EL ANTICRISTO
(Maldición sobre el cristianismo)
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Prólogo
(Anticristo)

Este libro pertenece a los menos. Tal vez no viva todavía ninguno de ellos. Serán, sin duda, los que comprendan mi Zaratustra: ¿cómo me sería lícito confundirme a mí mismo con aquellos a quíénes ya hoy se les hace caso? -Tan sólo el pasado mañana me pertenece. Algunos nacen de manera póstuma. Las condiciones en las que se me comprende, y luego se me comprende por necesidad, - yo las conozco muy exactamente. Hay que ser honesto hasta la dureza en cosas del espíritu incluso para soportar simplemente mi seriedad, mi pasión. Hay que estar entrenado en vivir sobre las montañas - en ver por debajo de sí la miserable charlatanería actual acerca de la política y del egoísmo de los pueblos. Hay que haberse vuelto indiferente, hay que no preguntar jamás si la verdad es útil, si se convierte en una fatalidad para alguien... Una predilección de la fuerza por problemas para los que hoy nadie tiene valor; el valor de lo prohibido; la predestinación al laberinto.Una experiencia hecha de siete soledades -. Oídos nuevas para una música nueva. Ojos nuevos para lo más lejano.
Una conciencia nueva para verdades que hasta ahora han permanecido mudas. Y la voluntad de economía de gran estilo: guardar junta la fuerza propia, el entusiasmo propio... El respeto a sí mismo; el amor a sí mismo; la libertad incondicional frente a sí mismo...
¡Pues bien! Sólo ésos son mis lectores, mis verdaderos lectores, mis lectores predestinados: ¿qué importa el resto? - El resto es simplemente la humanidad. - Hay que ser superior a la humanidad por fuerza, por altura de alma, - por desprecio...
FRIEDRICH NIETZSCHE

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1
Mirémonos a la cara. Nosotros somos hiperbóreos, - sabemos muy bien cuán aparte vivimos. «Ni por tierra ni por agua encontrarás el camino que conduce a los hiperbóreos»; ya Píndaro supo esto de nosotros. Más allá del norte, del hielo, de la muerte -nuestra vida, nuestra felicidad ... Nosotros hemos descubierto la felicidad, nosotros sabemos el camino, nosotros encontramos la salida de. milenios enteros de laberinto. ¿Qué otro la ha encontrado? - ¿Acaso el hombre moderno? «Yo no sé qué hacer; yo soy todo eso que no sabe qué - suspira el hombre moderno. De esa modernidad hemos estado enfermos, -de paz ambigua, de compromiso cobarde, de toda la virtuosa suciedad propia del sí y el no modernos. Esa tolerancia y largeur [amplitud] de corazón que perdona todo porque comprende es scirocco [siroco] para nosotros. ¡Preferible vivir en medio del hielo que entre virtudes modernas y otros vientos del sur! ...Nosotros fuimos suficientemente valientes, no tuvimos indulgencia ni con nosotros ni con los demás; pero durante largo tiempo no supimos a dónde ir con nuestra valentía. Nos volvimos sombríos, se nos llamó fatalistas. Nuestro fatum [hado] - era la plenitud, la tensión, la retención de las fuerzas. Estábamos sedientos de rayo y de acciones, permanecíamos lo más lejos posible de la felicidad de los débiles, de la «resignación»... Había en nuestro aire una tempestad, la naturaleza que nosotros somos se entenebrecía - pues no teníamos ningún camino. Fórmula de nuestra felicidad: un sí, un no, una línea recta, una meta ... .
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¿Qué es bueno? -Todo lo que eleva el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo en el hombre.
¿Oué es malo? -Todo lo que procede de la
debilidad .
¿Qué es felicidad? - Él sentimiento de que el poder crece, de que una resistencia queda superada.
No apaciguamiento, sino más poder; no paz ante todo, sino guerra; no virtud, sino vigor (virtud al estilo del Renacimiento, virtú, virtud sin moralina).
Los débiles y malogrados deben perecer: artículo primero de nuestro amor a los hombres. Y además se debe ayudarlos a perecer.
¿Qué es más dañso que cualquier vicio? -La compasión activa con todos los malogrados y débiles - el cristianismo...

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3
No qué reemplazará a la humanidad en la serie de los seres es el problema que yo planteo con esto ( - el hombre es un final - ) - sino qué tipo de hombre se debe criar, se debe querer, como tipo más valioso, más digno de vivir, más seguro de futuro.
Ese tipo más valioso ha existido ya con bastante frecuencia: pero como caso afortunado, como excepción nunca como algo querido. Antes bien, justo él ha sido lo más temido, él fue hasta ahora casi lo temible; -y por temor se quiso, se crió, se alcanzó el tipo opuesto: el animal doméstico, el animal de rebaño, el animal enfermo hombre, - el cristiano ...

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  4 
La humanidad no representa una evolución hacia algo mejor, o más fuerte, o más alto, al modo como hoy se cree eso. El «progreso» es meramente una idea moderna, es decir, una
idea falsa. El europeo de hoy sigue estándo, en su valor, profundamente por debajo del europeo del Renacimiento; una evolución posterior no es sin más, por una necesidad cualquiera, una elevación, una intensificación, un fortalecimiento.
En otro sentido se da, en los más diversos lugares de la tierra y brotando de las, más diversas culturas, un logro continuo de casos singulares, con los cuales un tipo superior hace de hecho la presentación de sí mismo: algo que, en relación con la humanidad en su conjunto, es una especie de superhombre. Tales casos afortunados de gran logro han sido posibles siempre y serán acaso posibles siempre. E incluso generaciones, estirpes, pueblos enteros pueden representar, en determinadas circunstancias, tal golpe de suerte.

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Al cristianismo no se le debe adornar ni engalanar: él ha hecho una guerra a muerte a ese tipo superior de hombre, él ha proscrito todos los instintos fundamentales de ese tipo, él ha extraído de esos instintos, por destilación, el mal, el hombre malvado, - el hombre fuerte considerado como hombre típicamente reprobable, como «hombre réprobo». El cristianismo ha tomado partido por todo lo débil, bajo, malogrado, ha hecho un ideal de la contradicción a los instintos de conservación de la vida fuerte; ha corrompido la razón incluso de las naturalezas dotadas de máxima fortaleza espiritual al enseñar a sentir como pecaminosos, como descarriadores, como tentaciones, los valores supremos de la espiritualidad. ¡El ejemplo más deplorable la corrupción de Pascal, el cual creía en la corrupción de su razón por el pecado original, siendo así que sólo estaba corrompida por su
cristianismo!-
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Doloroso, estremecedor es el espectáculo que ante mí ha surgido: yo he descorrido la cortina que tapaba la corrupción del hombre. En mi boca esa palabra está libre al menos de una sospecha: la de contener una acusación moral contra el hombre. Yo la concibo -quisiera subrayarlo una vez más - libre de moralina: y ello hasta tal grado que donde con más fuerza es sentida esa corrupción por mí es justo allí donde más conscientemente se ha aspirado hasta ahora a la «virtud», a la «divinidad». Yo entiendo la corrupción, ya se lo adivina, en el sentido de
décadence [decadencia]: mi aseveración es que todos los valores en que la humanidad resume ahora sus más altos deseos son valores de decadence. Yo llamo corrompido a un animal, a una especie, a un individuo cuando pierde sus instintos, cuando elige, cuando prefiere lo que a él le es perjudicial. Una historia de los «sentimientos superiores», de los «ideales de la humanidad» -y es posible que yo tenga que contarla - sería casi también la aclaración de por qué el hombre está tan corrompido. La vida misma es para mí instinto de crecimiento, de duración, de acumulación de fuerzas, de poder: donde falta la voluntad de poder hay decadencia. Mi aseveración es que a todos los valores supremos de la humanidad les falta esa voluntad, - que son valores de decadencia, valores, nihilistas los que, con los nombres más santos, ejercen el dominio.
