ASI HABLÓ ZARATHUSTRA
(CUARTA PARTE)
La ofrenda de la miel
Y de nuevo pasaron lunas y años sobre el alma de Zaratustra, y él no
prestaba atención a eso; mas su cabello se volvió blanco. Un día, cuando se hallaba
sentado sobre una
piedra delante de su caverna y miraba
en silencio hacia afuera, - desde allí se ve el mar a lo lejos, al otro lado de abismos
tortuosos - sus animales estuvieron dando vueltas, pensativos, a su alrededor y por fin se
colocaron delante de él.
«Oh Zaratustra, dijeron, ¿es que buscas con la mirada tu felicidad?»'- - «¡Qué importa la felicidad!,
respondió el, hace ya mucho tiempo que yo no aspiro a la felicidad, aspiro a mi obra.» -
«Oh Zaratustra, hablaron de nuevo los animales, dices eso como quien está sobrado de
bien. ¿No yaces tú acaso en un lago de felicidad azul como el cielo?» - «Pícaros,
respondió Zaratustra, y sonrió, ¡qué bien habéis elegido la imagen! Pero también
sabéis que mi felicidad es pesada, y no como una fluida ola de agua: me oprime y no
quiere despegarse de mi y se parece a pez derretida.» -
Entonces los animales se pusieron a dar vueltas de nuevo, pensativos, a su alrededor, y
otra vez se colocaron delante de él. Oh Zaratustra, dijeron, ¿a eso se debe, pues, el
que tú mismo te estés poniendo cada vez más amarillo y oscuro, aunque tu cabello
aparente ser blanco y como de lino? ¡Mira, estás sentado en tu pez!» - ¡Qué decís, animales míos, dijo Zaratustra y se
rió, en verdad blasfemé cuando hablé de la pez. Lo que a mí me ocurre les ocurre a
todos los frutos que maduran. La miel que hay en mis venas es lo que vuelve más espesa mi
sangre, también, más silenciosa mi alma.» - «Así será, oh Zaratustra, respondieron
los animales, y se arrimaron a él; mas ¿no quieres subir hoy a una alta montana? El aire
es puro, y hoy se ve una parte del mundo mayor que nunca.»
-Sí, animales míos, respondió él, acertado es vuestro consejo y conforme a mi
corazón: ¡hoy quiero subir a una alta montaña! Pero cuidad de que allí tenga a mano
miel, miel de colmena, amarilla, blanca, buena, fresca como el hielo. Pues sabed que allá
arriba quiero hacer la ofrenda de la miel.» -
Sin embargo, cuando Zaratustra estuvo en la cumbre mandó a casa a sus animales, que lo
habían acompañado, y vio que entonces estaba solo: - entonces se rió de todo corazón,
miró a su alrededor y habló así:
¡El haber hablado de ofrendas, y de ofrendas de miel, fue sólo una argucia oratoria y,
en verdad, una tontería útil! Aquí arriba me es lícito hablar con mayor libertad que
delante de cavernas de eremitas y de animales domésticos de eremitas.
¡Por qué hacer una ofrenda! Yo derrocho lo que se me regala, yo derrochador de las mil
manos: ¡cómo me sería lícito llamar a esto todavía - hacer una ofrenda!
Y cuando yo pedía miel, lo que pedía era tan sólo un cebo y un dulce y viscoso
almíbar, al que son aficionados incluso los osos gruñones y los pájaros extraños,
refunfuñadores, malvados:
- el mejor cebo, cual lo precisan cazadores y pescadores. Pues si el mundo es cual un
oscuro bosque lleno de animales, y jardín de delicias de todos los cazadores furtivos, a
mí me parece más bien, y aun mejor, un mar rico y lleno de abismos, - un mar lleno de
peces y cangrejos de todos los colores, que hasta los dioses sentirían deseos de hacerse
pescadores en su orilla y echadores de redes: ¡tan abundante es el mundo en rarezas
grandes y pequenas!
Especialmente el mundo de los hombres, el mar de los hombres: - a él lanzo yo ahora mi
caña de oro y digo: ¡ábrete, abismo del hombre!
¡Ábrete y arrójame tus peces y tus centelleantes cangrejos! ¡Con mi mejor cebo pesco
yo hoy para mi los más raros peces humanos!
- mi propia felicidad arrójola lejos, a todas las latitudes y lejanías, entre el
amanecer, el mediodía y el atardecer, a ver si muchos peces humanos aprenden a tirar y
morder de mi felicidad.
Hasta que, mordiendo mis afilados anzuelos escondidos, tengan que subir a mi altura los
más multicolores gobios de los abismos, subir hacia el más maligno de todos los
pescadores de hombres.
-Pues eso soy yo a fondo y desde el comienzo, tirando, atrayendo, levantando, elevando,
alguien que tira, que cría y corrige, que no en vano se dijo a sí mismo en otro tiempo:
«¡Llega a ser el que eres!»
Así, pues, que los hombres suban ahora hasta mí: pues todavía aguardo los signos de que ha llegado el tiempo de mi descenso,
todavía no me hundo yo mismo en mi ocaso como tengo que hacerlo, entre los hombres.
A esto aguardo aquí, astuto y burlón, en las altas montañas, ni impaciente ni paciente,
sino más bien como quien ha olvidado hasta la paciencia, - porque ya no «padece.
Mi destino me deja tiempo, en efecto: ¿acaso me ha olvidado? ¿O está sentado a la
sombra detrás de una gran piedra y se dedica a cazar moscas?
Y, en verdad, le estoy reconocido, a mi eterno destino, de que no me urja ni me apremie y
me deje tiempo para bromas y maldades: de modo que hoy he subido a esta alta montaña a
pescar peces.
¿Ha pescado un hombre alguna vez peces sobre altas montañas? Y aunque sea una tontería
lo que yo quiero y hago aquí arriba: mejor es esto que no volverme solemne allá abajo, a
fuerza de aguardar, y verde y amarillo - uno que resopla afectadamente de cólera a fuerza
de aguardar, una santa tempestad rugiente que baja de las montañas, un impaciente que
grita a los valles: «¡Oíd, u os azoto con el látigo de Dios!»
No es que yo me enoje por esto con tales coléricos: ¡me hacen reír bastante!
¡Impacientes tienen que estar esos grandes tambores ruidosos, que o hablan hoy o no
hablan nunca!
Mas yo y mi destino - no hablamos al Hoy, tampoco hablamos al Nunca: para hablar tenemos
paciencia, y tiempo, y más que tiempo. Pues un día tiene él que venir, y no le será lícito pasar de largo.
¿Quién tiene que venir un día, y no le será lícito pasar de largo? Nuestro gran Hazar, es decir, nuestro grande y remoto reino del hombre,
el reino de Zaratustra de los mil años--
¿A qué distancia se encuentra ese algo «lejano»? ¡Qué me importa eso! Mas no por
ello es para mí menos firme -, con ambos pies estoy yo seguro sobre ese fundamento, -
sobre un fundamento eterno, sobre una dura roca
primitiva, sobre estas montanas primitivas, las más elevadas y duras de todas, a las que
acuden todos los vientos como a una divisoria meteorológica, preguntando por el ¿dónde?
y por el ¿de dónde? y por el ¿hacia dónde?
¡Ríe aquí, ríe, luminosa y saludable maldad mía! ¡Desde las altas montañs arroja
hacia abajo tu centelleante risotada burlona! ¡Pesca para mí con tu centelleo los más
hermosos peces humanos!
Y lo que en todos los mares a mí me pertenece, mi en-mí y para-mí en todas las cosas, -
péscame eso y sácalo fuera, sube eso hasta mí: eso es lo que aguardo yo, el más
maligno de todos los pescadores.
¡Llejos, lejos, anzuelo mío! ¡Dentro, hacia abajo, cebo de mi felicidad! ¡Deja caer
gota a gota tu más dulce rocío, miel de mi corazón! ¡Muerde, anzuelo mío, en el
vientre de toda negra tribulación!
¡Lejos, lejos, ojos míos! ¡Oh, cuántos mares a mi alrededor, cuántos futuros humanos
que alborean! Y por encima de mi- ¡qué calma rosada! ¡Qué silencio despejado de nubes!
Presentación
El grito de socorro
Al día siguiente estaba sentado Zaratustra de nuevo en su piedra delante de la caverna
mientras los animales andaban fuera errantes por el mundo para traer nuevo alimento, -
también nueva miel: pues Zaratustra había consumido y derrochado la vieja miel hasta la
última gota. Y mientras se hallaba así sentado, con un bastón en la mano, y dibujaba
sobre la tierra la sombra de su figura, reflexionando, y, ¡en verdad!, no sobre sí mismo
ni sobre su sombra, - de pronto se asustó y se sobresaltó: pues junto a su sombra veía
otra sombra distinta.Y al mirar rápidamente a su alrededor y levantarse, he aquí que
junto a él estaba el adivino, el mismo a quien en otro tiempo había dado de comer y de
beber en su mesa, el anunciador de la gran fatiga, que
enseñaba: «Todo es idéntico, nada vale la pena, el mundo carece de sentido, el saber
estrangula». Pero su rostro había cambiado entretanto; y
cuando Zaratustra le miró a los ojos, su corazón volvió a asustarse: tantos eran los
males presagios y los rayos cenicientos que cruzaban por aquella cara.
El adivino, que se había dado cuenta de lo que ocurría en el alma de Zaratustra, se
pasó la mano por el rostro como si quisiera borrarlo; lo mismo hizo también Zaratustra.
Y cuando ambos de ese modo se hubieron serenado y reanimado en silencio, diéronse las
manos en señal de que querían reconocerse.
«Bienvenido seas, dijo Zaratustra, tú adivino de la gran fatiga, no debe ser en vano el
que en otro tiempo fueras mi comensal y mi huésped. ¡Come y bebe también hoy en mi
casa, y perdona el que un viejo alegre se siente contigo a la mesa!»
- «¿Un viejo alegre?, respondió el adivino moviendo la cabeza: quien quiera que seas o
quieras ser, oh Zaratustra, lo has sido ya mucho tiempo aquí arriba, - ¡dentro de poco
no estará ya tu barca en seco!» - «¿Es que yo estoy en seco?,
preguntó Zaratustra riendo. - «Las olas en torno a tu montaña,
respondió el adivino, suben cada vez más, las olas de la gran necesidad y tribulación
pronto levantarán también tu barca y te llevarán lejos de aquí». - Zaratustra calló
al oír esto y se maravilló. - «¿No oyes todavía nada?, continuó diciendo el adivino:
¿no suben de la profundidad un fragor y un rugido?, - Zaratustra siguió callado y
escuchó: entonces oyó un grito largo, largo, que los abismos se lanzaban unos a otros y
se devolvían, pues ninguno quería retenerlo: tan funestamente resonaba.
«Tú, perverso adivino, dijo finalmente Zaratustra, eso es un grito de socorro y un grito
de hombre, y sin duda viene de un negro mar. ¡Mas qué me importan las necesidades de los
hombres! Mi último pecado, que me ha sido reservado
para el final, - ¿sabes tú acaso cómo se llama?»
- «¡Compasión! respondió el adivino con el corazón rebosante, y alzó las dos manos -
¡oh Zaratustra, yo vengo para seducirte a cometer tu último pecado!» -
Y apenas habían sido dichas estas palabras retumbó de nuevo el grito, más largo y
angustioso que antes, también mucho más cercano ya. «¿Oyes? ¿Oyes, Zaratustra?,
exclamó el adivino, ese grito es para ti, a ti es a quien llama: ¡ven, ven, ven, es
tiempo, ya ha llegado la hora!» -
Zaratustra callaba, desconcertado y trastornado; finalmente preguntó, como quien vacila
en su interior: «¿Y quién es el que allí me llama?»
Tú lo sabes bien, respondió con violencia el adivino ¿por qué te escondes? ¡El hombre
superior es quien grita llamándote!»
«¡El hombre superior!, gritó Zaratustra horrorizado: ¿qué quiere ése? ¿Qué quiere
ése? ¡El hombre superior! ¿Qué quiere aqui ése?» - y su piel se cubrió de sudor.
Pero el adivino no respondió a la angustia de Zaratustra, sino que siguió escuchando
hacia la profundidad. Y cuando se hizo allí un largo silencio, volvió su vista atrás y
vio a Zaratustra de pie y temblando.
«Oh Zaratustra, empezó a decir con triste voz, no estás ahí como alguien a quien su
felicidad le hace dar vueltas: ¡tendrás que bailar si no quieres caerte al suelo!
Pero aunque quisieras bailar y ejecutar todas tus piruetas delante de mí: a nadie le
sería lícito decirme: Mira, ¡ahí baila el último hombre alegre!
En vano vendría hasta esta altura uno que buscase aquí a ese hombre: encontraría sin
duda cavernas, y otras cavernas detrás de las primeras, y escondrijos para gente
escondida, mas no pozos de felicidad ni tesoros ni filones vírgenes del oro de la
felicidad.
Felicidad - ¿cómo encontrar felicidad entre tales sepultados y tales eremitas?
¿Tengo que buscar todavía la última felicidad en islas afortunadas y a lo lejos entre
mares olvidados?
¡Pero todo es idéntico, nada merece la pena, de nada sirve buscar, ya no hay tampoco
islas afortunadas!» - -
Así dijo el adivino suspirando; mas al oír su último suspiro Zaratustra recobró su
lucidez y su seguridad, como uno que sale desde un profundo abismo a la luz. «¡No! ¡No!
¡Tres veces no!, exclamó con fuerte voz y se acarició la barba - ¡De eso sé yo más que tú!
¡Todavía existen islas afortunadas! ¡Calla tú de eso, suspirante saco de aflicciones!
¡Deja de chapotear acerca de eso, tú nube de lluvia en la mañana! ¿No estoy ya mojado
por tu tribulación, empapado como un perro?
Ahora voy a sacudirme y a alejarme de ti, para quedar seco de nuevo: ¡de esto no tienes
derecho a asombrarte! ¿Te parezco descortés? Pero aquí está mi corte.
Y en lo que se refiere a tu hombre superior: ¡bien!, voy aprisa a buscarlo en aquellos
bosques: de allí venía su grito. Tal vez lo acosa allí un malvado animal.
Está en mis dominios: ¡en ellos no debe sufrir
ningún daño! Y, en verdad, hay muchos animales malvados en mi casa.» -
Dichas estas palabras Zaratustra se dio la vuelta para irse. Entonces dijo el adivino:
«Oh Zaratustra, ¡eres un bribón!
Lo sé bien: ¡quieres librarte de mí! ¡Prefieres correr a los bosques y acechar
animales malvados!
Mas ¿de qué te sirve eso? Al atardecer me tendrás de nuevo, en tu propia caverna
permaneceré sentado, paciente y pesado como un leño - ¡y te aguardaré!»
«¡Así sea!, replicó Zaratustra yéndose: ¡y lo que en mi caverna es mío, también te
pertenece a ti, huésped mío!
Y si todavía encontrases miel ahí dentro, ¡bien!, ¡lámetela toda, oso gruñón, y
endulza tu alma! Pues al atardecer queremos estar los dos de buen humor.
- ¡de buen humor y contentos de que este día haya acabado! Y tú mismo debes bailar al
son de mis canciones, como mi oso bailador.
