LIBRO V REPÚBLICA
COMENTARIO1
(449b-451c)

449ª-451c
En los inicios del libro V, Sócrates y sus interlocutores siguen analizando el tema de la injusticia tal como había sido tratado a finales del libro IV. Allí, como hemos visto, Sócrates había hecho referencia a una forma justa de gobierno (reino-aristocracia) y, de ello, deduce ahora que deberían ser malas y viciosas los otros tipos de organización política o de disposición de caracteres de las almas individuales. Cuando se disponía a enumerar esas formas de gobierno injusto, Polemarco se dirije hacia Adimanto y, cogiéndolo de la parte superior del manto, le sugiere al oido que posiblemente fuera mejor levantar la sesión. Adimanto responde con un no rotundo y ruega a Sócrates que continúe con la reunión aunque, en vez de continuar con el análisis de la esencia de injusticia y los modos injustos de gobierno a nivel colectivo e individual, plantea tratar antes un tema que, aunque Sócrates ha citado anteriormente, habría sido tratado de un modo muy ligero y superficial. El tema es aquel que hace referencia a las mujeres y a los hijos de los guardianes en tanto en cuanto deberían de ser comunes. Y es, señala Adimanto, todos los presentes necesitan algún tipo de aclaración que nos muestre en que consiste tal comunidad pues hace ya tiempo que venimos esperando y pensando que ibas a decir algo sobre cómo será la procreación de descendientes, la educación de éstos una vez nacidos y, en una palabra, esa comunidad de mujeres e hijos. Todos los presentes – incluido el mismo Trasímaco - se muestran partidarios en seguir con la discusión.
Sócrates protesta amablemente ante tal propuesta señalando que echan de nuevo sobre sus espaldas una discusión sobre la ciudad que ya parecía superada. Afirma que ya estaba contento por haber salido de ese punto; y ahora quieren volver a él sin saber qué enjambre de cuestiones se pueden levantar con ello. Glaucón le ruega que en modo alguno desista de decir lo que le parezca sobre las preguntas que puedan hacerle. Le pide que explique qué clase de comunidad se establecerá entre nuestros guardianes, por lo que toca a las mujeres y a los hijos, y cómo se criará a éstos mientras sean aún pequeños, en el período intermedio entre el nacimiento y el comienzo de la educación, durante el cual parece ser más penosa que nunca su crianza. Sócrates responde que no es tan fácil analizar todo lo que Adimanto plantea y que le da reparo tocas esas cosas ya que puede parecer que solicita con ello aspiraciones quiméricas. Adimanto lo anima de nuevo a que siga. Sócrates replica que con las muestras de animo lo que logra es todo lo contrario. Y es que si tuviera fe en la certeza de lo que va a decir, entonces bien le vendrían las muestras de animo. Ahora bien, al tener que disertar sobre algo acerca de lo cual se duda e investiga, no valen para nada las muestras de animo ya que puede arrastar a equivocarse no solamente a él sino tambien a sus amigos y discípulos. Suplica a Adrastea (diosa encargada de castigar las palabras demasidado orgullosas o audaces) que le perdone por lo que va a decir. Adimanto, echàndose a reir, le dice que si algún daño les llegan causar a los oyentes sus palabras, desde ahora lo absuelven.
{Ver Texto1a}

Presentación


























TEXTO1A
(449b-451c)

-Tal es, pues, la clase de ciudad y de constitución que yo califico de buena y recta y tal la clase de hombre; ahora bien, si éste es bueno, serán malos y viciosos los demás tipos de organización política o de disposición del carácter de las almas individuales, pudiendo esta su maldad revestir cuatro formas distintas.
-¿Cuáles son esas formas? -preguntó.
Y yo iba a enumerarlas una por una, según el orden en que me parecían nacer unas de otras, cuando Polemarco, que estaba sentado algo lejos de Adiminto, extendió el brazo, y cogiéndole de la parte superior del manto, por junto al hombro, lo atrajo a sí e, inclinado hacia él, le dijo al oído unas palabras de las que no pudimos entender más que lo siguiente: -¿Lo dejamos entonces o qué hacemos?
-De ningún modo -respondió Adimanto hablando ya en voz alta.
Entonces yo: -¿Qué es eso -pregunté- que no vais a dejar vosotros?
-A ti -contestó.
-Pero ¿por qué razón? -pregunté.
-Nos parece ---contestó-- que flaqueas e intentas sustraer y no tratar todo un aspecto y no el menos importante, de la cuestión: crees, por lo visto, que no advertimos cuán a la ligera lo has tocado, diciendo, en lo relativo a mujeres e hijos, que nadie ignora cómo las cosas de los amigos han de ser comunes.
-¿Y no estoy en lo cierto, Adimanto? ---dije.
-Sí -respondió-- Pero esa certidumbre necesita también, como lo demás, de alguna aclaración que nos muestre en qué consiste tal comunidad. Pues ésta puede ser de muchas maneras. No pases por alto, pues, aquella a la cual tú te refieres; porque, en lo que a nosotros respecta, hace ya tiempo que venimos esperando y pensando que ibas a decir algo sobre cómo será la procreación de descendientes, la educación de éstos una vez nacidos y, en una palabra, esa comunidad de mujeres e hijos que dices. Consideramos, en efecto, que es grande, mejor dicho, capital la importancia de que en una sociedad vaya esto bien o mal. Por eso, viendo que pasas a otro tipo de constitución sin haber definido suficientemente este punto, hemos decidido, como acabas de oír, no dejarte mientras no hayas tratado todo esto del mismo modo que lo demás.
-Pues bien --dijo Glaucón-, consideradme también a mí como votante de ese acuerdo.
-No lo dudes ---dijo Trasímaco-; ten entendido, Sócrates, que esta nuestra decisión es unánime.
-¡Qué acción la vuestra --exclamé- al echaros de ese modo sobre mí! ¡Qué discusión volvéis a promover, como en un principio, acerca de la ciudad! Yo estaba tan contento por haber salido ya de este punto y me alegraba de que lo hubieseis dejado pasar aceptando mis palabras de entonces; y ahora queréis volver a él sin saber qué enjambre de cuestiones levantáis con ello.
Yo sí que lo preveía y por eso lo di de lado entonces, para que no nos diera tanto quehacer.
-¿Pues qué? ---dijo Trasímaco-. ¿Crees que éstos han venido aquí a fundir oro o a escuchar una discusión.
-Sí -asentí-, una discusión mesurada.
-Pero para las personas sensatas --dijo Glaucón-, no hay, Sócrates, otra medida que limite la audición de tales debates sino la vida entera. No te preocupes, pues, por nosotros; y en cuanto a ti, en modo alguno desistas de decir lo que te parece sobre las preguntas que te hacemos: explica qué clase de comunidad se establecerá entre nuestros guardianes, por lo que toca a sus mujeres e hijos, y cómo se criará a éstos mientras sean aún pequeños, en el período intermedio entre el nacimiento y el comienzo de la educación, durante el cual parece ser más penosa que nunca su crianza. Intenta, pues, mostramos de qué manera es preciso que ésta se desarrolle.
-No es tan fácil, bendito Glaucón ---dije-, el exponerlo, pues ha de provocar muchas más dudas todavía que lo discutido antes. Porque o no se considerará tal vez realizable lo expuesto, o bien, aun admitiéndolo como perfectamente, viable, se dudará de su bondad. Por lo cual me da cierto reparo tocar estas cosas, no sea, mi querido amigo, que parezca cuanto digo una aspiración quimérica.
-Nada temas -dijo-. Pues no son ignorantes, incrédulos ni malévolos quienes te van a escuchar.
Entonces pregunté yo: -¿Acaso hablas así, mi buen amigo, porque quieres animarme?
-Sí por cierto -asintió.
-Pues bien -repliqué--, consigues todo lo contrario. Porque, si tuviera yo fe en la certeza de lo que digo, estarían bien tus palabras de estímulo. Pues puede sentirse seguro y confiado quien habla, conociendo la verdad acerca de los temas más grandes y queridos, ante un auditorio amistoso e inteligente; ahora bien, quien diserta sobre algo acerca de lo cual duda e investiga todavía, ése se halla en posición peligrosa y resbaladiza, como lo es ahora la mía, no porque recele a provocar vuestras risas --eso sería ciertamente pueril-, sino porque temo que, no acertando con la verdad, no sólo venga yo a dar en tierra, sino arrastre tras de mí a mis amigos y eso en las cuestiones en que más cuidadosamente hay que evitar un mal paso. Y suplico a Adrastea, ¡oh, Glaucón!, que me perdone por lo que voy a decir: considero menos grave matar invóluntariamente a una persona que engañaría en lo relativo a la nobleza, bondad y justicia de las instituciones. Si ha de exponerse uno a este peligro, es mejor hacerlo entre enemigos que entre amigos; de modo que no haces bien en animarme. 
Entonces se echó a reír Glaucón y dijo: -Pues bien, Sócrates, si algún daño nos causan tus palabras, desde ahora te absolvemos, como en caso de homicidio, y te declaramos limpio de engaño con respecto a nosotros. Habla, pues, sin miedo.
-Realmente --dije , el absuelto queda en casos tales limpio según la ley. Es natural, por tanto, que ocurra aquí lo mismo que allí.
-Buena razón -dijo- para que hables.

Comentario1
Presentación




























LIBRO V REPÚBLICA
COMENTARIO2
(451c-457d)

