327a-328b
Libro I República
Comentario1

El diálogo de la República comienza cuando Sócrates,al que acompaña Glaucón, se encuentran de vuelta a la ciudad, despues de asistir en el Pireo a las fiestas en honor a la diosa tracia Bendis. De camino a casa son abordados por un esclavo de Polemarco que les ruega esperen a su amo que viene detrás. Polemarco los alcanza y le solicita se queden en el Pireo pues al atardecer habrá una carrera de antorchas a caballo en honor a la diosa.{ver texto1}

Presentación

























































































































TEXTO1
Libro I República
(327a-328b)

Acompañado de Glaucón, el hijo de Aristón, bajé ayer al  Pireo con proposito de orar a la diosa y ganoso al mismo tiempo de ver cómo hacían la fiesta, puesto que la celebraban por primera vez. Parecíóme en verdad hermosa la procesión de los del pueblo, pero no menos lucida la que sacaron los tracios. Después de orar y gozar del espectáculo, emprendíamos la vuelta hacía la ciudad. Y he aquí que, habiéndonos visto desde lejos, según marchábamos a casa, Polemarco el de Céfalo mandó a su esclavo que corriese y nos encargara que le esperásemos. Y el muchacho, cogiéndome del manto por detrás, me dijo:
-Polemarco os encarga que le esperéis,
Volviéndome yo entonces, le pregunte dónde estaba él.
-Helo allá atrás -contestó-- que se acerca; esperadle.
-Bien está; esperaremos -dijo Glaucón.
En efecto, poco después llegó Polemarco con Adimanto, el hermano de Glaucón, Nicérato el de Nicias y algunos más, al parecer de la procesión. Y dijo Polemarco:
 -A lo que me parece, Sócrates, marcháis ya de vuelta a la ciudad.
 -Y no te has equivocado ---dije yo.
 -¿Ves -repuso-- cuántos somos nosotros?
 -Cómo no?
 -Pues o habéis de poder con nosotros --- dijo- u os quedáis aquí.
 -¿Y no hay --dije yo- otra salida, el que os convenzamos de que tenéis que dejarnos marchar?
 -¿Y podríais convencernos ---dijo él- si nosotros no queremos?
 -De ningún modo -respondió Glaucón.
 -Pues haceos cuenta que no hemos de querer.
 Y Adimanto añadió.
 -¿No sabéis acaso que al atardecer habrá una carrera de antorchas a caballo en honor de la diosa?
 -¿A caballo? ---dije yo--. Eso es cosa nueva. ¿Es que se pasarán unos a otros las antorchas corriendo montados? ¿O cómo se entiende?
-Como tú lo has dicho -replicó Polemarco-, y además celebrarán una fiesta nocturna que será digna de ver; y nosotros saldremos después de levantarnos de la cena y asistiremos a la fiesta y nos reuniremos allá con mucha gente joven y charlaremos con toda ella. Quedaos, pues, y no penséis en otra cosa.
-Veo -,dijo Glaucón- que vamos a tener que quedarnos.
-Pues si así parece ---dije yo-, habrá que hacerlo.

Comentario1
Presentación 





















































































































































328b-329a
Libro I República
Comentario 2

Sócrates y Glaucón deciden quedarse y se dirijen a casa de Polemarco. Allí se encuentran con Lisias y Eutidemo asi como con Trasímaco de Calcedonia y Céfalo, el padre de Polemarco. Éste se encuentra ya muy anciano y se nos aparece sentado en un asiento con cojín y con una corona en su cabeza pues acababa de realizar un sacrificio. Sócrates y Glaucón se sientan a su lado. Céfalo saluda a Sócrates y le reprocha amistosamente el que baje tan pocas veces al Pireo para hacerle una visita. Afirma que cuanto más anciano se ve, tanto más amortiguados siente el furor de los placeres y que uno de sus mayores deseos es el conversar. Sócrates muestra su agrado por poder conversar con alguien con experiencia de vida y le pregunta como considera al período de la vida denominado el umbral de la vejez. {ver texto2}
Presentación






















































































































































TEXTO2
Libro I República
(328b-329a
)

Fuimos, pues, a casa de Polemarco y encontramos allí a Lisias y a Eutidemo, los hermanos de aquél, y también a Trasímaco el calcedonio  y a Carmántides el peanieo y a Clitofonte, el hijo de Aristónimo. Estaba asimismo en la casa Céfalo, el padre de Polemarco que me pareció muy avanzado en años, pues hacía tiempo que no le veía. Estaba sentado en un asiento con cojín y tenía puesta una corona, ya que acababa de hacer un sacrificio en el patio; y nosotros nos sentamos a su lado, pues había allí algunos taburetes en derredor.
Al verme Céfalo me saludó y me dijo: -¡Oh, Sócrates, cuán raras veces bajas a vernos al Pireo! No debía ser esto; pues si yo tuviera aún fuerzas para ir sin embarazo a la ciudad, no haría, falta que tú vinieras aquí, sino que iríamos nosotros a tu casa. Pero como no es así, eres tú el que tienes que llegarte por acá con más frecuencia: has de saber, en efecto, que cuanto más amortiguados están en mí los placeres del cuerpo, tanto más crecen los deseos y satisfacciones de la conversación; no dejes, pues, de acompañarte de estos jóvenes y de venir aquí con nosotros, como a casa de amigos y de la mayor intimidad.
-Y en verdad, Céfalo, -dije yo-, me agrada conversar con personas de gran ancianidad; pues me parece necesario informarme de ellos, como de quienes han recorrido por delante un camino por el que quizá también nosotros tengamos que pasar, cuál es él, si áspero y difícil o fácil y expedito. Y con gusto oiría de ti qué opinión tienes de esto, pues que has llegado a aquella edad que los poetas llaman «el umbral de la vejez»: si
lo declaras períódo desgraciado de la vida o cómo lo calificas.

Comentario2
Presentación




















































































































































Libro I República
Comentario 3

(329a-331d)

329a-330ª:
Céfalo contesta a la pregunta de Sócrates afirmando que muchos consideran a tal período como una desgracia al echar de menos los placeres de la juventud, mientras que otros se lamentan de los ultrajes que la vejez produce a los hombres. Él, por su parte, dice considerar a la vejez como una época de gran paz y tranquilidad que permite al hombre liberarse de "muchos y furiosos tiranos". Señala tambien que los males del ser humano no están en la vejez sino en el carácter de la persona. A continuación Sócrates le recuerda a Céfalo que muchos opinan que todo lo que ha dicho resulta muy fácil para personas que poseen una gran fortuna económica (como es el caso de Céfalo). Éste responde que no va negar en absoluto lo mucho que ésta ayuda pero que, sin embargo, está convencido de que no tiene tanto valor como la gente piensa. {ver texto3a}
330ª-331ª:
Céfalo continúa reflexionando sobre el papel de la riqueza en la vida y la vejez de las personas. Afirma que en cuestiones de negocios ocupa un lugar intermedio entre su abuelo y su padre. El primero la había multiplicado mientras que su padre la había reducido a menos de lo que ahora él va dejar a su hijo. De todos modos afirma claramente que en la vejez no es la cuestión de la riqueza o la pobreza la que preocupa a los hombres sino la conciencia de haber sido justos o injustos durante su vida. El anciano que es consciente de su injusticia (aún siendo rico) se despierta frecuentemente por las noches lleno de pavor; mientras que el que ha sido justo (aún siendo pobre) le asiste una grata y perpertua esperanza, bienechora nodriza de la vejez. (Píndaro) {ver texto3b}
331ª-331d:
Dado que, por primera vez en el diálogo aparecen los conceptos de Justicia e Injusticia, Sócrates aprovecha para plantear de modo crítico lo siguiente: ¿consiste realmente la justicia en decir la verdad y devolver a cada uno lo que de él ha recibido?. Con un ejemplo parece estar rechazando tal definición ya que señala que no parece que sería muy lícito devolver las armas a un amigo que se ha vuelto loco, y tampoco tendría mucho sentido intentar argumentar con verdad con alguien que estado en tal estado. Por lo tanto: no se confina la justicia en decir la verdad ni en devolver lo que se ha recibido.
Es en estos momentos del diálogo cuando Céfalo se retira de la conversación para pasar el testigo a su hijo Polemarco (heredero) el cual comienza recordando a Sócrates que la definición que acaba de criticar es precisamente la que había dado el poeta Simónides. Sócrates le ruega que recuerde a todos tal definición. Polemarco afirma que Simónides había dicho que la justicia consistía en "dar a cada uno lo que se le debe". Antes de someter a análisis esta definición, Sócrates y Polemarco se ponen de acuerdo en que ello no signifique que haya que devolver algo a alguien cuando lo pide estando fuera de juicio. {ver texto3c}
Presentación




















































































































































TEXTO 3a
Libro I República
(329a-330a)

Yo te diré, por Zeus -replicó--, cómo se me muestra, ¡oh, Sócrates!: muchas veces nos reunimos, confirmando el antiguo proverbio, unos cuantos, proximamente de la misma edad; y entonces la mayor parte de los reunidos se lamentan echando de menos y recordando los placeres juveniles del amor, de la bebida y los banquetes y otras cosas tocantes a esto, y se afligen como si hubieran perdido grandes bienes y ahora ni siquiera viviesen. Algunos  se duelen también de los ultrajes que su vejez recibe de sus mismos allegados y sobre ello se extienden en la cantinela de los males que aquélla les causa. Y a mí me parece, Sócrates, que éstos inculpan a lo que no es culpable; porque si fuera ésa la causa, yo hubiera sufrido con la vejez lo mismo que ellos, y no menos todos los demás que han llegado a tal edad. Pero lo cierto es que he encontrado a muchos que no se hallaban de tal temple; en una ocasión estaba junto a Sófocles, el poeta, cuando alguien le preguntó: «¿Qué tal andas, Sófocles, con respecto al amor? ¿Eres capaz todavía de estar con una mujer?» Y él repuso: «No me hables, buen hombre; me he librado de él con la mayor satisfacción, como quien escapa de un amo furioso y salvaje». Entonces me pareció que había hablado bien, y no me lo parece menos ahora; porque, en efecto, con la vejez se produce una gran paz y libertad en lo que respecta a tales cosas. Cuando afloja y remite la tensión de los deseos, ocurre exactamente lo que Sófocles decía: que nos libramos de muchos y furiosos tiranos. Pero tanto de estas quejas cuanto de las que se refieren a los allegados, no hay más que una causa, y no es, Sócrates, la vejez, sino el carácter de los hombres; pues para los cuerdos y bien humorados, la vejez no es de gran pesadumbre, y al que no lo es, no ya la vejez, ¡oh, Sócrates!, sino la juventud le resulta enojosa.
Comentario3
Presentación



















































































































































TEXTO 3b
Libro I República
(330a-331a)

