PROLOGO
(CREPÚSCULO DE LOS IDOLOS)
Seguir manteniendo la
jovialidad en medio de un asunto sombrío y sobremanera responsable es hazaña nada pequeña: y, sin embargo, ¿qué sería más necesario que la jovialidad? Ninguna cosa en la que no intervenga la petulancia sale bien. Sólo la demasía de la fuerza es la prueba de la fuerza. - Una transvaloración de todos los valores, ese signo de interrogación tan negro, tan enorme, que arroja sombras sobre quien lo coloca - semejante tarea, que es un destino, compele en todo instante a correr hacia el sol, a arrojar de sí una seriedad gravosa, que se ha vuelto demasiado gravosa. Todo medio es bueno para esto, todo «caso» es un caso afortunado. Ante todo, la guerra. La guerra ha sido siempie la gran listeza de todos los espíritus que se han vuelto demasiado interiores, demasiado profundos; incluso en la herida continúa habiendo una fuerza curativa. Una sentencia, cuyo lugar de origen yo mantengo oculto a la curiosidad docta, viene siendo desde hace largo tiempo mi divisa: increscunt animi, virescit volnere virtus [se crecen los ánimos, se fortalece la fuerza con la herida].Otra curación, a veces incluso más apetecida por mí, es auscultar a los idolos... Hay más ídolos que realidades en el mundo: este es mi «mal de ojo» para este mundo, este es también mi «mal de oido».. Hacer aquí alguna vez preguntas con el martillo, y oír acaso, como respuesta, aquel famoso sonido a hueco que habla de entrañas llenas de aire - qué delicia para quien tiene todavía orejas por detrás de las orejas, - para mí, viejo psicólogo y cazador de ratas, ante el cual tiene que dejar oír su sonido cabalmente aquello que querría permanecer en silencio...SENTENCIAS Y FLECHAS
(CREPÚSCULO DE LOS IDOLOS)
1
La ociosidad es el comienzo de toda psicología. ¿Cómo?, ¿sería la psicologia un -
EL
PROBLEMA DE SÓCRATESEn todos los tiempos los sapientísimos han juzgado igual sobre la vida: no vale
nada... Siempre y en todas partes se ha oido de su boca el mismo tono, - un tono de duda,
lleno de melancolía, lleno de cansancio de la vida, lleno de oposición a la vida.
Incluso Sócrates dijo al morir: «vivir- significa estar enfermo dutante largo tiempo:
debo un gallo a Asclepio salvador». Incluso Sócrates
estaba harto. - ¿Qué prueba esto? ¿Qué indica? -En otro tiempo se habría dicho (-
¡oh, se lo ha dicho, y bien alto, y nuestros pesimistas los primeros! ): «¡Aquí, en
todo caso, algo tiene que ser verdadero! El consensus sapientium [consenso de los sabios]
prueba la verdad.»- ¿Continuaremos nosotros hablando así hoy?, ¿nos es licito hablar
así? «Aquí, en todo caso, algo tiene que estar enfermo» - es LA RAZÓN EN LA FILOSOFIA ¿Me pregunta usted qué cosas son idiosincrasia en los filósofos?... Por ejemplo, su
falta de sentido histórico, su odio a la noción misma de devenir, su
la respuesta que nosotros damos: ¡a esos sapientísimos
de todos los tiempos se los debería examinar de cerca primero! ¿Acaso es que ninguno de
ellos se sostenía ya firme sobre sus piernas!, ¿acaso es que eran hombres tardíos?,
¿que se tambaleaban?, ¿décadents [decadentes]? ¿Acaso es que la sabiduría aparece en
la tierra como un cuervo, al que un tenue olor a carroña lo entusiasma?..
2
A mí mismo esta irreverencia de pensar que los grandes sabios son tipos decadentes se me
ocurrió por vez primera justo en un caso en que a ella se opone del modo más enérgico
el prejuicio docto e indocto: yo me di cuenta de que Sócrates y Platón son síntomas de
decaimiento, instrumentos de la disolución griega, pseudogriegos, antigriegos (El nacimiento de la tragedia, 1872) Ese consensus
sapientitum [consenso de los sabios] -esto lo he ido comprendiendo cada vez mejor - lo que
menos prueba es que tuvieran razón en aquello en que coincidían: prueba, antes bien, que
ellos mismos, esos sapientísimos, coincidían fisiológicamente en algo, para
adoptar-para tener que adoptar- una misma actitud negativa frente a la vida. Los juicios,
los juicios de valor sobre la vida, en favor o en
contra, no pueden, en definitiva, ser verdaderos nunca: únicamente tienen valor como
síntomas, únicamente importan como síntomas,-en si tales juicios son estupideces. Hay
que alargar del todo los dedos hacia ella y hacer el intento de agarrar esta sorprendente
finesse [finura], que el valor de la vida no
puede ser tasado. No por un viviente, porque éste es parte, más aún, incluso objeto de
litigio, y no juez; no por un muerto, por una razón distinta. - El que por parte de un
filósofo se vea un problema en el valor de la vida no deja de ser, pues, incluso un
reparo contra él, un signo de
interrogación puesto junto a su sabiduría, una falta de sabiduría. - ¿Cómo?, ¿Y es
que todos esos grandes sabios no sólo habrían sido décadents, sino que ni
siquiera habrian sido sabios! - Pero vuelvo al problema de Sócrates.
3
Sócrates pertenecía, por su ascendencia, a lo más bajo del pueblo: Sócrates era plebe.
Se sabe, incluso se ve todavía, que feo era. Mas la
fealdad, en si una objeción, es entre los griegos casi una refutación. ¿Era Sócrates
realmente un griego? Con bastante frecuencia la fealdad es expresión de una evolución
cruzada, estorbada por el cruce. En otros casos aparece como una evolución descendente.
Los antropólogos entre los criminalistas nos dicen que el criminal típico es feo:
monstrum in fronte, monstrum in animo [monstruo de aspecto, monstruo de alma]. Pero el
criminal es un décadent. ¿Era Sócrates un criminal típico?-Al menos no estaría en
contradicción con esto aquel famoso juicio de un fisonornista, que tan chocante pareció
a los amigos de Sócrates. Un extranjero que entendía de rostros, pasando por Atenas, le
dijo a Sócrates a la cara que era un monstrum,-que escondía en su interior todos los
vicios y apetitos malos. Y Sócrates se limitó
a responder: «¡Usted me conoce, señor mío! »
4
No sólo el desenfreno y la anarquía confesados de los instintos son un indicio de
décadence [decadencia]l en Sócrates: también lo son la superfetación de lo lógico y aquella maldad de
raquítico que lo distingue. No olvidemos tampoco aquellas alucinaciones acústicas a
las
que, con el nombre de «demón de Sócrates», se les ha
dado una interpretación religiosa. En él todo es exagerado, buffo [bufo, caricatura,
todo es a la vez oculto, lleno de segundas intenciones, subterráneo.- Yo intento
averiguar de qué idiosincrasia procede aquella
ecuación socrática de razón = virtud = felicidad: la ecuación más extravagante que
existe y que tiene en contra suya, en especial, todos los instintos del heleno antiguo.
5
Con Sócrates el gusto griego da un cambio en favor de la dialéctica: ¿qué es lo que
ocurre aquí propiamente? Ante todo, con esto queda vencido un gusto aristocrático; con
la dialéctica la plebe se sitúa arriba. Antes de Sócrates la gente, en la buena
sociedad, repudiaba los modales dialécticos: eran considerados como malos modales, le
comprometían a uno. A la juventud se la prevenia contra ellos. También se desconfiaba de
toda exhibición semejante de las propias razones. Las cosas honestas, lo mismo que los
hombres honestos, no llevan sus razones en la mano de ese modo. Es indecoroso mostrar los
cinco dedos. Poco valioso es lo que necesita ser probado. En todo lugar donde la autoridad
sigue formando parte de la buena costumbre, y lo que se da no son «razones», sino
órdenes, el dialéctico es una especie de payaso: la gente se ríe de él, no lo toma en
serio. - Sócrates fue el payaso que se hizo tomar en serio: ¿qué ocurrió aquí
propiamente?-
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A la dialéctica se la elige tan sólo cuando no se tiene ningún otro medio. Se sabe que
con ella se inspira desconfianza, que ella persuade poco. Nada es más fácil de borrar
que el efecto de un dialéctico: la experiencia de toda reunión en que haya discursos lo
prueba. La dialéctica sólo puede ser un recurso obligado, en manos de quienes no tienen
ya otras armas. Es preciso tener que
lograr por la fuerza el propio derecho: antes no se hace ningún uso de ella. Por eso
fueron dialécticos los judíos; también lo fue el zorro
Reinecke: ¿cómo¿, ¿y también lo fue Sócrates? -
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- ¿Es la ironía de Sócrates una expresión de rebeldía?, ¿de resentimiento plebeyo?,
¿disfruta él, como optimido, su propia ferocidad en las cuchilladas del silogismo?,
¿toma venganza de los aristócratas a los que fascina? - Si uno es un dialéctico tiene
en la mano un instrumento implacable; con el puede hacer el papel de tirano;
compromete a los demas al vencerlos. El dialéctico deja a su adversario la tarea de
probar que no es un idiota: hace rabiar a los demás, y al mismo tiempo los
deja desamparados. El dialéctico vuelve impotente el intelecto de su adversario. -
¿Cómo?, ¿es la dialéctica en Sócrates tan sólo una forma de venganza?
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He dado a entender con qué cosas podía Sócrates provocar repulsión: tanto más queda
por aclarar que fascinaba. - Una razón es que él descubrió una especie nueva de agón
[lucha], que en esto él fue el primer maestro de esgrima para los círculos
aristocráticos de Atenas. Fascinaba en la medida en que removía el instinto agonal de
los helenos, - introdujo una variante en la lucha pugilistica entre los jóvenes y los
adolescentes. Sócrates era también un gran erótico.