451c-457d
Sócrates acepta la petición de Adimanto y afirma que para contestar a sus planteamientos es necesario volver a atrás para decir lo que tal vez debían haber dicho antes, aunque, despues de todo, quizá no resulte improcedente que, una vez terminada por completo la representación masculina, comience con la parte femenina.
El estudio del papel de la mujer en la ciudad justa e ideal lo realiza Sócrates del modo siguiente: comienza pidiendo a sus oyentes que recuerden lo dicho anteriormente sobre la educación de los guardianes y afirma que éstos había quedado configurados en algo así como los guardianes de un rebaño. Propone partir de esta misma base para el estudio de las mujeres. En este contexto les plantea si las hembras de los perros guardianes deberían vigilar igual que los machos y hacer todas las cosas en común, o, por el contrario, quedarse en sus casas incapacitadas por los partos y las crianzas de los cachorros, mientras los otros tienen cuidado de los rebaños. Se ponen de acuerdo, en principio, que todos (hombres y mujeres) deberían hacer las cosas en común con la única diferencia que las hembras son más débiles y los machos más fuertes. Se ponen de acuerdo tambien en que las mujeres deberían recibir la misma crianza y la misma educación de los hombres ya que ambos deberían participar en las mismas tareas. En este contexto, Sócrates recuerda el tipo de educación dada a los hombres guardianes y basada en la música y en la gimnasia, para señalar que las mujeres deberían recibir del mismo modo tal educación y tambien participar en las guerras. Critica aquellas opiniones reaccionarias que afirman que ver a las mujeres desnudas en el gimnasio podría resultar algo insólito y ridículo, recordando a tales críticos que tambien les había parecido a muchos ser motivo de chanzas el que los antiguos cretenses y, más tarde, los lacedemonios, decidieran dejarse ver desnudos con motivo de los ejercicios gimnásticos. Y es que la experencia demostró que era mejor desnudarse, para realizar con perfección los ejercicios, que cubrirse; con lo que lo ridículo que veían los ojos se disipó ante lo que la razón designaba como más conveniente.
{Ver texto1b}
A continuación Sócrates plantea analizar otra cuestión importante relacionada con el sexo femenino: ¿son las hembras humanas capaces por naturaleza de compartir todas las tareas del sexo masculino; o ni una sola de ellas, o unas si y otra no? En principio, y a la luz de lo establecido anteriormente en relación con la justicia y la educación de los guardianes, la respuesta parece que tiene ser negativa. Y es que cuando se empezó a fundar la ciudad se había establecido como norma esencial el que cada cual ejerciera, como suyo propio, un solo oficio, es decir, el que su naturaleza le dictara. Y lo que parece evidente, continúa argumentando Sócrates, es que no puede negarse que la naturaleza de la mujer difiere enormemente de la del hombre. Por todo ello, tambien deberían ser distintas las labores conformes a naturaleza de cada sexo. Pues bien, si ahora se establece que los hombres y las mujeres podrían realizar las mismas funciones, entonces se estaría cayendo en una gran contradicción pues nos encontraríamos con que naturalezas sumamente dispares están realizando funciones semejantes. Para hacer frente a este dilema Sócrates trae a colación lo dicho al principio acerca de las dificultades en las que se metía al aceptar entrar en la investigación del tema presente sobre la educación de las mujeres y de sus hijos. De todos modos, afirma no estar dispuesto a echarse a atrás ya que una persona no se echa menos a nadar si ha caido en una pequeña piscina que si ha caido en el centro del más grande piélago. Partiendo, por tanto, de este tipo de decisión, Sócrates, comienza resumiendo el estado de la cuestión: por un lado, se ha convenido en que cada naturaleza debería dedicarse a un trabajo distinto, asi como en que los hombres y las mujeres son diferentes. Por otro lado, sin embargo, ahora decimos tambien que estas naturalezas distintas han de tener las mismas ocupaciones. Pues bien, Sócrates hace frente a esta aparente contradicción aclarando primeramente como entender lo que es idéntico o diverso por naturaleza, pues podría ser que hombres y mujeres no sean diferentes por naturaleza sino iguales. En este contexto se pregunta si los calvos y los peludos, que son evidentemente diferentes, serían iguales o diferentes por naturaleza. Si llegaramos a establecer que son diferentes por naturaleza, entonces deberíamos tambien prohibir que si los calvos son zapateros, pudieran serlo tambien los peludos; y si lo son los peludos, que lo sean los otros. Es por tanto, necesario establecer una clara interpretación entre aquello que es diferente por su ocupación y lo que es diferente por naturaleza. Es decir, por ejemplo, podemos encontrarnos con dos sujetos uno de ellos dotado para la mediciona y otro para la carpintería. Ahora bien, ello no quiere decir que un médico y un carpintero tengan distintas naturalezas, sino diferentes oficios para los que están capacitados por la misma naturaleza. No está mejor dotado por naturaleza un peludo para ser médico o un calvo para ser carpintero. No por ser calvos están dotados por naturaleza para ser médicos o por ser peludos para ser carpinteros. Eso es algo accesorio y tal diferencia no los hace distintos en su naturaleza. Lo que los hace distintos es la aplicación concreta de sus disposiciones naturales para realizar el mejor oficio para el que están dotados. Por consiguiente, si los sexos de los hombres y de las mujeres se nos muestran sobresalientes en relación con su aptitud para algún arte u otra ocupación, debe reconocerse que es necesario asignar a cada cual las suyas. Pero si aparece que solamente difieren en que las mujeres paren y los hombres engendran, en modo alguno admitiremos como cosa demostrada que la mujer difiera del hombre con relación a aquello que hablamos, sino que aceptaremos como algo necesario el que nuestros guardianes y sus mujeres se dediquen a las mismas ocupaciones.Y es que, según Sócrates, a efectos de organización cívica no existe ninguna ocupación que sea específica de la mujer o del hombre. De lo que se trata es de descubrir las mejores dotadas con respecto a algo relacionado con la ciudad. Es evidente que aquí nos encontraremos, del mismo modo que entre los hombres, con mujeres que son capaces de aprender las cosas más facilmente que otras; con mujeres en donde sus fuerzas corporales sirven eficazmente a su inteligencia, mientras que en otras pueden constituir un obstáculo; es decir, con mujeres mejor o peor dotadas para determinados artes u oficios. Según Sócrates, el hacer referencia, como elementos diferenciadores en la naturaleza del hombre y la mujer, a cosas tan banales como que las mujeres tejen o guisan mejor, o que cuidan mejor de sus hijos, son cuestiones que no vale la pena ni descutirlas. Por lo tanto, no existe en el regimiento de la ciudad ninguna ocupación que sea propia de la mujer como tal mujer ni del varón como tal varón, sino que las dotes naturales están diseminadas indistintamente entre unos y otros seres, de modo que la mujer tiene acceso por su naturaleza a todas las labores y el hombre tambien a todas; unicamente que la mujer es en todo más débil que el varón. Ello significa que existen mujeres (del mismo modo que los hombres) dotadas para la medicina y otras que no lo están; mujeres músicas y otras negadas por naturaleza para la música; o aptas para gimnástica y la guerra y otras no belicosas ni aficionadas a los gimnasios; del mismo modo, amantes y enemigas de la sabiduría así como fogosas y carentes de fogosidad. En definitiva, existe (del mismo modo que el hombre) la mujer apta para ser guardiana de la ciudad y la que no lo es. Ello implica que la mujer y el hombre tienen la mismas naturaleza en cuanto toca a la vigilancia de la ciudad, sólo que la de aquella es más débil y la de éste más fuerte.
{Ver Texto2b}
A partir de todo lo dicho,Sócrates, afirma que no sería contradictorio establecer que sean las mujeres mejor dotadas para guardar la ciudad las elegidas para cohabitar con los hombres de la misma clase y compartir la guarda con ellos, ya que son capaces de hacerlo y su naturaleza es afín a la de ellos. Además, se les encomadarían los mismos cometidos, recibirían la misma educación musical y gimnástica y ello sin ser algo quimérico o fantástico, como antes llegó a pensar, sino producto de una investigación racional que nos muestra que estas prescripciones están de acuerdo con la naturaleza. Pero Sócrates no se conforma con señalar que todo lo dicho es factible sino que tambien demuestra que es lo mejor. Para demostrarlo parte de la premisa de que existen hombres y mujeres que son mejores y peores para la realización de una determinada función. Ahora bien, el hecho de haber fundado y demostrado que es factible una ciudad ideal no lleva aparejado automaticamente que sus ciudadanos –sean guardianes o albañiles- que se haya hecho mejores a sus ciudadanos. Para ello, es necesaria una correcta educación. Ahora bien, hemos visto que los guardianes eran los mejores de todos los ciudadanos.Tambien se acaba de señalar que las mujeres mejor dotadas deben ser las encargadas de la guardia de la ciudad. Ahora bien, si ello es asi, nos encontramos con una ciudad en la que habitan mujeres y hombres dotados de toda excelencia posible gracias a la educación basada en la música en la gimnasia. Ello nos demuestra que no sólo es viable la institución que se ha establecido, sino que tambien es la mejor para la ciudad. Por todo ello, deberán desnudarse las mujeres de los guardianes –porque, en vez de vestidos se cubrirán con su virtud – y tomarán parte tanto en la guerra como en las demás tareas de vigilancia pública sin dedicarse a ninguna otra cosa; sólo que las más llevaderas de estas labores serán asignadas más bien a las mujeres que a los hombres a causa de la debilidad de su sexo. En cuanto a los hombres que se rían de las mujeres desnudas, esos recogen verde el fruto de la risa y no saben ni de que se ríen ni lo que hacen. Pues lo útil es hermoso y lo nocivo feo. Al llegar a este punto, Sócrates afirma haber superado la primera oleada relacionada con la posición legal de las mujeres y con el establecimiento de un principio que nos dice que todos los empleos han de ser ejercicidos en común por nuestros guardianes y guardianas. Pero, a continuación, señala que tal oleada es pequeña si la comparamos con la que viene a continuación y que es una deducción necesaria de todo lo establecido hasta ahora.
{Ver Texto3b}
Presentación







































TEXTO1B
(451c-453a)

-Es necesario, pues --comencé-, que volvamos ahora atrás para decir lo que tal vez debíamos haber dicho antes, en su lugar correspodíente; aunque, después de todo, quizá no resulte tampoco improcedente que, una vez terminada por completo la representación masculina, comience, sobre todo ya que tanto insistes la femenina.
-Para hombres configurados por naturaleza y educación como hemos descrito no hay, creo yo, otras rectas normas de posesión y trato de sus hijos y mujeres que el seguir por el camino en que los colocamos desde un principio. Ahora bien, en nuestra ficción emprendimos, según creo, el constituir a los hombres en algo así como guardianes de un rebaño.
-Sí.
-Pues bien, sigamos del mismo modo: démosles generación y crianza semejantes y examinemos si nos conviene o no.
-¿Cómo? -preguntó.
-Del modo siguiente. ¿Creemos que las hembras de los perros guardianes deben vigilar igual que los machos y cazar junto con ellos y hacer todo lo demás en común o han de quedarse en casa, incapacitadas por los partos y crianzas de los cachorros, mientras los otros trabajan y tienen todo el cuidado de los rebaños?
-Harán todo en común -dijo-; sólo que tratamos a las unas como a más débiles y a los otros como a más fuertes.
-¿Y es posible ---dije yo- emplear a un animal en las mismas tareas si no le das también la misma crianza y educación?
-No es posible.
-Por tanto, si empleamos a las mujeres en las mismas tareas que a los hombres, menester será darles también las mismas enseñanzas.
-Sí.
-Ahora bien, a aquéllos les fueron asignadas la música y la gimnástica.
-Sí.
-Por consiguiente, también a las mujeres habrá que introducirlas en ambas artes, e igualmente en lo relativo a la guerra; y será preciso tratarlas de la misma manera.
-Así resulta de lo que dices -replicó.
-Pero quizá mucho de lo que ahora se expone --dije- parecería ridículo, por insólito, si llegara a hacerse como decimos.
-Efectivamente --dijo.
-¿Y qué es lo más risible que ves en ello? -pregunté yo-. ¿No será, evidentemente, el espectáculo de las mujeres ejercitándose desnudas en las palestras junto con los hombres, y no sólo las jóvenes, sino también hasta las ancianas, como esos viejos que, aunque estén arrugados y su aspecto no sea agradable, gustan de hacer ejercicio en los gimnasios?
-¡Sí, por Zeus! --exclamó--. Parecería ridículo, al menos en nuestros tiempos.
-Pues bien ---dije--, una vez que nos hemos puesto a hablar, no debemos retroceder ante las chanzas de los graciosos por muchas y grandes cosas que digan, de semejante innovación aplicada a la gimnástica, a la música y no menos al manejo de las armas y la monta de caballos.
-Tienes razón --dijo.
 -Al contrario, ya que hemos comenzado a hablar, hay que marchar en derechura hacia lo más escarpado de nuestras normas, y rogar a ésos que, dejando su oficío, se pongan serios y recordarles que no hace mucho tiempo les parecía a los griegos vergonzoso y ridículo lo que ahora se lo parece a la mayoría de los bárbaros, el dejarse ver desnudos los hombres, y que, cuando comenzaron los cretenses a usar de los gimnasios y les siguieron los lacedemonios, los guasones de entonces tuvieron en todo esto materia para sus sátiras. ¿No crees?
-Sí por cierto.
-Pero cuando la experiencia, me imagino yo, les demostró que era mejor desnudarse que cubrir todas esas partes, entonces lo ridículo que veían los ojos se disipó ante lo que la razón designaba como más conveniente; y esto demostró que es necio quien considera risible otra cosa que el mal o quien se dedica a hacer reír contemplando otro cualquier espectáculo que no sea el de la estupidez y la maldad o el que, en cambio, propone a sus actividades serias otro objetivo distinto del bien.
-Absolutamente cierto --dijo.

Comentario2
Presentación







































TEXTO2B
(453a-456b)

