EL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA
ENSAYO
DE AUTOCRÍTICA
(AL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA)
(Friedrich Nietzsche)
Presentación 1
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Sea lo que sea aquello que esté a la base de este libro problemático: una cuestión de primer rango y máximo atractivo tiene que haber sido, y ademas una cuestión
profundamente personal - testimonio de ello es la época en la cual surgió, pese a la
cual surgió, la excitante época de la guerra franco-alemana de 1870-71. Mientras los
estampidos de la batalla de Wörth se expandían sobre Europa. el hombre caviloso y amigo
de de enigmas que a quien se le deparó la paternidad de este libro estaba en un rincón
cualquiera de los Alpes, muy sumergido en sus cavilaciones y enigmas, en consecuencia muy
preocupado y despreocupado a la vez, y redactaba sus pensamientos sobre los griegos, -
núcleo del libro extaño y difícilmente accesible a que va a estar -dedicado este tardio
prólogo (o epilogo). Unas semanas mas tarde: y también él se encontraba bajo los muros
de Metz, no desembarazado aún de los signos de interrogación que había colocado junto a
la presunta «
Se adivina el lugar en que con estas preguntas quedaba colocado el gran signo de
interrogación acerca del valor de la existencia. ¿Es el pesimismo, necesariamente,
signo de declive, de ruina, de fracaso, de instintos fatigados y debilitados? - ¿Como lo
fue entre los indios, como lo es, según todas las apariencias, entre nosotros los hombres
y europeos «modernos»? ¿Existe un pesimismo de la fortaleza? ¿Una predilección
intelectual por las cosas duras, horrendas, malvadas, problemáticas de la existencia,
predilección nacida de un bienestar, de una salud desbordante, de una plenitud de la
existencia? ¿Se da tal vez un sufrimiento causado por esa misma sobreplenitud?
¿Una tentadora valentía de la más aguda de las miradas, valentía que anhela lo
terrible, por considerarlo el enemigo, el digno enemigo en el que poder poner a prueba su
fuerza? ¿En el que ella quiere aprender qué es «el sentir miedo»? ¿Qué significa,
justo entre los griegos de la epoca mejor, más fuerte, más valiente, el mito trágico?
¿Y el fenómeno enorme de lo dionisíaco? ¿Qué significa, nacida de él, la
tragedia? -Y por otro lado: aquello de que murió la tragedia, el socratismo de la moral,
la dialéctica, la suficiencia y la jovialidad del hombre teórico - ¿cómo? ¿no
podría ser justo
ese socratismo un signo de declive, de fatiga, de enfermedad, de unos instintos que se
disuelven de modo anárquico? ¿Y la «jovialidad griega del helenismo tardío, tan
sólo arrebol de crepúsculo? ¿La voluntad epicúrea contra el pesimismo, tan sólo
una precaución del hombre que sufre? Y la ciencía misma, nuestra ciencia-sí, ¿qué
significa en general, vista como síntoma de vida, toda ciencia? ¿Para qué, peor de
donde toda ciencia? ¿Cómo? ¿Acaso es el cientificismo nada más que un miedo al
pesimismo y una escapatoria frente a él? ¿Una defensa sutil obligada contra la verdad?
¿Y hablando en términos morales, algo asi como cobardia y falsedad? ¿Hablando en
términos no-morales, una astucia? Oh Sócrates, Sócrates, ¿fue ése acaso tu
secreto? Oh ironista misterioso, ¿fue ésa acaso tu - ironia?--
3
Dicho una vez más, hoy es para mí un libro imposible, - lo encuentro, mal escrito,
torpe, penoso, frenético de imagenes y confuso a causa de ellas, sentimental, acá y alla
azucarado hasta lo femenino, desigual en el tempo [ritmo] sin voluntad de
limpieza lógica, muy convencido, y por ello, eximiendose de dar demostraciones,
desconfiando incluso de la pertinencia de dar demostraciones, como un libro para
iniciados, como una «música» para aquellos que han sido bautizados en la música, que
desde el comienzo de las cosas están ligados por experiencias artisticas comunes y raras,
como signo de reconocimiento para quienes sean in artibus (en cuestiones artísticas)
parientes de sangre, - un libro altanero y entusiasta, que de antemano se cierra a
profanum vulgus (vulgo profano) de los cultos» mas aún que al «pueblo, pero que, como
su influjó demostró y demuestra, tiene que ser tambien bastante experto en buscar sus
compañeros de entusiasmo y en atraerlos hacia nuevos senderos ocultos y hacia nuevas
pistas de baile. Aquí hablaba en todo caso,- esto se admitió con tanta curiosidad como
repulsa - una voz extraña, el discípulo de un «dios desconocido» todavía, que por el
momento se escondía bajo la capucha del docto, bajo la pesadez y el
desabrimiento dialéctico del alemán, incluso bajo los malos modales del
wagneriano; había aquí un espíritu que sentía necesidades nuevas, carentes aún de
nombre, una memoria rebosante de preguntas, experiencias, secretos, a cuyo margen estaba
escrito el nombre Dioniso como un signo más de interrogación: aqui hablaba-así se dijo
la gente con suspicacia - una especie de alma mistica y casi menádica, que con esfuerzo y
de manera arbitraria, casi indecisa sobre si lo que quería era comunicarse u ocultarse,
parecía balbucear en un idioma extraño. Esa «alma nueva habria debido cantar- ¡y no
hablar! Qué lástima que lo que yo tenia entonces que decir no me atreviera a decirlo
como poeta: ¡tal vez habra sido capaz de hacerlo! O, al menos, como filólogo: - ¡pues
todavía hoy para el filólogo está casi todo por descubrir y desenterrar aún en este
campo. Sobre todo el problema de que aquí hay un problema, -y de que, ahora y antes,
mientras no tengamos una respuesta a la pregunta ¿qué es lo dionisíaco?», los
griegos continúan siendo completamente desconocidos e inimaginables...