¿No lo crees? ¿Mlueves la cabeza? ¡Bien! ¡Adelante! ¡Viejo oso! También yo - soy un
adivino.»
Así habló Zaratustra.
Presentación
Coloquio con los reyes
No había pasado aún una hora desde que Zaratustra andaba caminando por sus
montañas y bosques cuando vio de pronto un extraño cortejo. Justo por el camino por el
que él iba bajando venían dos reyes a pie, adornados con coronas y con cinturones de
púrpura, tan multicolores como dos flamencos:
conducían delante de ellos un asno cargado. «¿Qué quieren esos reyes en mi reino?»,
dijo asombrado Zaratustra a su corazón, y se escondió rápidamente detrás de unas
matas. Y cuando los reyes se acercaban adonde él estaba, dijo a media voz, como quien se
habla a sí solo: «¡Qué extraño! ¡Qué extraño! ¿Cómo se compagina esto? Veo dos
reyes - ¡y un solo asno!»
Entonces los dos reyes se detuvieron, sonrieron, miraron hacia el lugar de donde la voz
venía, y luego se miraron ellos mismos cara a cara. «Esas cosas se las piensa también
ciertamente entre nosotros, dijo el rey de la derecha, pero no se las dice.»
El rey de la izquierda se encogió de hombros y respondió: «Sin duda será un cabrero. O
un eremita que ha vivido durante demasiado tiempo entre rocas y árboles. La falta total
de sociedad, en efecto, acaba por echar a perder también las buenas costumbres».
¿Las buenas costumbres?, replicó malhumorado y con amargura el otro rey: ¿de qué vamos
nosotros escapando?
¿No es de las "buenas costumbres"' ¿De nuestra "buena sociedad"?
Mejor es, en verdad, vivir entre eremitas y cabreros que con nuestra dorada, falsa y
acicalada plebe - aunque se llame a sí misma "buena sociedad",
- aunque se llame a sí misma "nobleza'. Allí todo es falso, podrido, en primer
lugar la sangre, gracias a viejas y malas enfermedades y a curanderos aun peores.
El mejor y el preferido continúa siendo para mi hoy un sano campesino, tosco, astuto,
testarudo, tenaz: ésa es hoy la especie más noble.
El campesino es hoy el mejor; ¡y la especie de los campesinos debería dominar! Pero
éste es el reino de la plebe, - ya no me dejo engañar. Y plebe quiere decir: mezcolanza.
Mezcolanza plebeya: en ella todo está revuelto con todo, santo y bandido e hidalgo y
judío y todos los animales del arca de Noé.
¡Buenas costumbres! Todo es entre nosotros falso y podrido. Nadie sabe ya venerar: justo
de eso es de lo que nosotros vamos huyendo. Son perros empalagosos y pegajosos, pintan con
purpurina hojas de palma.
¡La náusea que me estrangula es que incluso nosotros los reyes nos hemos vuelto falsos,
andamos recubiertos y disfrazados con la vieja y amarillenta pompa de nuestros abuelos,
siendo medallones para los más estúpidos y para los más astutos y para todo el que hoy
trafica con el poder!
Nosotros no somos los primeros - y, sin embargo, tenemos que pasar por tales: de esa
superchería estamos ya hartos por fin, y nos produce náuseas.
De la chusma hemos escapado, de todos esos vocingleros y moscardones que escriben, del
hedor de los tenderos, de la agitación de los ambiciosos, del aliento pestilente -: puf,
vivir en medio de la chusma,
- puf, ¡pasar por los primeros en medio de la chusma! Ay, ¡náusea! ¡náusea!
¡náusea! ¿Qué importamos ya nosotros los reyes? -
«Tu vieja enfermedad te acomete, dijo entonces el rey de la izquierda, la náusea te
acomete, pobre hermano mío. Pero ya sabes que hay alguien que nos está escuchando.»
Inmediatamente se levantó de su escondite Zaratustra, que había abierto del todo sus
oídos y sus ojos a estos discursos, acercóse a los reyes y comenzó a decir: «Quien os
escucha, quien con gusto os escucha, reyes, se llama Zaratustra.
Yo soy Zaratustra, que en otro tiempo dijo: ¡Qué importan ya los reyes! Perdonadme que me haya alegrado cuando os decíais
uno a otro: ¡Qué importamos nosotros los reyes!
Éste es mi reino y mi dominio: ¿qué andáis buscando vosotros en mi reino? Pero acaso
habéis encontrado en el camino lo que yo busco, a saber: el hombre superior.»
Cuando los reyes oyeron esto se dieron golpes de pecho y
dijeron con una sola boca: «¡Hemos sido reconocidos!
Con la espada de esa palabra has desgarrado la más densa tiniebla de nuestro corazón.
Has descubierto nuestra necesidad, pues ¡mira! Estamos en camino para encontrar al hombre
superior,
- al hombre que sea superior a nosotros: aunque nosotros seamos reyes. Para él traemos
este asno. Pues el hombre supremo, el superior a todos, debe ser en la tierra también el
señor supremo.
No existe desgracia más dura en todo destino de hombre que cuando los poderosos de la
tierra no son también los primeres hombres. Entonces todo se vuelve falso Y torcido y
monstruoso.
Y cuando incluso son los últimos, y más animales que hombres: entonces la plebe sube y
sube de precio, y al final la virtud de la plebe llega a decir: ¡mirad, virtud soy yo
unicamente! -
¿Qué acabo de oír?, respondió Zaratustra: ¡Qué sabiduría en unos reyes! Estoy
encantado y, en verdad, me vienen ganas de hacer unos versos sobre esto:
- aunque sean unos versos no aptos para los oídos de todos.
Hace ya mucho tiempo que he olvidado el tener consideraciones con orejas largas. ¡Bien!
¡Adelante!
(Pero entonces ocurrió que también el asno tomó la palabra: y dijo clara y
malévolamente I-A
En otro tiempo - creo que en el año primero de la salvación -
Dijo la Sibila, embriagada sin vino:
«¡Ay, las cosas marchan mal!
¡Ruina! ¡Ruina! ¡Nunca cayó tan bajo el mundo!
Roma bajó a ser puta y burdel,
El César de Roma bajó a ser un animal, Dios mismo - ¡se hizo judío!»
Los reyes se deleitaron con estos versos de Zaratustra; y el rey de la derecha dijo:
«¡Oh Zaratustra, qué bien hemos hecho en habernos puesto en camino para verte!
Pues tus enemigos nos mostraban tu imagen en su espejo:
en él tú mirabas con la mueca de un demonio y con una risa burlona: de modo que
teníamos miedo de ti.
¡Mas de qué servía esto! Una y otra vez nos punzabas el oído y el corazón con tus
sentencias. Entonces dijimos finalmente: ¡qué importa el aspecto que tenga!
Tenemos que oírle a él, a él que enseña "¡debéis amar la paz como medio para
nuevas guerras, y la paz corta más que la larga!
Nadie ha dicho hasta ahora palabras tan belicosas como: ¿Qué es bueno? Ser valiente es
bueno. La buena guerra es la que santifica toda causa.
Oh Zaratustra, la sangre de nuestros padres se agitaba en nuestro cuerpo al oír tales
palabras: era como el discurso de la primavera a viejos toneles de vino.
Cuando las espadas se cruzaban como serpientes de manchas rojas, entonces nuestros padres
encontraban buena la vida; el sol de toda paz les parecía flojo y tibio, y la larga paz
daba vergüenza.
¡Cómo suspiraban nuestros padres cuando veían en la pared espadas relucientes y secas!
Lo mismo que éstas, también ellos tenían sed de guerra. Pues una espada quiere beber
sangre y centellea de deseo.» - -
- Mientras los reyes hablaban y parloteaban así, con tanto ardor, de la felicidad de sus
padres, Zaratustra fue acometido por unas ganas no pequeñas de burlarse de su ardor: pues
eran visiblemente reyes muy pacíficos los que él veía delante de sí, reyes con rostros
antiguos y delicados. Mas se dominó. ¡Bien!, dijo, hacia allá sigue el camino, allá se
encuentra la caverna de Zaratustra; ¡y este día debe tener una larga noche!
Pero ahora me llama un grito de socorro que me obliga a alejarme de vosotros a toda prisa.
Es un honor para mi caverna el que unos reyes quieran sentarse en ella y aguardar: ¡pero,
ciertamente, tendréis que aguardar mucho tiempo!
¡Bien! ¡Qué importa! ¿Dónde se aprende hoy a aguardar mejor que en las cortes? Y la
entera virtud de los reyes, la que les ha quedado, - ¿no se Llama hoy poder-aguardar?»
Así habló Zaratustra.
Presentación
La sanguijuela
Y Zaratustra siguió pensativo su camino, bajando cada vez más, atravesando bosques y
bordeando terrenos pantanosos; y como le ocurre a todo aquel que reflexiona sobre cosas
difíciles pisó, sin darse cuenta, a un hombre. Y he aquí que de pronto le salpicaron la
cara un grito de dolor y dos maldiciones y veinte injurias perversas: de modo que, con el
susto, alzó el bastón y golpeó además a aquel al que había pisado.
Pero inmediatamente recobró el juicio; y su corazón rió de la tontería que acababa de
cometer.
«Perdona, dijo al pisado, el cual se había erguido furioso y se había sentado, perdona
y escucha antes de nada una parábola.
Así como un viajero que sueña con cosas lejanas tropieza, sin darse cuenta, en una calle
solitaria con un perro dormido, con un perro tendido al sol:
- y ambos se encolerizan, se increpan, como enemigos mortales, los dos mortalmente
asustados: así nos ha ocurrido a nosotros.
¡Y sin embargo! Y sin embargo - ¡qué poco ha faltado para que ambos se acariciasen, ese
perro y ese solitario! ¡Pues ambos son - solitarios!»
- «Quienquiera que seas, dijo, todavía furioso, el pisado, ¡también con tu parábola
me pisoteas, y no sólo con tu pie!
Mira, ¿es que yo soy un perro?» - y en ese momento el sentado se levantó y sacó su
brazo desnudo del pantano. Antes, en efecto, había estado tendido en el suelo, oculto e
irreconocible, como quienes acechan la caza de los pantanos.
«¡Pero qué estás haciendo!, exclamó Zaratustra asustado, pues veía que por el
desnudo brazo corría mucha sangre, -¿qué te ha ocurrido? ¿Te ha mordido, desgraciado,
un perverso animal?»
El que sangraba rió, aunque todavía estaba encolerizado.«¡Qué te importa!, dijo, y
quiso marcharse. Aquí estoy en mi casa y en mis dominios. Pregúnteme quien quiera: a un
majadero difícilmente le responderé.»
«Te engañas, dijo Zaratustra compadecido, y lo retuvo, te engañas: aquí no estás en
tu casa, sino en mi reino, y en él a nadie debe ocurrirle daño alguno.
Llámame como quieras, - yo soy el que tengo que ser. El nombre que me doy a mí mismo es
Zaratustra.
¡Bien! Por ahí sube el camino que lleva hasta la caverna de Zaratustra: no está lejos,
- ¿no quieres cuidar tus heridas en mi casa?
Mal te ha ido desgraciado, en esta vida: primero te mordió el animal, y luego - ¡te
pisó el hombre!» Pero cuando el pisado oyó el nombre de Zaratustra, se transformó.
«¡Qué me pasa!, exclamó, ¿quién me interesa aún en esta vida si no ese solo hombre,
a saber, Zaratustra, y ese único animal que vive de la sangre, la sanguijuela?
A causa de la sanguijuela estaba yo aquí tendido junto a este pantano como un pescador, y
ya mi brazo extendido había sido picado diez veces cuando aún me pica, buscando mi
sangre, un erizo más hermoso, Zaratustra mismo!
¡Oh felicidad! ¡Oh prodigio! ¡Bendito sea este día que me indujo a venir a este
pantano! ¡Bendita sea la mejor y más viva de las ventosas que hoy viven, bendito sea
Zaratustra, gran sanguijuela de conciencias!» -
Así habló el pisado; y Zaratustra se alegró de sus palabras y de sus delicados y
respetuosos modales: «¿Quién eres?, preguntó y le tendió la mano, entre nosotros
queda mucho que aclarar y que despejar: pero ya, me parece, se está haciendo de día, un
día puro y luminoso».
«Yo soy el concienzudo del espíritu, respondió el interrogado, y en las cosas del
espíritu difícilmente hay alguien que las tome con mayor rigor, severidad y dureza que
yo, excepto aquel de quien yo he aprendido eso, Zaratustra mismo.
¡Es preferible no saber nada que saber mucho a medias! ¡Es preferible ser un necio por
propia cuenta que un sabio con arreglo a pareceres ajenos! Yo - voy al fondo:
- ¡qué importa que éste sea grande o pequeño! ¡Que se llame pantano o cielo! Un palmo
de fondo me basta: ¡con tal que sea verdaderamente fondo y suelo!
- un palmo de fondo: sobre él puede uno estar de pie. En la verdadera ciencia concienzuda
no hay nada grande ni nada pequeño.»
«¿Entonces tú eres acaso el conocedor de la sanguijuela?, preguntó Zaratustra; ¿y
estudias la sanguijuela hasta sus últimos fondos, tú concienzudo?»
«Oh Zaratustra, respondió el pisado, eso sería una enormidad, ¡cómo iba a serme
lícito atreverme a tal cosa!
En lo que yo soy un maestro y un conocedor es en el cerebro de la sanguijuela: - ¡ése es
mi mundo!
¡También ése es un mundo! Mas perdona el que aquí tome la palabra mi orgullo, pues en
esto no tengo igual. Por ello dije "aquí estoy en mi casa".
¡Cuánto tiempo hace ya que estudio esa única cosa, el cerebro de la sanguijuela, para
que la escurridiza verdad no se me escurra ya aquí! ¡Aquí está mi reino!
- por esto eché por la borda todo lo demás, por esto se me volvió indiferente todo lo
demás; y justo al lado de mi saber acampa mi negra ignorancia.
Mi conciencia del espíritu quiere de mí que yo sepa una única cosa y que no sepa nada
de lo demás: ¡siento náuseas de todas las medianías del espíritu, de todos los
vaporosos, fluctuantes, soñadores.
Donde mi honestidad acaba, allí yo soy ciego y quiero también serlo. Pero donde quiero
saber, allí quiero también ser honesto, es decir, duro, riguroso, severo, cruel,
implacable.
El que en otro tiempo tú dijeras, oh Zaratustra: "Espíritu es la vida que se saja a
sí misma en vivo", eso fue lo que me llevó a tu doctrina y me indujo a seguirla. Y,
en verdad, ¡con mi propia sangre he aumentado mi propio saber!»
«Como la evidencia enseña», se le ocurrió a
Zaratustra; pues aún seguía corriendo la sangre por el brazo desnudo del concienzudo.
Diez sanguijuelas, en efecto, se habían agarrado él.
¡Oh tú, extraño compañero, cuántas cosas me enseña esta evidencia, es decir, tú
mismo! ¡Y tal vez no me sea lícito vaciarlas todas ellas en tus severos oídos!
¡Bien! ¡Separémonos aquí! Pero me gustaría volver a encontrarte. Por ahí sube el
camino que lleva hasta mi caverna: ¡hoy por la noche debes ser mi huésped querido!