-¿No será, pues, esto lo primero que habremos de decidir con respecto a tales cosas, si son factibles o no, y no concederemos controversia a quien, en broma o en serio, quiera discutir si las hembras humanas son capaces por naturaleza de compartir todas las tareas del sexo masculino o ni una sola de ellas, o si pueden realizar unas sí y otras no, y a cuál de estas dos clases pertenecen las ocupaciones militares citadas? ¿Acaso no es éste el mejor comienzo, partiendo del cual es natural que lleguemos al más feliz término?
-Desde luego ---dijo.
-¿Quieres, pues -pregunté-, que discutamos con nosotros mismos en nombre de esos otros para que la parte contraria no se halle sin defensores ante nuestro ataque?
-Nada hay que lo impida ---dijo.
-Digamos, pues, en su nombre: «Sócrates y Glaucón, ninguna falta hace que vengan otros a contradeciros. Pues fuisteis vosotros mismos quienes, cuando empezabais a establecer la ciudad que habéis fundado, convinisteis en la necesidad de que cada cual ejerciera, como suyo propio, un solo oficio, el que su naturaleza le dictara.»
-Lo reconocimos, creo yo; ¿cómo no?
-«¿Y puede negarse que la naturaleza de la mujer difiere enormemente de la del hombre?»
-¿Cómo negar que difiere?
 -«¿No serán, pues, también distintas las labores, conformes a la naturaleza de cada sexo, que se debe prescribir a uno y otro?»
-¿Cómo no?
-«Entonces, ¿no erráis ahora y caéis en contradicción con vosotros mismos al afirmar, en contrario, la necesidad de que hombres y mujeres hagan lo mismo, y eso teniendo naturalezas sumamente dispares?» ¿Tienes algo que oponer a esto, mi inteligente amigo?
-Así, de momento -respondió-, no es muy fácil.
Pero te suplicaré, te suplico ya mismo, que des también voz a nuestra argumentación cualquiera que ésta sea.
-He aquí, Glaucón ---dije-, una dificultad que,con otras muchas semejantes, preveía yo hace tiempo; de ahí mi temor y el no atreverme a tocar las normas sobre la manera de adquirir y tener mujeres e hijos.
-No, ¡por Zeus! -dijo-, no parece cosa fácil.
-No lo es -dije-. Pero ocurre que una persona no se echa menos a nadar si ha caído en el centro del más grande piélago que si en una pequeña piscina.
-En efecto.
-Pues bien, también nosotros tenemos que nadar e intentar salir con bien de la discusión esperando que tal vez nos recoja un delfín o sobrevenga cualquier otra salvación milagrosa.
-Así parece ---dijo,
-¡Ea, pues! -exclamé-. A ver si por alguna parte encontramos la salida. Convinimos, por lo visto, en que cada naturaleza debe dedicarse a un trabajo distinto y en que las de hombres y mujeres son diferentes; y, sin embargo, ahora decimos que estas naturalezas distintas han de tener las mismas ocupaciones. ¿Es eso lo que nos reprocháis?
-Exactamente.
- ¡Cuán grande es, oh, Glaucón ---dije-, el poder del arte de la contradicción!
-¿Por qué?
-Porque -seguí- me parecen ser muchos los que, aun contra su voluntad, van a dar en ella creyendo que lo que hacen no es contender, sino discutir; porque no son capaces de considerar las cuestiones estableciendo distinciones en ellas, sino que se atienen únicamente a las palabras en su búsqueda de argumentos contra lo expuesto, y así es pendencia, no discusión común la que entablan.
-En efecto --- dijo-, a muchos les ocurre así. Pero ¿es ello aplicable a nosotros en este momento?
-Completamente --dije-. En efecto, nos vemos en peligro de caer inconscientemente en la contradicción.
-¿Cómo?
-Porque nos atenemos sólo a las palabras para sostener denodadamente y por vía de disputa que las naturalezas que no son las mismas no deben dedicarse a las mismas ocupaciones y no consideramos en modo alguno de qué clase era y a qué afectaba la diversidad o identidad de naturalezas que definíamos al atribuir ocupaciones diferentes a naturalezas diferentes y las mismas ocupaciones a las mismas naturalezas.
-En efecto --dijo--, no lo tuvimos en cuenta.
-Pues bien --dije-, podemos, según parece, preguntarnos a nosotros mismos si los calvos y los peludos tienen la misma u opuesta naturaleza y, una vez que convengamos en que es opuesta, prohibir, si los calvos son zapateros, que lo sean los peludos, y si lo son los peludos, que lo sean los otros.
-Ridículo sería ciertamente ---dijo.
-¿Y será acaso ridículo por otra razón --- dije- sino porque entonces no considerábamos de manera absoluta la identidad y diversidad de naturalezas, sino que únicamente poníamos atención en aquella especie de diversidad y similitud que atañía a las ocupaciones en sí? Queríamos decir, por ejemplo, que un hombre y otro hombre de almas dotadas para la medicina tienen la misma naturaleza. ¿No crees?
-Sí por cierto.
-¿Y el médico y el carpintero tienen naturalezas distintas?
-En absoluto.
-Por consiguiente ---dije--, del mismo modo, si los sexos de los hombres y de las mujeres se nos muestran sobresalientes en relación con su aptitud para algún arte u otra ocupación, reconoceremos que es necesario asignar a cada cual las suyas. Pero si aparece que solamente difieren en que las mujeres paren y los hombres engendran, en modo alguno admitiremos como cosa e demostrada que la mujer difiera del hombre con relación a aquello de que hablábamos; antes bien, seguíremos pensando que es necesario que nuestros guardianes y sus mujeres se dediquen a las mismas ocupaciones.
-Y con razón --dijo.
-Pues bien, ¿no rogaremos después al contradictor que nos enseñe con relación a cuál de las artes o menesteres propios de la organización cívica no son iguales, sino diferentes las naturalezas de mujeres y hombres?
-Justo es hacerlo.
-Pues bien, quizá respondería algún otro, como tú decías hace poco, que no es fácil dar respuesta satisfactoria de improviso, pero no es nada difícil hacerlo después de alguna reflexión.
-Sí, lo diría.
-¿Quieres, pues, que a quien de tal modo nos contradiga le invitemos a seguir nuestro razonamiento por si acaso le demostramos que no existe ninguna ocupación relacionada con la administración de la ciudad que sea peculiar de la mujer?
-Desde luego.
«¡Ea, pues -le diremos-, responde ¿No decías acaso que hay quien está bien dotado con respecto a algo y hay quien no lo está, en cuanto aquél aprende las cosas fácilmente y éste con dificultad? ¿Y que al uno le bastan unas ligeras enseñanzas para ser capaz de descubrir mucho más de lo que ha aprendido, mientras el otro no puede ni retener lo que aprendió en largos tiempos de estudio y ejercicio? ¿Y que en el primero las fuerzas corporales sirven eficazmente a la inteligencia, mientras en el segundo constituyen un obstáculo? ¿Son tal vez otro o éstos los caracteres por los cuales distinguías al que está bien dotado para cada labor y al que no?»
-Nadie ---dijo- afirmará que sean otros.
-¿Y conoces algún oficio ejercido por seres humanos en, el cual no aventaje en todos esos aspectos el sexo de los hombres al de las mujeres? ¿O vamos a extendernos hablando de la tejeduría y del cuidado de los pasteles y guisos, menesteres para los cuales parece valer algo el sexo femenino y en los que la derrota de éste sería cosa ridícula cual ninguna otra?
-Tienes razón --dijo-; el un sexo es ampliamente aventajado por el otro en todos o casi todos los aspectos. Cierto que hay muchas mujeres que superan a muchos hombres en muchas cosas; pero en general ocurre como tú dices.
-Por tanto, querido amigo, no existe en el regimiento de la ciudad ninguna ocupación que sea propia de la mujer como tal mujer ni del varón como tal varón, sino que las dotes naturales están diseminadas indistintamente en unos y otros seres, de modo que la mujer tiene acceso por su naturaleza a todas las labores y el hombre también a todas; únicamente que la mujer es en todo más débil que el varón.
-Exactamente.
-¿Habremos, pues, de imponer todas las obligaciones a los varones y ninguna a las mujeres?
-¿Cómo hemos de hacerlo?
-Pero diremos, creo yo, que existen mujeres dotadas para la medicina y otras que no lo están; mujeres músicas y otras negadas por naturaleza para la música.
-¿Cómo no?
-¿Y no las hay acaso aptas para la gimnástica y la a guerra y otras no belicosas ni aficionadas a la gimnástica?
-Así lo creo.
-¿Y qué? ¿Amantes y enemigas de la sabiduría? ¿Y unas fogosas y otras carentes de fogosidad?
-También las hay.
-Por tanto, existen también la mujer apta para ser guardiana y la que no lo es. ¿O no son ésas las cualidades por las que elegimos a los varones guardianes?
-Ésas, efectivamente.
-Así, pues, la mujer y el hombre tienen las mismas naturalezas en cuanto toca a la vigilancia de la ciudad, sólo que la de aquélla es más débil y la de éste más fuerte.
-Así parece.

Comentario2
Presentación







































TEXTO3B
(456b-457d)

-Precisa, pues, que sean mujeres de esa clase las elegidas para cohabitar con los hombres de la misma clase y compartir la guarda con ellos, ya que son capaces de hacerlo y su naturaleza es afín a la de ellos.
-Desde luego.
-¿Y no es preciso atribuir los mismos cometidos a las mismas naturalezas?
-Los mismos.
-Henos, pues, tras un rodeo, en nuestra posición primera: convenimos en que no es antinatural asignar la música y ia gimnástica a las mujeres de los guardianes.
-Absolutamente cierto.
-Vemos, pues, que no legislábamos en forma irrealizable ni quimérica, puesto que la ley que instituimos está de acuerdo con la naturaleza. Más bien es el sistema contrario, que hoy se practica, el que, según parece, resulta oponerse a ella.
-Así parece.
-Ahora bien, ¿no habíamos de examinar si lo que decíamos era factible y si era lo mejor?
-Sí.
-¿Estamos de acuerdo en que es factible?
-Sí.
-¿Y ahora nos falta dejar sentado que es lo mejor?
-Claro.
-Pues bien; en cuanto a la formación de mujeres guardianas, ¿no habrá una educación que forme a nuestros hombres y otra distinta para las mujeres, sobre todo puesto que es la misma la naturaleza sobre la que una y otra actúan?
-No serán distintas.
-Ahora bien, ¿cuál es tu opinión sobre lo siguiente?
-¿Sobre qué?
-Sobre tu creencia de que hay unos hombres mejores y otros peores. ¿O los consideras a todos iguales?
-En modo alguno.
-Pues bien, ¿crees que, en la ciudad que hemos fundado, hemos hecho mejores a los guardianes, que han recibido la educación antes descrita, o a los zapateros, educados en el arte zapateril?
-¡Qué ridiculez preguntas! -exclamó.
-Comprendo -respondí-. ¿Y qué? ¿No son éstos los mejores de todos los ciudadanos?
-Con mucho.
-¿Y qué? ¿No serán estas mujeres las mejores de entre las de su sexo?
-También lo serán con mucho --dijo.
-¿Y existe cosa más ventajosa para una ciudad que el que haya en ella mujeres y hombres dotados de toda la excelencia posible?
-No la hay.
-¿Y esto lo lograrán la música y la gimnástica actuando del modo que nosotros describimos?
-¿Cómo no?
-De modo que no sólo era viable la institución que establecimos, sino también la mejor para la ciudad.
-Así es.
-Deberán, pues, desnudarse las mujeres de los guardianes porque, en vez de vestidos se cubrirán con su virtud y tomarán parte tanto en la guerra como en las demás tareas de vigilancia pública sin dedicarse a ninguna otra cosa; sólo que las más llevaderas de estas labores serán asignadas más bien a las mujeres que a los hombres a causa de la debilidad de su sexo. En cuanto al hombre que se ría de las mujeres desnudas que se ejercitan,con los más nobles fines, ése «recoge verde el fruto» de la risa y no sabe, según parece, ni de qué se ríe ni lo que hace; pues con toda razón se dice y se dirá siempre que lo útil es hermoso y lo nocivo es feo.
-Ciertamente.
-¿Podemos, pues, afirmar que ésta es, por así decirlo, la primera oleada que al hablar de la posición legal de  hemos sorteado, puesto que no sólo no hemos sido totalmente engullidos por ella cuando establecíamos que todos los empleos han de ser ejercidos en común por nuestros guardianes y guardianas, sino que la misma argumentación ha llegado en cierto modo a convenir consigo misma en que cuanto sostiene es tan hacedero como ventajoso?
-Efectivamente --dijo-, no era pequeña la ola de que has escapado.
-Pues no la tendrás por tan grande --,dije- cuando veas la que viene tras ella.
-Habla, pues; véala yo ---dijo.

Comentario2
Presentación







































LIBRO V REPÚBLICA
COMENTARIO3

(457d-466e)

