ASÍ HABLÓ ZARATHUSTRA
(2ª Parte)
El niño del
espejo
Zaratustra volvió a continuación a las montañas y a la soledad de su
caverna y se apartó de los hombres: aguardando como un sembrador que ha lanzado su semilla. Mas su alma se llenó de impaciencia y de deseos
de aquellos a quienes amaba: pues aún tenía muchas cosas que darles. Esto es, en efecto,
lo más difícil, el cerrar por amor la mano abierta y el conservar el pudor al hacer
regalos.
Así transcurrieron para el solitario meses y años; mas su sabiduría crecía y le
causaba dolores por su abundancia.
Una manana se despertó antes de la aurora, estuvo meditando largo tiempo en su lecho y
dijo por fin a su corazón: «¿De qué me he asustado tanto en mis sueños, que me he
despertado? ¿No se acercó a mí un niño que llevaba un espejo?
"Oh Zaratustra - me dijo el niño - , ¡mírate en el espejo!"
Y al mirar yo al espejo lancé un grito, y mi corazón quedó aterrado: pues no era a mí
a quien veía en él, sino la mueca y la risa burlona de un demonio.
En verdad, demasiado bien comprendo el signo y la advertencia del sueño:¡mi doctrina
está en peligro, la cizaña quiere
llamarse trigo!
Mis enemigos se han vuelto poderosos y han deformado la imagen de mi doctrina, de modo que
los más queridos por mi tuvieron que avergonzarse de los dones que yo les habia
entregado.
¡He perdido a mis amigos; me ha llegado
la hora de buscar a los que he perdido!
Al decir estas palabras Zaratustra se levantó de un salto, pero no como un angustiado que
busca aire, sino más bien como un vidente y cantor de quien se apodera el espíritu.
Extrañados miraron hacia él su águila y su serpiente: pues, semejante a la aurora,
sobre su rostro yacía una felicidad cercana.
¿Qué me ha sucedido, pues, animales míos? - dijo Zaratustra. ¿No estoy transformado?
¿No vino a mí la bienaventuranza como un viento tempestuoso?
Loca es mi felicidad, y cosas locas dirá: es demasiado joven todavía - ¡tened, pues,
paciencia con ella!
Herido estoy por mi felicidad: ¡todos los que sufren
deben ser médicos para mí!
De nuevo me es lícito bajar a mis amigos y también a mis enemigos! ¡De nuevo le es
lícito a Zaratustra hablar y hacer regalos y dar lo mejor a los amados!
Mi impaciente amor se desborda en ríos que bajan hacia levante y hacia poniente! ¡Desde
silenciosas montañas y tempestades de dolor desciende mi alma con estruendo a los valles!
Demasiado tiempo he estado anhelando y mirando a lo lejos. Demasiado tiempo he pertenecido
a la soledad: así he olvidado el callar.
Me he convertido todo yo en una boca, y en estruendo de arroyo que cae de elevados
peñascos: quiero despeñar mis palabras a los valles.
¡Y lo haré aunque el río de mi amor se precipite en lo infranqueable! ¡Cómo no va a
acabar encontrando tal río el camino hacia el mar!
Sin duda hay en mí un lago, un lago eremítico, que se basta a sí mismo; mas el río de
mi amor lo arrastra hacia abajo consigo- ¡al mar!
Nuevos caminos recorro, un nuevo modo de hablar llega a mí; me he cansado, como todos los
creadores, de las viejas lenguas. Mi espíritu no quiere ya caminar sobre sandalias
usadas.
Con demasiada lentitud corre para mí todo hablar: - ¡a tu carro salto, tempestad! ¡E
incluso a ti quiero arrearte con el látigo de mi maldad!
Como un grito y una exclamación jubilosa quiero correr sobre anchos mares, hasta
encontrar las islas afortunadas donde moran mis amigos:-
¡Y mis enemigos entre ellos! ¡Cómo amo ahora a todo aquel a quien me sea lícito
hablarle! También mis enemigos forman parte de mi bienaventuranza.
Y si quiero montar en mi caballo salvaje, lo que mejor me ayuda siempre a subir es mi
lanza: ella es el servidor constantemente dispuesto de mi pie: -
¡La lanza que arrojo contra mis enemigos! ¡Cómo les agradezco a mis enemigos el que por
fin se me permita arrojarla!
Demasiado grande era la tensión de mi nube: entre carcajadas de rayos quiero lanzar
granizadas a la profundidad.
Poderoso se hinchará entonces mi pecho, poderoso exhalará su tempestad por encima de los
montes: así quedará aliviado.
¡En verdad, semejantes a una tempestad llegan mi felicidad y mi libertad! Pero mis
enemigos deben creer que es el Maligno; el que se
enfurece sobre sus cabezas.
Sí, también os asustaréis vosotros, amigos míos, a causa de mi sabiduría salvaje; y tal vez huyáis de ella
juntamente con mis enemigos.
¡Ay, si yo supiese atraeros con flautas pastoriles a volver atrás! ¡Ay, si mi leona
Sabiduría aprendiese a rugir con dulzura! ¡Y muchas cosas hemos ya aprendido juntos!
Mi sabiduría salvaje quedó preñada en montañas solitarias;sobre ásperos peñascos
parió su nueva, última cría.
Ahora corre enloquecida por el duro desierto y busca y busca blando césped - ¡mi vieja
sabiduría salvaje!
¡Sobre el blando césped de vuestros corazones, amigos míos! - ¡sobre vuestro amor le
gustaría acostar lo más querido para ella!
Así habló Zaratustra.
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Presentación
EN LAS
ISLAS AFORTUNADAS
Caen del árbol los higos. Son dulces y
buenos. Y, según caen, se abre su roja piel. Viento del norte soy para los higos maduros.
Amigos míos, igual que los higos maduros caen estas enseñanzas sobre vosotros: Bebed su
jugo y su dulce pulpa. Nos rodea el otoño, el
cielo puro, la tarde.
¡Ved qué plenitud nos rodea! Y es bello mirar, desde el seno de la abundancia, hacia
mares lejanos.
En otros tiempos, al mirar hacia mares lejanos se pensaba en Dios. Mas ahora yo os he
enseñado a decir: Superhombre.
Dios es una conjetura. Pero quiero que vuestras conjeturas no vayan más lejos que vuestra
voluntad creadora.
¿Podriais vosotros crear un Dios? ¡No me habléis, entonces, de dioses! Mas el
Superhombre sí podéis crearlo. Quizá no podréís vosotros mismos, hermanos. Mas
podríais transformaros en padres y ascendientes del Superhombre. ¡Sea ésa vuestra mejor
creaciónl
Dios es una conjetura. Mas yo quiero que vuestras conjeturas no rebasen lo pensable.
¿Podríais vosotros pensar a Dios? ¡Ojalá que la voluntad de verdad signifique para
vosotros que todo sea transformado en algo pensable por el hombre, visible para el hombre,
sentible para el hombre! ¡Llegad hasta las fronteras de vuestros sentidos!
Y eso que llamáis mundo debe ser creado primero por vosotros: vuestra razón, vuestra
imagen, vuestra voluntad, vuestro amar, deben hacerse ese mundo. Y por cierto que para
vuestra felicidad, hombres del conocimiento!
¿Y cómo soportariais la vida sin esa esperanza, vosotros, los hombres del conocimiento?
No podéis estableceros por nacimiento en lo incognoscible ni en lo irracional.
Pero, amigos mios, para revelaros por entero mi corazón: si hubiera dioses ¿cómo
toleraria yo no ser Dios? Por tanto, no hay dioses.
Yo soy, en realidad, el autor de esa conclusión: mas ahora es ella la que me saca a mí.
Dios es una conjetura. ¿Quién bebería, empero, sin morir, todo el tormento de esa
conjetura?
¿Debe arrebatarse al creador su fe, debe impedirse al águila que vuele en lo más alto?
Dios es un pensamiento que tuerce todo lo derecho y vuelca cuanto está en pie.
¿Es que el tiempo podría ser abolido, y ser falso todo cuanto es perecedero?
Pensar eso es torbellino y vértigo del humano esqueleto, y hasta un vómito para el
estómago: en verdad, a esa hipótesis la llamo «enfermedad de vértigo.
Malvadas llamo, y enemigas del hombre, a todas esas doctrinas de lo Uno y lo Lleno, y lo
Inmóvil, y lo Saciado, y lo Imperecedero.
¡Lo imperecedero no es más que un simbolo! Los poetas mienten demasiado.
De tiempo y de devenir deben hablar los mejores simbolos. ¡Deben ser una alabanza y una
justificación de todo lo perecedero!
Crear: ahí está el gran alivio del dolor, y así es como se hace más ligera la vida.
Mas para que llegue a existir un creador precisan muchas crisis de dolor y muchas
transformaciones.
¡Si. creadores. muchas muertes amargas ha de haber en nuestra vida! Así sois voceros y
defensores de todo lo perecedero.
Para ser el niño que vuelve a nacer, el creador tiene que querer ser también la
parturienta, y los dolores de la parturienta.
En verdad, he recorrido mi camino a través de cien almas, a través de cien cunas, a
través de cien dolores de parto. Ya me he despedido muchas veces; y conozco esas horas,
desgarradoras, de las despedidas.
Mas asi lo quieren mi voluntad creadora y mi destino. O, para decirlo de un modo más
honrado, tal destino es justamente el que quiere mi voluntad.
Todo cuanto siente, en mí sufre y está como preso. Mas mi voluntad acude siempre en mi
socorro, como mensajero de alegría.
El querer hace libres: tal es la doctrina verdadera
acerca de la voluntad y de la libertad. Así os lo enseña Zarathustra.
No-querer-ya, y no-estimar-ya, y no-crear-ya. ¡Que ese gran cansancio esté siempre lejos
de mí!
También en el conocer siento únicamente el placer de mi voluntad de crear y devenir. Si
en mi conocimiento hay inocencia es porque en él hay voluntad de crear.
Lejos de Dios y de los dioses me ha atraido esa voluntad. ¿Qué habria que crear
-si hubiera dioses?
Mi vehemente voluntad de crear me empuja siempre de nuevo hacia los hombres; así se
siente el martillo impulsado hacia la piedra. ¡Ay, hombres, en la piedra duerme para mí
una imagen, la imagen de mis imágenes! ¡Ay, que ella tenga que dormir en la piedra más
tosca y dura¡
Mi martillo golpea con furia su cárcel y la piedra salta a pedazos...,¿qué me
importará a mí?
Quiero acabar..., pues se ha acercado a mí una sombra...
¡La más callada y ligera de todas las cosas vino a mí!
La belleza del Superhombre vino a mí como una sombra. ¡Ay, hermanos, qué me importan
ya-los dioses!
Asi habló Zarathustra.
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Presentación
De los compasivos
Amigos míos, han llegado unas palabras de mofa hasta vuestro amigo: «¡Ved a
Zaratustra! ¿No camina entre nosotros como si fuésemos animales?»
Pero está mejor dicho así: «¡El que conoce camina entre los hombres como entre
animales que son!».
Mas, para el que conoce, el hombre mismo se llama: el animal que tiene mejillas rojas.
¿Cómo le ha ocurrido eso? ¿No es porque ha tenido que avergonzarse con demasiada
frecuencia?
¡Oh, amigos míos! Así habla el que conoce: Vergüenza, vergüenza, vergüenza- ¡ésa
es la historia del hombre!
Y por ello el noble se ordena a sí mismo no causar vergüenza: se exige a sí mismo tener
pudor ante todo lo que sufre.
En verdad, yo no soporto a ésos, a los misericordiosos que son bienaventurados en su
compasión: les falta demasiado el pudor.
Si tengo que ser compasivo, no quiero, sin embargo, ser llamado así; y si lo soy,
entonces prefiero serlo desde lejos.
Con gusto escondo también la cabeza y me marcho de allí antes de ser reconocido: ¡y
así os mando obrar a vosotros, amigos míos!
¡Quiera mi destino poner siempre en mi senda a gentes sin sufrimiento, como vosotros, y a
gentes con quienes me sea lícito tener en común la esperanza y la comida y la miel!
En verdad, yo he hecho sin duda esto y aquello en favor de los que sufren: pero siempre me
parecia que yo obraba mejor cuando aprendía a alegrarme mejor.
Desde que hay hombres el hombre se ha alegrado demasiado poco: ¡tan sólo esto, hermanos
míos, es nuestro pecado original!
Y aprendiendo a alegrarnos mejor es como mejor nos olvidamos de hacer daño a otros y de
imaginar daños.
Por eso yo me lavo la mano que ha ayudado al que sufre, por eso me limpio incluso el alma.
Pues me he avergonzado de haber visto sufrir al que sufre, a causa de la
vergüenza de él y cuando le ayudé, ofendí duramente
su orgullo.
Los grandes favores no vuelven agradecidos a los hombres, sino vengativos; y si el
pequeño beneficio no es olvidado acaba convirtiéndose en un gusano roedor.
«¡Sed reacios en el aceptar! ¡Honrad por el hecho de aceptar!, - esto aconsejo a
quienes nada tienen que regalar.
Pero yo soy uno que regala: me gusta regalar, como amigo a los amigos. Los extraños, en
cambio, y los pobres, que ellos mismos cojan el fruto de mi árbol: eso avergüenza menos.
¡Más a los mendigos se los deberia suprimir
totalmente! En verdad, molesta el darles y molesta el no darles.
¡E igualmente a los pecadores, y a las conciencias malvadas! Creedme, amigos míos: los
remordimientos de conciencia enseñan a morder.
Lo peor, sin embargo, son los pensamientos mezquinos. ¡En verdad, es mejor haber obrado
con maldad que haber pensado con mezquindad!
Es cierto que vosotros decís: «El placer obtenido en maldades pequeñas nos ahorra más
de una acción malvada grande». Pero aqui no se debería querer ahorrar.