Admirado yo con lo que él decía, quise que siguiera hablando, y le estimulé diciendo: -Pienso, Céfalo, que los más no habrán de creer estas cosas cuando te las oigan decir, sino que supondrán que tú soportas fácilmente la vejez no por tu carácter, sino por tener gran fortuna; pues dicen que para los ricos hay muchos consuelos.
 -Verdad es eso -repuso él-. No las creen, en efecto; y lo que dicen no carece de valor, aunque no tiene tanto como ellos piensan, sino que aquí viene bien el dicho de Temístocles a un ciudadano de Sérifos, que le insultaba diciéndole que su gloria no se la debía a sí mismo, sino a su patria. «Ni yo -replicó-- sería renombrado si fuera de Sérifos, ni tú tampoco aun siendo de Atenas». Y a los que sin ser ricos llevan con pena la vejez se les acomoda el mismo razonamiento: que ni el hombre discreto puede soportar fácilmente la vejez en la pobreza, ni el insensato, aun siendo rico, puede estar en ella satisfecho.
-¿Y qué, Céfalo ---díjele-, lo que tienes lo has heredado en su mayor parte o es más lo que tú has agregado por ti?
-¿Lo que yo he agregado, Sócrates? -replicó-. En cosas de negocios yo he sido un hombre intermedio entre mi abuelo y mi padre; porque mi abuelo, que llevaba mi mismo nombre, habiendo heredado una fortuna poco más o menos como la que yo tengo hoy, la multiplicó varias veces, y Lisanias, mi padre, la redujo aún a menos de lo que ahora es. Yo me contento con no dejársela a éstos disminuida, sino un poco mayor que la recibí.
-Te lo preguntaba ---dije- porque me parecía que no tenías excesivo amor a las riquezas, y esto les ocurre generalmente a los que no -las han adquirido por sí mismos, pues los que las han adquirido se pegan a ellas doblemente, con amor como el de los poetas a sus poemas y el de los padres a sus hijos: el mismo afán muestran los enriquecidos en relación con sus riquezas, como por obra propia, y también, igual que los demás, por la utilidad que les procuran. Y son hombres de trato difícil porque no se prestan a hablar más que del dinero.
-Dices verdad -aseveró él.
Comentario3
Presentación




















































































































































TEXTO 3c
Libro I República
(331a-332d)

-No hay duda --dije yo--; pero contéstame a esto otro. ¿Cuál es la mayor ventaja que, según tú, se saca de tener gran fortuna?
-Es algo ---dijo él- de lo que quizá no podría convencer a la mayor parte de las gentes con mis palabras. Porque has de saber, Sócrates, -siguió- que, cuando un hombre empieza a pensar en que va a morir, le entra miedo y preocupación por cosas por las que antes no le entraban, y las fábulas que se cuentan acerca del Hades, de que el que ha delinquido aquí tiene que para allí la pena, fábulas hasta entonces tomadas a risa, le trastornan el alma con miedo de que sean verdaderas; y ya por la debilidad de la vejez, ya en razón de estar más cerca del mundo de allá, empieza a verlas con mayor luz. Y se llena con ello de recelo y temor y repasa y examina si ha ofendido a alguien en algo. Y el que halla que ha pecado largamente en su vida se despierta frecuentemente del sueño lleno de pavor, como los niños, y vive en una desgraciada expectación. Pero al que no tiene conciencia de ninguna injusticia le asiste constantemente una grata y perpetua esperanza, bienhechora «nodriza de la vejez», según frase de Píndaro: donosamente, en efecto, dijo aquél, ¡oh, Sócrates!, que al que pasa la vida en justicia y piedad,

«le acompaña una dulce esperanza
animadora del corazón, nodriza de la vejez, que rige, soberana,
la mente tornadiza de los mortales.» 

En lo que habló con razón y de muy admirable manera. Ahí pongo yo el principal valor de las riquezas, no ya respecto de cualquiera, sino del discreto; pues para no engañar ni mentir, ni aun involuntariamente, y para no estar en deuda de sacrificios con ningún dios, ni de dinero con ningún hombre, y partirse así sin miedo al mundo de allá, ayuda no poco la posesión de las riquezas. Tiene también otros muchos provechos; pero, uno por otro, yo sostendría, ¡oh, Sócrates!, que para lo que he dicho es para lo que es más útil la fortuna al hombre sensato.
De perlas - contesté yo- es lo que dices, Céfalo; pero eso mismo de que hablamos, esto es, la justicia, ¿afirmaremos que es simplemente el decir la verdad y el devolver a cada uno lo que de él se haya recibido, o estas mismas cosas se hacen unas veces con justicia y otras sin ella? Pongo por caso: si alguno recibe unas armas de un amigo estando éste en su juicio, y ese amigo se las pide después de vuelto loco, todo el mundo diría que no debe devolvérselas y que no obraría en justicia devolviéndoselas ni diciendo adrede todas las verdades a quien se halla en semejante estado.
-Bien dices -afirmó él.
-Por lo tanto, no se confina la justicia en decir la verdad ni en devolver lo que se ha recibido.
-Sí de cierto, ¡oh, Sócrates! --,dijo interrumpiendo Polemarco-, si hemos de dar crédito a Simónides.
-Bien --dijo Céfalo.-, os hago entrega de la discusión, pues tengo que atender al sacrificio.
-Según eso ~--,dijo Polemarco- ¿soy yo tu heredero?
-En un todo, contestó él riendo, y se fué a sacrificar.
Comentario3
Presentación




















































































































































Libro I República
Comentario 4
(La justicia hace daño al enemigo y favorece al amigo, según Simónides)
(331d-336a)

331d-333a:Polemarco comienza interpretando la frase de Simónides dar a cada uno lo que se le debe como sinónimo de los amigos deben hacer bien a los amigos pero nunca mal. Sócrates le plantea si a los enemigos se les ha de devolver tambien lo que se les debe. Polermarco afirma que jamás. Además señala que lo apropiado para el enemigo es siempre el mal. Ante esta interpretación de Polemarco, Sócrates afirma que si efectivamente es cierta estamos ante un gran enigma que es necesario someter a análisis racional. Para llevarlo a cabo comienza uno de sus clásicos interrogatorios que podría resumirse así:

  1. Comienza comparando la justicia con un arte o técnica. Así, afirma,del mismo modo que el arte de la medicina consiste en dar remedios a los enfermos, el arte de la justicia parece que trata de dar ventajas a los amigos y daño a los enemigos.
  2. En este contexto, continúa el diálogo, nos encontramos que el más capaz de hacer bien a los amigos y daño a los enemigos en el campo de la salud parece ser el médico y en el arte de la navegación el piloto. ¿En qué asunto, pregunta Sócrates, es capaz el justo de producir bien al amigo y daño al enemigo? Polemarco responde que en la guerra: luchando contra el enemigo y al lado del amigo. Sócrates se queda pensativo ante tal afirmación y le hace ver la primera contradicción que parece deducirse de tal afirmación. La base de la misma es la siguiente: Sócrates hacer ver a Polemarco que para los que están sanos parece inutil el médico y para los que no están navegando parece inutil el patrón. Ahora bien, para los que no guerrean ¿es tambien inútil el justo? Polemarco se revuelve en contra de esta conclusión y señala que no está conforme con la misma.{Ver texto4a}

333ª-334ª:El diálogo continúa sobre la base anterior. Polemarco protestando en contra de la conclusión que Sócrates ha deducido de sus palabras. Se ponen de acuerdo en lo siguiente:el justo no solamente es util en tiempos guerra sino tambien en tiempos de paz. Sobre esta premisa continúa el diálogo. Sócrates pregunta a Polemarco para que es util la justicia en tiempos de paz. Éste contesta que para la realización de convenios en asuntos de dinero y siempre que se trate de depositarlo o conservarlo. Pero esto parece llevar a una curiosa conclusión: solamente cuando el dinero es inutil es cuando la justicia es util con él. Por otro lado, Polemarco acepta la tesis de que la justicia es util cuando las cosas no se usan pero inutil cuando se usan. Asi, por ejemplo, un escudo militar es util en relación con el arte de lo justo cuando hay que guardarlo o depositarlo, sin embargo cuando haya que usarlo quien toma la palabra es el arte militar. Ahora bien, si tal tesis es correcta ello nos lleva realmente a un absurdo: estamos ante algo que tiene utilidad unicamente en relación con la inutilidad. Por otro lado, continúa Sócrates, nos encontramos tambien con que los que son más diestros en un arte, son tambien los más diestro en su contrario. Por ejemplo, el pugil más diestro no solamente lo es en dar golpes sino tambien en evitarlos. Por ello es el más diestro. Ahora bien, si ello es así, entonces el más diestro en el arte de lo justo no solamente lo será por guardar el dinero sino tambien por robarlo.{Ver texto4b}

334ª-335ª:Polemarco acepta resignado que la conclusión anterior parece deducirse de modo evidente de la premisa establecida acerca de que lo justo en tiempos de paz está relacionado con el deposito del dinero. Sócrates, aprovecha tambien para lanzar el primer dardo en contra de Homero al describirlo como un maestro en este tipo de enseñanzas que parecen conducir al absurdo ya que de todo lo dicho hasta ahora parece deducirse que la justicia es un arte de robar para provecho de los amigos y daño de los enemigos.Polemarco se rebela contra esta conclusión y reconoce que ya no sabe muy bien lo que estaba diciendo. De todos modos señala que le sigue pareciendo que la justicia es servir a los amigos y hacer daño a los enemigos. Sócrates le hace ver que muchas veces los hombres yerran y les parece que son buenos aquellos que en realidad son muy malos y viceversa. Pero si ello es así, entonces sucede que los buenos son enemigos y los malos amigos. Y, por tanto, resultaría que lo justo es favorecer a los malos y hacer daño a los buenos. Pero los buenos son incapaces de hacer injusticia. Lo que sucede es que según la tesis de hacer bien al amigo y daño al enemigo, nos podríamos encontrar que cuando un hombre yerre en su apreciación y confunda al bueno con el malo haciendo del primero un enemigo y del segundo un amigo, entonces parece que sería justo hacer mal a los que realmente no han cometido injusticia. Polemarco protesta y solicita cambiar el supuesto sobre el que Sócrates está asentando su argumentación y aclarar que es amigo el que parece y es realmente bueno, y el que lo parece pero no lo es, es amigo en apariencia, pero no en realidad; y otro tanto hay que sentar acerca del enemigo.{Ver texto4c}

335ª-336ª: El diálogo continúa ahora sobre la base del siguiente añadido: además de afirmar que lo justo es hacer bien al amigo y daño al enemigo; ahora se añade que es justo el hacer bien al amigo que es realmente bueno y daño al enemigo que es realmente malo. Polemarco acepta esta modificación. Sobre la base de tal modificación Sócrates señala, y Polemarco acepta, que cuando se hace daño a alguien éste se hace peor. Ahora bien, ¿no resulta absurdo afirmar que algo puede hacerse injusto a través de la virtud de la justicia? ¿cómo es posible que la virtud de la justicia, que se supone que es algo bueno, pueda producir hombres con el vicio de la injusticia? Al final Polemarco acaba aceptando que no puede ser obra del hombre justo el hacer daño ni a su amigo pero tampoco a su enemigo y ambos, él y Sócrates, se comprometen a combatir la interpretación que suele hacerse de Simónides acerca de que es justo favorecer a los amigos y hacer daño a los enemigos. {Ver texto4d)
Presentación




















































































































































TEXTO 4a
Libro I República
(331d-333ª)