457d-466e
La ley que Sócrates deduce como algo necesario, a partir de todo lo establecido anteriormente, es la siguiente: las mujeres guardianas serán todas comunes para los guardianes y ninguna cohabitará privadamente con ninguno de ellos; los hijos serán asimismo comunes y ni el padre conocerá a su hijo ni el hijo a su padre. Adimanto protesta en contra del establecimiento de esta ley afirmando que provocará incredulidad por la dificultad que resultaría el hacerla viable. Sócrates afirma que no duda en absoluto de su utilidad y de que sería el mayor de los bienes para la comunidad de mujeres e hijos. Señala tambien que si cree que dará lugar a muchas discusiones el problema de si es realizable o no. Adimanto protesta y señala que no unicamente esto último provocará discusiones sino tambien que lo hara la afirmación de que tal ley es lo mejor y lo más util para la ciudad. Sócrates se lamenta de no poder escapar, al menos, de la demostración de uno de los dos elementos presentes en la ley y ruega a los presentes le permitan, de momento, aplazar para más tarde la cuestión de cómo es factible llevar a cabo la ley propuesta. Por ahora plantea examinar el como la regularán los gobernantes para mostrar que no habría cosa más benefeciosa para la ciudad. Los presentes están de acuerdo con que, de momento, se centre unicamente en el estudio de esta parte de la cuestión.
{Ver Texto1c}
Sócrates parte del supuesto de que los gobernantes y los auxiliares de su recien fundada ciudad estarían dispuestos los unos a hacer lo que se les mande y los otros a ordenar obedeciendo tambien ellos a las leyes. En este sentido, el gobernante legislador eligirá las mujeres del mismo modo que se eligió a los varones e intentará juntar a los guardianes y guardianas que más se asemejen. La asistencia conjunta a las comidas comunes, los gimnasios y demás actos de la vida comunal, les impulsará a unirse los unos con los otros no tanto por necesidad geométrica sino erótica. Ahora bien, no se les permitirá unirse promiscuamente sino que se perseguirán las uniones más beneficiosas para la marcha de la ciudad. Por ello, del mismo modo que sucede con los apareamientos entre los perros de raza, en donde el criador siempre procura unir a los mejores de la camada, así tambien se procurará hacer lo mismo con la raza de los guardianes y de las guardianas, aunque para ello haga que hacer uso de la mentira y del engaño. En este contexto, Sócrates propone que todo debe ir dispuesto para que los mejores cohabiten con las mejores tantas veces como sea posible y los peores con las peores al contrario. Tambien señala que habría que criar a la prole de los primeros, pero no la de los segundos. Además todo ello debe suceder sin que nadie lo sepa, excepto los gobernantes,si se desea que el rebaño de los guardianes permanezca lo más apartado posible de la discordia. Habla de la necesidad de instituir fiestas en las cuales se unan a las novias y a los novios. Deja al arbitrio de los gobernantes el decidir acerca del número de los matrimonios y propone que deberían hacer todo lo que pudieran para mantener constante el número de los ciudadanos de modo que nuestra ciudad crezca o mengüe lo menos posible. Habla de la necesidad de inventar un ingenioso sistema de sorteo, de modo que, en cada apareamiento, aquellos seres inferiores tengan que acusar de su suerte en el apareamiento a su mala fortuna, pero no a los gobernantes. Por otra parte, a aquellos de los jóvenes que se distingan en la guerra o en otra cosa, habrá que darles una mayor libertad para yacer con las mujeres; lo cual será a la vez un buen pretexto para que de esta clase de hombres nazca la mayor cantidad posible de hijos.
{Ver Texto2c}
A continuación habla de la crianza de los niños que vayan naciendo. Habla de organismos, formados por hombres y mujeres, que deberían encargarse de ello. Señala que deberían tomar a los hijos de los mejores para llevarlos a la inclusa, poniéndolos al cuidado de unas ayas que vivirán aparte, en cierto barrio de la ciudad. En cuanto a los hijos de los peores (y tambien si uno de los mejores nace lisiado) deberían esconderlos como es debido, en un lugar secreto y oculto (infanticido colectivo?). Y todo ello habría que hacerlo sin escrúpulos de ningún tipo, afirma Sócrates, si se quiere que la raza de los guardianes se mantenga pura. Los miembros de esa comisión deberían encargarse tambien de aquellas madres que tengan los pechos henchidos, pero procurando por todos los medios que ninguna conozca a su hijo, para proporcionar leche a los recien nacidos. En el caso de que ellas no puedan, la comisión deberá proporcionar las mujeres ubre que puedan hacerlo. Sócrates habla tambien de la edad ideal de los guardianes y de las guardianas para procrear. Señala que el tiempo propio de la edad para la mujer es de unos 20 años y de unos 30 para los hombres. La mujer debería parir desde los 20 hasta los 40. El hombre, una vez que haya pasado de la máxima fogosidad en la carrera, podria engendrar hasta los 55 años, ya que esa es la época de apogeo del cuerpo y de la mente en unos y en otros. Afirma tambien que si alguno mayor de estas edades o menor de ellas se inmiscuye en las procreaciones públicas, se considerará tal falta como una impiedad y será objeto de castigo. Del mismo modo la ley será la misma en el caso de que alguien de los que todavía procrean toque a alguna de las mujeres casaderas sin que los aparee un gobernante, pues el hijo de ambos será declarado bastardo e ilegítimo. De todos modos, continúa Sócrates, cuando las hembras y varones hayan pasado la edad de procrear habrá que dejarles que cohabiten libremente con quien quieran, excepto un hombre con su hija o su madre, pero ello unicamente despues de haberles advertido que pongan sumo cuidado en que no vea la luz ni un solo feto de los que puedan ser concebidos, y que, si no pueden impedirlo, sepan que un hijo así no recibirá crianza. Ante la pregunta de Adimanto de cómo los hijos conocerán a sus padres y viceversa, Sócrates, afirma que de ningún modo. Cada uno de los guardianes y guardianas escogidos llamarán hijos a todos los varones e hijas a todas las hembras. Ellos tambien considerarán a todos como padres y madres. {Ver Texto3c}
Al llegar a este punto, Sócrates, señala que asi es como será la comunidad de mujeres e hijos entre los guardianes de tu ciudad. Ahora bien, señala que tambien sería necesario demostrar que esta comunidad está de acuerdo con el resto de la constitución y que es el mejor con mucho de los sistemas. Para fundamentar su argumentación solicita de todos el ponerse de acuerdo acerca de lo que es el mayor bien y el mayor mal para la ciudad. Afirma que el mayor mal para la ciudad es aquello que la disgrega y hace de ella muchas en vez de una, es decir aquella en donde se produce una particularización de los sentimientos, como cuando unos acojen el mismo acontecimiento con suma tristeza y los otros con suma alegría. Por su parte, el mayor bien es el vivir en una ciudad unida, es decir, en una comunidad de alegrías o penas, cuando el mayor número posible de ciudadanos goce y se aflija de manera parecida ante los mismos hechos felices o desgraciados. Tal ciudad se parece a un solo hombre. Sucede con ella lo mismo que cuando un hombre recibe un golpe en un dedo y con ello toda la comunidad corporal se resiste. Todo él sufre al sufrir una de sus partes. Pues bien, la ciudad mejor regida es la que vive del modo más parecido a un ser semejante. Por ello, cuando uno solo de los ciudadanos le suceda cualquier cosa buena o mala, una tal ciudad reconocerá en gran manera como parte suya a aquel a quien le sucede y compartirá toda ella su alegría o pena.
{Ver Texto4c}
A continuación Sócrates realiza una comparación entre su ciudad ideal y otras ciudades con el objeto de averigüar a quien se aplica mejor todo lo dicho sobre las características de una ciudad mejor. Afirma que en las otras ciudades tambien existen conciudadanos. Además dentro de estas ciudades los gobernados llaman a sus gobernantes señores (timocracia) o gobernantes (democracia). Los gobernantes llaman siervos a los gobernados. Por su parte en la ciudad, recien fundada, los gobernantes son considerados como salvadores y protectores, mientras que a los gobernados se les llama pagadores de salario y sustentadores. A su vez, los gobernantes de otras ciudades se tratan entre ellos como colegas de gobierno. En la ciudad recien fundada se tratan como compañeros de ayuda. Pero existe algo en donde nuestra ciudad ideal, señala Sócrates, supera a las otras. En estas ciudades es cierto que existen amigos, pero, del mismo modo, tambien existen extraños y enemigos. En la ciudad ideal no puede haber enemigos ni extraños ya que cualquiera que sea aquél con quien se encuentre, habrá de considerar que se encuentra con su hermano o hermana o con su padre o madre o con su hijo o hija. Además toda esta realidad debe ser interiorizada y asumida conscientemente por todos los ciudadanos de tal modo que acomoden su comportamiento de respeto y admiración hacia sus mayores. Y es que sería ridículo que unicamente se limitaran a pronunciar de boca los nombres de padre y madre, hijo o hija, sin comportarse de acuerdo con ellos. Pues bien, en una ciudad así será en la que más se repita al unísono, antes las venturas o desventuras de uno solo, la frases mis cosas van bien o mis cosas van mal, en el sentido que lo común no sería otra cosa que lo mío. Pues bien, Sócrates se encarga de recordar a los presentes que todos estos bienes presentes en la ciudad no son otra cosa que el fruto de la comunidad de mujeres e hijos entre los guardianes; por lo que parece que habría que concluir que esta comunidad se nos aparece como motivo del mayor bien en la ciudad.
{Ver Texto5c}
Por último, Sócrates, trae a colación una idea establecida anteriormente referida a que los guardianes deberían renunciar a todo tipo de salario y bienes personales, ya que la ciudad es la que debía encargarse de su sustento. Pues bien, esto contribuiría tambien a la mejora de la ciudad en el sentido de que ningún guardián particular intentará arramblar bienes, el uno para su casa y el otro para la suya, sino que con un mismo pensar sobre los asuntos domésticos, dirigidos todos a un mismo fín, tendrán, hasta donde sea posible, los mismos placeres y los mismos dolores. Tambien desaparecerían los procesos por acusaciones mutuas o las reyertas a causa de la posesión de riqueza. Tampoco será dificil promulgar leyes que dicten que los más ancianos manden y corrijan en todo a los más jovenes, los cuales los verán como a sus progenitores. Suprimidas, pues, las reyertas recíprocas el peligro de escisión social parece desaparecer. Si a ello añadimos que se vivirá en una ciudad que no sentirá los apuros y pesadumbres que suele traer la educación de los hijos y la necesidad de conseguir dinero para el sustento doméstico, no sería de extrañar que llevaran una vida más dichosa que la misma felicisima que llevan los vencedores de Olimpia. En definitiva, la comunidad que han de tener los hombres con las mujeres en lo relativo a la procreación y educación de sus hijos en completa intereacción se nos revela como uno de los mayores bienes para la ciudad y ello sin transgredir la norma natural de la hembra en relación con el varón.
{Ver Texto6c}

Presentación







































TEXTO1C
(457d-458b)

-De éstas ---comencé- y de las demás cosas antes dichas se sigue, en mi opinión esta ley.        -¿Cuál?
-Esas mujeres serán todas comunes para todos esos hombres y ninguna cohabitará privadamente con ninguno de ellos; y los hijos serán asimismo comunes y ni el padre conocerá a su hijo ni el hijo a su padre.
-Eso --dijo-- provocará mucha más incredulidad todavía que lo otro en cuanto a su viabilidad y excelencia.
-No creo -repliqué- que se dude de su utilidad ni de que sería el mayor de los bienes la comunidad de mujeres e hijos siempre que ésta fuera posible; lo que sí dará lugar, creo yo, a muchísimas discusiones, es el problema de si es realizable o no.
-Más bien serán ambos problemas -dijo- los que provoquen con razón muchos reparos.
-He aquí, según dices -respondí-, una coalición de argumentos. ¡Y yo que esperaba escapar por lo menos del uno de ellos, si tú convenías en que ello era beneficioso, y así sólo me quedaba el de si resultaría hacedero o no.
-Pues no pasó indvertida tu escapatoria --,dijo-; tendrás que dar cuenta de los dos.
-Menester será --dije- sufrir mi castigo. Pero sólo te pido el siguiente favor: déjame que me obsequie con un festín como los que las personas de mente perezosa suelen ofrecerse a sí mismos cuando pasean solas. En efecto, esta clase de gentes no esperan a saber de qué manera se realizará tal o cual cosa de las que desean, sino que, dejando esa cuestión, para ahorrarse el trabajo de pensar en si ello será realizable o no, dan por sentado que tienen lo que desean y se divierten disponiendo lo demás y enumerando lo que harán cuando se realice, con lo cual hacen aún más indolente el alma que ya de por sí lo era. He aquí, pues, que también yo flojeo y deseo aplazar para más tarde la cuestión de cómo ello es factible; por ahora, dando por supuesto que lo es, examinaré, si me lo permites, el cómo lo regularán los gobernantes cuando se realice y mostraré que no habría cosa más beneficiosa para la ciudad y los guardianes que esta práctica. Eso es lo que ante todo intentaré investigar juntamente contigo; y luego lo otro, si consientes en ello.
-Sí que consiento --- dijo-; ve, pues, investigando.
Comentario3
Presentación







































TEXTO2C
(458b-460b)

-Pues bien; creo yo --dije- que, si son los gobernantes dignos de ese nombre, e igualmente sus auxiliares, estarán dispuestos los unos a hacer lo que se les mande y los otros a ordenar obedeciendo también ellos a las leyes o bien siguiendo el espíritu de ellas en cuantos aspectos les confiemos.
-Es natural -dijo.
-Entonces, tú, su
legislador ---dije-, elegirás las mujeres del mismo modo que elegiste los varones y les entregarás aquellas cuya naturaleza se asemeje lo más posible a la de ellos. Y, como tendrán casas comunes y harán sus comidas en común, sin que nadie pueda poseer en particular nada semejante, y estarán juntos y se mezclarán unos con otros tanto en los gimnasios como en los demás actos de su vida, una necesidad innata les impulsará, me figuro yo, a unirse los unos con los otros. ¿O no crees en esa necesidad de que hablo?
-No será una necesidad geométrica --dijo-, pero sí erótica, de aquellas que tal vez sean más pungentes que las geométricas y más capaces de seducir y arrastrar «grandes multitudes.

-En efecto ---dije-. Mas sigamos adelante, Glaucón; en una ciudad de gentes felices no sería decoroso, ni lo permitirían los gobernantes, que se unieran promiscuamente los unos con los otros o hicieran cualquier cosa semejante.
-No estaría bien ---dijo.
-Es evidente, pues, que luego habremos de instituir matrimonios todo lo santos que podamos. Y serán más santos cuanto más beneficiosos.
-Muy cierto.
-Mas, ¿cómo producirán los mayores beneficios? Dime una cosa, Glaucón: veo que en tu casa hay perros cazadores y gran cantidad de aves de raza. ¿Acaso, por Zeus, no prestas atención a los apartamientos y crías de estos animales?
-¿Cómo? -preguntó.
-En primer lugar, ¿no hay entre ellos, aunque todos sean de buena raza, algunos que son o resultan mejores que los demás?
-Los hay.
-¿Y tú te procuras crías de todos indistintamente o te preocupas de que, en lo posible, nazcan de los mejores?
-De los mejores.
-¿Y qué? ¿De los más jóvenes o de los más viejos o de los que están en la flor de la edad?
-De los que están en la flor.
-Y, si no nacen en estas condiciones, ¿crees que degenerarán mucho las razas de tus aves y canes?
-Sí que lo creo --- dijo.
-¿Y qué opinas -seguí- de los caballos y demás animales? ¿Ocurrirá algo distinto?
-Sería absurdo que ocurriera ---dijo.
-¡Ay, querido amigo! --exclamé-. ¡Qué gran necesidad vamos a tener de excelsos gobernantes si también sucede lo mismo en la raza de los hombres!
-¡Pues claro que sucede! -dijo-. ¿Pero por qué?
-Porque serán muchas --dije- las drogas que por fuerza habrán de usar. Cuando el cuerpo no necesita de remedios, sino que se presta a someterse a un régimen, consideramos, creo yo, que puede bastar incluso un médico mediano. Pero, cuando hay que recurrir también a las drogas, sabemos que hace falta un médico de más empuje.
-Es verdad. ¿Pero a qué refieres eso?
-A lo siguiente --,dije-: de la mentira y el engaño es posible que hayan de usar muchas veces nuestros gobernantes por el bien de sus gobernados. Y decíamos, según creo, que era en calidad de medicina como todas esas cosas resultaban útiles.
-Muy razonable ---dijo.
-Pues bien, en lo relativo al matrimonio y la generación parece que eso tan razonable resultará no poco importante.
-¿Por qué?
-De lo convenido se desprende ---dije- la necesidad de que los mejores cohabiten con las mejores tantas veces como sea posible y los peores con las peores al contrario; y, si se quiere que el rebaño sea lo más excelente posible, habrá que criar la prole de los primeros, pero no la de los segundos. Todo esto ha de ocurrir sin que nadie lo sepa, excepto los gobernantes, si se desea también que el rebaño de los guardianes permanezca lo más apartado posible de toda discordia.
-Muy bien --dijo.
-Será, pues, preciso instituir fiestas en las cuales unamos a las novias y novios y hacer sacrificios, y que nuestros poetas compongan himnos adecuados a las bodas que se celebren. En cuanto al número de los matrimonios, lo dejaremos al arbitrio de los gobernantes, que, teniendo en cuenta las guerras, epidemias y todos los accidentes similares, harán lo que puedan por mantener constante el número de los ciudadanos de modo que nuestra ciudad crezca o mengüe lo menos posible.
-Muy bien --,dijo.
-Será, pues, necesario, creo yo, inventar un ingenioso sistema de sorteo, de modo que, en cada aparcamiento, aquellos seres inferiores tengan que acusar a su mala suerte, pero no a los gobernantes.
-En efecto --dijo.
-Y a aquellos de los jóvenes que se distingan en la guerra o en otra cosa, habrá que darles, supongo, entre otras recompensas y premios, el de una mayor libertad para yacer con las mujeres; lo cual será a la vez un buen pretexto para que de esta clase de hombres nazca la mayor cantidad posible de hijos.
-Bien.