También me gustaría reparar en tu cuerpo el que Zaratustra te haya pisado: sobre eso
reflexiono. Pero ahora me llama un grito de socorro que me obliga a alejarme de ti a toda
prisa.»
Así habló Zaratustra.
Presentación
El mago
Y cuando Zaratustra dio la vuelta a una roca vio no lejos debajo de sí, en el
mismo camino, a un hombre que agitaba los miembros como un loco furioso y que, finalmente,
cayó de bruces en tierra. «¡Alto!, dijo entonces Zaratustra a su corazón, ése de ahí
tiene que ser sin duda el hombre superior, de él venia aquel perverso grito de socorro, -
voy a ver si se le puede ayudar.» Mas cuando llegó corriendo al lugar donde el hombre
yacía en el suelo encontró a un viejo tembloroso,con los ojos fijos, y aunque Zaratustra
se esforzó mucho por levantarlo y ponerlo de nuevo en pie, fue inútil. El desgraciado no
parecía ni siquiera advertir que alguien estuviese junto a él; antes bien, no hacía
otra cosa que mirar a su alrededor, con gestos conmovedores, como quien ha sido abandonado
por todo el mundo y dejado solo. Pero al fin, tras muchos temblores, convulsiones y
contorsiones, comenzó a
lamentarse de este modo:
«Quién me calienta, quién me ama todavía?
¡Dadme manos ardientes!
¡Dadme braseros para el corazón!
¡Postrado en tierra, temblando de horror,
Semejante a un mediomuerto, a quien la gente le calienta los pies -
Agitado, ¡ay! por fiebres desconocidas,
Temblando ante las agudas, gélidas flechas del escalofrío,
Acosado por ti, ¡ pensamiento!
¡Innombrable! ¡Encubierto! ¡Espantoso!
¡Tú, cazador oculto detrás de nubes!
Fulminado a tierra por ti,
Ojo burlón que me miras desde lo oscuro:
- Así yazgo,
Me encorvo, me retuerzo, atormentado
Por todas las eternas torturas,
Herido
Por ti, el más cruel de los cazadores,
¡Tú desconocido - Dios!·"'
¡Hiere más hondo,
Hiere otra vez!
¡Taladra, rompe este corazón!
¿Por qué esta tortura
Con flechas embotadas?
¿Por qué vuelves a mirar,
No cansado del tormento del hombre,
Con ojos crueles, como rayos divinos?
¿No quieres matar,
Sólo torturar, torturar?
¡Para qué - torturarme a mí,
Tú cruel, desconocido Dios! -
¡Ay, ay! ¿Te acercas a escondidas?
¿En esta medianoche
Qué quieres? ¡Habla!
Me acosas, me oprimes -
¡Ay! ¡ya demasiado cerca!
¡Fuera! ¡Fuera!
Me oyes respirar,
Escuchas mi coruzón.
Auscultas mi corazón,
Tú celoso -
Pero ¿celoso de qué?
¡Fuera! ¡Fuera! ¿Para qué esa escala?
¡Quieres entrar dentro,
en el corazón,
Penetrar en mis más ocultos
Pensamientos!
¡Desvergonzado! ¡Desconocido - ladrón!
¡Qué quieres robar!
¡Qué quieres escuchar?
¡Qué quieres arrancar con tormentos?
¡Tú atormentador!
¡Tú- Dios-verdugo!
¿O es que debo, como el perro,
Arrastrarme delante de ti?
¿Sumiso fuera de mí de entusiasmo,
Menear la cola declarándote - mi amor?
¡En vano! ¡Sigue pinchando
Cruelísimo aguijón! No,
No un perro - tu caza soy tan sólo,
¡Cruelísimo cazador!
Tu más orgulloso prisionero,
¡Salteador oculto detrás de nubes!
Habla por fin,
¿Qué quieres tú, salteador de caminos, de mí!
¡Tú oculto por el rayo! ¡Desconocido! Habla,
¡Qué quieres tú, desconocido Dios? - -
¿Cómo? ¿Dinero de rescate?
¿Cuánto dinero de rescarte quieres?
Pide mucho - ¡te lo aconseja mi segundo orgullo!
¡Ay! ¡Ay!
¿Y me torturas, necio,
Atormentas mi orgullo?
Dame amor- ¿quién me calienta todavía?
¿Quién me ama todavía? - dame manos ardientes,
Dame braseros para el corazón,
Dame a mí, al más solitario de todos,
Al que el hielo, ay, un séptuplo hielo
Enseña a desear
Incluso enemigos,
Enemigos,
Dame, si, entrégame,
cruelísimo enemigo,
Dame - ¡a tí mismo!
¡Se fue!
¡Huyó tambien él!
Mi último y único compañero,
Mi gran enemigo,
Mi gran desconocido,
Mi Dios-verdugo!
-¡No! ¡Vuelve!
¡Con todas tus torturas!
¡Oh vuelve!
Al último de todos los solitarios!
¡Todos los arroyos de mis lágrimas
Corren hacia tí!
¡Y la última llama de mi corazón-
Para tí se alza ardiente!
¡Oh, vuelve
Mi desconocido Dios! ¡Mi dolor! ¡Mi última- felicidad!
2
- Mas aquí Zaratustra no pudo contenerse por más tiempo, tomó su bastón y golpeó con
todas sus fuerzas al que se lamentaba. «¡Deténte!, le gritaba con risa llena de rabia,
¡detente, comediante! ¡Falsario! ¡Mentiroso de raíz! ¡Yo te conozco bien!
¡Yo voy a calentarte las piernas, mago perverso», entiendo mucho de - calentar a gentes
como tú!»
-«¡Basta, dijo el viejo levantándose de un salto del suelo, no me golpees más, oh
Zaratustra! ¡Esto yo lo hacia tan sólo por juego!
Tales cosas forman parte de mi arte; ¡al darte esta prueba he querido ponerte a prueba a
ti mismo! Y, en verdad, has adivinado bien mis intenciones!
Pero también tú - me has dado una prueba no pequeña de ti: ¡eres duro, sabio
Zaratustra! ¡Golpeas duramente con tus "verdades", tu garrota me fuerza a decir
- esta verdad!
- «No me adules, respondió Zaratustra, todavia irritado, con mirada sombría,
¡comediante de raiz! Tú eres falso: ¡qué hablas tú - de verdad!
Tú pavo real de los pavos reales, tú mar de vanidad, ¿qué papel has representado
delante de mí, mago perverso, en quién debía yo creer cuando te lamentabas de aquella
manera?»
«El penitente del espíritu, dijo el viejo, ese personaje es el que yo representaba:
¡tú mismo inventaste en otro tiempo esa expresión -
- el poeta y mago que acaba por volver su espíritu contra sí mismo, el transformado que
se congela a causa de su malvada ciencia y de su malvada conciencia.
Y confiésalo: ¡mucho tiempo pasó, oh Zaratustra, hasta que descubriste mi arte y mi
mentira! Tú creías en mi necesidad cuando me sostenías la cabeza con ambas manos, -
- yo te oía lamentarte ¡lo han amado demasiado poco, demasiado poco! De haberte yo
engañado hasta tal punto, de eso se regocijaba íntimamente mi maldad.»
«Es posible que hayas engañado a otros más sutiles que yo, dijo Zaratustra con dureza.
Yo no estoy en guardia contra los engañadores, yo tengo que estar sin cautela: así lo
quiere mi suerte.
Pero tú - tienes que engañar: ¡hasta ese punto te conozco! ¡Tú tienes que tener
siempre dos, tres, cuatro y cinco sentidos!
¡Tampoco eso que ahora has confesado ha sido ni bastante verdadero ni bastante falso para
mí!
Tú perverso falsario, ¡cómo podrías actuar de otro modo! Acicalarías incluso tu
enfermedad si te mostrases desnudo a tu médico.
Y así acabas de acicalar ante mí tu mentira al decir: "¡esto yo lo hacía tan
sólo por juego! También había seriedad en ello, ¡tú eres en cierta medida un
penitente del espíritu!
Yo te comprendo bien: te has convertido en el encantador de todos, mas para ti no te queda
ya ni una mentira ni una astucia, - ¡tú mismo estás para ti desencantado!
Has cosechado la náusea como tu única verdad. Ninguna palabra es ya en ti auténtica,
pero sí lo es tu boca, es decir: la náusea que está pegada a tu boca».
¡Quién crees que eres!, gritó en este memento el mago con voz altanera, ¿a quién le
es lícito hablarme así a mí, que soy el más grande de los que hoy viven?» - y un rayo
verde salió disparado de sus ojos contra Zaratustra. Pero inmediatamente después cambió
de expresión y dijo con tristeza:
«Oh Zaratustra, estoy cansado, siento náuseas de mis artes, yo no soy grande ¡por qué
fingir! Pero tú sabes bien que - ¡yo he buscado la grandeza!
Yo he querido representar el papel de un gran hombre, y persuadí a muchos de que lo era:
mas esa mentira era superior a mis fuerzas. Contra ella me destrozo:
Oh Zaratustra, todo es mentira en mí; mas que yo estoy destrozado - ¡ese estar yo
destrozado es auténtico!» -
«Te honra, dijo Zaratustra sombrío, bajando y desviando la mirada, te honra, pero
también te traiciona, el haber buscado la grandeza. Tú no eres grande.
Viejo mago perverso, lo mejor y más honesto que tú tienes, lo que yo honro en ti, es
esto, el que te hayas cansado de ti mismo y hayas dicho: "yo no soy grande"
En esto yo te honro como a un penitente del espíritu: y si bien sólo fue por un momento,
en ese único instante has sido - auténtico.
Mas dime, ¿qué buscas tú aquí en mis bosques y entre mis rocas? Y cuando te colocaste
en mi camino, ¿qué prueba querías de mí? -
- ¿en qué querías tentarme a mí?» -
Así habló Zaratustra, y sus ojos centelleaban. El viejo mago calló un momento, luego
dijo: «¿Te he tentado yo a ti? Yo - busco únicamente-
Oh Zaratustra, yo busco a uno que sea auténtico, justo, simple, sin equívocos, un hombre
de toda honestidad, un vaso de sabiduría, un santo del conocimiento, ¡un gran hombre!
¡No lo sabes acaso, oh Zaratustra! Yo busco a Zaratustra.»
- Y en este instante se hizo un prolongado silencio entre ambos; Zaratustra se abismó
profundamente dentro de sí mismo, tanto que cerró los ojos. Mas luego, retornando a su
interlocutor, tomó la mano del mago y dijo, lleno de gentileza y de malicia:
«¡Bien! Por ahí sube el camino, allí está la caverna de Zaratustra. En ella te es
lícito buscar a aquel que tú desearías encontrar.
Y pide consejo a mis animales, a mi águila y a mi serpiente: ellos te ayudarán a buscar.
Pero mi caverna es grande. Yo mismo, ciertamente, - no he visto aún ningún gran hombre.
Para lo que es grande el ojo de los más delicados es hoy grosero. Éste es el reino de la
plebe.
A más de uno he encontrado ya que se estiraba y se hinchaba, y el pueblo gritaba:
"Mirad, un gran hombre! ¡Mas de qué sirven todos los fuelles del mundo! Al
final lo que sale es viento.
Al final revienta la rana que se había hinchado durante
demasiado tiempo: y lo que sale es viento. Pinchar el vientre de un hinchado es lo que yo
llamo un buen entretenimiento.
¡Escushad esto, muchachos!
El día de hoy es de la plebe: ¡quién sabe ya qué es grande y qué es pequeño!
¡quién buscaría con fortuna la grandeza! Un necio únicamente: los necios son
afortunados.
¿Tú buscas grandes hombres, tú extraño necio¿ ¿quién te ha enseñado eso?
¿Es hoy tiempo de eso? Oh tú, perverso buscador, ¿por qué - me tientas?» - -
Así habló Zaratustra, con el corazón consolado, y siguió a pie su camino riendo.
Presentación
Jubilado
No mucho después de haberse librado Zaratustra del mago vio de nuevo a alguien sentado
junto al camino que él seguía, a saber, un hombre alto y negro, de pálido y descarnado
rostro: éste le causó una violenta contrariedad. «Ay, dijo a su corazón, allí está
sentada la
tribulación embozada, aquello me
parece pertenecer a la especie de los sacerdotes: ¿qué quieren ésos en mi reino?
¡Cómo! Acabo de escapar de aquel mago: y tiene que atravesárseme de nuevo en mi camino
otro nigromante, -
- un brujo cualquiera que practica la imposición de manos, un oscuro taumaturgo por
gracia divina, un ungido calumniador del mundo, ¡a quien el diablo se lleve!
Pero el diablo no está nunca donde deberia estar: siempre llega demasiado tarde, ¡ese
maldito enano y cojitranco!» -
Así maldecía Zaratustra, impaciente en su corazón, y pensaba en cómo pasaría
rápidamente de largo junto al hombre negro mirando a otra parte: mas he aqui que las
cosas ocurrieron de otro modo. Pues en aquel mismo instante el hombre sentado le había
visto ya, y semejante a uno a quien le sale al encuentro una suerte imprevista se levantó
de un salto y corrió hacia Zaratustra.
¡Quienquiera que seas, caminante, dijo, ayuda a un extraviado, a uno que busca, a un
anciano al que con facilidad puede ocurrirle aquí algún daño!
Este mundo de aquí me es extraño y lejano, también he oído aullar a animales salvajes;
y el que habría podido ofrecerme ayuda, ése no existe ya.
Yo buscaba al último hombre piadoso, un santo y un eremita,
que, solo en su bosque, no había oído aún nada de lo que todo el mundo sabe hoy»-
«¿Qué sabe hoy todo el mundo?, preguntó Zaratustra. ¿Acaso que no vive ya el viejo
Dios en quien todo el mundo creyó en otro tiempo?»
«Tú lo has dicho, respondió el anciano contristado. Y yo
he servido a ese viejo Dios hasta su última hora. Mas ahora estoy jubilado, no tengo
dueño y, sin embargo, no estoy libre, tampoco estoy alegre ni una sola hora, a no ser
cuando me entrego a los recuerdos.
Por ello he subido a estas montañas, para celebrar por fin de nuevo una fiesta para mí,
cual conviene a un antiguo papa y padre de la Iglesia: pues sábelo, ¡yo soy el último
papa! - una fiesta de piadosos recuerdos y cultos divinos.
Pero ahora también él ha muerto, el más piadoso de los hombres, aquel santo del bosque
que alababa constantemente a su Dios cantando y gruñendo.
A él no lo encontré ya cuando encontré su choza, - pero si a dos lobos dentro, que
aullaban por su muerte - pues todos los animales lo amaban. Entonces me fui de allí
corriendo.
¿Inútilmente había venido yo, por tanto, a estos bosques y montañas? Mi corazón
decidió entonces que yo buscase a otro distinto, al más piadoso de todos aquellos que no
creen en Dios -, ¡que yo buscase a Zaratustra!»
Así habló el anciano y miró con ojos penetrantes a aquel que se hallaba delante de él;
mas Zaratustra cogió la mano del viejo papa y la contempló largo tiempo con admiración.
«Míra, venerable, dijo luego, ¡qué mano tan bella y tan larga! Esta es la mano de uno
que ha impartido siempre bendiciones. Pero ahora esa mano agarra firmemente a aquel a
quien tú buscas, a mí, Zaratustra.