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7
Al cristianismo se lo llama religión de la compasión. - La compasión es antitético de los afectos tonificantes, que elevan la energía del sentimiento vital: produce un efecto depresivo. Uno pierde fuerza cuando compadece. Con la compasión aumenta y se multiplica más aún la merma de fuerza que ya el padecer aporta en sí a la vida. El padecer [Leiden] mismo se vuelve contagioso mediante el compadecer [Mitleiden] en determinadas circunstancias se puede alcanzar con éste una merma global de vida y de energía vital, que está en una proporción absurda con el quantum [cantidad] de causa ('-el caso de la muerte del Nazareno). Este es el primer punto de vista; pero hay todavía otro más importante. Suponiendo que se mida la compasión por el valor de las reacciones que ella suele provocar, su carácter de peligro para la vida aparecerá a una luz mucho más clara aún. La compasión obstaculiza en conjunto la ley de la evolución, que es la ley de la selección. Ella conserva lo que está maduro para perecer, ella opone resistencia para favorecer a los desheredados y condenados de la vida, ella le da a la vida misma, por la abundancia de cosas malogradas de toda especie que retiene en la vida, un aspecto sombrío y dudoso. Se ha osado llamar virtud a la compasión ( -en toda moral aristocrática se la considera una debilidad - ); se ha ido más allá, se ha hecho de ella la virtud, el suelo y origen de todas las virtudes, - pero sólo, y esto hay que tenerlo siempre presente, desde el punto de vista de una filosofía que era nihilista, que inscribió en su escudo la negación de la vida. Schopenhauer estaba en su derecho al decir.- mediante la compasión la vida queda negada, es hecha más digna de ser negada, - la compasión es la praxis del
nihilismo. Dicho una vez más: este instinto depresivo y contagioso obstaculiza aquellos instintos que tienden a la conservación y a la elevación de valor de la vida: tanto como multiplicador de la miseria cuanto como conservador de todo lo miserable es un instrumento capital para la intensificación de la décadence - ¡la compasión persuade a entregarse a la nada!... No se dice «nada»: se dice, en su lugar, «más allá»; o «Dios»; o «la vida verdadera»; o nirvana, redención, bienaventuranza... Esta inocente retórica, nacida del reino de la idiosincrasia religioso-moral, aparece mucho menos inocente tan pronto como se comprende cuál es la tendencia que aquí se envuelve en el manto de palabras sublimes: la tendencia hostil a la vida. Schopenhauer era hostil a la vida: por ello la compasión se convirtió para él en virtud... Aristóteles, como se sabe, veía en la compasión un estado enfermizo y peligroso, al que se haría  bien tratar de vez en cuando con un purgativo: él concibió la tragedia como un purgativo. Desde el instinto de la vida habría que buscar de hecho un medio de dar un pinchazo a esa enfemiza y peligrosa acumulación de compasión representada por el caso de Schopenhauer (y tambien, por desgracia, de toda nuestra décandence  literaria y artística, desde San Petersburgo a París, desde Tolstoi a Wagner): para hacerla reventar... Nada es menos sano, en medio de nuestra nada sana modernidad, que la compasión cristiana. Ser médico aquí, ser inexorable aquí, emplear el cuchillo aquí - ¡eso es lo que nos corresponde a nosotros, ésa es nuestra especie de amor a los hombres, así es como somos filósofos nosotros, nosotros los hiperbóreos! - -
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Es necesario decir a quién sentimos nosotros como antítesis nuestra -a los teológos y a todo lo que tiene en su cuerpo sangre de teólogo - a nuestra filosofía entera... Hay que haber visto de cerca la fatalidad, mejor aún, hay que haberla vivido en uno mismo, hay que haber casi perecido a causa de ella para no comprender ya aquí ninguna broma  ( - el librepensamiento de nuestros señores investigadores de la naturaleza y fisiólogos es, a mis ojos, una broma, les falta la pasión en estas cosas, el padecer de ellas -
). Ese envenenamiento llega mucho más lejos de lo que se piensa: yo he reencontrado el instinto propio de los teólogos, la soberbia, en todos los lugares en que hoy la gente se siente «idealista», - en todos los lugares en que la gente reclama, en virtud de una ascendencia superior, el derecho a mirar la realidad con ojos de superioridad y extrañeza... El idealista, exactamente igual que el sacerdote, tiene en su mano todos los grandes conceptos ( - ¡y no sólo en su mano! ), los contrapone, con un benévolo desprecio, al «entendimiento», a los «sentidos», a los «honores», a la «buena vida», a la «ciencia» ve tales cosas por debajo de sí, como fuerzas dañosas y seductoras, sobre las cuales se cierne «el espíritu» en una paraseidad (Für-sich-heit) pura: como si la humildad, la castidad, la pobreza, en una palabra, la santidad, no hubiesen causado hasta ahora a la vida un daño indeciblemente mayor que cualesquiera horrores y vicios... El espíritu puro es la mentira pura ... Mientras el sacerdote, ese negador, calumniador, envenenador profesional de la vida, siga siendo considerado como una especie superior de hombre, no habrá respuesta a la pregunta: ¿qué es la verdad? Se ha puesto ya cabeza abajo la verdad cuando al consciente abogado de la nada y de la negación se lo tiene por representante de la «verdad»...
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A ese instinto propio de teólogos hago yo la guerra: en todas partes he encontrado su huella. Quien tiene en su cuerpo sangre de teólogo adopta de antemano, frente a todas las cosas, una actitud torcida y deshonesta. El pathos que a partir de ella se desarrolla se llama a sí mismo fe: cerrar los ojos,de una vez por todas, frente a sí mismo para no sufrir del aspecto de una falsedad incurable. De esa óptica defectuosa con respecto a todas las cosas hace la gente en su interior una moral, una virtud, una santidad, establece una conexión entre la buena conciencia y el ver las cosas de manera falsa, - exige que ninguna otra especie de óptica tenga ya valor, tras haber vuelto sacrosanta la propia, dándole los nombres «Dios», «redención», «eternidad». En todas partes he seguido exhumando yo el instinto propio de los teólogos: él es la forma más difundida de falsedad que hay en la tierra, la forma propiamente subterránea. Lo que un teólogo siente como verdadero, eso es, necesariamente, falso: en esto se tiene casi un criterio de verdad. Es su más hondo instinto de autoconservación el que prohíbe que, en un punto cualquiera, la realidad sea honrada o tome siquiera la palabra. Hasta donde alcanza el influjo de los teólogos, el juicio de valor está puesto cabeza abajo, los conceptos «verdadero» y «falso» están necesariamente invertidos: lo más dañoso para la vida es llamado aquí «verdadero», lo que la alza, intensifica, afirma, justifica y hace triunfar, es llamado «falso»... Si ocurre que, a través de la «conciencia» de los príncipes (o de los pueblos -), los teólogos extienden la mano hacia el poder, no dudemos de qué es lo que en el fondo acontece todas esas veces: la voluntad de final, la voluntad nihilista quiere alcanzar el poder...
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Entre alemanes se me comprende en seguida cuando yo digo que la filosofía está corrompida por sangre de teólogos. El párroco protestante es el abuelo de la filosofía alemana, el protestantismo mismo, su peccattum originale [pecado original]. Definición del protestantismo.- la hemiplejia del cristianismo -y de la razón... Basta pronunciar la palabra «
Seminario de Tubinga» (Tübinger Stilt) para comprender qué es en el fondo la filosofía alemana-una teología artera... Los suabos son los mejores mentirosos en Alemania, mienten inocentemente... ¿A qué se debió el júbilo que, al aparecer Kant, recorrió el mundo de los doctos alemanes, compuesto en sus tres cuartas partes por hijos de párrocos y de maestros -, a qué el convencimiento alemán, que aún hoy sigue encontrando eco, de que con Kant comienza un giro hacia algo mejor? El instinto de teólogo existente en el docto alemán adivinó qué es lo que, a partir de ese momento, volvía a ser posible... Un camino furtivo hacia el vicio ideal quedaba abierto, el concepto «mundo verdadero, el concepto de la moral como esencia del mundo ( - ¡los dos errores más malignos que existen! ) volvían a ser ahora, gracias a un escepticismo ladinamente inteligente, si no demostrables, tampoco ya refutables ... La razón, el derecho de la razón no llega tan lejos ... Se había hecho de la realidad una «apariencia»; y se había hecho de un mundo completamente mentido, el de lo que es, la realidad... El éxito de Kant es meramente un éxito de teólogos: Kant fue, lo mismo que Lutero, lo mismo que Leibniz, una rémora más en la honestidad alemana, nada firme de suyo - -
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Una palabra todavía contra Kant como moralista. Una virtud tiene que ser invención nuestra, personalísima defensa y necesidad nuestra: en todo otro sentido es meramente un
peligro. Lo que no es condición de nuestra vida la daña: una virtud practicada meramente por un sentimiento de respeto al concepto «virtud», tal como Kant lo quería, es dañosa. La «virtud», el «deber», el «bien en sí», el bien entendido con un carácter de irnpersonalidad y de validez universal - ficciones cerebrales en que se expresan la decadencia, el agotamiento último de las fuerzas de la vida, la chinería königsberguense. Lo contrario es ordenado por las leyes más profundas de la conservación y del crecimiento-. que cada uno se invente su virtud, su imperativo categórico. Un pueblo perece cuando confunde su deber con el concepto de deber en general. Nada arruina más profunda, más íntimamente que los deberes «impersonales», que los sacrificios hechos al Moloch de la abstracción. - ¡Que la gente no haya sentido como peligroso para la vida el imperativo categórico de Kant! ... ¡El instinto propio de los teólogos fue el único que lo tomó bajo su protección! -Una acción que el instinto de la vida nos compele a realizar tiene en el placer su prueba de ser una acción correcta.- y aquel nihilista de vísceras dogmático-cristianas entendió el placer como una objeción... ¿Qué destruye más rápidamente que trabajar, pensar, sentir sin necesidad interna, sin una elección profundamente personal, sin placer?, ¿como un autómata del «deber»? Es ésta precisamente la receta de la décadence, incluso del idiotismo... Kant se volvió idiota. ¡Y fue contemporáneo de Goethe! ¡Esa fatalidad de araña fue considerada como el filósofo alemán,-sigue siendo considerada así! ... Me guardo de decir lo que yo pienso de los alemanes ... ¿Es que no vio Kant en la Revolución francesa el tránsito de la forma inorgánica a la forma orgánica del Estado? ¿Es que no se preguntó si existe un acontecimiento que no puede ser aclarado más que por una disposición moral de la humanidad, de modo que con él, quedaría demostrada de una vez por todas la «tendencia de la humanidad hacia el bien»? Respuesta de Kant: «es la Revolución . El instinto que yerra en todas y cada una de las cosas, la contranaturaleza como instinto, la décadence alemana como filosofía - ¡eso es Kant!