Comentario3
Presentación







































TEXTO3C
(460b-461e)

-Y así, encargándose de los niños que vayan naciendo los organismos nombrados a este fin, que pueden componerse de hombres o de mujeres o de gentes de  ambos sexos, pues también los cargos serán accesibles, digo yo, tanto a las mujeres como a los hombres.
-Sí.
-Pues bien, tomarán, creo yo, a los hijos de los mejores y los llevarán a la inclusa, poniéndolos al cuidado de unas ayas que vivirán aparte, en cierto barrio de la ciudad; en cuanto a los de los seres inferiores -- e igualmente si alguno de los otros nace lisiado, los esconderán, como es debido, en un lugar secreto y oculto.
-Si se quiere --dijo- que la raza de los guardianes se mantenga pura...
-¿Y no serán también ellos quienes se ocupen de la crianza; llevarán a la inclusa a aquellas madres que tengan los pechos henchidos, pero procurando por todos los medios que ninguna conozca a su hijo; proporcionarán otras mujeres que tengan leche, en el caso de que ellas no puedan hacerlo; se preocuparán de que las madres sólo amamanten durante un tiempo prudencial y, en cuanto a las noches en vela y demás fatigas, ésas las encomendarán a las nodrizas y ayas?
-¡Qué descansada maternidad ---exclamó- tendrán, según tú, las mujeres de los guardianes!
-Así debe ser -dije-. Mas sigamos examinando lo que nos propusimos. Afirmamos la necesidad de que los hijos nazcan de padres que estén en la flor de la edad.
-Cierto.
¿Estás, pues, de acuerdo en que el tiempo propio de dicha edad son unos veinte años en la mujer y unos treinta en el hombre?
-¿Qué años son ésos? -preguntó.
-Que la mujer ---dije yo- dé hijos a la ciudad a partir de los veinte hasta los cuarenta años. Y en cuanto al hombre, una vez que haya pasado «de la máxima fogosidad en la carrera» , que desde entonces engendre para la ciudad hasta los cincuenta y cinco años.
-En efecto ---dijo--, ésa es la época de apogeo del cuerpo y de la mente en unos y otros.
-Así, pues, si alguno mayor de estas edades o menor de ellas se inmiscuye en las procreaciones públicas, consideraremos su falta como una impiedad y una iniquidad, pues el niño engendrado por el tal para la ciudad nacerá, si su concepción pasa inadvertida, no bajo los auspicios de los sacrificios y plegarias --con las que, en cada fiesta matrimonial, impetrarán las sacerdotisas y sacerdotes y la ciudad entera que de padres buenos vayan naciendo hijos cada vez mejores y de ciudadanos útiles otros cada vez más útiles-, sino en la clandestinidad y como obra de una monstruosa incontinencia.
-Tienes razón --,dijo.
-Y la ley será la misma --dije- en el caso de que alguien de los que todavía procrean toque a alguna de las mujeres casaderas sin que los aparee un gobernante. Pues declararemos como bastardo, ilegítimo y sacrílego al hijo que dé a la ciudad.
-Muy justo --dijo.
-Ahora bien, cuando las hembras y varones hayan pasado de la edad de procrear habrá que dejarles, supongo yo, que cohabiten libremente con quien quieran, excepto un hombre con su hija o su madre o las hijas de sus hijas o las ascendientes de su madre, o bien una mujer con su hijo o su padre o los descendientes de aquél o los ascendientes de éste; y ello sólo después de haberles advertido que pongan sumo cuidado en que no vea siquiera la luz ni un solo feto de los que puedan ser concebidos, y que, si no pueden impedir que alguno nazca, dispongan de él en la inteligencia de que un hijo así no recibirá crianza.
-Está muy bien lo que dices -responclió-. ¿Pero cómo se conocerán unos a otros los padres e hijos y los demás parientes de que ahora hablabas?
-De ningún modo --dije-, sino que cada uno llamará hijos a todos los varones e hijas a todas las hembras de aquellos niños que hayan nacido en el décimo mes, o bien en el séptimo, a partir del día en que él se haya casado; y ellos le llamarán a él padre. E igualmente llamará nietos a los descendientes de estos niños, por los cuales serán a su vez llamados abuelos y abuelas; y los nacidos en la época en que sus padres y madres engendraban se llamarán mutuamente hermanos y hermanas. De modo que, como decía hace un momento, no se tocarán los unos a los otros; pero, en cuanto a los hermanos y hermanas, la ley permitirá que cohabiten si así lo determina el sorteo y lo ordena también la pitonisa.
-Muy bien ---dijo.

Comentario3
Presentación







































TEXTO4C
(461e-462e)

-He aquí, ¡oh, Glaucón!, cómo será la comunidad de mujeres e hijos entre los guardianes de tu ciudad. Pero que esta comunidad esté de acuerdo con el resto de la constitución y sea el mejor con mucho de los sistemas, eso es lo que ahora es preciso que la argumentación nos confirme. ¿O de qué otro modo haremos?
-Como dices, por Zeus -asintió.
-Pues bien, ¿no será el primer paso para un acuerdo a el preguntarnos a nosotros mismos qué es lo que podemos citar como el mayor bien para la organización de una ciudad, el cual debe proponerse como objetivo el legislador al dictar sus leyes, y cuál es el mayor mal, y luego investigar si lo que acabamos de detallar se nos adapta a las huellas del bien y resulta en desacuerdo con las del mal?
-Nada mejor ---dijo.
-¿Tenemos, pues, mal mayor para una ciudad que aquello que la disgregue y haga de ella muchas en vez de una sola? ¿O bien mayor que aquello que la agrupe y aúne?
-No lo tenemos.
-Ahora bien, lo que une, ¿no es la comunidad de alegrías y penas, cuando el mayor número posible de ciudadanos goce y se aflija de manera parecida ante los mismos hechos felices o desgraciados?
 -Desde luego ---dijo.
-¿Y lo que desune no es la particularización de estos sentimientos, cuando los unos acojan con suma tristeza y los otros con suma alegría las mismas cosas ocurridas a la ciudad o a los que están en ella?
-¿Cómo no?
-¿Acaso no sucede algo así cuando los ciudadanos no pronuncian al unísono las palabras como «mío» y «no mío» y otras similares con respecto a lo ajeno?
-Absolutamente cierto.
-La ciudad en que haya más personas que digan del mismo modo y con respecto a lo mismo las palabras «mío» y «no mío», ¿ésa será la que tenga mejor gobierno?
-Con mucho.
-¿Y también la que se parezca lo más posible a un solo hombre? Cuando, por ejemplo, recibe un golpe un dedo de alguno de nosotros, toda la comunidad corporal que, mirando hacia el alma, se organiza en la unidad del elemento rector de ésta, toda ella siente y toda ella sufre a un tiempo y en su totalidad al sufrir una de sus partes; y así decimos que el hombre tiene dolor en un dedo. ¿Se puede decir lo mismo acerca de cualquier otra parte de las del hombre, de su dolor cuando sufre un miembro y su placer cuando deja de sufrir?
-Lo mismo -dijo-. Mas, volviendo a lo que preguntas, la ciudad mejor regida es la que vive del modo más parecido posible a un ser semejante.
-Supongo, pues, que, cuando a uno solo de los ciudadanos le suceda cualquier cosa buena o mala, una tal ciudad reconocerá en gran manera como parte suya a aquel a quien le sucede y compartirá toda ella su alegría o su pena.
-Es forzoso --dijo--, al menos si está bien regida.

Comentario3
Presentación







































TEXTO5C
(462e-464b)

-Hora es ya ---dije- de que volvamos a nuestra ciudad y examinemos si las conclusiones de la discusión se aplican a ella más que a ninguna o si hay alguna otra a que se apliquen mejor.
-Así hay que hacerlo --dijo.
-¿Pues qué? ¿Existen también gobernantes y pueblo en las demás ciudades como los hay en ésta?
-Existen.
-Y el nombre de conciudadanos ¿se lo darán todos ellos los unos a los otros?
-¿Cómo no?
-Pero, además de llamarlos conciudadanos, ¿cómo llama el pueblo de las demás a los gobernantes?
-En la mayor parte de ellas, señores, y en las regidas democráticamente se les da ese mismo nombre, el de gobernantes.
-¿Y el pueblo de nuestra ciudad? Además de llamarles conciudadanos, ¿qué dirá que son los gobernantes?
-Salvadores y protectores -dijo.
-¿Y cómo llamarán ellos a los del pueblo?
-Pagadores de salario y sustentadores.
-¿Cómo llaman a los del pueblo los gobernantes de otras?
-Siervos --dijo.
-¿Y unos gobernantes a otros?
-Colegas de gobierno ---dijo.
-¿Y los nuestros?
-Compañeros de guarda.
-¿Puedes decirme, acerca de los gobernantes de otras ciudades, si hay quien pueda hablar de tal de sus colegas como de un amigo y de tal otro como de un extraño?
-Los hay, y muchos.
-¿Y así al amigo le considera y cita como a alguien que es suyo y al extraño como a quien no lo es?
-Sí.
-¿Y tus guardíanes? ¿Habrá entre ellos quien pueda considerar o hablar de alguno de sus compañeros de guarda como de un extraño?
-De ninguna manera ---dijo-. Porque, cualquiera que sea aquél con quien se encuentre, habrá de considerar que se encuentra con su hermano o hermana o con su padre o madre o con su hijo o hija o bien con los descendientes o ascendientes de éstos.
-Muy bien hablas --dije-; pero dime ahora también esto otro; ¿te limitarás, acaso, a precribirles el uso de los nombres de parentesco o bien les impondrás que actúen en todo de acuerdo con ellos, cumpliendo, con relación a sus padres, cuanto ordena la ley acerca del respeto y cuidado a ellos debido y de la necesidad de que uno sea esclavo de sus progenitores sin que en otro caso les espere ningún beneficio por parte de los dioses ni hombres, porque no sería piadoso ni justo su comportamiento si  obraran de manera distinta a lo ordenado? ¿Serán tales o distintas las máximas que todos los ciudadanos deben hacer que resuenen constantemente y desde muy pronto en los oídos de los niños, máximas relativas al trato con aquellos que les sean presentados como padres u otros parientes?
-Tales --dijo-. Sería, en efecto, ridículo que se limitaran a pronunciar de boca los nombres de parentesco sin comportarse de acuerdo con ellos.
-Esta será, pues, la ciudad en que más al unísono se repita, ante las venturas o desdichas de uno solo, aquella frase de que hace poco hablábamos, la de «mis cosas van bien» o «mis cosas van mal».
-Gran verdad --,dijo.
-¿Y a este modo de pensar y de hablar no dijimos que le seguía la comunidad de goces y penas?
-Con razón lo dijimos.
-¿Y no participarían nuestros ciudadanos, más que los de ninguna otra parte, de algo común a lo que llamará cada cual «lo mío»? Y al participar así de ello; ¿no tendrán una máxima comunidad de penas y alegrías?
-Muy cierto.
-¿Y no será la causa de ello, además de nuestra restante organización, la comunidad de mujeres e hijos entre los guardianes?
-Desde luego que sí ---dijo.
-Por otra parte, hemos reconocido que éste es el supremo bien de la ciudad al comparar a ésta, cuando está bien constituida, con un cuerpo que participa del placer y del dolor de uno de sus miembros.
-Y con razón lo reconocimos ---dijo.
-Así, pues, la comunidad de hijos y de mujeres en los auxiliares se nos aparece como motivo del mayor bien en la ciudad.
-Bien de cierto ---dijo.

Comentario3
Presentación







































TEXTO6C
(464b-466d)