Imaginémonos una generación que crezca con esa intrepidez de la mirada, con esa heróica
tendencia hacia lo enorme, imaginémonos el paso audaz de esos matadores de dragones, la
orgullosa temeridad con que vuelven la espalda a todas las doctrinas de debilidad del
optimismo, para «vivir resueltamente» en lo entero y pleno: ¿acaso no sería necesario
que el hombre trágico de esa cultura, en su autoeducación para la seriedad y para el
horror, tuviese que desear un arte nuevo, el arte del consuelo metafísico, la tragedia, como
la Helena a él debida, y que exclamar con Fausto:
¿Y no debo yo, con la violencia más
llena de anhelo, traer a la vida esa figura única entre todas?
«¿Acaso no sería necesario?»...¡No, tres veces no!, jóvenes románticos: ¡no seria necesario! Pero es muy probable que eso finalice asi, que vosotros finalicéis así, es decir, consolados», como está escrito, pese a toda la autoeducación para la seriedad y para el horror, «metafisicamente consolados», en suma, como finalizan los románticos, cristianamente... ¡No! Vosotros deberíais aprender antes el arte del consuelo intramundano, - vosotros deberíais aprender a reir, mis jovenes amigos, si es que, por otro lado, quereis continuar siendo completamente pesimistas; quizás a consecuencia de ello, como reidores, mandeis alguna vez al diablo todo el consuelismo metafísico- ¡y, en primer lugar, la metafisica! O, para decirlo con el lenguaie de aquel trasgo dionisiáco que lleva el nombre de Zarathustra:
Esta corona del que rie, esta corona de rosas: yo mismo la he puesto sobre mi cabeza
esta corona, yo mismo he santificado mis risas. A ningún otro he encontrado
suficientemente fuerte hoy para hacer esto. Zaratustra el bailarin, Zaratustra el ligero,
el que hace señas con las alas, uno dispuesto a volar, que hace suyos a todos los
pájaros, preparado y listo bienaventurado en su ligereza: - Zaratustra el que dice
verdad, Zaratustra el que rie verdad, no un impaciente, no un incondicional, sí uno que
ama los saltos y las piruetas: ¡yo mismo me he puesto esa corona sobre mi cabeza!
Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: ¡a vosotros, hermanos míos, os arrojo
esta corona! Yo he santificado el reir; vosotros hombres superiores, aprended ¡a reir!
Así habló Zarathustra, cuarta parte.
PROLOGO A RICHARD WAGNER
(Friedrich Nietzsche)
Con el fin de mantener lejos de mí todas las
críticas, irritaciones y malentendidos a que los pensamientos reunidos en este escrito
darán ocasión, dado el carácter peculiar de nuestro público estético, y con el fin
también de poder escribir las palabras introductorias con idéntica delicia contemplativa
de la cual él mismo, como petrefacto de hojas buenas y enaltecedoras, lleva los signos en
cada hoja, voy a imaginarme el instante en que usted, mi muy venerado amigo, recibirá
este escrito: cómo, acaso tras un paseo vespertino por la nieve invernal, mira usted el
Prometeo desencadenado en la portada, lee mi nombre,
y en seguida queda convencido de que, sea lo que sea aquello que se encuentre en este
escrito, su autor tiene algo serio y urgente que decir, y asimismo que, en todo lo que él
ideó, conversaba con usted como con alguien que estuviera presente, y sólo le era licito
escribir cosas que respondiesen a esa presencia. Usted recordará entonces que yo me
concentré en estos pensamientos al mismo tiempo en que surgía su magnífico escrito
conmemorativo sobre Beethoven, es decir, en medio de
los horrores y sublimidades de la guerra. que acababa de estallar. Sin embargo, errarían
quienes acaso pensasen, a propósito de esa concentración, en la antítesis entre
excitación patriótica y disipación estética, entre seriedad valiente y juego jovial: a
éstos, si leen realmente este escrito, acaso les quede claro, para estupor suyo, con que
problema seriamente alemán tenemos que habérnoslas, el cual es situado por nosotros con
toda propiedad en el centro de las esperanzas alemanas, como vértice y punto de viraje.
Pero acaso cabalmente a ésos mismos les resultará escandaloso el ver que un problema
estético es tomado tan en serio, en el caso, desde luego, de que no sean capaces de
reconocer en el arte nada más que un accesorio divertido, nada más que un tintineo, del
que sin duda se puede prescindir, añadido a la «seriedad de la existencia»: como si
nadie supiese qué es lo que significa semejante «seriedad de la exístencia» cuando se
hace esa contrapoción. A esos hombres serios sírvales para enseñarles que yo estoy
convencido de que el arte es la tarea suprema y la actividad propiamente metafísica de
esta vida, en el sentido del hombre a quien quiero que quede dedicado aquí este escrito,
como a mi sublime precursor en esa vía.
