mal en su vida y los bienes mañana»; pero, si a alguno no se los da mezclados, sino tomados exclusivamente de una de las tinajas,
«a
ése terrible miseria a vagar por la tierra
divina le obliga».
Ni admitiremos tampoco que Zeus dispensador
«sea de bienes y males».
En cuanto a la violación de los juramentos y de la tregua que cometió Pándaro, si alguien nos cuenta que lo hizo instigado por Atenea y Zeus, no lo aprobaremos, como tampoco la discordia y combate de los dioses que Temis y Zeus promovieron; ni se debe permitir que escuchen los jóvenes lo que dice Esquilo de que
«la divinidad hace culpables a los hombre si exterminar alguna casa de raíz quiere»,
sino que, al contrario, si un poeta canta las desgracias de Níobe, como el autor de estos yámbicos, o las de los Pelópidas o las gestas de Troya
o algún otro tema semejante, o no se le debe dejar que explique estos males como obra
divina o, si lo dice, tendrá que inventar alguna interpretación parecida a la que
estamos ahora buscando y decir que las acciones divinas fueron justas y buenas y que el
castigo redundó en beneficio del culpable. Pero que llame infortunados a los que han sufrido su pena o que
presente a la divinidad como autora de sus males, eso no se lo toleraremos al poeta.
Podrá, sí, decir que los malos eran infortunados precisamente porque necesitaban un
castigo y que al recibirlo han sido objeto de un beneficio
divino. Pero si se aspira a que una ciudad se desenvuelva en buen orden, hay que impedir
por todos los medios que nadie diga en ella que la divinidad, que es buena, ha sido
causante de los males de un mortal y que nadie, joven o viejo, escuche tampoco esta clase
de narraciones, tanto si están en verso como en prosa; porque quien relata tales leyendas
dice cosas impías, inconvenientes y contradictorias entre sí.
-Voto contígo esta ley -dijo-. Me gusta.
-Esta será, pues -dije-, la primera de las leyes referentes a los dioses y de las
normas con arreglo a las cuales deberán relatar los narradores y componer los poetas: la
divinidad no es autora de todas las cosas, sino únicamente de las buenas.
-Eso es suficiente --dijo.
Presentación
Comentario8
TEXTO3H
(380c-383c)
-¿Y qué decir de la
segunda? ¿Hay que considerar, acaso, a un dios como a una especie de mago capaz de manifestarse de industria cada vez con una forma distinta, ora cambiando él mismo y modificando su apariencia para transformarse de mil modos diversos, ora engañándonos y haciéndonos ver en él tal o cual cosa, o bien lo concebiremos como un ser simple, más que ninguno incapaz de abandonar la forma que le es propia?«los dioses, que toman tan varias figuras,
las ciudades recorren a veces en forma de errantes peregrinos» ,
ni nos cuente nadie mentiras acerca de Proteo y Tetis, ni nos presente en tragedias o poemas a Hera transformada en sacerdotisa mendicante que pide
«para los almos hijos de Inaco, el río de Argos»
ni nos vengan con otras muchas y semejantes patrañas.
Y que tampoco las madres, influidas por ellos, asusten a
sus hijos contándoles mal las leyendas y hablándoles de unos dioses que andan por el
mundo de noche, disfrazados de mil modos como extranjeros de los más varios países. Así
no blasfemarán contra los seres divinos y evitarán, al mismo tiempo, que sus niños se
vuelvan más miedosos.
-No deben hacerlo, en efecto -,dijo.
-¿O será quizá -continué preguntando- que los dioses no pueden cambiar de apariencia
por sí mismos, pero nos hacen creer a nosotros, con trampas
y hechicerías, que se presentan bajo formas diversas?
-Tal vez -admitió.
-¿Pues qué? -pregunté-. ¿Puede un dios desear a engañarnos de palabra o de obra
presentándonos una mera apariencia?
-No lo sé -contestó.
-¿No sabes -interrogué- que la verdadera mentira, si es lícito emplear esta expresión,
es algo odiado por todos los dioses y hombres?
-¿Cómo dices? -preguntó a su vez.
-Digo -aclaré- que en mi opinión nadie quiere ser engañado en la mejor parte de su ser
ni con respecto a las cosas más trascendentales; antes bien, no hay nada que más se tema
que el tener allí arraigada la falsedad.
-Sigo sin entenderte -dijo.
-Es porque esperas oírme algo extraordinario -dije-. Y lo que quiero decir yo es que ser
y estar engañado en el alma con respecto a la realidad y permanecer en la ignorancia, y
albergar y tener albergada allí la mentira es algo que nadie puede soportar de ninguna manera y que detestan sumamente todos
cuantos lo sufren.
-Tienes mucha razón
-Ahora bien, ningún nombre mejor que el de «verdadera mentira», como
decía yo hace un momento', para designar la ignorancia que existe en el alma del
engañado. Porque la mentira expresada con palabras no es sino un reflejo de la situación
del alma y una imagen nacida a consecuencia de esta situación, pero no una mentira
absolutamente pura. ¿No es así?
-Exacto.