-Y también quedamos conformes en los otros asertos que precedieron a éstos: decíamos, en efecto, que tales hombres no debían tener casa ni tierra ni posesión alguna propia, sino que, tomando de los demás su sustento como pago de su vigilancia, tienen que hacer sus gastos en común si han de ser verdaderos guardianes.
-Es razonable ---observó.
-Por tanto, como voy diciendo, lo antes prescrito y lo enunciado ahora, ¿no los perfeccionará más todavía como verdaderos guardianes, y no tendrá por efecto que no desgarren la ciudad, como lo harían llamando «mío» no a la misma cosa, sino cada cual a una distinta, arramblando el uno para su casa y el otro para la suya, que no es la misma, con lo que pueda conseguir sin contar con los demás, dando nombres de mujeres e hijos cada uno a personas diferentes y procurándose en su independencia placeres y dolores propios, sino que, con un mismo pensar sobre los asuntos domésticos, dirigidos todos a un mismo fin, tendrán, hasta donde sea posible, los mismos placeres y dolores?
-Enteramente --,dijo.
-¿Y qué más? ¿No podrían darse por desaparecidos entre ellos los procesos y acusaciones mutuas por no
poseer cosa alguna propia, sino el cuerpo, y ser todo demás común, de donde resulta que no ha de haber entre ellos ninguna de aquellas reyertas que los hombres tienen por la posesión de las riquezas, por los hijos o por los allegados?
-Por fuerza ---dijo-- han de estar libres de ellas.
-Y, asimismo, tampoco habrá razón para que existan entre ellos procesos por violencias ni ultrajes; porque, si hemos de imponerles la obligación de guardar su cuerpo, tenemos que afirmar que será bueno y justo que se defiendan de los de su misma edad.
-Exactamente ---,dijo.
-Y también -añadí- es razonable esta regla: si alguien se encoleriza con otro, una vez que satisfaga en él su cólera no tendrá que promover mayores disensiones.
-Bien seguro.
-Y se ordenará que el más anciano mande y corrija a todos los más jóvenes.
-Es claro.
-Y, como es natural, el más joven, a menos que los gobernantes se lo manden, no intentará golpear al más anciano ni infligirle ninguna otra violencia, ni creo que lo ultrajará tampoco en modo alguno, pues hay dos guardianes bastantes a detenerle, el temor y el respeto, que les impedirá tocarlos, como si fueran sus progenitores, y el miedo de que los demás les socorran en su aflicción, los unos como hijos, los otros como hermanos, los otros como padres.
-Así ocurre, en efecto ---dijo.
¿De ese modo, estos hombres guardarán entre sí una paz completa basada en las leyes?
-Paz grande, de cierto.
-Suprimidas, pues, las reyertas recíprocas, no habrá miedo de que el resto de la ciudad se aparte sediciosamente de ellos o se divida contra sí misma.
-No, de ningún modo.
-Y, por estar fuera de lugar, dejo de decir aquellos males menudos de que se verían libres, pues no tendrán en su pobreza que adular a los ricos; no sentirán los apuros y pesadumbres que suelen traer la educación de los hijos y la necesidad de conseguir dinero para el indispensable sustento de los domésticos, ya pidiendo prestado, ya negando la deuda, ya buscando de donde sea recursos para entregarlos a mujeres o siervos y confiarles la administración; y, en fin, todas las cosas, amigo, que hay que pasar en ello y que son manifiestas, lamentables e indignas de ser referidas.
--Claro es eso hasta para un ciego -dijo.
-De todo ello se verán libres y llevarán una vida más dichosa que la misma felicísima que llevan los vencedores de Olimpia.
-¿Cómo?
-Porque aquéllos tienen una parte de felicidad menor de la que a éstos se alcanza: la victoria de éstos es más hermosa, y el sustento que les da el pueblo, más completo. Su victoria es la salvación del pueblo entero y obtienen por corona, tanto ellos como sus hijos, todo el sustento que su vida necesita. reciben en vida galardones de su propia patria y al morir se les da condígna sepultura.
-Todo eso es bien hermoso -dijo.
-¿Y no recuerdas -pregunté- que en nuestra anterior discusión nos salió no sé quién con la objeción de que no hacíamos felices a los guardianes, puesto que, a siéndoles posible tener todos los bienes de los ciudadanos, no tenían nada?  ¿Y que contestamos entonces que, si se presentaba la ocasión, examinaríamos el asunto, pero de momento nos contentábamos con hacer a los guardianes verdaderos guardianes y a la ciudad lo más feliz posible sin tratar de hacer dichoso a un linaje determinado de ella con la vista puesta exclusivamente en él?
-Me acuerdo --dijo.
-¿Y qué? Puesto que la vida de esos auxiliares se nos muestra mucho más hermosa y mejor que la de los vencedores olímpicos, ¿habrá riesgo de que se nos aparezca al nivel de la de los zapateros u otros artesanos o de la de los labriegos?
-No me parece -replicó.
- Y además debo repetir aquí lo que allá dije, que, si tratase el guardián de conseguir su felicidad de modo que dejara de ser guardián y no le bastase esta vida moderada, segura y mejor que ninguna otra, según nosotros creemos, sino, viniéndole a las mientes una opinión insensata y pueril acerca de la felicidad, se lanzase a adueñarse, en virtud de su poder, de cuanto hay en la ciudad, vendría a conocer la real sabiduría de Hesíodo cuando dijo que la mitad es en ciertos casos más que el todo..
-De seguir mi consejo -dijo- permanecería en aquella primera manera de vivir.
-¿Convienes, pues -dije-, en la comunidad que, según decíamos, han de tener las mujeres con los hombres en lo relativo a la educación de los hijos y a la custodia de los otros ciudadanos y concedes que aquéllas, ya permaneciendo en la ciudad, ya yendo a la guerra, deben participar de su vigilancia y cazar con ellos, como lo hacen los perros; han de tener completa comunidad en todo hasta donde sea posible y, obrando así, acertarán y no transgredirán la norma natural de la hembra en relación con el varón por la que ha de ser todo común entre uno y otra?
-Convengo en ello --dijo.

Comentario3
Presentación







































LIBRO V REPÚBLICA
COMENTARIO4
(466e-471c)

466e-471c
A continuación Sócrates trata acerca de cómo los guardines y guardinas deberían comportarse cuando hay guerra. Afirma que los guardianes y guardianas han de combatir en común y han de llevar asimismo a la guerra a todos los hijos que tengan crecidos, para que vean el trabajo que tiene que hacer cuando sean mayores. Además han de servir y ayudar en todas las cosas de la guerra obedeciendo a sus padres y a sus madres. Y es que como se aprende mejor un oficio es mediantes la práctica. Esto puede verse claramente, según Sócrates, observando como los hijos de los alfareros observan y ayudan a sus padres antes de dedicarse a la alfarería. Pues bien, ¿han de poner más empeño –continúa Sócrates- estos alfareros en educar a sus hijos que los guardianes a los suyos con la práctica y la observación de lo que a su arte convine? Adimanto reconoce que sería ridículo decir que sí. Además Sócrates fundamenta la conveniencia de que los hijos asistan ya desde pequeños a las batallas en la creencia de que todo ser vivo combate mejor cuando están presentes aquellos a quienes engendró. Adimanto protesta contra estas última ideas de Sócrates afirmando pueden poner en gran peligro la vida de seres inocentes y, además, con su posible muerte en el campo de batalla, podrían dejar a la ciudad en la imposibilidad de reponerse. Sócrates no niega la posibilidad de tal hecho. Sin embargo, parece confiar ciegamente en la profesionalidad de los guardianes y de las guardianas, los cuales procurarían en todo momento que los niños, aún siendo testigos de las batallas, tuvieran una seguridad total en ella. Para ello, colocarán siempre al frente de ellos no a gentes ineptas sino a capitanes aptos por su experiencia y edad y propios para la dirección de los niños. Es cierto que pueden surgir imprevistos pues oscuras son las cosas de la guerra; sin embargo, ante tales imprevistos, Sócrates propone dar alas a los niños desde su propia infancia a fín de que, cuando sea preciso, se retiren en vuelo. Por ello, han de cabalgar desde su primera edad, y, una vez enseñados, han de ser conducidos a caballo a presenciar la guerra no ya en corceles fogosos y guerreros, sino en los más rápidos y dóciles que se puedan hallar. Esta es la mejor y más segura manera de que observen el trabajo que les atañe; y, si hace falta, se pondrán a salvo siguiendo a sus jefes de mayor edad.
{Ver Texto1d}
Ahora, Sócrates, pasa a analizar cuál debería ser el trato que los guardianes deberían tener entre sí y con sus enemigos. Comienza afirmando que deberían prohibirse hacer esclavos entre los griegos (otra cosa sería con los bárbaros). Ello uniría a los helenos y, de ese modo, se volverían más bien en contra de los bárbaros dejando en paz a la hélade. Sócrates afirma tambien que debería estar prohibido despojar, despues de una victoria, a los muertos de otra cosa que no sean las armas. Actuar asi es algo villano y sórdido e implicar actuar como los perros que se enfurecen contra las piedras que les lanzan sin tocar al que las arroja. Es pueril, afirma Sócrates, considerar como enemigo el cuerpo de un muerto cuando ya ha volado la enemistad y sólo ha quedado el instrumento con que luchaba. Tampoco deberían llevarse a los templos las armas para erigirlas allí, y mucho menos las de los griegos.
{Ver Texto2d}
Condena tambien la devastación de la tierra helénica y el incendio de las casas entre los propios griegos. Unicamente estaría permitido quitarle y tomar para los vencedores la cosecha del año. Para justificar racionalmente esta medida, Sócrates, diferencia entre guerra y sedición. Señala que estas dos discordias se dan en terrenos distintos: uno en lo doméstico y allegado; lo otro, en lo ajeno y extraño. La enemistad en lo doméstico es llamada sedición; en lo ajeno, guerra. Pues bien, según Sócrates, la raza griega es allegada y pariente para consigo misma y ajena y extraña en relación con el mundo bárbaro. Por lo tanto, cuando los griegos luchen contra los bárbaros deben hacerlo con un sentimiento guerrero y en un estado de guerra; cuando luchan entre sí, siguen siendo amigos por naturaleza, aunque en ese momento enfrentados. Tal enemistad ha de ser llamada sedición. Pues bien, cuando los amigos por naturaleza disputan no es de hombres buenos, civilizados y amantes de Grecia, el incendiar las casas, ni talar las tierras.
{Ver Texto3d}
Presentación







































TEXTO1D
(466e-468a)

-Así, pues --- dije--, ¿lo que nos queda por examinar no es si esta comunidad es posible en los hombres, como en los otros animales, y hasta dónde lo sea?
-Te has adelantado a decir lo mismo de que iba yo a hablarte -dijo.
-En lo que toca a la
guerra -observé- creo que está claro el modo en que han de hacerla.
-¿Cómo? -preguntó.
-Han de combatir en común y han de llevar asimismo a la guerra a todos los hijos que tengan crecidos, para que, como los de los demás artesanos vean el trabajo que tienen que hacer cuando lleguen a  la madurez; además de ver, han de servir y ayudar en todas las cosas de la guerra obedeciendo a sus padres y a sus madres.  ¿No te das cuenta, en lo que toca a los oficios, de cómo los hijos de los alfareros están observando y ayudando durante largo tiempo antes de dedicarse a la alfarería?
-Bien de cierto.
-¿Y han de poner más empefio estos alfareros en educar a sus hijos que los guardianes a los suyos con la práctica y observación de lo que a su arte conviene?
-Sería ridículo ---dijo.
-Por lo demás, todo ser vivo combate mejor cuando están presentes aquellos a quienes engendró.
-Desde luego; pero no es pequeño, ¡oh, Sócrates!, el peligro de que los que caigan, como suele suceder en la guerra, además de llevar a sí mismos y a sus hijos a la muerte, dejen a su ciudad en la imposibilidad de reponerse.
-Verdad dices -repuse-; pero ¿juzgas, en primer lugar, que se ha de proveer a no correr nunca peligro alguno?
-De ningún modo.
-¿Y qué? Si alguna vez se ha de correr peligro, ¿no será cuando con el éxito se salga mejorado?
--Claro está.
-¿Y te parece que es ventaja pequeña y desproporcionada al peligro el que vean las cosas de la guerra los niños que al llegar a hombres han de ser guerreros?
-No; antes bien, va mucho en ello conforme a lo que dices.
-Se ha de procurar, pues, hacer a los niños testigos de la guerra, pero también tratar de que tengan seguridad en ella y con esto todo irá bien; ¿no es así?
-Sí.
-¿Y no han de ser sus padres --dije- expertos en cuanto cabe humanamente y conocedores de las campañas que ofrecen riesgo y las que no?
-Es natural --dijo.
-Y así los llevarán a estas últimas y los apartarán de las primeras.
-Exacto.
-Y colocarán al frente de ellos como jefes --dije- no a gentes ineptas, sino a capitanes aptos por su experiencia y edad y propios para la dirección de los niños.
-Así procede.
-Pero se dirá que también ocurren muchas cosas contra lo que se ha previsto.
-Bien seguro.
-Por ello, amigo,hay que dar alas a los niños desde su primera infancia a fin de que, cuando sea preciso, se retiren en vuelo.
-¿Cómo lo entiendes? -preguntó.
-Han de cabalgar desde su primera edad ---dije- y, una vez enseñados, han de ser conducidos a caballo a presenciar la guerra no ya en corceles fogosos y guerreros, sino en los más rápidos y dóciles que se puedan hallar. Esta es la mejor y más segura manera de que observen el trabajo que les atañe; y, si hace falta, se pondrán a salvo siguiendo a sus jefes de mayor edad.
-Entiendo --dijo- que tienes razón.

Comentario4
Presentación







































TEXTO2D
(468a-470a)

-¿Y qué se ha de decir -pregunté-- de lo atañente a la guerra misma? ¿Cómo crees que se han de conducir los soldados entre sí y sus enemigos? ¿Te parece bien mi opinión o no?
-Díme -replicó- cuál es ella.
-Aquel de entre ellos --dije- que abandone las armas o tire el escudo o haga cualquier otra cosa semejante, ¿no ha de ser convertido por su cobardía en artesano o labrador?
-Sin duda ninguna.
-Y el que caiga prisionero con vida en poder de los enemigos ¿no ha de ser dejado como galardón a los que le han cogido para que hagan lo que quieran de su presa?
-Enteramente.
-Y aquel que se señale e ilustre por su valor, ¿te parece que primeramente debe ser coronado en la misma  por cada uno de los jóvenes y niños, sus camaradas de guerra? ¿O no?
-Sí, me parece.
-¿Y qué más? ¿Ser saludado por ellos?
-También.
-Pues esto otro que voy a decir - seguí - me parece que no vas a aprobarlo.
-¿Qué es ello?
-Que bese a cada uno de sus compañeros y sea a su vez besado por ellos.
-Lo apruebo más que ninguna otra cosa --dijo-. Y quiero agregar a la prescripción que, mientras estén en esa campaña, ninguno a quien él quiera besar pueda rehusarlo, a fin de que, si por caso está enamorado de alguien, sea hombre o mujer, sienta más ardor en llevarse el galardón del valor.
-Perfectamente --observó-; y ya hemos dicho que el valiente tendrá a su disposición mayor número de bodas que los otros y se le elegirá con más frecuencia que a los demás para ellas a fin de que alcance la más numerosa descendencia.
-Así lo dijimos, en efecto -repuso.
-También en opinión de Homero es justo tributar a estos jóvenes valerosos otra clase de honores; pues cuenta cómo a Ayante, que se había señalado en la guerra, «le honraron con un lomo enorme»  en consideración a ser este premio a propósito para un guerrero joven y esforzado, que con él, además de recibir honra, aumentaba su robustez.
-Exacto --dijo.
-Seguiremos, pues, en esto a Homero y así, en los sacrificios y en todas las ocasiones semejantes honraremos a los valientes, a medida que muestren ser tales, con himnos y estas otras cosas que ahora decimos y además «
con asientos de honor y con carnes y copas repletas», a fin de honrar y robustecer al mismo tiempo a las personas de pro sean hombres o mujeres.
-Muy bien dicho -asintió.
-Bien; y a aquel que perezca gloriosamente entre los que mueren en la guerra, ¿no le declararemos primeramente del linaje de oro?
-Por encima de todo.
-¿Y no creeremos a Hesíodo en aquello de que cuando mueren los de este linaje
«se hacen demones terrestres, benéficos, santos que a los hombres de voces bien articuladas custodien.»
-Lo creeremos de cierto.
-¿Preguntaremos, pues, a la divinidad cómo se ha de enterrar y con qué distinción a estos hombres demónicos y divinos; y, como ellas nos diga, así los enterraremos?
-¿Qué otra cosa cabe?
¿Y en todo el tiempo posterior veneraremos y reverenciarernos sus sepulcros como tumbas de tales demones? ¿Y las mismas cosas dispondremos para cuantos en vida hubieran sido tenidos por señaladamnte valerosos y hubiesen muerto de vejez o de otro modo cualquiera?
-Es justo -afirmó.