-Di, pues -requerí yo--, tú que has heredado la discusión, ¿qué es eso que dijo Simónides, acertadamente a tu ver, acerca de la justicia?
-Que es justo -repuso él- dar a cada uno lo que se le debe,  y al decir esto, me parece a mí que habló bien.
-De cierto --dije yo-, no es fácil negar crédito a Simónides, pues es hombre sabio e inspirado; pero lo que con ello quiera significar, quizá tú, Polemarco, lo sepas; yo, por mi parte, lo ignoro. Claro está, sin embargo, que no se refiere a aquello que hace poco decíamos de devolver a uno el depósito hecho si lo pide sin estar en su juicio. Y en verdad, lo depositado es en alguna manera debido; ¿no es así?
-Sí.
-Pero de ningún modo se ha de devolver cuando lo pida alguien que esté fuera de juicio.
--Cierto ---dijo él.
-Así, pues, a lo que parece, Simónides quiso significar cosa distinta de esto al decir que es justo devolver lo que se debe.
-Otra cosa, por Zeus -dijo-; pues su idea es que los amigos deben hacer bien a los amigos, pero nunca mal.
-Lo creo - dije yo- porque no da lo que debe aquel que devuelve su oro al depositante si resulta nocivo el devolverlo y el tomarlo y son amigos el que devuelve y el que toma. ¿No es eso lo que, según tú, quiere decir Simónides?
-Exactamente.
-¿Y qué? ?A los enemigos se les ha de devolver lo que se les debe?
-Sin duda, en absoluto, lo que se les debe -respondió--; y según pienso, débese por el enemigo al enemigo lo que es apropiado: algún mal.
-Así, pues --dije yo-, según parece, Simónides envolvió poéticamente en un enigma   lo que entendía por justicia; porque, a lo que se ve, pensaba que lo justo era dar a cada uno lo que le era apropiado; y a esto lo llamó debido.
-¿Y qué otra cosa podrías pensar? ---dijo él.
-¡Oh, por Zeus! -exclamé---. Si le hubieran preguntado- «Di, Simónides, ¿qué es lo debido y apropiado que da el arte llamado medicina y a quiénes lo da?» ¿Qué crees tú que nos hubiera contestado?
 -Pues bien claro que da remedios y alímentos y bebidas a los cuerpos.
-'¿Y qué es lo debido y apropiado que da el arte llamada culinaria y a quiénes lo da?
-El condimento a los manjares.
-Bien; ¿ y qué ha de dar, y a quiénes, el arte a que podamos aplicar el nombre de justicia?
--Pues si hemos de atenernos, ¡oh, Sócrates!, a lo dicho antes -replicó-- ha de dar ventajas a los amigos y daños a los enemigos.
-Según eso, ¿llama justicia al hacer beneficios a los amigos y daños a los enemigos?
 Así lo creo.
¿Y quién es el más capaz de hacer bien a los amigos pacientes y mal a los enemigos en lo que atañe a enfermedad y salud?
El médico.
-¿Y quién a los navegantes en lo que toca a los riesgos del mar?
-El piloto.
-¿Y qué diremos del justo? ¿En qué asunto y para qué efecto está su especial capacidad de favorecer a los amigos y dañar a los enemigos?
-En guerrear contra ellos o luchar a su lado, según creo.
-Bien. Para los ue no están enfermos, amigo Polemarco, es inútil el médico.
-Verdad.
-Y para los que no navegan, el piloto.
-Sí.
-Así, Pues, también el justo será inútil para los que no combaten.
-En eso no estoy del todo conforme.
Comentario4
Presentación




















































































































































TEXTO 4b
Libro I República
(333a-334ª)

-¿Luego es útil también la justicia en la paz?
-Util.
-Y la agricultura, ¿lo es o no?
-Sí.
-¿Para la obtención de los frutos?
-Sí.
-¿Y la zapatería?
-Sí.
-¿Dirás acaso, pienso yo, que para la obtención del calzado?
-Exacto.
-Ahora bien. ¿para provecho y obtención de qué dirás que es útil la justicia en la paz?
-Para los convenios, ¡oh, Sócrates!
-¿Convenios llamas a las asociaciones o a qué otra cosa?
-A las asociaciones precisamente.
-Pues bien, ¿en la colocación de fichas en el juego del chaquete es socio bueno y útil el justo o el buen jugador?
-El buen jugador.
-¿Y para la colocación de ladrillos y piedras es el justo más útil y mejor socio que el albañil?
-De ningún modo.
-Pues, ¿en qué caso de sociedad es el justo mejor socio que el albañil o citarista, como el citarista lo es respecto del justo para la de pulsar cuerdas.
-Creo que para la asociación en asuntos de dinero.
-Con excepción tal vez, ¡Oh Polemarco!, del uso del dinero, cuando haya que comprar o vender con él un caballo. Entonces pienso que el útil será el caballista.
-¿No es así?
-Sí, parece.
-Y cuando se trate de un barco, el armador o el piloto.
-Así conviene.
-¿Cuándo, pues, será el justo más útil que los demás? ¿A qué uso en común del oro o de la plata?
-Cuando se trate de depositarlo y conservarlo, ¡Oh, Sócrates!
-¿Que es decir cuando no haya que utilizarlo, sino tenerlo quieto?
-Exacto.
-Así, pues, ¿cuando el dinero queda sin utilidad, entonces es útil la justicia en él?
-Eso parece.
-E igualmente será útil la justicia, ya en sociedad, ya en privado, cuando se trate de guardar una podadera; pero cuando haya que servirse de ella ¿lo que valdrá será el arte de la viticultura?
-Está claro.
-¿Y dirás también del escudo y de la lira que, cuando haya que guardarlos y no utilizarlos para nada, será útil la justicia, y cuando haya que servirse de ellos, el arte militar o la música?
-Por fuerza.
-¿Y así, respecto de todas las cosas, la justicia es inútil en el uso y útil cuando no se usan?
-Eso parece.
-Cosa, pues, de poco interés sería, amigo, la justicia si no tiene utilidad más que en. relación con lo inútil. Pero veamos esto otro: el más diestro en dar golpes en la lucha, sea ésta el pugilato u otra cualquiera, ¿no lo es también en guardarse?
-Bien de cierto.
-Y así también, el diestro en guardarse de una enfermedad, ¿no será el más hábil en inocularla secretamente?
-Eso creo.
-Y aún más- ¿no será buen guardián del campamento aquel mismo que es bueno para robar los planes y demás tratos del enemigo?
-Bien de cierto.
-Y así, cada uno es buen robador de aquello mismo de lo que es buen guardador.
-Así parece.
-Por tanto, si el justo es diestro en guardar dinero, también es diestro en robarlo.
-Por lo menos, así lo muestra ese argumento -dijo.-

Comentario4
Presentación


















































































































































TEXTO 4c
Libro I República
(334ª-335ª)

-Parece, pues, que el justo se revela como un ladrón, y acaso tal cosa la has aprendido de Homero; pues éste, que tiene en mucho a Autólico, abuelo materno de Ulises, dice de él que «mucho renombre le daban fraudes y robos». Es, por tanto, evidente que, según tú y según Homero y según Simónides, la justicia es un arte de robar para provecho de los amigos y daño de los enemigos. ¿No era esto lo que querías decir?
-No, por Zeus -respondió-, pero ya no sé yo mismo lo que decía; con todo, me sigue pareciendo que la justicia es servir a los amigos y hacer daño a los enemigos.
-Y cuando hablas de los amigos, ¿entiendes los que a cada uno parecen buenos o los que lo son en realidad, aunque no lo parezcan, y los enemigos lo mismo?
-Natural es - dijo- que cada cual ame a los que tenga por buenos y odie a los que juzgue perversos.
-¿Y acaso no yerran los hombres sobre ello,de modo que muchos les parecen buenos sin serio y con muchos otros les pasa lo contrario?
-Yerran de cierto.
-¿Para éstos, pues, los buenos son enemigos y los malos, amigos?
-Exacto.
-Y no obstante, ¿resulta entonces justo para ellos el favorecer a los malos y hacer daño a los buenos?
-Eso parece.
-Y, sin embargo, ¿los buenos son justos e incapaces de faltar a la justicia?
-Verdad es.
-Por tanto, según tu aserto es justo hacer mal a los que no han cometido injusticia.
-De ningún modo, Sócrates -respondió--; ese aserto me parece inmoral.
-Así, pues --dije yo-, ¿es a los injustos a quienes es justo dañar, así como hacer bien a los justos?
-Eso me parece mejor.
-Para muchos, pues, ¡oh, Polemarco!, para cuantos padecen error acerca de los hombres, vendrá a ser justo el dañar a los amigos, pues que los tienen también perversos, y favorecer a los enemigos por ser buenos.Y así venimos a decir lo contrario de lo que, según referíamos, decía Simónides.
-Así ocurre, en efecto ---dijo-; pero cambiemos el supuesto, porque parece que no hemos establecido bien lo que es el amigo y el enemigo.
-¿Qué supuesto era ése, Polemarco?
-El de que es amigo el que parece bueno.
-¿Y cómo hemos de cambiarlo? --dije yo. -Afirmando --dijo él- que es amigo el que parece y
es realmente bueno, y que el que lo parece y no lo es, es amigo en apariencia, pero no en realidad; y otro tanto hay que sentar acerca del enemigo.
-En virtud de ese aserto, a lo que se ve, el bueno será amigo, y el malo, enemigo.
-Si.

Comentario4
Presentación


















































































































































TEXTO 4d
Libro I República
(335ª-336ª)

-Así, pues, ¿pretendes que añadamos a la idea de lo justo algo más sobre lo que primero decíamos, cuando afirmábamos que era justo el hacer bien al amigo y mal al enemigo; diciendo ahora, además de ello, que es justo el hacer bien al amigo que es bueno y mal al enemigo que es malo?
-Exactamente -respondió.--; dicho así me parece acertado.
-¿Y es, acaso, propio del hombre justo ---dije yo- el hacer mal a quienquiera que sea?
-Bien de cierto --dijo-; a los perversos y malvados hay que hacerles mal.
-Y cuando se hace daño a los caballos, ¿ se hacen éstos mejores o peores?
-Peores.
-¿Acaso en lo que toca a la virtud propia de los perros o en lo que toca a la de los caballos?
-En la de los caballos.
-¿Y del mismo modo los perros, cuando reciben daño, se hacen peores, no ya con respecto a la virtud propia de los caballos, sino a la de los perros?
 -Por fuerza.
-¿Y no diremos también, amigo, que los hombres, al ser dañados, se hacen peores en lo que toca a la virtud humana?
-Ni más ni menos.
-¿Y la justicia no es virtud humana?
-También esto es forzoso.
-Necesario es, por tanto, querido amigo, que los hombres que reciben daño se hagan más injustos.
-Eso parece.
-¿Y acaso los músicos pueden hacer hombres rudos en música con la música misma?
-Imposible.
-¿Ni los caballistas hombres torpes en cabalgar con el arte de la equitación?
-No puede ser.
-¿Ni tampoco los justos pueden hacer a nadie injusto,con la justicia, ni, en suma, los buenos a nadie malo con la virtud?
-No, imposible.
-Porque, según pienso, el enfriar no es obra del calor, sino de su contrario.
-Así es.
-Ni el humedecer de la sequedad, sino de su contrario.
-Exacto.
-Ni del bueno el hacer daño, sino de su contrario.
-Eso parece.
-¿Y el justo es bueno?
-Bien seguro.
-No es, por tanto, ¡oh, Polemarco!, obra propia del justo el hacer daño ni a su amigo ni a otro alguno, sino de su contrarío el injusto.
-Me parece que en todo dices la verdad, ¡oh, Sócrates! -repuso él.
-Por tanto, si alguien afirma que es justo el dar a cada uno lo debido y entiende con ello que por el hombre justo se debe daño a los enemigos y beneficio a los amigos, no fue sabio el que tal dijo, pues no decía verdad; porque el hacer mal no se nos muestra justo en ningún modo.
-Así lo reconozco  -dijo él.
-Combatiremos, pues, tú y yo en común si alguien afirma que ha dicho semejante cosa Simónides,
o Biante, o Pítaco o algún otro de aquellos sabios y benditos varones.
-Yo, por lo que a mí toca --contestó--, estoy dispuesto a acompañarte en la lucha.