LO APOLINEO Y LO DIONISIACO Mucho es lo que habremos ganado para la ciencia estética
cuando hayamos llegado no sólo a la intelección lógica, sino a la seguridad inmediata
de la intuición de que el desarrollo del arte está ligado a la duplicidad de lo apolineo
y de lo dionisiáco: de modo similar a como la generación depende de la dualidad de los
sexos, entre los cuales la lucha es constante y la reconciliación se efectúa sólo
periódicamente. Esos nombres se los tomamos en préstamo a los griegos, los cuales hacen
perceptibles al hombre inteligente las profundas doctrinas secretas de su vision del arte,
no, ciertamente, con conceptos, sino con las figuras incisivamente claras del mundo de sus
dioses. Con sus dos divinidades artísticas, Apolo y Dioniso, se enlaza nuestro
conocimiento de que en el mundo griego subsiste una antítesis enorme, en cuanto a origen
y metas, entre el arte del escultor, arte apolíneo, y el arte no escultórico de la
música, que es el arte de Dioniso: esos dos instintos
tan diferentes marchan uno al lado de otro, casi siempre en abierta discordia entre sí y
excitándose mutuamente a dar a luz frutos nuevos y cada vez más vigorosos, para
perpetuar en ellos la lucha de aquella antítesis, sobre la cual sólo en apariencia
tiende un puente la común palabra «arte»: hasta que, finalmente, por un milagroso acto
metafísico de la «voluntad helénica, se muestran
apareados entre sí, y en ese apareamiento acaban engendrando la obra de arte a la vez
dionisíaca y apolínea de la tragedia ática. Hasta ahora hemos venido considerando lo apolíneo y su
antítesis, lo dionisíaco, como potencias artísticas que brotan de la naturaleza misma,
sin mediación del artista humano, y en las cuales encuentran satisfacción por vez
primera y por vía directa los instintos artísticos de aquella: por un lado, como mundo
de imágenes del sueño, cuya perfección no mantiene conexión ninguna con la altura
intelectual o con la cultura artística del hombre individual, por otro lado, como
realidad embriagada, la cual, a su vez, no presta atención a ese hombre, sino que intenta
incluso aniquilar al individuo y redimirlo mediante un sentimiento místico de unidad. Con
respecto a esos estados artísticos inmediatos de la naturaleza todo artista es un «imitador»,y, ciertamente, o un artista apolíneo del
sueño o un artista dionisíaco de la embriaguez, o en fin - como, por ejemplo, en la
tragedia griega - a la vez un artista del sueño y un artista de la embriaguez: a este
último hemos de imaginárnoslo más o menos como alguien que, en la borrachera
dionisíaca y en la autoalienación mística, se prosterna solitario y apartado de los
coros entusiastas, y al que entonces se le hace manifiesto, a través del influjo
apolíneo tal sueno, su propio estado, es decir, su unidad con el fondo más íntimo del
mundo, en una imagen onírica simbólica. LO APOLINEO Y LO DIONISÍACO Para comprender esto tenemos que desmontar piedra a piedra,
por así decirlo, aquel primoroso edificio de la czrltura apolinea, hasta ver los
fundamentos sobre los que se asienta. Aquí descubrimos en primer lugar las magníficas
figuras de los dioses olímpicos, que se yerguen en los
frontones de ese edificio y cuyas hazañas, representadas en relieves de
extraordinaria luminosidad, decoran sus frisos. El que
entre ellos esté también Apolo como una divinidad particular junto a otras y sin la
pretensión de ocupar el primer puesto, es algo que no debe inducirnos a error. Todo ese
mundo olímpico ha nacido del mismo instinto que tenía su figura sensible en Apolo, y en
este sentido nos es lícito consíderar a Apolo como padre del mismo.¿Cuál fue la enorme
necesidad de que surgió un grupo tan resplandeciente de seres olímpicos? Quien se
acerque a estos Olímpicos llevando en su corazón una religión distinta y busque en
ellos altura ética, más aún, santidad, espiritualización incorpórea, misericordiosas
miradas de amor, pronto tendrá que volverles las espaldas, disgustado y decepcionado.
Aquí nada recuerda la ascética, la espiritualidad y el deber: aquí nos habla tan
sólo una existencia exuberante, más aún, triunfal, en la que está divinizado todo lo
existente, lo mismo si es bueno que si es malo. Y así el espectador quedará sin duda
atónito ante ese fantástico desbordamiento de vida y se preguntará qué bebedizo
mágico tenían en su cuerpo esos hombres altaneros para gozar de la vida de tal modo, que
a cualquier lugar a que mirasen tropezaban con la risa de Helena, imagen ideal de su
existencia, «flotante en una dulce sensualidad». Pero a este espectador vuelto ya de
espaldas tenemos que gritarle: No te vayas de aquí, síno oye primero lo que la
sabiduría popular griega dice de esa misma vida que aquí se des-pliega ante ti con una
jovialidad tan inexplicable. Una vieja leyenda cuenta que durante mucho tiempo el rey
Midas había intentado cazar en el bosque el sabio Sileno, acompañante de Dioniso, sin
poder cogerlo. Cuando por fin cayó en sus manos, el rey pregunta qué es lo mejor y más
preferible para el hombre. Rígido e inmóvil calla el
demón; hasta que, forzado por el rey, acaba prorrumpiendo en estas palabras, en medio
de una risa estridente: «Estirpe miserable de un día, hijos del azar y de la fatiga,
¿por qué me fuerzas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no oír? Lo mejor de
todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor en
segundo lugar es para ti - morir pronto.» LO UNO PRIMORDIAL En efecto, cuanto más advierto en la naturaleza aquellos
instintos artísticos omnípotentes, y, en ellos, un ferviente anhelo de apariencia, de
lograr una redención mediante la apariencia, tanto mas empujado me siento a la conjetura
metafísica de que lo verdaderamente existente, lo Uno primordial, necesita a
la vez, en cuanto es lo eternamente sufriente y contradictorio, para su permanente
redención, la visión extasiante, la apariencia placentera: nosotros, que estamos
completamente presos en esa apariencia y que consistimos en ella, nos vemos obligados a
sentirla como lo verdaderamente no existente, es decir, como un continuo devenir en el
tiempo, el espacio y la causalidad, dicho con otras palabras, como la realidad empírica.