-¿Y qué más? con respecto a los enemigos, ¿como se comportarán nuestros soldados?
-¿En qué cosa?

-Lo Primero, en lo que toca a hacer esclavos, ¿parece justo que las ciudades de Grecia hagan esclavos a los griegos o más bien deben imponerse en lo posible aun a las otras ciudades para que respeten la raza griega evitando así su propia esclavitud bajo los bárbaros?
-En absoluto ---dijo-; importa mucho que la respeten.
-¿Y, por tanto, que no adquiramos nosotros ningún esclavo griego y que en el mismo sentido aconsejemos a los otros helenos?
-En un todo -repuso-; de ese modo se volverán más bien contra los bárbaros y dejarán en paz a los própios.
-¿Y qué más? ¿Es decoroso --dije yo- despojar, después de la victoria, a los muertos de otra cosa que no sean sus armas? ¿No sirve ello de ocasión a los cobardes para no marchar contra el enemigo, como si al quedar agachados sobre un cadáver estuvieran haciendo algo indispensable, y no han perecido muchos ejércitos con motivo de semejante depredación?
-Bien cierto.
-¿No ha de parecer villano y sórdido el despojo de un cadáver y propio asimismo de un ánimo enteco y mujeril el considerar como enemigo el cuerpo de un muerto cuando ya ha volado de él la enemistad y sólo ha quedado el instrumento con que luchaba? ¿Crees, acaso, que éstos hacen otra cosa que lo que los perros que se enfurecen contra las piedras que les lanzan sin tocar al que las arroja?
-Ni más ni menos --dijo.
-¿Hay, pues, que acabar con la depredación de los muertos y con la oposición a que se les entierre?
-Hay que acabar, por Zeus --contestó.
- -Ni tampoco, creo yo, hemos de llevar a los templos las armas para erigirías allí y mucho menos las de los griegos, si es que nos importa algo la benevolencia para con el resto de Grecia; Más bien temeremos que el llevar allá tales despojos de nuestros allegados sea contaminar el templo, si ya no es que el dios dice otra cosa.
-Exacto ---dijo.

Comentario4
Presentación







































TEXTO3D
(470a-471c)

-¿Y qué diremos de la devastación de la tierra helénica y del incendio de sus casas? ¿Qué harán tus soldados en relación con sus enemigos?
-Oiría con gusto --dijo- tu opinión sobre ello.
-A mí me parece -dije- que no deben hacer ninguna de aquellas dos cosas, sino sólo quitarles y tomar para sí la cosecha del año. ¿Quieres que te diga la razón de ello?
-Bien de cierto.
-Creo que a los dos nombres de guerra y sedición corresponden dos realidades en las discordias que se dan en dos terrenos distintos: lo uno se da en lo doméstico y allegado; lo otro, en lo ajeno y extraño. La enemistad a lo doméstico es llamada sedición; en lo ajeno, guerra.
-No hay nada descaminado en lo que dices -respondíó.
-Mira también si es acertado esto otro que voy a decir: afirmo que la raza griega es allegada y pariente para consigo misma, pero ajena y extraña en relación con el mundo bárbaro.
-Bien dicho --observó.
-Sostendremos, pues, que los griegos han de combatir con los bárbaros y los bárbaros con los griegos y que son enemigos por naturaleza unos de otros y que esta enemistad ha de llamarse guerra;  pero, cuando los griegos hacen otro tanto con los griegos, diremos que siguen todos siendo amigos por naturaleza, que con ello la Grecia enferma y se divide y que esta enemistad ha de ser llamada sedición.
-Convengo contigo --dijo-; mi opinión es igual a la tuya.
-Considera ahora -dije-, en la sedición tal como la hemos reconocido en común, cuando ocurre lo dicho y la ciudad se divide y los unos talan los campos y queman las casas de los otros, cuán dañina aparece esta sedición y cuán poco amantes de su ciudad ambos bandos - pues de otra manera no se lanzarían a desgarrar así a su madre y criadora-, mientras que debía ser bastante para los vencedores el privar de sus frutos a los vencidos en la idea de que se han de reconciliar y no han de guerrear eternamente.
-Esa manera de pensar -dijo- es mucho más propia de hombres civilizados que la otra.
-¿Y qué? --dije- La ciudad que tú has de fundar, ¿no será una ciudad griega?
-Tiene que serlo --dijo.
-¿Sus ciudadanos no serán buenos y civilizados?
-Bien de cierto.
-¿Y amantes de Grecia? ¿No tendrán a ésta por cosa propia y no participarán en los mismos ritos religiosos que los otros griegos?
-Bien seguro, igualmente.
-Y así ¿no considerarán como sedición su discordia con otros griegos, sin llamarla guerra?
-No la llamarán, en efecto.
-¿Y no se portarán como personas que han de reconciliarse?
-Bien seguro.
-Los traerán, pues, benévolamente a razón sin castigarlos con la esclavitud ni con la muerte, siendo para ellos verdaderos correctores y no enemigos.
-Así lo harán -dijo.
-De ese modo, por ser griegos, no talarán la Grecia ni incendiarán sus casas ni admitirán que en cada ciudad sean todos enemigos suyos, lo mismo hombres que mujeres que niños; sino que sólo hay unos pocos enemígos, los autores de la discordia. Y por todo ello ni querrán talar su tierra, pensando que la mayoría son amigos, ni quemar sus moradas; antes bien, sólo llevarán la reyerta hasta el punto en que los culpables sean obligados a pagar la pena por fuerza del dolor de los inocentes.
-Reconozco ---dijo- que así deberían portarse nuestros ciudadanos con sus adversarios; con los bárbaros, en cambio, como ahora se portan los griegos unos con otros.
-¿Impondremos, pues, a los guardianes la norma de no talar la tierra ni quemar las casas?
-Se la impondremos --dijo- y entenderemos que es acertada, lo mismo que las anteriores.

Comentario4
Presentación







































LIBRO V REPÚBLICA
COMENTARIO5
(471c-476a)

471c-476ª
Al llegar a este punto en el libro V, Adimanto interrumpe a Sócrates y le ruega no siga tratando el tema de la guerra y de la comunidad de los guardianes y guardianes pues ello significa olvidarse de tratar aquello que dio de lado, para tratar de estos temas, y referido a la cuestión de si es posible que exista un tal regimen político y hasta donde los es. Porque –continúa Adimanto- admito que una ciudad como la que hemos fundado tendría toda clase de bienes ya que lucharían mejor que nadie contra sus enemigos, reconociéndose y llamándose mutuamente hermanos, padres e hijos, no se abandonarían nunca. Ahora bien, de lo que se trata de analizar es de si es posible que exista una ciudad de este tipo y en qué modo podría ser una realidad. Sócrates reconoce la importancia del planteamiento de Adimanto al que describe como una tercera oleada, pendiente por analizar, debido a la existencia de las otras dos oleadas (la primera oleada fue la cuestión del servicio de las mujeres como guardianas; la segunda, la de la comunidad de mujeres e hijos. Estas dos frenaron la posibilidad de estudiar la posibilidad del estado ideal). Sócrates describe esta tercera oleada como la más grande y la más dificil de vencer y señala que los presentes no tardarán en comprender las razones que le llevaban a retraerse y a temer la empresa de una cuestión tan dificil. Adimanto le replica que no debe dar más excusas y que deje de perder el tiempo y pase rapidamente a explicar como puede llegar a existir el regimen que están tratando. Sòcrates comienza su investigación aclarando varias cuestiones. En primer lugar, señalando que la base de toda la investigación ha sido hasta ahora el intentar averigüar que cosa fuese la justicia y qué la injusticia. Además, afirma que en el caso de que lleguen a descubrir cómo es la justicia, lo único que se pretenderá con ello es que el que denominamos hombre justo se le acerque y parezca lo más posible, pero nunca que sea totalmente igual a ella. Y es que si se intenta investigar lo que es la justicia en sí es unicamente en razón a que sirva de modelo. Es decir, se trataría de definir a tal o cual hombre como justo o injusto en tanto en cuanto se acerquen más o menos al modelo de justicia; pero no tenemos el proposito, señala Sócrates, de mostrar que era posible la existencia de tales hombres. Y es que no tiene menos mérito un pintor porque, pintando a un hombre de la mayor hermosura, no pueda demostrar ue exista semejante hombre. Pues bien, de lo que vamos a tratar, a la hora de demostrar la posibilidad de la ciudad justa, es la de fabricar un modelo de ciudad justa, y nuestro discurso no es menos válido por no poder demostrar que es posible establecer en la realidad una ciudad que se corresponda al modelo. Por ello, solicita a los presentes a que no le fuercen a mostrar la necesidad de que las cosas ocurran del mismo modo exactamente que las tratamos en nuestro discurso; pero, si somos capaces –continúa argumentando Sócrates- de descubrir el modo de constituir una ciudad que se acerque maximamente a lo que queda dicho, es muy lógico suponer que es posible la realización de aquello que pretendías.
{Ver  Texto1e}
Sócrates comienza a poner manos a la obra en el intento de probar como es posible un modelo de ciudad ideal. Para ello, comienza señalando que, en primer lugar, habría que poner de manifiesto qué es lo que se hace mal dentro de las ciudades con el objeto de cambiarlo y así entrar en la posibilidad de existencia de la ciudad modelo. Afirma que piensa que cambiando una sola cosa se podría mostrar como cambia toda una ciudad. Sitúa esta cosa única en relación con la ola gigantesca de la que había hablado anteriormente. Hace referencia tambien a que tal idea de ola puede hacer que estalle la risa haciéndole sumerjir así en el ridículo y el desprecio. Sin embargo, dice que no va a callarse y, por ello, afirma que no sería posible la existencia de una ciudad modelicamente justa a menos que los filósofos reinen en las ciudades, o cuantos ahora se llaman reyes practiquen noble y adecuadamente la filosofía, y conviertan así la filosofía en poder político. Glaucón protesta contra estas palabras de Sócrates y le avisa que se le van a echar sobre él con todas sus fuerzas una multitud de hombres no despreciables que aprovecharán la primera arma que encuentren para atacar sin piedad; y, si no los rechaza con sus argumentos, escapándose de ellos, tendría que pagarlo de verdad. De todos modos, anima a Sócrates y se muestra dispuesto a colaborar en la investigación respondiendo a las que preguntas que éste le haga.
{Ver Texto2e}
Sócrates comienza señalando la necesidad de demostrar qué tipo de filósofos deben ser los que gobiernen la ciudad. Señala que deberían ser amantes no de lo parcial y aparencial sino de la totalidad del saber. Y es que cuando decimos que uno está deseoso de algo entendemos que su deseo es de la totalidad de algo y no de algo en parte sí y en parte no. Asi, por ejemplo, el ambicioso, deseoso de honores, están siempre dispuestos a ocupar cualquier puesto que se les ofrezca pues están en un todo deseosos de honra. Pues bien, según Sócrates, el amante de la sabiduría es aquel que la desea toda entera. Por tanto, de aquel que siente disgusto por el estudio, no diremos que sea amante del estudio ni filósofo, como no decimos del desganado que desee alimentos ni que se buen comedor. En cambio, al que con la mejor disposición quiere gustar de toda enseñanza, al que se encamina contento a aprender sin mostrarse nunca ahito, a ése le llamaremos con justicia filósofo. Aunque Glaucón dice estar de acuerdo con estas ideas de Sócrates le hace ver sus reparos. Y es que, señala Glaucón, nos encontramos con gentes que gustan totalmente de los espectáculos o de las audiciones, siendo, por tanto, en lo suyo amantes del saber, pero que no tiene claro si podría llamárseles filósofos. Sócrates lo niega y afirma que unicamente serían semejantes a los filósofos en cuanto se complacen en saber, pero el saber que ellos alcanzan no es más que una sombra de verdadero saber ya que lo que llegan a conocer no es otra cosa que las sombras del verdadero objeto de la sabiduría. Ante esta respuesta, Glaucón le interroga acerca de quienes son para él los filósofos verdaderos.
{Ver Texto3e}
Presentación







































TEXTO1E
(471c-473b)