Comentario4
Presentación


















































































































































Libro I República
Comentario 5
Trasímaco entra en escena
(336a-339a)

336ª-337ª: A continuación Sócrates aprovecha la ocasión para citar a Jerjes (el odiado persa) como un auténtico representante del modo de pensar anterior. A continuación, dado que no se ha alcanzado todavía una definición correcta de la esencia de la Justicia, aprovecha para plantear de nuevo la pregunta acerca de lo que es. Es en estos momentos cuando entra en escena un violento y furioso Trasímaco que se lanza sobre Sócrates y Polemarco dando gritos. Acusa a Sócrates de limitarse a preguntar para refutar despues. Le dice claramente que se deje de rodeos y que conteste él mismo que es lo justo y se deje de jueguecitos. Le exige tambien claridad y precisión en la respuesta ya que nos está dispuesto a aceptar que siga diciendo vaciedades. Sócrates confiesa haber pasado miedo ante la agresividad de Trasímaco y le ruega que no se enoje ya que si le parece que él y Polemarco se han dedicado a divagar ha sido en contra de su voluntad y lo que demuestra es que no saben realmente que es lo justo. {Ver texto5a}

337ª-338ª: Trasímaco se rie sarcasticamente ante las palabras de Sócrates y le acusa de estar haciendo uso de su acostrumbrada ironía fingiendo que no sabe y siempre dispuesto a preguntar pero nunca a responder. Sócrates le recuerda que ante una pregunta pueden, en principio, ser varias las respuestas y despues,de entre ellas,se trataría de aceptar aquella que se muestre como verdadera. Trasímaco, deseoso de intervenir ya como centro, se ofrece a dar una definición de justicia distinta y mejor a todas las dadas hasta ahora. Sócrates se muestra dispuesto a escucharla y aceptarla si se comprueba que es verdadera. Trasímaco aprovecha para recordar que lo que se aprende de otro hay que pagarlo con dinero. Glaucón, dado que Sócrates le contesta que le pagará cuando tenga dinero, se ofrece a pagar lo que haga falta.{Ver texto5b}

338ª-339ª:Trasímaco, que deseoso de hablar para quedar bien, estaba convencido de poseer una contestación insuperable comienza definiendo lo justo como aquello que no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte. Sócrates le ruega que especifique un poco más lo que quiere decir ya que, por ejemplo, el plan de alimentación del deportista más fuerte (cita a Polidamante) no parece ser el más justo y adecuado para los que son inferiores a él. Trasímaco le responde que no se está refiriendo a eso sino a las leyes de los gobiernos más fuertes (tiranía, democracia, aristocracia). Es evidente, señala, que estos gobiernos fabrican las leyes según su conveniencia y con ello los que mandan (más fuertes) muestran lo que es justo para los gobernados. Lo justo, por tanto, es lo que conviene a los gobiernos (más fuertes).{Texto5c}
Presentación



































































































































TEXTO 5a
Libro I República
(336ª-337ª)

-¿Y sabes --dije- de quién creo que es ese dicho de que es justo favorecer a los amigos y hacer daño a los enemigos?
-¿De quién? -preguntó.
-Pues pienso que de
Periandro, o de Perdicas, o de Jerjes, o de Ismenias el tebano, o de algún otro hombre opulento muy convencido de su gran poder.
-Verdad pura es lo que dices -repuso él.
-Bien ---dije yo--; pues que ni lo justo ni la justicia se nos muestran así, ¿qué otra cosa diremos que es ello?
Y entonces Trasímaco -que varias veces mientras
nosotros conversábamos, había intentado tomar por su cuenta la discusión y había sido impedido en su propósito por los que estaban a su lado, deseosos de oírla hasta el final-, al hacer nosotros la pausa y decir yo aquello, no se contuvo ya, sino que, contrayendose lo mismo que una fiera, se lanzó sobre nosotros como si fuera a hacernos pedazos. Tanto Polemarco como yo quedamos suspensos de miedo; y él, dando voces en medio de todos: -¿Qué garrulería ---dijo- es ésta, oh, Sócrates, que os ha tomado hace rato? ¿A qué estas bobadas de tanta deferencia del uno hacia el otro? Si quieres saber de cierto lo que es lo justo, no te limites a preguntar y a refutar ufanamente cuando se contesta, bien persuadido de que es más fácil preguntar que contestar; antes bien, contesta tú mismo y di qué es lo que entiendes por lo justo. Y cuidado con que me digas que es lo necesario, o lo provechoso, o lo útil, o lo ventajoso, o lo conveniente, sino que aquello que digas has de decirlo con claridad y precisión, porque yo no he de aceptar que sigas con semejantes vaciedades.
Estupefacto quedé yo al oírle, y mirándole sentía miedo; y aun me parece que, si no le hubiera mirado antes de que él me mirara a mí, me habría quedado sin habla. Pero ocurrió que, cuando comenzó a encresparse con nuestra cliscusión, dirigí a él mi mirada el primero, y así me hallé capaz de contestarle y le dije, no sin un ligero temblor: -Trasímaco, no te enojes con nosotros: si éste y yo nos extraviamos un tanto en el examen del asunto, cree que ha sido contra nuestra voluntad. Porque si estuviéramos buscando oro, bien sabes que no habríamos de condescender por nuestra voluntad el uno con el otro y perder la ocasión del hallazgo; no pienses, pues, que cuando investigamos la justicia, cosa de mayor precio que muchos oros, íbamos a andar neciamente con mutuas concesiones en vez de esforzarnos con todas nuestras fuerzas en que aparezca aquélla. Persuádete,
amigo: lo que pienso es que no podemos; así es mucho más razonable que hallemos compasión, y no enojo, por parte de vosotros, los capacitados.

Comentario5
Presentación



































































































































TEXTO 5b
Libro I República
(337ª-338ª)

Oyendo él esto, rióse muy sarcásticamente y dijo- -¡Oh, Heracles! Aquí está Sócrates con su acostumbrada ironía; ya les había yo dicho a éstos que tú no querrías contestar, sino que fingirías y acudirías a todo antes que responder, si alguno te preguntaba.
-En efecto, Trasímaco -dije yo-, tú eres discreto y bien sabes que si preguntaras a uno cuántas son doce y al preguntarle le añadieras. «Cuidado, amigo, con decirme que doce son dos veces seis, ni tres veces cuatro, ni seis veces dos, ni cuatro veces tres, porque no aceptaré semejante charlatanería, te resultaría claro, creo, que nadie iba a contestar al que inquiriese de ese modo. Supón que te preguntara: «Trasímaco, ¿qué es lo que dices? ¿Que no he de contestar nada de lo que tú has enunciado previamente, ni aun en el caso, oh, varón singular, de que sea en realidad alguna de estas cosas, sino que he de decir algo distinto de la verdad? ¿O cómo se entiende?» ¿Qué le responderías a esto?
-¡Bien -,dijo--, como si eso fuera igual a aquello! -Nada se opone a que lo sea -afirmé yo-; pero aunque no fuera igual, ¿piensas que si se lo parece al interrogado va a dejar de contestar con su parecer, se lo prohibamos nosotros o no?
-¿Y eso precisamente es lo que vas tú a hacer? ¿Contestar con algo de lo que yo te he vedado? -preguntó.
-No sería extraño --,dije- si así se me mostrara después de examinarlo.
 -¿Y qué sería ---dijo él- si yo diera otra respuesta acerca de la justicia, distinta de todas esas y mejor que ellas? ¿A qué te condenarías?
-¿A qué ha de ser -repuse yo-, sino a aquello que conviene al que no sabe? Lo que para él procede es, creo yo, aprender del que sabe, y de esta pena me considero digno.
-Chistoso eres en verdad ---dijo-; pero, además de aprender, has de pagar dinero.
-De cierto, cuando lo tenga --,dije.
-Lo tienes --dijo Glaucón-; si es por dinero, habla, Trasímaco, que todos nosotros lo aportaremos para Sócrates.
-Bien lo veo -repuso él; para que Sócrates se salga con lo de costumbre: que no conteste y que, al contestar otro, tome la palabra y lo refute.
-Pero ¿cómo -dije yo- podría contestar, oh, el mejor de los hombres, quien primeramente no sabe nada, y así lo confiesa, y además, si algo cree saber, se encuentra con la prohibición de decir una palabra de lo que opina, impuesta por un hombre nada despreciable? Más en razón está que hables tú, pues dices que sabes a y que tienes algo que decir. No rehúses, pues, sino compláceme contestando, y no escatimes tu enseñanza a Glaucón, que así te habla, ni a los demás.

Comentario5
Presentación



































































































































TEXTO 5c
Libro I República
(338ª-339ª)

Al decir yo esto, Glaucón y los otros le pidieron que no rehusase; ya era evidente que Trasímaco estaba deseando hablar para quedar bien, creyendo que poseía una contestación insuperable, pero fingía disputar por que yo fuera el que contestara. Al fin cedió y seguidamente:
-Esta es --dijo- la ciencia de Sócrates: no querer enseñar por su parte, sino andar de acá para allá, aprendiendo de los demás sin dar ni siquiera las gracias.
-En lo de aprender de los demás -repuse yo- dices verdad, ¡oh, Trasímaco!; en lo de que no pago con mi agradecimiento, yerras, pues pago con lo que puedo, y no puedo más que con alabanzas, porque dinero no tengo. Y de qué buen talante lo hago cuando me parece que alguien habla rectamente lo vas a saber muy al punto, en cuanto des tu respuesta, porque pienso que vas a hablar bien.
-Escucha, pues --dijo-: sostengo que lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte. ¿Por qué no lo celebras? No querrás, de seguro.
-Lo haré -repliqué yo- cuando llegue a saber lo que dices; ahora no lo sé todavía. Dices que lo justo es lo que conviene al más fuerte. ¿Y cómo lo entiendes, Trasímaco? Porque, sin duda, no quieres decir que si
Polidamante, el campeón del pancracio, es más fuerte que nosotros y le conviene para el cuerpo la carne de vaca, este alimento que le conviene es también adecuado y justo para nosotros, que somos inferiores a él.
-Desenfadado eres, Sócrates --dijo-, y tomas mi aserto por donde más fácilmente puedas estropearlo.
-De ningún modo, mi buen amigo -repuse yo-, pero di más claramente lo que quieres expresar.
-¿No sabes -preguntó-- que de las ciudades las unas se rigen por tiranía, las otras por democracia, las otras por aristocracia?
-¿Cómo no?
-¿Y el gobierno de cada ciudad no es el que tiene la fuerza en ella?
-Exacto.
-Y así, cada gobierno establece las leyes según su conveniencia: la democracia, leyes democráticas; la tiranía, tiránicas, y del mismo modo los demás. Al establecerlas, muestran los que mandan que es justo para los gobernados lo que a ellos conviene, y al que se sale de esto lo castigan como violador de las leyes y de la justicia. Tal es, mi buen amigo, lo que digo que en todas las ciudades es idénticamente justo: lo conveniente para el gobierno constituido. Y éste es, según creo, el que tiene el poder; de modo que, para todo hombre que discurre bien, lo justo es lo mismo en todas partes: la conveniencia del más fuerte.
-Ahora --dije yo- comprendo lo que dices; si es verdad o no, voy a tratar de verlo. Has contestado, Trasímaco, que lo justo es lo conveniente; y no obstante, a mí me habías prohibido que contestara eso. Cierto es que agregas: «para el más fuerte».
-¡Dirás, acaso, que es pequeña añadidura! ---exclamó.
-No está claro todavía si pequeña o grande; pero sí que hay que examinar si eso que dices es verdad.