Por tanto, si prescindimos por un instante de nuestra propia «realidad», si concebimos
nuestra existencia empírica, y también la del mundo en general, como una representación
de lo Uno primordial engendrada en cada momento, entonces tendremos que considerar ahora
el sueño como la apariencia de la apariencia y, por consiguiente, como una satisfacción
aún más alta del ansia primordial de apariencia. Por este mismo motivo es por lo que el
núcleo más íntimo de la naturaleza siente ese placer indescriptible por el artista
ingenuo y por la obra de arte ingenua, la cual es asimismo sólo «apariencia de la
apariencia». Rafael, que es uno de esos «ingenuos» inmortales, nos ha representado en
una pintura simbólica ese quedar la apariencia despotenciada a apariencia, que es el
proceso primordial del artista ingenuo y a la vez de la cultura apolínea. En su Transfiguración la mitad inferior, con el
muchacho poseso, sus desesperados portadores, los perplejos y angustiados discipulos, nos
muestra el reino del eterno dolor primordial, fundamento único del mundo: la
«apariencia» es aquí reflejo de la contradicción eterna, madre de las cosas. De esa
apariencia se eleva ahora, cual un perfume de ambrosía, un nuevo mundo aparencial, casi
visionario, del cual nada ven los que se hallan presos en la primera apariencia-un
luminoso flotar en una delicia purísima y en una intuición sin dolor que irradia desde
unos ojos muy abiertos. Ante nuestras miradas tenemos aqui, en un simbolismo artístico,
supremo. tanto aquel mundo apolineo de la belleza como su substrato, la horrorosa
sabiduría de Sileno, y comprendemos por intuición su necesidad recíproca. Pero Apolo
nos sale de nuevo al encuentro como la divinización del principium individuationis, sólo
en el cual se hace realidad la meta eternamente alcanzada de lo Uno primordial, su
redención mediante la apariencia: él nos muestra con gestos sublimes como es necesario
el mundo entero del tormento, para que ese mundo empuje al individuo a engendrar la vision
redentora, y cómo luego el individuo, inmerso en la contemplación de ésta, se halla
sentado tranquilamente, en medio del mar, en su barca oscilante.
GERMENES DE LA TRAGEDIA ÁTICA Hasta aquí he venido desarrollando ampliamente la
observación hecha por mí al comienzo de este tratado: cómo lo dionisíaco y lo
apolineo, dando a luz sucesivas criaturas siempre nuevas, e intensificándose
mutuamente, dominaron el ser helenico: como de la edad de «acero», con sus titanomaquias
y su ruda filosofía popular, surgió, bajo la soberanía del instinto apolíneo de
belleza, el mundo homérico, cómo esa magnificencia «ingenua» volvió a ser engullida
por la invasora corriente de lo dionisíaco, y cómo frente a este nuevo poder lo
apolíneo se eleva a la rígida majestad del arte dórico y de la contemplación dórica
del mundo. Si de esta manera la historia helénica más antigua queda escindida, a causa
de la lucha entre aquellos dos principios hostiles, en cuatro grandes estadios
artísticos: ahora nos vemos empujados a seguir preguntando cuál es el plan último de
ese devenir y de esa agitación, en el caso de que no debamos considerar tal vez el
último período alcanzado, el período del arte dórico, como la cumbre y el propósito
de aquellos instintos artísticos: y aquí se ofrece a nuestras miradas la sublime y
alabadísima obra de arte de la tragedia ática y del ditirambo dramático como meta
común de ambos instintos, cuyo misterioso enlace matrimonial se ha enaltecido, tras
prolongada lucha anterior, en tal hijo - que es a la vez Antígona
y Casandra - EL CORO TRÁGICO Tenemos que recurrir ahora a la ayuda de todos los principios
artísticos examinados hasta este momento para orientarnos dentro del laberinto, pues asi
es como tenemos que designar el origen de la tragedia griega....La tradición nos dice
resueltamente que la tragedia surgió del coro trágico y que en su origen era únicamente
coro y nada mas que coro.... .En el contexto de la reflexiones sobre el coro trágico es
una intuición muy valiosa la realizada por Schiller en el famoso prólogo de La novia de Mesina, en donde considera el coro como un muro
viviente tendido por la tragedia a su alrededor para aislarse nítidamente del mundo real
y preservar su suelo ideal y su libertad poética..... Y es que en el coro trágico el
sátiro, en cuanto coreuta dionisíaco, vive en una
realidad admitida por la religión, bajo la sanción del mito y del culto. El hecho de que
la tragedia comience con él y de que por su boca hable la sabiduría dionisíaca de la
tragedia es un fenómeno que a nosotros nos estraña tanto como el que la tragedia tenga
su génesis en el coro. Acaso ganemos un punto de partida para el estudio de este problema
si yo lanzo la aseveración de que el sátiro, el ser natural fingido, mantiene con el
hombre civilizado la misma relación que la música dionisíaca mantiene con la
cívilización. De esta última, afirma Richard Wagner, que la música la deja en suspenso
(aufgehoben) al modo como la luz del dia deja en suspenso el resplandor de una lámpara.