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Pongo aparte a unos cuantos
escépticos, el tipo decente en la historia de la filosofía: pero el resto no conoce las primeras exigencias de la honestidad intelectual. Igual que las mujercillas actúan todos ellos, todos esos grandes visionarios y animales prodigiosos, - consideran que los «bellos sentimientos» son ya argumentos, que el «pecho levantado» es un fuelle de la divinidad, que la convicción es un criterio de verdad. Por último, todavía Kant, con inocencia «alemana», intentó dar, bajo el concepto de «razón práctica», un carácter científico a esa forma de corrupción, a esa falta de conciencia intelectual: inventó una razón expresamente para averiguar en qué caso no hemos de preocupamos por la razón, a saber, cuando la moral, la sublime exigencia «tú debes» deja oír su voz. Si se tiene en cuenta que casi en todos los pueblos el filósofo no es más que el desarrollo ulterior del tipo sacerdotal - -, no sorprenderá ya esa parte de herencia del sacerdote, la superchería frente a sí mismo. Cuando uno tiene tareas sagradas, como, por ejemplo, las de mejorar, salvar, redimir a los hombres, cuando uno lleva en su pecho la divinidad, cuando es vocero de imperativos trasmundanos, está ya, con tal misión, fuera de todas las valoraciones meramente ajustadas al entendimiento, - incluso está ya santificado por tal tarea, ¡incluso es ya el tipo de un orden superior! ... ¡Qué le importa a un sacerdote la ciencia! ¡El está demasiado alto para eso! - ¡Y el sacerdote ha dominado hasta ahora! ¡El ha definido el concepto «verdadero» y «no verdadero...
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No infravaloremos esto: nosotros mismos, nosotros los espíritus libres somos ya una           «
transvaloración de todos los valores», una viviente declaración de guerra y de victoria a todos los vicios conceptos de «verdadero» y «no verdadero». Las intelecciones más valiosas son las que más tarde se encuentran; pero las intelecciones más valiosas son los métodos. Todos los métodos, todos los presupuestos de nuestra cientificidad de ahora han tenido en contra suya, durante milenios, el desprecio más profundo, uno quedaba excluido, por causa de ellos, del trato con los hombres «decentes»,-era considerado «enemigo de Dios», despreciador de la verdad, «poseso». En cuanto carácter científico uno era un chandala ... Nosotros hemos tenido en contra nuestra el pathos entero de la humanidad -su concepto de lo que debe ser verdad, de lo que debe ser el servicio a la verdad: todo «tú debes» ha estado dirigido hasta ahora contra nosotros... Nuestros objetos, nuestras prácticas, nuestro modo de ser, callado, cauteloso, desconfiado - todo eso le parecía a la humanidad completamente indigno y despreciable. - En última instancia sería lícito preguntarse, con cierta equidad, si no ha sido propiamente un gusto estético el que ha mantenido a la humanidad en una ceguera tan prolongada: ella pretendía de la verdad un efecto pintoresco, ella pretendía asimismo del hombre de conocimiento que actuase enérgicamente sobre los sentidos. Nuestra modestia fue la que durante mal largo tiempo repugnó a su gusto ... ¡Oh, cómo lo adivinaron, esos pavos de Dios - -
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Nosotros hemos trastrocado lo aprendido. Nos hemos vuelto más modestos en todo. Al hombre ya no lo derivamos del «espíritu», de la «divinidad», hemos vuelto a colocarlo entre los animales. El es para nosotros el animal más fuerte, porque es el más astuto: una consecuencia de esto es su espiritualidad. Nos defendemos, por otro lado, contra una vanidad que también aquí quisiera volver a dejar oír su voz: según ella el hombre habría sido la gran intención oculta de la evolución animal. El hombre no es, en modo alguno, la corona de la creación, todo ser está, junto a él, a idéntico nivel de perfección... Y al aseverar esto, todavía aseveramos demasiado considerado de modo relativo, el hombre es el menos logrado de los animales, el más enfermizo, el más peligrosamente desviado de sus instintos,desde luego, con todo esto, también el más
interesante! - En lo que se refiere a los animales, Descartes fue el primero que, con una audacia digna de respeto, osó el pensamiento de concebir el animal como una machina:   nuestra fisiología entera se esfuerza por dar una demostración de esa tesis. Nosotros, lógicamente, no ponemos aparte tampoco al hombre, como todavía hizo Descartes: lo que hoy se ha llegado a entender del hombre llega exactamente hasta donde se lo ha entendido como una máquina. En otro tiempo al hombre se le daba, como dote suya procedente de un orden superior, la «voluntad libre»- hoy le hemos quitado incluso la voluntad, en el sentido de que ya no es lícito entender por ella una facultad. La vieja palabra «voluntad» sirve únicamente para designar una resultante, una especie de reacción individual que sigue necesariarnente a una muchedumbre de estímulos en parte contradictorios, en parte concordantes: - la voluntad ya no «actúa», ya no «mueve»... En otra tiempo veíase en la consciencia del hombre, en el «espíritu», la prueba de su procedencia superior, de su divinidad; para hacer perfecto al hombre se le aconsejaba que, al modo de la tortuga, retrayese dentro de sí los sentidos, interrumpiese el trato con las cosas terrenales, se despojase de su envoltura mortal: entonces quedaba lo principal de él, el «espíritu puro». También sobre esto nosotros hemos reflexionado mejor:el cobrar-consciencia, el «espíritu», es para nosotros cabalmente síntoma de una relativa imperfección del organismo, un ensayar, tantear, cometer errores, un penoso trabajo en el que innecesariamente se gasta mucha energía nerviosa, - nosotros negamos que se pueda hacer algo de modo perfecto mientras se lo continúe haciendo de modo consciente. El «espíritu puro» es una pura estupidez: si descontamos el sistema nervioso y los sentidos, la «envoltura mortal», nos equivocamos en la cuenta- ¡nada mas! ...
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Ni la moral ni la religión tienen contacto, en el cristianismo, con punto alguno de la realidad. Causas puramente imaginarias («Dios», «alma», «yo» «espíritu», «la voluntad libre» - o también  «la no líbre»); efectos puramente imaginarios («pecado», «redención», «gracia», «castigo», «remisión de los pecados»). Un trato entre seres imaginarios («Dios», «espíritus», «almas»); una ciencia natural imaginaria (antropocéntrica; completa ausencia del concepto de causas naturales); una psicología imaginaria (puros malentendidos acerca de sí mismo, interpretaciones de sentimientos generales agradables o desagradables, de los estados del nervus, sympathicus [nervío simpático], por ejemplo, con ayuda del lenguaje de signos de una idiosincrasia religioso-moral, - «arrepentimiento», «remordimiento de conciencias, «tentación del demonio», «la cercanía de Dios»); una teología imaginaria «el reino de Dios, el juicio final la vida eterna). -Este puro mundo de ficción se diferencia, con gran desventaja suya, del mundo de los sueños Por el hecho de que este último refleja la realidad, mientras que aquél falsea, desvaloriza, niega la realidad. Una vez inventado el concepto «naturaleza» como anticoncepto de «Dios», la palabra para decir «reprobable» tuvo que ser «natural», - todo aquel mundo de ficción tiene su raíz en el odio a lo natural ( - ¡la realidad! - ), es expresión de un profundo descontento con lo real... Pero con esto queda aclarado todo, ¿Quién es el único que tiene motivos para evadirse, mediante una mentira, de la realidad? El que sufre de ella. Pero sufrir de la realidad significa ser una realidad fracasada... La preponderancia de los sentimientos de displacer sobre los de placer es la causa de aquella moral y de aquella religión ficticias: tal preponderancia ofrece, sin embargo, la fórmula de la décadence...