Yo soy Zaratustra el ateo, que dice: ¿quién es más ateo que yo, para gozarme con sus
enseñanzas?-
Así habló Zaratustra, y con sus miradas perforaba los pensamientos y las más
recónditas intenciones del viejo papa. Por fin éste comenzó a decir:
«Quien lo amó y lo poseyó más que ningún otro, ése lo ha perdido también más que
ningún otro -:
- mira, ¿no soy yo ahora, de nosotros dos, el más ateo? ¡Mas quién podría alegrarse
de eso!» -
- «Tú le has servido hasta el final, preguntó Zaratustra pensativo, después de un
profundo silencio, ¿sabes cómo murió? ¿Es verdad, como se dice, que fue la compasión
la que lo estranguló?
- que vio cómo el hombre pendía de la cruz, y no soportó que el amor al hombre se
convirtiese en su infierno y finalmente en su muerte!» - -
Mas el viejo papa no respondió, sino que tímidamente, y con una expresión dolorosa y
sornbría, desvió la mirada.
«Déjalo que se vaya, dijo Zaratustra tras prolongada reflexión, mirando siempre al
anciano derechamente a los ojos.
Déjalo que se vaya, ya ha desaparecido. Y aunque te honra el que no digas más que cosas
buenas de ese muerto, tú sabes tan bien como yo quién era; y que seguía caminos
extraños.»
«Hablando entre tres ojos, dijo, recobrado, el viejo papa ( pues era tuerto ), en
asuntos de Dios yo soy más ilustrado que el propio
Zaratustra - y me es lícito serlo.
Mi amor le ha servido durante largos años, mi voluntad siguió en todo a su voluntad.
Pero un buen servidor sabe todo, incluso muchas cosas que su señor se oculta a sí mismo.
Él era un Dios escondido, lleno de secretos. En
verdad, no supo procurarse un hijo más que por caminos tortuosos. En la puerta de su fe
se encuentra el adulterio.
Quien le ensalza como a Dios del amor no tiene una idea suficientemente alta del amor
mismo. ¿No quería este Dios ser también juez? Pero mi amante ama más allá de la
recompensa o la retribución.
Cuando era joven, este Dios del Oriente, era duro y vengativo y construyó un infierno
para diversión de sus favoritos.
Pero al final se volvió viejo y débil y blando y compasivo, más parecido a un abuelo
que a un padre, y parecido sobre todo a una vieja abuela vacilante.
Se sentaba alí, mustio, en el rincón de su estufa, se afliglía a causa de la debilidad
de sus piernas, cansado del mundo, cansado de querer, y un día se asfixió con su
excesiva compasión.
Tú viejo papa, le interrumpió aquí Zaratustra, ¿tú has visto eso con tus ojos?
Pues es posible que haya ocurrido así: así, y también de otra manera. Cuando los dioses
mueren, mueren siempre de muchas especies de muerte.
Mas ¡bien! Así o asi, así y así - ¡se ha ido! Él contrariaba el gusto de mis oídos
y de mis ojos, no quisiera decir nada peor sobre él.
Yo amo todo lo que mira limpiamente y habla con honestidad. Pero él - tú lo sabes bien,
viejo sacerdote, en él había algo de tus maneras, de maneras de sacerdote - él era
ambiguo.
Era también oscuro. ¡Cómo se irritaba con nosotros, resoplando cólera, porque le
entendíamos mal! Mas ¿por qué no hablaba con mayor nitidez?
Y si dependía de nuestros oídos, ¿por qué nos dio unos oídos que le oían mal? Si en
nuestros oídos había barro, ¡bien!, ¿quién lo había introducido alli?
¡Demasiadas cosas se le malograron a ese alfarero que no había aprendido del todo su
oficio! Pero el hecho de que se vengase de sus pucheros y
criaturas porque le hubiesen salido mal a él - eso era un pecado contra el buen gusto.
También en la piedad existe un buen gusto: éste acabó por decir ¡Fuera tal Dios!
¡Mejor!- ningún Dios, mejor construirse cada uno su destino a su manera, mejor ser un
necio, mejor ser Dios mismo!
- «¡Qué oigo!, dijo entonces el papa aguzando los oídos; ¡oh Zaratustra, con tal
incredulidad eres tú más piadoso de lo que crees! Algún Dios presente en ti te ha
convertido a tu ateísmo.
¿No es tu piedad misma la que no te permite seguir creyendo en Dios? ¡Y tu excesiva
honestidad te arrastrará más allá incluso del bien y Del mal!
Mira, pues, ¿qué se te ha reservado para el fìnal? Tienes ojos y mano y boca
predestinados desde la eternidad a bendecir. No se bendice sólo con la mano.
En tu proximidad, aunque tú quieras ser el más ateo de todos, venteo yo un secreto aroma
de incienso y un perfurne de prolongadas bendiciones: ello me hace bien y me causa dolor
al mismo tiempo.
¡Permíteme ser tu huésped, oh Zaratustra, por una sola noche! ¡En ningún lugar de la
tierra me siento ahora mejor que junto a ti!-
«¡Amén! ¡Así sea!, dijo Zaratüstra con gran admiración, por ahí arriba sube el
camino, allí está la caverna de Zaratustra.
Con gusto, en verdad, te acompañaría yo mismo hasta alí, venerable, pues amo a todos
los hombres piadosos. Pero ahora me llama un grito de socorro que me obliga a separarme de
ti a toda prisa.
En mis dominios nadie debe sufrir daño alguno; mi caverna es un buen puerto. Y lo que
más me gustaría sería colocar de nuevo en tierra firme y sobre piernas fìrmes a todos
los tristes.
Mas ¿quién te quitaría a ti de los hombros el peso de tu melancolía? Para eso soy yo
demasiado débil. Largo tiempo, en verdad, vamos a aguardar hasta que alguien te resucite
a tu Dios.
Pues ese viejo Dios no vive ya: está muerto de verdad.» -
Así habló Zaratustra.
Presentación
El más feo de los hombres
Y de nuevo corrieron los pies de Zaratustra por montañas ybosques, y sus ojos buscaron y
buscaron, mas en ningún lugar pudieron ver a aquel a quien querían ver, al gran
necesitado que gritaba pidiendo socorro. Durante todo el camino, sin embargo, se
regocijaba en su corazón y estaba agradecido.
«¡Qué buenas cosas, decía, me ha regalado este
día
para compensarme de haber comenzado mal! ¡Qué extraños interlocutores he encontrado!
Quiero rumiar durante largo tiempo sus palabras, como si fueran buenos granos; ¡mis
dientes deberán desmenuzarlas y molerlas hasta que fluyan a mi alma como leche!» -
Mas cuando el camino volvió a girar en torno a una roca, el paisaje se transformó de
repente y Zaratustra penetró en un reino de muerte. En él peñascos negros y rojos
miraban rígidos hacia arriba: ni una brizna de hierba, ni un árbol, ni el canto de un
pájaro. Era, en efecto, un valle que todos los animales evitaban, incluso los animales de
rapiña; sólo una especie de serpientes feas, gordas, verdes, cuando se volvían viejas,
iban allí a morir. Por esto los pastores llamaban a este valle: Muerte de la Serpiente.
Zaratuslra se sumergió en un negro recuerdo, pues le parecia que él había estado ya una
vez en aquel valle. Y muchas cosas pesadas oprimieron su ánimo: de modo que comenzó a
caminar cada vez más lentamente, hasta que por fin se detuvo. Entonces, al abrir los
ojos, vio algo que se hallaba sentado junto al camino, algo que tenía una figura como de
hombre, pero que apenas lo parecía, algo inexpresable. Y de golpe se apoderó de
Zaratustra una gran vergüenza por haber visto con sus ojos algo así: enrojeciendo hasta
la raíz de sus blancos cabellos apartó la vista y levantó el pie para abandonar aquel
triste lugar. En ese instante aquel muerto desierto produjo un ruido: del suelo, en
efecto, salia un gorgoteo y un resuello como los que
hace el agua por la noche en tuberias atrancadas; y por fin surgió de alli una voz.
humana y unas palabras de hombre: - que decian así:
¡Zaratustra! ¡zaratustra! ¡Resuelve mi enigma! ¡Habla, habla! ¿Cuál es la
venganza que se toma del testigo?
Yo te invito a que te vuelvas atrás, ¡aquí hay hielo resbaladizo! ¡Cuida, cuida de que
tu orgullo no se rompa aquí las piernas!
¡Tú te crees sabio, orgulloso Zaratustra! Resuelve, pues, el enigma, tú duro
cascanueces, - ¡el enigma que yo soy! ¡Di, pues: quién soy yo!»
- Mas cuando Zaratustra hubo oído estas palabras, - ¿qué crees que ocurrió en su alma?
La compasión lo acometió; y se desplomó de golpe, como una encina que ha resistido
durante largo tiempo a muchos leñadores, - de manera pesada, súbita, causando espanto
incluso a quienes querían abatirla. Pero enseguida volvió a levantarse del suelo, y su
rostro se endureció
«Te conozco bien, dijo con voz de bronce: ¡tú eres el asesino de Dios! Déjame irme.
No soportabas a Aquel que te veía, - que te veía siempre y de parte a parte, ¡tú el
más feo de los hombres! ¡Te vengaste de ese testigo!
Así habló Zaratustra y quiso irse de allí; mas el inexpresable agarró una punta de su
vestido v comenzó de nuevo a gorgotear y a buscar palabras. «¡Quédate!, dijo por fin -
- ¡quédate! ¡No pases de largo! He adivinado qué hacha fue la que te derribó:
¡Enhorabuena, Zaratustra, por estar de nuevo en pie!
Has adivinado, lo sé bien, qué sentimientos experimenta el que lo mató a Él, - el
asesino de Dios. ¡Quédate! Toma asiento aquí cerca de mí, no será inútil.
¿A quién quería yo ir si no a ti? ¡Quédate, siéntate! ¡Pero no me mires!
Honra así - mi fealdad!
Ellos me persiguen: ahora eres tu mi último refugio. No con su odio, no con sus esbirros:
- ¡oh, de tal persecución no me burlaría y estaría orgulloso y contento!
¿No estuvo hasta ahora siempre el éxito de parte de los bien perseguidos? Y quien
persigue bien, aprende con facilidad a seguir:- ¡pues marcha - detrás! Pero es de su
compasión -
- es de su compasión de lo que yo he huido, buscando refugio en ti. Oh Zaratustra,
protégeme, tú mi último refugio, tú el único que me ha adivinado:
- tú has adivinado qué sentimientos experimenta el que lo mató a Él. ¡Quédate! Y si
quieres irte, impaciente: no vayas por el camino que yo he seguido. Ese camino es malo.
¿Estás irritado conmigo porque hace ya mucho tiempo que hablo y chapurreo? ¿De que yo
te dé consejos? Pero tú sabes que yo, el más feo de los hombres,
- yo soy también el que tiene asimismo los pies más grandes y rnás pesados. Por donde
yo he pasado, allí el camino es malo. Todos los caminos pisados por mí quedan muertos y
estropeados.
Mas en el hecho de que tú pasases a mi lado en silencio; de que te ruborizases, bien lo
vi: en eso he reconocido que tú eres Zaratustra.
Cualquier otro me habría arrojado su limosna, su compasión, con miradas y palabras. Mas
para esto - no soy yo bastante mendigo, eso tú lo has adivinado -
- para esto soy yo demasiado rico, ¡rico en cosas grandes, terribles, en las cosas más
feas, más inexpresables! ¡Tu vergüenza, oh Zaratustra, me ha honrado!
A duras penas logré escapar de la muchedumbre de los compasivos, - para encontrar al
único que hoy enseña "la compasión es importuna - ¡a ti, oh Zaratustra!
- ya sea compasión de un Dios, ya sea compasión de los hombres: la compasión va contra
el pudor. Y no querer-ayudar puede ser más noble que aquella virtud que se apresura
solícita.
Mas entre todas las gentes pequeñas se da hoy el nombre de virtud a eso, a la compasión:
- ellas no tienen respeto por la gran desgracia, por la gran fealdad, por el gran fracaso.
Yo miro por encima de todos éstos al modo como el perro mira por encima de los lomos de
los pululantes rebaños de ovejas. Son pequeñas gentes grises, lanosas, benévolas.
Como una garza mira despectivamente por encima de los estanques poco profundos, con la
cabeza echada hacia atrás: así miro yo por encima del hormigueo de grises y pequeñas
olas y voluntades y almas.
Durante demasiado tiempo se les ha dado la razón a esas gentes pequeñas: con ello se les
ha acabado por dar, finalmente, también el poder - ahora enseñan: "Bueno es tan
sólo aquello que las gentes pequeñas llaman bueno"
Y "verdad" se llama hoy lo que dijo el predicador que procedía de ellos, aquel
extraño santo y abogado de las gentes pequeñas, que atestiguó de sí mismo "yo -
soy la verdad"
Desde hace ya mucho tiempo ese presuntuoso hacer hinchar la cresta a las gentes pequeñas,
- él, que enseñó un error nada pequeño cuando enseñó "yo - soy la verdad".
¿Se ha dado nunca una respuesta más cortés a un presuntuoso? - Pero tú, oh Zaratustra,
lo dejaste de lado al pasar y dijiste: "¡No! ¡No! ¡Tres veces no!"
Tú pusiste en guardia contra la compasión - no a todos, no a
nadie, sino a ti y a los de tu especie.
Tú te avergüenzas de la vergüenza del que sufre mucho; y en verdad, cuando dices
"de la compasión precede una gran nube, ¡atención, hombres!"
- cuando enseñas "todos los creadores son duros, todo gran amor está por encima de
su propia compasión: ¡oh Zaratustra, qué bien me pareces entender de signos
meteorológicos!
Pero tú mismo - ¡ponte en guardia también a ti mismo contra tu compasión! Pues muchos
se encuentran en camino hacia ti, muchos que sufren, que dudan, que desesperan, que se
ahogan, que se hielan -
También contra mí te pongo en guardia. Tú has adivinado mi mejor, mi peor enigma, a mí
mismo y lo que yo había hecho. Yo conozco el hacha que te derriba.
Pero Él - tenía que morir: miraba con unos ojos que lo veían todo - veía las
profundidades y las honduras del hombre, toda la encubierta ignominia y fealdad de éste.
Su compasión carecía de pudor: penetraba arrastrándose hasta mis rincones más sucios. Ese máximo curioso,
superindiscreto, super-compasivo, tenía que morir.
Me veía siempre: de tal testigo quise vengarme - o dejar de vivir.
El Dios que veía todo, también al hombre: ¡ese Dios tenía que morir! El hombre no
soporta que tal testigo viva.»
Así habló el más feo de los hombres. Y Zaratustra se levantó y se dispuso a irse: pues
estaba aterido hasta las entrañas.
«Tú, inexpresable, dijo, me has puesto en guardia contra tu camino. Para agradecértelo
voy a alabarte los míos. Mira, allá arriba está la caverna de Zaratustra.
Mi caverna es grande y profunda y tiene muchos rincones; allí encuentra su escondrijo el
más escondido de los hombres.
Y junto a ella hay cien agujeros y hendiduras para los animales que se arrastran, que
revolotean y que saltan.
Tú, expulsado que te has expulsado a ti mismo, ¿no quieres vivir en medio de los hombres
y de la compasión humana?