De igual manera, creo yo, el griego civilizado se sentía a sí mismo en suspenso en
presencia del coro satírico: y el efecto más inmediato de la tragedia dionisíaca es que
el Estado y la sociedad y, en general, los abismos que separan a un hombre de otro dejan
paso a un prepotente sentimiento de unidad, que retrotrae todas las cosas al corazón de
la naturaleza. El consuelo metafísico -que, como yo insinúo ya aquí, deja en nosotros
toda verdadera tragedia-de que en el fondo de las cosas, y pese a toda la mudanza de las
apariencias, la vida es indestructiblemente poderosa y placentera, ese consuelo aparece
con corpórea evidencia como coro de sátiros, como coro de seres naturales que, por asi
decirlo, viven inextinguiblemente por detrás de toda civilización y que, a pesar de todo
el cambio de las generaciones y de la historia de los pueblos, permanecen eternamente los
mismos. EDIPO Y PROMETEO El personaje más doliente de la escena griega, el
desgraciado Edipo, fue concebido por Sófocles como el hombre noble que, pese a
su sabiduría, está destinado al error y a la miseria, pero que al final ejerce a su
alrededor, en virtud de su enorme sufrimiento, una fuerza arcaica y bienhechora, la cual
sigue actuando incluso después de morir él. El hombre noble no peca, quiere decirnos el
profundo poeta: tal vez a causa de su obrar perezcan toda ley, todo orden natural, incluso
el mundo moral, pero cabalmente ese obrar es el que traza un círculo mágico y superior
de efectos, que sobre las ruinas del viejo mundo derruido fundan un mundo nuevo. Esto es
lo que quiere decirnos el poeta, en cuanto es a la vez un pensador religioso: como poeta,
primero nos muestra el nudo prodigiosamente embrollado de un proceso, nudo que el juez va
desatando lentamente, lazo tras lazo, para su propia perdición: la alegría genuinamentc
helénica por esta desatadura dialéctica es tan grande, que sobre obra entera se extiende
por este motivo un soplo de jovialidad superior que quita por todas partes sus púas a los
horrendos presupuestos de aquel proceso. En Edipo en Colono nos encontramos con esa misma
jovialidad, pero encumbrada hasta una transfiguración infinita: frente al anciano
castigado por un exceso de miseria, que está entregado puramente como paciente a todo lo
que sobre él cae -encuéntrase la jovialidad sobreterrenal, que desde la esfera divina
desciende hasta aquí abajo y nos da a entender que es con su comportamiento puramente
pasivo con lo que el héroe alcanza su actividad suprema, la cual se extiende mucho
más allá de su vida, mientras que todos sus pensamientos y deseos conscientes en la vida
an:erior le han conducido sólo a la pasividad...... ¡Edipo, asesino de su padre, Edipo,
esposo de su madre, Edipo, solucionador del enigma de la Esfinge! ¿Qué nos dice la
misteriosa trinidad de estos actos fatales? Hay una antiquísima creencia popular,
especialmente persa, según la cual un mago sabio, sólo puede nacer de un incesto: cosa
que, con respecto a.Edipo, que resuelve el enigma y que se casa con su madre. hemos de
interpretar sin demora en el sentido de que allí donde unas fuerzas adivinatorias y
mágicas quebrantan el sortilegio del presente y del futuro, la rígida ley de la
individuación y, en genernl, la magia propiamente dicha de la naturaleza, allí tiene que
haber antes, como causa, una enorme transgresión de la naturaleza -- como aqui el incesto
-; pues, ¿cómo se podría forzar a la naturaleza a entregar sus secretos a no ser
oponiéndole una resistencia victoriosa, es decir, mediante lo innatural? Este es el
conocimiento que yo veo expresado en aquella espantosa trinidad de destinos de Edipo: el
mismo que soluciona el enigma de la naturaleza - de aquella Esfinge biforme - tiene que
transgredir también, como asesino de su padre y esposo de su madre, los órdenes más
sagrados de la naturaleza. Más aun el mito parece querer susurrarnos que la sabiduría, y
precisamente la sabiduría dionisíaca, es una atrocidad contra naturaleza, que quien con
su saber precipita a la naturaleza en el abismo de la aniquilación, ése tiene que
experimentar también en sí mismo la disolución de la naturaleza...... SOBRE LA NATURALEZA DE DIONISIO Es una tradición irrefutable que, en su forma más antigua,
la tragedia griega tuvo como objeto único los sufrimientos de Dioniso, y que
durante larguísimo tiempo el único héroe presente en la escena fue cabalmente Dioniso.
Mas con igual seguridad es lícito afirmar que nunca, hasta Eurípides, dejó Dioniso de
ser el héroe tragico, y que todas las famosas figuras de la escena griega, Prometeo,
Edipo etc., son tan sólo máscaras de aquel héroe originario, Dioniso.... El único
Dioniso verdaderamente real aparece con una pluralidad de figuras, con la máscara de un
héroe que lucha, y, por asi decirlo, aparece preso en la red de la voluntad individual.
En su forma de hablar y de actuar ahora, el dios que aparece se asemeja a un individuo que
yerra, anhela y sufre: y el que llegue a aparecer con tal precisión y claridad épicas es
efecto del Apolo intérprete de sueños, que mediante aquella apariencia simbólica le da
al coro una interpretación de su estado dionisíaco. En verdad, sin embargo, aquel héroe
es el Dioniso sufriente de los Misterios, aquel dios que experimenta en sí los
sufrimentos de la individuación, del que mitos maravillosos cuentan que, siendo niño,
fue despedazado por los Titanes, y que en ese estado es venerado como Zagreo, con lo cual se sugiere que ese despedazarniento,
el sufrimiento dionisíaco propiamente dicho, equivale a una transformación en aire,
agua, tierra y fuego, y que nosotros hemos de considerar por tanto, el estado de
individuación como la fuente y razón primordial de todo sufrimiento, como algo
rechazable de suyo. De la sonrisa de ese Dioniso surgieron los dioses olímpicos de sus
lágrimas, los seres humanos. En aquella existencia de dios despedazado Dioniso posee la
doble naturaleza de un demón cruel y salvaje Y de un soberano dulce y clemente. Lo que
los epoptos esperaban era, sin embargo, un
renacimiento de Dioniso.... Y sólo por esa esperanza aparece un rayo de alegría en el
rostro del mundo desgarrado roto en individuos: el mito ilustra esto con la figura de
Deméter absorta en un duelo eterno, la cual por vez primera vuelve a alegrarse cuando se
le dice que de nuevo puede el dar a luz a Dioniso. En las intuiciones aducidas tenemos ya
juntos todos los componentes de una consideración profunda y pesimista del mundo, y junto
con esto la doctrina místerica de la tragedia: el conocimiento básico de la unidad de
todo lo existente.