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Una crítica del concepto cristiano de Dios obliga a sacar idéntica conclusión. - Un pueblo que continúa creyendo en sí mismo continúa teniendo también su Dios propio. En él venera las condiciones mediante las cuales se encumbra, sus virtudes, - proyecta el placer que su propia realidad le produce, su sentimiento de poder, en un ser al que poder dar gracias por eso. Quien es rico quiere ceder cosas; un pueblo orgulloso necesita un Dios para hacer sacrificios... Dentro de tales presupuestos la religión es una forma de gratitud. Uno está agradecido a sí mismo: para ello necesita un Dios. - Tal Dios tiene que poder ser útil y dañoso, tiene que poder ser amigo y enemigo, - se lo admira tanto en lo bueno como en lo malo. La antinatural castración de un Dios para hacer de él un Dios meramente del bien estaría aquí fuera de todo lo deseable. Al Dios malvado se lo necesita tanto como al bueno; la propia existencia no la debe uno, en efecto, precisamente a la tolerancia, a la filantropía... ¿Qué importaría un Dios que no conociese la cólera, la venganza, la envidia, la burla, la astucia, la violencia?, ¿al que tal vez no le fuesen conocidos ni siquiera los deliciosos ardeurs [ardores] de la victoria y de la aniquilación? A tal Dios no se lo comprendería: ¿Para qué se debería tenerlo? - Ciertamente.- cuando un pueblo se hunde; cuando siente desaparecer de modo definitivo la fe en el futuro, su esperanza de libertad; cuando cobra consciencia de que la sumisión es la primera utilidad, de que las virtudes de los sometidos son las condiciones de conservación, entonces también su Dios tiene que transformarse. Ese Dios vuélvese ahora un mojigato, timorato, modesto, aconseja la «paz del alma», el no-odiar- más, la indulgencia, incluso el «amor» al amigo y al enemigo. Ese Dios moraliza constantemente, penetra a rastras en la caverna de toda virtud privada, se convierte en un Dios para todo el mundo, se convierte en un hombre privado, se convierte en un cosmopolita... En otro tiempo representó un pueblo, la fortaleza de un pueblo, todas las tendencias de agresión y de sed de poder nacidas del alma de un pueblo: ahiora es ya meramente el Dios bueno... De hecho, no hay ninguna otra alternativa para los dioses: o son la voluntad de poder - y mientras tanto serán dioses de un pueblo -o son, por el contrario, la impotencia de poder - y entonces se vuelven necesariamente buenos...
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Allí donde, de alguna forma, la voluntad de poder decae, hay también siempre un retroceso fisiológico, una décadence. La divinidad de la décadence, castrada de sus virtudes e instintos más viriles, se convierte necesariamente, a partir de ese momento, en Dios de los fisiológicarnente retrasados, de los débiles. Ellos no se llaman a sí mismos los débiles, ellos se llaman  «los buenos»... Se entiende, sin que sea necesario siquiera señalarlo, en qué instantes de la historia resulta posible la ficción dualista de un Dios bueno y de un Dios malvado. Con el mism instinto con que los sometidos rebajan a su Dios haciendo de él el «bien en sí», borran completamente del Dios de sus vencedores las buenas cualidades; toman venganza de sus señores transformando en diablo al Dios de éstos. - El Dios bueno, lo mismo que el diablo: ambos, engendros de la décadence. - ¿Cómo se puede hoy seguir haciendo tantas concesiones a la simpleza de los teólogos cristianos, hasta el punto de decretar con ellos que es un progreso el desarrollo ulterior del concepto de Dios, desarrollo que lo lleva desde «Dios de Israel», desde Dios de un pueblo, al Dios cristiano, a la síntesis de todo bien? - Pero hasta Renan hace eso. ¡Como si Renan tuviera derecho a la
simpleza!. A los ojos salta, sin embargo, lo contrario. Cuando del concepto de Dios quedan eliminados los presupuestos de la vida ascendente, todo lo fuerte, valiente, señorial, orgulloso, cuando Dios va rebajándose paso a paso a ser símbolo de un bastón para cansados, de un ancla de salvación para todos los que se están ahogando, cuando se convierte en Dios-de-las-pobres-gentes, en Dios-de-los-pecadores, en Dios-de-los-enfermos par excellence [por excelencia], y el predicado «salvador», «redentor», es lo que resta, por así decirlo, como predicado divino en cuanto tal: ¿de qué habla tal transformación?, ¿tal reducción de lo divino? - Ciertamente con esto «el reino de Dios» se ha vuelto más grande. En otro tiempo Dios tenía unicamente su pueblo, su pueblo «elegido». Entre tanto, al igual que su pueblo mismo, él marchó al extranjero, se dio a peregrinar, desde entonces no ha permanecido ya quieto en ningún lugar: hasta que acabó teniendo su casa en todas partes, el gran cosmopolita,-hasta que logra tener de su parte «el gran número» y media tierra. Pero el Dios del «gran número», el demócrata entre los dioses, no se convirtió, a pesar de todo, en un orgulloso Dios de los paganos: siguió siendo judío, siguió siendo el Dios de los rincones, el Dios de todas las esquinas y lugares oscuros, de todos los barrios insalubres del mundo entero! ... Su reino del mundo es, tanto antes como después, un reino del submundo, un hospital, un reino-subterráneo, un reino-ghetto... Y él mismo, tan pálido, tan débil, tan décadent [decadentel ... De él se enseñorearon hasta los más pálidos de los pálidos, los señores metafísicos, los albinos del concepto. Estos estuvieron tejiendo alrededor de él su telaraña todo el tiempo preciso, hasta que, hipnotizado por sus movimientos, él mismo se convirtió en una araña, en un metaphysicus [metafísico] . A partir de ese momento él tejió a su vez la telaraña del mundo sacándola de sí mismo - sub specie Spinozae [en figura de Spinoza] -, a partir de ese momento se transfiguró en algo cada vez más tenue y más pálido, se convirtió en un «ideal», se convirtió en un «espíritu puro», se convirtió en un absolutum [realidad absoluta], se convirtió en «cosa en si» ... Ruina de un Dios: Dios se convirtió en «cosa en sí» ...
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El concepto cristiano de Dios -Dios como Dios de los enfermos, Dios como araña, Dios como espíritu - es uno de los conceptos de Dios más corruptos a que se ha llegado en la tierra; tal vez represente incluso el nivel más bajo en la evolución descendente del tipo de los dioses. ¡Dios, degenerado a ser la contradicción de la vida, en lugar de ser su transfiguración y su eterno sí! ¡En Dios, declarada la hostilidad a la vida, a la naturaleza, a la voluntad de vida! ¡Dios, fórmula de toda calumnia del «mas acá», de toda mentira del «más allá»! ¡En Dios, divinizada la nada, canonizada la voluntad de nada! ...
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Que las fuertes razas de la Europa nórdica no hayan rechazado de sí el Dios cristiano es algo que en verdad no hace honor a sus dotes religiosas, para no hablar del gusto. Tendrían que haber acabado con semejante enfermizo y decrépito engendro de la décadence. Mas, por no haber acabado con él, pesa sobre ellas una maldición: acogieron en todos sus instintos la enfermedad, la vejez, la contradicción, - -¡desde entonces no han creado ya ningún Dios! ¡Casi dos milenios, y ni un solo
Dios nuevo! ¡Por el contrario, aun ahora,, y como si existiese de derecho, como un ultimatum [cosa última] y un maximum [máximo] de la fuerza configuradora de dioses, del creator spiritus [espíritu creador] en el hombre, ese deplorable Dios del
monotonoteísmo ' cristiano!, ¡ese híbrido producto decadente, hecho de cero, concepto y contradicción en el que tienen su sanción todos los instintos de la décadence, todas las cobardías y cansancios del alma! - -
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Con mi condena del cristianismo no quisiera yo haber cometido una injusticia contra una religión afín, que incluso lo supera en cuanto al número de quienes la profesan, contra el budismo. Ambos están unidos entre sí en cuanto religiones nihilistas, - son religiones de décadence -, ambos están separados entre sí de la manera más notable. El crítico del cristianismo está profundamente agradecido a los estudiosos de la India por el hecho de que ahora sea posible compararlos. - El budismo es cien veces más realista que el cristianismo, - lleva en su cuerno la herencia de un planteamiento objetivo y frío de los problemas, viene después de un movimiento filosófico que había durado unos cientos de años, cuando él llega el concepto «Dios» está ya eliminado. El budismo es la única religión auténticamente positivista que la historia nos muestra, también incluso en su teoría del conocimiento (un fenomenalismo riguroso - ), él no dice ya «lucha contra el pecado», sino, dando' totalmente razón a la realidad, «lucha contra el sufrimiento». Tiene ya detrás de sí - esto lo distingue profundamente del cristianismo - ese fraude a sí mismo que son los conceptos morales, - está, hablando en mi lenguaje, más allá del bien y del mal. - Los dos hechos fisiológicos en que descansa y que contempla son:  primero, una excitabilidad extraordinariamente grande de la sensibilidad, la cual se expresa en una refinada capacidad de dolor, luego, una superespiritualización, una vida demasiado prolongada entre conceptos y procedimientos lógicos, bajo la cual el instinto personal ha salido perjudicado en provecho de lo «impersonal» ( - ambos, estados que al menos algunos de mis lectores, los «objetivos», conocerán, como yo, por experiencia). Sobre la base de esas condiciones fisiológicas ha surgido una depresión: a ella se enfrenta Buda con una higiene. Contra la depresión emplea la vida al aire libre, la vida errante, la moderación y la selección en la comida; la precaución con respecto a todos los spírituosa [alcoholes]; la precaución asimismo con respecto a todos los afectos que producen bilis, que calientan la sangre; ninguna preocupación, ni por sí, ni por otros. Buda exige representaciones que, o bien tranquilicen, o bien alegren - inventa medios para deshabituarse de las otras. Considera que la bondad, el ser-bondadoso favorece la salud. La oración está excluida, lo mismo que el ascetismo,- ningún imperativo categórico, ninguna coacción en absoluto, ni siquiera dentro de la comunidad monástico ( - se puede volver a salir de ella - ). Todas estas cosas serían medios para fortalecer aquella excitabilidad extraordinariamente grande. Justo por ello Buda no exige tampoco lucha alguna contra quienes piensan de otro modo; de ninguna otra cosa se defiende más su doctrina que del sentimiento de venganza, de aversión, de ressentiment ( - «no se pone fin a la enemistad con la enemistad - conmovedor estribillo del budismo entero ... ). Y con razón. justo esos afectos serían completamente malsanos con vistas al propósito dietético capital. La fatiga espiritual que él encuentra y que se expresa en una «objetividad» demasiado grande (es decir, una debilitación del interés individual, una pérdida del centro de gravedad, del «egoísmo») la combate con una rigurosa devolución a la persona incluso de los intereses más espirituales. En la doctrina de Buda el egoísmo se convierte en deber: el «una sola cosa es necesaria, el «cómo te liberas tú del sufrimiento regulan y limitan la dieta espiritual entera ( - acaso sea lícito recordar a aquel ateniense que hizo asimismo la guerra el «cientificismo» puro, Sócrates, el cual elevó el egoísmo personal, incluso en el reino de los problemas, a la categoría de moral).