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Pero Sócrates adivinó algo más. Vio lo que habia detrás de sus aristocráticos
atenienses; comprendió que su caso, la idiosincrasia de su caso, no era ya un caso
excepcional. La misma especie de degeneración se estaba preparando silenciosamente en
todas partes: la vieja Atenas
caminaba hacia su final. Y Sócrates comprendió que todo el mundo tenía necesidad de
él, - de su remedio, de su cura, de su ardid personal para autoconservarse... En todas
partes los instintos se encontraban en anarquía; en todas partes se estaba a dos pasos
del exceso: el monstrum in animo era el peligro general. «Los instintos quieren hacer de
tirano; hay que inventar un contratirano que sea más fuerte...» Cuando aquel fisonomista
le hubo desvelado a Sócrates quién era él, una
madriguera de todos los apetitos malos, el gran irónico pronunció todavía una frase que
da la clave para comprenderlo. «Es verdad, dijo, pero he llegado a ser dueño de todos»
¿Cómo llegó Sócrates a ser dueño de sí?- En el fondo su caso era sólo el caso
extremo, sólo el caso que más saltaba a la vista, de aquello que entonces comenzaba a
volverse calamidad general: que nadie era ya dueño de sí, que los instintos se volvían
unos contra otros. Sócrates fascinó por ser ese caso extremo -su
fealdad, que inspiraba miedo, era a los ojos de todos la expresión de ese caso: y, como
es fácil comprender, fascinó más fuertemente aún como respuesta, como solución, como
apariencia de cura de ese caso.-
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Cuando se tiene necesidad de hacer de la razón un tirano, como hizo Sócrates, por fuerza
se da un peligro no pequeño de que otra cosa distinta haga de tirano. Entonces se
adivinó que la racionalidad era la salvadora, ni Sócrates ni sus «enfermos» eran
libres de ser racionales, - era de rigueur [de rigor], era su último remedio.
El fanatismo con que la reflexión griega entera se lanza a la racionalidad delata una
situación apurada: se estaba en peligro, se tenía una sola elección: o bien perecer o
bien-ser absurdamente racionales... El moralismo de los filósofos griegos a partir de
Platón tiene unos condicionamientos patológicos; y lo mismo su aprecio de la
dialéctica. Razón = virtud = felicidad significa simplemente: hay que imitar a Sócrates
e implantar de manera permanente, contra los apetitos oscuros, una luz diurna - la luz
diurna de la razón. Hay que ser inteligentes, claros, lúcidos a cualquier precio: toda
concesión a los instintos, a lo inconsciente, conduce hacia abajo...
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He dado a entender con qué cosas fascinaba Sócrates: parecía ser un mtdico, un
salvador. ¿Es necesario mostrar todavía el error que había en su fe en la
«racionalidad» a cualquier precio? -Es un autoengaño por parte de los filósofos y
moralistas el creer que salen ya de la décadence por el hecho de hacerle la guerra. El
salir es algo que está fuera de su fuerza: lo que ellos escogen como remedio, como
salvación, no es a su vez más que una expresión de la décadence - modífican la
expresión de ésta, pero no la elimínan. Sócrates fue un malentendido: la moral toda
del mejoramiento,también la cristiana, ha sido un malentendido... La luz diurna más
deslumbrante, la racionalidad a cualquier precio, la vida lúcida, fria, previsora,
consciente, sin instinto, en oposición a los instintos, todo esto era sólo una
enfermedad distinta- y en modo alguno un camino de regreso a la «virtud», a la
«salud», a la felicidad... Tener que combatir los instintos-ésa es la fórmula de la
décadence: mientras la vida asciende es felicidad igual a instinto. -
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- ¿LIegó a comprender esto él, el más inteligente de todos los que se han engañado a
sí mismos? ¿Acabó por decirse esto, en la sabiduria de su valor para la muerte?...
Sórates queria morir; - no Atenas, él fue quien se dio la copa de veneno, él forzó a
Atenas a dársela... «Sócrates no es un médico, se dijo en voz baja a sí mismo:
únicamente la muerte es aquí un médico... Sócrates mismo había estado únicamente enfermo durante largo tiempo.
Presentación
(CREPÚSCULO DE LOS IDOLOS)
2
Pongo a un lado, con gran reverencia, el nombre de Heráclito.
Mientras que el resto del pueblo de los filósofos rechazaba el testimonio de los sentidos
porque éstos mostraban pluralidad y modificación, él rechazó su testimonio porque
mostraban las cosas como si tuviesen duración y unidad. También Heraclito fue injusto
con los sentidos. Estos no mienten ni del modo como
creen los eleatas ni del modo como creía él. - no mienten de ninguna manera. Lo que
nosotros hacemos de su testimonio, eso es lo que introduce la mentira, por ejemplo la
mentira de la unidad, la mentira de la coseidad, de la sustancia, de la duración... La
«razón» es la causa de que nosotros falseemos el testimonio de los sentidos. Mostrando
el devenir, el perecer, el cambio, los sentidos
no mienten... Pero Heraclito tendrá eternamente razón al decir que el ser es una
ficción vacía. El mundo «aparente» es el único: el «mundo verdadero» no es más que
un añadido mentiroso...
3
- ¡Y qué sutiles instrumentos de observación tenemos en nuestros sentidos! Esa nariz, por ejemplo, de la que ningún filósofo ha hablado
todavía con veneración y gratitud, es hasta este momento incluso el más delicado de los
instrumentos que están a nuestra disposición: es capaz de registrar incluso diferencias
mínimas de movimiento que ni siquiera el espectroscopio registra. Hoy nosotros poseemos
ciencia exactamente en la medida en que nos hemos decidido a aceptar el testimonio
de los sentidos, -en que hemos aprendido a seguir aguzándolos, animándolos, pensándolos
hasta el final. El resto es un aborto y todavía -no-ciencia: quiero decir, metafísica,
teología, psicología, teoría del conocimiento. O ciencia formal, teoría de los signos:
como la lógica, y esa lógica aplicada, la matemática. En ellas la realidad no llega a
aparecer, ni siquiera como problema; y tampoco como la cuestión de qué valor tiene en
general ese convencionalismo de signos que es la lógica. -
4
La otra idiosincrasia de los filósofos no es menos peligrosa: consiste en confundir lo
último y lo primero. Ponen al comienzo, como comienzo, lo que viene al final- ¡por
desgacia!, ¡pues no debería siquiera venir! -los «conceptos supremos», es decir, los
conceptos más generales, los más vacíos, el último humo de la realidad que se evapora.
Esto es, una vez más, sólo expresión de su modo de venerar: a lo superior no le es
licito provenir de lo inferior, no le es licito provenir de nada... Moraleja: todo lo que
es de primer rango tiene que ser causa sui [causa de sí mismo]. El proceder de algo
distinto es considerado como una objeción, como algo que pone en entredicho el valor.
Todos los valores supremos son de primer rango, ninguno de los conceptos supremos, lo
existente, lo incondicionado, lo bueno, lo verdadero, lo perfecto - ninguno de ellos puede
haber devenido, por consiguiente tiene que ser causa sui. Mas ninguna de esas cosas puede
ser tampoco desigual una de otra, no puede estar en contradicción consigo misma... Con
esto tienen los filósofos su estupendo concepto «Dios»... Lo último, lo más tenue, lo
más vacío es puesto como lo primero, como causa en sí, como ens realissimum [ente
realísimo]... ¡que la humanidad haya tenido que tomar en serio las dolencias cerebrales
de unos enfermos tejedores de telarañas! - ¡Y lo ha pagado caro!
5
- Contrapongamos a esto, por fin, el modo tan distinto como nosotros ( - digo nosotros por
cortesía...) vemos el problema del error y de la apariencia. En otro tiempo se tomaba la
modificación, el cambio, el devenir en general como prueba de apariencia, como signo de
que ahí tiene que haber algo que nos induce a error. Hoy, a la inversa, en la exacta
medida en que el
prejuicio de la razón nos fuerza a asignar unidad, identidad, duración, sustancia,
causa, coseidad, ser, nos vemos en cierto modo cogidos en el error, necesitados al error;
aun cuando, basándonos en una verificación rigurosa, dentro de nosotros estemos muy
seguros de que es ahí donde está el error. Ocurre con esto lo mismo que con los
movimientos de una gran constelación: en éstos el error tiene como abogado permanente a
nuestro ojo, allí a nuestro lenguaje. Por su génesis el lenguaje
pertenece a la época de la forma más rudimentaria de psicologia: penetramos en un
fetichismo grosero cuando adquirimos consciencia de los presupuestos básicos de la
metafísica del lenguaje, dicho con claridad: de la
razón. Ese fetichismo ve en todas partes agentes y acciones: cree que la voluntad es la
causa en general; cree en el «yo», cree que el yo es un ser, que el yo es una
Sustancia, y proyecta sobre todas las cosas la creencia en la sustancia -yo- asi es
como crea el concepto «cosa... El ser es añadido con el pensamiento, es introducido
subrepticíamente en todas partes como causa; del concepto «yo» es del que se sigue,
como derivado, el concepto «ser»... Al comienzo está ese grande y funesto error de que
la voluntad es algo que produce efectos, - de que la voluntad es una facultad... Hoy
sabemos que no es más que una palabra... Mucho más
tarde, en un mundo mil veces más ilustrado, llegó a la consciencia de los filósofos,
para su sorpresa, la seguridad, la certeza subjetiva en el manejo de las categorías de la
razón: ellos sacaron la conclusión de que esas categorías no podían proceder de la
empiria, -la empiria entera, decían, está, en efecto, en contradicción con ellas. ¿De
dónde proceden, pues? - Y tanto en India como en Grecia se cometió el mismo error:
«nosotros tenemos que haber habitado ya alguna vez en un mundo más alto ( - en lugar de
en un mundo mucho más baJo: ¡lo cual habría sido la verdad! ), nosotros tenemos que
haber sido divinos, ¡pues poseemos la razón! »... De hecho hasta ahora nada ha tenido
una fuerza persuasiva más ingenua que el error acerca del ser, tal como fue formulado,
por ejemplo, por los eleatas: ¡ese error tiene en favor suyo, en efecto, cada palabra
cada frase que nosotros pronunciamos! -También los adversarios de los eleatas sucumbieron
a la seducción de su concepto de ser: entre otros Demócrito, cuando inventó su
átomo... La «razón» en el lenguaje: ¡oh, qué vieja hembra engañadora! Temo que no
vamos a desembarazarnos de Dios porque continuamos creyendo en la gramática.
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Se me estará agradecido si condenso un conocimiento tan esencial, tan nuevo, en cuatro
tesis: así facilito la comprensión, así provoco la contradicción.
