Asi habló Zarathustra
(3ª PARTE)

El caminante


Fue alrededor de la medianoche cuando Zaratustra emprendió su camino sobre la cresta de la isla para llegar de madrugada a la otra orilla: pues en aquel lugar quería embarcarse. Había allí, en efecto, una buena rada, en la cual gustaban echar el ancla incluso barcos extranjeros; éstos recogían a algunos que querían dejar las islas afortunadas y atravesar el mar. Mientras Zaratustra ibà subiendo la montaña pensaba en las muchas caminatas solitarias que había realizado desde su juventud y en las muchas montañas y crestas y cimas a que ha había ascendido.
Yo soy un caminante y un escalador de montañas, decía a su corazón, no me gustan las llanuras, y parece que no puedo estarme sentado tranquilo largo tiempo.
Y sea cual sea mi destino, sean cuales sean las vivencias que aún haya yo de experimentar, - siempre habrá en ello un caminar y un escalar montañas: en última instancia uno no tiene
vivencias más que de sí mismo.
Pasó ya el tiempo en que era lícito que a mí me sobrevinieran acontecimientos casuales; ¡y qué podría ocurrirme todavía que no fuera ya algo mío!
Lo único que hace es retornar, por fin vuelve a casa - mi propio sí-mismo - cuanto de él estuvo largo tiempo en tierra extraña y disperso entre todas las cosas y acontecimientos casuales.
Y una cosa más sé: me encuentro ahora ante mi última cumbre y ante aquello que durante más largo tiempo me ha sido ahorrado. ¡Ay, mi más duro camino es el que tengo que subir! ¡Ay, he comenzado mi caminata más solitaria!
Pero quien es de mi especie no se libra de semejante hora: de la hora que le dice: «¡Sólo en este instante recorres tu camino de grandeza! ¡Cumbre y abismo - ahora eso está fundido en una sola cosa!
Recorres tu camino de grandeza: ¡ahora se ha convertido en tu último refugio lo que hasta el momento se llamó tu último peligro!
Recorres tu camino de grandeza: ¡ahora es necesario que tu mejor valor consista en que no quede ya ningún camino a tus espaldas!
Recorres el camino de tu grandeza: ¡nadie debe seguirte aquí a escondidas! Tu mismo pie ha borrado detrás de ti el camino, y sobre él está escrito: Imposibilidad.
Y si en adelante te faltan todas las escaleras, tienes que saber subir incluso por encima de tu propia cabeza: ¡cómo querrías, de otro modo, caminar hacia arriba?
¡Por encima de tu propia cabeza y más allá de tu propio corazón! Ahora lo más suave de ti tiene aún que convertirse en lo más duro.
Quien siempre se ha tratado a sí mismo con mucha indulgencia acaba por enfermar a causa de ello. ¡Alabado sea lo que endurece! ¡Yo no alabo el país donde corren - manteca y miel!
Es necesario aprender a apartar la mirada de sí para ver muchas cosas: - esa dureza necesítala todo aquel que escala montañas.
Mas quien tiene ojos importunos como hombre del conocimiento, ¡cómo iba a ver ése en todas las cosas algo más que los motivos superficiales de ellas!
Tú, sin embargo, oh Zaratustra, has querido ver el fondo y el trasfondo de todas las cosas: por ello tienes que subir por encima de ti mismo, - ¡arriba, cada vez más alto, hasta que incluso tus estrellas las veas por debajo de ti!
¡Sí! Bajar la vista hacia mí mismo e incluso hacia mis estrellas: ¡sólo esto significaría mi cumbre, esto es lo que me ha quedado aún como mi última cumbre! -

Así iba diciéndose Zaratustra a sí mismo al ascender, consolando su corazón con duras sentenzuelas: pues tenía el corazón herido como nunca antes. Y cuando llegó a la cima de la cresta de la montaña, he aquí que el otro mar yacía allí extendido ante su vista: entonces se detuvo y calló largo rato. La noche era fría en aquella cumbre, y clara y estrellada.
Conozco mi suerte, se dijo por fin con pesadumbre. ¡Bien! Estoy dispuesto. Acaba de empezar mi última soledad.
¡Ay, ese mar triste y negro a mis pies! ¡Ay, esa grávida desazón nocturna ¡Ay, destino y mar! ¡Hacia vosotros tengo ahora que descender!
Me encuentro ante mi montaña más alta y ante mi más larga caminata: por eso tengo primero que descender más bajo de lo que nunca descendí:
- ¡Descender al dolor más de lo que nunca descendí, hasta su más negro oleaje! Así lo quiere mi destino: ¡Bien! Estoy dispuesto.
¿De dónde vienen las montañas más altas?, pregunté en otro tiempo. Entonces aprendí que vienen del mar. Este testimonio está escrito en sus rocas y en las paredes de sus cumbres. Lo más alto tiene que llegar a su altura desde lo más profundo.
Así dijo Zaratustra en la cima del monte, donde hacía frío; mas cuando se acercó al mar y se encontró por fin únicamente entre los escollos, el camino lo había cansado y vuelto aún más anheloso que antes.
Todo continúa aún dormido, dijo; también el mar duerme. Ebrios de sueño y extraños miran sus ojos hacia mí.
Pero su aliento es cálido, lo siento. Y siento también que sueña. Y soñando se retuerce sobre duras almohadas.
¡Escucha! ¡Escucha! ¡Cómo gime el mar a causa de recuerdos malvados! ¿O tal vez a causa de expectativas malvadas?
Ay,  triste estoy contigo, oscuro monstruo, y enojado conmigo mismo por tu causa.
¡Ay, por qué no tendrá mi mano bastante fortaleza! ¡En verdad, me gustaría redimirte de sueños malvados!
Y mientras Zaratustra hablaba así, se reía de sí mismo con melancolía y amargura. «¡Cómo! ¡Zaratustra!, dijo, ¿quieres consolar todavía al mar cantando?
¡Ay, Zaratustra, necio rico en amor, sobrebienaventurado de confianza! Pero así has sido siempre: siempre te has acercado confiado a todo lo horrible.
Has querido incluso acariciar a todos los monstruos. Un vaho de cálida respiración, un poco de suave vello en las garras -: y enseguida estabas dispuesto a amar y a atraer.
El amor es el peligro del más solitario, el amor a todas las cosas, ¡con tal de que vivan! ¡De risa son, en verdad, mi necedad y mi modestia en el amor!» -

Así habló Zaratustra, y rió por segunda vez: entonces pensó en sus amigos abandonados -, y como si los hubiera ofendido con sus pensamientos, enojóse consigo mismo a causa de éstos. Y pronto ocurrió que el que reía se puso a llorar: - de cólera y de anhelo lloró Zaratustra amargamente.


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De la visión y del enigma

Cuando se corrió entre los marineros la voz. de que Zaratustra se encontraba en el barco, - pues al mismo tiempo que él había subido a bordo un hombre que venía de las islas afortunadas - prodújose una gran curiosidad y expectación. Mas Zaratustra estuvo callado durante dos días, frío y sordo de tristeza, de modo que no respondía ni a las miradas ni a las preguntas. Al atardecer del segundo día, sin embargo, aunque todavía guardaba silencio, volvió a abrir sus oídos: pues había muchas cosas extrañas y peligrosas que oír en aquel barco, que venía de lejos y que quería ir aún más lejos. Zaratustra era amigo, en efecto, de todos aquellos que realizan largos viajes y no les gusta vivir sin peligro. Y he aquí que, por fin, a fuerza de escuchar, su propia lengua se soltó y el hielo de su corazón se rompió: - entonces comenzó a hablar así:
A vosotros los audaces buscadores e indagadores, y a quienquiera que alguna vez se haya lanzado con astutas velas a mares terribles, - a vosotros los ebrios de enigmas, que gozáis con la luz del crepúsculo, cuyas almas son atraídas con flautas a todos los abismos laberínticos:
- pues no queréis, con mano cobarde, seguir a tientas un hilo; y allí donde podéis adivinar, odiáis el deducir - a vosotros solos os cuento el enigma que he visto, - la vision del más solitario -
Sombrío caminaba yo hace poco a través del crepúsculo de color de cadáver, - sombrío y duro, con los labios apretados. Pues más de un sol se había hundido en su ocaso para mí.
Un sendero que ascendía obstinado a través de pedregales, un sendero maligno, solitario, al que ya no alentaban ni hierbas ni matorrales: un sendero de montaña crujia bajo la obstinación de mi pie.
Avanzando mudo sobre el burlón crujido de los guijarros, aplastando la piedra que lo hacía resbalar: así se abría paso mi pie hacia arriba.
Hacia arriba: - a pesar del espíritu que de él tiraba hacia abajo, hacia el abismo, el espíritu de la pesadez, mi demonio y enemigo capital.
Hacia arriba: - aunque sobre mí iba sentado ese espíritu, mitad enano, mitad topo; paralítico; paralizante; dejando caer plomo en mi oído, pensamientos-gotas de plomo en mi cerebro.
«Oh Zaratustra, me susurraba burlonamente, silabeando las palabras, ¡tú piedra de la sabiduría! Te has arrojado a ti mismo hacia arriba, mas toda piedra arrojada - ¡tiene que caer!
;Oh Zaratustra, tú  piedra de la sabiduría, tú piedra de honda, tú destructor de estrellas! A ti mismo te has arrojado muy alto, - mas toda piedra arrojada - ¡tiene que caer!
Condenado a ti mismo, y a tu propia lapidación: oh Zaratustra, sí, lejos has lanzado la piedra, - ¡mas sobre ti caerá de nuevo!»
Calló aquí el enano; y esto duró largo tiempo. Mas su silencio me oprimia; ¡y cuando se está así entre dos, se está, en verdad, más solitario que cuando se está solo!
Yo subía, subía, soñaba, pensaba, - mas todo me oprimía. Me asemejaba a un enfermo al que su terrible tormento lo deja rendido, y a quien un sueño más terrible todavía vuelve a despertarlo cuando acaba de dormirse. -
Pero hay algo en mi que yo llamo valor: hasta ahora éste ha matado en mí todo desaliento. Ese valor me hizo al fin detenerme y decir: «¡Enano! ¡Tú! ¡O yo! -
El valor es, en efecto, el mejor matador, - el valor que ataca: pues todo ataque se hace a tambor batiente.
Pero el hombre es el animal más valeroso: por ello ha vencido a todos los animales. A tambor batiente ha vencido incluso todos los dolores; pero el dolor por el hombre es el dolor
más profundo.
El valor mata incluso el vértigo junto a los abismos: ¡y en qué lugar no estaría el hombre junto a abismos! ¿El simple mirar no es - mirar abismos?
El valor es el mejor matador: el valor mata incluso la compasión. Pero la compasión es el abismo más profundo: cuanto el hombre hunde su mirada en la vida, otro tanto la hunde en el sufrimiento.
Pero el valor es el mejor matador, el valor que ataca: éste mata la muerte misma, pues dice: «¡Era esto la vida! ¡Bien! ¡Otra vez
En estas palabras, sin embargo, hay mucho sonido de tambor batiente. Quien tenga oídos, oiga.

2
«¡Alto! ¡Enano!, dije. iYo! ¡O tú! Pero yo soy el más fuerte de los dos -: ¡tú no conoces mi pensamiento abismal! ¡Ese - no podrías soportarlo!» -
Entonces ocurrió algo que me dejó más ligero: ¡pues el enano saltó de mi hombro, el curioso! Y se puso en cuclillas sobre una piedra delante de mí. Cabalmente allí donde nos habíamos detenido había un portón.
«¡Mira ese portón! ¡Enano!, seguí diciendo: tiene dos caras. Dos caminos convergen aquí: nadie los ha recorrido aún hasta su final.
Esa larga calle hacia atrás: dura una eternidad. Y esa larga calle hacia adelante - es otra eternidad.
Se contraponen esos caminos; chocan derechamente de cabeza: -y aquí, en este portón, es donde convergen. El nombre del portón está escrito arriba: 'Instante'.
Pero si alguien recorriese uno de ellos - cada vez y cada vez más lejos: ¿crees tú, enano, que esos caminos se contradicen eternamente?»-
«Todas las cosas derechas mienten, murmuró con desprecio el enano. Toda verdad es curva, el tiempo mismo es un círculo.»
«Tú, espíritu de la pesadez, dije encolerizándome, ¡no tomes las cosas tan a la ligera! O te dejo en cuclillas ahí donde te encuentras, cojitranco, - ¡y yo te he subido hasta aquí!
¡Mira, continué diciendo, este instante! Desde este portón llamado Instante corre hacia atrás una calle larga, eterna: a nuestras espaldas yace una eternidad.
Cada una de las cosas que pueden correr, ¿no tendrá que haber recorrido ya alguna vez esa calle? Cada una de las cosas que pueden ocurrir, ¿no tendrá que haber ocurrido, haber sido hecha, haber transcurrido ya alguna vez?
Y si todo ha existido ya: ¿qué piensas tú, enano, de este instante?  ¿No tendrá también este portón que - haber existido ya?
¿Y no están todas las cosas anudadas con fuerza, de modo que este instante arrastra tras sí todas las cosas venideras? ¿Por lo tanto - - incluso a sí mismo?
Pues cada una de las cosas que pueden correr: ¡también por esa larga calle hacia adelante - tiene que volver a correr una vez más!
Y esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la luna, y esa misma luz de la luna, y yo y tú, cuchicheando ambos junto a este portón, cuchicheando de cosas eternas - ¿no tenemos
todos nosotros que haber existido ya? - y venir de nuevo y correr por aquella otra calle, hacia adelante, delante de nosotros, por esa larga, horrenda calle - ¿no tenemos que retornar eternamente?» -
Así dije, con voz cada vez más queda: pues tenía miedo de mis propios pensamientos y de sus trasfondos. Entonces, de repente, oí aullar a un perro cerca.
¿Había oído yo alguna vez aullar así a un perro? Mi pensamiento corrió hacia atrás. ¡Sí! Cuando era niño, en remota infancia:
- entonces oí aullar así a un perro. Y también lo vi con el pelo erizado, la cabeza levantada, temblando, en la más silenciosa medianoche, cuando incluso los perros creen en fantasmas:
- de tal modo que me dio lástima. Pues justo en aquel momento la luna llena, con un silencio de muerte, apareció por encima de la casa, justo en aquel momento se había detenido, un disco incandescente, - detenido sobre el techo plano, como sobre propiedad ajena: - esto exasperó entonces al perro: pues los perros creen en ladrones y fantasmas. Y cuando de nuevo volví a oírle aullar, de nuevo volvió a darme lástima.
¿Adónde se había ido ahora el enano?  ¿Y el portón?  ¿Y la araña? ¿Y todo el cuchicheo? ¿Había yo soñado, pues?  ¿Me había despertado?  De repente me encontré entre peñascos salvajes, solo, abandonado, en el más desierto claro de luna.
¡Pero allí yacía por tierra un hombre! ¡Y allí! El perro saltando, con el pelo erizado, gimiendo, - ahora él me veía venir - y entonces aulló de nuevo, gritó: - ¿había yo oído alguna vez a un perro gritar así pidiendo socorro?
Y, en verdad, lo que vi no lo había visto nunca. Vi a un joven pastor retorciéndose, ahogándose, convulso, con el rostro descompuesto, de cuya boca colgaba una pesada serpiente negra.
¿Habla visto yo alguna vez tanto asco y tanto  lívido espanto en un solo rostro? Sin duda se había dormido. Y entonces la serpiente· se deslizó en su garganta y se aferraba a ella mordiendo.
Mi  mano tiró de la serpiente, tiró y tiró: - ¡en vano! No  consegui arrancarla de alli. Entonces se escapó un grito: ¡Muerde! ¡Muerde!
¡Arráncale  la cabeza!  ¡Muerde!» - éste fue el grito que de mí se escapó, mi horror, mi odio, mi náusea, mi lástima, todas mis cosas buenas y malas gritaban en mí con un solo grito.
¡Vosotros, hombres audaces que me rodeáis! ¡Vosotros, buscadores, indagadores, quienquiera de vosotros que se haya lanzado con velas astutas a mares inexplorados! ¡Vosotros, que gozáis con enigmas!
¡Resolvedme,  pues, el enigma que yo contemplé entonces, interpretadme la visión del más solitario!
Pues fue una visión y una previsión: - ¿qué ví yo entonces en simbolo?  ¿Y quién es el que algún dia tiene que venir aún?
¿Quién es el pastor a quien la serpiente se le introdujo en la garganta? ¿Quién es el hombre a quien todas las cosas más pesadas, mas negras, se le introducirán así en la garganta?
-Pero el pastor mordió, tal como se lo aconsejó mi grito; ¡dio un buen mordisco! Lejos de sí escupió la cabeza de la serpiente -: y se puso de pie de un salto.
Ya no pastor, ya no hombre, - ¡un transfigurado, iluminado», que reía!  ¡Nunca antes en la tierra había reído hombre alguno como él rió!
Oh hermanos mios, oi una risa que no era risa de hombre, - - y ahora me devora una sed, un anhelo que nunca se aplaca.
Mi anhelo de esa risa me devora: ¡oh, cómo soporto el vivir aún! ¡Y cómo soportaria el morir ahora! -
Así habló Zaratustra.