Comentario5
Presentación

































































































































Libro I República
Comentario 6
(La justicia como conveniencia del más fuerte)
(339a-3341a)

339ª-340ª:Sócrates que reconoce no saber realmente lo que es lo justo dice a Trasímaco que ha entendido perfectamente su definición de Justicia pero que no llega con entender sino que tambien es necesario examinar si tal definición es verdadera. Afirma estar de acuerdo con que lo justo es lo conveniente. Lo que sucede es que Trasímaco ha añadido que conveniente para el más fuerte. Trasímaco acepta someter a análisis tal definición. En el diálogo que ahora se inicia entre ambos son de destacar las ideas siguientes:
A)Trasímaco acepta que lo justo es obedecer a los gobernantes más fuertes. Pero tambien acepta que tales gobernantes estas sujetos a error y, de modo involuntario, podrían equivocarse y promulgar leyes malas para sus intereses.
B)Tambien está de acuerdo con que las leyes buenas son las convenientes para los intereses de los gobernantes y las malas las inconvenientes para tales intereses.
C)Conclusión:si es cierto lo establecido hasta ahora, entonces si lo justo es obedecer a los gobernantes, entonces no solamente es justo hacer lo conveniente,sino tambien lo contrario, es decir, lo inconveniente.
Trasímaco, que se ve atrapado, se revuelve extrañado ante esta primera investida de Sócrates. Este para no dejarlo escapar de su perplejidad le resume, para que quede claro ante todos los presentes, lo aceptado por él y lo que de ello parece seguirse: Trasímaco ha aceptado que los gobernantes (los más fuertes) a veces se equivocan involuntariamente y legislan cuestiones que son perjudiciales e inconvenientes para sus intereseses. Por otro lado, tambien ha aceptado que lo justo es que los gobernados (más débiles) obedezcan y cumplan las leyes de los gobernantes. Ahora bien, hay leyes que son inconvenientes para los más fuertes. Por consiguiente, lo justo es ordenar a los inferiores hacer lo inconveniente para los más fuertes.
{Ver texto6a}
340ª-341ª
:Ahora entran en escena dos de los miembros presentes en la reunión: Polemarco y Clitofonte. El primero se muestra totalmente de acuerdo con la deducción socrática. El segundo está de acuerdo con Trasímaco. Los dos discuten vivamente sobre ello. Así Polemarco, resumiendo de nuevo lo ya establecido, afirma que Trasímaco ha reconocido que los gobernantes ordenan a veces cosas perjudiciales para ellos mismos y que es justo que los demás las cumplan. Además tambien ha reconocido que lo justo es lo más conveniente para el más fuerte. Por consiguiente, igual de justo sería lo conveniente para el más fuerte que lo inconveniente. Por su parte, Clitofonte señala que no fue eso lo que reconoció Trasímaco sino que lo que quiso decir fue lo siguiente:lo conveniente para el más fuerte es lo que éste entendía que le convenía. Sócrates corta la discusión entre ambos y pide a Trasímaco que aclare los términos de la discusión. Este ahora matiza sus palabras anteriores y ya no acepta absolutamente la no infalibidad de los gobernantes y sus errores involuntarios. El gobernante, afirma, en cuanto tal no yerra y no errando establece lo mejor para sí mismo; y esto ha de ser hecho por el gobernado.{Ver texto 6b}
Presentación


















































































































































TEXTO 6a
Libro I República
(339ª-340ª)

Yo también reconozco que lo justo es algo conveniente; tú, por tu parte, añades y afirmas que lo conveniente para el más fuerte. Pues bien, eso es lo que yo ignoro, y, en efecto, habrá que examinarlo.
-Examínalo --dijo.
-Así se hará -repliqué-. Y dime, ¿no afirmas también que es justo obedecer a los gobernantes?
-Lo afirmo.
-¿Y son infalibles los gobernantes en cada ciudad o están sujetos a error?
-Enteramente sujetos a error ---,dijo
-¿Y así, al aplicarse a poner leyes, unas las hacen bien y otras mal?
-Eso creo.
-¿Y el hacerlas bien es hacérselas convenientes para ellos mismos, y el hacerlas mal, inconvenientes? ¿O cómo lo entiendes?
-Así como dices.
-¿Y lo que establecen ha de ser hecho por los gobernados y eso es lo justo?
 -¿Cómo no?
-Por tanto, según tu aserto no es sólo justo el hacer lo conveniente para el más fuerte, sino también lo contrario: lo inconveniente.
-¿Que estás diciendo? -preguntó él.
-Lo mismo que tú, según creo. Examinémoslo mejor: ¿no hemos convenido en que los gobernantes, al ordenar algunas cosas a los gobernados, se apartan por error de lo que es mejor para ellos mismos, y en que lo que mandan los gobernantes es justo que lo hagan los gobernados? ¿No quedamos de acuerdo en ello?
-Así lo pienso --dijo.
-Piensa, pues, también --,dije yo-- que has reconocido que es justo hacer cosas inconvenientes para los gobernantes y dueños de la fuerza cuando los gobernantes, involuntariamente, ordenan lo que es perjudicial para ellos mismos, pues que dijiste que era justo hacer lo que éstos hayan ordenado. ¿Acaso entonces, discretísimo Trasímaco, no viene por necesidad a ser justo hacer lo contrario de lo que tú dices? Porque sin duda alguna se ordena a los inferiores hacer lo inconveniente para el más fuerte.
Comentario6
Presentación


















































































































































TEXTO 6b
Libro I República
(340ª-341ª)

-Sí, por Zeus --dijo Polemarco-. Eso está clarísimo, ¡oh, Sócrates!
-Sin duda -interrumpió Clitofonte-, porque tú se lo atestiguas.
-¿Y qué necesidad -replicó Polemarco- tiene de testigo? El mismo Trasímaco confiesa que los gobernantes ordenan a veces cosas perjudiciales para ellos mismos y que es justo que los otros las hagan.
-El hacer lo ordenado por los gobernantes, ¡Oh, Polemarco!, eso fue lo que estableció Trasímaco como justo.
-Pero también, ¡oh, Clitofonte!, puso como justo lo conveniente para el más fuerte. Y estableciendo ambas cosas, confesó que los más fuertes ordenan a veces lo inconveniente para ellos mismos, con el fin de que lo hagan los inferiores y gobernados.Y según estas confesiones, igual de justo sería lo conveniente para el más fuerte que lo inconveniente.
-Pero por lo conveniente para el más fuerte -dijo Clitofonte- quiso decir lo que el más fuerte entendiese que le convenía. Y que esto había de ser hecho por el inferior: en eso puso la justicia.
-Pues no fue así como se dijo -afirmó Polemarco.
-Es igual ---dije yo-, ¡oh, Polemarco! Si ahora Trasímaco lo dice así, así se lo aceptaremos.
Dime, pues, Trasímaco: ¿era esto lo que querías designar como justo.- lo que pareciera ser conveniente para el más fuerte, ya lo fuera, ya no? ¿Hemos de sentar que ésas fueron tus palabras?
-De ningún modo --dijo-. ¿Piensas, acaso, que yo llamo más fuerte al que yerra cuando yerra?
-Yo, por lo menos --dije--, pensaba que era eso lo que decías al confesar que los gobernantes no eran infalibles, sino que también tenían sus errores.
-Tramposo eres, ¡oh, Sócrates!, en la argumentación --contestó--: ¿es que tú llamas, sin más, médico al que yerra en relación con los enfermos precisamente en cuanto yerra? ¿O calculador al que se equivoca en el cálculo, en la misma ocasión en que se equivoca y en cuanto a su misma equivocación? Es cierto que solemos decir, creo yo, que el médico erró o que el calculador se equivocó o el gramático; pero cada uno de ellos no yerra en modo alguno, según yo opino, en cuanto es aquello con cuyo título le designamos. De modo que, hablando con rigor, puesto que tú también precisas las palabras, ninguno de los profesionales yerra: el que yerra, yerra porque le falta su ciencia, en lo cual no es profesional; de suerte que ningún profesional ni gobernante, ni sabio yerra al tiempo que es tal, aunque se diga siempre que el médico o el gobernante erró. Piensa, pues,
que ésa es también mi respuesta ahora, y lo que hay con toda precisión es esto: que el gobernante, en cuanto gobernante, no yerra, y no errando establece lo mejor para sí mismo; y esto ha de ser hecho por el gobernado. Y así como dije al principio, tengo por justo el hacer lo conveniente para el más fuerte.
Comentario6
Presentación


















































































































































Libro I República
Comentario 7
Trasímaco cambia de opinión
(341a-343a)

341ª-342ª: A continuación Sócrates pide a Trasímaco, con el objeto de hacer desaparecer las malas interpretaciones, que aclare definitivamente si entiendo por justicia el que el más débil realice lo promulgado por el más fuerte. Trasímaco lo reta a que demuestre lo contrario. Se inicia, por tanto, otro diálogo entre ámbos con las ideas siguientes:
A)Se establece, con el acuerdo de ámbos, que, por ejemplo, el arte de la medicina consiste no en negociar sino en curar a los enfermos. Del mismo modo, el pilotaje de un barco se define no por ser el piloto simplemente un marino sino el que ejerce el mando en la nave.
B)A continuación Sócrates pregunta acerca de que es lo conveniente para este tipo de artes.
342ª-343ª: Sócrates continúa con el análisis relacionado con la conveniencia de las diferentes artes.
C)Comienza estableciendo que, por ejemplo, lo conveniente para la medicina no ésta en sí misma sino en el cuerpo sobre el que la medicina se ejerce. Del mismo modo, lo conveniente para la equitación no está en la equitación misma sino en lo que conviene a los caballos.
D)Trasímaco, aunque de mala gana, acepta que todas estas artes gobiernan y dominan aquello que constituye su objeto. Pero esto implica reconocer que todas las artes parecen referir lo conveniente nunca sobre ellas mismas sino siempre a los objetos gobernados por ellos.
E)Ahora bien, si todo lo establecido hasta ahora es cierto, entonces las diferentes artes no ordenan lo conveniente para ellas mismas sino para otros. Así, por ejemplo, la medicina busca lo conveniente, no para sí misma, sino para el enfermo.Del mismo modo, el patrón del barco no ordena lo conveniente para sí sino para la tripulación entera.
F)Conclusión:nadie que tiene gobierno (sea del arte que sea)en cuanto gobernante ordena lo conviente para sí mismo, sino lo conveniente para el gobernado. {Ver Texto7a}
Presentación


















































































































































TEXTO 7a
Libro I República
(341ª-343ª)