Primera tesis. Las razones por las que «este» mundo ha sido calificado
de aparente fundamentan, antes bien, su realidad, - otra especie distinta de realidad es
absolutamente indemostrable.
Segunda tesis. Los signos distintivos que han sido asignados al «ser
verdadero» de las cosas son los signos distintivos del no-ser, de la nada, -a base de
ponerlo en contradicción con el mundo real es como se ha construido el «mundo
verdadero»: un mundo aparente de hecho, en cuanto es meramente una ilusión
óptico-moral.
Tercera tesis. Inventar fábulas acerca de «otro» mundo distinto de
éste no tiene sentido, presuponiendo que no domine en nosotros un instinto de calumnia,
de empequeñecimiento, de recelo frente a la vida: en este último caso tomamos venganza
de la vida con la fantasmagoría de «toda» vida distinta de ésta, «mejor» que ésta.
Cuarta tesis. Dividir el mundo en un mundo «verdadero» y en un mundo
«aparente», ya sea al modo del cristianismo, ya sea al modo de Kant (en última
instancia, un cristiano alevoso), es únicamente una sugestión de la décadence, -un
síntoma de vida descendente... El hecho de que el artista estime más la apariencia que
la realidad no constituye una objeción contra esta tesis. Pues «la apariencia»
significa aquí la realidad una vez más, sólo que seleccionada, reforzada, corregida...
El artista trágico no es un pesimista, - dice precisamente sí incluso a todo lo
problemático y terrible, es dionisíaco...
Presentación
Cómo el «mundo verdadero» acabó
convirtiéndose en una fábula
(CREPÚSCULO DE LOS IDOLOS)
Historia de un error
1. El mundo verdadero, asequible al sabio, al piadoso, al virtuoso, - él vive en
ese mundo, es ese mundo. (La forma más antigua de la Idea,
relativamente inteligente, simple, convincente. Transcripción de la tesis «yo, Platón,
soy la verdad».)
2. El mundo verdadero, inasequible por ahora, pero prometido al sabio, al piadoso, al
virtuoso («al pecador que hace penitencia»). (Progreso de la Idea: ésta se vuelve más
sutil, más capciosa, más inaprensible,-se convierte en una mujer, se hace cristiana...)
3. El mundo verdadero, inasequible, indemostrable, imprometible, pero, ya en cuanto
pensado, un consuelo, una obligación, un imperativo.
(En el fondo, el viejo sol, pero visto a través de la niebla y el escepticismo; la Idea,
sublimizada,
pálida, nórdica, königsberguense.)
4. El mundo verdadero - ¿inasequible? En todo caso, inalcanzado. Y en cuanto inalcanzado,
también desconocido. Por consiguiente, tampoco consolador, redentor, obligante: ¿a qué
podría obligarnos algo desconocido?...
(Mañana gris. Primer bostezo de la razón. Canto del gallo del positivismo.)
5. El «mundo verdadero» - una Idea que ya no sirve para nada, que ya ni siquiera obliga,
-una Idea que se ha vuelto inútil, superflua, por consiguiente una Idea refutada:
¡eliminémosla!
(Día claro; desayuno; retorno del bon sens [buen sentido] y de la jovialidad;
rubor avergonzado
de Platón; ruido endiablado de todos los espíritus libres.)
6. Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿acaso el aparente?...
¡No!, ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente!
(Mediodía; instante de la sombra más corta; final del error más largo; punto culminante
de la humanidad; INCIPIT ZARATHUSTRA [comienza
Zaratustra].)
Presentación
La moral como contranaturaleza
(CREPÚSCULO DE LOS IDOLOS)
Todas las pasiones tienen una época en la que son meramente nefastas, en la que, con el
peso de la estupidez, tiran de sus víctimas hacia abajo - y una época tardía mucho más
posterior, en la que se desposan con el espíritu, en la que se «espiritualizan». En
otro tiempo se hacia la guerra a la pasión misma, a causa de la estupidez existente en
ella: la gente se conjuraba para aniquilarla, - todos los viejos monstruos de la moral
coinciden unánimemente en que il faut tuer les passions [es preciso matar las pasiones].
La fórmula más hermosa de esto se halla en el Nuevo Testamento, en aquel Sermón de la
Montaña en el que, dicho sea de paso, las cosas no son consideradas en modo alguno desde
lo alto. En él se dice, por ejemplo, aplicándolo prácticamente a la sexualidad, si tu
ojo te escandaliza, arráncalo»: por fortuna
ningún ctistiano actúa de acuerdo con ese precepto. Aniquilar las pasiones y apetitos
meramente para prevenir su estupidez y las consecuencias desagradables de ésta es algo
que hoy se nos aparecc meramente como una forma aguda de estupidez. Ya no admiramos a los
dentistas que extraen los dientes para que no sigan doliendo... Con cierta equidad
concedamos, por otra parte, que el concepto «espiritualización de la pasión» no podía
ser concebido en modo alguno en el terreno del que brotó el cristianismo. La Iglesia
primitiva luchó, en efecto, como es sabido, contra los «inteligentes» en favor de los
«pobres de espíritu»: ¿cómo aguardar de ella una
guerra inteligente contra la pasión? - La Iglesia combate la pasión con la extirpación,
en todos los sentidos de la palabra: su medicina, su «cura» es el castradismo. No
pregunta jamás: «¿cómo espiritualizar, embellecer, divinizar un apetito?» - en todo
tiempo ella ha cargado el acento de la disciplina sobre el exterminio (de la sensualidad,
del orgullo, del ansia de dominio, del ansia de posesión, del ansia de venganza). - Pero
atacar las pasiones en su raíz significa atacar la vida en su raíz: la praxis de la
Iglesia es hostil a la vida...
2
Ese mismo medio, la castración, el exterminio, es elegido instintivamente, en la lucha
con un apetito, por quienes son demasiado débiles, por quienes están demasiado
degenerados para poder imponerse moderación en el apetito: por aquellas naturaleza que,
para hablar en metáfora (y sin metáfora-), tienen necesidad de la Trappe [la Trapa], de alguna declaración definitiva de
enemistad, de un abismo entre ellos y una pasión. Los medios radicales les resultan
indispensables tan sólo a los degenerados; la debilidad de la voluntad, o, dicho con más
exactitud, la incapacidad de no reaccionar a un estímulo es sencillamente otra forma de
degeneración. La enemistad radical, la enemistad mortal contra la sensualidad no deja de
ser un síntoma que induce a reflexionar: ella autoriza a hacer conjeturas sobre el estado
general de quien comete tales excesos.-Esa hostilidad, ese odio llega a su cumbre, por lo
demás, sólo cuando tales naturalezas no tienen ya firmeza bastante para la cura radical,
para renunciar a su «demonio». Echese una ojeada a la historia entera de los sacerdotes
y filósofos, incluida la de los artistas: las cosas más venenosas contra los sentidos no
han sido dichas por los impotentes, tampoco por los ascetas, sino por los ascetas
imposibles, por aquellos que habrían tenido necesidad de ser ascetas...
3
La espiritualización de la sensualidad se llama amor: ella es un gran triunfo sobre el
cristianismo. Otro triunfo es nuestra espiritualización de la enemistad. Consiste en
comprender profundamente el valor que posee el tener enemigos: dicho con brevedad, en
obrar y sacar conclusiones al revés de como la gente obraba y sacaba conclusiones en otro
tiempo. La Iglesia ha querido siempre la aniquilación de sus enemigos: nosotros, nosotros
los inmoralistas y anticristianos, vemos nuestra ventaja en que la Iglesia subsista...
También en el ámbito político la enemistad se ha vuelto ahora más espiritual, -mucho
más inteligente, mucho más reflexiva, mucho más indulgente. Casi todos los partidos se
dan cuenta de que a su autoconservación le interesa que el partido opuesto no pierda
fuerzas; lo mismo cabe decir de la gran política. Especialmente una creación nueva, por
ejemplo el nuevo Reich, tiene más necesidad de enemigos que de amigos: sólo en la
antítesis se siente necesario, sólo en la antítesis llega a ser necesario... No de otro
modo nos comportamos nosotros con el «enemigo interior»: también aquí hemos
espiritualizado la enemistad, también aquí hemos comprendido su valor. Sólo se es
fecundo al precio de ser rico en antítesis; sólo se permanece joven a condición de que
el alma no se relaje, no anhele la paz... Nada se nos ha vuelto más extraño que aquella
aspiración de otro tiempo, la aspiración a la paz del alma», la aspiración cristiana;
nada más nos causa menos envidia que la vaca-moral y la grasosa felicidad de la buena
conciencia. Se ha renunciado a la vida grande cuando se ha renunciado a la guerra... En
muchos casos, desde luego, la «paz del alma» no es más que un malentendido, - otra
cosa, que únicamente no sabe darse un nombre más honorable. Sin divagaciones ni
prejuicios, he aquí unos cuantos casos. «Paz del alma» puede ser, por ejemplo, la
plácida irradiación de una animalidad rica en el terreno moral (o religioso). O el
comienzo de la fatiga, la primera sombra que arroja el atardecer, toda especie de
atardecer. O un signo de que el aire está húmedo, de que se acercan vientos del sur. O
el agradecimiento, sin saberlo, por una digestión feliz (llamado a veces
«filantropía»). O el sosiego del convaleciente, para el que todas las cosas tienen un
sabor nuevo y que está a la espera... O el estado que sigue a una intensa satisfacción
de nuestra pasión dominante, el sentimiento de bienestar propio de una saciedad rara. O
la debilidad senil de nuestra voluntad, de nuestros apetitos, de nuestros vicios. O la
pereza, persuadida por la vanidad a ataviarse con adornos morales. O la llegada de una
certeza, incluso de una certeza terrible, tras una tensión y una tortura prolongadas,
debidas a la incertidumbre. O la expresión de la madurez y la maestría en medio del
hacer, crear, obrar, querer, la respiración tranquila, la alcanzada «libertad de la
voluntad»... Crepúsculo de los ídolos: ¿quién sabe?, acaso también únicamente una
especie de «paz del alma»...