Como una llaga es la acción malvada: escuece e irrita y revienta, - habla sinceramente.
«Mira, yo soy enfermedad» - así habla la acción malvada; ésa es su sinceridad.
Mas el pensamiento mezquino es igual que el hongo: se arrastra y se agacha y no quiere
estar en ninguna parte - hasta que el cuerpo entero queda podrido y mustio por los
pequeños hongos.
A quien, sin embargo, está poseído por el diablo yo le digo al oído esta frase: «¡Es
mejor que cebes a tu diablo! ¡También para ti sigue habiendo un camino de grandeza! -
¡Ay, hermanos míos! ¡Se sabe de cada uno algo de más! Y muchos se nos vuelven
transparentes, mas aun así estamos muy lejos todavía de poder penetrar a través de
ellos.
Es difícil vivir con hombres, porque callar es muy
difícil.
Y con quien más inicuos somos no es con aquel que nos repugna, sino con quien nada en
absoluto nos importa.
Si tú tienes, sin embargo, un amigo que sufre, sé para su sufrimiento un lugar de
descanso, mas, por así decirlo, un lecho duro, un lecho de campana: así es como más
útil le serás.
Y si un amigo te hace mal, di: «Te perdono lo que me has hecho a mí; pero el que te
hayas hecho eso a ti - ¡cómo podría yo perdonarlo!»
Así habla todo amor grande: él supera incluso el perdón y la compasión.
Debemos sujetar nuestro corazón; pues si lo dejamos ir, ¡qué pronto se nos va entonces
la cabeza!
Ay, ¡en qué lugar del mundo se han cometido tonterías mayores que entre los compasivos!
¡Y qué cosa en el mundo ha provocado más sufrimiento que las tonterías de los
compasivos!
¡Ay de todos aquellos que aman y que no tienen todavía una altura que esté por encima
de su compasión!
Así me dijo el demonio una vez: «También Dios tiene su infierno: es su amor a los
hombres.»
Y hace poco le oí decir esta frase: «Dios ha muerto; a causa de su compasión por los
hombres ha muerto Dios». -
Por ello, estad prevenidos contra la compasión: ¡de ella continúa viniendo a los
hombres una nube! ¡En verdad, yo entiendo de señales del tiempo!
Mas recordad también esta frase: todo gran amor está por encima incluso de toda su
compasión: pues él quiere además -¡crear lo amado!
«De mí mismo hago ofrecimiento a mi amor, y de mi prójimo igual que de mí» - éste es
el lenguaje de todos los creadores.
Mas todos los creadores son duros. -
Así habló Zaratustra.
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DE LOS SACERDOTES
Cierta vez Zarathustra hizo una seña a
sus discipulos, y les habló asi:
Ahí hay sacerdotes. Aun cuando sean mis enemigos, pasad por su vera en silencio, con las
espada dormida. También entre ellos hay héroes. Muchos
de ellos han sufrido demasiado. - Por eso quieren hacer sufrir a otros.
Son enemigos malos. Nada hay más vengativo que su humildad: fácilmente se mancha quien
les ataca. Mas mi sangre es parienta de la suya; y hasta en la suya quiero que sea honrada
mi sangre.
Y cuando hubieron pasado a su lado, a Zarathustra le embargó la tristeza; después de
haber luchado algún tiempo con su dolor, habló así:
Estos sacerdotes me dan lástima; y también me repugnan: si bien esto es para mí lo
menos, desde que vivo entre los hombres.
Pero yo sufro y he sufrido con ellos. Réprobos y cautivos son para mí. Aquel a quien
llaman ellos su Redentor les ha cargado de cadenas. ¡De cadenas de valores falsos, y de
palabras ilusorias! ¡Ah, quién pudiera redimirles de su redentor!
En otro tiempo creyeron llegar a una isla, cuando el mar les arrojaba lejos: pero se
trataba de un monstruo dormido.
Valores falsos y palabras ilusorias: Esos son los monstruos peores para los mortales. La
fatalidad duerme y aguarda en ellos largo tiempo. Mas al fin llega, despierta y devora
aquello que construyó cabañas sobre ella.
¡Mirad las cabañas que se han construido los sacerdotes! Iglesias llaman a sus antros de
empalagoso aroma.
¡Qué luz tan falsa la suya, qué aire con olor a moho! ¡Ahí no es lícito al alma
subir volando hasta su propia altura!
Pues su fe les exhorta: "¡Subid las escaleras de rodillas,
pecadores!".
En verdad, prefiero ver a un hombre sin pudor, antes que los ojos torcidos de ese pudor y
esa devoción.
¿Quién creó para si tales antros y escaleras de mortificación? ¿No sería alguien que
queria esconderse y se avergonzaba del cielo puro?
Y sólo cuando el cielo puro, mire de nuevo, a través de las bóvedas derruidas, y llegue hasta las hierbas y la roja
amapola crecida entre las grietas -sólo entonces querré yo volver mi corazón hacia las
moradas de ese dios.
Ellos llamaron Dios a cuanto les contrariaba o causaba dolor: y, en verdad, su devoción
tuvo mucho de heroismo.
¡Y no supieron amar a su Dios como no fuera crucificando al hombre!
Como cadáveres quisieron vivir, y amortajaron de negro su propio cadáver: hasta en sus
discursos percibo el hedor de las cámaras mortuorias.
Quien vive cerca de ellos vive cerca de negros estanques, y desde éstos el sapo,
melancólico, entona sus canciones.
Para que yo aprendiese a creer en su redentor tendrían que cantarme mejores canciones; y
sus discípulos tendrian que parecerme más redimidos.
Desnudos quería verles, pues solamente la belleza deberia predicar penitencia. Mas ¿a
quién persuade esa tribulación embozada?
¡En verdad, sus mismos redentores no vinieron de la libertad, ni del séptimo cielo de la
libertad! ¡En verdad, no caminaron nunca sobre las alfombras del conocimiento!
De huecos estaba constituido el espíritu de tales redentores. En cada hueco colocaron su
quimera. su tapahuecos, al que llamaban Dios.
En su piedad se habia ahogado su espiritu, y cuando se henchian y desbordaban de piedad,
siempre sobrenadaba en la superficie una gran tonteria.
Con celo y griterío conducían su rebaño, por su propia vereda. ¡Como si no existiera
más que una vereda que condujera hacia el futuro! En verdad, también esos pastores formaban parte de las ovejas.
Espíritus enanos y almas voluminosas tenian esos pastores; pero, hermanos, ¡cuán
diminutos países han sido hasta ahora las almas más voluminosas!
En los senderos que recorrieron esccribieron signos de sangre. ¡Y su tontería predicaba
que la verdad se demuestra con sangre!
Mas la sangre es el peor testimonio de la verdad: la sangre envenena hasta la doctrina
más pura, la trueca en ilusión y odio de los corazones .
Y si alguien entra en la hoguera por defender su doctrina, ¿qué prueba eso? ¡Mejor es
que del propio incendio salga la propia doctrina!
Corazón ardiente y cabeza fría: cuando coinciden surge el torbellino, el
"redentor".
¡Ha habido en verdad hombres más grandes y demás alta cuna que esos denominados
redentores por el pueblo; esos vientos arrebatadores y violentos¡
¡Hermanos míos, si queréis hallar el camino hacia la libertad, tendréis que ser
redimidos por hombres más grandes que todos los redentores!
Aún no ha llegado el Superhombre. Mas ya he visto desnudos a los dos hombres, el más
grande y el más diminuto.
Aún se parecen demasiado los dos. En verdad, al más grande le hallo todavía
idemasiado humano!,
Asi habló Zarathustra.
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DE LOS VIRTUOSOS
Con truenos y celestes fuegos de artificio, asi es como voy a hablar a los
sentidos flojos y dormidos.
Más la voz de la belleza habla quedo: solamente llega a insinuarse en las almas más
despiertas.
Mi escudo ha reído y vibrado hoy con suavidad: esas son la sagrada vibración y risa de
la belleza.
Mi belleza se ha reído hoy de vosotros, los virtuosos.
Y su voz llegó hasta mí, y me dijo: ¡Ellos quieren además que se les pague!,
¿Pretendéis que se os pague por la virtud? ¿Pretendéis el cielo a cambio de la tierra,
y la eternidad a cambio de vuestro hoy? ¿Y os irritáis contra mi porque os digo
que no existe pagador ni remunerador? En verdad, ni siquiera enseño que la virtud sea su
propia recompensa.
¡Ay, ésa es mi pena! Arteramente se ha puesto en el fondo de las cosas recompensa y
castigo. Y ahora, ¡hasta en el fondo de vuestras almas, virtuosos!.
Mas semejante al colmillo del jabali, mi palabra debe desgarrar el fondo de vuestras
almas:
reja de arado quiero ser para vosotros!
Todos los secretos de vuestras almas deben salir a la luz. Y cuando, revueltos y
destrozados, estéis por el suelo, al sol, entonces también vuestra mentira estará
separada de vuestra verdad.
Esta es vuestra verdad: sois demasiado limpios para la suciedad de estas palabras:
venganza, castigo, recompensa, o represalia.
Como la madre a su hijo, asi amáis vosotros a vuestra virtud: pero, ¿cuándo se dijo que
una madre quisiera ser pagada por su amor?
Vuestra virtud es vuestro si mismo más querido para vosotros mismos. Hay en vosotros sed
de anillo: para a!canzarse de nuevo a si mismo lucha y gira todo anillo.
Y semejantes a la estrella que se apaga son vuestros actos de virtud: su luz sigue siempre
en camino y en marcha. ¿Y cuándo dejará de estarlo?
También la luz de vuestra virtud continúa en camino aunque ya esté cumplida la obra.
Puede estar ésta olvidada y muerta: sus rayos de luz prosiguen el viaje.
¡Sea vuestra virtud vuestro sí mismo, y no algo extraño, una epidermis, un manto! ¡Esa
es la verdad que brota del fondo de vuestra alma, virtuosos!
Mas ultimamente hay también algunos para quienes la virtud es un espasmo bajo un látigo.
¡Creo que oisteis demasiado los gritos de ellos!
Otros llaman virtud a la pereza de sus vicios, y cuando sus odios y sus envidias se
desperezan, entonces su .justicia despierta, restregándose los ojos adormilados.
Otros hay también a quienes parecen tirarles desde abajo: son sus demonios que les
arrastran; y cuanto más se hunden, tanto más se encienden sus ojos y tanto más codician
a su dios.
¡Ay, hasta vosotros, virtuosos, llegaron tambien los gritos de estos últimos! ¡Todo lo
que yo nos soy, eso, eso son para mi Dios y la virtud!
Tampoco faltan otros que llevan mucho peso, y rechinan por ello como carros que
avanzan cuesta abajo, cargados de pedruscos: hablan mucho de dignidad y de virtud ¡a sus
frenos llaman virtud!
Y hay otros que son como relojes a los que se precisa dar cuerda todos los días: producen
su tic-tac, y pretenden que a ese tic-tac se le llame virtud.
En verdad, con ésos me divierto: cuando vea a esos relojes les daré cuerda con mi mofa:
y no tendrán más remedio que ronronear.
Otros se jactan de su puñado de justicia, y a causa de ella cometen crímenes contra
todas las cosas: tanto que el mundo se ahoga en su injusticia.
¡Náuseas siento, cuando les sale de la boca la palabra rvirtud! Y cuando dicen yo
soy justo, suena como si dijeran: ¡Estoy vengado!.
Con su virtud quieren arrancar los ojos a sus enemigos; y se ensalzan, solamente para
humillar a los demás.
Otros más existen que se sientan en su charca y hablan así desde el cañavera!: ¡Virtud
es sentarse en silencio en la propia charca. Nosotros no mordemos a nadie, y nos alejamos
del camino de quienes quieren morder; y en todas las cosas tenemos la opinión que se nos
transmite.
Y también hay quienes aman los gestos y piensan: La virtud es una especie de gesto.
Sus rodillas están siempre dispuestas a adorar y sus manos son alabanzas de la virtud.
Mas su corazón nada sabe de todo eso.
Otros hay que tienen por virtud el decir: La virtud es necesaria; pero en el fondo creen
que sólo la policía es necesaria.
Y muchos que ignoran lo que es elevado en el hombre, llaman virtud a ver de cerca su
propia mezquindad: de ahí que llamen virtud a su malvada
mirada.
Y algunos quieren ser elevados y glorificados, y llaman a eso virtud; otros prefieren ser
abatidos, y también llaman a eso virtud.
Asi, casi todos estiman participar en la virtud: cada uno, por lo menos, quiere ser experto en bien y mal.
Zarathustra no vino, empero, para decir a todos esos mentirosos y necios: ¡Qué sabéis
vosotros de virtud! ¡Qué podríais vosotros saber de virtud!
Sino para que vosotros, amigos míos, os hartéis de las palabras viejas aprendidas de los
necios y de los mentirosos.
Para que os canséis de las palabras recompensa, castigo», «retribución,o Justa
Venganza».
Para que os canséis de decir: una acción es buena si es desinteresada.
¡Que esté vuestro si mismo en la acción. amigos míos, como la madre está en el hijo!
¡Que sea ésta vuestra palabra sobre la virtud!
En verdad, os he quitado cien palabras, y los juguetes más preciados de vuestra virtud:
de ahí que os irritéis conmigo como se irritan los niños.
Mientras jugaban junto al mar, llegó una ola y se les llevó al fondo sus juguetes: ahora
lloran.
Mas esa misma ola les traerá juguetes nuevos y depositará a sus pies conchas
multicolores.
Así serán consolados, y a vosotros, amigos míos os ocurrirá otro tanto: también
vosotros tendréis vuestros consuelos, y nuevas conchas multicolores.
Así habló Zarathustra.