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De la bienaventuranza no querida


Con tales enigmas y amarguras en el corazón cruzó Zaratustra el mar. Mas cuando estuvo a cuatro días de viaje de las islas afortunadas y de sus amigos, había superado todo su dolor -: victorioso y con pies firmes se hallaha erguido de nuevo sobre su destino. Y entonces Zaratustra habló así a su conciencia jubilosa:
Solo estoy de nuevo, y quiero estarlo, solo con el cielo puro y el mar libre; y de nuevo me rodea la tarde.
En una tarde encontré por vez primera en otro tiempo a mis amigos, en una tarde también la vez segunda: - en la hora en que toda luz se vuelve más silenciosa.
Pues lo que de felicidad se encuentra aún en camino entre el cielo y la tierra, eso búscase como asilo un alma luminosa: a causa de la felicidad se ha vuelto toda luz más silencioaa ahora.
¡Oh tarde de mi vida! En otro tiempo también mi felicidad descendió al valle para buscarse un asilo: allí encontró esas almas abiertas y hospitalarias.
¡Oh tarde de mi vida! ¡Qué no he entregado yo a cambio de tener unn sola cosa: este viviente plantel de mis pensamientos y esta luz matinal de mi más alta esperanza!
Compañeros de viaje buscó en otro tiempo el creador, e hijos de su esperanza: y ocurrió que no pudo encontrarlos, a no ser que él mismo los crease.
Así estoy en medio de mi obra, yendo hacia mis hijos y volviendo de ellos: por amor a sus hijos tiene Zaratustra que consumarse a sí mismo.
Pues radicalmente se ama tan sólo al propio hijo y a la propia obra; y donde existe gran amor a sí mismo, allí hay señal de embarazo: esto es lo que he encontrado.
Todavía verdean mis hijos en su primera primavera, unos junto a otros y agitados por vientos comunes, árboles de mi jardín y de mi mejor tierra.
¡Y en verdad!, ¡donde se apiñan tales árboles, allí existen islas afortunadas!
Pero alguna vez quiero trasplantarlos y ponerlos separados unos de otros: para que cada uno aprenda soledad, y tenacidad, y cautela.
Nudoso y retorcido y con flexible dureza deberá estar entonces para mí junto al mar, faro viviente de vida invencible.
Allí donde las tempestades se precipitan en el mar y la trompa de las montañas bebe agua, allí debe realizar cada uno alguna vez sus guardias de día y de noche, para su examen y conocimiento.
Conocido y examinado debe ser, para que se sepa si es de mi especie y de mi procedencia, - si es señor de una voluntad larga, callado aun cuando habla, y de tal modo dispuesto a dar, que al dar tome: -
- para que algún día llegue a ser mi compañero de viaje y concree y concelebre las fiestas junto con Zaratustra -: alguien que me escriba mi voluntad en mis tablas: para más plena consumación de todas las cosas.
Y por amor a él y a su igual tengo yo mismo que consumarme a mí: por ello me aparto ahora de mi felicidad y me ofrezco a toda infelicidad - para mi último examen y mi último conocimiento.
Y en verdad era llegado el tiempo de irme; y la sombra del caminante y el instante más largo y la hora más silenciosa - todos me decían: «¡Ya ha llegado la hora!»'
El viento me soplaba por el agujero de la cerradura y decía:«¡Ven!» La puerta se me abría arteramente y decía: «¡Ve!»
Mas yo yacía encadenado al amor de mis hijos: el ansia me tendía esos lazos, el ansia de amor, de llegar a ser presa de mis hijos y perderme en ellos.
Ansiar - esto significa ya para mí: haberme perdido. ¡Yo os tengo, hijos míos! En este tener, todo tiene que ser seguridad y nada tiene que ser ansiar.
Pero encobándome yacía sobre mi el sol de mi amor, en su propio jugo cocíase Zaratustra, - entonces sombras y dudas se alejaron volando por encima de mí.
De frío e invierno sentía yo ya deseos: «¡Oh, que el frío y el invierno vuelvan a hacerme crujir y chirriar!, suspiraba yo: - entonces se levantaron de mí nieblas glaciales.
Mi pasado rompió sus sepulcros, más de un dolor enterrado vivo se despertó-: tan sólo se había adormecido, oculto en sudarios.
Así me gritaron todas las cosas por signos: «¡Ya es tiempo!» Mas yo - no oía: hasta que por fin mi abismo se movió y mi pensamiento me mordió.
¡Ay, pensamiento abismal, que eres mi pensamiento! ¿Cuándo encontraré la fuerza para oírte cavar, y no temblar yo ya?
¡Hasta el cuello me suben los latidos del corazón cuando te oigo cavar! ¡Tu silencio quiere estrangularme, tú abismalmente silencioso!
Todavía no me he atrevido nunca a llamarte arriba: ¡ya es bastante que conmigo - te haya yo llevado! Aún no era yo bastante fuerte para la última arrogancia y petulancia del león.
Bastante terrible ha sido ya siempre para mí tu pesadez: ¡mas alguna vez debo encontrar la fuerza y la voz del león, que te llame arriba!
Cuando yo haya superado esto, entonces quiero superar algo todavía mayor; ¡y una victorial será el sello de mi consumación. -
Entretanto vago todavia por mares inciertos; el azar me adula, el azar de lengua lisa; hacia adelante y hacia atrás miro aún-,  no veo final alguno.
Todavía no me ha llegado la hora de mi última lucha -, ¿o acaso me llega en este momento? ¡En verdad, con pérfida belleza me contemplan el mar y la vida que me rodean!
¡Oh tarde de mi vida! ¡Oh felicidad antes del anochecer! ¡Oh puerto en alta mar! ¡Oh paz en la incerticiumbre! ¡Cómo desconfío de todos vosotros!
¡En verdad, desconfío de vuestra pérfida belleza! Me parezco al amante, que desconfía de la sonrisa demasiado aterciopelada.
Asi como el celoso rechaza lejos de sí a la más amada, siendo tierno incluso en su dureza -, así rechazo yo lejos de mí esta hora bienaventurada.
¡Aléjate, hora bienaventurada! ¡Contigo me llegó una bienaventuranza no querida! Dispuesto a mi dolor más profundo me encuentro aqui: - ¡a destiempo has venido!
¡Alejate, hora bienaventurada! Es mejor que busques asilo alli -¡entre mis hijos! ¡Apresúrate!, ¡y bendícelos con mi felicidad antes del anochecer!
Ya se aproxima el anochecer: el sol se pone. ¡Vete - felicidad mía! -

Así habló Zaratustra, y aguardó a su infelicidad durante toda la noche: mas aguardó en vano. La noche permaneció clara y silenciosa, y la felicidad misma se le fue acercando cada vez más. Hacia la mañana Zaratustra rió a su corazón y dijo burlonamente:
«La felicidad corre detrás de mi. Esto se debe a que yo no corro detrás de las mujeres. Pero la felicidad es una mujer.


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Antes de la salida del sol


Oh cielo por encima de mí, tú puro! ¡Profundo! ¡Abismo de luz! Contemplándote me estremezco de ansias divinas. Arrojarme a tu altura - ¡ésa es mi profundidad! Cobijarme en tu pureza - ¡ésa es mi inocencia!
Al dios su belleza lo encubre: así me ocultas tú tus estrellas. No hablas: así me anuncias tu sabiduría.
Mudo sobre el mar rugiente has salido hoy para mí, tu amor y tu pudor dicen revelación a mi rugiente alma. El que hayas venido bello a mí, encubierto en tu belleza, el que mudo me hables, manifiesto en tu sabiduría:
¡Oh, cómo no iba yo a adivinar todos los pudores de tu alma! ¡Antes del sol has venido a mí tú, el más solitario de todos!
Somos amigos desde el comienzo: comunes nos son la tristura y la pavura y la hondura; hasta el sol nos es común.
No hablamos entre nosotros, pues sabemos demasiadas cosas -: callamos juntos, sonreímos juntos a nuestro saber.
¿No eres tú acaso la luz para mi fuego? ¿No tienes tú el alma gemela de mi conocimiento?
Juntos aprendimos todo; juntos aprendimos a ascender por encima de nosotros hacia nosotros mismos, y a sonreír sin nubes: -
- a sonreír sin nubes hacia abajo, desde ojos luminosos y desde una remota lejanía, mientras debajo de nosotros la coacción y la finalidad y la culpa exhalan vapores como si fuesen lluvia.
Y cuando yo caminaba solo: ¿de quién tenía hambre mi alma por las noches y en los senderos errados? Y cuando yo subía montanas, ¿en quién buscaba siempre en las montañas sino a ti?
Y todo mi caminar y subir montañas: una necesidad era tan sólo, y un recurso del desvalido: - ¡volar es lo único que mi entera voluntad quiere, volar dentro de ti!
¿Y a quién odiaba yo más que a las nubes pasajeras y a todas las cosas que te manchan?   ¡Y hasta a mi propio odio odiaba yo, porque te manchaba!
Estoy enojado con las nubes pasajeras, con esos gatos de presa que furtivamente se deslizan: nos quitan a ti y a mí lo que nos es común, - el inmenso e ilimitado decir sí y amén.
Estamos enojados con esas mediadoras y entrometidas, las nubes pasajeras: mitad de esto mitad de aquello, que no han aprendido a bendecir ni a maldecir a fondo.
¡Prefiero estar sentado en el tonel bajo un cielo cubierto, prefiero estar sentado sin cielo en el abismo, que verte a ti, cielo de luz, manchado con nubes pasajeras!
Y a menudo he sentido deseos de sujetarlas con los dentados alambres áureos del rayo, y golpear los timbales, como el trueno, sobre su panza de caldera: -
- ser un encolerizado timbalero, porque me roban tu ¡sí! y ¡amén!, ¡cielo por encima de mí, tú puro! iluminoso! ¡Abismo de luz! - porque te roban mi ¡sí! y ¡amén!
Pues prefiero el ruido y el trueno y las maldiciones del mal tiempo a esta circunspecta y dubitante quietud gatuna; y también entre los hombres, a los que más odio es a todos los que andan sin ruido, y a todos los medias tintas, y a los que son como dubitantes e indecisas nubes pasajeras.
¡Y «el que no pueda bendecir, debe aprender a maldecir!. _ esta luminosa enseñanza me cayó de un cielo luminoso, esta estrella brilla en mi cielo hasta en las noches negras.
Mas yo soy uno que bendice y que dice sí, con tal de que tú estés a mi alredenor, ¡tú puro!, ¡luminoso!, ¡tú abismo de luz!
- a todos los abismos llevo yo entonces, como una bendición, mi decir sí.
Me he convertido en uno que bendice y que dice sí, y he luchado durante largo tiempo, y fui un luchador, a fin de tener un día las manos libres para bendecir.
Pero ésta es mi bendición: estar yo sobre cada cosa como su cielo propio, como su techo redondo, su campana azul y su eterna seguridad: ¡bienaventurado quien así bendice!
Pues todas las cosas están bautizadas en el manantial de la eternidad y más allá del bien y del mal; el bien y el mal mismos no son más que sombras intermedias y húmedas tribulaciones y nubes pasajeras.
En verdad, una bendición es, y no una blasfemia, el que yo enseñe: «Sobre todas las cosas está el cielo Azar, el cielo Inocencia, el cielo Casualidad y el cielo Arrogancia».
«De casualidad» - ésta es la más vieja aristocracia del mundo, yo se la he restituido a todas las cosas, yo la he redimido de la servidumbre a la finalidad.
Esta libertad y esta celestial serenidad yo las he puesto como campana azul sobre todas las cosas al enseñar que por encima de ellas y a través de ellas no hay ninguna «voluntad eterna» que-quiera.
Esta arrogancia y esta necedad púselas yo en lugar de aquella voluntad cuando enseñé: «En todas las cosas sólo una es imposible- ¡racionalidad!
Un poco de razón, ciertamente, una semilla de sabiduría, esparcida entre estrella y estrella, - esa levadura está mezclada en todas las cosas: ¡por amor a la necedad haz mezclada sabiduría en todas las cosas!
Un poco de sabiduría sí es posible; mas ésta fue la bienaventurada seguridad que encontré en todas las cosas: que prefieren - bailar sobre los pies del azar.
Oh cielo por encima de mí, ¡tú puro!, ¡elevado! Ésta es para mí tu pureza, ¡que no existe ninguna eterna araña y ninguna eterna telarana de la razón: -
- que tú eres para mi una pista de baile para azares divinos, que tú eres para mí una mesa de dioses para dados y jugadores divinos!
Pero ¿te sonrojas? ¿He dicho tal vez cosas que no pueden decirse? ¿He blasfemado queriendo bendecirte?
¿O acaso es el pudor compartido el que te ha hecho enrojecer? ¿Acaso me ordenas irme y callar porque ahora - viene el día?
El mundo es profundo -: y más profundo de lo que nunca ha pensado el día. No a todas las cosas les es lícito tener palabras antes del día. Pero el día viene: ¡por eso ahora nos separamos!
Oh cielo por encima de mí, ¡tú pudoroso!, ¡ardiente! ¡Oh  tú felicidad mía antes de la salida del sol! El día viene: ¡por eso ahora nos separamos! -

Así habló Zaratustra.