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- Voy a reducir a fórmula un principio. Todo naturalismo en la moral, es decir, toda
moral sana está regida por un instinto de la vida, -un mandamiento cualquiera de la vida
es cumplido con un cierto canon de «debes» y «no debes», un obstáculo y una enemistad
cualesquiera en el camino de la vida quedan con eliminados. La moral contranatural, es
decir, casi toda moral hasta ahora enseñada, venerada y predicada se dirige, por el
contrario, precisamente contra los instintos de la vida, - es una condena, a veces
encubierta, a veces ruidosa e insolente, de esos instintos. Al decir «Dios ve el corazón» , la moral dice no a los apetitos más
bajos y más altos de la vida y considera a Dios enemigo de la vida... El santo en el que
Dios tiene su complacencia es el castrado ideal... La
vida acaba donde comienza el «reino de Dios»...
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Suponiendo que se haya comprendido el carácter delictivo de tal rebelión contra la vida,
rebelión que se ha vuelto casi sacrosanta en la moral cristiana, con ello se ha
comprendido también, por fortuna, otra cosa: el caráctet inútil, ilusorio, absurdo,
mentiroso de tal rebelión. Una condena de la vida por parte del viviente no deja de ser,
en última instancia, más que el síntoma de una especie determinada de vida: la
cuestión de si esa condena es justa o injusta no es suscitada en modo alguno con esto.
Sería necesario estar situado fuera de la vida, y, por otro lado, conocerla tan bien como
uno, como muchos, como todos los que la han vivido, para que fuera lícito tocar el
problema del valor de la vida en cuanto tal: razones suficientes para comprender que
el problemn es un plroblema inaccesible a nosotros. Cuando hablamos de valores, lo hacemos
bajo la inspiración, bajo la óptica de la vida: la vida misma es la que nos constriñe a
establecer valores, la vida misma es la que valora a través de nosotros cuando
establecemos valores... De aquí se sigue que también aquella contranaturaleza
consistente en una moral que concibe a Dios como concepto antitético y como condena de la
vida es tan sólo un juicio de valor de la vida - ¿de qué vida?, ¿de qué especie de
vida? - Pero ya he dado la respuesta: de la vida descendente, debilitada, cansada,
condenada. La moral tal como ha sido entendida hasta ahora - tal como ha sido formulada
todavía últimamente por Schopenhauer, como «negación
de la voluntad de vida» - es el instinto de décadence mismo, que hace de sí un
Imperativo: esa moral dice: «¡perece!» - es el juicio de los condenados...
6
Consideremos todavía, por último, qué ingenuidad es decir: ¡el hombre debería ser de
este y de aquel modo!» La realidad nos muestra una riqueza fascinante de tipos, la
exuberancia propia de un pródigo juego y mudanza de formas: ¿y cualquier pobre mozo de
esquina de moralista dice a esto: «¡no!, el hombre debería ser de otro modo»?... El
sabe incluso cómo debería ser él, ese mentecato y mojigato,
se pinta a sí mismo en la pared y dice ¡ecce homo! [¡he ahí el hombre!]... Pero
incluso cuando el moralista se dirige nada más que al individuo y le dice: «¡tú
deberías ser de este y de aquel modo! », no deja de ponerse en ridículo. El individuo
es, de arriba abajo, un fragmento de fatum [hado], una ley más, una necesidad
más para todo lo que viene y será. Decirle «modifícate» significa demandar que se
modifiquen todas las cosas, incluso las pasadas... Y, realmente, ha habido moralistas
consecuentes, ellos han querido al hombre de otro modo, es decir, virtuoso, lo han querido
a su imagen, es decir, como un mojigato: ¡para ello negaron el mundo! ¡Una tontería
nada pequeña! ¡Una especie nada modesta de inmodestia!... La moral, en la medida en que
condena, en sí, no por atenciones, consideraciones, intenciones
propias de la vida, es un error específico con el que no se debe tener compasión alguna,
¡una idiosincrasia de degenerados, que ha producido un daño indecible!... Nosotros que
somos distintos, nosotros los inmoralistas, hemos abierto, por el contrario, nuestro
corazón a toda especie de intelección, comprensión, aprobación. No nos resulta fácil
negar, buscamos nuestro honor en ser afirmalores. Se nos han ido abriendo cada vez más
los ojos para ver aquella economía que necesita y sabe aprovechar aún todo aquello que
es rechazado por el santo desatino del sacerdote, por la razón enferma del sacerdote,
para ver aquella economía
que rige en la ley de la vida, lo cual saca provecho incluso de la repugnante species del
mojigato, del sacerdote, del virtuoso, - ¿qué provecho? - Pero nosotros mismos, los
inmoralistas, somos aquí la respuesta...
Presentación
LOS CUATRO GRANDES ERRORES
(CREPÚSCULO DE LOS IDOLOS)
Error de la confusión de la causa
con la consecuencia. -No hay error más peligroso que confundir la
consecuencia con la causa: yo lo llamo la auténtica corrupción de la razón. Sin
embargo, ese error es uno de los hábitos más viejos y más jovenes de la humanidad:
entre nosotros está incluso santificado, lleva el nombre de «religión», de «mortal».
Toda tesis formulada por la religión y la moral lo contiene; los sacerdotes y los
legisladores morales son los autores de esa corrupción de la razón. - Voy a aducir un
ejemplo: todo el mundo conoce el libro del famoso Cornaro,en
el que éste recomienda su escasa dieta como receta para una vida larga y feliz-también
virtuosa.-Pocos libros han sido tan leídos, todavía hoy se lo imprime anualmente en
Inglaterra en muchos miles de ejemplares. Yo no dudo de que es difícil que un libro
(exceptuada, como es obvio, la Biblia) haya causado tanto daño, haya acortado tantas
vidas como esta curiosa obra, tan bien intencionada. Razón de eso: la confusión de la
consecuencia con la causa. Aquel probo italiano veía en su dieta la causa de su larga
vida: cuando en realidad la condición previa de una vida larga, la lentitud
extraordinaria del metabolísmo, el gasto exiguo, era la causa de su escasa dieta. El no
era libre de comer poco o mucho, su frugalidad no era una «voluntad libre»: se ponía
enfermo cuando comía más. Pero, a quien no sea una carpa, comer normalmente no sólo le
viene bien, sino que le es necesario. Un docto de nuestros dias, con su rápido desgaste
de fuerza nerviosa, se arruinaría con el régime [régimen] de Cornaro. Crede experto
[cree al que lo ha experimentado].-
2
La fórmula más general que subyace a toda religión y a toda moral dice: «Haz esto y
aquello, no hagas esto y aquello - ¡así serás feliz! En otro caso...» Toda moral, toda
religión es ese imperativo,-yo lo denomino el gran pecado original de la razón, la
sinrazón inmortal. En mi boca esa fórmula se transforma en su contraria -primer ejemplo
de mi «transvaloración de todos los valores»: un hombre bien constituido, un «feliz»,
tiene que realizar ciertas acciones y recela instintivamente de otras, lleva a sus
relaciones con los hombres y las cosas el orden que él representa fisiológicamente.
Dicho en una fórmula: su virtud es consecuencia de su felicidad... Una vida larga, una
descendencia numerosa no son la recompensa de la virtud, la virtud misma es, más bien,
aquel retardamiento del metabolismo que, entre otras cosas, lleva también consigo una
vida larga, una descendencia numerosa, en suma, el cornarismo. -La Iglesia y la moral
dicen: «una estirpe, un pueblo se arruinan a causa del vicio y del lujo». Mi razón
restablecida dice: cuando un pueblo sucumbe, cuando degenera fisiológicamente, tal cosa
tiene como consecuencia el vicio y el lujo (es decir, la necesidad de estímulos cada vez
más fuertes y frecuentes, como los conoce toda naturaleza agotada). Este joven se vuelve
prematuramente pálido y mustio. Sus amigos dicen: de ello tiene la culpa esta y aquella
enfermedad. Yo digo: el hecho de que se haya puesto enfermo, el hecho de que no haya
resistido a la enfermedad fue la consecuencia de una vida empobrecida, de un agotamiento
hereditario. El lector de periódicos dice: con tal error ese partido se arruina. Mi
política superior dice: un partido que comete tales errores está acabado - ya no posee
su seguridad instintiva. Todo error, en todo sentido, es consecuencia de una degeneración
de los instintos, de una disgregación de la voluntad: con esto queda casi definido lo malo (das Schlechte). Todo lo bueno es instinto - Y,
por consiguiente, fácil, necesario, libre. El esfuerzo es una objeción, el dios es
típicamente distinto del héroe (en mi lenguaje: los pies
ligeros, primer atributo de la divinidad)
3
Error de una causalidad falsa. -En todo tiempo se ha creído saber qué es una causa: mas
¿de dónde sacábamos nosotros nuestro saber, o, más exactamente, nuestra creencia de
tener ese saber? Del ámbito de los famosos «hechos internos», ninguno de los cuales ha
demostrado hasta ahora ser un hecho. Creíamos que, en el acto de la voluntad, nosotros
mismos éramos causas; opinábamos que, al menos aquí, sorprendíamos en el acto a la
causalidad. De igual modo, tampoco se ponía en duda que todos los antecedentia
[antecedentes] de una acción, sus causas, había que buscarlos en la
consciencia, y que en ella los hallaríamos de nuevo si los buscábamos-como «motivos»:
de lo contrario, en efecto, no habríamos sido libres para realizar la acción,
responsables de ella. Finalmente, ¿quién habría discutido que un pensamiento es
causado?, ¿que el yo causa el pensamiento?... De estos tres «hechos internos», con los
que la causalidad parecía quedar garantizada, el primero y más convincente es el de la
voluntad como causa; la concepción de una consciencia (espíritu») como causa, y, más
tarde, también la del yo (el «sujeto») como causa nacieron simplemente después de que
la voluntad había establecido ya la causalidad como dada, como una empiria... Entre tanto
hemos pensado mejor las cosas. Hoy no creemos ya una sola palabra de todo aquello. El
«mundo interno» está lleno de fantasmas y de fuegos fatuos: la voluntad es uno de
ellos. La voluntad no mueve ya nada, por consiguiente tampoco aclara ya nada simplemente
acompaña a los procesos, también puede faltar. El llamado «motivo»: otro error.