¡Bien, obra como yo! Así aprenderás también de mí; sólo obrando se aprende.
¡Y ante todo y sobre todo, habla con mis animales! El animal más orgulloso y el animal
más inteligente - ¡ellos son sin duda los adecuados consejeros para nosotros dos!» - -
Así habló Zaratustra y siguió sus caminos, aún más pensativo y lento que antes: pues
se hacía muchas preguntas a sí mismo y no le era fácil darse respuesta.
«¡Qué pobre es el hombre!, pensaba en su corazón, ¡qué feo, qué resollante, qué
lleno de secreta vergüenza!
Me dicen que el hombre se ama a sí mismo:¡ay, qué grande tiene que ser ese amor a sí
mismo! ¡Cuánto desprecio tiene en su contra!
También ése de ahí se amaba a si mismo tanto como se despreciaba, - para mí es alguien
que ama mucho y que desprecia mucho.
A nadie encontré todavía que se despreciase más profundamente: también esto-es altura.
Ay, ¿acaso era ése el hombre superior, cuyo grito oi?
Yo amo a los grandes despreciadores. Pero el hombre es lgo que tiene que ser superado.
Presentación
El mendigo voluntario
Cuando Zaratustra hubo dejado al más feo de los hombres se sintió solo: por su ánimo
cruzaban, en efecto, muchos pensamientos fríos y solitarios, de modo que por este motivo
también sus miembros se enfriaron más. Pero mientras continuaba su camino, subiendo,
bajando, pasando unas veces al lado de verdes prados, pero también por barrancos salvajes
y pedregosos, donde en otro tiempo, sin duda, un impaciente arroyo había tendido su
lecho: de pronto sus pensamientos comenzaron a volverse más cálidos y cordiales.
«¿Qué me ha sucedido?, se preguntó, algo caliente y vivo me reconforta, y tiene que
hallarse cerca de mí. Ya estoy menos solo; desconocidos hermanos y compañeros de viaje
andan vagando a mi alrededor, su cálido aliento llega hasta mi alma.»
Mas cuando atisbó a su alrededor buscando a los consoladores de su soledad: ocurrió que
eran unas
vacas que se hallaban reunidas en una altura;
su cercanía y su olor habían caldeado su corazón. Aquellas vacas parecían escuchar con
interés a alguien que les hablaba y no prestaban atención al que se acercaba. Y cuando
Zaratustra estuvo junto a ellas oyó claramente que una voz de hombre salía de en medio
de las vacas; y era manifiesto que todas ellas habían vuelto sus cabezas hacia quien
hablaba.
Entonces Zaratustra se lanzó presurosamente en medio de los animales y los apartó, pues
temía que le hubiese ocurrido una desgracia a alguien, al cual difícilmente podía
servirle de ayuda la compasión de unas vacas. Pero en esto se había engañado; pues he
aquí que había allí un hombre sentado en tierra y parecia exhortar a las vacas a que no
tuviesen miedo de él, hombre pacífico y predicador de la montaña, en cuyos ojos
predicaba la bondad misma. «¿Qué buscas tú aquí?», exclamó
Zaratustra con asombro.
-¿Qué busco yo aquí?, respondió aquél: lo mismo que tú, ¡aguafiestas!, a saber, la
felicidad en la tierra.
Mas para lograrlo quisiera aprender de estas vacas. Pues, sin duda lo sabes, hace ya media
mañana que les estoy hablando, y justo ahora iban ellas a darme una respuesta. ¿Por qué
las perturbas?
Mientras no nos convirtamos y nos hagamos como vacas no entraremos en el reino de los
cielos. De ellas deberíamos aprender, en efecto, una cosa: el rumiar.
Y, en verdad, si el hombre conquistase el mundo entero y no aprendiese esa única cosa, el
rumiar: ¡de qué le serviría! No escaparía a su
tribulación,
- a su gran tribulación: la cual tiene hoy el nombre de náusea. ¡Quién no tiene hoy
llenos de náusea el corazón, la boca y los ojos¡ ¡También tú! ¡También tú!
¡Contempla, en cambio, a estas vacas!» -
Así habló el predicador de la montaña, y luego volvió su mirada hacia Zaratustra, -
pues hasta ese momento estuvo amorosamente pendiente de las vacas -: mas entonces se
transformó. «¿Con quién estoy hablando?, exclamó espantado, y se levantó de un salto
del suelo.
Éste es el hombre sin náusea, éste es Zaratustra en persona, el vencedor de la gran
náusea, éstos son los ojos, ésta es la boca, éste es el corazón de Zaratustra en
persona.
Y mientras esto decía besábale las manos a aquel a quíen hablaba, con ojos bañados en
lágrimas, y se comportaba exactamente como uno a quien de improviso le cae del cielo un
precioso regalo y un tesoro. Mas las vacas contemplaban todo esto y se maravillaban.
«No hables de mí, ¡hombre extraño!, ¡hombre encantador!, dijo Zaratustra
defendiéndose de su ternura, ¡háblame primero de ti! ¿No eres tú el mendigo
voluntario, que en otro tiempo arrojó lejos de sí una gran riqueza, -
- que se avergonzó de su riqueza y de los ricos, y huyó a los pobres para regalarles la
abundancia y su corazón! Pero ellos a él no lo aceptaron.»
«Pero ellos a mí no me aceptaron, dijo el mendigo voluntario, lo sabes bien. Por esto
acabé marchándome a los animales y a estas vacas.»
«Entonces aprendiste, interrumpió Zaratustra al que hablaba, que es más difícil dar
bien que tomar bien, y que regalar bien es un arte y la última y más refinada maestría
de la bondad»-
«Especialmente hoy en día, respondió el mendigo voluntario: hoy en que todo lo bajo se
ha vuelto levantisco e intratable, y orgulloso a su manera, a saber: a la manera de la
plebe.
Pues ha llegado la hora, tú lo sabes bien, de la grande, perversa, larga, lenta rebelión
de la plebe y de los esclavos: ¡Rebelión que crece cada vez más!
Ahora toda beneficencia y todo pequeño regalo indignan a los de abajo; ¡y los demasiado
ricos, que estén en guardia!
Quien hoy, semejante a una botella ventruda, gotea por cuellos demasiado estrechos: - a
esas botellas la gente gusta hoy de romperles el cuello.
Codicia lasciva, envidia biliosa, rencor malhumorado, orgullo plebeyo: todo eso me ha
saltado a la cara. Ya no es verdad que los pobres sean bienaventurados-. El reino de los
cielos está entre las vacas».
¿Y por qué no está entre los ricos?, preguntó Zaratustra para tentarlo, mientras
rechazaba a las vacas, que acariciaban familiarmente con su aliento a aquel apacible
hombre.
-¿Por qué me tientas?, respondió éste. Tú mismo lo sabes mejor que yo. ¿Pues qué
fue lo que me empujó a irme con los más pobres, oh Zaratustra? ¿No fue la náusea que
me causaban los más ricos de entre nosotros?
- ¿los forzados de la riqueza, que recogen su ganancia de todas las barreduras, con ojos
fríos, con pensamientos codiciosos, esa chusma cuyo hedor llega al cielo,
- esa plebe dorada, falsificada, cuyos padres fueron rateros, o pájaros de carroña, o
traperos, esa plebe complaciente con las mujeres, lasciva, olvidadiza: - todos ellos no se
diferencian apenas, en efecto, de una puta -
-¡plebe arriba, plebe abajo! ¡Qué significan ya hoy "los pobres" y
"los ricos"! Esa diferencia la he olvidado, - por ello me escapé lejos, cada
vez más lejos, hasta llegar a estas vacas.»
Así habló el pacífico, y resoplaba y sudaba con sus palabras: de modo que las vacas se
maravillaron de nuevo. Mas Zaratustra le estuvo mirando todo el tiempo a la cara,
sonriendo, mientras aquél hablaba tan duramente, y movió la cabeza en silencio.
-Te haces violencia a ti mismo, predicador de la montaña, al emplear palabras tan duras.
Para tal dureza no están hechos ni tu boca ni tus ojos.
Tampoco, según me parece, tu estómago: a él le repugna todo ese encolerizarse y odiar y
enfurecerse. Tu estómago reclama cosas más suaves: tú no eres un carnicero.
Me pareces, antes bien, alguien que se alimenta de plantas y de raíces. Tal vez mueles
grano. Y, con toda certeza, eres contrario a las alegrías de la carne y amas la miel.»
«Me has adivinado bien, respondió el mendigo voluntario, con el corazón aliviado. Yo
amo la miel, también muelo grano, pues he buscado lo que agrada al paladar y hace puro el
aliento:
- también lo que necesita largo tiempo, un trabajo que ocupe día y hocico de afables
ociosos v haraganes.
Estas vacas, ciertamente, han llegado más lejos que nadie: se han inventado el rumiar y
el estar echadas al sol.'También se abstienen de todos los pensamientos pesados, que
hinchan el corazón.»
-- «¡Bien!, dijo Zaratustra: tú deberías ver también mis animales, mi águila y mi
serpiente, - hoy no tienen igual en la tierra.
Mira, por ahí va el camino que conduce a mi caverna: sé huésped de ella esta noche. Y
habla con mis anirnales acerca de la felicidad de los animales, -
- hasta que yo también vuelva a casa. Pues ahora me llama un grito de socorro que me
obliga a alejarme de ti a toda prisa. Asimismo encontrarás miel nueva en mi casa, miel
dorada de panales, fresca como el hielo: ¡cómela!
Mas ahora despídete en seguida de tus vacas, ¡hombre extraño!, ¡hombre encantador!,
aunque te resulte difícil. ¡Pues son tus amigos y maestros más cálidos!» -
« - Excepto uno, al cual yo amo todavía más, respondió el mendigo voluntario. ¡Tú
mismo eres bueno, y mejor incluso que una vaca, oh Zaratustra!»
«¡Vete, vete!, ¡vil adulador!, gritó Zaratustra con malignidad, ¿por qué me
corrompes con esa alabanza y con miel de adulaciones!»
«¡Vete, vete!», volvió a gritar, y blandió el bastón hacia el tierno mendigo: pero
éste escapó a toda prisa.
Presentación
La sombra
Mas apenas acababa de irse el mendigo voluntario y volvía Zaratustra a estar solo consigo
mismo cuando oyó a su espalda una nueva voz: ésta gritaba «¡Alto! ¡Zaratustra!
¡Aguarda! ¡Soy yo, oh Zaratustra, yo, tu sombra!» Pero Zaratustra no aguardó, pues un
fastidio repentino se apoderó de él
a causa de la gran muchedumbre y gentío que en sus montañas había. ¿ Dónde se ha ido
mi soledad?, dijo.
Me estoy hartando, en verdad; estas montañas pululan de gente, mi reino no es ya de este
mundo, necesito nuevas montañas.
¡Mi sombra me llama! ¡Qué importa mi sombra! ¡Que corra detrás de mí!, yo - escape
de ella.»
Así habló Zaratustra a su corazón y escapó de allí. Mas aquel que se encontraba
detrás de él lo seguía: de modo que muy pronto hubo tres que corrían uno detrás de
otro, a saber, delante el mendigo voluntario, luego Zaratustra y en tercero y último
lugar su sombra. Pero no hacía mucho que corrían de ese modo cuando Zaratustra cayó en
la cuenta de su tontería y con una sacudida arrojó de sí su fastidio y su disgusto.
«¡Cómo!, dijo, ¿no han ocurrido desde siempre las cosas más ridículas entre
nosotros los viejos eremitas y santos?
¡En verdad, mi tontería ha crecido mucho en las montañas! ¡Y ahora oigo tabletear, una
detrás de otra, seis viejas piernas de necios!
¿Le es lícito a Zaratustra tener miedo de una sombra? También me parece, a fin de
cuentas, que ella tiene piernas más largas que yo.»
Así habló Zaratustra, riendo con los ojos y con las entrañas, se detuvo y volvióse con
rapidez - y he aquí que al hacerlo casi arrojó al suelo a su seguidor y sombra: tan
pegada iba ésta a sus talones, y tan débil era. Mas cuando la examinó con los ojos se
espantó como si se le apareciese de repente un fantasma: tan flaco, negruzco, hueco y
anticuado era el aspecto de su seguidor.
«¿Quién eres?, preguntó Zaratustra con vehemencia, ¿qué haces aquí? ¿Y por qué te
llamas a ti mismo mi sombra? No me gustas.»
Perdona, respondió la sombra, que sea yo; y si no te gusto, bien, ¡oh Zaratustra!, en
eso te alabo a ti y a tu buen gusto.
Un caminante soy que ha andado ya mucho detrás de tus talones: siempre en camino, pero
sin una meta, también sin un hogar: de modo que, en verdad, poco me falta para ser el
judío eterno, excepto que no soy eterno ni tampoco judío.
-¿Cómo? ¿Tengo que continuar caminando siempre? ¿Agitado, errante, arrastrado lejos
por todos los vientos? ¡Oh tierra, para mí te has vuelto demasiado redonda!
En todas las superficies he estado ya sentado, en espejos y cristales de ventanas me he
dormido, semejante a polvo cansado: todas las cosas toman algo de mí, ninguna me da nada,
yo adelgazo, - casi me parezco a una sombra.
Pero a ti, oh Zaratustra, es a quien más tiempo he seguido volando y corriendo, y aunque
de ti me ocultase he sido, sin embargo, tu mejor sombra: en todos los lugares en que has
estado sentado tú, allí estaba también sentado yo.
Contigo he andado errante por los mundos más lejanos, más fríos, semejante a un
fantasma que corre voluntariamente sobre tejados invernales y sobre nieve.
Contigo he aspirado a todo lo prohibido, a lo peor,
a lo más remoto: y si hay en mí algo que sea virtud, eso es el no haber tenido
miedo» de ninguna prohibición.
Contigo he quebrantano aquello que en otro tiempo mi corazón veneró, he derribado todos
los mojones y todas las imágenes, he perseguido los deseos más peligrosos, - en verdad,
por encima de todos los crímenes he pasado corriendo alguna vez.
Contigo perdí la fe en palabras y valores y en grandes nombres. Cuando el diablo cambia
de piel, ¿no se despoja también de su nombre? El nombre es, en efecto, también piel. El
diablo mismo es tal vez - piel.
"Nada es verdadero, todo está permitido: asi me decía yo para animarme. En las
aguas más frías me arrojé de cabeza y de corazón. ¡Ay, cuántas veces me he
encontrado, por esta causa, desnudo como un rojo cangrejo!
¡Ay, dónde se me han ido todo el bien y toda la vergüenza y toda la fe en los buenos!
¡Ay, dónde se ha ido aquella mentida inocencia que en otro tiempo yo poseia, la inocencia de los buenos y de sus nobles mentiras!
Con demasiada frecuencia, en verdad, he seguido de cerca a la verdad, pegado a sus pies:
entonces ella me pisaba la cabeza. A veces yo creía mentir, y, ¡mira!, sólo entonces
acertaba - con la verdad.
Demasiadas cosas se me han aclarado: y ahora nada me importa ya. Nada vive ya que yo ame,
- ¿cómo iba a continuar amándome a mí mismo?