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DE LA CHUSMA
Fuente de alegria es la vida. Mas donde la chusma va a beber con los
demás, todos los pozos quedan envenenados.
Gústame todo lo puro; pero no soporto ver los hocicos de mofa y la insaciable sed de los
impuros.
Miran al fondo del pozo: del pozo me sube reflejada su repulsiva sonrisa.
Han envenenado con su lascivia el agua santa, y, como llamaron placer a sus sucios
ensueños, han envenenado incluso las palabras.
La llama se indigna cuando ellos acercan al fuego sus húmedos corazones. Y el espíritu
hierve y humea cuando la chusma se acerca al fuego.
La fruta se pasa y se torna empalagosa en su mano: al frutal, su mirada lo vuelve fácil
de desgajar por el viento, y le seca las ramas.
Más de uno que se apartó de la vida, se apartó tan sólo de la chusma: no quería
compartir su agua, ni su llama, ni su fruta, con la chusma.
Y más de uno que huyó al desierto y padeció sed entre las fieras, quería solamente no
sentarse con sucios camelleros en torno a la cisterna.
Y más de uno que llegó como ángel exterminador y como granizada sobre la cosecha,
queria solo hollar con sus pies la boca de la chusma, para taparle el gaznate.
Y el bocado más difícil de tragar no es saber que la vida impone hostilidad, y muerte, y
crucifixión. Sino que una vez pregunté, y casi me sofoqué con mi pregunta: ¿Cómo?
¿La vida necesita tambien de la chusma?
¿Serán necesarios pozos envenenados, y hogueras apestosas, y sueños sucios, y hasta
gusanos en el pan de la vida?
¡No ha sido mi odio, sino la náusea, la que se ha cebado en mi vida! ¡Ay de mí! Muchas
veces he llegado a hastiarme del espiritu al comprobar que también la chusma es ingeniosa
.
Volvi la espalda al que domina cuando descubrí a qué llaman dominar: regatear y
chalanear por el poder ¡con la chusma!
Entre los pueblos de lengua extraña he habitado con las orejas tapadas, para que me fuera
siempre extraña la lengua de sus chalaneos, y su regatear por el poder.
Y tapándome la nariz he pasado con disgusto por todo el ayer y todo el hoy: ¡cómo
apestan el ayer y el hoy a chusma que escnbe!
Cual un paralitico que se hubiera vuelto sordo, ciego y mudo, asi he vivido largo tiempo,
para no convivir con la chusma del poder, de la pluma o de los placeres.
Trabajosa y cautelosamente subía escaleras mi espíritu: limosnas de placer fueron su
alivio; apoyada en su báculo se arrastraba la vida del ciego.
¿Qué me ocurrió entonces? ¿Cómo me redimió mi nausea? ¿Y quién rejuveneció mis
ojos? ¿Cómo volé hacia la altura donde no hay ya chusma sentada junto al pozo?
¿Mi misma náusea me dio alas, y las fuerzas que adivinan los manantiales? En
verdad, tuve que volar hasta lo mas alto para volver a encontrar el manantial del placer
¡Y al fin lo hallé, hermanos mios! Aquí, en lo más alto, brotó para mi el manantial
del placer. ¡Y hay una vida de la cual la chusma no bebe con los demás!
¡Oh, fuente del placer, brotas casi con excesiva energía para mí! A menudo has
vaciado la copa al querer llenarla.
Tendré que aprender a acercarme a ti con mayor modestia. Mi corazón tiende aún a tu
encuentro con excesiva violencia.
Mi corazón, sobre el que arde mi verano, breve, ardiente, melancóiico y venturoso.
¡Cómo ansía tu frescura mi corazón estival!
Pasó ya la titubeante tribulación de mi primavera.¡Pasaron ya los malignos copos de las
nevadas de junio! ¡En verano me transformé por entero, y en mediodía de verano!
Un verano en la cumbre, con fríos manantiales y silencio dulce: ¡amigos mios, venid para
que el silencio me resulte más dichoso!
Pues ésta es nuestra altura y nuestra patria: habitamos en un lugar demasiado alto y
escarpado para los impuros y para su sed.
¡Amigos mios, lanzad vuestros ojos puros en el manantial de mi placer! No por eso se
enturbiará mi agua.La respuesta de ésta será la risa de su pureza.
En el árbol del Futuro construimos nosotros nuestro nido: las águilas nos traeran
alimento en sus picos, a nosotros, los
solitarios.
Y no un alimento del que también sea licito comer a los impuros: ¡Creerán devorar
fuego, y se les abrasarian los hocicos!
En verdad, no tenemos aqui dispuestas moradas para los impuros: nuestra bienaventuranza
sería una caverna de hielo para eilos y para sus espírítus.
Y como fuertes vientos anhelamos vivir por encima de ellos, vecinos de las águilas,
vecinos de las nieves perpetuas, vecinos del sol; como viven los fuertes vientos.
Igual que los vientos quiero yo soplar entre ellos, y cortar con mi espiritu la
respiración de su espirítu: asi lo quiere mi futuro.
En verdad, Zarathustra es eso: un intenso viento para todas las hondonadas. Y este consejo
da a sus enemigos, y a quienes escupen o vomitan: ¡guardaos
de escupir contra el viento!
Asi habló Zarathustra.
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Presentación
DE LAS TARANTULAS
¡Mira, ésa es la cueva de la
tarántula! ¿Quieres verla a ella misma? Ahí cuelga su tela: tócala, para que
tiemble.
Aqui, está, sin hacerse de rogar. ¡Bien venida, tarántula! Sobre tu lomo negrea tu
emblema tnangular; y también conozco lo que hay en tu alma.
En tu alma se asienta la venganza. Alli donde tú muerdes, una costra negra se forma: el
veneno de tu
venganza hace bailar, como un torbellino, a las almas.
¡Torbellinos de venganza encrespa en el alma tu veneno!
Así os hablo en parábola a vosotros, los que levantáis torbellinos en el alma,
¡vosotros, predicadores de la igualdad! ¡Tarántulas sois para mi, y vengativos ocultos!
Pero voy a sacaros de vuestros escondrijos. ¡Por eso me carcajeo en vuestra cara, con mi
carcajada de las alturas!
Por eso desgarro vuestra tela, para que la rabia os haga salir de vuestros antros de
mentiras, y vuestra venganza aparezca tras vuestra palabra "justicia".
¡Sea el hombre redimido de la venganza! Ese es para mi el puente hacia la suprema
esperanza, y un arco iris tras prolongadas tempestades.
Muy distinto es, en verdad, lo que las tarántulas quieren: L1ámese para nosotros
justicia precisamente a esto: ¡que el mundo se llene de las tempestades de nuestra
venganza!, -asi hablan entre sí.
Vengarnos queremos, y burlarnos de cuantos no sean iguales a nosotros. - Eso se juran a si
mismos, los corazones de tarántulas.
Voluntad de igualdad, ése debe ser en lo sucesivo el nombre de la virtud. ¡Y lanzaremos
nuestros aullidos contra todo lo que tiene poder!
¡Oh, predicadores de la igualdad, el tiránico delirio de vuestra impotencia es lo que en
vosotros reclama a gritos la igualdad! Con palabras de virtud se disfraza vuestra oculta
concupiscencia tiránica. Presunción amargada, envidia reprimida, tal vez presunción y
envidia de vuestros padres: en vosotros resurgen como llamas y quimeras de venganza.
Lo que el padre silenció, en el hijo habla: muchas veces comprobé que el hijo era el
desvelado secreto del padre.
A los entusiastas se asemejan: mas no es el corazón lo que se les entusiasma, sino la
venganza. Y cuando se vuelven sutiles y fríos no es por el espiritu, sino por la envidia.
Su envidia les conduce también a los senderos de los pensadores, y ése es el signo
característico de su envidia.
Van siempre demasiado lejos; tanto, que, a la postre, tienen que echarse a dormir incluso
sobre la nieve.
En cada una de sus quejas resuena la venganza, en cada una de sus alabanzas late un
agravio: ser jueces es para ellos la dicha suprema.
Amigos mios, yo os lo aconsejo: ¡desconfiad de quienes tienen fuerte tendencia a imponer
castigos!
Es gente de mala índole y de mal origen: por sus ojos asoman el verdugo y el sabueso.
¡Desconfiad de quienes hablan continuamente de su justicia! En verdad, no es sólo
miel lo que falta a sus almas.
Y si se llaman a si mismos los buenos y justos, no olvidéis que para ser fariseos no les
falta sino ¡poder!
Amigos mios, no quiero que se me mezcle y confunda con otros.
Hay quienes predican mi doctrina acerca de la vida, y son a la vez predicadores de la
igualdad, y tarántulas.
Su hablar en favor de la vida, aunque ellos están agazapados en sus cuevas y apartados de
la vida, esas arañas ponzoñosas, se debe a que así quieren hacer daño.
Quieren hacer daño, con esos ardides, a quienes detentan el poder: pues entre éstos la
predicación de la muerte tiene la mejor acogida.
De no ser así, las tarántulas predicaría otras doctrinas: justamente fueron ellos, en
otro tiempo, quienes mejor calumniaron el mundo y quemaron herejes.
No quiero ser mezclado ni confundido con esos predicadores de la igualdad. Pues la
justicia me dice: Los hombres no son iguales.»
¡Ni deben llegar a serlo! ¿Qué sería mi amor al Superhombre, si yo hablara de
otro modo?
Por mil puentes o sendas deben los hombres lanzarse hacia el futuro, y entre ellos debe
implantarse más guerra y más desigualdad. ¡Así me hace hablar mi gran amor!
¡Inventores de imágenes y de fantasmas deben llegar a ser en sus hostilidades! ¡Con sus
imágenes y sus fantasmas, luchen aún unos con otros su batalla suprema!
Bueno y malo, y rico y pobre, y alto y bajo, y los restantes nombres de los valores, deben
ser otras tantas armas, y estandartes que proclamen que la vida tiene que superarse
continuamente a sí misma.
¡La vida misma quiere edificarse hacia la altura, con pilares y peldaños!: hacia lejanos
horizontes quiere mirar, y hacia una dichosa hermosura- ¡por eso necesita altura!
Y ya que necesita altura, necesita de peldaños y de la contradicción entre los
peldañios y los que suben. Subir quiere la vida, y, subiendo, superarse a sí misma.
Advertirlo bien, amigos míos: aquí, en la cueva de la tarántula, se alzan hacia arriba
las ruinas de un viejo templo. - ¡C ontempladla con ojos iluminados!
En verdad, quien convirtió aquí un día sus pensamientos en torre, ése conocía, como
el más sabio, el misterio de la vida.
Que existen lucha y desigualdad hasta en la belleza, y guerra por el poder, y por el
sobrepoder: eso es lo que aquí él nos enseña, en simbolo
clarísimo.
A la manera como bóvedas y arcos se traban cuerpo a cuerpo en divino combate, y se
derrumban; al modo como con luz y sombra y pugnan ellos entre sí, llenos de divinas
aspiraciones -¡Así nosotros, con igual seguridad y belleza, amigos mios, queremos
oponernos, a lo divino, en nuestras aspiraciones!
¡Ay! ¡A mí mismo me ha mordido la tarántula, mi vieja enemiga! ¡Con su seguridad y su
belleza divinas me ha picado en el dedo!
Habrá pensado así: Castigo ha de haber, y justicia. ¡Este hombre no debe cantar aquí
impunemente himnos en honor de la enemistad!
¡Ay de mi, ya se vengó! ¡Ahora, con su venganza, producirá también su torbellino en
mi propia alma!
Mas para que yo no padezca en el torbellino, amigos mios, ¡atadme fuertemente a esta columna! ¡Antes santo estilita que torbellino de
venganza!
En verdad, no es Zarathustra una tromba ni un torbellino; Y, si es un bailalin, no es
bailarin de tarántulas, ¡no baila la tarantela!
Así habló Zarathustra.
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De los sabios famosos
Al pueblo habéis servido, y a la superstición del pueblo, todos vosotros, sabios
famosos! - ¡y no a la verdad! Y precisamente por esto se os tributaba veneración.
Y también por esto se soportaba vuestra incredulidad, ya que ésta era un ardid y un
camino indirecto para llegar al pueblo. Así deja el señor plena libertad a sus esclavos
y se divierte además con la petulancia de éstos.
Mas quien al pueblo le resulta odioso, como se lo resulta un lobo a los perros: ése es el
espíritu libre, el enemigo de las cadenas, el que no adora, el que habita en los bosques.
Arrojarlo de su cobijo - eso es lo que ha significado siempre para el pueblo el «sentido
de lo justo»: contra él continúa azuzando a sus perros de más afilados dientes.
«Pues la verdad está aquí: ¡ya que aquí está el pueblo! ¡Ay, ay de los que buscan!,
- así se viene diciendo desde siempre.
A vuestro pueblo queríais darle razón en su veneración: ¡a eso lo llamasteis
«voluntad de verdad» vosotros, sabios famosos!
Y vuestro corazón se decía siempre a sí mismo: «del pueblo he venido: de allí me ha
venido también la
voz de Dios»
Duros de cerviz y prudentes, como el asno, habéis sido siempre vosotros en cuanto
abogados del pueblo.
Y más de un poderoso que quería marchar bien con el pueblo enganchó delante de sus
corceles - un asnillo, un sabio famoso.
¡Y ahora yo quisiera, sabios famosos, que por fin arrojaseis totalmente de vosotros la
piel de león!
¡La piel del animal de presa, de manchas multicolores, y las melenas del que investiga,
busca, conquista!
¡Ay, para que yo aprendiera a creer en vuestra «veracidad» tendríais primero que hacer
pedazos vuestra voluntad veneradora!
Veraz - así llamo yo a quien se marcha a desiertos sin dioses y ha hecho pedazos su
corazón venerador.