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El presupuesto del budismo es un clima muy suave, una mansedumbre y liberalidad grandes en las costumbres, una ausencia completa de militarismo; y el hecho de que el movimiento tenga su hogar en los estamentos superiores e incluso doctos. Como meta suprema se quiere la jovialidad, la calma, la ausencia de deseos, y esa meta se alcanza. El budismo no es una religión en que meramente se aspire a la perfección: lo perfecto es el caso normal. En el cristianismo pasan a primer plano los instintos de los sometidos y los oprimidos.- los estamentos más bajos son los que buscan en él su salvación. Aquí, como ocupación, como medio contra el aburrimiento, se practica la casuística del pecado, la autocrítica, la inquisición de la conciencia; aquí se mantiene constantemente en pie (mediante la oración) el afecto con respecto a un Poderoso, llamado «Dios»; aquí lo más alto es considerado inalcanzable, un don, una «gracia». Aquí falta también la publicidad; el escondrijo, el cuarto oscuro son cristianos. Aquí el cuerpo es despreciado, la higiene, rechazada como sensualidad; la Iglesia se defiende de la limpieza ( - la primera medida cristiana tras la expulsión de los moros fue la clausura de los baños públicos, de los cuales Córdoba poseía, ella sola, 270). Cristiano es un cierto sentido de crueldad con respecto a si mismo y con respecto a otros; el odio a los que piensan de otro modo; la voluntad de perseguir. Representaciones sombrías y excitantes ocupan el primer plano; los estados de ánimo más anhelados, designados con los nombres más altos, son los epilepsoides; la dieta es elegida de tal modo que favorezca los fenómenos morbosos y sobreexcite los nervios. Cristiana es la enemistad a muerte contra los señores de la tierra, contra los «aristócratas» - y a la vez una emulación escondida, secreta ( - a ellos se les deja el «cuerpo», se quiere únicamente el «alma»... )- Cristiano es el odio al espíritu, al orgullo, al valor, a la libertad, al libertinaje [libertinaje] del espíritu; cristiano es el odio a los sentidos, a las alegrías de los sentidos, a la
alegría en cuanto tal....
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Cuando el cristianismo abandonó su suelo primero, los estamentos más bajos, el submundo del mundo antiguo, cuando marchó a buscar poder entre pueblos bárbaros, no tuvo ya aquí, como presupuesto, unos hombres cansados, sino unos hombres que en su interior se habían vuelto salvajes y se desgarraban a sí mismos, - el hombre fuerte, pero malogrado. La insatisfacción consigo mismo, el sufrimiento a causa de sí mismo no son aquí, como en el budista, una excitabilidad y una capacidad desmesuradas para el dolor, antes bien, al revés, un prepotente deseo de hacer daño, de desahogar la tensión interior en acciones y representaciones hostiles. Para hacerse dueño de los bárbaros el cristianismo tenía necesidad de conceptos y valores bárbaros: tales son el sacrificio del primogénito, el beber sangre en la comunión, el desprecio del espíritu y de la cultura; la tortura en todas sus formas, sensibles y no sensibles; la gran pompa del culto. El budismo es una religión para hombres tardíos, para razas que se han vuelto bondadosas, mansas, superespirituales, que con demasiada facilidad sienten dolor ( - Europa está aún muy lejos de encontrarse madura para él - ): es una reconducción de esas razas a la paz y la jovialidad, a la dieta en lo espiritual, a un cierto endurecimiento en lo corporal. El cristianismo quiere hacerse dueño de animales de presa; su medio es ponerlos enfermos, - el debilitamiento es la receta cristiana para la doma, para la «civilización». El budismo es una religión para el acabamiento y el cansancio de la civilización, el cristianismo ni siquiera encuentra la civilización ante sí, - en determinadas circunstancias la funda.
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El budismo, digámoslo de nuevo, es cien veces más frío, más veraz, más objetivo. No tiene ya necesidad de volver decente, mediante la interpretación del pecado, su sufrimiento, su capacidad de dolor, - dice meramente lo que piensa: «yo sufro». Para el bárbaro, en cambio, el sufrimiento no es en sí una cosa decente: para confesarse a sí mismo que sufre necesita una interpretación (su instinto lo lleva más bien a negar el sufrimiento, a soportarlo en silencio). Aquí la palabra «demonio» fue un beneficio. se tenía un enemigo prepotente y terrible, - no era necesario avergonzarse de sufrir a causa de tal enemigo. -
El cristianismo tiene en su base algunas sutilezas que pertenecen a Oriente. Ante todo sabe que en sí es completamente indiferente que algo sea verdadero, pero que es de suma importancia con tal que se crea que es verdadero. La verdad, y la creencia de que algo es verdadero: dos mundos completamente divergentes de intereses, casi dos mundos antitéticos -a uno y a otro se llega por caminos radicalmente distintos. Saber eso  -hace en Oriente casi al sabio: así lo entienden los bramanes, así lo entiende Platón, así, todo discípulo de una sabiduría esotérica. Si, por ejemplo, hay felicidad en creerse redimido del pecado, no se necesita, como presupuesto de eso, que el hombre sea pecador, sino que se sienta pecador. Pero si lo que se necesita en general y ante todo es fe, entonces hay que desacreditar la razón, el conocimiento, la investigación.- el camino que conduce a la verdad se convierte en el camino prohibido. - La esperanza firme es un estimulante mucho mayor de la vida que cualquier felicidad acontecida en realidad. A los que sufren hay que mantenerlos en pie con una esperanza que no pueda ser contradicha por ninguna realidad, - que no quede suprimida por un cumplimiento. una esperanza del más allá. (Cabalmente por esa capacidad de entretener a los desgraciados, la esperanza fue entre los griegos el mal de los males, el mal auténticamente pérfido: quedó en la
caja de los males). -Para que el amor sea posible, Dios tiene que ser una persona; para que también los instintos más bajos puedan hablar, Dios tiene que ser joven. Para el ardor de las mujeres hay que poner en primer plano un santo hermoso, para el de los varones, una María. Esto, bajo el presupuesto de que el cristianismo quiere llegar a dominar en un terreno en que los cultos de Afrodita o de Adonis han determinado ya el concepto de culto. La exigencia de castidad fortalece la vehemencia e interioridad del instinto religioso - hace más cálido, más exaltado, más animado el culto. - El amor es el estado en el cual, la mayoría de las veces, el hombre ve las cosas como no son. Aquí se encuentra en su cumbre la fuerza ilusoria, lo mismo que la fuerza dulcificadora, transfiguradora. En el amor se soportan más cosas que en cualquier otra situación, se tolera todo. Había que inventar una religión en que se pudiera ser amado: así se está más allá de lo peor que hay en la vida - no se lo ve ya en absoluto. - Todo esto, en lo que se refiere a las tres virtudes cristianas, fe, amor, esperanza: yo las denomino las tres listezas cristianas. - El budismo es demasiado tardío, demasiado positivista para continuar siendo listo de ese modo. -
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Voy a tocar aquí únicamente el problema de la génesis del cristianismo. La primera tesis para su solución clice: el cristianismo resulta comprensible tan sólo a partir del terreno del cual brotó, -no es un movimiento dirigido contra el instinto judío, sino la consecuencia lógica de éste, una inferencia más en su espantosa lógica. Dicho con la fórmula del Redentor. «la salvación viene de los judíos» . - La segunda tesis dice. el tipo psicológico del Galileo continúa siendo reconocible, pero sólo en su degeneración completa (la cual es a la vez una mutilación y una sobrecarga con rasgos extraños - ) ha podido servir para aquello para lo que se lo ha usado, para tipo de un redentor de la humanidad. - Los jtidíos son el pueblo más notable de la historia universal, ya que, enfrentados al problema de ser o no ser  han preferido, con una consciencia absolutamente inquietante, el ser a cualquier precio: ese precio fue la falsificación radical de toda naturaleza, de toda naturalidad, de toda realidad, tanto del mundo interior como del mundo exterior entero. Los judíos trazaron sus límites frente a todas las condiciones en que hasta ahora le ha sido posible, le ha sido lícito a un pueblo vivir, crearon, sacándolo de sí mismos, un concepto antitético de las condiciones naturales, - ellos han vuelto del revés sucesivamente, y de una manera incurable, la religión, el culto, la moral, la historia, la psicología, convirtiendo esas cosas en la contradicción respecto a sus valores naturales Con ese mismo fenómeno volvemos a encontrarnos una vez más, y en proporciones indeciblemente agrandadas, pero sólo como copia. - en comparación con el «pueblo de los santos», la Iglesia cristiana carece de toda pretensión de originalidad. Los judíos son, justo por eso, el pueblo más fatídico, de la historia universal: en su efecto posterior han falseado de tal modo la humanidad, que hoy incluso el cristiano puede tener sentimientos antijudíos, sin concebirse a sí mismo como la última consecuencia judía.