"Vivir como me plazca, o no vivir en absoluto": eso es lo que quiero yo, eso es
lo que quiere también el más santo. Mas ¡ay!, ¿tengo yo ya - placer en algo?
¿Tengo yo - todavía una meta? ¿Un puerto hacia el que naveguen mis velas?
¿Un buen viento? Ay, sólo quien sabe hacia dónde navega sabe también qué viento es
bueno y cuál es el favorable para su navegación.
¿Qué me ha quedado ya? Un corazón cansado y desvergonzado; una voluntad inestable; alas
para revolotear; un espinazo roto.
Esta búsqueda de mi hogar: oh Zaratustra, lo sabes hien, esta búsqueda ha sido mi
aflicción, que me devora.
¿Donde está - mi hogar? Por él pregunto y busco y he buscado, y no lo he encontrado.
¡Oh eterno estar en todas partes, oh eterno estar en ningún sitio, oh eterno - en
vano!
Así habló la sombra, y el rostro de Zaratustra se fue alargando al escuchar sus
palabras. «¡Tú eres mi sombra!, dijo por fin con tristeza.
Tu peligro no es pequeño, ¡tú espíritu libre y viajero»! Has tenido un mal
día: ¡procura que no te toque un atardecer aún peor!
A los errantes como tú, incluso una cárcel acaba pareciéndoles la bienaventuranza.
¿Has visto alguna vez cómo duermen los criminales encarcelados? Duermen tranquilamente,
disfrutan su nueva seguridad.
¡Ten cuidado de no caer, al final, prisionero de una fe más estrecha todavía, de una
ilusión dura, rigurosa! A ti, en efecto, ahora te tienta y te seduce todo lo que es
riguroso y sólido.
Has perdido la meta: ay, ¿cómo podrás librarte de esa pérdida y consolarte de ella?
Al perder la meta -- ¡has perdido también el camino!
¡Tú pobre vagabundo, soñador, tú mariposa cansada!, ¿quieres tener este atardecer un
respiro y una morada? ¡Sube entonces a mi caverna!
Por ahí va el camino que lleva a mi caverna. Y ahora quiero volver a escapar rápidamente
de ti. Ya pesa sobre mí algo parecido a una sombra.
Quiero correr solo, para que de nuevo vuelva a haber claridad a mi alrededor. Para ello
tengo que estar todavía mucho tiempo alegremente sobre las piernas. Mas este atardecer en
mi casa - ¡habrá baile!» - -
Así habló Zaratustra.
Presentación
A mediodía
Y Zaratustra corrió y corrió y ya no volvió a encontrar a nadie y estuvo solo y se
encontró continuamente a sí mismo y disfrutó y saboreó su soledad y pensó en cosas
buenas, - durante horas. Mas hacia la hora del mediodía, cuando el sol se hallaba
exactamente encima de su cabeza, Zaratustra pasó al lado de un viejo árbol, torcido y
nudoso, el cual estaba abrazado y envuelto por el gran amor de una viña, quedando oculto
a sí mismo: de él pendían, ofreciéndose al viajero, racimos amarillos en gran número.
Entonces se le antojó calmar una pequeña sed y cortar un racimo; pero cuando ya
extendía el brazo para hacerlo se le antojó todavía otra cosa, a saber:
echarse junto al árbol, a la hora del pleno mediodía, y dormir.
Esto hizo Zaratustra; y tan pronto como estuvo tendido en el suelo, en medio del silencio
y de los secretos de la hierba multicolor, olvidó su pequeña sed y se durmió. Pues,
como dice el proverbio de Zaratustra: una cosa es más necesaria que la otra. Ahora bien,
sus ojos permanecían abiertos: - no se cansaban, en efecto, de ver y de alabar el árbol
y el amor de la viña. Y mientras se dormía, Zaratustra habló así a su corazón.
¡Silencio! ¡Silencio! ¿No se ha vuelto
perfecto el
mundo en este instante? ¿Qué es lo que me ocurre?
Así como un viento delicioso, no visto, danza sobre artesonado mar, baila ligero, ligero
cual una pluma: asi - baila el sueño sobre mí.
No me cierra los ojos, me deja despierta el alma. Ligero es, ¡en verdad!, ligero cual una
pluma.
Me persuade no sé cómo, tosa ligeramente mi interior con mano zalamera, me fuerza. Sí,
me fuerza a que mi alma se estire: -
¡cómo se me vuelve larga y cansada mi extraña alma! ¿Le ha llegado el atardecer de un
séptimo día justamente al mediodía? ¿Ha caminado ya durante demasiado tiempo,
bienaventurada, entre cosas buenas y maduras?
Mi alma se estira alargándose, alargándose - ¡cada vez más!, yace callada, mi
extraña alma. Demasiadas cosas buenas ha saboreado Ya, esa áurea tristeza la oprime,
ella tuerce la boca.
- Como un barco que ha entrado en su bahía más tranquila: - y entonces se adosa a la
tierra, cansado de los largos viajes y de los inseguros mares. ¿No es más fiel la
tierra?
Como un barco de ésos se adosa, se estrecha a la tierra: - basta entonces que una araña
teja sus hilos desde la tierra hasta él. No se necesita aqui cable más fuerte.
Como uno de esos barcos cansados, en la más tranquila de todas las bahías: así descanso
yo también ahora, cerca de la tierra, fiel, confiado, aguardando, atado a ella con los
hilos más tenues.
¡Oh felicidad! ¡Oh felicidad! ¿Quieres acaso cantar, alma mía? Yaces en la
hierha. Pero ésta es la hora secreta, solemne, en que ningún pastor toca su flauta.
¡Ten cuidado! Un ardiente mediodía duerme sobre los campos. ¡No cantes! ¡Silencio! El
mundo es perfecto.
¡No cantes, ave de los prados, oh alma mía! ¡No susurres siquiera! Mira - ¡silencio!,
el viejo mediodia duerme, mueve la boya:¿no bebe en este momento una gota de felicidad -
una vieja, dorada gota de áurea felicidad, de áureo vino! Algo se desliza sobre
él, su felicidad rie. Así - ríe un Dios. ¡Silencio! -
- «Para ser feliz, con qué poco basta para ser feliz!» .Así dije yo en otro tiempo, y
me creí sabio. Pero era una blasfemia: esto lo he aprendido ahora. Los necios
inteligentes hablan mejor.
Justamente la menor cosa, la más tenue, la mas ligera, el crujido de un lagarto, un
soplo, un roce, un pestañeo - lo poco constituye la especie de la mejor felicidad.
¡Silencio!
- Qué me ha sucedido: ¡escucha! ¿Es que el tiempo ha huido volando? ¿No estoy cayendo?
¿No he caído - ¡escucha! - en el pozo de la eternidad?
- ¿Qué me sucede? ¡Silencio! ¿Me han punzado - ay - en el corazón? ¡El
corazón! ¡Oh, hazte pedazos, hazte pedazos, corazón, después de tal felicidad,
después de tal punzada!
- ¿Cómo? ¿No se había vuelto perfecto el mundo hace un instante? ¡Redondo y maduro!
Oh áureo y redondo aro- ¿adónde se escapa volando? ¡Sígale yo a la carrera! ¡Sus!
Silencio - - (y aquí Zaratuslra se estiró y sintió que dormía.)
¡Arriba!, se dijo a sí mismo, ¡tú dormilón!, ¡tú dormilón en pleno mediodía!
¡Vamos, arriba, viejas piernas! Es tiempo y más que tiempo, aún os queda una buena
parte del camino -
Ahora habéis dormido bastante, ¡cuánto tiempo ¡Media eternidad! ¡Vamos, arriba ahora,
viejo corazón mío! ¿Cuánto tiempo necesitarás despues de tal sueño - para
despertarte?
(Pero entonces se adormeció de nuevo, y su alma habló contra él y se defendió y se
acostó de nuevo.) - «¡ Déjame! ¡Silencio! ¿No se había vuelto perfecto el mundo en
este instante? ¡Oh aurea y redonda bola!
«¡Levántate, dijo Zaratustra, pequeña ladrona, perezosa! ¿Cómo? ¿Seguir extendida,
bostezando, suspirando, cayendo dentro de pozos profundos?
¿Quién eres tú? ¡Oh alma mía!» (y entonces Zaratustra se asustó, pues un rayo de
sol cayó del cielo sobre su rostro).
«Oh cielo por encima de mí, dijo suspirando y se sentó derecho,¿tú me contemplas?
¿Tú escuchas a mi extraña alma?
¿Cuándo vas a beber esta gota de rocío que cayó sobre todas las cosas de la tierra, -
cuándo vas a beber esta extraña
alma -
- cuándo, ¡pozo de la eternidad!, ¡sereno y horrible abismo del mediodía!, cuándo vas
a beber, reincorporándola así a ti, mi alma?»
Así habló Zaratustra, y se levantó de su lecho junto al árbol como si saliese de una
extraña borrachera: y he aquí que el sol aún continuaba estando encima exactamente de
su cabeza.
De esto podría alguien deducir con razón que Zaratustra, entonces, no estuvo dormido
mucho tiempo.
Presentación
El saludo
Hasta el final de la tarde no volvío Zarathustra a su caverna, después de haber buscado
y errado largo tiempo en vano. Mas cuando estuvo frente a ella, a no más de veinte pasos
de distancia, ocurrió lo que él menos aguardaba entonces: de nuevo oyó el gran grito de
socorro. Y, ¡cosa sorprendente!, esta vez aquel grito procedía de su propia caverna. Era
un grito prolongado, múltiple, extraño, y Zaratustra distinguía con claridad que se
hallaba compuesto de muchas voces: aunque,
oído de lejos, sonase igual que un grito salido de una sola boca.
Entonces Zaratustra se lanzó de un salto hacia su caverna, y, ¡mira!, ¡qué
espectáculo aguardaba a sus ojos después del que se había ofrecido ya a sus oídos!
Allí estaban sentados juntos todos aquellos con quienes él se había encontrado por el
camino durante el día: el rey de la derecha y el rey de la izquierda, el viejo mago, el
papa, el mendigo voluntario, la sombra, el concienzudo del espíritu, el triste adivino y
el asno; y el más feo de los hombres se había colocado una corona en la cabeza y se
había ceñido dos cinturones de púrpura, - pues le gustaba, como a todos los feos,
disfrazarse y embellecerse. En medio de esta atribulada reunión se hallaba el águila de
Zaratustra, con las plumas erizadas e inquieta, pues debía responder a demasiadas cosas
para las que su orgullo no tenía ninguna respuesta; y la astuta serpiente colgaba
enrollada a su cuello
Todo esto lo contempló Zaratustra con gran admiración; luego fue examinando a cada uno
de sus huéspedes con afable curiosidad, leyó en sus almas y de nuevo quedó admirado.
Entretanto los reunidos se habían levantado de sus asientos y aguardaban con respeto a
que Zaratustra hablase.Y Zaratustra habló asi:
¡Vosotros hombres desesperados! ¡Vosotros hombres extraños! ¿Es, pues, vuestro grito
de socorro el que he oído? Y ahora sé también dónde hay que buscar a aquel a quien en
vano he
buscado hoy: el hombre superior - :
-¡ en mi propia caverna se halla sentado el hombre superior! ¡Mas de que me admire! ¿No
lo he atraído yo mismno hacia mí con ofrendas de miel y con astutos reclamos de mi
felicidad?
Sin embargo, ¿me engaño si pienso que sois poco aptos para estar en compañía, que os
malhumoráis el corazón unos a otros, vosotros los que dais gritos de socorro, al estar
sentaos juntos aquí? Tiene que venir antes uno,
- uno que os vuelva a hacer reir, un buen payaso alegre, un bailarín y viento y
fierabrás, algún viejo necio: - ¿qué os parece?
¡Perdonadme, hombres desesperados, que yo hable ante vosotros con estas sencillas
palabras, indignas, en verdad, de tales huéspedes! Pero vosotros no adivináis qué es lo
que vuelve petulante mi corazón:
-¡vosotros mismos y vuestra visión, perdonádmelo! En efecto, todo aquel que contempla a
un desesperado cobra ánimos. Para consolar a un desesperado - siéntese bastante fuerte
cualquiera.
A mí mismo me habéis dado vosotros esa fuerza, - ¡un buen don, mis nobles huéspedes!
¡Un adecuado regalo de huéspedes! ¡Bien, no os irritéis, pues, porque también yo os
ofrezca de lo mío.
Éste es mi reino y mi dominio: pero lo que es mío, por esta tarde y esta noche debe ser
vuestro. Mis animales deben serviros a vosotros: ¡sea mi caverna vuestro lugar de reposo!
En mi casa, aquí en mi hogar, nadie debe desesperar, en mi coto de caza yo defiendo a
todos contra sus animales salvajes. Y esto es lo primero que yo os ofrezco: ¡seguridad!
Y lo segundo es: mi dedo meñique. Y una vez que tengáis ese dedo,¡tomaos la mano
entera!, ¡y además, el corazón! ¡Bienvenidos aquí, bienvenidos, huéspedes mios!
Así habló Zaratustra, y rió de amor y de maldad. Tras este saludo sus huéspedes
volvieron a hacer una inclinación y callaron respetuosamente; mas el rey de la derecha le
contestó en nombre de ellos.
«Por el modo, oh Zaratustra, como nos has ofrecido mano y saludo reconocemos que eres
Zaratustra. Te has rebajado ante nosotros; casi has hecho daño a nuestro respeto-:
- ¿mas quién sería capaz de rebajarse, como tú, con tal orgullo? Esto nos levanta a
nosotros, es un consuelo para nuestros ojos y nuestros corazones.
Sólo por contemplar esto subiríamos con gusto a montañas más altas que ésta. Avidos
de espectáculos hemos venido, en efecto, queríamos ver qué es lo que aclara ojos
turbios.
Y he aquí que ya ha pasado todo nuestro gritar pidiendo socorro. Ya nuestra mente y
nuestro corazón se encuentran abiertos y están extasiados. Poco falta: y nuestro valor se
hará petulante.
Nada más alentador, oh Zaratustra, crece en la tierra que una voluntad elevada y fuerte:
ésa es la planta más hermosa de la tierra. Todo un paisaje entero se reconforta con ello
solo de tales árboles.
Al pino comparo yo al que crece como tú, oh Zaratustra: largo, silencioso, duro, solo,
hecho de la mejor y más flexible leña,soberano,-
- y, en fin, extendiendo sus fuertes y verdes ramas hacia su dominio, dirigiendo fuertes
preguntas a vientos y temporales y a cuanto tiene siempre su domicilio en las alturas,
- dando respuestas aún más fuertes, uno que imparte órdenes, un victorioso: oh,
¿quién no subiría, por contemplar tales plantas, a elevadas montañas?
Con tu árbol de aquí, oh Zaratustra, se reconforta incluso el hombre sombrío, el
fracasado, con tu visión se vuelve seguro incluso el inestable, y cura su corazón.
Y, en verdad, hacia esta montaña y este árbol se dirigen hoy muchos ojos; un gran anhelo
se ha puesto en marcha, y muchos han aprendido a preguntar: ¿quién es Zaratustra?
Y, aquel en cuyo oído has derramado tú alguna vez las gotas de tu canción y de tu miel:
todos los escondidos, los eremitas solitarios, los eremitas en pareja, han dicho de pronto
a su corazón:
¿Vive aún Zaratustra? Ya no merece la pena vivir, todo es idéntico, todo es en vano: o
¡tenemos que vivir con Zaratustra!