-Pero me parece, ¡oh, Sócrates!, que, si se te deja hablar de tales cosas, no te vas a acordar de aquello que diste de lado para tratar de ellas: la cuestión de si es posible que exista un tal régimen político y hasta dónde los es. Porque admito que, si existiera, esa ciudad tendría toda clase de bienes; y los que tú te dejas atrás, yo he de enumerarlos. Lucharían mejor que nadie contra los enemigos, puesto que, reconociéndose y llamándose mutuamente hermanos, padres e hijos, no se abandonarían en modo alguno los unos a los otros; además, si las mujeres combatiesen también, ya en la misma línea, ya en la retaguardia, para inspirar temor a los enemigos y por si en un momento se precisase su socorro, aseguro que con todo ello serían invencibles; y veo asimismo las muchas ventajas que tendrían en la vida de paz y que han sido pasadas por alto. Piensa, pues, que te concedo que se darían todas esas ventajas y otras mil si llegara a existir ese régimen y no hables más acerca de ello; antes bien, tratemos de persuadirnos de que es posible que exista y en qué modo y dejemos lo demás.
-Has hecho --dije- como una repentina incursión en mi razonamiento, sin indulgencia alguna para mis divagaciones, y quizá no te das cuenta de que, cuando apenas he escapado de tus dos primeras oleadas, echas sobre mí la tercera, la más grande y difícil de vencer; pero después que lo veas y oigas comprenderás la razón con que me retraía y temía emprender y tratar de decidir problema tan desconcertante.
-Cuanto más excusas des --dijo-, más te estrecharemos a que expliques cómo puede llegar a existir el régimen de que tratamos. Habla, pues, y no pierdas el tiempo.
-Siendo así -repliqué-, es preciso que recordemos primero que llegamos a esa cuestión investigando qué cosa fuese la justicia y qué la injusticia.
-Es preciso ---dijo--; mas ¿qué sacamos de eso?
-Nada; pero, en caso de que descubramos cómo es la justicia, ¿pretenderemos que el hombre justo no ha de diferenciarse en nada de ella, sino que ha de ser en todo tal como ella misma? ¿O nos contentaremos con que se le acerque lo más posible y participe de ella en grado superior a los demás?
--Con eso último nos contentaremos -replicó.
-Por tanto --dije-, era sólo en razón de modelo por lo que investigábamos lo que era en sí la justicia, y lo mismo lo que era el hombre perfectamente justo, si llegaba a existir, e igualmente la injusticia y el hombre totalmente injusto; todo a fin de que, mirándolos a ellos y viendo cómo se nos mostraban en el aspecto de su dicha o infelicidad, nos sintiéramos forzados a reconocer respecto de nosotros mismos que aquel que más se parezca a ellos ha de tener también la suerte más parecida a la suya; pero no con el propósito de mostrar que era posible la existencia de tales hombres.
-Verdad es lo que dices -observó.
-¿Y piensas, acaso, que es de menos mérito el pintor porque, pintando a un hombre de la mayor hermosura y trasladándole todo con la mayor perfección a su cuadro, no pueda demostrar que exista semejante hombre?
-No, por Zeus --contestó.
-¿Y qué? ¿No diremos que también nosotros fabricábamos en nuestra conversación un modelo de buena ciudad?
-Bien seguro.
-¿Crees, pues, que nuestro discurso pierde algo en caso de no poder demostrar que es posible establecer una ciudad tal como habíamos dicho?
-No por cierto -repuso.
-Esa es, pues, la verdad -dije-; y si, para darte gusto, hay que emprender la demostración de cómo y en qué manera sería posible tal ciudad, tienes que quedar de acuerdo conmigo en los mismos puntos.
-¿Cuáles son ellos?
-¿Crees que se pueda llevar algo a la práctica tal a como se anuncia o, por el contrario, es cosa natural que  la realización se acerque a la verdad menos que la palabra aunque a alguien parezca lo contrario? ¿Tú, por tu parte, estás de acuerdo en ello o no?
-Estoy de acuerdo ---dijo.
-Así, pues, no me fuerces a que te muestre la necesidad de que las cosas ocurran del mismo modo exactamente que las tratamos en nuestro discurso; pero, si somos capaces de descubrir el modo de constituir una ciudad que se acerque máximamente a lo que queda dicho, confiesa que es posible la realización de aquello que pretendías. ¿O acaso no te vas a contentar con conseguir esto? Yo, por mi parte, ya me daría por satisfecho.
-Pues yo también -observó.

Comentario5
Presentación







































TEXTO2E
(473b-474b) 

-Después de esto parece bien que intentemos investigar y poner de manifiesto qué es lo que ahora se hace mal en las ciudades, por lo cual no son regidas en la manera dicha, y qué sería lo que, reducido lo más posible, habría que cambiar para que aquélla entrase en el régimen descrito: de preferencia, una sola cosa; si no, dos y, en todo caso, las menos en número y las de menor entidad.
-Conforme en todo -dijo.
-Creo -proseguí- que, cambiando una sola cosa, podríamos mostrar que cambiaría todo; no es ella pequeña ni fácil, pero sí posible.
-¿Cuál es? -preguntó.
-Voy -contesté-- al encuentro de aquello que comparábamos a la ola más gigantesca. No callaré, sin embargo, aunque, como ola que estallara en risa, me sumerja en el ridículo y el desprecio. Atiende a lo que voy a decir.
-Habla --- dijo.
A menos -proseguí- que los filósofos reinen en las ciudades o cuanto ahora se llaman reyes y dinastas practiquen noble y adecuadamente la filosofía, vengan a coincidir una cosa y otra, la filosofía y el poder político, y sean detenidos por la fuerza los muchos caracteres que se encaminan separadamente a una de las dos, no hay, amigo Glaucón, tregua para los males de las ciudades, ni tampoco, según creo, para los del género humano; ni hay que pensar en que antes de ello se produzca en la medida posible ni vea la luz del sol la ciudad que hemos trazado de palabra. Y he aquí lo que desde hace rato me infundía miedo decirlo: que veía iba a expresar algo extremadamente paradójico, porque es difícil ver que ninguna otra ciudad sino la nuestra puede realizar la felicidad ni en lo público ni en lo privado.
-¡Oh, Sócrates! ---exclamó--. ¡Qué razonamiento, qué palabras acabas de emitir! Hazte cuenta de que se va a echar sobre ti con todas sus fuerzas una multitud de hombres no despreciables por cierto en plan de tirar sus mantos y coger cada cual, así desembarazados, la primer arma que encuentren, dispuestos a hacer cualquier cosa; y, si no los rechazas con tus argumentos y te escapas de ellos, ¡buena vas a pagarla en verdad!
-¿Y acaso no eres tú --- dije- el culpable de todo eso?
-Y me alabo de, ello -replicó--, pero no he de hacerte traición, sino que te defenderé con lo que pueda; y podré con mi buena voluntad y dándote ánimos, y quizá también acertaré mejor que otro a responder a tus preguntas. Piensa, pues, en la calidad de tu aliado y procura convencer a los incrédulos de que ello es así como tú dices.

Comentario5
Presentación







































TEXTO3E
(474b-476e)

-A intentarlo, pues -dije yo-, ya que tú me ofreces tan gran ayuda. Me parece, por tanto, necesario, si es que hemos de salir libres de esas gentes de que hablas, que precisemos quiénes son los filósofos a que nos referimos cuando nos atrevemos a sostener que deben gobernar la ciudad; y esto a fin de que, siendo bien conocidos, tengamos medios de defendernos mostrando que a los unos les es propio por naturaleza tratar la filosofía y dirigir la ciudad y a los otros no, sino, antes bien, seguir al que dirige.
-Hora es ---dijo- de precisarlo.
-¡Ea, pues! Sígueme, si es que nuestra guía es en algún modo apropiada.
-Vamos -replicó.
-¿Será necesario --dije- recordarte o que recuerdes tú mismo que aquel de quien decimos que ama alguna cosa debe, para que la expresión sea recta, mostrarse no amante de una parte de ella sí y de otra parte no, sino amante en su totalidad?
-Tendrás que recordármelo, según parece --dijo-; porque yo no caigo en ello del todo.
-Propio de otro y no de ti es, Glaucón, eso que dices -continué-: a un hombre entendido en amores no le está bien olvidar que todos los jóvenes en sazón hacen presa de algún modo y agitan el ánimo del amoroso o enamoradizo pareciéndole dignos de su solicitud y sus caricias. ¿O no es así como os comportáis con vuestros miiíones? Al uno, porque es chato, lo celebráis con nombre de gracioso; llamáis nariz real a la aquilina del otro y del que está entre ambos decís que la tiene extremadamente proporcionada. Los cetrinos os parecen de apariencia valerosa y a los blancos los tenéis por hijos de dioses. ¿Y qué es ese nombre de «color de miel» sino una invención del enamorado complaciente que sabe conllevar la palidez de su amado cuando éste está en su sazón? En una palabra, os servís de todos los pretextos y empleáis todos los registros de vuestra voz con tal de no dejaros ir ninguno de los jóvenes en flor.
-Si es tomándome por muestra ~--dijo- cómo quíeres exponer la conducta de los enamorados, lo admito en gracia del argumento.
-¿Pues qué? -pregunté--. ¿No ves cómo hacen lo mismo los aficionados al vino? ¿Cómo se encariñan con toda clase de vinos con cualquier pretexto?
-Bien de cierto.
-Y asimismo, creo, ves a los ambiciosos que, si no pueden llegar a generales en jefe, mandan el tercio de un cuerpo de infantería' y, si no logran ser honrados de los hombres grandes e importantes, se contentan con serlo de los pequeños y comunes, porque están en un todo deseosos de honra.
-Así es exactamente.
-Ahora confirma o niega lo que voy a preguntarte: cuando decimos que uno está deseoso de algo, ¿entendemos que lo desea en su totalidad o en parte sí y en parte no?
-En su totalidad -replicó.
-Así, pues, ¿del amante de la sabiduría diremos que la desea no en parte sí y en parte no, sino toda entera ?
-Cierto.

-Por tanto, de aquel que siente disgusto por el estudio, y más si es joven y aun no tiene criterio de lo que es bueno y de lo que no lo es, no diremos que sea amante del estudio ni filósofo, como del desganado no diremos que tenga hambre ni que desee alimentos ni que sea buen comedor, sino inapetente.
-Y acertaremos en ello.
-En cambio, al que con la mejor disposición quiere gustar de toda enseñanza, al que se encamina contento a aprender sin mostrarse nunca ahíto, a ése le llamaremos con justicia filósofo. ¿No es así?
Y Glaucón respondió: -Si a ello te atienes te vas a encontrar con una buena multitud de esos seres y va a haberlos bien raros: tales me parecen los aficionados a espectáculos, que también se complacen en saber, y aun son de más extraña ralea para ser contados entre los filósofos los que gustan de las audiciones, que no vendrían de cierto por su voluntad a estos discursos y entretenimientos nuestros, pero que, como si hubieran alquilado sus orejas, corren de un sitio a otro para oír todos los coros de las fiestas Dionisias sin dejarse ninguna atrás, sea de ciudad o de aldea. A estos todos y, a otros tales aprendices, aun de las arte más mezquinas, ¿hemos de llamarles filósofos?
-De ningún modo -dije- sino semejantes a filósofos.

Comentario5
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LIBRO V REPÚBLICA
COMENTARIO6
(476a-480a)

476ª-480ª
Según Sócrates los filósofos verdaderos son aquellos que gustan de contemplar la verdad. Afirma que no es nada fácil explicar que quiere decir con ello. Intenta, sin embargo, hacerlo partiendo de la tesis de que existen ideas distintas entre sí y ,a su vez, cada una es una cosa (lo hermoso-lo feo;lo justo-lo injusto;lo bueno-lo malo). Al mismo tiempo, señala que estas ideas cuando se mezclan con las acciones y los cuerpos se muestran cada una con multitud de apariencias. Pues bien, del mismo modo, la sabiduría nos aparece tambien con multitud de apariencias según se nos muestre en los aficionados a los espectáculos u otras artes o en los que llamamos filósofos verdaderos. Y es que los aficionados a audiciones o espectáculos gustan de las buenas voces, colores y formas; pero su mente es incapaz de ver y gustar la naturaleza de lo bello en sí mismo. Por eso, y dado que creen en las cosas bellas y no en la belleza en sí son personas que viven no despiertos sino en un ensueño; pues que otra cosa es ensoñar- se pregunta Sócrates- sino el que uno, sea dormido o en vela, no tome lo que semejante somo tal semejanza de sus semejante, sino como aquello mismo a que se asemeja? Los que, por el contrario, son capaces de dirigirse a lo bello en sí y contemplarlo tal cual es, y, asimismo llegan a saber que las cosas bellas lo son porque participan de esta belleza, son los que se encuentran despiertos y viven en vela. Por todo ello, afirma Sócrates, el pensamiento de estos últimos es un saber de quien conoce, mientras que el de los primeros es un simple parecer de quien opina. Y si alguno de los representantes de la tendencia del ensueño se enoja con nosotros y discute la verdad de nuestro aserto, le haríamos ver que el que conoce, tiene que conocer algo que existe. Ello implica que deberíamos estar de acuerdo en lo siguiente: que lo que existe absolutamente es absolutamente conocible y lo que no existe en manera alguna, entonces es enteramente incognoscible. Además nos pondríamos de acuerdo en que si existiera algo tal que exista y que no exista, entonces nos encontraríamos con algo que está en la mitad entre lo puramente existente y lo absolutamente inexistente. Pues bien, en este contexto, si sobre lo que existe hay conocimiento y sobre lo que no existe hay ignorancia, entonces a lo intermedio entre el saber y la ignorancia le daremos el nombre de opinión. Además nos pondríamos de acuerdo con el amante de los espectáculos o audiciones en que tanto el saber como la ignorancia se ordenan según su propia potencia, es decir, el saber se dirige por naturaleza a lo que existe p