En mi Genealogía de la moral he expuesto por vez primera, psicológicamente, el concepto antitético de una moral aristocrática y de una moral de ressentiment, surgida esta última del no a la primera: y esto es íntegra y totalmente la moral judeo-cristiana. Para poder decir no a todo lo que representa en la tierra el movimiento ascendente de la vida, la buena constitución, el poder, la belleza, la afirmación de sí mismo, para poder hacer eso, el instinto, convertido en genio, del resentimiento tuvo que inventarse aquí otro mundo, desde el cual aquella afirmación de la vida aparecía como el mal, como lo reprobable en sí. Calculadas las cosas psicológicamente, el pueblo judío aparece como un pueblo dotado de la más tenaz de las vitalidades, como un pueblo que, situado en condiciones imposibles, toma voluntariamente partido, desde la más honda listeza de la autoconservación, por todos los instintos de décadence, - no como dominado por ellos, sino porque en ellos adivinó un poder con el cual es posible imponerse contra «el mundo». Los judíos son lo contrario de todos los décadents: han tenido que representar el papel de éstos hasta producir la ilus-ión de que lo eran, han sabido colocarse, con un non- plus-ultra [no más allá] de genio teatral, a la cabeza de todos los movimientos de décadence ( - en cuanto cristianismo de Pablo - ), para convertirlos en algo más fuerte que todo partido de la vida que diga sí. Para la especie de hombre, una especie sacerdotal, que en el judaísmo y en el cristianismo ansía el poder, la décadence no es más que un medio: esa especie de hombre tiene un interés vital en poner enferma a la humanidad y en volver del revés, en un sentido peligroso para la vida y calumniador del mundo, los conceptos «bueno» y «malvado», «verdadero» y «falso». -
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La historia de Israel no tiene precio como historia típica de toda desnaturalización de los valores naturales: voy a aludir a
cinco hechos de la misma-. Originariamente, sobre todo en la época de los reyes, también Israel mantuvo con todas las cosas la relación correcta, es decir, la relación natural. Su Yahvéh era expresión de la consciencia de poder, de la alegría de sí, de la esperanza en sí: en él se aguardaba victoria y salvación, con él se confiaba en que la naturaleza diese lo que el pueblo necesita - ante todo lluvia. Yahvéh es el Dios de Israel y, por consiguiente, Dios de la justicia: ésa es la lógica de todo pueblo que tiene poder y una buena conciencia de ese poder. En el culto-festividad se expresan esos dos aspectos de la autoafírmación de un pueblo: éste está agradecido por los grandes destinos a través de los cuales ha llegado a encumbrarse, y está agradecido en lo referente al ciclo de las estaciones y a toda fortuna en la ganadería y en la agricultura. - Ese estado de cosas continuó siendo durante largo tiempo el ideal, también cuando quedó suprimido de triste manera: la anarquía en el interior, el asirio desde fuera. Pero el pueblo conservó, como aspiración suprema, aquella visión de un rey que es un buen soldado y un juez severo: la conservó sobre todo Isaías, aquel profeta típico (es decir, un crítico y un satírico del instante). - Sin embargo, todas las esperanzas quedaron incumplidas. El viejo Dios no podía hacer ya nada de lo que en otro tiempo podía. Se debería haberío abandonado. ¿Qué ocurrió? Se cambió su concepto, - se desnaturalizó su concepto. a ese precio se lo conservó. - Yahvéh, Dios de la justicia - ya no una unidad con Israel, una expresión del sentimiento que un pueblo tiene de sí mismo: tan sólo ya un Dios sujeto a condiciones... Su concepto se convierte en un instrumento en manos de agitadores sacerdotales que, a partir de ese momento, interpretan toda ventura como un premio, toda desventura como un castigo por la desobediencia a Dios, por el «pecado»: es la manera más mendaz de interpretar las cosas, propia de un presunto «orden moral del mundo», y con ella quedó puesto cabeza abajo, de una vez por todas, el concepto natural de «causa» y «efecto». Una vez expulsada del mundo, mediante el premio y el castigo, la causalidad natural, se requiere una causalidad antinatural.- a partir de ahora el resto entero de cosas no naturales se sigue de aquí. Un Dios que exige -en lugar de un Dios que ayuda, que da consejos, que en el fondo es la palabra para designar toda feliz inspiración del valor y de la confianza en sí... La moral, ya no expresión de las condiciones de vida y crecimiento de un pueblo, ya no su instinto vital más hondo, sino convertida en algo abstracto, convertida en antítesis de la vida, - la moral como modo de volver por principio malas las cosas con la fantasía, como «mal de ojo» para todas las cosas. ¿Qué es la moral judía, qué es la moral cristiana? El azar, privado de su inocencia; la infelicidad, manchada con el concepto «pecado»; el bienestar, considerado como peligro, como «tentación; el malestar fisiológico, envenenado con el gusano de la conciencia....