¿Por qué no viene él, que se anunció hace ya tanto tiempo?, así preguntan muchos;
¿se lo ha tragado la soledad? ¿O acaso somos nosotros los que debemos ir a él?
Ahora ocurre que la propia soledad se ablanda y rompe como una tumba que se resquebraja y
no puede seguir conteniendo a sus muertos. Por todas partes se ven resucitados.
Ahora suben y suben las olas alrededor de tu montaña, oh Zaratustra. Y aunque tu altura
es muy elevada, muchos tienen que subir hasta ti; tu barca no debe permanecer ya mucho
tiempo en seco.
Y el hecho de que nosotros, hombres desesperados, hayamos venido ahora a tu caverna y ya
no desesperemos: una premonición y un presagio es tan sólo de que otros mejores están
en camino hacia ti, -
- pues también él está en camino hacia ti, el último resto de Dios entre los hombres,
es decir: todos los hombres del gran anhelo, de la gran náusea, del gran hastío, todos
los que no quieren vivir a no ser que aprendan de nuevo a tener esperanzas - ¡a no ser
que aprendan de ti, oh Zaratustra, la gran esperanza!»
Así habló el rey de la derecha, y agarró la mano de Zaratustra para besarla; mas
Zaratustra rechazó su homenaje y se echó hacia atrás espantado, silencioso y como
huyendo de repente a remotas lejanías. Tras un breve intervalo, sin embargo, volvió a
estar junto a sus huéspedes, los miró con ojos claros y escrutadores, y dijo:
«Huéspedes míos, vosotros hombres superiores, quiero hablar con vosotros en alemán y
con claridad. No era a vosotros a quien yo aguardaba aquí en estas montañas.»
(«¿En alemán y con claridad? ¡Que Dios tenga
piedad!, dijo entonces aparte el rey de la izquierda; ¡se nota que este sabio de Oriente
no conoce a los queridos alemanes!
Pero querrá decir, "en alemán y con rudeza" - ¡bien! ¡No es éste hoy el
peor de los gustos!,,)
«Es posible, en verdad, que todos vosotros seáis hombres superiores, continuó
Zaratustra: mas para mí - no sois bastante altos ni bastante fuertes.
Para mí, es decir: para lo inexorable que dentro de mí calla, pero que no siempre
callará. Y si pertenecéis a mí, no es como mi brazo derecho.
Pues quien tiene piernas enfermas y delicadas, como vosotros, ése quiere, lo sepa o se lo
oculte, que se sea indulgente con él.
Mas con mis brazos y mis piernas yo no soy indulgente, yo no soy indulgente con mis
guerreros: ¡cómo podríais vosotros servir para mi guerra!
Con vosotros yo me echaría a perder incluso las victorias. Y muchos de vosotros se
desplomarían ya con sólo oír el sonoro retumbar de mis tambores.
Tampoco sois vosotros para mí ni bastante bellos ni bastante bien nacidos. Yo necesito
espejos puros y lisos para mis doctrinas; sobre vuestra superficie se deforma incluso mi
propia efigie.
Vuestros hombros están oprimidos por muchas cargas, por muchos recuerdos; más de
un enano perverso está acurrucado en vuestros rincones. También dentro de vosotros hay
plebe oculta.
Y aunque seáis altos y de especie superior: mucho en vosotros es torcido y deforme. No
hay herrero en el mundo que pueda arreglaros y enderezaros como yo quiero.
Vosotros sois unicamente puentes: ¡que hombres más altos puedan pasar sobre vosotros a
la otra orilla! Vosotros representáis escalones: ¡no os irritéis, pues, contra el que
sube por encima de vosotros hacia su propia altura!
Es posible que de vuestra simiente me brote alguna vez un hijo auténtico y un heredero
perfecto: pero eso está lejos. Vosotros mismos no sois aquellos a quienes pertenecen mi
herencia y mi nombre.
No es a vosotros a quienes aguardo yo aquí en estas montañas, no es con vosotros con
quienes me es lícito descender por última vez. Habéis venido aquí tan sólo como
presagio de que hombres más altos se muestran ya en camino hacia mí,
- no los hombres del gran anhelo, de la gran náusea, del gran hastío, y lo que habéis
llamado el último residuo de Dios.
- ¡No! ¡No! ¡Tres veces no! Es a otros a quienes aguardo yo aquí en estas montañas, y
mi pie no se moverá de aquí sin ellos,
- a otros más altos, más fuertes, más victoriosos, más alegres, cuadrados de cuerpo y
de alma: ¡leones rientes tienen que venir!
Oh, huéspedes míos, vosotros hombres extraños, ¿no habéis oido nada aún de mis
hijos? ¿Y de que se encuentran en camino hacia mi?
Habladme, pues, de mis jardines, de mis islas afortunadas, de mi nueva y bella especie, -
¿por qué no me habláis de esto?
Este es el regalo de huéspedes que yo reclamo de vuestro amor, el que me habléis de mis
hijos. Yo soy rico para esto, yo me he vuelto pobre para esto: qué no he dado,
- qué no daría por tener una sola cosa: ¡esos hijos, ese viviente vivero, esos árboles
de la vida de mi voluntad y de mi suprema esperanza!,
Así habló Zaratustra, y de repente se interrumpió en su discurso: pues lo acometió su
anhelo, y cerró los ojos y la boca a causa del movimiento de su corazón!. Y también
todos sus huéspedes callaron y permanecieron silenciosos y consternados: excepto el viejo
adivino, que comenzó a hacer signos con manos y gestos.
Presentación
La Cena
En este punto, en efecto, el adivino interrumpió el saludo entre Zaratustra y sus
huéspedes: se adelantó como alguien que no tiene tiempo que perder, cogió la mano de
Zaratustra y exclamó: «¡Pero Zaratustra!
Una cosa es más necesaria que la otra, así dices tú mismo: bien, una cosa es ahora para
mí más necesaria que todas las otras.
Una palabra a tiempo: ¿no me has invitado a comer? Y aquí hay muchos que han recorrido
largos caminos. ¿No querrás alimentarnos con discursos?
También os habéis referido todos vosotros, demasiado a mi parecer, al congelarse,
ahogarse, asfixiarse y otras calamidades del cuerpo: pero nadie se ha acordado de mi
calamidad, a saber: la de estar hambriento - »
(Así habló el adivino; y cuando los animales de Zaratustra oyeron tales palabras se
fueron de allí corriendo, asustados. Pues veían que ni siquiera lo que ellos habían
traído durante el día sería suficiente para llenar el estómago de aquel solo adivino.
)
«Incluyendo también el estar sediento, prosiguió el adivino. Y aunque oigo ya al agua
chapotear aquí, semejante a discursos de la sabiduría, es decir, abundante e incansable:
yo -¡quiero vino!
No todos son, como Zaratustra, bebedores natos de agua. Además, el agua no les conviene a
los cansados y mustios: a nosotros nos corresponde el vino, - ¡sólo él proporciona
curación instantánea y salud repentina!»
En este punto, cuando el adivino pedía vino, ocurrió que también el rey de la
izquierda, el taciturno, tomó a su vez la palabra. «Del
vino,
dijo, nos hemos preocupado nosotros, yo y mi hermano el rey de la derecha: tenemos vino
suficiente, - todo un asno cargado. Así, pues, no falta más que pan»
«¡Pan!, replicó Zaratustra y se rió. Justamente pan es lo que no tienen los eremitas.
Pero el hombre no vive sólo de pan, sino también de la carne de buenos corderos, y yo tengo dos:
- a éstos debemos descuartizarlos enseguida y prepararlos con especias, con salvia:
así es como a mí me gustan. Y tampoco faltan raíces y frutos, suficientemente buenos
incluso para golosos y degustadores; ni nueces y otros enigmas para cascar.
Vamos, pues, a preparar rápidamente un buen festín. Quien quiera comer tiene que
intervenir asimismo en la preparación, incluso los reyes. En casa de Zaratustra, en
efecto, le es lícito ser cocinero incluso a un rey.»
Esta propuesta encontró la aprobación de todos: sólo el mendigo voluntario se oponía a
la carne y al vino y a las especias.
«¡ Pero oíd a este comilón de Zaratustra!, decía bromeando: ¡acude la gente a las
cavernas y a las altas montañas para hacer tales comidas!
Ahora entiendo, ciertamente, lo que él nos enseñó en otro tiempo: ¡alabada sea la
pequeña pobreza! Y por qué quiere suprimir a los mendigos»'
«Procura estar de buen humor, le respondió Zaratustra, como lo estoy yo. Permanece fiel
a tu costumbre, hombre excelente, muele tu grano, bebe tu agua, alaba tu cocina: ¡si
ésta es la que te pone alegre!
Yo soy una ley únicamente para los míos, no soy una ley para todos. Mas quien me
pertenece tiene que tener huesos fuertes y también pies ligeros, -
- deben gustarle las guerras y las fiestas, no ser un hombre sombrío, ni un soñador,
debe estar dispuesto a lo más difícil como a una fiesta suya, hallarse sano y salvo.
Lo mejor pertenece a los míos y a mí; y si no nos lo dan, lo tomamos: - ¡el mejor
alimento, el cielo más puro, los pensamientos más fuertes, las mujeres más hermosas!»
-
Así habló Zaratustra; mas el rey de la derecha replicó: «¡Qué raro! ¡Se han
escuchado alguna vez tales cosas inteligentes de boca de un sabio!
Y, en verdad, lo más raro en un sabio es que, además, hable con inteligencia y no sea un
asno».
Así habló el rey de la derecha, y se extrañó; pero el asno, con malvada voluntad, dijo
I-A a su discurso. Éste fue el comienzo de aquel largo festín que en los libros de
historia se llama «la Cena,. Durante ella no se habló de otra cosa que del hombre
superior.
Presentación
Del hombre superior
Cuando por primera vez fui a los hombres cometí la tontería propia de los eremitas, la
gran tontería: me instalé en el mercado.
Y cuando hablaba a todos hablaba a nadie. Y por la noche tuve como compañeros a
volatineros y cadáveres; y yo mismo era casi un cadáver.
Mas a la mañana siguiente llegó a mí una nueva verdad: entonces aprendí a decir
«¡Qué me importan el mercado y la plebe y el ruido de la plebe y las largas orejas de
la plebe!»
Vosotros hombres superiores, aprended esto de mí: en el mercado nadie cree en hombres
superiores. Y si queréis hablar allí, ¡bien! Pero la plebe dirá parpadeando «todos
somos
iguales».
«Vosotros hombres superiores, - así dice la plebe parpadeando - no existen hombres
superiores, todos somos iguales, el hombre no es más que hombre, ¡ante Dios - todos
somos iguales!»
¡Ante Dios! - Mas ahora ese Dios ha muerto. Y ante la plebe nosotros no queremos ser
iguales. ¡Vosotros hombres superiores, marchaos del mercado !
2
¡Ante Dios! - ¡Mas ahora ese Dios ha muerto! Vosotros hombres superiores, ese Dios era
vuestro máximo peligro.
Sólo desde que él yace en la tumba habéis vuelto vosotros a resucitar. Sólo ahora
llega el gran mediodía, sólo ahora se convierte el hombre superior - ¡en señor!
¿Habéis entendido esta palabra, oh hermanos míos? Estáis asustados: ¿sienten vértigo
vuestros corazones? ¿Veis abrirse aquí para vosotros el abismo? ¿Os ladra aquí el
perro infernal?
¡Bien! ¡Adelante! ¡Vosotros hombres superiores! Ahora es cuando gira la montaña del
futuro humano. Dios ha muerto: ahora nosotros queremos - que viva el superhombre.
3
Los más preocupados preguntan hoy: «¿Cómo se conserva el hombre?» Pero Zaratustra
pregunta, siendo el único y el primero en hacerlo: «¿Cómo se supera al hombre?»
El superhombre es lo que yo amo, él es para mí lo primero y lo único, - y no el hombre:
no el prójimo, no el más pobre, no el que más sufre, no el mejor -
Oh hermanos míos, lo que yo puedo amar en el hombre es que es un tránsito y un ocaso. Y
también en vosotros hay muchas cosas que me hacen amar y tener esperanzas.
Vosotros habéis despreciado, hombres superiores, esto me hace tener esperanzas. Pues los
grandes despreciadores son los grandes veneradores.
En el hecho de que hayáis desesperado hay mucho que honrar. Porque no habéis aprendido
cómo resignaros, no habeis aprendido las pequeñas corduras.
Hoy, en efecto, las gentes pequeñas se han convertido en los señores: todas ellas
predican resignación y modestia y cordura y laboriosidad y miramientos y el largo
etcétera de las pequeñas virtudes.
Lo que es de especie femenina, lo que precede de especie servil y, en especial, la
mezcolanza plebeya: eso quiere ahora enseñorearse de todo destino del hombre - ¡oh
náusea!, ¡náusea!, ¡náusea!
Eso pregunta y pregunta y no se cansa: «¿Cómo se conserva el hombre, del modo mejor,
más prolongado, más agradable?» Con esto - ellos son los señores de hoy.
Superadme a estos señores de hoy, oh hermanos míos, - a estas gentes pequeñas: ¡ellas
son el máximo peligro del superombre!
¡Superadme, hombres superiores, las pequeñas virtudes, las pequeñas corduras, los
miramientos minúsculos, el bullicio de hormigas, el mísero bienestar, la «felicidad de
los más»-!
Y antes desesperar que resignarse. Y, en verdad, yo os amo porque no sabéis vivir hoy,
¡vosotros hombres superiores! Ya que asi es como vosotros vivís - ¡del modo mejor!
4
¿Tenéis valor, oh hermanos míos? ¿Sois gente de corazón? ¿No valor ante
testigos, sino el valor del eremita y del águila, del cual no es ya espectador ningún
Dios?
A las almas frías, a las acémilas, a los ciegos, a los borrachos, a ésos yo no los
llamo gente de corazón. Corazón tiene el que conoce el miedo, pero domeña el miedo, el
que ve el abismo, pero con orgullo.
El que ve el abismo, pero con ojos de águila, el que aferra el abismo con garras de
águila: ése tiene valor.
5
El hombre es malvado» - así me dijeron, para consolarme, los más sabios. ¡Ay, si eso
fuera hoy verdad! Pues el mal es la mejor fuerza del hombre.
«
El hombre tiene que mejorar y que empeorar» - esto
es lo que yo enseño. Lo peor es necesario para lo mejor del superhombre.
Para aquel predicador de las pequeñas gentes acaso fuera bueno que él sufriese y
padeciese por el pecado del hombre. Pero yo me alegro del gran pecado como de mi gran
consuelo. -
Esto no está dicho, sin embargo, para orejas largas. No toda palabra conviene tampoco a
todo hocico. Éstas son cosas delicadas y remotas: ¡hacia ellas no deben alargarse
pezuñas de ovejas!
6
Vosotros hombres superiores, ¿creéis acaso que yo estoy aquí para arreglar lo que
vosotros habéis estropeado?
¿O que quiero prepararos para lo sucesivo un lecho más cómodo a vosotros los que
sufrís? ¿O mostraros senderos nuevos y más fáciles a vosotros los errantes,
extraviados, perdidos en vuestras escaladas?