EURÍPIDES Y LA MUERTE DE LA TRAGEDIA La agonía de la tragedia fue obra de Eurípides y su
creación de aquel género artístico posterior que es conocido con el nombre de comedia
ática nueva....Con Eurípides el espectador fue llevado al escenario. Quien haya visto
cuál es la materia de que los trágicos prometeicos anteriores a Eurípides formaban a
sus héroes, y cuán lejos de ellos estaba el propósito de llevar a la escena la máscara
fiel de la realidad, ése estará enterado también de la tendencia completamente
divergente de Eurípides. Gracias a él el hombre de la vida cotidiana dejó el espacio
reservado a los espectadores e invadió la escena, el espejo, en el que antes se
manifestaban tan sólo los rasgos grandes y audaces, mostró ahora aquella meticulosa
fidelidad que reproduce concienzudamente también las lineas mal trazadas de la naturaleza
de Ulises, el heleno típico del arte antiguo, quedó arhora rebajado, entre las manos de
los nuevos poetas, a la figura del graeculus, y
éste es el que a partir de ese momento ocupa, como esclavo doméstico bonachón y pícaro
a la vez, el centro del interés dramático. Lo que, en Las
ranas de Aristófanes, Euripides cuenta entre sus méritos, a saber, el haber liberado
con sus remedios caseros al arte trágico de su pomposa obesidad, eso es algo que puede
rastrearse ante todo en sus héroes trágicos. En lo esencial, lo que el espectador veía
y oía ahora en el escenario euripideo era a su doble, y se alegraba de que éste supiese
hablar tan bien.... Mediante este cambio repentino del lenguaje público Eurípides hizo
posible la comedia nueva. Pues a partir de ahora no fue ya un secreto de qué modo y con
qué sentencias podía la vida cotidiana representarse a sí misma en la escena. La
mediocridad burguesa, sobre la que Eurípides edificó todas sus esperanzas políticas,
tomó ahora la palabra, después de que, hasta ese momento, quienes habían determinado el
carácter del lenguaje habían sido, en la tragedia el semidiós, y en la comedia el
sátiro borracho o semihombre. Y de esta manera el Eurípides aristofaneo destaca en su
honor que lo que él ha expuesto ha sido la vida y las ocupaciones generales, conocidas
por todos, cotidianas, para hablar sobre las cuales está capacitado todo el mundo.....Con
Eurípides los poetas trágicos estaban tan muertos como la tragedia. Al abandonar a
ésta, sin embargo, el heleno había abandonado la creencia en su propia inmortalidad, no
sólo la creencia en un pasado ideal, sino también la creencia en un futuro
ideal.....Pero sucedió, además, que en esta penosa situación, Eurípides, encontró otro
espectador que no comprendía la tragedia y que, por ellos no la estimaba. Aliado
con él, fuele lícito atreverse a iniciar, desde su aislamiento, la enorme lucha contra
las obras de arte de Ésquilo y de Sófocles..... Ese otro espectador es, evidentemente,
Sócrates.
SÓCRATES ANTE LA TRAGEDIA Dioniso había sido ahuyentado ya de la escena trágica, y lo
había sido por un poder demónico que hablaba por boca de Eurípides. También Euripides
era, en cierto sentido, solamente una máscara: la divinidad que hablaba por su boca no
era Dioniso, ni tampoco Apolo, sino un demón que acababa de nacer, llamado Sócrates.