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De la virtud empequeñecedora


Cuando Zaratustra estuvo de nuevo en tierra firme no marchó derechamente a su montaña y a su caverna, sino que hizo muchos caminos y preguntas y se informó de esto y de lo otro, de modo que, bromeando, decía de sí mismo: «¡He aqui un río que con numerosas curvas refluye hacia la fuente!»
Pues quería enterarse de lo que entretanto había ocurrido con el hombre: si se había vuelto más grande o más pequeño. Y en una ocasión vio una fila de casas nuevas; entonces se maravilló y dijo:
¿Qué significan esas casas? ¡En verdad, ningún alma grande las ha colocado ahí como símbolo de sí misma!
¿Las sacó acaso un niño idiota de su caja de juguetes? ¡Ojalá otro niño vuelva a meterlas en su caja!
Y esas habitaciones y cuartos: ¿pueden salir y entrar ahí varones? Parécenme hechas para muñecas de seda; o para gatos golosos, que también permiten sin duda que se los golosinee a ellos.
Y Zaratustra se detuvo y reflexionó. Finalmente dijo turbado:«¡Todo se ha vuelto más pequeño!
Por todas partes veo puertas mas bajas: quien es de mi especie puede pasar todavía por ellas sin duda - ¡pero tiene que agacharse!
Oh, cuándo regresaré a mi patria, donde ya no tengo que agacharme - ¡dónde ya no tengo que agacharme ante los pequeños!»- Y Zaratustra suspiró y miró a la lejanía. -
Y aquel mismo día pronunció su discurso sobre la virtud empequeñecedora.

2
Yo camino a través de este pueblo y mantengo abiertos mis ojos: no me perdonan que no esté envidioso de sus virtudes.
Tratan de morderme porque les digo: para gentes pequeñas son necesarias virtudes pequeñas - ¡Y porque me resulta duro que sean necesarias gentes pequeñas!
Todavía me parezco aquí al gallo caído en corral ajeno, al que picotean incluso las gallinas; sin embargo, no por ello me enfado yo con estas gallinas.
Soy cortés con ellas, como con toda molestia pequeña; ser espinoso con lo pequeño paréceme una sabiduría de  erizos.
Todos ellos hablan de mí cuando por las noches están sentados en torno al fuego - hablan de mí, mas nadie piensa - ¡en mí!
Éste es el nuevo silencio que he aprendido: su ruido a mi alrededor extiende un manto sobre mis pensamientos.
Meten ruido entre ellos: «¿Qué quiere de nosotros esa nube sombría? Cuidemos de que no nos traiga una peste!»
Y hace poco una mujer atrajo a sí violentamente a su hijo, que querla venir a mí: «¡llevaos los niños!», gritó; «esos ojos chamuscan las almas infantiles»
Tosen cuando yo hablo: creen que toser es un argumento contra vientos poderosos - ¡no adivinan nada del rugir de mi felicidad!
«Todavía tenemos tiempo para Zaratustra» - esto es lo que objetan; pero ¿qué importa un tiempo que «no tiene tiempo» para Zaratustra?
Y hasta cuando me alaban: ¡cómo podría yo adormecerme sobre su alabanza! Un cinturón de espinas es para mí su alabanza: me araña todavía después de haberlo apartado de mí.
Y también he aprendido esto entre ellos: el que alaba se imagina que restituye algo, ¡pero en verdad quiere recibir más regalos!
¡Preguntad a mi pie si le agrada la forma de alabar y de atraer de ellos! En verdad, a ese ritmo y a ese tictac no le gusta a mi pie ni bailar ni estar quieto.
Hacia la virtud pequeña quisieran atraerme y elogiármela; hacia el tictac de la felicidad pequeña quisieran persuadir a mi pie.
Camino a través de este pueblo y mantengo abiertos los ojos: se han vuelto más pequeños y se vuelven cada vez más pequeños: -y esto se debe a su doctrina acerca de la felicidad y la
virtud.
En efecto, también en la virtud son modestos - pues quieren comodidad. Pero con la comodidad no se aviene más que la virtud modesta.
Sin duda ellos aprenden también, a su manera, a caminar y a marchar hacia adelante: a esto lo llamo yo su renquear -. Con ello se convierten en obstáculos para todo el que tiene prisa.
Y algunos de ellos marchan hacia adelante y, al hacerlo, miran hacia atrás, con la nuca rígida: a éstos me gusta atropellarlos.
Pies y ojos no deben mentirse ni desmentirse mutuamente. Pero hay demasiada mentira entre las gentes pequeñas.
Algunos de ellos quieren, pero la mayor parte únicamente son queridos. Algunos de ellos son auténticos, pero la mayoría son malos comediantes.
Hay entre ellos comediantes sin saberlo y comediantes sin quererlo -, los auténticos son siempre raros, y en especial los comediantes auténticos.
Hay aquí pocos varones: por ello se masculinizan sus mujeres. Pues sólo quien es bastante varón - redimirá en la mujer - a  la mujer.
Y la hipocresia que peor me pareció entre ellos fue ésta: que también los que mandan fingen hipócritamente tener las virtudes de quienes sirven.
«Yo sirvo, tú sirves, nosotros servimos» - asi reza aquí también la hipocresía de los que dominan, - ¡Y ay cuando el primer señor es tan sólo  el  primer servidor!'
Ay, también en sus hipocresías se extravió volando la curiosidad de mis ojos; y bien adiviné yo toda su felicidad de moscas y su zumbar en torno a soleados cristales de ventanas.
Cuanta bondad veo, esa misma debilidad veo. Cuanta justicia y compasión veo, esa misma debilidad veo.
Redondos, justos y bondadosos son unos con otros, así como son redondos, justos y bondadosos los granitos de arena con los granitos de arena.
Abrazar modestamente una pequeña felicidad - ¡a esto lo llaman ellos «resignación»! Y al hacerlo, ya bizquean con modestia hacia una pequeña felicidad nueva.
En el fondo lo que más quieren es simplemente una cosa: que nadie les haga daño. Asi son deferentes con todo el mundo y le hacen bien.
Pero esto es cobardía: aunque se llame «virtud». - Y cuando alguna vez estas pequeñas gentes hablan con aspereza: yo escucho allí tan sólo su ronquera, - cualquier corriente de aire, en efecto, los pone roncos.
Son listos, sus virtudes tienen dedos listos. Pero les faltan los puños, sus dedos no saben esconderse detrás de puños.
Virtud es para ellos lo que vuelve modesto y manso: con ello han convertido al lobo en perro, y al hombre mismo en el mejor animal doméstico del hombre.
«Nosotros ponemos nuestra silla en el medio - esto me dice su sonrisa complacida - y a igual distancia de los gladiadores moribundos que de las cerdas satisfechas.»
Pero esto es - mediocridad: aunque se llame moderación.

3
Yo camino a través de este pueblo y dejo caer algunas palabras: mas ellos no saben ni tomar ni conservar.
Se extrañan de que yo no haya venido a censurar placeres ni vicios; ¡y en verdad, tampoco he venido a poner en guardia contra los carteristas!
Se extrañan de que no esté dispuesto a hacer aún más avisada y aguda su listeza: ¡como si ellos no tuvieran ya suficiente número de listos, cuya voz rechina a mis oídos igual que los pizarrines!
Y cuando yo clamo: «Maldecid a todos los demonios cobardes que hay en vosotros, a los que les gustaría gimotear y juntar  las manos y adorar»!-: entonces ellos claman: «Zaratustra es ateo».
Y en especial claman así sus maestros de resignación -; mas precisamente a éstos me gusta gritarles al oído:¡Sí! ¡Yo soy Zaratustra el ateo!
¡Estos maestros de resignación! En todas partes en donde hay algo pequeño y enfermo y tiñoso se deslizan ellos, igual que piojos; y sólo mi asco me impide aplastarlos.
¡Bien! Este es mi sermón para sus oídos: yo soy Zaratustra el ateo, el que dice «¡quién es más ateo que yo, para disfrutar de su enseñanza!»'
Yo soy Zaratustra el ateo: ¡dónde encuentro a mis iguales! Y mis iguales son todos aquellos que se dan a sí mismos su propia voluntad y apartan de sí toda resignación.
Yo soy Zaratustra el ateo: yo me cuezo en mi puchero cualquier azar. Y sólo cuando está allí completamente cocido, le doy la bienvenida, como alimento mío.
Y en verdad, más de un azar llegó hasta mí con aire señorial: pero más señorialmente aún le habló mi voluntad, - y entonces se puso de rodillas implorando - - implorando para encontrar en mi un asilo y un corazón, y diciendo halagadoramente: «¡Mira, oh Zaratustra, cómo sólo el amigo viene al amigo!»
Sin embargo, ¡para qué hablar si nadie tiene mis oídos! Y por eso quiero clamar a todos los vientos:
¡Vosotros os volvéis cada vez más pequeños, gentes pequeñas! ¿Vosotros os hacéis migajas, oh cómodos! ¡Vosotros vais a la ruina - - a causa de vuestras muchas pequeñas virtudes, a causa de vuestras muchas pequeñas omisiones, a causa de vuestras muchas pequeñas resignaciones!
Demasiado indulgente, demasiado condescendiente: ¡así es vuestro terreno! ¡Mas para volverse grande, un árbol ha de echar duras raíces en torno a rocas duras!
También lo que vosotros omitís teje en el tejido de todo eje futuro humano; también vuestra nada es una telaraña y una araña que vive de sangre del futuro.
Y cuando vosotros tomáis algo, eso es como un hurto, vosotros pequeños virtuosos; mas incluso entre bribones dice el honor: «Se debe hurtar tan sólo cuando no se puede robar».
«Se da» - ésta es también una doctrina de la resignación. Pero yo os digo a vosotros los cómodos: ¡se toma, y se tomará cada vez más de vosotros!
¡Ay, ojalá alejaseis de vosotros todo querer a medias y os volvieseis decididos tanto para la pereza como para la acción!
Ay,ojalá entendieseis mi palabra: «¡Haced siempre lo que queráis, - pero sed primero de aquellos que pueden querer!»
«¡Amad siempre a vuestros projimos igual que a vosotros, - pero sed primero de aquellos que a sí mismos se aman-  que aman con el gran amor, que aman con el gran desprecio!   Así habla Zaratustra el ateo.
¡Mas para qué hablar si nadie tiene mis oídos! Aquí es todavía una hora demasiado temprana para mí.
Mi propio precursor soy yo en medio de este pueblo, mi propio canto del gallo a través de oscuras callejuelas.
¡Pero la hora de ellos llega! ¡Y llega también la mía! De hora en hora se vuelven más pequeños, más pobres, más estériles, - ¡pobre vegetación!, ¡pobre terreno!
Y pronto estarán ante mí como hierba seca y como rastrojo, y, en verdad, cansados de sí mismos - ¡y, aún más que de agua, sedientos de fuego!
¡Oh hora bendita del rayo! ¡Oh misterio antes del mediodía! - En fuegos que se propagan voy a convertirlos todavía alguna vez, y en mensajeros con lenguas de fuego -ellos deben anunciar alguna vez con lenguas de fuego: ¡llega, está próximo el gran mediodía!

Así habló Zaratustra.