Simplemente un fenómeno superficial de la consciencia, un accesorio del acto, que más
bien encubre que representa los antecedentes de éste. ¡Y nada digamos del yo! Se ha
convertido en una fábula, en una ficción, en un juego de palabras: ¡ha dejado
totalmente de pensar, de sentir y de querer!... ¿Qué se sigue de aquí? ¡No existen en
modo alguno causas espirituales! ¡Toda la presunta empiria de las mismas se ha ido al
diablo! ¡Esto es lo que se sigue de aquí! -y nosotros habíamos abusado gentilmente de
aquella «empiria», habíamos creado, basándonos en ella, el mundo como un mundo de
causas, como un mundo de voluntad, como un mundo de espíritus. La psicología más
antigua y más prolongada actuaba aquí, no ha hecho ninguna otra cosa: todo
acontecimiento era para ella un acto, todo acto, consecuencia de una voluntad, el mundo se
convirtió para ella en una pluralidad de agentes, a todo acontecimiento se le imputó un
agente (un «sujeto»). El hombre ha proyectado fuera de si sus tres «hechos internos»,
aquello en lo que él más firmemente creía, la voluntad, el espíritu, el yo, - el
concepto de ser lo extrajo del concepto de yo, puso las «cosas» como existentes
guiándose por su propia imagen, por su concepto del yo como causa. ¿Cómo puede
extrañar que luego volviese a encontrar siempre en las cosas tan sólo aquello que él
habia escondido dentro de ellas? - La cosa misma, dicho una vez más, el concepto de cosa,
mero reflejo de la creencia en el yo como causa... E incluso el átomo de ustedes,
señores mecanicistas y físicos, ¡cuánto error, cuánta psicología rudimentaria
perduran todavía en su átomo! -¡Para no decir nada de la «cosa en sí», del horrendum
pudendum [cosa horrorosa y vergonzosa] de los metafísicos! ¡El error del espíritu como
causa, confundido con la realidad! ¡Y convertido en medida de la realidad! ¡Y denominado
Dios!-
4
Error de las causa imaginarias. - Para partir del sueño: a una sensación determinada,
surgida, por ejemplo, a consecuencia de un lejano disparo de cañon, se le imputa
íntrospectivamente una causa (a menudo toda una pequeña novela, en la que precisamente
el que sueña es el personaje principal). La sensación, entre tanto, perdura, en una
especie de resonancia: aguarda, por así decirlo, hasta que el instinto causal se le permite pasar a primer plano, -
ahora ya no como un azar, sino como un «sentido». El disparo de cañon se presenta de
una forma causal, en una inversión aparente del tiempo. Lo posterior, la motivación, es
vivido antes, a menudo con cien detalles que transcurren como de manera fulminante, el
disparo viene después... ¿Qué ha ocurrido? Las representaciones
que fueron engendradas por una situación determinada son concebidas erróneamente
como causa de la misma. - De hecho cuando estamos despiertos actuamos también así. La
mayoría de nuestros sentimientos generales - toda especie de obstáculo, presión,
tensión, explosión en el juego y contrajuego de los órganos, como en especial el estado
del nervus sympaticus - excitan nuestro
instinto causal: queremos tener una razón de encontrarnos de este y de aquel modo, de
encontrarnos bien o encontrarnos mal. Jamás nos basta con establecer el hecho de que nos
encontramos de este y de aquel modo: no admitimos ese hecho -no cobramos consciencia de
él - hasta que hemos dado una especie de motivación. -El recuerdo, que en tal caso entra
en actividad sin saberlo nosotros, evoca estados anteriores de igual especie, así como
las interpretaciones causales fusionadas con ellos, - no la causalidad de los mismos.
Desde luego la creencia de que las representaciones, los procesos conscientes
concomitantes han sido las causas, es evocada también por el recuerdo. Surge así una
habituación a una interpretación causal determinada, la cual obstaculiza en verdad una
investigación de la causa e incluso la excluye.
5
Aclaración psicológica de esto. - El reducir algo desconocido a algo conocido alivia,
tranquiliza, satisface, proporciona además un sentimiento de poder. Con lo desconocido
vienen dados el peligro, la inquietud, la preocupación, - el primer instinto acude a
eliminar esos estados penosos. Primer axioma: una aclaración cualquiera es mejor que
ninguna. Como en el fondo se trata tan sólo de un querer-desembarazarse de
representacions opresivas, no se es precisamente riguroso con los medios de conseguirlo:
la primera representación con la que se aclara que lo desconocido es conocido hace tanto
bien que se la «tiene por verdadera». Prueba del placer («de
la fuerza») como criterio de verdad.-Así, pues, el instinto causal está condicionado y
es excitado por el sentimiento de miedo. El «¿por qué?» debe dar, si es posible, no
tanto la causa por ella misma cuanto, más bien,
una especie de causa - una causa tranquilizante, liberadora, aliviadora. El que quede
establecido como causa algo ya conocido, vivido, inscrito en el recuerdo, es la primera
consecuencia de esa necesidad. Lo nuevo, lo no vivido, lo extraño queda excluido como
causa. -Se busca, por tanto, como causa, no sólo una especie de aclaraciones, sino una
especie escogida y privilegiada de aclaraciones, aquéllas con las que de manera más
rápida, más frecuente, queda eliminado el sentimiento de lo extrano, nuevo, no vivido, -
las aclaraciones más habituales. - Consecuencia: una especie de posición de causas
prepondera cada vez más, se concentra en un sistema y sobresale por fin como dominante,
es decir, sencillamente excluyente de otras causas y aclaraciones.-El banquero piensa en
seguida en el «negocio», el cristiano, en el «pecado», la muchacha, en su amor.
6
El ámbito entero de la moral y la religión cae bajo este concepto de las causas
imaginarias. - «Aclaración» de los sentimientos generales desagradables. Están
condicionados por seres que nos son hostiles (espíritus malvados: el caso más famoso -
la errónea intelección de las histéricas como brujas.
Están condicionados por acciones que no pueden ser dadas por buenas (el sentimiento del
«pecado», de la «pecaminosidad», imputado a un malestar fisiológico -la gente
encuentra siempre razones de estar descontenta de sí misma). Están condicionados como
castigos, como expiación de algo que no deberíamos haber hecho, que no deberíamos haber
sido (generalizado de forma impudente por Schopenhauer en una tesis en la que la moral
aparece como lo que es, como una auténtica envenenadora y calumniadora de la vida: todo
gran dolor, sea corporal, sea espiritual, enuncia lo que merecemos; pues no nos podría
sobrevenir si no lo mereciésemos». El mundo como
voluntad y representación). Están condicionados como consecuencias de acciones
irreflexivas, que han salido mal (-los afectos, los sentidos, puestos como causa, como
«culpables»; malestares fisiológicos ínterpretados, con ayuda de otros malestares,
como «merecidos»).- «Aclaración» de los sentimientos generales agradables. Están
condicionados por la confianza en Dios. Están condicionados por la consciencia de
acciones buenas (la denominada «buena conciencia», un estado fisiológico que a veces es
tan semejante a una digestión feliz que se confunde con ella). Están condicionados por
el resultado feliz de empresas (--falacia ingenua: el resultado feliz de una empresa no le
produce en modo alguno sentimientos generales agradables a un hipocondríaco o a un
Pascal). Están condicionados por la fe, la caridad, la esperanza - las virtudes cristianas. - En verdad, todas estas presuntas
aclaraciones son estados derivados y, por así decirlo, traducciones de sentimientos de
placer o de displacer a un dialecto falso: se está en estado de esperar porque el
sentimiento fisiológico básico vuelve a ser fuerte y rico; se confía en Dios porque el
sentimiento de plenitud y de fuerza le proporciona a uno calma.- La moral y la religión
caen en su integridad bajo la psicología del error: en cada caso particular son
confundidos la causa y el efecto; o la verdad es confundida con el efecto de lo creido
como verdadero; o un estado de consciencia es confundido con la causalidad de ese estado.
8
Error de la voluntad libre.. -
Hoy no tenemos ya compasión alguna con el concepto de «voluntad libre»: sabemos
demasiado bien lo que es -la más desacreditada artimaña de teólogos que existe,
destinada a hacer «responsable» a la humanidad en el sentido de los teólogos, es decir,
a hacerla dependiente de ellos... Voy a exponer aquí tan sólo la psicología de toda
atribución de responsabilidad. - En todo lugar en que se anda a la busca de
responsabilidad suele ser el instinto del querer-castigar-y-juzgar el que anda en su
busca. Se ha despojado de su inocencia al devenir
cuando este o aquel otro modo de ser es atribuido a la voluntad, a las intenciones, a los
actos de la responsabilidad: la doctrina de la voluntad ha sido inventada esencialmente
con la finalidad de castigar, es decir, de querer-encontrar-culpables. Toda la vieja
psicología, la psicología de la voluntad, tiene su presupuesto en el hecho de que sus
autores, los sacerdotes colocados en la cúspide de las viejas comunidades, querían
otorgarse el derecho de imponer castigos: - querían otorgarle a Dios ese derecho... A los
seres humanos se los imaginó «libres» para que pudieran ser juzgados, castigados, -
para que pudieran ser culpables: por consiguiente, se tuvo que pensar que toda acción era
querida, y que el origen de toda acción estaba situado en la consciencia ( - con lo cual
el más radical fraude in psychologicis [en cuestiones psicológicas] quedó convertido en
principio de la psicología misma...) Hoy que hemos ingresado en el movimiento opuesto a
aquél, hoy que sobre todo nosotros los inmoralistas intentamos, con todas nuestras
fuerzas, expulsar de nuevo del mundo el concepto de culpa y el concepto de castigo y
depurar de ellos la psicología, la historia, la naturaleza, las instituciones y sanciones
sociales, no hay a nuestros ojos adversarios más radicales que los teólogos, los cuales,
con el concepto de «orden moral del mundo» continúan
infectando la inocencia del devenir por medio del «castigo» y la «culpa». El
cristianismo es una metafísica del verdugo...