En medio de la arena amarilla, y quemado por el sol, ciertarnente mira a hurtadillas,
sediento, hacia los oasis abundantes en fuentes, en donde seres vivos reposan bajo oscuros
árboles.
Pero su sed no le persuade a hacerse igual a aquellos comodones: pues donde hay oasis,
allí hay también imágenes de idolos.
Hambrienta, violenta, solitaria, sin dios: así es como se quiere a sí misma la voluntad
leonina.
Emancipada de la felicidad de los siervos, redimida de dioses y adoraciones, impávida y
pavorosa, grande y solitaria: así es la voluntad del veraz.
En el desierto han habitado desde siempre los veraces, los espíritus libres, como
señores del desierto; pero en las ciudades habitan los bien alimentados y famosos sabios,
- los animales de tiro.
Siempre, en efecto, tiran ellos, como asnos, - ¡del carro del pueblo!
No es que yo me enfade por esto con ellos: mas para mí siguen siendo servidores, y
uncidos, aunque brillen con arreos de oro.
Y a menudo han sido servidores buenos y dignos de alabanza. Pues así habla la virtud:
«¡Si tienes que ser servidor, busca a aquel a quien más aprovechen tus servicios!
El espíritu y la virtud de tu señor deben crecer por el hecho de ser tú su servidor:
¡así creces tú mismo junto con el espíritu y con la virtud de aquél!»
Y en verdad, ¡vosotros sabios famosos, vosotros servidores del pueblo! Vosotros mismos
habéis crecido junto con el espíritu y con la virtud del pueblo - ¡y el pueblo mediante
vosotros! ¡En vuestro honor digo yo esto!
Mas pueblo seguís siendo vosotros para mí, incluso en vuestras virtudes, pueblo de ojos
miopes, - ¡pueblo que no sabe qué es espíritu!
Espíritu es la vida que se saja a sí misma en vivo: con
el propio tormento aumenta su propio saber - ¿sabíais ya esto?
Y la felicidad del espíritu es ésta: ser ungido y ser consagrado con lágrimas para
víctima del sacrificio - ¿sabíais ya esto?
Y la ceguera del ciego y su buscar y tantear deben seguir dando testimonio del poder del
sol al que miró - ¿sabíais ya esto?
¡Y el hombre que conoce debe aprender a edifìcar con montañas! Es poco que el espíritu
traslade montañas - ¿sabíais ya esto?
Vosotros conoceis sólo chispas del espíritu: ¡pero no veis el yunque que él es, ni la
crueldad de su martillo!
¡En verdad, no conocéis el orgullo del espíritu! ¡Pero aún menos soportaríais la
modestia del espíritu, si alguna vez ella quisiera hablar!
Y nunca todavía os ha sido lícito arrojar vuestro espíritu a una fosa de nieve; ¡no
sois bastante ardientes para ello! Por esto tampoco conocéis los éxtasis de su frialdad.
Para mí vosotros os tomáis en todo demasiadas confianzas con el espíritu; y de la
sabiduría hacéis con frecuencia un asilo y un hospital para malos poetas.
No sois águilas: por ello no habéis experimentado tampoco la felicidad que hay en el
terror del espíritu. Y quien no es pájaro no debe hacer su nido sobre abismos.
Me resultáis tibios: pero fría es la corriente de
todo conocimiento profundo. Gélidos son los pozos más íntimos del espíritu: un alivio
para manos y trabajadores ardientes.
Respetables estáis ahí para mí, y tiesos, y con la espalda derecha, ¡vosotros, sabios
famosos! - a vosotros no os empujan un viento y una voluntad poderosos.
¿No habéis visto jamás una vela caminar sobre el mar, redondeada e hinchada y
temblorosa por el ímpetu del viento!
Igual que la vela, temblorosa por el ímpetu del espíritu, camina mi sabiduría sobre el
mar - ¡mi sabiduría salvaje!
Pero vosotros servidores del pueblo, vosotros sabios famosos, - ¡cómo podríais vosotros
marchar junto a mí! -
Así habló Zaratustra.
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La
canción de la noche
Es de noche: a esta hora hablan más
fuerte todos los surtidores. Y también mi alma es un surtidor.
Es de noche: sólo a esta hora despiertan las canciones de los amantes. Y también mi alma
es la canción de un amante.
Hay en mí algo insatisfecho, algo insaciable, que quiere hablar. Hay en mí un ansia de
amor, que habla asimismo el lenguaje del amor.
Luz soy: ¡ay, si fuera noche! Mas ésa es mi soledad, estar circundado de luz.
¡Ay, si fuera yo noche y oscuridad! ¡Cómo iba a sorber de los pechos de la luz!
¡Aun a vosotras os bendeciria, pequeñas estrellas centelleantes, luciérnagas del cielo!
Vuestros regalos de luz me darian la dicha.
Pero yo vivo en mi propia luz, yo reabsorbo en mi las llamas que de mi brotan. Desconozco
la felicidad de quien recibe: con frecuencia he soñado que el robar debe ser más deleitoso que
el aceptar.
En eso está mi pobreza: mi mano nunca descansa de dar. Esta es mi envidia: ver ojos que
aguardan con avidez y noches en vela de anhelo.
¡Bianaventurados los que dais! ¡Oh, eclipses de mi sol! ¡Oh, anhelo de anhelar! ¡Oh,
hambre devoradora dentro de la hartura!
Ellos toman de mi. Pero ¿toco yo siquiera su alma?
Entre el dar y el aceptar media un abismo: el abismo más pequeño es el má dificil de
salvar.
De mi belleza brota un hambre: yo quisiera dañar a aquellos a quienes ilumino, y robar a
aquellos a quienes colmo de regalos. ¡Tanta es mi hambre de maldad!
Retirar mi mano cuando ya otra se ha extendido hacia ella, vacilar como la cascada antes
de despeñarse.
¡Tanta es mi hambre de maldad!
Tal venganza imagina mi plenitud, tal maldad incuba mi soledad.
¡Mi gozo de dar murió, a fuerza de dar! ¡Mi virtud se cansó de si misma por su misma
exuberancia!
Quien siempre regala, expuesto está a perder el pudor: a quien siempre distribuye, la
mano y el corazón se le encallecen de tanto repartir.
Mis ojos no se inundan ya de lágrimas ante la vergüenza de los que piden: mi mano se ha
endurecido, ya no siente el temblor de las manos ya llenas.
¿Adónde fueron las lágrimas de mis ojos y la gala de mi corazón? ¡Oh, soledad de los
generosos! iOh, silencio de los que brillan!
Muches soles giran en los espacios vacios: a todo lo que es oscuro le hablan con su luz -
para mí, callan.
¡Ay, así es la enemistad de la luz contra lo que brilla: despiadada sigue su camino!
Injusto en lo más hondo de su corazón contra cuanto brilla, frio para con los soles: asi
caminan todos los soles.
Semejantes a huracanes, vuelan los soles por sus órbitas. Siguen en su voluntad
inexorable: ésa es su finalidad.
¡Ay, solamente vosotros, los oscuros y nocturnos, extraéis calor de lo que brilla,
solamente vosotros bebéis la leche y consuelo de las ubres de la luz!
¡Ay, hielo me rodea, hielo abrasa mi mano! ¡Ay, en mí
hay sed, que desfallece por vuestra sed!
Es de noche: ¡ay, que yo tenga que ser luz! ¡Y sed de lo nocturno! ¡Y soledad!
Es de noche: a esta hora brota de mi deseo, cual una fuente.- Hablar es lo que deseo.
Es de noche: a esta hora hablan más fuerte todos los manantiales. Y también mi alma es
una fuente saltarina.
Es de noche: a esta hora despiertan las canciones de los amantes, y también mi alma es la
canción de un amante.
Asi habló Zarathustra.
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La canción del baile
Un atardecer Zarathustra caminaba con
sus discípulos por el bosque; y como buscasen una fuente, llegaron a un verde prado,
rodeado de árboles y maleza. Allí bailaban, unas con otras, unas muchachas. Apenas
vieron éstas a Zarathustra interrumpieron su danza. Pero Zarathustra se aproximó a ellas
y, con expresión amistosa, les dijo:
¡Seguid bailando, encantadoras muchachas! Zarathustra no es un ogro, ni un enemigo de la
gente joven.
Abogado de Dios soy ante el diablo, y el diablo es el espíritu de la pesadez. ¿Cómo
habría yo de ser, oh, leves, enemigo de danzas divinas, o de pies de muchacha con fines
tobillos?
Soy en verdad un bosque, y una noche de árboles tenebrosos: mas quien no se asuste de mi
oscuridad, hallará también rosas bajo mis cipreses.
Y hallará además al diosecillo favorito de los jóvenes: el que yace tranquilo junto a
la fuente, con los ojos cerrados.
En verdad que en un claro día se me quedó dormido, el haragán. ¿Es que acaso corrió
demasiado tras las mariposas?
¡No os irriéis, bellas bailannas, si fustigo un poco a tal diosecillo! De seguro
que chillará y llorará. ¡Pero hasta cuando llora anima a reír!
Con lágnmas en los ojos os pedirá que dancéis con él: y yo mismo entonaré una
canción para su baile.
Una canción de baile y de mofa contra el espíntu de la pesadez, mi más excelso y
poderoso diablo, del que ellos dicen que es el
Señor del
Mundo.
Y ésta es la canción que cantó Zarathustra, mientras Cupido y las jóvenes danzaban
juntos:
Hace poco miré en tus ojos, oh, vida, y me pareció
sumergirme en lo insondable.
Mas me sacaste tú con anzuelo de oro: y reíste burlonamente cuando te llamé insondable.
"Ese es el lenguaje de todos los peces -me dijiste-: llaman insondable a lo que ellos
no pueden sondar. No obstante, yo soy sólo voluble, y salvaje, y en todo mujer; ¡Y no
virtuosa!
Aun cuando para vosotros, los hombres, me llamen la profunda', o 'la fiel', o 'la eterna',
o la'llena de misterio'.
Vosotros, los hombres, me otorgáis siempre el regalo de vuestras propias virtudes, ¡ay,
virtuosos!
Y así reia ella, la increíble: mas yo jamás la creo, ni a ella ni a su risa, cuando con
picardía habla de si misma.
Y cuando yo hablaba a solas con mi sabiduria salvaje, me dijo encolerizada: "Tú
quieres, tu anhelas, tu amas; ¡y sólo por eso haces el panegírico de la vida!"
Sentí la tentación de responderle colérico y decirle la verdad: no se puede contestar
de peor modo que "diciendo la verdad" a nuestra propia sabiduria.
Así estamos los tres. A fondo, yo sólo amo la vida:
¡Y cuando más la amo es cuando la odio!
Mas que yo sea bueno con la sabidurla, demasiado bueno a menudo, se debe a que me recuerda
totalmente a la vida.
Posee sus mismos ojos, su misma risa, y hasta su mismo anzuelo de oro: ¿acaso es mía la
culpa si se parecen tanto las dos?
Una vez, cuando la vida me preguntó: "¿Quién es ésa, la sabiduría?", al
punto le respondi: "Ah, ya, ¡la sabiduría!"
Tenemos sed de ella y nunca la saciamos, la miramos a través de velos, la queremos
atrapar con redes.
¿Es bella tal vez? ¡Qué puedo saber yo! Pero hasta las carpas más viejas
muerden su cebo.
Es veleidosa y tozuda: con frecuencia la he visto mordisquearse los labios y peinarse los
cabellos a contrapelo
Quizá sea malévola y falsa, una auténtica mujer: mas cuando habla mal de si, es
justamente cuando seduce más.
En cuanto la vida oyó mis palabras, sonrió picarescamente y entornó los ojos.
¿De quién estás hablando? -dijo-. ¿Será por ventura de mí?
Y, aunque tengas razón, ¿para qué me dices esas cosas en mi propia cara? Pero.
¡habla también de tu sabiduría!
¡Ay, entonces tornaste a abrir los ojos, oh, vida amada y me pareció que volvía a
sumergirme en lo insondable!
Así cantó Zarathustra. Mas al terminar la danza y desaparecer las muchachas, se sintió
triste.
Hace ya mucho que el sol se ha ocultado -exclamó al fin-. El prado está húmedo, de los
bosques llega un viento frío.
Algo desconocido me rodea, y me contempla pensativo. ¿Cómo? ¿Acaso vives aún,
Zarathustra?
¿Por qué?, ¿para qué?, ¿con qué?, ¿hacia dónde?, ¿de dónde?, ¿cómo? ¿No
es tonteria seguir viviendo?
¡Ay, amigos mios! Es la tarde quien asi pregunta dentro de mi. ¡Perdonadme mi
tristeza!
El atardecer ha llegado. ¡Perdonadme que haya llegado el atardecer!
Asi habló Zarathustra
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La canción de los
sepulcros
¡Ahi está la isla de los sepulcros, la
silenciosa! ¡Ahí están igualmente los sepulcros de mi juventud! A ella quiero
llevar una corona siempre verdadera de vida.
Con ese propósito en mi corazón, atravesé el mar.
¡Oh, vosotras, visiones de mi juventud, vosotras, miradas del amor, vosotros, instantes
divinos! ¡Qué pronto habéis muerto para mí! Hoy os recuerdo como a mis muertos.
De vosotros, mis muertos amados, llega hasta mí un suave perfume que desata el corazón y
las lágrimas. En verdad, el corazón del solitano navegante se siente conmovido y
aliviado por tal perfume.
Aún sigo siendo el más rico y el más digno de envidia ¡yo, el más solitario! Pues yo
os tuve a vosotros, y vosotros me tuvisteis a mí. Respondedme: ¿a quién le cayeron del
árbol, como a mí, tales manzanas de rosa?
!Soy aúin el heredero de vuestro amor, y el suelo que en recuerdo vuestro florece con
virtudes silvestres de todos los colores, oh, vosotros, amadísimos!