Esta es la nueva antítesis: lo dionisíaco y lo socrático, y la obra de arte de la
tragedia pereció por causa de ella....Nos será lícito acercarnos ahora a la esencia del
socratismo estético, cuya ley suprema dice más o menos así: todo tiene que ser
inteligible para ser bello; lo cual es el principio paralelo del socrático solo el
sapiente es virtuoso..... Sócrates era, pues, aquel segundo espectador que no comprendía
la tragedia antigua y que, por ello, no la estimaba; aliado con él, Eurípides se
atrevió a ser el heraldo de una nueva forma de creación artística. Si la tragedia
antigua pereció a causa de él, entonces el socratismo estético es el principio asesino;
y puesto que la lucha estaba dirigida contra lo dionisiaco del arte anterior, en Sócrates
reconocemos el adversario de Dioniso, el nuevo Orfeo que se levanta contra Dionisio y que,
aunque destinado a ser hecho pedazos por las ménades del tribunal ateniense, obliga a
huir, sin embargo, al mismo dios prepotente: el cual, como hizo en otro tiempo cuando
huyó de Licurgo, rey de los edones, buscó la
salvación en las profundidades del mar, es decir, en las místicas olas de un culto
secreto, que poco a poco invadió el mundo entero..... MUSICA DIONISÍACA Antes de lanzarnos en medio de esas luchas, recubrámonos con
la armadura de los conocimientos que hemos conquistado hasta ahora. Al contrario de todos
aquellos que se afanan por derivar las artes de un pnncipio único, considerado como
fuente vital necesaria de toda obra de arte, yo fijo mi mirada en aquellas dos divinidades
artisticas de los gríegos, Apolo y Dioniso, y reconozco en ellas los representantes
vivientes e intuitivos de dos mundos artísticos díspares en su esencia más honda y en
sus metas más altas.Apolo está ante mí como el transfigurador genio del principium
individuationis [principio de individuaclon], único mediante el cual puede
alcanzarse de verdad la redención en la apariencia: mientras que, al místico grito
jubiloso de Dioniso, queda roto el sortilegio de la individuación y abierto el camino
hacia las Madres del ser, hacia el núcleo más íntimo de las cosas. EL RENACIMIENTO DE LA TRAGEDIA ¿Cuándo necesitaríamos nosotros más que ahora, que
estamos asistiendo al renacimiento de la tragedia y corremos peligro de no saber de dónde
viene ella, de no poder explicarnos a dónde quiere ir?.... Que nadie intente debilitar
nuestra fe en un renacimiento ya inminente de la Antigüedad griega; pues en ella
encontramos la única esperanza de una renovación y purificación del espíritu alemán
por la magia de fuego de la música. ¿Qué otra cosa podríamos mencionar que, en la
desolación y decaimiento de la cultura de ahora, pudiese despertar alguna expectativa
consoladora para el futuro. En vano andamos al acecho de una única raíz que haya echado
ramas vigorosas, de un pedazo de tierra sana y fértil: por todas partes polvo, arena,
rigidez, consunción. Aquí un hombre aislado y sin consuelo no podría elegir mejor
símbolo que el caballero con la muerte y el diablo, tal como nos lo dibujó Durero, el caballero recubierto con su armadura, de dura,
broncínea mirada,
Basilea, fin del año 1871.
Presentación
(Sueño y Embriaguez)
Para poner más a nuestro alcance esos dos instintos imaginémooslos, por el momento, como
los mundos artísticos separados del sueño y de la embriaguez entre los cuales fenómenos
fisiológicos puede advertirse una antítesis correspondiente a la que se da entre lo
apolíneo y lo dionisíaco. En el sueño fue donde, según Lucrecio, por vez primera se
presentarn ante las almas de los hombres las espléndidas figuras de los dioses, en el
sueño era donde el gran escultor veía la fascinante estructura corporal de seres
sobrehumanos, y el poeta helénico, interrogado acerca de los secretos de la procreación
poética, habría mencionado asimismo el sueño y habría dado una instrucción similar a
la que da Hans Sachs en Los maestros cantores:
Amigo mío, ésa es precisamente la obra del poeta,
el interpretar y observar sus sueños.
Creedme, la ilusión más verdadera del hombre
se le manifiesta en el sueño:
todo arte poético y toda poesía
no es más que interpretación de sueños que dicen la verdad.
La bella apariencia de los mundos oníricos, en cuya producción cada hombre es
artista completo, es el presupuesto de todo arte figurativo, mas aún, también, como
veremos, que una mitad importante de la poesía. Gozamos en la comprensión inmediata de
la figura, todas las formas nos hablan, no existe nada indiferente ni innecesario. En la
vida suprema de esa realidad onírica tenemos, sin embargo, el sentimiento traslúcido de
su apariencia: al menos ésta es mi experiencia, en favor de cuya reiteración, más aún,
normalidad, yo podría aducir varios testimonios y declaraciones de los poetas. El hombre
filosófico tiene incluso el presentimiento de que tambien por debajo de esta
realidad en que nosotros vivimos y somos yace oculta una realidad del todo
distinta, esto es, que también aquélla es una apariencia: y Schopenhauer llega a decir
que el signo distintivo de la aptitud filosófica es ese don gracias al cual los seres
humanos y todas las cosas se nos presentan a veces como meros fantasmas o imágenes
oníricas. La relación que el filósofo mantiene con la realidad de la existencia es la
que el hombre sensible al arte mantiene con la realidad del sueño; la contempla con
minuciosidad y con gusto: pues de esas imágenes saca él su interpretación de la vida,
mediante esos sucesos se ejercita para la vida. Y no son sólo acaso las imágenes
agradables y amistosas las que él experimenta en sí con aquella inteligibilidad total:
también las cosas serias, oscuras, tristes, tenebrosas, los obstáculos súbitos,
las bromas del azar, las esperas medrosas, en suma, toda la «divina comedia» de la vida,
con su Inferno, desfila ante él, no sólo como un juego de sombras - pues también él
vive y sufre en esas escenas - y, sin embargo, tampoco sin aquella fugaz sensación de
apariencia; y tal vez más de uno recuerde, como yo, haberse gritado a veces en los
peligros y horrores del sueño, animándose a sí mismo, y con éxito: «¡Es un sueño!
¡Quiero seguir sonándolo! » Así me lo han contado también personas que fueron capaces
de prolongar durante tres y más noches consecutivas la causalidad de uno y el mismo
sueño: hechos éstos que dan claramente testimonio de que nuestro ser más íntimo, el
substrato común de todos nosotros, experimenta el sueño en sí con profundo placer y con
alegre necesidad.