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En el monte de los olivos

El invierno, mal huesped, se ha asentado en mi casa; azuladas se han puesto mis manos del apretón de manos de su amistad.
Yo honro a este mal huésped, pero me gusta dejarlo solo. Me gusta alejarme de él; ¡y si uno corre bien, consigue escaparse de él!
Con pies calientes y pensamientos calientes corro yo hacia donde el viento está tranquilo, - hacia el rincón soleado de mi monte de los olivos.
Allí me río de mi severo huésped, y hasta le estoy agradecido porque me expulsa de casa las moscas y hace callar muchos pequeños ruidos.
Él no soporta, en efecto, que se ponga a cantar un solo mosquito, y mucho menos dos; incluso a la calleja la deja tan solitaria que la luna tiene miedo de penetrar en ella por la noche.
Es un huésped duro, - pero yo lo honro, y no rezo, como los delicados, al panzudo ídolo del fuego.
¡Es preferible dar un poco diente con diente que adorar ídolos! - así lo quiere mi modo de ser. Y soy especialmente hostil a todos los ardorosos, humeantes y enmohecidos ídolos del fuego.
A quien yo amo, lo amo mejor en el invierno que en el verano; y ahora me burlo de mis enemigos, y lo hago más cordialmente desde que el invierno se ha asentado en mi casa.
Cordialmente en verdad, incluso cuando me arrastro a la cama -: allí continúa riendo y gallardeando mi encogida felicidad; incluso mis sueños embusteros se ríen.
¡Yo uno - que se arrastra! Jamás me he arrastrado en mi vida ante los poderosos; y si alguna vez mentí, mentí por amor. Por ello estoy contento incluso en la cama de invierno.
Una cama sencilla me calienta más que una cama rica, pues estoy celoso de mi pobreza. Y en invierno es cuando ella más fiel me es.
Con una maldad comienzo cada día, con un baño frio me burlo del invierno: eso hace gruñir a mi severo amigo de casa.
'Iàmbién me gusta hacerle cosquillas con una velita de cera: para que permita por fin que el cielo salga de un crepúsculo ceniciento.
Especialmente maligno soy, ciertamente, por la mañana: a una hora temprana, cuando el cubo rechina en el pozo y los caballos relinchan por las grises callejas: - aguardo impaciente a que acabe de levantarse el cielo luminoso, el cielo invernal de barbas de nieve, el anciano de blanca cabeza, -
- ¡el cielo invernal, callado, que a menudo guarda en secreto incluso su sol!
¿Acaso de él he aprendido yo el prolongado y luminoso callar?  ¿O lo ha aprendido él de mí? ¿O acaso cada uno de nosotros lo ha inventado por sí solo?
El origen de todas las cosas buenas es de mil formas diferentes, - todas las cosas buenas y petulantes saltan de placer a la existencia: ¡cómo iban a hacerlo tan sólo - una sola vez!
Una cosa buena y petulante es también el largo silencio y el mirar, lo mismo que el cielo invernal, desde un rostro luminoso de ojos redondos:
- como él, guardar en secreto el propioso y la propia indómita voluntad solar: ¡en verdad, ese arte y esa invernal petulancia los he aprendido bien!
Mi maldad y mi arte más queridos están en que mi silencio haya aprendido a no delatarse por el callar.
Haciendo ruido con palabras y con dados consigo yo engañar a mis solemnes guardianes: a todos esos severos espías deben escabullírseles mi voluntad y mi finalidad.
Para que nadie hunda su mirada en mi fondo y en mi voluntad última, - para ello me he inventado el prolongado y luminoso callar.
Así he encontrado a más de una persona inteligente: se cubría el rostro con velos y enturbiaba su agua para que nadie pudiera verla a través de aquéllos y hacia abajo de ésta.
Pero cabalmente a él acudían hombres desconfiados y cascanueces aún más inteligentes: ¡cabalmente a él le pescaban su pez más escondido!
Pero los luminosos, los bravos, los transparentes - ésos son para mí los más inteligentes de todos los que callan: su fondo es tan profundo que ni siquiera el agua más clara - lo traiciona.
¡Tú silencioso cielo invernal de barbas de nieve, tú cabeza blanca de redondos ojos por encima de mí! ¡Oh tú símbolo celeste de mi alma y de su petulancia!
¿Y no tengo que esconderme, como alguien que ha tragado oro, -para que no me abran con un cuchillo el alma?
¿No tengo que llevar zancos, para que no vean mis largas piernas, - todos esos envidiosos y apenados que me rodean?
Esas almas sahumadas, caldeadas, consumidas, verdinosas, amargadas ¡cómo podría su envidia soportar mi felicidad!
Por ello les enseño tan sólo el hielo y el invierno sobre mis cumbres - ¡y no que mi montaña se ciñe también en torno a si todos los cinturones del sol!
Ellos oyen silbar tan sólo mis tempestades invernales: y no que yo navego también por mares cálidos, como lo hacen los anhelosos, graves, ardientes vientos del sur.
Ellos continúan sintiendo lástima de mis reveses y de mis azares: - pero mi palabra dice: «¡Dejad venir a mí el azar: es inocente, como un niño pequeño
¡Cómo podrían ellos soportar mi felicidad si yo no colocara en torno a ella reveses, y miserias invernales, y gorras de oso blanco, y velos de cielo nevoso!
- ¡si yo no tuviera lástima aun de su compasión: de la compasión de esos envidiosos y apenados!
- si yo mismo no suspirase y temblase de frío ante ellos, y  no me dejase envolver pacientemente en su misericordia!
Ésta es la sabia petulancia y la sabia benevolencia de mi alma, el no ocultar su invierno ni sus tempestades de frío; tampoco oculta sus sabañones.
La soledad de uno es la huida propia del enfermo; la soledad de otro, la huida de los enfermos.
¡Que me oigan crujir y sollozar, a causa del frío del invierno, todos esos pobres y bizcos bribones que me rodean! Con tales suspiros y crujidos huyo incluso de sus cuartos caldeados.
Que me compadezcan y sollocen conmigo a causa de mis sabañones: «¡En el hielo del conocimiento él nos helará incluso a nosotros!» - así se lamentan.
Entretanto yo corro con pies calientes de un lado para otro en mi monte de los olivos: en el rincón soleado de mi monte de los olivos yo canto y me burlo de toda compasión .

Así cantó Zaratustra.



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Del pasar de largo

Así, atravesando lentamente muchos pueblos y muchas ciudades volvía Zatatustra, dando rodeos, hacia sus montanas y su caverna. Y he aquí que también llegó, sin darse cuenta, a la puerta de la gran ciudad: pero allí un necio cubierto de espumarajos saltó hacia él con las manos extendidas y le cerró el paso. Y éste era el mismo necio que el pueblo llamaba «el mono de Zaratustra»: pues había copiado algo de la construcción y del tono de sus discursos y le gustaba también tomar en préstamo ciertas cosas del tesoro de su sabiduría. Y el necio dijo así a Zaratustra:
«Oh, Zaratustra, aquí está la gran ciudad: aquí tú no tienes
nada que buscar y todo que perder.
¿Por qué querrías vadear este fango? ¡Ten compasión de tu piel! Es preferible que escupas a la puerta de la ciudad - ¡y te des la vuelta!
Aquí está el infierno para los pensamientos de eremitas: aquí a los grandes pensamientos se los cuece vivos y se los reduce a papilla.
Aquí se pudren todos los grandes sentimientos: ¡aquí sólo a los pequeños sentimientos muy flacos les es lícito crujir.
¿No percibes ya el olor de los mataderos y de los figones del espíritu? ¿No exhala esta ciudad el vaho del éspíritu muerto en el matadero?
¿No ves pender las almas como pingajos desmadejados y sucios? - ¡Y hacen hasta periódicos de esos pingajos!
¿No oyes cómo aquí el espíritu se ha transformado en un juego de palabras? ¡Una repugnante enjuagadura de palabras vomita el espíritu! - ¡Y hacen hasta periódicos con esa enjuagadura de palabras!
Se provocan unos a otros, y no saben a qué. Se acaloran unos con otros, y no saben para qué. Cencerrean con su hojalata, tintinean con su oro.
Son fríos y buscan calor en los aguardientes; están acalorados y buscan frescura en espíritus congelados; todos ellos están enfermizos y calenturientos de opiniones públicas.
Todos los placeres y todos los vicios tienen aquí su casa; pero también hay virtuosos aquí, hay mucha virtud obsequiosa y asalariada: -
Mucha virtud obsequiosa, con dedos de escribano y con un trasero duro a fuerza de aguardar, bendecida con pequeñas estrellas para el pecho y con hijitas rellenadas de paja y carentes de culo.
También hay aquí mucha piedad, y mucho crédulo servilismo, y mucho adulador pasteleo ante el dios de los ejércitos.
«De arriba» es de donde gotean, en efecto, la estrella y el esputo benigno; hacia arriba se levanta anheloso todo pecho sin estrellas.
La luna tiene su corte, y la corte tiene sus imbéciles: mas a todo lo que viene de la corte le imploran el pueblo de mendigos y toda obsequiosa virtud de pordioseros.
«Yo sirvo, tú sirves, nosotros servimos» - así eleva sus plegarias al príncipe toda virtud obsequiosa: ¡para que la merecida estrella se prenda por fin al estrecho tórax!
Mas la luna continúa girando en torno a todo lo terreno: asi continúa girando también el príncipe en torno a lo más terreno de todo -: y eso es el oro de los tenderos.
El dios de los ejércitos no es el dios de las barras de oro; el príncipe propone ¡pero el tendero- dispone!
¡Por todo lo que en ti es luminoso, y fuerte, y bueno, oh Zaratustra! ¡Escupe a esta ciudad de tenderos y date la vuelta!
Aquí toda sangre corre perezosa y roja y espumosa por todas las venas: ¡escupe a la gran ciudad, que es el gran vertedero donde espumea junta toda la escoria!
Escupe a la ciudad de las almas aplastadas y de los pechos estrechos, de los ojos afilados, de los dedos viscosos - - a la ciudad de los importunos, de los desvergonzados, de los escritorzuelos y vocingleros, de los ambiciosos sobrerecalentados: -
- en donde todo lo podrido, desacreditado, lascivo, sombrío, superputrefacto, ulcerado, conjurado supura todo junto: -
- ¡escupe a la gran ciudad y date la vuelta!» - -

Pero aqui Zaratustra interrumpió al necio cubierto de espumarajos y le tapó la boca.
«¡Acaba de una vez!, gritó Zaratustra, ¡hace ya tiempo que tus palabras y tus modales me producen náuseas!
¿Por qué has habitado durante tanto tiempo en la ciénaga, hasta el punto de que tú mismo tuviste que convertirte en rana y en sapo?
¿No corre incluso por tus venas una perezosa y espumosa sangre de ciénaga, de modo que también tú has aprendido a croar y a blasfemar así?
¿Por qué no te has marchado tú al bosque?  ¿O has arado la tierra? ¿No está acaso el mar lleno de verdes islas?
Yo desprecio tu despreciar; y puesto que me has advertido a mí, - ¿por qué no te advertiste a ti?
Sólo del amor deben salir volando mi despreciar y mi pájaro amonestador: ¡pero no de la ciénaga! -
Te llaman mi mono, necio cubierto de espumarajos: mas yo te llamo mi cerdo gruñón, - con tu gruñido me estropeas incluso mi elogio de la necedad.
¿Qué fue, pues, lo que te llevó a gruñir? El que nadie te haya adulado bastante: - por eso te pusiste junto a esta inmundicia, para tener motivo de gruñir mucho.
-¡para tener motivo de vengarte mucho! ¡Venganza, en efecto, necio vanidoso, es todo tu echar espumarajos, yo te he adivinado bien!
¡Pero tu palabra de necio me perjudica incluso allí donde tienes razón! Y si la palabra de Zaratustra tuviese incluso cien veces razón: ¡con mi palabra tú siempre harías - la sinrazón!
Asi habló Zaratustra; y contempló la gran ciudad; suspiró y calló durante largo tiernpo. Finalmente, dijo así:

Me produce náuseas también esta gran ciudad, y no sólo este necio. Ni en una ni en otro hay nada que mejorar, nada que empeorar.
¡Ay de esta gran ciudad!'. - ¡Yo quisiera ver ya la columna de fuego que ha de consumirla!
Pues tales columnas de fuego deben preceder al gran mediodía. Mas éste tiene su tiempo y su propio destino.
Esta enseñanza te doy a ti, necio, como despedida: donde no se puede continuar amando se debe - ¡pasar de largo!

Así habló Zaratustra y pasó de largo junto al necio y la gran ciudad.


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De los apóstatas


Ay, ¿ya está marchito y gris todo lo que hace un momento estaba aún verde y multicolor en este prado? ¡Y cuánta miel de esperanza he extraído yo de ahí para llevarla a mis colmenas!
Todos estos corazones jóvenes se han vuelto ya viejos, - ¡y ni siquirra viejos!, sólo cansados, vulgares, cómodos: - dicen "hemos vuelto a hacernos
piadosos»'
Hace todavía un momento los veía yo salir afuera a hora temprana para correr con pies valientes: pero sus pies del conocímiento se han cansado, ¡y ahora calumnian incluso su valentía matinal!
En verdad, algunos de ellos levantaron en otro tiempo las piernas como un bailarín, a ellos hízoles señas la risa que hay en mi sabiduría: - entonces se pusieron a reflexionar. Y acabo de verlos curvados - arrastrándose hacia la cruz.
En torno a la luz y a la libertad revoloteaban en otro tiempo como mosquitos y jovenes poetas. Un poco más viejos, un poco más fríos: y ya son hombres oscuros, y refunfuñadores y trashogueros.
¿Se acobardó acaso su corazón porque la soledad, como una ballena, me tragó? ¿Tal vez sus oídos, anhelosos, estuvieran esperándome en vano largo tiempo a mí y a mis toques de trompeta y a mis gritos de heraldo?
- ¡Ay! Pocos son siempre aquellos cuyo corazón tiene un largo valor y una larga arrogancia; y en éstos tampoco el espíritu deja de ser paciente. Pero el resto es cobarde.
El resto: son siempre los más, los triviales, los sobrantes, los demasiados - ¡todos ellos son cobardes!
A quien es de mi especie le saldrán también al encuentro las vivencias de mi especie: de modo que sus primeros compañeros tienen que ser cadáveres y bufones.
Pero sus segundos compañeros - se llamarán sus creyentes: un enjambre animado, mucho amor, mucha tontería, mucha veneración imberbe.
¡A estos creyentes no debe ligar su corazón el que entre los hombres sea de mi especie; en estas primaveras y en estos multicolores prados no debe creer quien conoce la huidiza y cobarde especie humana!
Si pudiesen de otro modo,entonces querrían también de otro modo. Las gentes de medias tintas corrompen todo el conjunto. El que las hojas se marchiten, - ¡qué hay que lamentar en ello!
¡Déjalas ir y caer, oh Zaratustra, y no te lamentes! Es preferible que soples entre ellas con vientos veloces, -
- que soples entre las hojas, oh Zaratustra: ¡para que todo lo marchito se aleje de ti aún más rápidamente! -