¡Ay, estábamos hechos para estar muy cerca!, ¡oh, propicios y extraños prodigios!: y
no acudisteis a mí y a mi deseo como pajarillos tímidos- ¡no, sino como confiados a
quien confia!
¡Sí, hechos para la lealtad, como yo mismo, y para suaves eternidades: ahora tengo que
llamaros por vuestra infidelidad, oh, miradas e instantes divinos: aún no he aprendido
otro nombre!
En verdad, demasiado pronto habéis muerto para mí, ¡oh, fugitivos! Pero no
huisteis de mí, ni yo huí de vosotros: inocentes somos, unos y otros, en nuestra
infidelidad.
Para matarme a mi os han estrangulado a vosotros, ¡pájaros cantores de mis esperanzas!
Sí, contra vosotros, amados, disparó la maldad sus dardos, ¡para herirme en mi
corazón!
¡Y dio en el blanco! Porque vosotros erais lo que más amaba mi corazón, erais mi
posesión y mi ser poseído: ¡por eso hubisteis de morir, jóvenes y demasiado pronto!
¡Dispararon su dardo sobre mi fanco más débil! ¡Lo erais vosotros, cuya piel
parecia una suave pelusa, o, mejor, la sonrisa que muere por una mirada!
Pero esto quiero decir a mis enemigos: ¡qué son todos los homicidios, al lado de lo que
conmigo habéis hecho!
Mayor que cualquier homicidio es el daño que me causasteis: me habéis arrebatado algo
irrecuperable. ¡Asi os hablo, enemigos míos!
Pues habéis asesinado las visiones de mi juventud, y mis prodigios más queridos. ¡Me
habéis quitado mis compañeros de juego, mis espíritus bienhadados! Para venerar su
memoria deposito esta corona y esta maldición.
¡sta maldición para vosotros, enemigos míos! Pues abreviasteis mi eternidad, como un
sonido se quiebra en la noche fría. Casi tan sólo como un relampagueo de ojos divinos
llegó hasta mí -¡un instante brevísimo! En la hora oportuna, mi pureza dijo así
una vez: Para mi, todos los seres son divinos.
Entonces caísteis sobre mí con fantasmas inmundos. iAy!, ¿hacia dónde huyó aquella
hora propicia?
Todos los días deben ser santos para mí», dijo en otro tiempo mi juvenil sabiduría.
¡Palabras, en verdad, propias de una gaya ciencia!.
Pero entonces vosotros, mis enemigos, me robasteis mis noches, y me las trocasteis en
duros insomnios. ¡Ay de mí! ¿Hacia dónde huyó mi gaya ciencia?
En otro tiempo suspiraba por auspicios felices. Entonces hicisteis que se cruzara en mi
camino un horrible y monstruoso búho. ¡Ay de mi! ¿Hacia dónde huyó entonces mi
más tierno afán?
A toda náusea prometí en otro tiempo renunciar: entonces trocasteis a mis allegados y
prójimos en llagas purulentas. ¡Ay de mí! ¿Hacia dónde huyó entonces mi más noble
promesa?
Como ciego recorria en otro tiempo sendas de felicidad: entonces arrojasteis basuras al
camino del ciego, y él sintió náuseas del viejo sendero de ciego.
Y cuando cosumé lo más arduo para mi y magnifqué el triunfo de mis superaciones,
entonces hicisteis clamar a cuantos me amaban que yo era quien más daño les hacía.
Así habéis procedido siempre: me habéis amargado mis mejores mieles y la laboriosidad
de mis mejores abejas.
A mi benevolencia enviasteis siempre los más insolentes mendigos: e indujisteis a
solicitar mi compasión a aquellos cuya desvergüenza era incurable. Asi lastimasteis mi
virtud en su fe.
Y cuando ofrendé en sacrificio lo que en mi había de más santo, vuestra «piedad»
añadió al instante sus do nes más grasientos, de modo que en el vaho de vuestra grasa
quedó ahogado hasta lo más santo en mi.
En otro tiempo quise bailar como jamás habia bailado hasta entonces: más allá de todos
los cielos quise bailar. Fue entonces cuando sedujisteis a mi cantar más amado .
Y aquel cantar entonó una canción tristona y horriblee, que en mis oídos retumbó como
un tétrico cuerno.
¡Cantor asesino, instrumento de la maldad, el más icocente! Cuando yo estaba dispuesto
para el mejor baile, jentonces asesinaste mi éxtasis con tus sones!
Sólo en el baile sé yo decir el simbolo de las cosas supremas: ¡y ahora mis miembros
han quedado paralizados, y no han podido expresar mi simbolo supremo!
¡Inexpresa e irredenta quedó en mi mi más alta esperanza! ¡Y se me murieron todas las
visiones y consuelos de mi mocedad! ¿Cómo pude
soportarlo? ¿Cómo venci y superé tamañas heridas? ¿Cómo volvió mi alma a
resurgir de tales sepulcros?
Sí, en mí hay algo invulnerable, algo insepultable, y que consigue hacer saltar las
peñas: mi voluntad. A través de los años avanza silenciosa e inmune. Mi vieja voluntad
quiere recorrer con mis pies mi
camino: su sentir es duro de corazón, invulnerable.
Invulnerable soy unicamente en mi talón . ¡Aún
subsistes idéntica a ti misma tú, la más paciente de todas! ¡Siempre conseguiste pasar
por entre todos los sepulcros!
En ti vive aún lo irredento de mi juventud: como vida y juventud te has sentado a
aguardar esperanzada, sobre amarillas ruinas de sepulcros.
Sí, aún eres para mi la destructora de todos los sepulcros. ¡Salud a ti, voluntad mia!
Y sólo donde hay sepulcros hay resurrecciones.
Así habló Zarathustra.
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De
la superación de sí mismo
Voluntad de verdad: ¿es asi como llamáis vosotros, los más sabios, a cuanto
os impulsa e inflama?
Voluntad de volver pensable todo lo que existe: ¡asi amo yo a vuestra voluntad!
Queréis hacer pensable cuanto existe: pues, con justificada desconfianza, dudáis de que
sea ya pensable.
Mas todo lo existente debe amoldarse y plegarse a vosotros: ¡así lo decreta vuestra
voluntad! Debe allanarse y someterse al espintu, como espejo e imagen reflejada de éste.
¡Asi es vuestra voluntad, sapientisimos, una voluntad de poder! Hasta cuando habláis del
bien y del mal y de las valoraciones.
Queréis crear un mundo ante el que podáis arrodillaros: ésa es vuestra última
esperanza y vuestra última embriaguez.
Los nos sabios, ciertamente, el pueblo son como el río sobre el que navega una barca: y en la barca se asientan solemnes y embozadas las
tablas de valores.
Sobre el rio del devenir habéis colocado vuestra voluntad y vuestros valores: lo que es
creído por el pueblo como bueno y como malo me revela a mí una vieja voluntad de poder.
¡Oh, hombres sapientísimos! Vosotros sois a quienes colocasteis tales pasajeros en la
barquilla, Y quienes les disteis pompas y nombres vanidosos. ¡Si, vosotros, y vuestra
voluntad de dominio!
Ahora el río lleva vuestra barca: tiene que llevarla. Poco importa que la ola rota
espumee y se oponga encolerizada a la quilla.
¡Oh, sapientísimos, no es el río vuestro peligro, y el térmnino de vuestro bien y
vuestro mal, sino aquella misma voluntad, la voluntad de poder, la inagotable y fecunda
voluntad de vida!
Más para que comprendáis mi palabra sobre el bien y el mal, voy a deciros mi palabra
sobre la vida, y sobre la especie de todo cuanto tiene vida.
Yo he seguido las huellas de lo que vive, he recorrido los caminos más grandes y los más
pequeños para conocer su especie.
En un espejo de cien facetas he captado su mirada, cuando estaba cerrada su boca, a fin de
que fuesen sus ojos los que me hablaran. Y sus ojos me han hablado.
Allá donde encontré seres vivos, alli también oi hablar de obediencia. Todo ser con
vida es obediente. Y esto es lo segundo: sólo se manda a quien no sabe obedecerse a si
mismo. Así es la especie de los seres vivos.
Mas esto es lo tercero que oi: Mandar es más dificil que obedecer. Y no sólo porque
quien manda ha de soportar el peso de quienes obedecen, un peso que fácilmente le
aplasta:-.
En todo mandar he visto siempre un ensayo y un riesgo. Siempre que el ser vivo manda, se
arriesga a sí mismo.
Y aun cuando se manda a si mismo, tiene que expiar su mandar: tiene que ser juez, y
vengador, y víctima de su propia ley.
¿Cómo puede ocunir asi?, me preguntaba. ¿Qué es lo que induce a los seres vivos a
obedecer, y a mandar, y a ser obedientes aun mandando?
¡Escuchad, pues, mi palabra, sapientísimos! Examinad con seriedad si he profundizado
hasta el corazón de la vida, hasta las raíces mismas de su corazón.
Donde divisé un ser vivo, allí encontré también voluntad de poder: e incluso en la
voluntad del siervo
encontré la voluntad de ser señor.
Servir al más fuerte, a eso persuade al más débil su voluntad, que quiere ser señora
de lo que es más débil todavia: tal es el unico goce del que no quiere privarse.
Y asi como el menor se entrega al mayor, para dominar y disfrutar de poder sobre el
minimo, así también el mayor se entrega y arriesga la vida por amor al poder.
Tal es la entrega del más fuerte: ser temeridad y riesgo, y un juego de dados con la
muerte.
Donde existen sacrificio y servicios, y miradas de amor, alli hay también voluntad de
dominio. Por caminos tortuosos se introduce el débil en el fortín, hasta el corazón del
poderoso -y le roba el poder.
Este secreto me ha revelado la vida: Mira -me vino a decir-, yo soy lo que
siempre debe superarse a si mismo.
Vosotros llamáis a eso voluntad de engendrar, o instinto de los fines, de algo más alto,
más alejado, más diverso: pero, todo eso es una sola y misma realidad, un único
misterio.
Prefiero hundirme en mi ocaso y renunciar a esa única cosa: en verdad, donde haya ocaso y
otoño, allí la vida se inmola a si misma- ¡por el poder!
¡Yo tengo que ser combate y devenir, y finalidad, y contradicción de los fines!
¡Ay, quien comprenda mi voluntad comprenderá también las sendas tortuosas por las que
tengo que caminar!
Cualesquiera cosas que yo crea, y las ame como las ame, pronto tendrá que ser su
adversario, y el adversario de mi amor: así lo quiere mi voluntad.
Y también tú, hombre del conocimiento, no eres sino un sendero y una huella de mi
voluntad: ¡en verdad, mi voluntad de poder sigue igualmente las huellas de tu voluntad de
verdad!
No ha dado ciertamente en el blanco de la verdad quien contra ella lanzó la frase "voluntad de existir": ¡tal voluntad no
existe!
Lo que no existe no puede querer; y lo que está en la existencia, ¿cómo habría de
apetecer lo que ya tiene?
Solamente hay voluntad alli donde hay vida: pero no voluntad de vida, sino -tal es mi
doctrina- ¡voluntad de poder!
Muchas cosas tiene el viviente en mayor aprecio que su propia vida. Mas en su propio
apreciar habla - ¡la voluntad de poder!
Eso me enseñó la vida, y por eso resuelvo yo, oh, sabios, hasta el enigma de nuestros
corazones.
En verdad os digo; no existen un bien ni un mal imperecederos. Tienen que superarse a si
mismos por sí mismos siempre de nuevo.
Con vuestros valores, con vuestras palabras sobre el bien y el mal, vosotros, los
valoradores, ejercéis la violencia, y ése es vuestro oculto amor, el esplendor, la
emoción, el desbordamiento de vuestra alma.
Mas de vuestros valores brota una violencia más fuerte y una renovada superación: al
chocar con ella se rompen el huevo y la cáscara.
Y quien quiere ser un creador en el bien y en el mal, ése
tiene que ser primero un destructor, y quebrantar valores.
Asi, para realizar el mayor bien hay que cometer el mayor mal: ésa es la bondad creadora.
Hablemos de esto, sapientísimos, aunque haga daño.
Peor es callar: todas las verdades calladas se vuelven venenosas.
¡Y rompamos todo aquello que podamos romper a nuestras verdades! ¡Hay aún muchas
cosas por edifìcar!
Asi habló Zarathustra.
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Presentación
De los sublimes
Silencioso es el fondo de mi mar: ¡quién adivinaría que esconde monstruos
juguetones!
Imperturbable es mi profundidad: mas resplandece de enigmas y risas flotantes.
Hoy he visto un sublime, un solemne, un
penitente del
espíritu: ¡oh, cómo se rió mi alma de su fealdad!
Con el pecho levantado, y semejante a quienes están aspirando aire: así estaba él, el
sublime, y callaba:
Guarnecido de feas verdades, su botín de caza, y con muchos vestidos desgarrados;
también pendían de él muchas espinas - pero no vi ninguna rosa.
Aún no había aprendido la risa ni la belleza. Sombrío volvía este cazador del bosque
del conocimiento.
De luchar con animales salvajes volvía a casa: mas desde su seriedad continúa mirando un
animal salvaje - ¡un animal no vencido aún!
Ahí continúa estando, como un tigre que quiere saltar; pero a mí no me agradan esas
almas tensas, a mi gusto le repugnan todos esos contraídos.
¿Y vosotros me decís, amigos, que no se ha de disputar sobre el gusto y el saber? ¡Pero
toda vida es una disputa por el gusto y por el sabor!
Gusto: es el peso y, a la vez, la balanza y el que pesa; ¡y ay de todo ser vivo que
quisiera vivir sin disputar por el peso y por la balanza y por los que pesan!