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El concepto de Dios, falseado; el concepto de moral, falseado: - los sacerdotes judíos no se detuvieron aquí. No se podía utilizar la historia entera de Israel: ¡fuera con ella! - Esos sacerdotes llevaron a cabo ese prodigio de falsificación de la cual tenemos ante nosotros como documento una buena parte de la Biblia.- con un escarnio sin igual de toda tradición, de toda realidad histórica, tradujeron al plano religioso el pasado de su propio pueblo, es decir, hicieron de ese pasado un estúpido mecanismo salvífíco de culpa contra Yahvéh y de castigo, de devoción a Yahvéh y de premio. Nosotros sentiríamos de un modo mucho más doloroso ese ignominiosísimo acto de falsificación histórica si la milenaria interpretación eclesiástica de la historia no nos hubiera vuelto casi obtusos para las exigencias de la honestidad in historicis [en cuestiones históricas]. Y a la Iglesia la secundaron los filósofos: la mentira de «el orden moral del mundo» atraviesa el desarrollo entero de la misma filosofía moderna. ¿Qué significa «orden moral del mundo»? Que existe, de una vez por todas, una voluntad de Dios acerca de lo que el hombre ha de hacer y ha de dejar de hacer; que el valor de un pueblo, de un individuo, se mide por su mayor o menor obediencia a la voluntad de Dios; que en los destinos de un pueblo, de un individuo, la voluntad de Dios demuestra ser dominante, es decir, castigadora y premiadora, según el grado de obediencia. La realidad, en lugar de esa mentira digna de conmiseración, dice.- una especie parasitaria de hombre que sólo prospera a costa de todas las formas sanas de vida, el sacerdote, abusa del nombre de Dios: a un estado de cosas en que el sacerdote es quien determina el valor de las cosas lo llama «el reino de Dios»; a los medios con que se alcanza o se mantiene en pie ese estado los llama «la voluntad de Dios»; con un frío cinismo se atiene, al valorar los pueblos, las épocas, los individuos, al grado en que hayan sido útiles o se hayan opuesto a la preponderacia de los sacerdotes. Véaselos actuar: en manos de los sacerdotes judíos la gran época de la historia de Israel se convirtió en una época de decadencia; el exilio, la desventura prolongada se transformó en un castigo eterno por la gran época -una época en la cual el sacerdote no era aún nada... De las figuras poderosas de la historia de Israel, dotadas de una constitución muy libre, han hecho, según las necesidades, míseros mojigatos y santurrones, o «ateos», han simplificado la psicología de todo gran acontecimiento, reduciéndola a la fórmula, propia de idiotas, de «obediencia o desobediencia a Dios». - Un paso más.- la «voluntad de Dios», es decir, las condiciones de conservación del poder del sacerdote, tiene que ser conocida, - para ese fin se requiere una «revelación». Dicho con
claridad: resulta necesaria una gran falsificación literaria, se descubre una «sagrada escritura», - se la hace pública con toda pompa hierático, con días de penitencia y gritos de lamentación por el prolongado «pecado». La «voluntad de Dios» estaba fija desde hacía mucho tiempo: tola la desgracia consiste en haberse vuelto extraños a la «sagrada escrituras ... Ya a Moisés se le había revelado la «voluntad de Dios» ... ¿Qué había ocurrido? Con rigor, con pedantería, llegando a señalar incluso los tributos grandes y pequeños que había que pagarle ( -sin olvidar los trozos más sabrosos de carne: pues el sacerdote es un devorador de beefsteak [bistec] ), el sacerdote había formulado de una vez por todas qué es lo que él quiere tener, «qué es la voluntad de Dios»... A partir de ahora todas las cosas de la vida están ordenadas de tal modo que el sacerdote resulta indispensable en todas partes; en todos los acontecimientos naturales de la vida, en el nacimiento, el matrimonio, la enfermedad, la muerte, para no hablar del sacrificio («la cena»), aparece el parásito sagrado para desnaturalizarlos: dicho en su lenguaje, para «santificarlos»... Pues es necesario comprender esto- toda costumbre natural, toda institución natural (Estado, organización de la justicia, matrimonio, asistencia a los enfermos y pobres), toda exigencia inspirada por, el instinto de la vida, en resumen, todo lo que tiene en sí su valor es convertido por el parasitismo del sacerdote (o del «orden moral del mundo») en algo carente por principio de valor, contrarío al valor: se requiere posteriormente una sanción, - se necesita un poder otorgador de valor, el cual niega en ello la naturaleza, el cual crea con ello cabalmente un valor... El sacerdote desvaloriza, desantífica la naturaleza- a ese precio subsiste él en absoluto. - La desobediencia a Dios, es decir, al sacerdote, a «la ley», recibe ahora el nombre de «pecado»; los medios de volver a «reconciliarse con Dios» son, como es obvio, medios con los cuales la sumisión a los sacerdotes queda garantizada de manera más radical aún, únicamente el sacerdote «redime»... Calculadas las cosas psicológicamente, los «pecados» se vuelven indispensables en toda sociedad organizada de manera sacerdotal: ellos son las auténticas palancas del poder, el sacerdote vive de los pecados, tiene necesidad de que se «peque»... Artículo supremo: «Dios perdona a quien hace penitencia»- dicho claramente: a quien se somete al sacerdote. -
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En un terreno tan falso, en el que toda naturaleza, todo valor natural, toda realidad tenían en contra suya los instintos más hondos de la clase dominante creció el cristianismo, una forma de enemistad mortal, hasta ahora no superada, a la realidad. El «pueblo santo», que para valorar todas las cosas no había conservado más que valores sacerdotales, palabras
sacerdotales, y que con una coherencia lógica que infunde miedo había apartado de sí como «no santo», como «mundo», como «pecado» todos los demás poderes que aún subsistían en la tierra -ese pueblo dio a su instinto una última fórmula, que era lógica hasta la autonegación: negó, como cristianismo, incluso la última forma de realidad, el «pueblo santo», el «pueblo de los elegidos», la realidad judía misma. El caso es de primer orden: el pequeño movimiento rebelde bautizado con el nombre de Jesús de Nazaret es el instinto judío una vez más, -dicho de otro tnodo, el instinto sacerdotal que ya no soporta al sacerdote como realidad, la invención de una forma aún más abstracta de existencia, de una visión aún más irreal del mundo que la condicionada por la organización de una Iglesia. El cristianismo niega la Iglesia... Yo no alcanzo a ver contra qué iba dirigida la rebelión de la que Jesús ha sido entendido o malentendido como iniciador, si no fue la rebelión contra la Iglesia judía, tomando Iglesia exactamente en el sentido en que nosotros tomarnos hoy esa palabra. Fue una rebelión contra «los buenos y justos», contra «los santos de Israel», contra la jerarquía de la sociedad -no contra su corrupción, sino contra la casta, el privilegio, el orden, la fórmula; fue la incredulidad con respecto a los «hombres superiores», el no a todo lo que era sacerdote y teólogo. Mas la jerarquía que de este modo quedó puesta en entredicho, bien que sólo por un instante, era el palafito sobre el cual todavía lograba subsistir, en medio del «agua», el pueblo judío, era la última, posibilidad, trabajosamente alcanzada, de seguir existieendo, el residuum [residuo] de su existencia política particular: un ataque a ella era un ataque al instinto más hondo del pueblo, a la más tenaz voluntad de vivir de un pueblo que jamás haya existido en la tierra. Ese anarquista santo, que incítaba al bajo pueblo, a los excluidos y «pecadores», a los chandalas existentes dentro del judaísmo, a contradecir el orden dominante - con un lenguaje que, en el caso de que hubiera que fiarse de los evangelios, todavía hoy conduciría a Siberia, era un criminal político, hasta el punto en que eran posibles precisamente los criminales políticos, en una sociedad absurdamente apolítica. Eso fue lo que le llevó a la cruz: la prueba de esto es la inscripción puesta en ella. Murió por su culpa, - falta toda razón para aseverar, aunque se lo haya aseverado con tanta frecuencia, que murió por la culpa de otros. -
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Una cuestión completamente distinta es la de si él fue consciente de tal antítesis, - o si meramente fue sentido como tal antítesis. Y aquí es donde por vez primera toco el problema de la fisicología del redentor. - Confieso que son pocos los libros que leo con tantas dificultades como los evangelios. Esas dificultades son distintas de aquéllas con cuya demostración celebró uno de sus triunfos más inolvidables la docta curiosidad del espíritu alemán. Lejos está ya la época en que, como todos los jóvenes doctos, también yo saboreé, con la inteligente lentitud de un filólogo refinado, la obra del incomparable Strauss. Entonces tenía yo veinte años; ahora soy demasiado
serio para esto. ¿Qué me importan a mí las contradicciones de la «tradición»? ¡Cómo es posible en absoluto denominar «tradiciones» a leyendas de santos! Las historias de santos son la literatura más ambigua que existe.- aplicar a ella el método científico, si no existen otros documentos, me parece una cosa condenada de antemano - mera ociosidad erudita...
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Lo que a mí me interesa es el tipo psicológico del redentor. Ese tipo podría estar contenido, en efecto, en los evangelios, a pesar de los evangelios, aun cuando muy mutilado o sobrecargado con rasgos extraños: como el de Francisco de Asís está contenido en sus leyendas, a pesar de ellas. No la verdad acerca de lo que él hizo, de lo que él dijo, de  la manera como en realidad murió: sino el problema de si su tipo es todavía imaginable en absoluto, si está «transmitido».-Las tentativas que yo conozco de leer en los evangelios incluso la historia de un «alma» parécenme pruebas de una aborrecible ligereza psicológica. El señor Renan, ese bufón in psychologicis [en cuestiones psicológicas]  ha aportado a su aclaración del tipo de Jesús los dos conceptos más inapropiados que para esto puede haber: el concepto genio y el concepto
héroe«héros»). Pero si hay algo no-evangélico es el concepto héroe. Cabalmente la antítesis de toda pugna, de todo sentirse-a-sí-mismo-en-lucha se ha vuelto aquí instinto: la incapacidad de oponer resistencia se convierte aquí en una moral («no resistas al mal», la frase más honda de los evangelios, su clave, en cierto sentido) la bienaventuranza en la paz, en la afabilidad, en el no-poder-ser-enemigo. ¿Qué significa la «buena nueva»? La vida verdadera, la vida eterna está encontrada  -no se la promete, está ahí, está dentro de vosotros: como vida en el amor, en el amor sin sustracción ni exclusión, sin distancia. Todo hombre es hijo de Dios - Jesús no reclama nada para sí solo - en cuanto hilo de Dios todo hombre es idéntico al otro... ¡ Hacer de Jesús un héroe! - ¡Y qué malentendido es sobre todo la palabra «genio»! Nada de nuestro concepto, de nuestro concepto cultural «espíritu» tiene sentido alguno en el mundo en que Jesús vive. Dicho con el rigor del fisiólogo, aquí estaría en su lugar más bien, una palabra completamente distinta: la palabra idiota. Nosotros conocemos un estado de excitabilidad enfermiza del sentido det tacto, el cual retrocede entonces temblando ante cualquier contacto, ante cualquier aprehensión de un objeto sólido. Traspóngase semejante habitus [hábito] fisiológico a su lógica última - como odio instintivo a toda realidad, como huida a lo «inaprensible», a lo «inconcebible», como aversión a toda fórmula, a todo concepto de tiempo y de espacio, a todo lo que es sólido, costumbre, institución, Iglesia, como un habitar en un mundo no tocado por ninguna especie de realidad, en un mundo meramente «interior», en un mundo «verda- dero», en un mundo «eterno»... «El reino de Dios está dentro de vosotros».....