2
«Hemos vuelto a hacernos piadosos» - así confiesan estos apóstatas; y algunos de ellos son incluso demasiado cobardes para confesarlo.
A éstos los miro a los ojos, - a éstos les digo a la cara y al rubor de sus mejillas: ¡vosotros sois los que vuelven a rezar!
¡Pero rezar es una vergüenza! No para todos, pero si para ti y para mí y para quien tiene su conciencia también en la cabeza.¡Para ti es una vergüenza rezar!
Lo sabes bien: el demonio cobarde que hay dentro de ti, a quien le gustaría juntar las manos y cruzarse de brazos y sentirse más cómodo: - ese demonio cobarde te dice: «¡Existe Dios!
Pero con ello formas parte de la oscurantista especie de  aquellos a quienes la luz no les deja nunca reposo; ¡ahora tienes que esconder cada día más hondo tu cabeza en la noche y en la bruma!
Y en verdad, has escogido bien la hora: pues en este momento salen a volar de nuevo las aves nocturnas. Ha llegado la hora de todo pueblo enemigo de la luz, ha llegado la hora vespertina y de fiesta en que no - «se hace fiesta».
Lo oigo y lo huelo: ha llegado la hora de su caza y de su procesión: no, ciertamente, la hora de una caza salvaje, sino de una caza mansa, tullida, husmeante Y propia de gentes que andan sin ruido y rezan sin ruido,
- de una caza para cazar gentes mojigatas y de mucha alma: ¡todas las ratoneras de corazones están ahora apostadas de nuevo! Y si levanto una cortina, allí se precipita fuera una mariposita nocturna.
¿Es que acaso estaba acurrucada allí con otra mariposita nocturna? Pues por todas partes siento el olor de pequeñas comunidades agazapadas; y donde existen conventículos, allí dentro hay nuevos rezadores y vaho de rezadores.
Durante largas noches se sientan unos junto a otros y dicen: «¡Hagámonos de nuevo como niños pequeños y digamos "Dios mío!, - con la cabeza y el estómago estropeados por los piadosos confiteros.
O contemplan durante largas noches una astuta y acechante araña crucera, que predica también astucia a las arañas y enseña así: «¡Bajo las cruces es bueno tejer la tela!»
O se sientan durante el día, con cañas de pescar, junto a ciénagas, y con ello se creen profundos; ¡mas a quien pesca allí donde no hay peces, yo ni siquiera lo llamo superficial!
O aprenden a tocar el arpa, con piadosa alegría, de un coplero que de muy buena gana se insinuaría con el arpa en el corazón de las jovencillas: - pues se ha cansado de las viejecillas y de sus alabanzas.
O aprenden a estremecerse de horror con un semiloco docto que aguarda en oscuras habitaciones a que los espíritus se le aparezcan - ¡y el espíritu escapa de allí completamente!
O escuchan con atención a un ronroneante y gruñidor músico viejo y vagabundo que aprendió de los vientos sombríos el tono sombrío de sus sonidos; ahora silba a la manera del viento y predica tribulación con tonos atribulados.
Y algunos de ellos se han convertido incluso en vigilantes nocturnos: éstos entienden ahora de soplar en cuernos y de rondar por la noche y de desvelar cosas viejas, que hace ya mucho tiempo que se adormecieron.
Cinco frases sobre cosas viejas oí yo ayer por la noche junto al muro del jardín: venían de tales viejos, atribulados y secos vigilantes nocturnos.
«Para ser un padre, no se preocupa bastante de sus hijos: ¡los padres-hombres lo hacen mejor!» -
«¡Es demasiado viejo! Ya no se preocupa en absoluto de sus hijos» - respondió el otro vigilante nocturno..
«Pero ¿tiene hijos?  ¡Nadie puede demostrarlo si él mismo no lo demuestra! Hace ya mucho tiempo que yo quisiera que lo demostrase alguna vez de verdad.»
«¿Demostrar? ¡Como si él hubiera demostrado alguna vez algo! El demostrar le resulta difícil; da mucha importancia a que se le crea.»
«¡Sí! ¡Sí! La fe le hace bienaventurado, la fe en él. ¡Tal es el modo de ser de los viejos! ¡Así nos va también a nosotros!» -
- De este modo hablaron entre sí los dos viejos vigilantes nocturnos y los dos temerosos de la luz, y después se pusieron, atribulados, a soplar en sus cuernos: esto ocurrió ayer por la noche junto al muro del jardín.
Pero a mi el corazón se me retorcía de risa, y queria explotar, y no sabía hacia dónde, y se hundió en el diafragma.
En verdad, ésta llegará a ser mi muerte, asfixiarme de risa al ver asnos ebrios y al oir a vigilantes nocturnos dudar de Dios.
¿No hace ya mucho que pasó el tiempo de tales dudas? ¡A quién le es lícito seguir desvelando tales cosas viejas y adormecidas, que temen la luz!
Los viejos dioses hace ya mucho tiempo, en efecto, que se acabaron: - ¡y en verdad, tuvieron un buen y alegre final de dioses!
No encontraron la muerte en un «crepúsculo», - ¡ésa es la mentira que se dice! Antes bien, encontraron su propia muerte ¡riéndose!
Esto ocurrió cuando la palabra más atea de todas fue pronunciada por un dios mismo,- la palabra: «¡Existe un único dios! ¡No tendrás otros dioses junto a mi!» -
- un viejo dios huraño, un dios celoso se sobrepasó de ese modo: -
Y todos los dioses rieron entonces, se bambolearon en sus asientos y gritaron: «¿No consiste la divinidad precisamente en que existan dioses, pero no dios?»-
El que tenga oídos, oiga. -

Así dijo Zaratustra en la ciudad que él amaba y que se denomina «La Vaca Multicolor». Desde allí, en efecto, le faltaban tan sólo dos días de camino para retornar a su caverna y a sus animales; y su alma se regocijaba continuamente por la proximidad de su retorno a casa. -



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El retorno a casa

Oh soledad! ¡Tú patria mía, soledad! ¡Ha sido demasiado el tiempo que he vivido de modo salvaje en salvajes países extraños como para que no retorne a ti con lágrimas en los ojos!
Pero ahora amenázame tan sólo con el dedo, como amenazan las madres, ahora sonríeme como sonrien las madres, ahora di únicamente: «¿Y quién fue el que, en otro tiempo, como un viento tempestuoso se alejó de mí? -
- que al despedirse exclamó: ¡demasiado tiempo he estado sentado junto a la soledad, allí he desaprendido a callar! ¿Esto - lo has aprendido ahora acaso?
Oh Zaratustra, yo lo sé todo: ¡Y que tú has estado más abandonado entre los muchos, tú uno solo, que jamás lo estuviste a mi lado!
Una cosa es abandono, y otra cosa distinta, soledad: ¡Esto - lo has aprendido ahora! Y que entre los hombres serás tú siempre salvaje y extraño:
- salvaje y extraño aun cuando te amen: ¡pues lo que ellos quieren ante todo es que se los trate con indulgencia!
Mas aquí, en tu casa, aquí te hallas en tu patria y en tu hogar; aquí puedes decirlo todo y manifestar con franqueza todas tus razones, nada se avergüenza aquí de sentimientos escondidos, empedernidos.
Aquí todas las cosas acuden acariciadoras a tu discurso y te halagan: pues quieren cabalgar sobre tu espalda.Sobre todos los simbolos cabalgas tú aquí hacia todas las verdades.
Con franqueza y sinceridad te es lícito hablar aquí a todas las cosas: y, en verdad, como un elogio suena a sus oídos el que alguien hable con todas las cosas - ¡derechamente!
Pero otra cosa distinta es el estar abandonado. Pues ¿lo sabes aún, Zaratustra? Cuando en otro tiempo tu pájaro lanzó un grito por encima de ti, hallándote tú en el bosque, sin saber adónde ir, inexperto, cerca de un cadáver: -
- y tú dijiste: ¡que mis animales me guíen! He encontrado más peligros entre los hombres que entre los animales - ¡aquello era abandono!
¿Y lo sabes aún, oh Zaratustra? Cuando estabas sentado en tu isla, siendo una fuente de vino entre cántaros vacíos, dando y repartiendo, regalando y escanciando entre sedientos:
- hasta que por fin fuiste tú el único que allí se hallaba sediento entre borrachos, y por las noches te lamentabas "¿tomar no es una cosa más dichosa que dar? ¿Y robar, una cosa más dichosa que tomar? - ¡aquello era abandono!
¿Y lo sabes todavía, oh Zaratustra? Cuando llegó tu hora más silenciosa y te arrastró lejos de ti mismo, cuando ella dijo con un susurro malvado: "¡habla y hazte pedazos! -
- cuando ella te hizo penoso todo tu aguardar y todo tu callar, y desalentó tu humilde valor: ¡aquello era abandono!» -
¡Oh soledad! ¡Tú patria mia, soledad! ¡De qué modo tan bienaventurado y delicado me habla tu voz!
No nos hacemos mutuas preguntas, no nos recriminamos el uno al otro, nosotros atravesamos, abiertos uno para el otro, puertas abiertas.
Porque en ti todo es abierto y claro; y también las horas corren aquí con pies más ligeros. En la oscuridad, en efecto, se hace más pesado el tiempo que en la luz.
Aquí se me abren de golpe las palabras y los armarios de palabras de todo ser: todo ser quiere hacerse aquí palabra, todo devenir quiere aquí aprender a hablar de mí.
Pero allá abajo - ¡allá es vano todo hablar! Allá, olvidar y pasar de largo es la mejor sabiduría: ¡esto - lo he aprendido ahora!
Quien quisiera comprender todo entre los hombres, tendría que atacar todo. Mas yo tengo manos demasiado limpias para eso.
No me gusta respirar su aliento; ¡ay, que yo haya vivido tanto tiempo en medio de su ruido y de su mal aliento!
¡Oh bienaventurado silencio a mi alrededor! ¡Oh puros aromas en torno a mí!. ¡Oh cómo estos silencios aspiran un aire puro desde un pecho profundo! ¡Oh cómo escucha este bienaventurado silencio!
Pero allá abajo - allá todo habla, nada es escuchado. Aunque alguien anuncie su sabiduría con tañidos de campanas: ¡los tenderos del mercado ahogarán su sonido con peniques!
Todo habla entre ellos, nadie sabe ya entender. Todo cae al agua, nada cae ya en pozos profundos.
Todo habla entre ellos, nada se logra ya ni llega a su final.Todo cacarea, mas ¿quién quiere aún sentarse callado en el nido y encobar huevos?
Todo habla entre ellos, todo queda triturado a fuerza de palabras. Y lo que todavía ayer resultaba demasiado duro para el tiempo mismo y para su diente: hoy cuelga, raído y roído, de los hocicos de los hombres de hoy.
Todo habla entre ellos, todo es divulgado. Y lo que en otro tiempo se llamó misterio y secreto de almas profundas, hoy pertenece a los pregoneros de las callejas y a otras mariposas.
¡Oh ser del hombre, extraño ser! ¡Tú ruido en callejas oscuras! Ahora vuelves a yacer por debajo de mí: - ¡mi máximo peligro yace a mis espaldas!
En ser indulgente y compasivo estuvo siempre mi máximo peligro; y todo ser humano quiere que se sea indulgente con él y se le sufra.
Reteniendo las verdades, garabateando cosas con mano de necio, con un corazón chiflado, y echando numerosas mentirillas de compasión: - así he vivido yo siempre entre los hombres.
Disfrazado me sentaba entre ellos, dispuesto a conocerme mal a mí para soportarlos a ellos, y diciéndome gustoso: «¡tú, necio, tú no conoces a los hombres!»
Se desaprende a conocer a los hombres cuando se vive entre ellos: demasiado primer plano hay en todos los hombres, -¡qué tienen que hacer allí los ojos que ven lejos, que buscan lejanias!
Y cuando ellos me conocían mal: yo, necio, los trataba por esto con más indulgencia que a mí mismo: habituado a la dureza conmigo y a menudo vengando en mí mismo aquella indulgencia.
Acribillado por moscas venenosas y excavado, cual la piedra, por la maldad de muchas gotas, asi me hallaba yo sentado entre ellos y me decia además a mi mismo: «¡inocente de su pequeñez es todo lo pequeño!»
Especialmente aquellos que se llaman «los buenos», encontré que ellos eran las moscas más venenosas de todas: clavan el aguijón con toda inocencia, mienten con toda inocencia; ¡cómo serían capaces - de ser justos conmigo!
A quien vive entre los buenos la compasión le enseña a mentir. La compasión vicia el aire a todas las almas libres. La estupidez de los buenos es, en efecto, insondable.
A ocultarme a mí mismo y a ocultar mi riqueza - esto aprendí allá abajo: pues a todos los encontré todavía pobres de espíritu. Ésta fue la mentira de mi compasión, ¡el saber acerca de todos,
- el ver y el oler en todos qué cantidad de espíritu les bastaba y qué cantidad de espíritu les resultaba demasiada!
A sus envarados sabios: yo los llamaba sabios, no envarados, - así aprendí a tragar palabras. A sus sepultureros: yo los llamaba investigadores y escrutadores, - así aprendí a sustituir unas palabras por otras.
Los sepultureros contraen enfermedades a fuerza de cavar. Bajo viejos escombros descansan vapores malsanos. No se debe remover el lodo. Se debe vivir sobre las montañas.
¡Con bienaventuradas narices vuelvo a respirar libertad de montaña! ¡Redimida se halla por fin mi nariz del olor de todo ser humano!
Cosquilleada por agudos vientos, como por vinos espumeantes, mi alma estornuda, - estornuda y grita jubilosa: ¡He sanado!

Así habló Zaratustra.



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De los tres males

En el sueño, en el último sueño matinal, yo me encontraba hoy sobre un promontorio, más allá del mundo, sostenía una balanza y pesaba el mundo.
¡Oh, qué pronto me llegó la aurora: me despertó con su ardor, la celosa! Celosa está ella siempre de los ardores de mi sueño matinal.
Mensurable para quien tiene tiempo, sopesable para un buen pesador, sobrevolable para alas fuertes, adivinable para divinos cascanueces: así encontró mi sueño el mundo: -
Mi sueño, un navegante audaz, a medias barco, a medias borrasca, callado como las mariposas, impaciente cual los halcones de cetrería: ¡cómo tenía hoy, sin embargo, paciencia y tiempo para pesar el mundo!
¿Acaso le alentaba secretamente a ello mi sabiduría, mi riente y despierta sabiduría del día, que se burla de todos los «mundos infinitos»! Pues ella dice: «donde hay fuerza, allí también el número se convierte en dueño: pues tiene más fuerza».
Qué seguro contemplaba mi sueño este mundo finito, lo contemplaba no curioso, no indiscreto, no temeroso, no suplicante: -
- como si una gran manzana se ofreciese a mi mano, una madura manzana de oro, de piel aterciopelada, fresca y suave:
- así se me ofrecía el mundo: -
- como si un árbol me hiciera señas, un árbol de amplio ramaje, de voluntad fuerte, torcido como para ofrecer respaldo e incluso escabel al cansado del camino: así se erguía el mundo sobre mi promontorio:
- como si manos gráciles me tendiesen un cofre, - un cofre abierto, para éxtasis de ojos pudorosos y reverentes: asi se me tendía hoy el mundo: -
- no bastante enigma para espantar de él el amor de los hombres, no bastante solución para adormecer la sabiduría de los hombres: - ¡una cosa humanamente buena era hoy para mí el mundo, al que tantas cosas malas se le atribuyen!
¡Cuánto agradecí a mi sueño matinal el que yo pesase así hoy, al amanecer, el mundo! ¡Como una cosa humanamente buena vino a mí ese sueño y consolador del corazón!
Y para preceder durante el día como él, y para seguirlo e imitarlo en lo mejor de él: quiero yo ahora poner en la balanza las tres cosas más malvadas que existen y sopesarlas de un modo humanamente bueno. -
Quien aprendió aquí a bendecir aprendió también a maldecir: ¿cuáles son en el mundo las tres cosas más maldecidas? Ésas son las que voy a poner en la balanza.
Voluptuosidad, ambición de dominio, egoísmo: estas tres cosas han sido hasta ahora las más maldecidas y de ellas se han dicho las peores calumnias y mentiras, - a estas tres voy a sopesarlas de un modo humanamente bueno.
¡Adelante! Aquí está mi promontorio y ahí, el mar: éste se me acerca arrollándose velludo, adulador, viejo y fiel monstruo canino de cien cabezas que yo amo.
¡Adelante! Aquí quiero yo sostener la balanza sobre el arrollado mar: y también elijo un testigo para que mire, - a ti, árbol solitario, de fuerte aroma, de ancha bóveda, que yo amo!
¿Por qué puente pasa el ahora hacia el futuro?  ¿Cuál es la coacción que compele a lo alto a descender a lo bajo?  ¿Y qué es lo que manda también a lo más alto - que siga ascendiendo?
Ahora la balanza está equilibrada y quieta: tres difíciles
preguntas he echado en ella, tres difíciles respuestas lleva el otro platillo de la balanza.