Si este sublime se fatigase de su sublimidad: entonces comenzaría su belleza, - sólo
entonces quiero yo gustarlo y encontrarlo sabroso.
Y sólo cuando se aparte de sí mismo saltará por encima de su propia sombra - y, ¡en
verdad!, penetrará en su sol.
Demasiado tiempo ha estado sentado en la sombra, pálidas se le han puesto las mejillas al
penitente del espíritu; casi murió de hambre a causa de sus esperas.
Desprecio hay todavía en sus ojos; y náusea se esconde en su boca. Ahora reposa,
ciertamente, pero su reposo no se ha tendido todavía al sol.
Debería hacer como el toro; y su felicidad debería oler a tierra y no a desprecio de la
tierra.
Como un toro blanco quisiera yo verlo, resoplando y mugiendo mientras marcha delante del
arado: ¡y su mugido debería alabar además todo lo terreno!
Oscuro es todavia su rostro; la sombra de la mano juega sobre él. Ensombrecido está
todavía el sentido de sus ojos.
Su acción misma es todavía la sombra sobre él: la mano oscurece al que actúa. Aún no
ha superado su acción.
Es verdad que yo amo en él la nuca de toro: mas ahora quiero ver también incluso los
ojos de ángel.
También su voluntad de héroe tiene todavía que olvidarla: un elevado debe ser él para
mí, y no sólo un sublime: - ¡el éter mismo debería elevarlo a él, el falto de
voluntad!
Él ha domeñado monstruos, ha resuelto enigmas: pero aún debería redimir a sus propios
monstruos y enigmas, en hijos celestes debería aún transformarlos.
Su conocimiento no ha aprendido todavía a sonreír y a no tener celos; aún no se ha
vuelto tranquila en la belleza su caudalosa pasión.
En verdad, no en la saciedad debería callar y sumergirse su ansia, ¡sino en la belleza!
El encanto forma parte de la magnanimidad de los magnánimos.
Con el brazo apoyado sobre la cabeza: así debería reposar el héroe, así debería
superar incluso su reposo.
Pero cabalmente al héroe lo bello le resulta la más difícil de todas las cosas.
Inconquistable es lo bello para toda voluntad violenta.
Un poco rnás, un poco menos: justo eso es aquí mucho, es aquí lo más.
Estar en pie con los músculos relajados y con la voluntad desuncida: ¡eso es lo más
difícil para todos vosotros, los sublimes!
Cuando el poder se vuelve clemente y desciende hasta lo visible: belleza llamo yo a tal
descender.
Y de nadie quiero yo belleza tanto como precisamente de ti, violento: sea tu bondad tu
última superación de ti mismo.
De todo mal te creo capaz: por ello quiero yo de ti el bien.
¡En verdad, a menudo me he reído de los debiluchos que se creen buenos porque tienen
zarpas tullidas!
A la virtud de la columna debes aspirar: más bella y más delicada se va tornando, pero
en lo interior más dura y más robusta, cuanto rnás asciende.
Sí, sublime, alguna vez también tú debes ser bello y presentar el espejo a tu propia
belleza.
Entonces tu alma se estremecerá de ardientes deseos divinos; ¡Y habrá adoración
incluso en tu vanidad!
Éste es, en efecto, el misterio del alma: sólo cuando el héroe la ha abandonado
acércase a ella, en sueños, - el super-héroe.
Así habló Zaratustra.
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Presentación
Del pais de la
cultura
Demasiado me había adentrado yo volando en el futuro: un estremecimiento de
horror se apoderó de mí.
Y cuando miré a mi alrededor, he aquí que el tiempo era mi único contemporáneo.
Entonces huí hacia atrás, hacia el hogar - y cada vez más aprisa: así llegué a
vosotros, hombres del presente, y al país de la cultura.
Por vez primera llevaba yo conmigo unos ojos para veros, y buenos deseos: en verdad, con
anhelo en el corazón llegué.
Mas, ¿qué me ocurrió? A pesar de mi angustia - ¡tuve que echarme a reír! ¡Nunca
habían visto mis ojos algo tan abigarrado!
Yo reía y reía mientras el pie aún me temblaba, así como el corazón: «¡Ésta es sin
duda la patria de todos los tarros de colores! -dije.
Con cincuenta chafarrinones teníais pintados el rostro y los miembros: ¡así estabais
sentados, para mi asombro, hombres del presente!
¡Y con cincuenta espejos a vuestro alrededor, que halagaban el juego de vuestros colores
y lo reproducían!
¡En verdad, no podríais llevar mejor máscara, hombres del presente, que vuestro propio
rostro! ¡Quién podría - reconoceros!
Emborronados con los signos del pasado, los cuales estaban a su vez embadurnados con otros
signos: ¡así os habéis escondido bien de todos los intérpretes de signos!
Y aun cuando se sea un escrutador de riñones:
¡quién creerá que vosotros tenéis riñones! De colores parecéis estar amasados, y de
papeles encolados.
Todas las épocas y todos los pueblos miran abigarradamente desde vuestros velos; todas
las costumbres y todas las creencias hablan abigarradamente desde vuestros gestos.
Quien os quitase velos y aderezos y colores y gestos: todavía tendría bastante para
espantar a los pájaros con el resto.
En verdad, yo mismo soy el pájaro espantado que una vez os vio desnudos y sin colores; y
me escapé volando de alli cuando el esqueleto me hizo señas amorosas.
¡Preferiría ser jornalero en el submundo y entre las sombras
del pasado! - ¡más gruesos y rellenos que vosotros son ciertamente los habitantes
del submundo!
¡Esto, sí, esto es amargura para mis intestinos, el no soportares ni desnudos ni
vestidos a vosotros, los hombres del presente!
Todas las cosas siniestras del futuro, y todas las que alguna vez espantaron a pájaros
extraviados, más confortables son, en verdad, y más familiares que vuestra «realidad».
Pues habláis así: «Nosotros somos enteramente reales, y ajenos a la fe y a la
superstición»: así hincháis el pecho - ¡ay, aunque ni siquiera tenéis pechos!
Sí, ¡cómo ibais a poder creer vosotros, gentes salpicadas de múltiples colores! - ¡si
sois estampas de todo lo que alguna vez fue creído!
Refutaciones ambulantes sois de la fe misma, y una dislocación de todos los pensamientos.
Indignos de fe:¡así os llamo yo a vosotros, reales!
Todas las épocas han parloteado unas contra otras en vuestros espirítus; ¡y los sueños
y parloteos de todas las épocas eran más reales incluso que vuestra vigilia!
Estériles sois: por eso os falta a vosotros la fe. Pero el que tuvo que crear, ése tuvo
siempre también sus sueños proféticos y sus signos estelares - ¡y creía en la fe! -
Puertas entreabiertas sois vosotros, junto a las cuales aguardan sepultureros. Y ésta es
vuestra realidad: «Todo es digno de perecer.
¡Ay, cómo aparecéis ante mí, estériles, con qué costillas tan flacas! Y algunos de
vosotros se han dado sin duda cuenta de ello.
Y dijeron: «¡Es que un dios nos ha sustraído secretamente algo mientras dormíamos!
¡En verdad, bastante para formarse con ello una mujercilla!
¡Asombrosa es la pobreza de nuestras costillas!», así han hablado ya algunos de los
hombres del presente.
¡Sí, risa me causáis, hombres del presente! ¡Y especialmente cuando os asombráis de
vosotros mismos!
¡Y ay de mí si no pudiera yo reírme de vuestro asombro y tuviera que tragarme todas las
repugnantes cosas de vuestras escudillas!
Pero quiero tomaros a la ligera, pues yo tengo que llevar cosas pesadas; ¡y qué me
importa el que escarabajos y gusanos voladores se posen sobre mi carga!
¡En verdad, no por ello me ha de pesar más! Y no de vosotros, hombres del presente, debe
llegarme a mí la gran fatiga. -
¡Ay, adónde debo ascender yo todavía con mi anhelo! Desde todas las altas montañas
busco con la vista el país de mis padres y de mis madres!
Pero no he encontrado hogar en ningún sitio: un nómada soy yo en todas las ciudades, y
una despedida junto a todas las puertas.
Ajenos me son, y una burla, los hombres del presente, hacia quienes no hace mucho me
empujaba el corazón; y desterrado estoy del país de mis padres y de mis madres.
Por ello amo yo ya tan sólo el país de mis hijos, el
no descubierto, en el mar remoto: que lo busquen incesantemente ordeno yo a mis velas.
En mis hijos quiero reparar el ser hijo de mis padres: ¡y en todo futuro - este presente!
Así habló Zaratustra.
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Presentación
Del
inmaculado conocimiento
Cuando ayer salía la luna me pareció que iba a dar a luz un sol: tan
abultada y grávida yacía en el horizonte.
Pero me mintió con su preñez; y antes creería yo en el hombre
de la luna que en la mujer.
Ciertamente, poco hombre es también ese tímido noctámbulo. En verdad, con mala
conciencia deambula sobre los tejados.
Pues es lascivo y celoso el monje que hay en la luna, lascivo de la tierra y de todas las
alegrías de los amantes.
¡No, no me gusta ese gato sobre los tejados! ¡Me repugnan todos los que rondan
furtivamente las ventanas entornadas!
Piadosa y silente camina sobre alfombras de estrellas: - mas no me gustan, en el varón,
esos pies sigilosos, en los que ni siquiera una espuela mete ruido.
El paso de todo hombre honesto habla; pero el gato se escurre furtivo por el suelo. Mira,
gatuna y deshonesta avanza la luna. -
¡Esta parábola os ofrezco a vosotros los sensibles hipócritas, a vosotros los hombres
del «puro conocimiento»! ¡A vosotros yo os llamo - lascivos!
También vosotros amáis la tierra y las cosas terrenas: ¡os he adivinado bien! - pero
vergüenza hay en vuestro amor, y mala conciencia, - ¡os parecéis a la luna!
A que despreciéis a la tierra ha persuadido alguien a vuestro espíritu, pero no a
vuestras entrañas: ¡mas éstas son lo más fuerte en vosotros!
Y ahora vuestro espíritu se avergüenza de estar a merced de vuestras entrañas, y a
causa de su propia vergüenza recorre caminos tortuosos y embusteros.
«Para mí sería lo más elevado - así se dice a sí mismo vuestro mendaz espíritu -
mirar a la tierra sin codicia y sin tener la lengua colgando, como el perro:
¡Ser feliz en el contemplar, con una voluntad ya muerta, ajeno a la rapacidad y a la
avaricia del egoísmo - frío y gris en todo el cuerpo, mas con ebrios ojos de luna!
«Lo más querido sería para mí - así se seduce a sí mismo el seducido - amar la
tierra tal como la ama la luna, y sólo con los ojos palpar su belleza.
Y el conocimiento inmaculado de todas las cosas sea para mí el no querer nada de las
cosas: excepto el que me sea lícito yacer ante ellas como un espejo
de cien ojos.» -
¡Oh, sensibles hipócritas, lascivos! A vosotros os falta la inocencia en el deseo: ¡y
por eso ahora calumniáis el desear!
¡En verdad, no como creadores, engendradores, gozosos de devenir amáis vosotros la
tierra!
¿Dónde hay inocencia? Allí donde hay voluntad de engendrar. Y el que quiere crear por
encima de sí mismo, ése tiene para mí la voluntad más pura.
¿Dónde hay belleza? Allí donde yo tengo que querer con toda mi voluntad; allí donde yo
quiero amar y hundirme en mi ocaso, para que la imagen no se quede sólo en imagen.
Amar y hundirse en su ocaso: estas cosas van juntas desde la eternidad. Voluntad de amor:
esto es aceptar de buen grado incluso la muerte. ¡Esto es lo que yo os digo, cobardes!
¡Pero ahora vuestro castrado bizquear quiere llamarse «contemplación»! ¡Y lo que se
deja palpar con ojos cobardes debe ser bautizado con el nombre de «bello! ¡Oh,
mancilladores de nombres nobles!
Mas ésta debe ser vuestra maldición, inmaculados, hombres del puro conocimiento, el que
jamás daréis a luz: ¡y ello aunque yazcáis abultados y grávidos en el horizonte!
En verdad, vosotros os llenáis la boca con palabras nobles: ¿y nosotros debemos creer
que el corazón os rebosa, embusteros?
Pero mis palabras son palabras pequeñas, despreciadas, torcidas: me gusta recoger lo que
en vuestros banquetes cae debajo de la mesa.
¡Con ellas puedo siempre todavía - decir la verdad a los hipócritas! ¡Sí, mis espinas
de pescado, mis conchas y mis cardos deben - cosquillear las narices a los hipócritas!
Aire viciado hay siempre en torno a vosotros y a vuestros banquetes: ¡vuestros lascivos
pensamientos, vuestras mentiras y disimulos están, en efecto, en el aire!
¡Osad primero creeros a vosotros mismos - a vosotros y a vuestras entrañas! El que no se
cree a sí mismo miente siempre.
Una máscara de un dios habéis colgado delante de vosotros mismos, «puros»: en una
máscara de un dios se ha introducido, arrastrándose, vuestra asquerosa lombriz.
¡En verdad, vosotros engañáis, «contemplativos»! También Zaratustra fue en otro
tiempo el chiflado de vuestras pieles divinas; no adivinó las enroscadas serpientes de
que estaban llenas esas pieles.
¡En otro tiempo me imaginé ver jugar el alma de un dios en vuestros juegos, hombres del
puro conocimiento! ¡En otro tiempo me imaginé que no había mejor arte que vuestras
artes!
La distancia me ocultaba la inmundicia de serpientes y su mal olor: y que aquí rondaba,
lasciva, la astucia de un lagarto.
Pero me aproximé a vosotros: entonces llegó a mí el día - y ahora él viene a
vosotros, - ¡se acabaron los amores con la luna!