9
¿Cuál puede ser nuestua única doctrina? - Que al ser humano nadie le da sus
propiedades, ni Dios, ni la sociedad, ni sus padres y antepasados, ni él mismo ( - el
sinsentido de esta noción que aquí acabamos de rechazar ha sido enseñado como «libertad inteligible» por Kant, acaso ya también por
Platón). Nadie es responsable de existir, de estar hecho de este o de aquel modo, de
encontrarse en estas circunstancias, en este ambiente. La fatalidad de su ser no puede ser
desligada de la fatalidad de todo lo que fue y será. El no es la consecuencia de una
intención propia, de una voluntad, de una finalidad, con él no se hace el ensayo de
alcanzar un «ideal de hombre» o un «ideal de felicidad» o un «ideal de moralidad»,
-es absurdo querer echar a rodar su ser hacia una finalidad cualquiera. Nosotros hemos
inventado el concepto «finalidad»: en la realidad falta la finalidad... Se es necesario,
se es un fragmento de fatalidad, se forma parte del todo, se es en el todo, - no hay nada
que pueda juzgar, medir, comparar, condenar nuestro ser, pues esto significaría juzgar,
medir, comparar, condenar el todo... ¡Pero no hay nada fuera del todo! - Que no se haga
ya responsable a nadie, que no sea lícito atribuir el modo de ser a una causa prima, que
el mundo no sea una unidad ni como sensorium ni como «espíritu», sólo esto es la gran
liberación, - sólo con esto queda restablecida otra vez la inocencia del devenir... El
concepto «Dios» ha sido hasta ahora la gran objeción
contra la existencia... Nosotros negamos a Dios, negamos la responsabilidad en Dios: sólo
así redimimos al mundo.
Presentación
LOS MEJORADORES DE LA HUMANIDAD
(CREPÚSCULO DE LOS IDOLOS)
Es conocida mi exígencia al filósofo de que se sitúe más alla del bien y del mal, - de que tenga debajo de sí la
ilusión del juicio moral. Esta exigencia se deriva de una intuición que yo he sido el
primero en formular: la de que no existen hechos morales. El juicio moral tiene en común
con el religioso el creer en realidades que no lo son. La moral es únicamente una
interpretación (Ausdeutung) de ciertos fenómenos, dicho de manera más precisa, una
interpretación equivocada (Mirsdeutung). El juicio moral, lo mismo que el religioso,
corresponde a un nivel de ignorancia en el que todavía falta el concepto de lo real, la
distinción entre lo real y lo imaginario: de tal manera que, en ese nivel, la palabra
«verdad» designa simplemente cosas que hoy nosotíos llamamos «imaginaciones». El
juicio moral, en consecuencia, no ha de ser tomado nunca a la letra: como tal, siempre
contiene únicamente un sinsentido. Pero en cuanto semiótica no deja de ser inestimable:
revela. al menos para el entendido, las realidades más valiosas de culturas e
interioridades que no sabían lo bastante para «entenderse» a sí mismas. La moral es
meramente un hablar por signos, meramente una sintomatología:
hay que saber ya de qué se trata para sacar provecho de ella.
2
Un primer ejemplo, y completamente provisional. En todo tiempo se ha querido «mejorar» a
los hombres: a esto sobre todo es a lo que se ha dado el nombre de moral. Pero bajo la
misma palabra se esconden las tendencias más diferentes. Tanto la doma de la bestia
hombre como la cria de una determinada especie hombre han
sido llamadas «mejoramiento»: sólo estos términos zoológicos expresan realidades, -
realidades ciertamente, de las que el «mejorador» típico, el sacerdote, nada sabe -nada
quiere saber... Llamar a la doma de un animal su «mejoramiento» es algo que a nuestros
oídos les suena casi como una broma. Quien sabe lo que ocurre en las casas de fieras pone
en duda que en ellas la bestia sea «mejorada». Es debilitada, es hecha menos dañina, es
convertida, mediante el afecto depresivo del miedo, mediante el dolor, mediante las
heridas, mediante el hambre en una bestia enfermiza. - Lo mismo ocurre con el hombre
domado que el sacerdote ha «mejorado». En la Alta Edad Media, cuando de hecho la Iglesia
era ante todo una casa de fieras, se daba caza en todas partes a los más bellos
ejemplares de la «bestia rubia» se «mejoró», por
ejemplo, a los aristocráticos germanos. Pero ¿qué aspecto ofrecía luego ese germano
«mejorado», llevado engañosamente al monasterio? El de una caricatura de hombre, el de
un aborto: había sido convertido en un «pecador», estaba metido en la jaula, había
sido encerrado entre conceptos todos ellos terribles... Allí yacía ahora, enfermo,
mustio, aborreciéndose a sí mismo; lleno de odio contra los impulsos que incitan a
vivir, lleno de sospechas contra todo lo que continuaba siendo fuerte y feliz. En suma, un
«cristiano»... Dicho fisiológicamente: en la lucha con la bestia el ponerla enferma
puede ser el único medio de debilitarla. Esto lo entendió la Iglesia: echó a perder al
hombre, lo debilitó, - pero pretendió haberlo «mejorado»...
3
Tomemos el otro caso de la llamada moral, el caso de la cría de una determinada raza y
especie. El ejemplo más grandioso de esto nos lo ofrece la moral india, sancionada como
religión en la «Ley de Manú». La tarea aquí planteada
consiste en criar a la vez nada menos que cuatro razas: una sacerdotal, otra guerrera, una
de comerciantes y agricultores, y finalmente una raza de sirvientes, los sudras. Es
evidente que aqui no nos encontramos ya entre domadores de animales: una especie cien
veces más suave y racional de hombres es el presupuesto para concebir siquiera el plan de
tal cría. Viniendo del aire cristiano, un aire de enfermos y de cárcel, uno respira
aliviado al entrar en este mundo más sano, más elevado, más amplio. ¡Qué miserable es
el «Nuevo Testamento» comparado con Manú, qué mal huele! - Pero también esta
organización tenía necesidad de ser terrible, - esta vez no en lucha con la bestia, sino
con su concepto antitetico, con el hombre-no-de-cría, el hombre-mestizo, el chandala. Y,
de nuevo, esa organización no tenia ningún otro medio para hacerlo inocuo, para hacerlo
débil, que ponerlo enfermo, - era la lucha con el «gran número». Acaso nada contradiga
más a nuestro sentimiento que estas medidas preventivas de la moral india. El tercer
edicto, por ejemplo (Avadana-Sastra I), el de «las legumbres impuras», prescribe que el
único alimento permitido a los chandalas serán los ajos y las cebollas, en atención a
que la Escritura sagrada prohíbe darles grano o frutos que tengan granos, darles agua o
fuego. Ese mismo edicto establece que el agua que necesiten no la tomarán ni de los ríos
ni de las fuentes ni de los estanques, sino únicamente de los accesos a los charcos y de
los agujeros hechos por las pisadas de los animales. Asimismo se les prohíbe lavar sus
ropas y lavarse a sí mismos, puesto que el agua que graciosamente se les concede sólo es
lícito utilizarla para aplacar la sed. Finalmente, se prohíbe a las mujeres sudras
asistir en el parto a las mujeres chandalas, y asimismo se prohíbe a estas últimas
asistirse entre si en ese caso...-El éxito de tal policia sanitaria no tardó en llegar:
epidemias mortíferas, enfermedades sexuales horribles, y, a consecuencia de ello, de
nuevo, «la ley del cuchillo», que prescribe la castración para los niños, la
amputación de los labios menores de la vulva para las niñas. - Manú mismo dice: «los
chandalas son fruto de adulterio, incesto y crimen ( - esta es la consecuencia necesaria
del concepto de cría). Como vestidos tendrán sólo los andrajos de los cadáveres, como
vajilla, cacharros rotos, como adorno, hierro viejo, como culto, sólo los espíritus
malignos; vagarán sin descanso de un lado para otro. Les está prohibido escribir de
izquierda a derecha y servirse de la mano derecha para escribir: el empleo de la mano
derecha y de la escritura de izquierda a derecha está reservado a los virtuosos, a la
gente de raza».-
4
Estas disposiciones son bastante instructivas: en ellas tenemos, por un lado, la humanidad
aria, totalmente pura, totalmente originaria,- aprendemos que el concepto «sangre pura»
es la antítesis de un concepto banal. Por otra parte, se hace claro cuál es el pueblo en
el que el odio, el odio de los chandalas contra esa «humanidad se ha perpetuado, dónde
se ha convertido en religión, dónde se ha convertido en genio... Desde este punto de
vista los Evangelios son un documento de primer rango; más aún el libro de Henoch. - El
cristianismo, brotado de la raíz judía y sólo comprensible como planta propia de ese
terreno, representa el movimiento opuesto a toda moral de la cría, de la raza, del
privilegio: - es la religión antiaria par excellence: el cristianismo, transvaloración
de todos los valores arios, victoria de los valores chandalas, el evangelio predicado a
los pobres, a los inferiores, rebelión completa de todos los pisoteados, miserables,
malogrados, fracasados, contra la «raza», - venganza inmortal de los chandalas como
religión del amor. ..
5
La moral de la cría y la moral de la doma son completamente dignas una de otra en los
medios de imponerse: nos es lícito sentar como tesis suprema que, para hacer moral, es
preciso tener la voluntad incondicional de lo contrario. Este es el gran problema, el
inquietante problema detrás del cual yo he andado durante más largo tiempo: la
psicología de los mejoradores de la humanidad. Un hecho pequeño y, en el fondo, modesto,
el de la llamada pia fraus [mentira piadosa], me
proporcionó el primer acceso a este problema: la pia fraus, patrimonio
hereditario de todos los filósofos y sacerdotes que han «mejorado» la humanidad. Ni
Manú, ni Platón, ni Confucio, ni los maestros judíos y cristianos han dudado jamás de
su derecho a la mentira. No han dudado de otros
derechos completamente distintos... Expresandolo en una fórmula, sería lícito decir:
todos los medios con que se ha pretendido hasta ahora hacer moral a la humanidad han sido
radicalmente inmorales.
Presentación
LO QUE LOS ALEMANES ESTÁ PERDIENDO
(CREPÚSCULO DE LOS IDOLOS)
Entre alemanes no basta hoy con tener espíritu: hay además que tomarse, que arrogarse
espíritu... Acaso yo conozca a los alemanes,
acaso precisamente e mí me sea lícito decirles unas cuantas verdades. La nueva Alemania
representa una gran cantidad de capacidades heredadas y adquiridas, de forma que durante
algún tiempo le es lícito incluso gastar con prodigalidad el tesoro de fuerza acumulado.
No es una cultura elevada la que -con ella ha alcanzado el dominio, y menos aún un gusto
delicado, una aristocrática «belleza» de los instintos; pero sí virtudes más viriles
que las que
ningún otro país de Europa puede exhibir. Mucho buen humor y mucho respeto de si, mucha
seguridad en el trato, en la reciprocidad de los deberes, mucha laboriosidad, mucha
constancia -y una moderación hereditaria, que más que del freno necesita del acicate.