2
Voluptuosidad: para todos los despreciadores del cuerpo vestidos con cilicios es ella su aguijón y estaca, y, entre todos los trasmundanos, algo maldecido como «mundo»: pues ella se burla y se mofa de todos los maestros de la confusión y del error.
Voluptuosidad: para la chusma, el fuego lento en que se abrasa; para toda la madera carcomida, para todos los pingajos hediondos, el preparado horno ardiente y llameante.
Voluptuosidad: para los corazones libres, algo inocente y libre, la felicidad del jardín terrenal, el desborde de gratitud de todo futuro al ahora.
Voluptuosidad: sólo para el marchito es un veneno dulzón, para los de voluntad leonina, en cambio, es el gran estimulante cordial, y el vino de los vinos respetuosamente tratado.
Voluptuosidad: la gran felicidad que sirve de símbolo a toda felicidad más alta y a la suprema esperanza. A muchas cosas, en efecto, les está prometido el matrimonio y más que el matrimonio, -
- a muchas cosas que son entre sí más extrañas que hombre y mujer: - ¡y quién ha comprendido del todo cuán extraños son entre sí hombre y mujer!
Voluptuosidad: - mas basta, quiero tener vallas alrededor de mis pensamientos, también de mis palabras: ¡para que no entren en mis jardines los cerdos y los exaltados! -
Ambición de dominio: el látigo de fuego para los más duros entre los duros de corazón; el espantoso martirio reservado al más cruel; la sombría llama de piras encendidas.
Ambición de dominio: la maligna traba impuesta a los pueblos más vanidosos; algo que se burla de toda virtud incierta; algo que cabalga sobre todos los corceles y sobre todos los orgullos.
Ambición de dominio: el terremoto que rompe y destruye todo lo putrefacto y carcomido; algo que, avanzando como una avalancha retumbante y castigadora, hace pedazos los sepulcros blanqueados; la interrogación fulminante puesta junto a respuestas prematuras.
Ambición de dominio: ante su mirada el hombre se arrastra y se agacha y se vuelve servil y cae aún más bajo que la serpiente y el cerdo: - hasta que finalmente el gran desprecio grita desde su boca -,
Ambición de dominio: la terrible maestra del gran desprecio, que predica a la cara de ciudades y de imperios «¡fuera tú!» - hasta que de ellos mismos sale este grito «¡fuera yo!»
Ambición de dominio: que, sin embargo, también asciende, con sus atractivos, hasta los puros y solitarios y hasta las alturas que se bastan a sí mismas, ardiente como un amor que pinta seductoramente purpúreas bienaventuranzas en el cielo de la tierra.
Ambición de dominio: ¡mas quién llamaría ambición a que lo alto se rebaje a desear el poder! ¡En verdad, nada malsano ni codicioso hay en tales deseos y descensos!
El que la solitaria altura no quiera permanecer eternamente solitaria y eternamente autosuficiente; el que la montaña descienda al valle y los vientos de la altura a las hondonadas: -
¡oh quién pudiera encontrar el nombre apropiado de una virtud para bautizar este anhelo! ¡Virtud que hace regalos
- este nombre dio Zaratustra en otro tiempo a lo innombrable.
Y entonces ocurrió también, - ¡y, en verdad, ocurrió por vez primera! - que su palabra llamó bienaventurado al egoísmo,  al egoísmo saludable, sano, que brota de un alma poderosa: -
- de un alma poderosa, a la que corresponde el cuerpo elevado, el cuerpo bello, victorioso, reconfortante, en torno al cual toda cosa se transforma en espejo:
- el cuerpo flexible, persuasivo, el bailarín, del cual es símbolo y compendio el alma gozosa de sí misma. El goce de tales cuerpos y de tales almas en sí mismos se da a sí este nombre: «virtud.
Con sus palabras bueno y malo se resguarda tal egoísmo como con bosques sagrados; con los nombres de su felicidad destierra de sí todo lo despreciable.
Lejos de sí destierra el egoísmo todo lo cobarde; dice: lo malo ¡es cobarde! Despreciable le parece a él el hombre siempre preocupado, gimiente, quejumbroso, y quien recoge del suelo incluso las más mínimas ventajas.
Él desprecia también toda sabiduría llorosa: pues, en verdad, existe también una sabiduría que florece en lo oscuro, una sabiduría de las sombras nocturnas: la cual suspira siempre: «¡Todo es vanidad!»
A la medrosa desconfianza la desdeña, así como a todo el que quiere juramentos en lugar de miradas y de manos: y también desdeña toda sabiduría demasiado desconfiada, pues ésta es propia de almas cobardes.
Pero aún más desdeña al que se apresura a complacer a otros,al perruno,que en seguida se echa panza arriba, al humilde; y hay también una sabiduría que es humilde y perruna y piadosa y que se apresura a complacer.
Odioso es para el egoísmo, y nauseabundo, quien no quiere defenderse, quien se traga salivazos venenosos y miradas malvadas, el demasiado paciente, el que todo lo tolera y con todo se contenta: ésta es, en efecto, la especie servil.
Sobre quien es servil frente a los dioses y los puntapiés divinos, o frente a los hombres y las estúpidas opiniones humanas: ¡sobre toda esa especie de siervos escupe él, ese bienaventurado egoísmo!
Malo: así llama él a todo lo que dobla las rodillas y es servil y tacaño, a los ojos que parpadean sin libertad, a los corazones oprimidos, y a aquella falsa especie indulgente que besa con anchos labios cobardes.
Y pseudosabiduría: así llama él a todos los alardes de ingenio de los siervos y de los ancianos y de los cansados; ¡y en especial, a toda la perversa, desatinada, demasiado ingeniosa necedad de los sacerdotes!
Mas tanto la pseudosabiduría, como todos los sacerdotes, los cansados del mundo, y aquellos cuya alma es de la especie de las mujeres y de los siervos, - ¡oh, cómo su juego ha jugado desde siempre malas partidas al egoísmo!
¡Y cabalmente debía ser virtud y llamarse virtud esto, el que se jugasen malas partidas al egoísmo! ¡Y «no egoístas, - así deseaban ser ellos mismos, con buenas razones, todos estos cobardes y arañas cruceras cansados del mundo!
Mas para todos ellos llega ahora el día, la transformación, la espada del juicio, el gran mediodía: ¡entonces se pondrán de manifiesto muchas cosas!
Y quien llama sano y santo al yo, y bienaventurado al egoísmo, en verdad ése dice también lo que sabe, es un profeta: «¡He aquí que viene, que está cerca el gran mediodía!»

Así habló Zaratustra.



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Del espíritu de la pesadez


Mi boca - es del pueblo: yo hablo de un modo demasiado grosero y franco para los conejos de seda. Y aún más extraña les suena mi palabra a todos los calamares y
plumíferos.
Mi mano - es la mano de un necio: ¡ay de todas las mesas y paredes y de todo lo demás que ofrezca espacio para las engalanaduras de un necio, para las emborronaduras de un necio!
Mi pie - es un pie de caballo; con él pataleo y troto a campo traviesa de acá para allá, y todo correr rápido me produce un placer del diablo.
Mi estómago - ¡es acaso el estómago de un águila! Pues lo que más le gusta es la carne de cordero. Con toda seguridad es el estómago de un pájaro.
Un ser que se alimenta con cosas inocentes, y con poco, dispuesto a volar e impaciente de hacerlo, de alejarse volando - ése es mi modo de ser:¡cómo no iba a haber en él algo del modo de ser de los pájaros!
Y, sobre todo, el que yo sea enemigo del espíritu de la pesadez, eso es algo propio de la especie de los pájaros: ¡y, en verdad, enemigo mortal, archienemigo, protoenemig»!
¡Oh, adónde no voló ya y se extravió ya volando mi enemistad!
Sobre ello podría yo cantar una canción - - quiero cantarla: aunque esté yo solo en la casa vacía y tenga que cantar para mis propios oídos.
Otros cantores hay, ciertamente, a los cuales sólo la casa llena vuélveles suave su garganta, elocuente su mano, expresivos sus ojos, despierto su corazón: - yo no me asemejo a ellos. -

2
Quien algún día enseñe a los hombres a volar, ése habrá cambiado de sitio todos los mojones; para él los propios mojones volarán por el aire y él bautizará de nuevo a la tierra, llamándola - «La Ligera».
El avestruz corre más rápido que el más rápido caballo, pero también esconde pesadamente la cabeza en la pesada tierra: así hace también el hombre que aún no puede volar.
Pesadas son para él la tierra y la vida; ¡y así lo quiere el espíritu de la pesadez! Mas quien quiera hacerse ligero y transformarse en un pájaro tiene que amarse a sí mismo: - así enseño yo.
No, ciertamente, con el amor de los enfermos y calenturientos: ¡pues en ellos hasta el amor propio exhala mal olor!
Hay que aprender a amarse a sí mismo - asi enseño yo - con un amor saludable y sano: a soportar estar consigo mismo y a no andar vagabundeando de un sitio para otro.
Semejante vagabundeo se bautiza a sí mismo con el nombre de amor al prójimo»: con esta expresión se han dicho hasta ahora las mayores mentiras y se han cometido las mayores hipocresías, y en especial lo han hecho quienes caían pesados a todo el mundo.
Y en verdad, no es un mandamiento para hoy y para mañana el de aprender a amarse a sí mismo. Antes bien, de todas las artes es ésta la más delicada, la más sagaz, la última y la más paciente:
A  quien tiene algo, en efecto, todo lo que él tiene suele estarle bien oculto; y de todos los tesoros es el propio el último que se desentierra, - así lo procura el espíritu de la pesadez.
Ya casi en la cuna se nos dota de palabras y de valores pesados: «bueno» y «malvado» - así se llama esa dote. Y en razón de ella se nos perdona que vivamos.
Y dejamos que los niños pequeños vengan a nosotros para impedirles a tiempo que se amen a sí mismos: así lo procura el espíritu de la pesadez.
Y nosotros - ¡nosotros llevamos fielmente cargada la dote que nos dan, sobre duros hombros y por ásperas montañas! Y si sudamos, se nos dice: «¡Sí, la vida es una carga pesada!»
¡Pero sólo el hombre es para sí mismo una carga pesada! Y esto porque lleva cargadas sobre sus hombros demasiadas cosas ajenas. Semejante al camello, se arrodilla y se deja cargar bien-.
Sobre todo el hombre fuerte, de carga, en el que habita la veneración: demasiadas pesadas palabras ajenas y demasiados pesados valores ajenos carga sobre sí, - ¡entonces la vida le parece un desierto!
¡Y en verdad! ¡También algunas cosas propias son una carga pesada! ¡Y muchas de las cosas que residen en el interior del hombre son semejantes a la ostra, es decir, nauseabundas y viscosas y difíciles de agarrar -,
- de tal modo que tiene que intervenir en su favor una concha noble, con nobles adornos. Y también hay que aprender este arte: ¡el de tener una concha, y una hermosa apariencia, y una inteligente ceguera!
Una y otra vez nos engañamos acerca de algunas cosas humanas por el hecho de que más de una concha es mezquina y triste y demasiado concha. Mucha bondad y mucha fuerza ocultas no las adivinaremos jamás; ¡los más exquisitos bocados no encuentran quien los sepa saborear!
Las mujeres saben esto, las más exquisitas: un poco más gruesas, un poco más delgadas - ¡oh, cuánto destino depende de tan poca cosa!
El hombre es difícil de descubrir, y descubrirse uno a sí mismo es lo más difícil de todo; a menudo el espíritu miente a propósito del alma. Así lo procura el espíritu de la pesadez.
Mas a sí mismo se ha descubierto quien dice: éste es mi bien y éste es mi mal: con ello ha hecho callar al topo y enano que dice: bueno para todos, malvado para todos».
En verdad, tampoco me agradan aquellos para quienes cualquier cosa es buena e incluso este mundo es el mejor. A éstos los llamo los omnicontentos.
Omnicontentamiento que sabe sacarle gusto a todo: ¡no es éste el mejor gusto! Yo honro las lenguas y los estómagos rebeldes y selectivos, que aprendieron a decir: yo» y «sí» y «no».
Pero masticar y digerir todo - ¡ésa es realmente cosa propia de cerdos! Decir siempre sí - ¡esto lo ha aprendido únicamente el asno y quien tiene su mismo espíritu! -
El amarillo intenso y el rojo ardiente: eso es lo que mi gusto quiere, - él mezcla sangre con todos los colores. Mas quien blanquea su casa me delata un alma blanqueada.
De momias se enamoran unos, otros, de fantasmas; y ambos son igualmente enemigos de toda carne y de toda sangre - ¡oh, cómo repugnan ambos a mi gusto! Pues yo amo la sangre.
Y no quiero habitar ni residir allí donde todo el mundo esputa y escupe: éste es mi gusto, - preferiría vivir entre ladrones y perjuros. Nadie lleva oro en la boca.
Pero aún más repugnantes me resultan todos los que lamen servilmente los salivatos; y el más repugnante bicho humano que he encontrado lo bauticé con el nombre de parásito: éste no ha querido amar, pero sí vivir del amor.
Desventurados llamo yo a todos los que sólo tienen una elección: la de convertirse en animales malvados o en malvados domadores de animales: junto a ellos no levantaría yo mis tiendas.
Desventurados llamo yo a todos aquellos que siempre tienen que aguardar, - repugnan a mi gusto: todos los aduaneros y tenderos y reyes y otros guardianes de países y de comercios.
En verdad, también yo aprendí a aguardar, y a fondo, - pero sólo a aguardarme a mí. Y aprendí a tenerme en pie y a caminar y a correr y a saltar y a trepar y a bailar por encima de todas las cosas.
Y ésta es mi doctrina: quien quiera aprender alguna vez a volar tiene que aprender primero a tenerse en pie y a caminar y a correr y a trepar y a bailar: - ¡el volar no se coge al vuelo!
Con escalas de cuerda he aprendido yo a escalar más de una ventana, con ágiles piernas he trepado a elevados mástiles: estar sentado sobre elevados mástiles del conocimiento no me parecía bienaventuranza pequeña, - flamear como llamas pequeñas sobre elevados mástiles: siendo, ciertamente, una luz pequeña, ¡pero un gran consuelo, sin embargo, para navegantes y náufragos extraviados! -
Por muchos caminos diferentes y de múltiples modos llegué yo a mi verdad; no por una única escala ascendí hasta la altura desde donde mis ojos recorren el mundo.
Y nunca me ha gustado preguntar por caminos, - ¡esto repugna siempre a mi gusto! Prefería preguntar y someter a prueba a los caminos mismos.
Un ensayar y un preguntar fue todo mi caminar: - ¡y en verdad, también hay que aprender a responder a tal preguntar!
Éste - es mi gusto: - no un buen gusto, no un mal gusto, pero sí mi gusto, del cual ya no me avergüenzo ni lo oculto.
«Éste - es mi camino, - ¡dónde está el vuestro!, asi respondía yo a quienes me preguntaban «por el camino». ¡El camino, en efecto, - no existe!