-Bien, Trasímaco --dije-; ¿crees que hay trampa en mis palabras?
-Lo creo enteramente --contestó.
-¿Piensas, pues, que, al preguntarte como te preguntaba lo hacía insidiosamente, para perjudicarte en la discusión?
-De cierto lo sé --dijo-. Y no conseguirás nada, porque ni habrá de escapárseme tu mala intención ni, puesta al descubierto, podrás hacerme fuerza en el debate.
-Ni habría de intentarlo, bendito Trasímaco -repliqué yo--, pero para que no nos suceda otra vez lo mismo, determina si, cuando hablas del gobernante y del más fuerte, lo haces conforme al decir común o en el rigor de la palabra, según tu propia expresión de hace un momento; me refiero a aquel cuya conveniencia, por ser él más fuerte, es justo que realice el más débil.
-Al que es gobernante en el mayor rigor de la palabra --dijo-. Ensáñate y maquina contra esto, si es que puedes: no te pido indulgencia; pero aseguro que no has de poder hacerlo.
-¿Acaso piensas --dije- que he de estar tan loco como- para tratar de esquilar al león y engañar a Trasímaco?
-Por lo menos --contestó- acabas de intentarlo, aunque mostrándote incapaz en ello como en todo.
-Basta --dije yo- de tales cosas; pero dime: el médico en el rigor de la palabra, del que hablabas antes, ¿es por ventura negociante, o bien curador de los enfermos? Entiende el que es médico en realidad.
-Curador de los enfermos -replicó.
-¿Y qué diremos del piloto? ¿El verdadero piloto el jefe de los marínos o marino?
-Jefe de los marinos.
-En nada, pues, se ha de tener en cuenta, creo yo, que navega en el bajel, ni por ello se le ha de llamar marino; pues no por navegar recibe el nombre de piloto, sino por su arte y el mando de los marinos.
-Verdad es --dijo.
-¿Y no tiene cada uno de éstos su propia conveniencia?
-Sín duda.
-¿Y no existe el arte - dijo yo- precisamente para esto, para buscar y procurar a cada uno lo conveniente?
-Para eso -replicó.
-¿Y acaso para cada una de las artes hay otra conveniencia que la de ser lo más perfecta posible?
-¿Qué quieres preguntar con ello?
-Pongo por caso ---dije-: sí me preguntases si le basta al cuerpo ser cuerpo o necesita de algo más, te contestaría que «sin duda necesita; y por ello se ha inventado y existe el arte de la medicina, porque el cuerpo es imperfecto y no le basta ser lo que es. Y para procurarle lo conveniente se ha dispuesto el arte». ¿Te parece que hablo rectamente al hablar así -pregunté- o no?
-Rectamente --,dijo.
-¿Y qué más? ¿La medicina misma es imperfecta o, en general, cualquier otra arte necesita en su caso de alguna virtud, como los ojos de la vista o las orejas del oído, a los que por esto hace falta un arte que examine y procure lo conveniente para ellos? ¿Acaso también en el arte misma hay algún modo de imperfección y para cada arte se precisa otra parte que examine lo conveniente para ella y otra a su vez para la que examina y así hasta lo infinito? ¿O es ella misma quien examina su propia conveniencia? ¿O quizá no necesita ni de sí misma ni de otra para examinar lo conveniente a su propia imperfección y es la razón de ello que no hay defecto ni error en arte alguna, ni le atañe a ésta buscar lo conveniente para nada que no sea su propio objeto, sino que ella misma es incontaminada y pura en cuanto es recta, esto es, mientras cada una es precisa y enteramente lo que es? Examínalo con el convenido rigor de palabra: ¿es esto o no?
-Tal parece --- contestó.
-La medicina, pues, no busca lo conveniente para sí misma, sino para el cuerpo -dije.
-Así es --dijo.
-Ni la equitación lo conveniente para la equitación sino lo conveniente para los caballos; ni ninguna otra arte lo conveniente para sí misma, pues de nada necesita, sino para el ser a que se aplica.
-Eso parece --,dijo.
-Y las artes, ¡oh, Trasímaco!, gobiernan y dominan aquello que constituye su objeto. Aunque a duras penas convino también en esto. -Por tanto, no hay disciplina alguna que examine
y ordene la conveniencia del más fuerte, sino la del ser inferior y gobernado por ella. Reconociólo al fin también, aunque dispuesto a discutir sobre ello; y una vez que lo reconoció, dije yo:
-Según eso, ¿no es lo cierto que ningún médico en cuanto médico examina ni ordena lo conveniente para el médico mismo, sino lo conveniente para el enfermo? Ahora bien, convinimos en que el verdadero médico gobierna los cuerpos y no es un negociante. ¿O no convinimos?
-Confesólo así.
-¿Y en que el verdadero piloto es jefe de los marinos y no marino él mismo?
-Quedó confesado.
-Ahora bien, el tal piloto y jefe no examina ni ordena lo conveniente para el piloto, sino lo conveniente para el marino y gobernado.
-Reconociólo, aunque de mala gana.
-Y así, Trasímaco --- dije yo-, nadie que tiene gobierno, en cuanto es gobernante, examina ni ordena lo conveniente para sí mismo, sino lo conveniente para el gobernado y sujeto a su arte, y dice cuanto dice y hace todo cuanto hace mirando a éste y a su conveniencia y ventaja.
Comentario7
Presentación


















































































































































Libro I República
Comentario 8
Trasímaco demagogo
(343a-345a)

343ª-344ª:Llegado a este punto de la discusión, Trasímaco, en vez de contestar decide manifestar su cólera de una manera mordaz preguntado a Sócrates si ha tenido nodriza ya que parece que no se ha enterado todavía lo que son las ovejas y los pastores. Sobre la base de esta metáfora,Trasímaco, aprovecha para realizar un largo discurso que podría resumirse así: Sócrates es un cándido al no haberse enterado de que, del mismo modo que los pastores cuidan de las ovejas unicamente para su provecho personal,los gobernantes de las ciudades lo único que persiguen es sacar provecho para sí mismos. En este sentido, lo justo es conveniencia para el poderoso y gobernante y daño para el obediente y el gobernado. Los gobernados realizan siempre lo más conveniente para el más fuerte y sirviéndole, hacen a éste feliz, pero de ninguna manera a sí mismos. Al hombre justo le va peor en todas partes que al injusto.
344ª-345ª:Trasímaco continúa con el discurso iniciado anteriormente. Añade a lo dicho que al propio interés de cada uno le conviene mucho más el ser injusto que justo.Para demostrarlo solamente llega con echar un vistazo a como viven los tiranos (la misma tesis que mantiene Polo en el Gorgias). Afirma tambien que los que censuran la injusticia no lo hacen por miedo a cometerla, sino a sufrirla. Finalmente cuando ha acabado de hablar decide marcharse de la reunión pero ni los presentes ni Sócrates están dispuestos a permitirle que se vaya antes de justificar con argumentos sus palabras. {Ver Texto8a}
Presentación


















































































































































TEXTO 8a
Libro I República
(343ª-345ª)

Llegados a este punto de la discusión, y hecho claro para todos que lo dicho por él sobre lo justo se  había convertido en su contrario, Trasímaco, en vez de contestar, exclamó:
-Dime, Sócrates, ¿tienes nodriza?
-¿A qué viene eso? --dije--. ¿No valía más contestar que preguntar tales cosas?
-Lo digo -replicó-- porque te deja en tu flujo y no te limpia los mocos, estando tú necesitado de ello, pues ni siquiera sabes por ella lo que son ovejas y pastor.
-¿Por qué así? ---dije yo.
-Porque piensas que los pastores y los vaqueros atienden al bien de las ovejas y de las vacas y las ceban y cuidan mirando a otra cosa que al bien de sus dueños o de sí mismos, e igualmente crees que los gobernantes en las ciudades, los que gobiernan de verdad, tienen otro modo de pensar en relación con sus gobernados que el que tiene cualquiera en regir sus ovejas, y que examinan de día y de noche otra cosa que aquello de donde puedan sacar provecho. Y tanto has adelantado acerca de lo justo y la justicia y lo injusto y la injusticia que ignoras que la justicia y lo justo es en realidad bien ajeno, conveniencia para el poderoso y gobernante y daño propio del obediente y sometido; y que la injusticia es lo contrario, y que gobierna a los que son de verdad sencillos y justos, y que los gobernados realizan lo conveniente para el que es más fuerte y, sirviéndole, hacen a éste feliz, pero de ninguna manera a sí mismos. Hay que observar, candidísimo Sócrates, que al hombre justo le va peor en todas partes que al injusto. Primeramente, en las asociaciones mutuas, donde uno se junta con otro, nunca verás que, al disolverse la comunidad, el justo tenga más que el injusto, sino menos. Después, en la vida ciudadana, cuando hay algunas contribuciones, el justo con los mismos bienes contribuye más; el segundo, menos. Y cuando hay que recibir, el primero sale sin nada; el segundo, con mucho. Cuando uno de los dos toma el gobierno, al justo le viene, ya que no otro castigo, el andar peor por causa del abandono en sus asuntos privados, sin aprovechar nada de lo público por ser justo, y sobre ello, el ser aborrecido de los allegados y conocidos cuando no quiera hacerles favor alguno contra justicia; con el injusto todas estas cosas se dan en sentido contrario. Me refiero, en efecto, a aquel mismo que ha poco decía, al que cuenta con poder para sacar grandes ventajas: fíjate, pues, en él si quieres apreciar cuánto más conviene a su propio interés ser injusto que justo. Y lo conocerás con la máxima facilidad si te pones en la injusticia extrema, que es la que hace más feliz al injusto y más desdichados a los que padecen la injusticia y no quieren cometerla. Ella es la tiranía que arrebata lo ajeno, sea sagrado o profano, privado o público, por dolo o por fuerza, no ya en pequeñas partes, sino en masa. Si un cualquiera es descubierto al violar particularmente alguna de estas cosas, es castigado y recibe los mayores oprobios; porque, en efecto, se llama sacrilegos, secuestradores, horadadores de muros, estafadores o ladrones a aquellos que violan la justicia en alguna de sus partes con cada uno de estos crímenes. Pero cuando alguno, además de las riquezas de los ciudadanos, los secuestra a ellos mismos y los esclaviza, en lugar de ser designado con esos nombres de oprobio es llamado dichoso y feliz no sólo por los ciudadanos, sino por todos los que conocen la completa realiazación de su injusticia; porque los que censuran la injusticia no la censuran por miedo a cometerla, sino a sufrirla. Así, Sócrates, la injusticia, si colma su medida, es algo más fuerte, más libre y más dominador que la justicia; y como dije desde el principio, lo justo se halla ser lo conveniente para el más fuerte, y lo injusto lo que aprovecha y conviene a uno mismo.
Dicho esto, Trasímaco pensaba marcharse después de habernos vertido por los oídos, como un bañero -, el torrente de su largo discurso; pero los presentes no le dejaron, antes bien, le obligaron a quedarse y a dar explicación de lo que había dicho. Y yo mismo también le rogaba con encarecimiento y le decía:
-Bendito Trasímaco, ¿piensas irte después de habernos lanzado tal discurso, sin enseñarnos en forma o aprender tú si es ello así como dices o de otra manera? ¿Crees que es asunto baladí el que has tomado por tu cuenta, y no ya el definir la norma de conducta a la que ateniéndonos cada uno podamos vivir más provechosamente nuestra vida?
-¿Acaso --dijo Trasímaco- no estoy y, en ello?
-Así parecía --contesté yo-, o bien que no te cuidabas nada de nosotros ni te preocupabas de que viviésemos mejor o peor ignorando lo que tú dices saber. Atiende, mi buen amigo, a instruirnos: no perderás el beneficio que nos hagas, siendo tantos nosotros.
Comentario8
Presentación


















































































































































Libro I República
Comentario 9
Ningún gobierno dispone lo provechoso para sí
(345a-347a)

345ª-346ª:Sobre la base de lo establecido en su discurso,Sócrates pide a Trasímaco que acceda a instruir a todo los presentes demostrando que lo dicho en su discurso es verdadero. Tambien le muestra claramente que él no está de acuerdo en absoluto con la tesis de su discurso y que no reconoce ni cree que la injusticia sea más ventajosa que la justicia. La simple descripción de que el injusto puede atropellar y enriquecerse explotando a los demás no me persuade, afirma Sócrates, que saca más provecho que el hombre que es justo.Reta ahora a Trasímaco a que le persuada de que está equivocado y de que no discurre rectamente.Trasímaco reconoce que si con lo dicho no ha logrado persuadirlo tendría que embutirle a la fuerza en el alma su discurso. Sócrates unicamente le ruega que si realmente está convencido de la verdad de todo lo dicho en su discurso que se mantenga firme y que si lo cambia que lo reconozca abiertamente para no inducir a error. Y aprovecha para reprocharle lo siguiente: resulta que anteriormente había definido al verdadero médico como el que cuida los enfermos y no el que se aprovecha de ellos para hacer negocio. Y se supone que sobre esa base debería considerar a todas las demás artes. Pues bien, en la práctica abandona esa precisión a la hora de hablar del pastor (pero no del verdadero pastor) ya que piensa que su verdadero arte consiste en cebar a sus ovejas no atendiendo lo mejor para ellas sino para provecho propio bien en su negocio y en sus banquetes.Señala tambien que este mismo análisis lo aplica al ambito del gobierno en las ciudades. Y por ello le vuelve preguntar si se ratifica en lo dicho y que los verdaderos gobernantes unicamente persiguen su propia voluntad y para nada la de sus gobernados. La respuesta de Trasímaco es: No lo pienso, por Zeus, sino que lo sé. Sócrates decide someter a análisis su pretendido saber.
346ª-347ª:Sobre la base de las premisas anteriores, Sócrates establece las siguientes ideas. Las artes se diferencian unas de otras por su distinta eficacia. Así, por ejemplo, la eficacia de la medicina es procurar la salud, mientras que la eficacia del pilotaje es procurar la seguridad al navegante. En definitiva parece que cada arte obtiene su provecho no a partir de sí mismo sino de algo externo al mismo arte. Por lo tanto, habría que concluir que ningún arte ni gobierno dispone de lo provechoso para sí mismo sino para otro (salud, navegantes,gobernados) y procurando siempre el bien de los otros. {Ver texto9a}
Presentación


















































































































