Añado que aqui todavía se obedece sin que el obedecer humille... Y nadie desprecia a su
adversario... Como se ve, es mi deseo ser justo con los alemanes: no quisiera volverme
infiel a mí mismo en esto, - tengo, pues, que hacerles también mi objeción. Se paga
caro el llegar al poder: el poder vuelve estúpidos a los hombres... Los alemanes - en
otro tiempo se los llamó el pueblo de los pensadores:
¿continúan pensando hoy? - Los alemanes se aburren ahora con el espíritu, los alemanes
desconfían ahora del espíritu, la política devora toda seRiedad para las cosas
verdaderamente espirituales - «Alemania, Alemania
por encima de todo», yo temo que esto haya sido el final de la filosofía alemana...
«¿Hay filósofos alemanes?, ¿hay poetas alemanes;>, ¿hay buenos libros
alemanes?», me preguntan en el extranjero. Yo me sonrojo, pero con la valentía que
me es propia incluso en casos desesperados respondo: «¡Sí, Bismarck!»- ¿Confesaría
yo siquiera qué libros lee hoy la gente? ¡Maldito instinto de la mediocridad! -
2
- Lo que el espíritu alemán podría ser, ¡quién no ha tenido ya sus pensamientos
melancólicos sobre ello! Pero este pueblo se ha vuelto estúpido voluntariamente, casi
desde hace un milenio: en ningún otro sitio se ha abusado más viciosamente de los dos
grandes narcóticos europeos, el alcohol y el
cristianismo. Ultimamente se ha añadido incluso un tercero, que por sí solo basta para
acabar con toda sutil y audaz movilidad del espíritu, la música, nuestra congestionada y
congestionante música alemana. - ¡Cuánta enfadosa pesadez, torpeza, humedad, bata de
dormir, cuánta cerveza hay en
la inteligencia alemana! ¿Cómo es propiamente posible que hombres jóvenes, que
consagran su existencia a las metas más espirituales, no sientan dentro de sí el primer
instinto de la espiritualidad, el instinto de autoconservación del espíritu - y beban
cerveza?... Tal vez el alcoholismo de la juventud docta no sea todavía un signo de
interrogación en lo que respecta a ese su ser docta -aun careciendo de espíritu se puede
ser un gran docto -, pero en todos los demás aspectos continúa
siendo un problema. - ¡dónde no se la encontraría, esa blanda degeneración que la
cerveza produce en el espíritu! Una vez, en un caso que casi se ha hecho famoso, yo puse
el dedo sobre una de esas degeneraciones - la degeneración de nuestro primer
librepensador alemán, el inteligente David Strauss, convertido en autor de un evangelio
de cervecería y de una «nueva fe»... No en vano había puesto él en verso su promesa
solemne a la «encantadora morena» - fidelidad
hasta la muerte...
3
-Acerca del espíritu alemán he dicho esto: que se está volviendo más tosco, que se
está volviendo superficial. ¿Basta con esto? -En el fondo lo que a mí me aterra es algo
completamente distinto: cómo va hacia abajo cada vez más la seriedad alemana, la
profundidad alemana, la pasión alemana en las cosas espirituales. Se ha modificado el
pathos, no meramente la intelectualidad. - De vez en cuando tengo contactos con
Universidades alemanas: ¡qué atmósfera la que reina entre sus doctos, qué
espiritualidad yerma, qué espiritualidad contentadiza y entibiada! Sería un malentendido
profundo que aquí se me quisiera replicar con la ciencia alemana - y además una ptueba
de que no se ha leído ni una palabra de mí. Desde hace diecisiete años me he cansado de
poner de relieve el influjo desespiritualizador de nuestro cultivo actual de la ciencia.
El duro hilotismo a que la extensión enorme de las
ciencías condena hoy a todo individuo es una razón capital de que naturalezas con unos
intereses más completos, más ricos, más profundos, no encuentren ya ni una educación
ni unos educadores adecuados a ellas. De ninguna otra cosa adolece más nuestra cultura
que de la profusión de presuntuosos motes de esquina y humanidades fragmentarias;
nuestras Universidades son, contra su voluntad, los auténticos invernaderos para esta
especie de atrofia de los instintos del espiritu. Y Europa entera tiene ya una noción de
esto -la gran política no engaña a nadie... Alemania es considerada cada vez más como
el país plano de Europa. - Todavía ando buscando un
alemán con quien yo pueda ser serio a mi manera,- ¡cuanto más uno con el que me pueda
permitir ser jovial! Crepusculo de los idolos: ¡ay, quién comprenderá hoy de qué
seriedad se resarce aquí
un eremita! - La jovialidad es en nosotros lo más incomprensible...
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Hágase un cálculo aproximado: no sólo resulta evidente que la cultura alemana está
decayendo, sino que tampoco falta una razón suficiente de ello. Nadie puede, en
definitiva, gastar más de lo que tiene - esto vale de los individuos, esto vale de los
pueblos. Si uno se dedica al poder, a la gran política, a la economia, al comercio
mundial, al parlamentarismo, a los intereses militares, - si uno disipa por ese lado la
cantidad de entendimiento, seriedad, voluntad, autosuperación que él es, entonces esas
cosas faltan por el otro lado. La cultura y el Estado - no nos engañemos sobre esto - son
antagonistas: el «Estado de cultura» no pasa de ser
una idea moderna. Lo uno vive de lo otro, lo uno prospera a costa de lo otro. Todas las
épocas grandes de la cultura son épocas de decadencia politica: lo que es grande en el
sentido de la cultura ha sido apolítico, incluso antipolítico.
-A Goethe el corazón se le alegró frente al fenómeno Napoleón, - frente a las «guerras de liberación» Se le entristeció... En el mismo
instante en que Alemania surge en el horizonte como gran potencia,
Francia adquiere una nueva importancia como potencia cultural. Ya hoy se ha trasladado a
París mucha nueva seriedad, mucha nueva pasión del espíritu; la cuestión del
pesimismo, por ejemplo, la cuestión Wagner, casi todas las cuestiones psicológicas
y artísticas son examinadas allí de una manera incomparablemente más sutil y radical
que en Alemania, - los alemancs son incluso incapaces de esa especie de seriedad. - En la
historia de la cultura europea la aparición del Reich en el horizonte significa ante todo
una cosa: un desplazamiento del centro de gravedad. En todas partes se sabe ya esto: en lo
principal - y la cultura continúa siendo lo principal- a los alemanes no se los tiene ya
en cuenta. La gente pregunta: ¿podéis mostrar aunque sólo sea un espíritu que cuente
para Europa?, ¿como contaban vuestro Goethe, vuestro Hegel, vuestro Heinrich Heine,
vuestro Schopenhauer? - El que ya no haya ni un solo filósofo alemán es algo que no cesa
de provocar asombro. -
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Al sistema entero de educación superior en Alemania se le ha ido de las manos lo
principal: tanto la finalidad como los medios de lograrla. Se ha olvídado que la
educación, la formanon misma -y no el Reich- es la finalidad, que para lograr esa
finalidad son precisos educadores - y no profesores de Instituto y doctos de
Universidad... Hay necesidad de educadores que estén educados ellos mismos, de espíritus
superiores, aristocráticos, probados en cada instante, probados por la palabra y el
silencio, culturas que se hayan vuelto maduras, dulces, - no los doctos zopencos que los
Institutos y la Universidad ofrecen hoy, como «nodrizas superiores», a la juventud.
Faltan, descontadas las excepciones de las excepciones, los educadores, primera condición
previa de la educación: de ahí la decadencia de la cultura alemana. - Una de esas
rarísimas excepciones es
mi venerado amigo Jakob Burckhardt de Basilea: a él
en primer lugar debe Basilea su primacía humanística. - Lo que las «escuelas
superiores» de Alemania logran de hecho es un adiestramiento brutal para hacer
utilizable, aprovechable para el servicio del Estado, con la menor pérdida posible de
tiempo, un gran número de jóvenes. «Educación superior» y gran número - son cosas
que de antemano se contradicen. Toda educación superior pertenece sólo a la excepción:
hay que ser privilegiado para tener derecho a un privilegio tan alto. Ninguna de las cosas
grandes, ninguna de las cosas bellas puede ser jamás bien común: pulchrum est paucorum hominum [lo bello es cosa de
pocos hombres].- ¿Qué es lo que condiciona la decadencia de la cultura alemana? El hecho
de que la «educación superior» no sea ya un privilegio -el democratismo de la «cultura
general», la cual se ha vuelto común... Sin olvidar que
los privilegios militares imponen formalmente una concurrencia excesiva a las escuelas
superiores, es decir, su ruina. - Nadie es ya libre, en la Alemania de ahora,
de dar a sus hijos una educación aristocrática: nuestras escuelas «superiores», todas
ellas, están organizadas para la mediocridad más ambigua, en sus maestros, en sus planes
de enseñanza, en las metas de su enseñanza. Y en todas partes reina una prisa
indecorosa, como si se llegase tarde a algo si el joven de veintitrés años no ha
«acabado» ya, no conoce todavía la respuesta a la «pregunta principal»: ¿qué
profesión? - Una especie superior de hombre, permítaseme decirlo, no ama las
«profesiones», precisamente porque se sabe con una vocación...
Tiene tiempo, no piensa en absoluto en haber «acabado», -a los treinta años se es, en
el sentido de una cultura elevada, un principiante, un niño. - Nuestros Institutos repletos, nuestros profesores de
Instituto sobrecargados, convertidos en unos estúpidos, son un escándalo: para tomar la
defensa de esas situaciones, como lo acaban de hacer los catedráticos de Heidelberg,
acaso se tengan causas, -
pero no hay razones.