¡Mirad! ¡Atrapada y pálida se encuentra ahí la luna - ante la aurora!
¡Pues ya Llega ella, la incandescente, - lllega su amor a la tierra! ¡Inocencia y deseo
propio de creador es todo amor solar!
¡Mirad cómo se eleva impaciente sobre el mar! ¿No sentís la sed y la ardiente
respiración de su amor?
Del mar quiere sorber, y beber su profundidad llevándosela a lo alto: entonces el deseo
del mar se eleva con mil pechos.
Besado y sorbido quiere ser éste por la sed del sol; ¡en luz quiere convertirse, y en
altura y en huella de luz, y en luz misma!
En verdad, igual que el sol amo yo la vida y todos los mares profundos.
Y esto significa para mí conocimiento: todo lo profundo debe ser elevado - ¡hasta mi
altura!
Así habló Zaratustra.
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Presentación
De los doctos
Mientras yo yacía dormido en el suelo vino una oveja a pacer de la
corona de hiedra de mi cabeza, - pació y dijo:
«Zaratustra ha dejado de ser un docto.
Así dijo, y se marchó hinchada y orgullosa. Me lo ha contado un niño.
¡Me gusta estar echado aquí donde los niños juegan, junto al muro agrietado, entre
cardos y rojas amapolas.
Todavía soy un docto para los niños, y también para los cardos y las rojas amapolas.
Son inocentes, incluso en su maldad.
Mas para las ovejas he dejado de serlo: así lo quiere mi destino - ¡bendito sea!
Pues ésta es la verdad: he salido de la casa de los doctos: y además he dado un portazo
a mis espaldas.
Durante demasiado tiempo mi alma estuvo sentada hambrienta a su mesa; yo no estoy
adiestrado al conocer como ellos, que lo consideran un cascar nueces.
Amo la libertad, y el aire sobre la tierra fresca; prefiero dormir sobre pieles de buey
que sobre sus dignidades y respetabilidades.
Yo soy demasiado ardiente y estoy demasiado quemado por pensamientos propios: a menudo me
quedo sin aliento. Entonces tengo que salir al aire libre y alejarme de los cuartos llenos
de polvo.
Pero ellos están sentados, fríos, en la fría sombra: en todo quieren ser únicamente
espectadores, y se guardan de sentarse allí donde el sol abrasa los escalones.
Semejantes a quienes se paran en la calle y miran boquiabiertos a la gente que pasa: asi
aguardan también ellos y miran boquiabiertos a los pensamientos que otros han pensado.
Si se los toca con las manos, levantan, sin quererlo, polvo a su alrededor, como si fueran
sacos de harina; ¡pero quién adivinaría que su polvo procede del grano y de la amarilla
delicia de los campos de estío!
Cuando se las dan de sabios, sus pequeñas sentencias y verdades me hacen tiritar de
frío: en su sabiduría hay a menudo un olor como si procediese de la ciénaga: y en
verdad, ¡yo he oído croar en ella a la rana!
Son hábiles, tienen dedos expertos: ¡qué quiere mi sencillez en medio de su
complicación! De hilar y de anudar y de tejer entienden sus dedos: ¡así hacen los
calcetines del espíritu!
Son buenos relojes: ¡con tal de que se tenga cuidado de darles cuerda a tiempo! Entonces
señalan la hora sin fallo y, al hacerlo, producen un discreto ruido.
Trabajan igual que molinos y morteros: ¡basta con echarles nuestros cereales! - ellos
saben moler bien el grano y convertirlo en polvo blanco.
Se miran unos a otros los dedos y no se fían del mejor. Son hábiles en inventar astucias
pequeñas, aguardan a aquellos cuya ciencia anda con pies tullidos, - aguardan igual que
arañas.
Siempre les he visto preparar veneno con cautela; y siempre, al hacerlo, se cubrían los
dedos con guantes de cristal.
También saben jugar con dados falsos; y los he encontrado jugando con tanto ardor que al
hacerlo sudaban.
Somos recíprocamente extraños, y sus virtudes repugnan a mi gusto aún más que sus
falsedades y sus dados engañosos.
Y cuando yo habitaba entre ellos habitaba por encima de ellos. Por esto se enojaron
conmigo.
No quieren siquiera oír decir que alguien camina por encima de sus cabezas; y por ello
colocaron maderas y tierra e inmundicias entre mí y sus cabezas.
Así amortiguaron el sonido de mis pasos: y, hasta hoy, quienes peor me han oído han sido
los más doctos de todos.
Entre ellos y yo han colocado las faltas y debilidades de todos los hombres: - «techo
falso» llaman a esto en sus casas.
Mas, a pesar de todo, con mis pensamientos camino por encima de sus cabezas; y aun cuando
yo quisiera caminar sobre mis propios errores, continuaría estando por encima de ellos y
de sus cabezas.
Pues los hombres no son iguales: así habla la justicia, ¡y lo que yo quiero, eso a ellos
no les ha sido lícito quererlo!
Así habló Zaratustra.
Inicio
Presentación
De los poetas
Desde que conozco mejor el cuerpo, - dijo Zaratustra a uno de sus discípulos
- el espíritu no es ya para mi más que un modo de expresarse; y todo lo 'imperecedero' -
es también sólo un
símbolo»
«Esto ya te lo he oído decir otra vez, respondió el discípulo; y entonces añadiste:
"mas los poetas mienten demasiado". ¿Por qué dijiste que los poetas mienten
demasiado!»
«¿Por qué?, dijo Zaratustra. ¿Preguntas por qué? No soy yo de esos a quienes sea
lícito preguntarles por su porqué.
¡Es que mi experiencia vital es de ayer! Hace ya mucho tiempo que viví las razones de
mis opiniones.
¿No tendría yo que ser un tonel de memoria si quisiera tener conmigo también mis
razones?
Ya me resulta demasiado incluso el retener mis opiniones; y más de un pájaro se escapa
volando.
A veces encuentro también en mi palomar un animal que ha venido volando y que me es
extraño, y que tiembla cuando pongo mi mano sobre él.
Sin embargo, ¿qué te dijo en otro tiempo Zaratustra? ¿Que los poetas mienten demasiado?
- Mas también Zaratustra es un poeta.
¿Crees, pues, que dijo entonces la verdad? ¿Por qué
lo crees?»
El discípulo respondió: «Yo creo en Zaratustra». Mas Zaratustra movió la cabeza y
sonrió.
La fe no me hace bienaventurado, dijo, y mucho
menos, la fe en mí.
Pero en el supuesto de que alguien dijera con toda seriedad que los poetas mienten
demasiado: tiene razón, - nosotros mentimos demasiado.
Nosotros sabemos también demasiado poco y aprendemos mal: por ello tenemos que mentir.
¿Y quién de entre nosotros los poetas no ha adulterado su propio vino? Más de una
venenosa mixtura ha sido fabricada en nuestras bodegas, y más de una cosa indescriptible se ha hecho en ellas.
Y como nosotros sabemos poco, nos gustan mucho los pobres de espíritu, ¡especialmente si
son mujercillas jóvenes!
Hasta codiciamos las cosas que las viejecillas se cuentan por las noches. A eso lo
llamamos lo eterno-femenino que hay en nosotros.
Y como si hubiese un especial acceso secreto al saber, que queda obstruido para quienes
aprenden algo: así nosotros creemos en el pueblo y en su «sabiduría».
Y todos los poetas creen esto: que quien, tendido en la hierba o en repechos solitarios,
aguza los oídos, ése llega a saber algo de las cosas que se encuentran entre el cielo y
la tierra.
Y si a ellos llegan delicados movimientos, los poetas opinan siempre que la naturaleza
misma se ha enamorado de ellos:
Y que se desliza en sus oídos para decirles cosas secretas y enamoradas lisonjas: ¡de
ello se glorían y se envanecen ante todos los mortales!
¡Ay, existen demasiadas cosas entre el cielo y la tierra con las cuales sólo los poetas
se han permitido soñar!
Y, sobre todo, por encima del cielo: ¡pues todos los dioses son un símbolo de poetas, un
amaño de poetas!
En verdad, siempre somos arrastrados hacia lo alto - es
decir, hacia el reino de las nubes: sobre éstas plantamos nuestros multicolores peleles y
los llamamos dioses y superhombres: -
¡Pues son justamente bastante ligeros para tales sillas! - todos esos dioses y
superhombres.
¡Ay, qué cansado estoy de todo lo insuficiente, que debe ser de todos modos acontecimiento! ¡Ay, qué cansado estoy de los
poetas!
Cuando Zaratustra dijo esto, su discípulo se enojo con él, pero calló. También
Zaratustra calló; y sus ojos se habían vuelto hacia dentro, como si mirasen hacia
remotas lejanías.
Finalmente suspiró y tomó aliento.
Yo soy de hoy y de antes, dijo luego; pero hay algo dentro de mí que es de mañana y de
pasado mañana y del futuro.
Me he cansado de los poetas, de los viejos y de los nuevos: superficiales me parecen
todos, y mares poco profundos.
No han pensado con suficiente profundidad: por ello su sentimiento no se sumergió hasta
llegar a las razones profundas.
Un poco de voluptuosidad y un poco de aburrimiento: eso ha sido la mejor incluso de sus
reflexiones.
Un soplo y un deslizarse de fantasmas me parecen a mi todos sus arpegios; ¡qué han
sabido ellos hasta ahora del ardor de los sonidos!-
No son tampoco para mí bastante limpios: todos ellos ensucian sus aguas para hacerlas
parecer profundas.
Con gusto representan el papel de conciliadores: ¡mas para mí no pasan de ser mediadores
y enredadores, y mitad de esto y mitad de aquello, y gente sucia! -
Ay, yo lancé ciertamente mi red en sus mares y quise pescar buenos peces; pero siempre
saqué la cabeza de un viejo dios.
El mar proporcionó así una piedra al hambriento. Y
ellos mismos proceden sin duda del mar.
Es cierto que en ellos se encuentran perlas: pero tanto más se parecen ellos mismos a
crustáceos duros. Y en vez de alma he encontrado a menudo en ellos légamo salado.
También del mar han aprendido su vanidad: ¿no es el mar el pavo
real de los pavos reales?
Incluso ante el más feo de todos los búfalos despliega él su cola, y jamás se cansa de
su abanico de encaje hecho de plata y seda.
Ceñudo contempla esto el búfalo, pues su alma prefiere la arena, y más todavía la
maleza, y más que ninguna otra cosa, la ciénaga.
¡Qué le importan a él la belleza y el mar y los adornos del pavo real! Ésta es la
parábola que yo dedico a los poetas.
¡En verdad, su espíritu es el pavo real de los pavos reales y un mar de vanidad!
Espectadores quiere el espíritu del poeta: ¡aunque sean búfalos! -
Mas yo me he cansado de ese espíritu: y veo venir el día en que también él se cansará
de sí mismo.
Transformados he visto ya a los poetas, y con la mirada dirigida contra ellos mismos.
Penitentes del espíritu he visto venir: han surgido de los poetas.
Así habló Zaratustra.
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Presentación
De grandes acontecimientos
Hay una isla en el mar - no lejos de las islas afortunadas de Zaratustra - en
la cual humea constantemente una montaña de fuego; de aquella isla dice el pueblo, y
especialmente las viejecillas del pueblo, que está colocada como un peñasco delante de
la puerta del submundo: y que a través de la montaña misma de fuego desciende el
estrecho sendero que conduce hasta esa puerta del submundo.
Por el tiempo en que Zaratustra habitaba en las islas afortunadas ocurrió que un barco
echó el ancla junto a la isla en que se encuentra la montaña humeante; y su tripulación
bajó a tierra para cazar conejos. Hacia la hora del mediodía, cuando el capitán y su
gente estuvieron reunidos de nuevo, vieron de pronto que por el aire venía hacia ellos un
hombre, y que una voz decia con claridad :¡ Ya es tiempo! ¡Ya ha llegado la hora.
Y cuando más cerca de ellos estuvo la figura - pasó
volando a su lado igual que una sornbra, en dirección a la montaña de fuego -
reconocieron, con gran consternación, que era Zaratustra; pues todos ellos lo habían
visto ya, excepto el capitán, y lo amaban a la manera como el pueblo ama, es decir: con
un sentimiento en que amor y temor están mezclados a partes iguales.
«¡Mirad!, dijo el viejo timonel, ¡ahí va Zaratustra al infierno! -
Por los mismos días en que estos marineros habían desembarcado en la isla de fuego se
difundió el rumor de que Zaratustra había desaparecido;
y cuando se preguntaba a sus amigos, éstos contaban que se había embarcado de noche sin
decir adónde iba.
Se produjo así cierta intranquilidad; al cabo de tres días se añadió a ella el relato
de los marineros - y entonces todo el pueblo se puso a decir que el diablo se había
llevado a Zaratustra. Sus discípulos se reían ciertamente de tales habladurías; y uno
de ellos llegó a decir: «Yo creo más bien que es Zaratustra el que se ha llevado al
diablo. Pero en el fondo de su alma todos ellos estaban llenos de preocupación y de
anhelo: por ello grande fue su alegría cuando al quinto
día Zaratustra apareció entre ellos.
Y éste es el relato de la conversación de Zaratustra con el perro de fuego.
La tierra, dijo él, tiene una piel; y esa piel tiene enfermedades. Una de ellas se llama,
por ejemplo: «hombre».
Y otra de esas enfermedades se llama «perro de fuego»:
acerca de éste los hombres han dicho y han dejado que les digan muchas mentiras.
Para sondear ese misterio atravesé el mar: y he visto desnuda la verdad, ¡creedme!,
desnuda de pies a cabeza.
En cuanto al perro de fuego, ahora sé de qué se trata; y asimismo sé qué son todos
esos demonios de las erupciones y conmociones, de los que no sólo las viejecillas sienten
miedo.