Así habló Zaratustra.



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De tablas viejas y nuevas

1
Aqui estoy sentado y aguardo, teniendo a mi alrededor viejas tablas rotas y también tablas nuevas a medio escribir. ¿Cuándo llegará mi hora?
-la hora de mi descanso, de mi ocaso: una vez más todavía quiero ir a los hombres.
Esto es lo que ahora aguardo: antes tienen que llegarme, en efecto, los signos de que es mi hora, - a saber, el león riente con la bandada de palomas.
Entretanto, como uno que tiene tiempo, me hablo a mí mismo. Nadie me cuenta cosas nuevas: por eso yo me cuento a mí mismo.

2
Cuando fui a los hombres los encontré sentados sobre una vieja presunción: todos presumían saber desde hacía ya mucho tiempo qué es lo bueno y lo malvado para el hombre.
Una cosa vieja y cansada les parecía a ellos todo hablar acerca de la virtud; y quien quería dormir bien hablaba todavía, antes de irse a dormir, acerca del «bien» y del «mal».
Esta somnolencia la sobresalté yo cuando enseñé: lo que es bueno y lo que es malvado, eso no lo sabe todavía nadie: - ¡excepto el creador!
- Mas éste es el que crea la meta del hombre y el que da a la tierra su sentido y su futuro: sólo éste crea el hecho de que algo sea bueno y malvado.
Y les mandé derribar sus viejas cátedras y todos los lugares en que aquella vieja presunción se había asentado; les mandé reírse de sus grandes maestros de virtud y de sus santos y poetas y redentores del mundo.
De sus sombríos sabios les mandé reírse, y de todo el que alguna vez se hubiera posado, para hacer advertencias, sobre el árbol de la vida como un negro espantajo.
Me coloqué al lado de su gran calle de los sepulcros e incluso junto a la carroña y los buitres - y me reí de todo su pasado y del mustio y arruinado esplendor de ese pasado.
En verdad, semejante a los predicadores penitenciales y a los necios grité yo pidiendo cólera y justicia sobre todas sus cosas grandes y pequeñas, - ¡es tan pequeño incluso lo mejor de ellos!, ¡es tan pequeño incluso lo peor de ellos! - así me reía.
Así gritaba y se reía en mí sabio anhelo, el cual ha nacido en las montañas y es, ¡en verdad!, una sabiduría salvaje - mi gran anhelo de ruidoso vuelo.
Y a menudo en medio de la risa ese anhelo me arrastraba lejos y hacia arriba y hacia fuera: yo volaba, estremeciéndome ciertamente de espanto, como una flecha, a través de un éxtasis embriagado de sol:
- hacia futuros remotos, que ningún sueño había visto aún, hacia sures más ardientes que los que los artistas soñaron jamás: hacia allí donde los dioses, al bailar, se avergüenzan de todos sus vestidos:
- yo hablo, en efecto, en parábolas, e, igual que los poetas, cojeo y  balbuzeo; ¡y en verdad, me avergüenzo de tener que ser todavía poeta! -
Hacia allí donde todo devenir me pareció un baile de dioses y una petulancia de dioses, y el mundo, algo suelto y travieso y que huye a cobijarse en sí mismo: -
- como un eterno huir-de-si-mismos y volver-a-buscarse-a-sí-mismos de muchos dioses, como el bienaventurado contradecirse, oírse de nuevo, relacionarse de nuevo de muchos dioses: -
hacia allí donde todo tiempo me pareció una bienaventurada burla de los instantes, donde la necesidad era la libertad misma, que jugaba bienaventuradamente con el aguijón de la libertad:
donde también yo volví a encontrar a mi antiguo demonio y archienemigo, el espíritu de la pesadez y todo lo que él ha creado: «coacción, ley, necesidad y consecuencia y finalidad y voluntad y bien y mal: -
¿pues no tiene que haber cosas sobre las cuales y más allá de las cuales se pueda bailar? ¿No tiene que haber, para que existan los ligeros, los más ligeros de todos - topos y pesados enanos?--

3
Allí fue también donde yo recogi del camino la palabra «superhombre, y que el hombre es algo que tiene que ser superado,
- que el hombre es un puente y no una meta: llamándose bienaventurado a sí mismo a causa de su mediodía y de su atardecer, como camino hacia nuevas auroras:
- la palabra de Zaratustra acerca del gran mediodía, y todo lo demás que yo he suspendido sobre los hombres, como segundas auroras purpureas.
En verdad, también les he hecho ver nuevas estrellas junto con nuevas noches; y por encima de las nubes y el día y la noche extendi yo además la risa como una tienda multicolor.
Les he enseñado todos mis pensamientos y deseos: pensar y reunir en unidad lo que en el hombre es fragmento y enigma y horrendo azar, -
- como poeta, adivinador de enigmas y redentor del azar les he enseñado a trabajar creadoramente en el porvenir y a redimir creadoramente - todo lo que fue.
A redimir lo pasado en el hombre y a transformar mediante su creación todo «Fue», hasta que la voluntad diga: «¡Mas así lo quise yo! Así lo querré» -
- esto es lo que yo llamé redención para ellos, únicamente a esto les enseñé a llamar redención. - -
Ahora aguardo mi redención, - el ir a ellos por última vez.
Pues todavía una vez quiero ir a los hombres: ¡entre ellos quiero hundirme en mi ocaso, al morir quiero darles el más rico de mis dones!
Del sol he aprendido esto, cuando se hunde él, el inmensamente rico: entonces es cuando derrama oro sobre el mar, sacándolo de riquezas inagotables, -
¡de tal manera que hasta el más pobre de los pescadores rema con remos de oro! Esto fue, en efecto, lo que yo vi en otro tiempo, y no me sacié de llorar contemplándolo.
Igual que el sol quiere también Zaratustra hundirse en su ocaso: mas ahora está sentado aquí y aguarda, teniendo a su alrededor viejas tablas rotas, y también tablas nuevas, - a medio escribir.

4
Mira, aquí hay una tabla nueva: pero ¿dónde están mis hermanos, que la lleven conmigo al valle y la graben en corazones de carne?
Esto es lo que mi gran amor exige a los lejanos: ¡no seas indulgente con tu prójimo! El hombre es algo que tiene que ser superado.
Existen muchos caminos y muchos modos distintos de superación: ¡mira tú ahí! Mas sólo un bufón piensa: «el hombre es algo sobre lo que también se puede saltar».
Supérate a ti mismo incluso en tu prójimo: ¡y un derecho que puedas robar no debes permitir que te lo den!
Lo que tú haces, eso nadie puede hacértelo de nuevo a ti. Mira, no existe retribución.
El que no puede mandarse a sí mismo debe obedecer. ¡Y más de uno pueda mandarse a sí mismo, pero falta todavía mucho para que también se obedezca a sí mismo!

5
Así lo quiere la especie de las almas nobles: no quieren tener nada de balde, y menos que nada, la vida.
Quien es de la plebe quiere vivir de balde; pero nosotros, distintos de ellos, a quienes la vida se nos entregó a sí misma, ¡nosotros reflexionamos siempre sobre qué es lo mejor que daremos a cambio!
Y en verdad, es un lenguaje aristocrático el que dice: «lo que la vida nos promete a nosotros, eso queremos nosotros - ¡cumplírselo a la vida!»
No debemos querer gozar alli donde no damos a gozar. Y - ;no debemos querer gozar!
Goce e inocencia son, en efecto, las cosas más púdicas que existen: ninguna de las dos quiere ser buscada. Debemos tenerlas -, ¡pero debemos buscar más bien culpa y dolores! -

6
Oh hermanos míos, quien es una primicia es siempre sacrificado. Ahora bien, nosotros somos primicias: Todos nosotros derramamos nuestra sangre en altares secretos, todos nosotros nos quemamos y nos asamos en honor de viejas imágenes de ídolos.
Lo mejor de nosotros es todavía joven: esto excita los viejos paladares. Nuestra carne es tierna, nuestra piel es piel de cordero: - ¡cómo no íbamos nosotros a excitar a viejos sacerdotes de ídolos!
Dentro de nosotros mismos habita todavía él, el viejo sacerdote de ídolos, que asa, para prepararse un banquete, lo mejor de nosotros. ¡Ay, hermanos míos, cómo no iban las primicias a ser víctimas!
Pero así lo quiere nuestra especie; y yo amo a los que no quieren preservarse a sí mismos. A quienes se hunden en su ocaso los amo con todo mi amor: pues pasan al otro lado.

7
Ser verdaderos - ¡pocos son capaces de esto! Y quien es capaz  ¡no quiere todavía! Y los menos capaces de todos son los buenos.
¡Oh esos buenos! - Los hombres buenos no dicen nunca la verdad; para el espíritu el ser bueno de ese modo es una enfermedad.
Ceden, estos buenos, se resignan, su corazón repite lo dicho por otros, el fondo de ellos obedece: ¡mas quien obedece no se oye a sí mismo!
Todo lo que los buenos llaman malvado tiene que reunirse para que nazca una verdad: oh hermanos míos, ¡sois también vosotros bastante malvados para esa verdad!
La osadía temeraria, la larga desconfianza, el cruel no, el fastidio, el sajar en vivo - ¡qué raras veces se reúne esto! Pero de tal semilla es de la que - ¡se engendra verdad!
¡Junto a la conciencia malvada ha crecido hasta ahora todo saber! ¡Romped, rompedme hombres del conocimiento, las viejas tablas!

8
Cuando el agua tiene maderos para atravesarla, cuando puentecillos y pretiles saltan sobre la corriente: en verdad, allí no se cree a nadie que diga: «Todo fluye»
Hasta los mismos imbéciles le contradicen. ¿Cómo?, dicen los imbéciles, ¿que todo fluve? ¡Pero si hay puentecillos y pretiles sobre la corriente!
Sobre la corriente todo es sólido, todos los valores de las cosas, los puentes, conceptos, todo el 'bien' y el 'mal': ¡todo eso es sólido! -
Mas cuando llega el duro invierno, el domeñador de ríos: entonces incluso los más chistosos aprenden desconfianza; y, en verdad, no sólo los imbéciles dicen entonces: «¿No será que todo permanece - inmóvil?»
En el fondo todo permanece inmóvil» -, ésta es una auténtica doctrina de invierno, una buena cosa para una época estéril, un buen consuelo para los que se aletargan durante el invierno y para los trashogueros.
«En el fondo todo permanece inmóvil»: - ¡mas contra esto predica el viento del deshielo!
El viento del deshielo, un toro que no es un toro de arar, un toro furioso, un destructor, que con astas coléricas rompe el hielo! Y el hielo - - ¡rompe los puentecillos!
Oh hermanos míos, ¿no fluye todo ahora?  ¿No han caído al agua todos los pretiles y puentecillos? ¿Quién se aferraría aún al «bien»y al «mal»?
«¡Ay de nosotros! ¡Afortunados de nosotros! ¡El viento del deshielo sopla!» - ¡Predicadme esto, hermanos míos, por todas las callejas!

9
Existe una vieja ilusión que se llama bien y mal. En torno a adivinos y astrólogos ha girado hasta ahora la rueda de esa ilusión.
En otro tiempo la gente creía en adivinos y astrólogos: y por eso creía «Todo es destino: ¡debes puesto que te ves forzado!»
Pero luego la gente desconfió de todos los adivinos y astrólogos: y por eso creyó «Todo es libertad: ¡puedes puesto que quieres!»
Oh hermanos míos, acerca de lo que son las estrellas y el futuro ha habido hasta ahora tan sólo ilusiones, pero no saber: y por eso acerca de lo que son el bien y el mal ha habido hasta ahora tan sólo ilusiones, ¡pero no saber!

10
·«¡No robarás! ¡No matarás!» - estas palabras fueron llamadas santas en todo tiempo; ante ellas la gente doblaba la rodilla, las cabezas y se descalzaba.
Pero yo os pregunto: ¿dónde ha habido nunca en el mundo peores ladrones y peores asesinos que esas santas palabras?
¿No hay en toda vida misma - robo y asesinato? Y por el hecho de llamar santas a tales palabras, ¿no se asesinó - a la verdad misma?
¿O fue una predicación de la muerte la que llamó santo a lo que hablaba en contra de toda vida y la desaconsejaba? - ¡Oh hermanos míos, romped, rompedme las viejas tablas!

11
Ésta es mi compasión por todo lo pasado, el ver: que ha sido abandonado,-
- ¡abandonado a la gracia, al espíritu, a la demencia de cada generación que llega y reinterpreta como puente hacia ella todo lo que fue!
Un gran déspota podría venir, un diablo listo que con su benevolencia y su malevolencia forzase y violentase todo lo pasado: hasta que esto se convirtiese en puente para él y en presagio y heraldo y canto del gallo.
Y éste es el otro peligro y mi otra compasión: - la memoria de quien es de la plebe no se remonta más que hasta el abuelo, - y con el abuelo acaba el tiempo.
Así está abandonado todo lo pasado: pues alguna vez podría ocurrir que la plebe se convirtiese en el señor y ahogase todo tiempo en aguas sin profundidad.
Por eso, oh hermanos míos, necesítase una nueva nobleza que sea el antagonista de toda plebe y de todo despotismo y escriba de nuevo en tablas nuevas la palabra «noble».
¡Pues se necesitan, en efecto, muchos nobles y muchas clases de nobles pura que exista la nobleza! O como dije yo en otro tiempo, en parábola: «¡Ésta es precisamente la divinidad,que existan dioses, pero no Dios!