¡No! ¡No! ¡Tres veces no! Deben perecer cada vez más, cada vez mejores de vuestra
especie, - pues vosotros debéis tener una vida siempre peor y más dura. Sólo así - -
sólo así crece el hombre hasta aquella altura en que el rayo cae sobre él y lo hace
pedazos: ¡suficientemente alto para el rayo!
Hacia lo poco, hacia lo prolongado, hacia lo lejano tienden mi mente y mi anhelo: ¡qué
podría importarme vuestra mucha corta, pequeña miseria!
¡Para mí no sufrís aún bastante! Pues sufrís por vosotros, no habéis sufrido aún
por el hombre. ¡Mentiríais si dijeseis otra cosa! Ninguno de vosotros sufre por aquello
por lo que yo he sufrido. - -
7
No me basta con que el rayo ya no cause daño. Yo no quiero desviarlo: debe aprender - a
trabajar para mí. -
Hace ya mucho tiempo que mi sabiduría se acumula como una nube, se vuelve más silenciosa
y oscura. Así hace toda sabiduría que alguna vez debe parir rayos. Para estos hombres de
hoy no quiero yo ser luz ni llamarme luz. A éstos - quiero cegarlos: ¡rayo de mi
sabiduría! ¡Sácales los ojos!
8
No queráis nada por encima de vuestra capacidad: hay una falsedad perversa en quienes
quieren por encima de su capacidad.
¡Especialmente cuando quieren cosas grandes! Pues despiertan desconfianza contra las
cosas grandes, esos refinados falsarios y comediantes: -
- hasta que finalmente son falsos ante sí mismos, gente de ojos bizcos, madera carcomida
y blanqueada, cubiertos con un manto de palabras fuertes, de virtudes aparatosas, de obras
falsas y relumbrantes.
¡Tened en esto mucha cautela, vosotros hombres superiores! Pues nada me parece hoy más
precioso y raro que la honestidad.
Este hoy, ¿no es de la plebe? Mas la plebe no sabe lo que es grande, lo que es pequeño,
lo que es recto y honesto: ella es inocentemente torcida, ella miente siempre.
9
Tened hoy una sana desconfianza, ¡vosotros hombres superiores, hombres valientes!
¡Hombres de corazón abierto! ¡Y mantened secretas vuestras razones! Pues este hoy es de
la plebe.
Lo que la plebe aprendió en otro tiempo a creer sin razones, ¿quién podría -
destruírselo mediante razones?
Y en el mercado se convence con gestos. Las razones, en cambio, vuelven desconfiada a la
plebe.
Y si alguna vez la verdad venció allí, preguntaos con sana desconfianza: «¿Qué fuerte
error ha luchado por ella?»
¡Guardaos también de los doctos! Os odian: ¡pues ellos son estériles! Tienen ojos
fríos y secos, ante ellos todo pájaro yace desplumado.
Ellos se jactan de no mentir, mas incapacidad para la mentira no es ya, ni de lejos, amor
a la verdad. ¡Estad en guardia!
¡Falta de fiebre no es ya, ni de lejos, conocimiento! A los espíritus resfriados yo no
les creo. Quien no puede mentir no sabe qué es la verdad.
10
Si queréis subir a lo alto, ¡emplead vuestras propias piernas! ¡No dejéis que os lleven
hasta arriba, no os sentéis sobre espaldas y cabezas de otros!
¿Tú has montado a caballo? ¿Y ahora cabalgas velozmente hacia tu meta? ¡Bien, amigo
mío! ¡Pero también tu pie tullido va montado sobre el caballo!
Cuando estés en la meta, cuando saltes de tu caballo: precisamente en tu altura, hombre
superior - ¡darás un traspié!
11
¡Vosotros creadores, vosotros hombres superiores! No se está grávido más que del
propio hijo.
¡No os dejéis persuadir, adoctrinar! ¿Quién es vuestro prójimo? Y aunque obréis
«por el prójimo», - ¡no creéis, sin embargo,por él!
Olvidadme ese «por», creadores: precisamente vuestra virtud quiere que no hagáis
ninguna cosa «por» y «a causa de» y «porque». A estas pequeñas palabras falsas
debéis cerrar vuestros oídos.
El «por el prójimo, es la virtud tan sólo de las gentes pequeñas: entre ellas se dice
«tal para cual» y «una mano lava la otra»: - ¡O tienen ni derecho ni fuerza de exigir
vuestro egoismo!
¡En vuestro egoísmo, creadores, hay la cautela y la previsión de la embarazada! Lo que
nadie ha visto aún con sus ojos, el fruto: eso es lo que vuestro amor entero protege y
cuida y alimenta.
¡Allí donde está todo vuestro amor, en vuestro hijo, allí está también toda vuestra
virtud! Vuestra obra, vuestra voluntad es vuestro «prójimo»: ¡no os dejéis inducir a
admitir falsos valores!
12
¡Vosotros creadores, vosotros hombres superiores! Quien tiene que dar a luz está
enfermo; y quien ha dado a luz está impuro.
Preguntad a las mujeres: no se da a luz porque ello divierta. El dolor hace cacarear a las
gallinas y a los poetas.
Vosotros creadores, en vosotros hay muchas cosas impuras. Esto se debe a que tuvisteis que
ser madres.
Un nuevo hijo: ¡oh, cuánta nueva suciedad ha venido también con él al mundo!
¡Apartaos! ¡Y quien ha dado a luz debe lavarse el alma hasta limpiarla!
13
¡No seáis virtuosos por encima de vuestras fuerzas! ¡Y no queráis de vosotros nada que
vaya contra la verosimilitud!
¡Caminad por las sendas por las que ya caminó la virtud de vuestros padres! ¿Cómo
querríais subir alto si no sube con vosotros la voluntad de vuestros padres?
¡Mas quien quiera ser el primero vea de no
convertirse también en el último! ¡Y allí donde están los vicios de vuestros padres
no debéis querer pasar vosotros por santos!
Si los padres de alguien fueron aficionados a las mujeres y a los vinos fuertes y a la
carne de jabalí: ¿qué ocurriría si ese alguien pretendiese de sí la castidad?
¡Una necedad sería eso! Mucho, en verdad, me parece para ése el que se contente con ser
marido de una o de dos o de tres mujeres.
Y si fundase conventos y escribiese encima de la puerta: «el camino hacia la santidad»,
- yo diría: ¡para qué!, ¡eso es una nueva necedad!
Ha fundado para sí mismo un correccional y un asilo: ¡buen provecho! Pero yo no creo en
eso.
En la soledad crece lo que uno ha llevado a ella, también el animal interior. Por ello resulta desaconsejable para
muchos la soledad.
¿Ha habido hasta ahora en la tierra algo más sucio que los santos del desierto? En torno a ellos no andaba suelto tan
sólo el demonio, - sino también el cerdo.
14
Tímidos, avergonzados, torpes, como un tigre al que le ha salido mal el salto: así,
hombres superiores, os he visto a menudo apartaros furtivamente a un lado. Os había
salido mal una
tirada de dados.
Pero vosotros, jugadores de dados, ¡qué importa eso! ¡No habíais aprendido a jugar y a
hacer burlas como se debe! ¿No estamos siempre sentados a una gran mesa de burlas y de
juegos?
Y aunque se os hayan malogrado grandes cosas, ¿es que por ello vosotros mismos - os
habéis malogrado? Y aunque vosotros mismos os hayáis malogrado, ¿se malogró por ello -
el hombre? Y si el hombre se malogró: ¡bien!, ¡adelante!
15
Cuanto más elevada es la especie de una cosa, tanto más raramente se logra ésta.
Vosotros hombres superiores, ¿no sois todos vosotros - malogrados?
¡Tened valor, qué importa! ¡Cuántas cosas son aún posibles! ¡Aprended a reíros de
vosotros mismos como hay que reír!
¡Por qué extrañarse, por lo demás, de que os hayáis malogrado y os hayáis logrado a
medias, vosotros semidespedazados! ¿Es que no se agolpa y empuja en vosotros - el futuro
del
hombre?
Lo más remoto, profundo, estelarmente alto del hombre, su fuerza inmensa: ¿no hierve
todo eso, chocando lo uno con lo otro, en vuestro puchero?
¡Por qué extrañarse de que más de un puchero se rompa! ¡Aprended a reíros de
vosotros mismos como hay que reír! Vosotros hombres superiores, ¡oh, cuántas cosas son
aún posibles!
Y, en verdad, ¡cuántas cosas se han logrado ya! ¡Qué abundante es esta tierra en
pequeñas cosas buenas y perfectas, en cosas bien logradas!
¡Colocad pequeñas cosas buenas y perfectas a vuestro alrededor, hombres superiores! Su
áurea madurez sana el corazón. Lo perfecto enseña a tener esperanzas.
16
¿Cuál ha sido hasta ahora en la tierra el pecado más grande? ¿No lo ha sido la palabra
de quien dijo: «¡Ay de aquellos que ríen aquí!»
¿Es que él no encontró en la tierra motivos para reír? Lo que ocurrió es que buscó
mal. Incluso un niño encuentra aquí motivos.
Él - no amaba bastante: ¡de lo contrario nos habría amado también a nosotros los que
reímos! Pero nos odió y nos insultó, nos prometió llanto y rechinar de dientes!
¿Es que hay que maldecir cuando no se ama? Esto - me parece un mal gusto. Pero así es
como actuó aquel incondicional. Procedía de la plebe.
Y él mismo no amó bastante: de lo contrario se habría enojado menos porque no se lo
amase. Todo gran amor no quiere amor: - quiere más.
¡Evitad a todos los incondicionales de esa especie! Es una pobre especie enferma, una
especie plebeya: contemplan malignamente esta vida, tienen mal de ojo para esta tierra.
¡Evitad a todos los incondicionales de esa especie! Tienen pies y corazones pesados: - no
saben bailar. ¿Cómo iba a ser ligera la tierra para
ellos?
17
Por caminos torcidos se aproximan todas las cosas buenas a su meta. Semejantes a los
gatos, ellas arquean el lomo, ronronean interiormente ante su felicidad cercana, - todas
las cosas buenas ríen.
El modo de andar revela si alguien camina ya por su propia senda: ¡por ello, vedme andar
a mí! Mas quien se aproxima a su meta, ése baila.
Y, en verdad, yo no me he convertido en una estatua, ni estoy ahí plantado, rígido,
insensible, pétreo, cual una columna: me gusta correr velozmente.
Y aunque en la tierra hay también cieno y densa tribulación: quien tiene pies ligeros
corre incluso por encima del fango y baila sobre él como sobre hielo pulido.
Levantad vuestros corazones, hermanos míos, ¡arriba!, ¡más arriba! ¡Y no me olvidéis
tampoco las piernas! Levantad también vuestras piernas, vosotros buenos bailarines y aún
mejor: ¡sosteneos incluso sobre la cabeza!
18
Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: yo
mismo me he puesto sobre mi cabeza esta corona, yo mismo he santificado mis risas. A
ningún otro he encontrado suficientemente fuerte hoy para hacer esto.
Zaratustra el bailarín, Zaratustra el ligero, el que hace señas con las alas, uno
dispuesto a volar, haciendo señas a todos los pájaros, preparado y listo, bienaventurado
en su ligereza: -
Zaratustra el que dice verdad, Zaratustra el que ríe
verdad, no un impaciente, no un incondicional, sí uno que ama los saltos y las piruetas;
¡yo mismo me he puesto esa corona sobre mi cabeza!
19
Levantad vuestros corazones, hermanos míos, ¡arriba!, ¡más arriba!, ¡y no me
olvidéis tampoco las piernas! Levantad también vuestras piernas, vosotros buenos
bailarines, y aún mejor: ¡sosteneos incluso sobre la cabeza!
También en la felicidad hay animales pesados, hay cojitrancos de nacimiento.
Extrañamente se afanan, como un elefante que se esforzase en sostenerse sobre la cabeza.
Pero es mejor estar loco de felicidad que estarlo de infelicidad, es mejor bailar
torpemente que caminar cojeando.
Aprended, pues, de mí mi sabiduría: incluso la peor de las cosas tiene dos reversos
buenos, -
-incluso la peor de las cosas tiene buenas piernas para bailar: ¡aprended, pues, de mí,
hombres superiores, a teneros sobre vuestras piernas derechas!
¡Olvidad, pues, el poner cara de atribulados y toda tristeza plebeya! ¡Oh, qué tristes
me parecen hoy incluso los payasos de la plebe! Pero este hoy es de la plebe.
20
Haced como el viento cuando se precipita desde sus cavernas de la montaña: quiere bailar
al son de su propio silbar, los mares tiemblan y dan saltos bajo sus pasos.
El que proporciona alas a los asnos, el que ordeña a las leonas, ¡bendito sea ese buen
espíritu indómito, que viene cual viento tempestuoso para todo hoy y toda plebe,
- que es enemigo de las cabezas espinosas y cavilosas, y de todas las mustias hojas y
yerbajos: alabado sea ese salvaje, bueno, libre espíritu de tempestad, que baila sobre
las ciénagas y las tribulaciones como si fueran prados!
El que odia los tísicos perros plebeyos y toda cría sombría y malograda: ¡bendito sea
ese espíritu de todos los espíritus libres, la tormenta que ríe, que sopla polvo a los
ojos de todos los pesimistas, purulentos!
Vosotros hombres superiores, esto es lo peor de vosotros: ninguno habéis aprendido a
bailar como hay que bailar - ¡a bailar por encima de vosotros mismos! ¡Qué importa que
os hayáis malogrado!
¡Cuántas cosas son posibles aún! ¡Aprended, pues, a reíros de vosotros sin
preocuparos de vosotros! Levantad vuestros corazones, vosotros buenos bailarines,
¡arriba!, ¡más arriba!
¡Y no me olvidéis tampoco el buen reír!
Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: ¡a vosotros, hermanos míos, os arrojo
esta corona! Yo he santificado el reír; vosotros hombres superiores, aprendedme - ¡a
reír!
Presentación
La canción de la melancolia
Mientras Zaratustra pronunciaba estos discursos se encontraba cerca de la entrada de su
caverna; y al decir las últimas palabras se escabulló de sus huéspedes y huyó por
breve espacio de tiempo al aire libre.
«¡Oh puros aromas en torno a mí, exclamó, oh bienaventurado silencio en torno a mí!
Mas ¿dónde están mis animales? ¡Acercaos, acercaos, águila mía y serpiente mía!
Decidme, animales míos: esos hombres superiores, todos ellos - ¿es que acaso no huelen
bien? ¡Oh puros aromas en torno a mí! Sólo ahora sé y siento cuánto os amo, animales
míos.»
-Y Zaratustra repitió: «¡Yo os amo, animales míos!» El águila y la serpiente se
arrimaron a él cuando dijo estas palabras, y levantaron hacia él su mirada. De este modo
estuvieron juntos los tres en silencio, y olfatearon y saborearon juntos el aire puro.
Pues el aire era allí fuera mejor que junto a los
hombres superiores.
2
Mas apenas había abandonado Zaratustra su caverna cuando el viejo mago se levantó, miró
sagazmente a su alrededor y dijo: «¡Ha salido!
Y ya, hombres superiores - permitidme cosquillearos con este nombre de alabanza y de
lisonja, como él mismo - ya me acomete mi per