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El odio instintivo a la realidad: consecuencia de una extremada capacidad de sufrimiento y de excitación, la cual no quiere ya ser en modo alguno "tocada", pues siente de un modo demasiado profundo todo contacto. La exclusión instintiva de toda aversión, de toda enemistad, de todas las fronteras y distancias en el sentimiento: consecuencia de una extremada capacidad de sufrimiento y de excitación, la cual siente ya como displacer insoportable (es decir, corno dañoso, como desaconsejado por el instinto de autoconservación), todo oponerse, todo tener-que-oponerse, que únicamente en no oponer ya resistencia a nadie, ni a la desgracia ni al mal, conoce la bienaventura (el placer), - el amor como única, como última posibilidad de vida... Estas son las dos realidades fisiológicas sobre las cuales, de las cuales ha brotado la doctrina de la redención. Yo la denomino una sublime prolongación del hedonismo sobre una base completamente mórbida. Con ella está estrechamente emparentado, si bien con un gran añadido de vitalidad y energía nerviosa griegas, el epicureísmo, la doctrina de redención del paganismo.
Epicuro, un décadent típico,- yo he sido el primero en reconocerlo como tal. -El miedo al dolor, incluso a lo infinitamente pequeño en el dolor-no puede acabar de otro modo que en una religión del amor...
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He dado por anticipado mi respuesta al problema-. El presupuesto de esa respuesta es que el tipo del redentor no nos ha sido conservado más que en una gran desfiguración. Esta tiene en sí mucha verosimilitud:  por múltiples razones tal tipo no podía permanecer puro, íntegro, libre de añadidos. En él tienen que haber dejado huellas tanto el milieu [medio] en que esa figura se movió como también, más aún, la historia, el destino de la primera comunidad cristiana: partiendo de ese destino, el tipo fue enriquecido de manera retroactiva con rasgos que sólo son comprensibles desde la guerra y las finalidades de la propaganda. Aquel  mundo raro y enfermo en el que los evangelios nos introducen - un mundo que se diría salido de una
novela rusa, en el cual parecen darse cita los desechos de la sociedad, las dolencias nerviosas y un idiotismo «infantn» - tiene en todo caso que haber vuelto más grosero el tipo: los primeros discípulos en especial, para llegar a comprender algo de él, tradujeron primero a su propia tosquedad un ser que flotaba totalmente en símbolos e inaprehensibilidades, - para ellos el tipo sólo estuvo presente después de ser uniforrnado dentro de formas más conocidas... El profeta, el mesías, el juez futuro, el maestro de moral, el taumaturgo, Juan Bautista -otras tantas ocasiones de desfigurar el tipo... No infravaloremos, por fin, lo propríum [peculiaridad,] de toda veneración grande, príncipalmente sectaria: ésta borra del ser venerado los rasgos e diosincrasias originales, a menudo penosamente extraños - ni siquiera los ve. Habría que lamentar que en la cercanía de ese interesantísimo décadent no haya vivido un Dostoievski, quiero decir, alguien que supiera sentir precisamente el atractivo conmovedor de semejante mezcla de sublimidad, enfermedad e infantilismo. Un último punto de vista.- en cuanto tipo de décadence, el tipo podría haber sido efectivamente de una multiplicidad y contradictoriedad peculiares: tal posibilidad no ha de excluirse por completo. Sin embargo, todo lo desaconseja: justo la tradición tendría que haber sido en ese caso una tradición notablemente fiel y objetiva: por lo cual tenemos razones para admitir lo contrario. De momento se abre una contradicción entre el predicador de la montaña, del mar y de los prados, cuya aparición produce el efecto de un Buda en un terreno muy poco indio, y aquel fanático del ataque, aquel enemigo mortal de teólogos y sacerdotes, al que la malicia de Renan ha glorificado llamándole le gran maitre en ironie [el gran maestro en ironía]. Yo mismo no dudo de que esa abundante cantidad de bilis (e incluso de esprit  [ingenio] ) le ha sido trasvasada al tipo del maestro a partir únicamente del excitado estado de la propaganda cristiana: de sobra es conocida, en efecto, la falta de escrúpulos de todos los sectarios para componerse su propia apología a partir de su maestro. Cuando la comunidad prímitiva tuvo necesidad, contra los teólogos, de un teólogo juzgador, litigante, colérico, maliciosamente sutil, se creó su «Dios» de acuerdo con sus necesidades: de igual modo que, sin la menor vacilación, colocó también en su boca aquellos conceptos completamente ajenos al evangelio de los que ahora ella no podía prescindir, el «retorno», el «juicio final» toda especie de expectación y promesa temporales. -
Anticristo
























































































































































































































































































































































































1 La designación «los menos», aquí utilizada por Nietzsche, es aclarada por éste más tarde, en el § 57, donde dice: «La casta suprema -yo la llamo los menos- tiene también, por ser la perfecta, los privilegios de los menos ... ». La antítesis de «los menos» está constituida por los que Nietzsche mismo denomina «los más», a los cuales «les resulta muy necesario un regulativo que desde fuera los ate y los fije».
Prólogo
Presentación























































































































































































































































































































































































2 A su «nacimiento póstumo» había aludido ya Nietzsche en Crepúsculo de los ídolos y volverá a hacerlo en Ecce homo.
Prólogo
Presentación























































































































































































































































































































































































3 Sobre la expresión «siete soledades» (que aparece ya en el § 285 de La gaya ciencia) véase el § 309 de aquella misma obra, titulado precisamente «Desde la séptima soledad». En Así habló Zaratustra alude también Nietzsche a los «siete hielos» del solitario. Y en Ecce homo habla de que «la soledad tiene siete pieles». La expresión «séptima soledad» aparece otras veces en Nietzsche, quien vuelve a utilizarla en dos de los Ditirambos de Dioniso: el titulado «La señal de fue