--Quedamos, pues, en que la verdadera mentira es odiada
no sólo por los dioses, sino también por los hombres.
-Así me parece a mí.
-¿Y qué decir de la mentira expresada en palabras? ¿Cuándo y para quién puede ser
útil y no digna de ser odiada? ¿No resultará beneficiosa, como el remedio con que se
contiene un mal, contra los enemigos y cuando alguno de los que llamamos amigos intenta
hacer algo malo, bien sea por efecto de un ataque de locura o de otra perturbación
cualquiera? ¿Y no la hacemos útil también con respecto a las leyendas mitológicas de
que antes hablábamos, cuando, no sabiendo la verdad de los hechos antiguos, asimilamos
todo lo que podemos la mentira a la verdad?
-Ciertamente -asintió--. Así es.
-Pues bien, ¿cuál de estas razones podrá hacer beneficiosa una falsedad de un dios?
¿Acaso le inducirá el desconocimiento de la antigüedad a asimilar mentiras a verdades?
-¡Pero eso sería ridículo! --exclamó.
-No podemos, pues, concebir a un dios como un poeta
embustero.
-No lo creo.
-¿Mentirá, pues, por temor de sus enemigos?
-De ninguna manera.
-¿O le inducirá a ello alguna locura o perturbación de un amigo?
-Ningún demente ni insensato -dijo- es amigo de los dioses.
-Luego no hay razón alguna para que un dios mienta.
-No la hay.
-Por consiguiente, todo lo demónico y divino es
absolutamente incapaz de mentir.
-Absolutamente --dijo.
-La divinidad es, por tanto, absolutamente simple y
veraz en palabras y en obras y ni cambia por sí ni engaña a los demás en vigilia ni en
sueños con apariciones, palabras o envíos de signos.
-Tal creo yo también después de haberte oído --dijo. -¿Convienes,
pues -pregunté-, en que sea ésta la segunda de las normas que hay que seguir en las
palabras y obras referentes a los dioses, según la cual no son éstos hechiceros que se
transformen ni nos extravíen con dichos o actos mendaces?
-Convengo en ello.
-Por consiguiente, aunque alabemos muchas cosas de Homero, no aprobaremos el pasaje en que Zeus envía el sueño a Agamenón, ni tampoco
el de Esquilo en que dice Tetis que Apolo cantó en sus
bodas y celebró su dichosa descendencia
«y mi longeva vida de dolencias exenta.
Y a continuación en honor de mi sino
grato para los dioses el peán entonó
alegrando mí espíritu. Yo pensé que mentira
en la divina boca no cabía de Febo
floreciente en las artes proféticas ; pues bien,
el mismo que en la fiesta cantó diciendo aquello, él mismo matador ahora de mi hijo ha
sido....».
Cuando alguien caiga tales cosas con respecto a los dioses, nos
irritaremos contra él y nos negaremos a darle coro y a permitir que los maestros se
sirvan de sus obras para educar a los jóvenes si queremos que los guardianes sean piadosos y que su naturaleza se aproxime
a la divina todo cuanto le está permitido a un ser humano.
-Por mi parte ---dijo entonces él-, estoy completamente de acuerdo con estas normas y
dispuesto a tenerlas por leyes.
Presentación
Comentario8
GLAUCÓN
Glaucón representa en este diálogo al joven
ateniense sincero, pero descontento con la situación que le rodea y al que no llegan las
meras palabras. Por ello dice a Sócrates que no llega unicamente con afirmar que la vida
del justo es mejor que la del injusto, (tal como había dejado establecido Sócrates
en el
DIFERENTES CLASES DE BIENES
Glaucón afirma percibir, cuando se habla de la justicia,
un auténtica contradicción en lo que realmente es la justicia y lo que parece
ser la justicia. Para aclarar lo que quiere decir interroga al mismo Sócrates acerca de
la naturaleza de los bienes.
Según Glaucón habría bienes que aspiramos poseer no en atención a los efectos
que producen sino por ellos mismos (alegría). Existen tambien bienes que apreciamos tanto
por ellos mismos como por los resultados que producen
(inteligencia,vista,saludo). Y, por fín, existen bienes, penosos pero que nos
benefecian (gimnasia),que no los queremos por ellos mismos sino por las ganancias o
ventajas que resultan de ellos.
Por otro lado, la concepción de Platón sobre la naturaleza de los
bienes aparece esparcida por muchos de sus diálogos. Así, en Gorg. 467
admite, entre los bienes y los males, una categoría intermedia, que comprende
acciones como el estar sentado, el correr y el navegar y seres tales como las piedras y la
madera; en Leyes 631 b, Platón distingue entre bienes divinos (sabiduría,
templanza, justicia y valor) y bienes humanos (salud, belleza, fuerza y fortuna).
Presentación
Texto1a
LA JUSTICIA CLASE DE BIEN
Cuando Glaucón le pregunta a Sócrates en que clase de
bien situaría a la Justicia, éste le responde que en la clase de los bienes que
apreciamos tanto por sí mismos como por los resultados que producen.