TEXTO 9a
Libro I República
(345ª-347ª)

Por mi parte, he de decirte que no reconozco ni creo que la injusticia sea más ventajosa que la justicia, ni aun cuando se le dé a aquélla rienda suelta y no se le impida hacer cuanto quiera. Dejemos, amigo, al injusto en su injusticia; démosle la facultad de atropellar sea por ocultación, sea por fuerza; que no por ello me persuadirá de que ha de sacar más provecho que con la justicia. Quizá algún otro de nosotros lo sienta así, no sólo yo; persuádenos, pues, bendito Trasímaco, de que no discurrimos rectamente teniendo a la justicia en más que a la injusticia.
-¿Y cómo te he de persuadir? ---dijo-. Si con lo que he dicho no has quedado persuadido, ¿qué voy a hacer contigo? ¿He de coger mi razonamiento y embutírtelo en el alma?
-No, por Zeus, no lo hagas -repliqué yo-; mas, ante todo, mantente firme en aquello que digas; y si lo cambias, cámbialo abiertamente y no nos induzcas a error. Bien ves, Trasírnaco --consideremos una vez más lo de antes-, que después de haber definido al verdadero médico no te creíste obligado a observar la misma precisión en lo que toca al verdadero pastor, sino que piensas que éste ceba sus ovejas en su calidad de pastor, no atendiendo a lo mejor para ellas, sino a manera de un glotón dispuesto al banquete, para su propio regalo o bien para venderlas como un negociante, no como tal pastor. Pero a la pastoría, de cierto, no interesa otra cosa que aquello para que está ordenada a fin de procurarle lo mejor, puesto que, por lo que a ella misma respecta, está bien dotada hasta la máxima excelencia, en tanto no le falte nada para ser verdadera pastoría. Y así, creo yo ahora que es necesario confesemos que todo gobierno, en cuanto gobierno, no considera el bien sino de aquello que es gobernado y atendido por él, lo mismo en el gobierno público que en el privado. Mas tú, por tu parte, ¿piensas que los gobernantes de las ciudades -me refiero a los verdaderos gobernantes- gobiernan por su voluntad?
-No lo pienso, por Zeus ---dijo él-, sino que lo sé.
- ¿Cómo, Trasímaco? - contestó yo-. ¿No te percatas de que, cuando se trata de los otros gobiernos, nadie quiere ejercerlos por su voluntad, sino que piden recompensa, entendiendo que ninguna ventaja les ha de venir a ellos de gobernar, sino más bien a los gobernados? Porque, dime, ¿no aseveramos constantemente que cada arte es distinta de las otras en cuanto tiene distinta eficacia? Y no contestes, bendito mío, contra tu opinión, para que podamos adelantar algo.
-En eso es distinto.
-¿Y no nos procura cada una un provecho especial, no ya común con las otras, como la medicina procura la salud, el pilotaje la seguridad al navegar, y así las demás?
-Bien de cierto.
-Y así, ¿el arte de granjear nos procura granjería? Porque, en efecto, ésa es su eficacia; ¿o designas tú con el mismo nombre a la medicina y al pilotaje? O si de cierto quieres definir con precisión, como propusiste, en caso de que un piloto se ponga bueno por convenirle navegar por el mar, ¿vas a llamar en razón de ello medicina a su arte?
-No, por cierto --dijo.
-Ni tampoco al granjeo, creo yo, porque alguien se cure recibiendo granjería.
-Tampoco.
-¿Y qué? ¿La medicina será granjeo porque uno, curando, haga granjería?
Nególo.
-¿Y así confesamos que cada arte tiene su propio provecho?
-Sea así ---dijo,
-De modo que aquel provecho que obtienen en general todos los profesionales de ellas, está claro que lo sacan de algo adicional idéntico en todas las artes.

-Tal parece -repuso.
-Diremos, pues, que los profesionales que obtienen granjería, la obtienen por servirse en añadidura del arte  del granjeo.
Aunque a duras penas, lo reconoció así.
-Ese provecho, pues, de la granjería no lo recibe cada uno de su propia arte, sino que, consideradas las cosas con todo rigor, la medicina produce salud y el granjeo, granjería; la edificación, casas, y el granjeo que acompaña a ésta, granjería; y así en todas las demás artes hace cada una su trabajo y obtiene el provecho para que está ordenada. Y si no se añade la ganancia, ¿sacará algo el profesional de su arte?
-No parece ---dijo.
-¿No aprovecha, pues, nada cuando trabaja gratuitamente?
-Sí aprovecha, creo.
-Así, pues, Trasímaco, resulta evidente que ningún arte ni gobierno dispone lo provechoso para sí mismo, sino que, como veníamos diciendo, lo dispone y ordena para el gobernado, mirando al bien de éste, que es el más débil, no al del más fuerte.

Comentario9
Presentación


















































































































































Libro I República
Comentario 10
Dudas de Glaucón y rubor de Trasímaco
(347a-351a)

347ª-348ª: Si lo anterior es cierto, afirma Sócrates, entonces tambien el arte de gobernar persigue antes el bien de algo ajeno a sí mismo que de sí mismo. Ello explicaría que nadie quiere gobernar de su agrado. Por ello deberia darse recompensa a los que se disponen a gobernar y castigo a los que no gobiernan. Es ahora cuando interviene Glaucón para mostrar extrañeza ante estas palabras de Sócrates acerca de la recompesa para los que gobiernan y castigo para los que no lo hacen. Sócrates justifica sus palabras afirmando que con ello quiso decir lo siguiente: los hombres buenos nunca querrían gobernar ni por dinero ni por honores. Precisan pues de un castigo que los obligue a gobernar. El castigo mayor consiste en verse gobernados por gentes perversas e inferiores a ellos. Pues bien, es por temor a este castigo por lo que deciden participar en el gobierno. En este sentido son merecedores de una recompensa. A continuación señala que aunque no está de acuerdo con el principio de Trasímaco acerca de que lo justo es lo conveniente para el más fuerte (tambien analiza esta cuestión con Calicles en el Gorgias) le parece más importante analizar ahora la cuestión siguiente: ¿es la vida del injusto preferible a la del justo? Glaucón responde que la del justo. Eso es lo que Sócrates intentará, a continuación, en demostrar que es verdad. {Ver texto10a}
348ª-349ª:Para intentar aclarar si es cierto lo que piensa Glaucón acerca de que la vida del justo es mejor que la del injusto, Sócrates interroga de nuevo a Trasímaco (que piensa lo contrario a Glaucón). En este contexto, Trasímaco afirma que la injusticia es más ventajosa que la justicia. Además señala que la justicia es una especie de generosa inocencia (simplicidad, tontería) mientras que la injusticia es discrección y sinónimo de cualidad buena en un auténtico dirigente. Por ello, señala Trasímaco, los mas inteligentes y los buenos son aquellos capaces de realizar la injusticia completa, consiguiendo someter a su poder ciudades y pueblos. En principio, Sócrates muestra su perplejidad ante tal posición y reconoce que le ha dejado en suspenso el que alguien pueda situar a la injusticia como parte de la virtud y la sabiduría; y a la justicia, entre los contrarios de éstas. Porque debe notarse que Trasímaco no afirma que aunque la injusticia es ventajosa es tambien, a su vez, algo indecoroso y vicioso (tesis de Polo en Gorgias) sino que ahora defiende que la injusticia es cosa hermosa y fuerte asi como digna de ser clasificada como virtud y discrección.
349ª-350ª:A pesar de su perplejidad ante la posición de Trasímaco, Sócrates afirma que no va a renunciar a seguir el examen de su posición. Señala tambien que parece ciertamente que Trasímaco no está de broma,sino exponiendo su verdadera opinión. Éste le responde que se deje de analizar intenciones y que le refute su aserto. El análisis que ahora se inicia podría resumirse de la forma siguiente:
A)Despues de un breve interrogatorio Sócrates y Trasímaco se ponen de acuerdo en lo siguiente: el justo (como generoso inocente que es) no tratará de sacar ventaja de su semejante sino de su desemejante; por su parte, el injusto tratará de sacar ventaja tanto del semejante como del desemejante.
B)Además sigue estando presente la premisa aceptada por Trasímaco acerca de que el injusto se parece al inteligente y al bueno mientras que el justo ni una cosa ni otra. En este contexto: cada uno es tal como a los que se les parece.
C)Sobre estas premisas ámbos se ponen de acuerdo tambien en que existen elementos contrarios como pueden ser los seres inteligentes y los seres ignorantes, los músicos y los ignorantes en música. A su vez, Trasímaco acepta identificar tambien a los inteligentes en un oficio con lo buenos y a los ignorantes en el mismo como malos. Además, tambien se establece que cuando cada ser inteligente y bueno ejerce su oficio tiene ventaja no sobre su semejante sino sobre el que no domina el oficio. Así, por ejemplo, el músico cuando ejerce su oficio a quien realmente saca ventaja es al no-músico, es decir, a su desemejante. Lo mismo sucede con el médico que al ejercer la medicina no se pone por encima de la práctica médica sino del que no es médico.
350ª-351ª:En definitiva, parece que de todo lo dicho anteriormente habría que deducir lo siguiente: el inteligente en su materia (bueno) parece que busca sacar ventaja no de su semejante sino de su desemejante. Por su parte, el ignorante (malo) desearía sacar ventaja a todos, es decir, al entendido como a otro ignorante. Ello implica que el malo o ignorante intentaría sacar ventaja tanto a su semejante y a su contrario. Pero si ello es así, Sócrates le recuerda a Trasímaco lo que ha dicho anteriormente: el injusto quiere aventajar al semejante y al desemejante. El justo no quiere aventajar al semejante sino unicamente al semejante. Por consiguiente, parece que el justo se parece al bueno y el injusto al malo e ignorante. Pero no podemos olvidarnos que Trasimaco tambien ha admitido que cada uno es como aquel a quien se parece. Por lo tanto, según este último análisis, el justo se nos revela como bueno; y el injusto como ignorante y malo.
Trasímaco no tiene más remedio que reconocer todo esto pero no con facilidad sino experimentándolo de muy mala gana y sudando a chorros pues era verano. Incluso se produce en él algo inhabitual: se pone rojo ante todos los presentes. Sócrates intentando sacar hierro al asunto le resta importancia afirmando que es mejor dejar esto y analizar otra cuestión planteada tambien por Trasímaco acerca de que el injusto es el más fuerte y poderoso. Pero Trasímaco ya no está para seguir con lo que considera un interrogatorio y le dice que a partir de ahora le responderá como a las viejas que cuentan cuentos aprobando o desaprobando con la cabeza. Sócrates se muestra conforme con ello siempre y cuando exprese su verdadera opinión. {Ver texto10b}
Presentación


















































































































































TEXTO 10a
Libro I República
(347ª-348ª)