12
Oh hermanos míos, yo os consagro a una nueva nobleza y os la señalo: vosotros debéis ser para mí engendradores y criadores y sembradores del futuro,
- en verdad, no una nobleza que vosotros pudierais comprar como la compran los tenderos, y con oro de tenderos: pues poco valor tiene todo lo que tiene un precio.
¡Constituya de ahora en adelante vuestro honor no el lugar de dónde venís, sino el lugar adonde vais! Vuestra voluntad y vuestro pie, que quieren ir más allá de vosotros mismos, ¡eso constituya vuestro nuevo honor!
En verdad, no el que hayáis servido a un príncipe - ¡qué importan ya los príncipes!' - o el que os hayáis convertido en baluarte de lo que existe ¡para que esté aún más sólido!
No el que vuestra estirpe se haya hecho cortesana en las cortes, y vosotros hayáis aprendido a estar de pie, vestidos con ropajes multicolores, como un flamenco, durante largas horas, dentro de estanques poco profundos.
- Pues poder estar de pie es un mérito entre los cortesanos: y todos los cortesanos creen que de la bienaventuranza después de la muerte forma parte - ¡el que se permita estar sentado! -
Ni tampoco el que un espíritu, que ellos llaman santo, condujese a vuestros antepasados a tierras prometidas, que yo no alabo: pues nada hay que alabar en la tierra donde creció el más funesto de todos los árboles, -¡la cruz! -
- y en verdad, a todos los sitios a que ese «espíritu santo» condujo sus caballeros, siempre esas expediciones iban precedidas - ¡de cabras y gansos y de cruzados mentecatos!
iOh hermanos míos, no hacia atrás debe dirigir la mirada vuestra nobleza, sino hacia adelante! ¡Expulsados debéis estar vosotros de todos los países de los padres y de los antepasados!
El país de vuestros hijos es el que debéis amar: sea ese amor vuestra nueva nobleza, - ¡el país no descubierto, situado en el mar más remote! ¡A vuestras velas ordeno que partan una y otra vez en su busca!
En vuestros hijos debéis reparar el ser vosotros hijos de vuestros padres: ¡así debéis redimir todo lo pasado!. ¡Esta nueva tabla coloco yo sobre vosotros!

13
«¿Para qué vivir? ¡Todo es vanidad! Vivir es trillar paja; vivir - es quemarse a sí mismo y, sin embargo, no calentarse.» -
Tales anticuados parloteos continúan siendo considerados como «sabiduría»; y por ser viejos y oler a rancio, por eso se los respeta más. También el moho otorga nobleza. -
Así les era lícito hablar a los niños: ¡ellos rehúyen el fuego porque éste los ha quemado! Hay mucho infantilismo en los vieios libros sapienciales.
Y a todo el que siempre «trilla paja», ¡cómo iba a serle lícito blasfemar del trillar! ¡A tales necios habría que ponerles el bozal!
Éstos se sientan a la mesa y no traen nada consigo, ni siquiera el buen hambre: - y ahora blasfeman diciendo «¡todo es vanidad!
Pero comer y beber bien, oh hermanos mios, no es en verdad un arte vano! ¡Romped, rompedme las tablas de los eternos descontentos!


14
Para el puro todo es puro»- - así habla el pueblo. Pero yo os digo: ¡para los cerdos todo se convierte en cerdo!
Por ello los fanáticos y los beatos de cabeza colgante, que también llevan colgando hacia abajo el corazón, predican: «el mundo mismo es un monstruo merdoso».
Pues todos ellos son de espíritu sucio; y en especial aquellos que no tienen descanso ni reposo si no ven el mundo por detrás, - ¡los trasmundanos!
A éstos les digo a la cara, aunque ello no suene de modo agradable: el mundo se asemeja al hombre en que tiene un trasero, - ¡eso es verdad!
Hay en el mundo mucha mierda: ¡eso es verdad! ¡Mas no por ello es ya el mundo un monstruo merdoso!
Hay sabiduria en el hecho de que muchas cosas en el mundo huelan mal: ¡la náusea misma hace brotar alas y fuerzas que presienten manantiales!
Incluso en el mejor hay algo que produce náusea; ¡y el mejor es todavía algo que tiene que ser superado! -
¡Oh hermanos míos, hay mucha sabiduría en el hecho de que exista mucha mierda en el mundo! -

15
A los piadosos trasmundanos les he oído decir a su propia conciencia estas sentencias y, en verdad, sin malicia ni falsía, - aunque nada hay en el mundo más falso ni más maligno.
¡Deja que el mundo sea el mundo! ¡No muevas ni un dedo en contra de eso!»
«Deja que el que quiera estrangule y apuñale y saje y degüelle a la gente: ¡no muevas ni un dedo en contra de eso! Así aprenden ellos incluso a renunciar al mundo.»
«Y tu propia razón - a ésa tú mismo debes agarrarla del cuello y estrangularla; pues es una razón de este mundo, - así aprendes tú mismo a renunciar al mundo.-
- ¡Romped, rompedme, oh hermanos míos, estas viejas tablas de los piadosos! ¡Destruid con vuestra sentencia las sentencias de los calumniadores del mundo!


16
«Quien aprende muchas cosas desaprende todos los deseos violentos» - esto es algo que hoy las gentes se susurran unas a otras en todas las callejas oscuras.
«¡La sabiduría cansa, no vale la pena - nada; no debes tener deseos!» - esta nueva tabla la he encontrado colgada incluso en mercados públicos.
¡Rompedme, oh hermanos míos, rompedme también esta nueva tabla! Los cansados del mundo la han colgado de la pared, y los predicadores de la muerte, y también los carceleros: ¡pues mirad, también ella es una predicación en favor de la esclavitud! -
Ellos han aprendido mal, y no las mejores cosas, y todo de un modo demasiado prematuro, y todo de un modo demasiado rápido: y han comido mal, y por ello se les ha indigestado el estómago,
- un estómago indigestado es, en efecto, su espíritu: ¡él es el que aconseja la muerte! ¡Pues, en verdad, hermanos míos, el espíritu es un estómago!
La vida es un manantial de placer: mas para aquel en el cual habla un estómago indigestado, padre de la tribulación, para ése todas las fuentes están envenenadas.
Conocer: ¡esto es placer para el hombre de voluntad leonina! Pero quien se ha cansado, ése sólo es «querido», con él juegan todas las olas.
Y esto es lo que les ocurre siempre a los hombres débiles: se pierden a sí mismos en sus caminos. Y al final, todavía su cansancio pregunta: «¡para qué hemos recorrido caminos! ¡Todo es igual!»
A los oídos de éstos les suena de manera agradable el que se predique: «¡Nada merece la pena! ¡No debéis querer» Mas ésta es una predicación en favor de la esclavitud.
Oh hermanos míos, cual un viento fresco y rugiente viene Zaratustra para todos los cansados del mundo; ¡a muchas narices hará aún estornudar!
También a través de los muros sopla mi aliento libre, ¡y penetra hasta las cárceles y los espíritus encarcelados!
El querer hace libres: pues querer es crear: así enseño yo. ¡Y sólo para crear debéis aprender!
¡Y también el aprender debéis aprenderlo de mí, el aprender bien! - ¡Quien tenga oídos, oiga!

17
Ahí está la barca, - quizá navegando hacia la otra orilla se vaya a la gran nada. - ¿Quién quiere embarcarse en ese «quizá»?
¡Ninguno de vosotros quiere embarcarse en la barca de la muerte!. ¡Cómo pretendéis ser entonces hombres cansados del mundo!
¡Cansados del mundo! ¡Y ni siquiera habéis llegado a estar desprendidos de la tierra! ¡Siempre os he encontrado ávidos todavía de tierra, enamorados todavía del propio estar cansados de la tierra!
No en vano tenéis el labio colgante - ¡un pequeño deseo de tierra continúa asentado en él! Y en el ojo - ¿no flota en él una nubecilla de inolvidado placer terrestre?
Hay en la tierra muchas buenas invenciones, las unas útiles, las otras agradables: por causa de ellas resulta amable la tierra.
Y muchas y distintas cosas están tan bien inventadas que, como el pecho de la mujer: son útiles y agradables a la vez.
¡Mas vosotros los cansados del mundo! ¡Vosotros los perezosos de la tierra! ¡A vosotros se os debe azotar! Al azotaros se os debe espabilar de nuevo las piernas.
Pues: si no sois enfermos y pillos decrépitos, de los que la tierra está cansada, sois astutos perezosos, o golosos y agazapados ratos de pacer. Y si no queréis volver a correr alegremente, entonces debéis - ¡iros al otro mundo!
No se debe querer ser médico de incurables: así lo enseña Zaratustra: - ¡por eso debéis iros al otro mundo!
Pero se necesita más valor para poner fin que para escribir un nuevo verso: esto lo saben todos los médicos y todos los poetas. -

18
Oh hermanos míos, hay tablas que las creó la fatiga, y tablas que las creó la pereza, tablas perezosas: aunque hablan del mismo modo, quieren que se las oiga de modo distinto.
¡Mirad ahí ese hombre que desfallece! Se halla tan sólo a un palmo de su meta, mas a causa de la fatiga se ha tendido ahí, obstinado, en el polvo: ¡ese valiente!
A causa de la fatiga bosteza del camino y de la tierra y de la meta y de sí mismo: no quiere dar un solo paso más, - ¡ese valiente!
Ahora el sol arde sobre él, y los perros lamen su sudor: pero él yace ahí en su obstinación y prefiere desfallecer:
-¡desfallecer a un palmo de su meta! En verdad, tendréis que llevarlo agarrado por los cabellos incluso a su cielo, - ¡a ese héroe!
Es mejor que lo dejéis tirado ahi donde él se ha echado, para que le llegue el sueño, el consolador, con un chaparrón refrescante:
Dejadle yacer hasta que se despierte por sí mismo, - ¡hasta que se retrácte por sí mismo de toda fatiga y de lo que en él enseñaba fatiga!
Sólo, hermanos mios, ahuyentad de él a los perros, a los hipócritas perezosos,  a todo el enjambre de sabandijas: -
- a todo el enjambre de sabandijas de los «cultos», que con el sudor de todo héroe - ¡se regala! -

19
Yo trazo en torno a mi círculos y fronteras sagradas; cada vez es menor el número de quienes conmigo suben hacia montañas cada vez más altas, - yo construyo una cordillera con montañas más santas cada vez. -
Pero adondequiera que conmigo subáis, oh hermanos mios: ¡cuidad de que no suba con vosotros un parásito!
Parásito: es un gusano, un gusano que se arrastra, que se doblega, que quiere engordar a costa de nuestros rincones enfermos y heridos.
Y su arte consiste en esto, en adivinar cuál es en las almas ascendentes el lugar en que están cansadas: en vuestro disgusto y en vuestro mal humor, en vuestro delicado pudor construye el parásito su nauseabundo nido.
En el lugar en que el fuerte es débil, y el noble, demasiado benigno, - allí dentro construyó él su nauseabundo nido: el parásito habita allí donde el grande tiene pequeños rincones heridos.
¿Cuál es la especie más alta de todo ser, y cuál la mas baja? El parásito es la especie más baja; pero quien forma parte de la especie más alta, ése alimenta a la mayor parte de los parásitos.
El alma, en efecto, que posee la escala más larga y que más profundo puede descender: ¿cómo no iban a asentarse en ella la mayor parte de los parásitos? -
- el alma más vasta, la que más lejos puede correr y errar y vagar dentro de sí;   la más necesaria, que por placer se precipita en el azar:-
- el alma que es, y se sumerge en el devenir; la que posee, y quiere sumergirse en el querer y desear: - la que huye de sí misma, que a sí misma se da alcance en los círculos más amplios; el alma más sabia, a quien más dulcemente habla la necedad: -
- la que más se ama a sí misma, en la que todas las cosas tienen su corriente y su contracorriente, su flujo y su reflujo oh, ¿cómo no iba el alma más elevada a tener los peores parásitos?

20
Oh hermanos míos, ¿acaso soy cruel?  Pero yo digo: ¡a lo que está cayendo se le debe incluso dar un empujón!
Todas estas cosas de hoy - están cayendo, decayendo: ¡quién querría sostenerlas!   Pero yo - ¡yo quiero darles además un empujón!
¿Conocéis vosotros la voluptuosidad que hace rodar las piedras en profundidades cortadas a pico? - Estos hombres de hoy:  ¡mirad cómo ruedan a mis profundidades!
¡Un preludio de jugadores mejores soy yo, oh hermanos míos! ¡Un ejemplo! ¡Obrad según mi ejemplo!
Y a quien no le enseñéis a volar, enseñadle - ¡a caer más deprisa! -

21

Yo amo a los valientes: mas no basta ser un mandoble, - ¡hay que saber también a quién se le dan los mandobles!
Y a menudo hay más valentía en contenerse y pasar de largo: ¡a fin de reservarse para un enemigo más digno!
Debéis tener sólo enemigos que haya que odiar, pero no enemigos que haya que despreciar: es necesario que estéis orgullosos de vuestro enemigo: así lo he enseñado ya una vez.
Para un enemigo más digno, oh amigos míos, debéis reservaros: y por ello teneis que pasar de largo junto a muchas cosas, -
- especialmente junto a mucha chusma, que os mete en los oídos ruido de pueblo y de pueblos.
¡Mantened puros vuestros ojos de su pro y de su contra! En ellos hay mucha justicia, mucha injusticia: quien se detiene a mirar se pone colérico.
Ver, golpear- esto es aquí una sola cosa: ¡por ello, marchad a los bosques y dejad dormir vuestra espada!
¡Seguid  vuestros caminos! ¡Y dejad que el pueblo y los pueblos sigan los suyos! - ¡caminos oscuros, en verdad, en los cuales no relampaguea ya ni una esperanza!
¡Que domine el tendero alli donde todo lo que brilla - es oro de tenderos! Ya no es tiempo de reyes: lo hoy se llama a sí mismo pueblo no merece reyes.
Ved cómo estos pueblos actúan ahora, también ellos, igual que los tenderos: ¡rebuscan las más mínimas ventajas incluso en todos los desperdicios!
Se acechan mutuamente, se espían unos a otros, - a esto lo llaman «buena vecindad». Oh bienaventurado tiempo remoto en que un pueblo se decía a sí mismo: «¡yo quiero ser - señor de otros pueblos!»
Pues, hermanos míos: ¡lo mejor debe dominar, lo mejor quiere también dominar! Y donde se enseña otra cosa, allí - falta lo mejor.


22

Si ésos - tuviesen de balde el pan, ¡ay! ¿Tras de qué andarían ésos gritando? Su sustento - es su verdadero entretenimiento; ¡y las cosas deben resultarles difíciles!
Animales de presa son: ¡en su «trabajar, - hay también robo, en su «mere