¡Sal de ahí, perro de fuego, sal de tu profundidad!, exclamé, ¡y confiesa lo profunda
que es tu profundidad! ¿De dónde sacas lo que expulsas por la nariz?
¡Tú bebes en abundancia del mar: eso es lo que tu salada elocuencia delata!
¡Verdaderamente, para ser un perro de la profundidad, tomas tu alimento en demasía de la
superficie!
A lo sumo te considero el ventrílocuo de la tierra: y siempre que he oído hablar a los
demonios de las erupciones y las conmociones los encontré idénticos a ti: salados, embusteros y poco profundos.
¡Vosotros entendéis de aullar y de oscurecer todo con ceniza! Sois los mejores bocazas
que existen y habéis aprendido hasta la saciedad el arte de hacer hervir el fango.
Donde vosotros estáis, allí tiene que haber siempre fango en las cercanías, y muchas
cosas porosas, cavernosas, comprimidas: quieren salir a la libertad.
«Libertad» es lo que más os gusta aullar: pero yo he dejado de creer en «grandes
acontecimientos, tan pronto como se presentan rodeados de muchos aullidos y mucho humo.
¡Y créeme, amigo ruido infernal! Los acontecimientos más grandes - no son nuestras
horas más estruendosas, sino las más silenciosas.
No en torno a los inventores de un ruido nuevo: en torno a los inventores de nuevos
valores gira el mundo; de modo inaudible gira.
¡Y confiésalo! Pocas eran las cosas que habían ocurrido cuando tu ruido y tu humo se
retiraban. ¡Qué importa que una ciudad se convierta en una
momia y que una estatua yazca en el fango!
Y ésta es la palabra que digo todavía a los derribadores de estatuas. Sin duda la
tontería más grande es arrojar sal al mar y estatuas al fango.
En el fango de vuestro desprecio yacía la estatua: ¡pero su ley es precisamente que el
desprecio haga renacer en ella vida y viviente belleza!
Con rasgos divinos se yergue ahora, y con la seducción propia de los que sufren; y ¡en
verdad!, iincluso os dará las gracias por haberla derribado, derribadores!
Éste es el consejo que doy a los reyes y a las Iglesias y a todo lo que es débil por
edad y por virtud - ¡dejaos derribar! ¡Para que vosotros volváis a la vida, y para que
vuelva a vosotros - la virtud!-
Así hablé yo ante el perro de fuego: entonces él me interrumpió gruñendo y preguntó:
«¡Iglesia!¿Qué es eso?»
¡Iglesia, respondí yo, eso es una especie de Estado, y, ciertamente, la especie más
embustera de todas. ¡Mas cállate, perro hipócrita! ¡Tú conoces perfectamente sin duda
tu especie!
Lo mismo que tú, es el Estado un perro hipócrita; lo mismo que a ti, gústale a él
hablar con humo y aullidos, - para hacer creer, como tú, que habla desde el vientre de
las cosas.
Pues él, el Estado, quiere ser a toda costa el animal más importante en la tierra; y
también esto se lo cree a él la gente.
Cuando hube dicho esto, el perro de fuego hizo gestos como si se hubiera vuelto loco de
envidia. «¿Cómo?, gritó, ¿el animal más importante en la tierra? ¿Y también esto
se lo cree a él la gente?» Y tanto fue el vapor y tantas las horribles voces que de su
garganta salieron que yo pensé que iba a asfixiarse de rabia y de envidia.
Por fin se calmó, y su jadeo fue disminuyendo; pero tan pronto como estuvo callado, dije
yo riendo:
«Te enojas, perro de fuego: ¡así, pues, tengo razón en lo que he dicho sobre ti!
Y para seguir teniéndola, oye algo de otro perro de fuego: éste habla verdaderamente
desde el corazón de la tierra.
Oro sale de su boca al respirar, y lluvia de oro: así lo quiere su corazón. ¡Qué le
importan a él la ceniza y el humo y el légamo caliente!
La risa sale revoloteando de él como una nube multicolor; ¡desdeña el gargareo y los
escupitajos y el retortijón de tus entrañas!
Pero el oro y la risa - los toma del corazón de la tierra: pues, para que lo sepas, - el
corazón de la tierra es de oro.»
Cuando el perro de fuego oyó esto, no soportó el seguir escuchándome. Avergonzado
escondió el rabo entre las piernas, dijo ¡guau! ¡guau! con voz abatida y se sumergió,
arrastrándose, en su caverna. -
Esto es lo que Zaratustra contó. Mas sus discípulos apenas le escuchaban: tan grande era
su deseo de contarle la historia de los marineros, los conejos y el hombre volador.
«¡Qué debo pensar de todo esto!, dijo Zaratustra. ¿Soy yo acaso un fantasma?
Habrá sido mi sombra. ¿Habéis oído ya algo del
caminante y su sombra?
Una cosa es segura: tengo que atarla corta, - pues de lo contrario perjudicará mi
reputación.
Y de nuevo movió Zaratustra la cabeza y se maravilló:«¡Qué debo pensar de todo
esto!», volvió a decir.
«Por qué gritó el fantasma: ¡Ya es tiempo! ¡Ya ha llegado la hora!
¿De qué - ha llegado la hora?» -
Así habló Zaratustra.
Inicio
Presentación
El adivino
Y
vi venir una gran tristeza sobre los hombres. Los
mejores se cansaron de sus obras.
Una doctrina se difundió, y junto a ella corría una fe: ¡Todo está vacío, todo es
idéntico, todo fue!
Y desde todos los cerros el eco repetía: "¡Todo está vacío, todo es idéntico, todo fue!"
Sin duda nosotros hemos cosechado: mas ¿por qué se nos han podrido todos los frutos y se
nos han ennegrecido¿ ¿Qué cayó de la malvada luna la última noche?
Inútil ha sido todo el trabajo, en veneno se ha transformado nuestro vino, el mal de ojo
ha quemado nuestros campos y nuestros corazones, poniéndolos amarillos.
Todos nosotros nos hemos vuelto áridos; y si cae fuego sobre nosotros, nos reduciremos a
polvo, como la ceniza: - aún más, nosotros hemos cansado hasta al mismo fuego.
Todos los pozos se nos han secado, también el mar se ha retirado. ¡Todos los suelos
quieren abrirse, mas la profundidad no quiere tragarnos!
"Ay, dónde queda todavía un mar en que poder ahogarse": así resuena nuestro
lamento - alejándose sobre ciénagas planas.
En verdad, estamos demasiado cansados incluso para morir; ahora continuamos estando en
vela y sobrevivimos - ¡en cámaras sepulcrales!» -
Así oyó Zaratustra hablar a un adivino; y su
vaticinio le llegó al corazón y se lo transformó. Triste y cansado iba de un sitio para
otro; y acabó pareciéndose a aquellos de quienes el adivino había hablado.
En verdad, dijo a sus discípulos, de aquí a poco
llegará ese largo crepúsculo. ¡Ay, cómo salvaré mi luz llevándola al otro lado!
¡Que no se me apague en medio de esta tristeza! ¡Debe ser luz para mundos remotos e
incluso para noches remotísimas!
Contristado de este modo en su corazón iba Zaratustra de un lado para otro; y durante
tres días no tomó bebida ni comida, estuvo intranquilo y perdió el habla. Por fin
ocurrió que cayó en un profundo sueño. Mas sus
discípulos estaban sentados a su alrededor, en largas velas nocturnas, y aguardaban
preocupados a ver si se despertaba y recobraba el habla y se curaba de su tribulación.
Y éste es el discurso que Zaratustra pronunció al despertar; su voz llegaba a sus
discípulos como desde una remota lejanía.
¡Oídme el sueño que he soñado, amigos, y ayudadme a adivinar su sentido!
Un enigma continúa siendo para mí este sueño; su sentido está oculto dentro de él,
aprisionado allí, y aún no vuela por encima de él con alas libres.
Yo había renunciado a toda vida, así soñaba. En un vigilante nocturno y en un guardián
de tumbas me había convertido yo allá arriba en el solitario castillo montañoso de la
muerte.
Allá arriba guardaba yo sus ataúdes: llenas estaban las lóbregas bóvedas de tales
trofeos de victoria. Desde ataúdes de cristal me miraba la vida vencida.
Yo respiraba el olor de eternidades reducidas a polvo: sofocada y Llena de polvo yacía mi
alma por el suelo. ¡Y quién habría podido airear allí su alma!
Una claridad de medianoche me rodeaba constantemente, la soledad se había acurrucado
junto a ella; y, como tercera cosa, un mortal silencio Lleno de resuellos, el peor de mis
amigos.
Yo llevaba llaves, las más herrumbrosas de las llaves; y entendía de abrir con ellas la
más chirriante de todas las puertas.
Semejante a irritado graznido de cornejas corría el sonido por los largos corredores
cuando las hojas de la puerta se abrían: hostilmente chillaba aquel pájaro, no le
gustaba ser despertado.
Pero más espantoso era todavía y más oprimía el corazón cuando de nuevo se hacia el
silencio y alrededor enmudecía todo y yo estaba sentado solo en medio de aquel pérfido
callar.
Así se me iba y se me escapaba el tiempo, si es que tiempo había todavía: ¡qué sé yo
de ello! Pero finalmente ocurrió algo que me despertó.
Por tres veces resonaron en la puerta golpes como truenos, y por tres veces las bóvedas
repitieron el eco aullando: yo marché entonces hacia la puerta.
¡Alpa!, exclamé, ¿quién trae su ceniza a la montaña? ¡Alpa! ¡Alpa! ¿Quién trae su
ceniza a la montaña?
Y metí la llave y empujé la puerta y forcejeé. Pero no se abrió ni lo ancho de un
dedo:
Entonces un viento rugiente abrió con violencia sus hojas: y entre agudos silbidos y
chirridos arrojó hacia mí un negro ataúd:
Y en medio del rugir, silbar y chirriar, el ataúd se hizo pedazos y escupió miles de
carcajadas diferentes.
Y desde mil grotescas figuras de niños, ángeles, lechuzas, necios y mariposas grandes
como niños algo se rió y se burló de mí y rugió contra mí.
Un espanto horroroso se apoderó de mí: me arrojó al suelo. Y yo grité de horror como
jamás había gritado.
Pero mi propio grito me despertó: - y volví en mí. -
Así contó Zaratustra su sueño, y luego calló: pues aún no sabía la interpretación
de su sueño. Pero el discípulo al que él más amaba se
levantó con presteza, tomó la mano de Zaratustra y dijo:
«¡Tu vida misma nos da la interpretación de ese sueño, Zaratustra!
¿No eres tú mismo el viento de chirriantes silbidos que arranca las puertas de los
castillos de la muerte¿
¿No eres tú mismo el ataúd lleno de maldades multicolores y de grotescas figuras
angelicales de la vida?
En verdad, semejante a mil infantiles carcajadas diferentes penetra Zaratustra en todas
las cámaras mortuorias, riéndose de esos guardianes nocturnos y vigilantes de tumbas, y
de todos los que hacen ruido con sombrías llaves.
Tú los espantarás y derribarás con tus carcajadas; su desmayarse y su volver en sí
demostrarán tu poder sobre ellos.
Y aunque vengan el largo crepúsculo y la fatiga mortal, en nuestro cielo tú no te
hundirás en el ocaso, ¡tú, abogado de la vida!
Nuevas estrellas nos has hecho ver, y nuevas magnificencias nocturnas; en verdad, la risa
misma la has extendido como una tienda multicolor sobre nosotros.
Desde ahora brotarán siempre risas infantiles de los ataúdes; desde ahora un viento
fuerte vencerá siempre a toda fatiga mortal: ¡de esto eres tú mismo para nosotros
garante y adivino!
En verdad, con ellos mismos has soñado, con tus enemigos: ¡éste fue tu sueño más
difícil!
¡Mas así como te despertaste de entre ellos y volviste en ti, así también ellos deben
despertar de sí mismos - ¡y volver a ti!
Así dijo aquel discípulo; y todos los demás se arrimaron entonces a Zaratustra y le
tomaron de las manos y querían persuadirle a que abandonase el lecho y la tristeza y
retornase a ellos. Mas Zaratustra permaneció sentado en su lecho, rígido y con una
mirada extraña. Como alguien que retorna a casa desde un remoto país extranjero, así
miraba él a sus discípulos y examinaba sus rostros; y aún no los reconocía. Mas cuando
ellos lo levantaron y lo pusieron en pie, he aquí que de
repente sus ojos cambiaron; comprendió todo lo que había ocurrido, se acarició la barba
y dijo con fuerte voz:
«¡Bien! Eso llegará en su momento; ahora procurad, discípulos míos, que comamos una
buena comida, ¡y pronto! ¡Así pienso hacer penitencia por mis malos sueños!
Mas el adivino debe comer y beber a mi lado: ¡y en
verdad, quiero mostrarle todavía un mar en que puede ahogarse!»
Así habló Zaratustra. Luego estuvo mirando largo tiempo al rostro del discípulo que
había hecho de intérprete del sueño, y mientras miraba movía la cabeza. -
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Presentación
De la redencion
Un día en que Zaratustra estaba atravesando el gran puente lo rodearon los
lisiados y los mendigos, y un jorobado le habló así:
«¡Mira, Zaratustra! También el pueblo aprende de ti y comienza a creer en tu doctrina:
mas para que acabe de creerte del todo se necesita aún una cosa - ¡tienes que
convencernos primero a nosotros los lisiados! ¡Aquí tienes ahora una hermosa
colección, y, en verdad, una ocasión que se puede agarrar por más de un pelo! Puedes
curar a ciegos y hacer correr a paralíticos; y a quien lleva demasiado sobre su espalda
podrías sin duda también quitarle un poco: ¡éste, pienso yo, sería el modo idóneo de
hacer creer a lo