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- Para no apartarme de mi manera de ser, que dice sí y que sólo de manera indirecta,
sólo contra su voluntad tiene que ver con la contradicción y la crítica, voy a señalar
en seguida las tres tareas en razón de las cuales se tiene necesidad de educadores. Se ha
de aprender a ver, se ha de aprender a pensar y se ha de aprender a hablar y escribir: la
meta en estas tres cosas es una cultura aristocrática. -Aprender a ver - habituar el ojo
a la calma, a la paciencia, a dejar-que-las-cosas-se-nos- acerquen; aprender a aplazar el
juicio, a rodear y a abarcar el caso particular desde todos los lados. Esta es la primera
enseñanza preliminar para la espiritualidad: no reaccionar en seguida a un estímulo, sino controlar los instintos que ponen obstáculos,
que aislan. Aprender a ver, tal como yo entiendo esto, es ya casi lo que el modo
afilosófico de hablar denomina voluntad fuerte: lo esencial en esto es, precisamente, el
poder no «querer», el poder diferir la decisión. Toda no-espiritualidad, toda
vulgaridad descansa en la incapacidad de oponer resistencia a un estímulo - se tiene que reaccionar, se sigue todo impulso. En muchos
casos ese tener que es ya enfermedad, decadencia, síntoma de agotamiento, - casi todo lo
que la tosquedad afilosófica designa con el nombre de «vicio» es meramente esa
incapacidad fisiológica de no reaccionar.-Una aplicación práctica del
haber-aprendido-a-ver: en cuanto discente en general, se habrá llegado a ser lento,
desconfiado, reacio. A lo extraño, a lo nuevo de toda especie se lo dejará acercarse con
una calma hostil, - se retraerá de ello la mano. El
tener abiertas todas las puertas, el servil tenderse-boca-abajo ante todo hecho pequeño,
el estar siempre dispuesto a meterse, a lanzarse de un salto dentro de otros hombres y
otras cosas, en suma, la famosa «objetividad» moderna es mal gusto, es algo
no-aristocrárico par excellence. -
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Aprender a pensar: en nuestras escuelas no se tiene ya la menor noción de esto. Incluso
en las Universidades, incluso entre los auténticos doctos de la filosofía comienza a
caer en desuso la lógica como teoría, como práctica, como oficio. Léense libros
alemanes: ni el más lejano recuerdo ya de que para pensar se requiere una técnica, un
plan de enseñnnza, una voluntad de maestría, - que el pensar ha de ser aprendido como ha
de ser aprendido el bailar, como una especie de baile... ¡quién
conoce ya por experiencia, entre alemanes, ese sutil estremecimiento que los pies ligeros en lo espiritual transfunden a todos los
músculos! -La tiesa torpeza del gesto espiritual, la mano tosca al agarrar -esto es
alemán hasta tal grado que en el extranjero se lo confunde con el ser alemán en cuanto
tal. El alemán no tiene dedos para percibir las nuances [matices]... El mero hecho de que
los alemanes hayan soportado a sus filósofos, sobre todo a aquel lisiado conceptual, el
más deforme que ha existido, el gran Kant, proporciona una noción no escasa de la gracia
alemana.-No se puede
descontar, en efecto, de la educación aristocrática el bailar en todas sus formas, el
saber bailar con los pies, con los conceptos, con las palabras; ¿he de decir todavía que
también hay que saber bailar con la pluma, - que hay que aprender a escribir? - Pero en
este punto me convertiría en un completo enigma para los lectores alemanes ...
Presentación Crepúsculo
El término alemán Heiterkeit, que aquí se traduce por «jovialidad»,
suele verterse ordinariamente por «serenidad», sobre todo cuando se habla de la
«serenidad griega» (griechitche Heiterkeit). Con independencia del
problemático concepto «serenidad griega», Heiterkeit no designa en modo alguno
la «serenidad, si se entiende este término castellano como «apacibilidad»,
«sosiego», «falta de turbacíón fisica o moral» (Diccionario de la Real Academia). La
Heiterkeit habría que concebirla más bien en el sentido que tiene cuando se aplica al
«cielo sereno», esto es: «claro», «despejado de nubes o nieblas», que es un sentido
muy nietzscheano.
Prólogo
Transvaloración: Umwertung.
Esta traducción literal del famoso término nietzscheano parece, aunque nueva, más
adecuada que las hasta ahora usuales en Espana, que eran un tanto chillonas: «inversión
de los valores», «subversión de los valores», «derrumbamiento de los valores»,
«transmutación de los valores», todas las cuales sugieren algo asl como «anarquía».
Nada más
lejos de Nietzsche. Se trata de «cambiar» y «sustituir» unos valores por otros, a
saber, los inventados por los resentidos, por los dimanantes de la afirmación de la vida.
Prólogo
Nietzsche alude aquí, sin duda, a su obra El caso
Wagner, que fue publicada inmediatamente antes del Crepúsculo
de los ídolos. Las palabras con que acaba El caso Wagner son precisamente
éstas: «El caso Wlagner es para el filósofo un caso afortunado, - este escrito, eso
se percibe con el oido, esta inspirado por la gratitud...
Prólogo
El verso aquí citado por Nietsche ha
sido transmitido por Aulo Gelio, Noches áticas, 18, 11, 4.
Corresponde al poema de Furio de Anzio, Los Anales.
Prólogo
Charles Andler ha defendido (Nietzsche, sa vie et sa
pensée) que la traducción correcta de la palabra Götzen,
al menos en el titulo de la obra (Götzen-Dämmerung), sería «dioses
falsos» y no «ídolos». Aun concediendo la parte de razón que le asiste a
Andler en su propuesta, parece que el término «ídolos»,
entendido en su sentido más amplio, engloba también el de «dioses falos, y resulta
además obligado en la mayoría de las ocasiones.
Prólogo
En alemán, juego de palabras entre böser Blick (literal: mirada
malvada»; figurado: «mal de ojo») y böses Ohr (literal: «oido
malvado»; figurado - en la expresión forjada por Nietzsche, semejanza de
la anterior-: «mal de oido»).
Prólogo
El símbolo del «martillo» se remonta en
Nietzsche, como es sabido, a Asi habló Zaratustra. El final de Crepúsculo
de lor ídolos será un fragmento de Así habló Zaratustra, al que
Nietzsche da aquí el título de Habla el martillo». Por otro lado, en Más
allá del bien y del mal, Nietzsche había hablado de «un martillo divino».
Prólogo
Nietzsche alude aquí al primitivo título de esta obra:
Ociosidad de un psicólogo.
Prólogo
El sentido concreto que tenía para Nietzsche la palabta ociosidad»
se aclara en este fragmento inédito de la primavera-verano de 1888: «Para un
guerrero del conocimiento, que está siempre en lucha con verdades feas, la creencia de
que no existe ninguna verdad es un gran baño y un relajamiento de los miembros.-El
nihilismo es nuestra especie de ociosidad...»
Prólogo
Esto es, El Anticristo, antes de que
Nietzsche decidiera hacer de él la entera Transvaloración.
Prólogo
Nietzsche realiza aqui un juego de palabras basado en el conocido
proverbio alemán (también usual en otras lenguas) Müssiggang ist aller Laster
Anfang [La ociosidad es el comienzo de todos los vicios],
a la vez que vuelve a aludir al primitivo título de la obra. Ya en el otono de 1881
Nietzsche había aplicado esta misma sentencia a «la ociosidad de Zaratustra».
Un fragmento inédito de aquella época dice así: «La ociosidad de Zaratustra es,
sin embargo, el comienzo de todos los vicios.»
Sentencias y Flechas
En un fragmento inédito del año de 1857, esta sentencia es ampliada del
modo siguiente: «El más animoso de todos nosotros no tiene ánimos bastantes para lo
que él propiamente sabe... El grado y fortaleza de la valentía de uno mismo son los que
deciden sobre en qué lugar uno se detiene o no se detiene todavía, sobre en qué lugar
juega 'aquí está la verdad'; lo deciden más, en todo caso, que cualquicr sutilidad u
obtusidad de ojo y de espíritu.»
Sentencias y Flechas
Esta aseveración de Aristóteles se
encuentra en su Política, 1253 a 29, dentro del contexto siguiente: «Es,
pues, manifiesto que la ciudad existe por naturaleza y que es anterior al individuo, pues
si el individuo no puede de por sí bastarse a sí mismo, deberá mantener con el todo
político la misma relación que las otras partes mantienen con su respectivo todo. Quien
sea incapaz de entrar en esa participación común, o quien, a causa de su propia
suficiencia, no necesite de ella, no es parte de la ciudad, sino un animal o un dios.»
Sentencias y Flechas
En alemán Nietzsche realiza un juego de palabras con los términos
einfach [simple] y zwiefach [duplicado].
Por lo demás, es clara la intención antischopenhaueriana de
esta sentencia; para Schopenhauer la simplicidad era el distintivo de lo
verdadero.
Sentencias y Flechas
Encontramos aqui la primera «reminiscencia» de las lecturas
francesas de Nietzsche en esta época; en concreto, del Journal de los
hermanos Goncourt. El día 10 de noviembre de 1887, desde Niza, Nietzsche le
escribía a su amigo Peter Gast lo siguiente: Querido amigo... Ha aparecido el segundo
tomo del Journal des Goncourt: es la novedad más interesante. Se refiere a los años
1862-1865: en él se describen de manera muy palpable los famosos diners chez Magny,
aquellas comidas que, dos veces por mes, reunían a la pandilla más ingeniosa y
escéptica de los espíritus parisinos de entonces (Sainte-Beuve, Flaubert, Théophile
Gautier, Taine, Renan, los Goncourt, Schérer, Gavarni, a veces Turgueniev, etc.)
Pesimismo exasperado, cinismo, nihilismo, alternando con mucho alborozo y buen humor; yo
mismo no estaria mal allí -conozco de memoria a esos señores, tanto que propiamente
estoy ya harto de ellos. Hay que ser más radical: en el fondo a todos ellos les falta lo
principal- 'la force'». Como iremos señalando en su momento, Nietzsche metamorfosea
en Crepúsculo de los ídolos numerosas expresiones ingeniosas que aparecen en el
citado Journal. En uno de sus cuadernos inéditos (signatura W II 3: noviembre de 1887 a
marzo de 1888) tomó numerosos apuntes del tomo I del Journal (correspondiente a
los años 1851-1861) Así, por cjemplo, con referencia a la página 792 del citado
Journal, Nietzsche escribe esta nota: -man hat von Zeit zu Zeit das Bedürfnis
d'un encanaillement de l'esprit [de vez en cuando tenemos necesidad de un
encanallecimiento del espíritul], que es sin duda un antecedente de esta
sentencia de Nietzsche.
Sentencias y Flechas