Presentación
Texto1a
EL VULGO Y LA JUSTICIA
En respuesta a lo afirmado anteriormente por Sócrates acerca
de que la Justicia es un bien que debería amarse tanto por sí misma como por los
resultados que ella produce, Glaucón, le contrapone las opiniones de la
mayoría del vulgo, el cual no estaría en absoluto de acuerdo con esta
creencia socrática. Para la mayoría de la gente, afirma Glaucón, la justicia
estaría situada en el género de los bienes penosos.
Presentación
Texto2a
LA NATURALEZA DE LA JUSTICIA
Glaucón afirma que desea conocer la naturaleza,
es decir, la esencia de la justicia como un valor interno que vale
por si mismo al margen de los benefecios o desgracias que pueda producir.
Presentación
Texto2a
GENESIS DE LA JUSTICIA
Para justificar la creencia del vulgo, Glaucón
decide hacer una exposición en dónde se dispone a tratar los puntos siguientes:
JUSTICIA COMO OBLIGACIÓN
Para justificar la creencia del vulgo, Glaucón decide
hacer una exposición en dónde se dispone a tratar los puntos siguientes:
NATURALEZA (Fhysis) Y LEY (Nomos)
Para justificar la creencia del vulgo, Glaucón
decide hacer una exposición en dónde se dispone a tratar los puntos siguientes:
OPINIÓN PROPIA
Es de notar como Glaucón avisa a Sócrates que
todo lo que va a decir a continuación acerca de la naturaleza de la justicia no es esa su
verdadera posición ante la misma, pero si la de la gran mayoría de la población.
Presentación
Texto2a
NACIMIENTO DE LA JUSTICIA
Glaucón sitúa el nacimiento de la justicia como un problema de conveniencia.
Y es que llegó un momento, afirma, en que los hombres adquirieron
experiencia de las consecuencias de sus actos injustos y, para frenar el abuso, decidieron
establecer leyes. Desde esos momentos llamaron ley y justo a lo que la
ley prescribe (nomos). Lo que sucede es que en este contexto la justicia es
aceptada no como un bien, sino como algo que se respeta por temor a la ley. Aquí,
Glaucón, repite la tesis de Polo en el Gorgias, al señalar que cometer
injusticia es por naturaleza un bien, mientras que sufrirla es un
mal.
Presentación
Texto3a
JUSTOS EN CONTRA DE SU VOLUNTAD
Glaucón señala con amargura y desencanto lo lejos que
están las palabras de los hechos cuando se habla de la Justicia. Se nos llena la boca,
señala, afirmando que la justicia es un bien en sí mismo cuando la triste
realidad nos muestra que es una obligación, es decir, algo que se hace en contra
de la voluntad de cada uno. Para demostrarlo, Glaucón expondrá el mito del anillo de
Giges.
EL ANILLO DE GIGES
Giges era un pastor al servicio del rey de Lidia.
Un día se produjo un terremoto que hizo aparecer una gran grieta en el lugar en donde
apacentaba su ganado. Descendió por la misma y se encontró con un gran caballo de bronce
hueco y con muchas puertas. Al entrar dentro del mismo vió un cadaver de talla mayor a la
humana que sólo llevaba sobre sí una sortija de oro en la mano. Giges se la
quitó y salió fuera. Posteriormente en una reunión de los pastores con el rey, Giges
apareción con el anillo puesto. Cuando por casualidad le dio una vuelta al mismo,
inmediatamente se hizo invisible. Cuando de nuevo volvía a moverlo, se hacía visible.
Consciente de su poder, se dirigió a palacio, sedujo a la esposa del rey, al que
posteriormente mató, para acabar por apoderarse del reino.
La frase "el lidio Giges" plantea, sin embargo, un problema crítico:
hay quienes suponen que el antepasado del "lidio Giges" (fundador de la
dinastía de los Mérmnadas) se llamaba también Giges; otros sin embargo,
piensan que el protagonista de la historia platónica sería Giges y «el lidio» su
célebre descendiente Creso.
Por su parte, Shorey, cita como inspirado quizá en este relato, el famoso Hombre
invisible de H. G. Wels.
LA JUSTICIA NO ES UN BIEN EN SÍ MISMO
La lectura que Glaucón hace del mito del anillo de
Giges está muy clara: no existe persona alguna, de convicciones tan firmes, como
para preservar en la justicia si realmente tuviese una poder como el de Giges. Ello
implica que nadie la valora como un bien en sí mismo. Pues bien,
demostrar lo contrario es un parte esencial en la República de Platón y algo que
necesitará del mayor esfuerzo dialéctico de Sócrates.
ANÁLISIS POR SEPARADO
Glaucón intenta ahora fundamentar practicamente todo lo dicho hasta
ahora. Por ello, decide analizar separadamente la clase de vida que le espera en Atenas al
hombre que es realmanete justo y al hombre que es realmente injusto. Los datos de la
experiencia nos dicen, afirma, que normalmente el hombre autenticamente injusto
suele ser un maestro del ardid lo que le permite realizar con destreza sus malas acciones
y, al mismo tiempo, pasar inadvertido con ellas. Por lo tanto, el auténtico hombre
injusto es aquel que siendo capaz de las mayores fechorías se gana la más intachable
reputación