Y por esto, querido Trasímaco, decía yo hace un momento que nadie quiere gobernar de su grado ni tratar y enderezar los males ajenos, sino que todos piden recompensa; porque el que ha de servirse rectamente de su arte no hace ni ordena nunca, al ordenar conforme a ella, lo mejor para sí mismo, sino para el gobernado; por lo cual, según parece, debe darse recompensa a los que se disponen a gobernar: sea dinero, sea honra, sea castigo al que no gobierna.
-¿Cómo se entiende, oh, Sócrates? -dijo Glaucón. Reconozco lo de las dos recompensas, pero lo de ese castigo de que hablas y del que has hecho también mención como un modo de recompensa no lo comprendo.
-¿No te das cuenta acaso -dije- del premio propio de los mejores, por el que gobiernan los hombres de provecho cuando se prestan a gobernar? ¿O ignoras que la ambición y la codicia son tenidas por vergonzosas y lo son en realidad?
-Lo sé ---dijo.
-Por esto -repuse yo- los buenos no quieren gobernar ni por dinero ni por honores; ni, granjeando abiertamente una recompensa por causa de su cargo, quieren tener nombre de asalariados, ni el de ladrones tomándosela ellos subrepticiamente del gobierno mismo. Los honores no los mueven tampoco, porque no son ambiciosos. Precisan, pues, de necesidad y castigo si han de prestarse a gobernar; y ésta es tal vez la razón de ser tenido como indecoroso el procurarse gobierno sin ser forzado a ello. El castigo mayor es ser gobernado por otro más perverso cuando no quiera él gobernar: y es por temor a este castigo por lo que se me figura a mí que gobiernan, cuando gobiernan, los hombres de bien; y aun entonces van al gobierno no como quien va a algo ventajoso, ni pensando que lo van a pasar bien en él, sino como el que, va a cosa necesaria y en la convicción de que no tienen otros hombres mejores ni iguales a ellos a quienes confiarlo. Porque si hubiera una ciudad formada toda ella por hombres de bien -, habría probablemente lucha por no gobernar, como ahora la hay por gobernar -, y entonces se haría claro que el verdadero gobernante no está en realidad para atender a su propio bien, sino al del gobernado; de modo que todo hombre inteligente elegiría antes recibir favor de otro que darse quehacer por hacerlo él a los demás. Yo de ningún modo concedo a Trasímaco eso de que lo justo es lo conveniente para el más fuerte. Pero este asunto lo volveremos a examinar en otra ocasión, pues me parece de  mucho más bulto eso otro que dice ahora Trasímaco al afirmar que la vida del injusto es preferible a la del justo. Tú, pues, Glaucón --dije-, ¿por cuál de las dos cosas te decides? ¿Cuál de los dos asertos te parece más verdadero?
-Es más provechosa, creo yo, la vida del justo.
-¿Oíste -pregunté yo- todos los bienes que Trasímaco relataba hace un momento del injusto?
-Los oí --contestó-, pero no he quedado persuadido.
-¿Quieres, pues, que, si hallamos modo de hacerlo, le convenzamos de que no dice verdad?
-¿Cómo no he de querer? -replicó.
-Bien está --dije yo-, pero si ahora, esforzándonos en refutarle, pusiéramos razón contra razón, enumerando las ventajas de ser justo, y él nos replicara en la misma forma y nosotros a él, habría necesidad de contar y medir los bienes que cada uno fuéramos predicando en cada parte y precisaríamos de unos jueces que decidieran el asunto; mas, si hacemos el examen, como hasta aquí, por medio de mutuas confesiones, seremos todos nosotros a un mismo tiempo jueces y oradores.
-Bien de cierto --dijo.
-¿Cuál, pues, de los dos procedimientos te agrada? --dije yo.
-El segundo --contestó.

Comentario10
Presentación


















































































































































TEXTO 10b
Libro I República
(348ª-351ª)

-Vamos, pues, Trasímaco --dije yo----; volvamos a empezar y contéstame: ¿dices que la injusticia perfecta es más ventajosa que la perfecta justicia?
-Lo afirmo de plano ---contestó.- y dichas quedan las razones.
-Y dime: ¿cómo lo entiendes? ¿Llamas a una de esas dos cosas virtud y vicio a la otra?
-¿Cómo no?
-Así, pues, ¿llamas virtud a la justicia y vicio a la injusticia?
-¡Buena consecuencia, querido ---exclamó--, cuando digo que la injusticia da provecho y la justicia no!
-¿Qué dices, pues?
-Todo lo contrario -repuso.
-¿Que la justicia es vicio?
-No, sino una generosa inocencia.
-¿Y maldad, por tanto, la injusticia?
-No, sino discreción -replicó.
-¿De modo, Trasímaco, que los injustos te parecen inteligentes y buenos?
-Por lo menos ---dijo-, los que son capaces de realizar la injusticia completa, consiguiendo someter a su poder ciudades y pueblos; tú piensas acaso que hablo de los rateros de bolsas. Esto también aprovecha -siguió-- si pasa inadvertido; pero no es digno de consideración, sino sólo aquello otro de lo que ahora hablaba.
-En verdad --dije-, no ignoro lo que quieres decir. Pero me ha dejado suspenso que pongas la injusticia como parte de la virtud y la sabiduría; y la justicia, entre los contrarios de éstas.
-Así las pongo en un todo.
-Eso es aún más duro amigo ---dije yo-, y no es fácil hacerle objeción; porque si hubieras afirmado que la injusticia es ventajosa, pero confesaras que es vicio y desdoro, como reconocen otros, podríamos replicar algo, siguiendo la doctrina común, pero ahora queda
 claro que has de decir que la injusticia es cosa hermosa y fuerte y que has de asignarle por añadidura todo aquello que nosotros asignarnos a la injusticia, puesto que te has atrevido a clasificarla como virtud y discreción.
-Adivinas sin el menor error, dijo él.
-Pero no por eso -repuse yo -he de retraerme de seguir el examen en la discusión, mientras presumes que tú dices lo que realmente piensas. Porque en efecto, Trasímaco, me parece ciertamente que no hablas en
  broma, sino que estás exponiendo tu verdadera opinión sobre el asunto.
-¿Qué te importa -replicó_ que sea así o no? Refuta mi aserto.
-Nada me importa --dije yo.-; Pero trata de responder también a esto: ¿te parece que el varón justo quiere sacar ventaja en algo al varón injusto?
-De ninguna manera ---dijo-; porque, de lo contrario, no sería tan divertido e inocente como es.
-¿Y qué? ¿No querrá tampoco rebasar la acción justa?
-Tampoco -replicó.
-¿Le parecería bien en cambio, sacar ventaja al injusto y creería que ello es justo o no lo creería?
-Lo creería justo y le parecería bien -repuso-; pero no podría conseguirlo.
-No te pregunto tanto --observé yo--, sino si el justo, ya que no al justo, creería conveniente y querría sacar ventaja al injusto.

-Así es --dijo.
-¿Y qué diremos del injusto? ¿Acaso le parecería bien rebasar al justo y la acción justa?
-¿Cómo no -dijo-, siendo así que cree conveniente sacar ventaja a todos?
-¿Así, pues, el injusto tratará de rebasar al hombre justo y la acción justa y porfiará por salir más aventa- jado que nadie?
-Esto es.
-Sentemos, pues, esto ---dije-: el justo no tratará de sacar ventaja a su semejante, sino a su desemejante; y el injusto, en cambio, al semejante y al desemejante.
-Perfectamente dicho -asintió él.
-¿Y no es el injusto -pregunté-- inteligente y bueno, y el justo ni una cosa ni otra?
-Bien dicho también ---contestó.
-¿Así, pues -repuse-, el injusto se parece al inteligente y al bueno y el justo no?
-¿Claro está. ¿Cada uno, pues, es tal como aquellos a que se parece?
-¿Qué otra cosa cabe? ---dijo.
-Bien, Trasímaco; ¿hay alguien a quien tú llamas músico y alguien a quien niegas esta calidad?
-Sí.
-¿Y a cuál de ellos llamas inteligente y a cuál no?
-Al músico, de cierto, inteligente, y al que no es músico no inteligente.
-¿Y al uno también bueno en aquello en que es inteligente y al otro malo en aquello en que no lo es?
-Cierto.
-Y respecto del médico, ¿no dirías lo mismo?
-Lo mismo.
-¿Y te parece a ti, varón óptimo, que el músico, cuando afina la lira, quiere rebasar al músico en tender o aflojar las cuerdas o pretende sacarle ventaja?
-No me parece,
-¿Y al no músico?
-A ése por fuerza -replicó.
-¿Y el médico? Al administrar alimento o bebida, ¿quiere ponerse por encima del médico o de la práctica  médica?
-No, por cierto.
-¿Y del que no es médico?
-Sí.
-Mira, pues, si en cualquier orden de conocimiento o ignorancia te parece que el que es entendido quiere sacar ventaja en hechos o palabras a otro entendido o sólo alcanzar lo mismo que su semejante en la misma actuación.
-Quizá --dijo- tenga eso que ser así.
-¿Y el ignorante? ¿No desearía sacar ventaja lo mismo al entendido que al ignorante?
-Tal vez.
-¿Y el entendido es discreto?
-Sí.
-¿Y el discreto, bueno?
-Sí.
-Así, pues, el bueno y discreto no querrá sacar ventaja a su semejante, sino sólo a su desemejante y contrario.
-Eso parece ---dijo.
-Y en cambio, el malo e ignorante, a su semejante y a su contrario.
-Tal se ve.
-Y el injusto, ¡oh Trasímaco! -dije yo-, ¿no nos saldrá queriendo aventajar a su desemejante y a su semejante? ¿No era eso lo que decías?
-Sí -contestó.
-¿El justo, en cambio, no querrá aventajar a su semejante, sino sólo a su desemejante?
-Sí.
-El justo, pues, se parece al discreto y bueno ---dije-, y el injusto al malo e ignorante.
-Puede ser.
-Por otra parte, hemos reconocido que cada uno es tal como aquel a quien se parece.
-En efecto, lo hemos reconocido.
-Así, pues, el justo se nos revela como bueno y discreto; y el injusto, como ignorante y malo.
Y Trasímaco reconoció todo esto, pero no con la facilidad con que yo lo cuento, sino arrastrado y a duras penas, sudando a chorros, pues era verano. Y entonces vi lo que nunca había visto: cómo Trasímaco se ponía rojo. Pero cuando llegamos a la conclusión de que la justicia es virtud y discrección y la injusticia maldad e ignorancia, dije:
-Bien, dejemos eso sentado. Decíamos también que la injusticia era fuerte; ¿no te acuerdas, Trasímaco?
-Me acuerdo ---contestó.-, pero no estoy conforme tampoco con lo que ahora vas diciendo y tengo que hablar sobre ello; mas si hablara, bien sé que me ibas a salir con que estaba discurseando. Así, pues, déjame decir cuanto quiera o ve preguntando, si quieres preguntar. Yo te responderé «¡Sí!», como a las viejas que cuentan cuentos y aprobaré o desaprobaré con la cabeza.
-Pero de ningún modo -dije yo-- contra tu propia opinión.
-Como a ti te agrade -dijo-, puesto que no me dejas hablar. ¿Qué más quieres?
-Nada, por Zeus, -dije-; si has de hacerlo así, hazlo: yo preguntaré.
-Pregunda, pues.
Comentario10
Presentación


















































































































































Libro I República
Comentario 11
Justicia en relación con la injusticia
(351a-352a)

351ª-352ª: Sócrates, despues de aceptar la posición de Trasímaco, le plantea lo siguiente:¿qué es la justicia en relación con la injusticia? Sobre la base de lo establecido anteriormente Sócrates se responde a sí mismo: la  justicia es virtud y discrección y , por tanto, más fuerte que la injusticia, la cual se nos muestra con gran parecido a la ignorancia y al mal. Aunque Trasímaco prometió actuar a partir de ahora por medio de señas decide hablar para mostrar su desacuerdo con esta tesis socrática (pero que no refuta): las ciudades más excelentes, afirma,son las que logran mediante la fuerza esclavizar con su poder a las más débiles. Sócrates continúa afirmando que, sobre la base de la verdad del razonamiento establecido, la injusticia se nos muestra como lo malo y lo responsable del odio y la sedición. Acaba diciendo que allí donde se introduce la injusticia (ciudad, amigos, alma) siempre trae consigo disensión y reyertas. {Ver texto11a}
Presentación