Esta alegre necesidad propia de la experiencia onírica fue expresada asimismo por los
griegos en su Apolo: Apolo, en cuanto dios de todas las fuerzas figurativas, es a la vez
el dios vaticinador. El, que es, según su raíz, «el Resplandeciente», la divinidad de la luz,
domina también la bella apariencia del mundo interno de la fantasía. La verdad superior,
la perfección propia de estos estados, que contrasta con la sólo fragmentariamente
inteligible realidad diurna, y además profunda consciencia de que en el dormir y el
soñar la naturaleza produce unos efectos salvadores y auxiliadores, todo eso es a la vez
el análogo simbólico de la capacidad vaticinadora y, en general, de las artes, que son
las que hacen posible y digna de vivirse la vida. Pero esa delicada línea que a la imagen
onírica no le es lícito sobrepasar para no producir un efecto patológico, ya que, en
caso contrario, la apariencia nos engañaría presentándose como burda realidad -no es
lícito que falte tampoco en la imagen de Apolo: esa mesurada limitación, ese estar libre de las emociones más salvajes, ese
sabio sosiego del dios-escultor. Su ojo tiene que ser «solar»,
en conformidad con su origen; aun cuando esté encolerizado y mire con malhumor, se halla
bañado en la solemnidad de la bella apariencia. Y así podría aplicarse a Apolo, en un
sentido excéntrico, lo que Schopenhauer dice del hombre cogido en el velo de Maya. El
mundo como voluntad y representación,: «Como sobre el mar embravecido, que, ilimitado
por todos lados, levanta y abate rugiendo montañas de olas, un navegante está en una
barca, confiando en la débil embarcación; así está tranquilo, en medio de un mundo de
tormentos, el hombre individual, apoyado y confiando en el principium individuationis [principio de
individuación]. Más aún, de Apolo había que decir que en él han alcanzado
su expresión más sublime la confianza inconcusa en ese principium y el tranquilo estar
allí de quien se halla cogido en él, e incluso se podría designar a Apolo como la
magnífica imagen divina del principium individuationis, por cuyos gestos y miradas nos
hablan todo el placer y sabiduría de la apariencia, junto con su belleza.
En ese mismo pasaje nos ha descrito Schopenhauer el enorme espanto que se apodera del ser
humano cuando a éste le dejan súbitamente perplejo las formas de conocimiento de la
apariencia, por parecer que el principio de razón sufre, en alguna de sus
configuraciones, una excepción. Si a ese espanto le añadimos el éxtasis delicioso que,
cuando se produce esa misma infracción del principium individuationis, asciende desde el
fondo más íntimo del ser humano, y aún de la misma naturaleza, habremos echado
una mirada a la esencia de lo dionisiaco, a lo cual la analogía de la embriaguez es la
que más lo aproxima a nosotros. Bien por el influjo de la bebida narcótica, de la que
todos los hombres y pueblos originarios hablan con himnos, bien con la aproximación
poderosa de la primavera, que impregna placenteramente la naturaleza toda, despiértanse
aquellas emociones dionisíacas en cuya intensificación lo subjetivo desaparece hasta
llegar al completo olvido de sí. También en la Edad Media alemana iban rodando de un
lugar para otro, cantando y bailando bajo el influjo de esa misma violencia dionisíaca,
muchedumbres cada vez mayores: en esos danzantes de San Juan y San Vito reconocemos
nosotros los coros báquicos de los griegos, con su prehistoria en Asia menor, que se
remontan hasta Babilonia y hasta los saces orgiásticos.
Hay hombres que, por falta de experiencia o por embotamiento de espíritu, se apartan de
esos fenómenos como de «enfermedades populares, burlándose de ellos o lamentándolos,
apoyados en el sentimiento de su propia salud: los pobres no sospechan, desde luego, qué
color cadavérico y qué aire fantasmal
ostenta precisamente esa «salud» suya cuando a su lado pasa rugiendo la vida ardiente de
los entusiastas dionisíacos.
Bajo la magia de lo dionisíaco no sólo se renueve la alianza entre los seres humanos:
también la naturaleza enajenada, hostil o subyugada celebra su fiesta de reconciliación
como su hijo perdido, el hombre. De manera espontánea ofrece la tierra sus dones, y
pacíficamente se acercan los animales rapaces de las rocas y del desierto. De flores y
guirnaldas está recubierto el carro de Dioniso: bajo su yugo avanzan la pantera y el
tigre. Transfórmese el himno A la alegría de Beethoven en una pintura y no se quede
nadie rezagado con la imaginación cuando los millones se postran estremecidos en el
polvo: así sera posible aproximarse a lo dionisíaco. Ahora el esclavo es hombre libre,
ahora quedan rotas todas las rígidas, hostiles delimitaciones que la necesidad, la
arbitrariedad o la «moda insolente» han establecido entre los hombre.
Ahora, en el evangelio de la armonía universal, cada uno se siente no sólo reunido,
reconciliado, fundido con su prójimo, sino uno con él, cual si el velo de Maya estuviese
desgarrado y ahora sólo ondease de un lado para otro, en jirones, ante lo misterioso Uno primordial. Cantando y bailando manifiéstase el ser
humano como miembro de una comunidad superior: ha desaprendido a andar y a hablar y está
en camino de echar a volar por los aires bailando.Por sus gestos habla la transformación
mágica. Al igual que ahora los animales hablan y la tierra da leche y miel, también en
él resuena algo sobrenatural: se siente dios, él mismo camina ahora tan estático y
erguido como en sueños veía caminar a los dioses. El ser humano no es ya un artista, se
ha convertido en una obra de arte: para suprema satisfacción deleitable de lo Uno
primordial, la potencia artística de la naturaleza entera se revela aquí bajo los
estremecimientos de la embriaguez. El barro más noble, el mármol más precioso son aqui
amasados y tallados, el ser humano, y a los golpes de cincel del artista dionisíaco de
los mundos resuena la llamada de los misterios eleusinos: «¿Os postráis, millones? ¿ Presientes tú al creador, oh
mundo?»
Presentación
LO APOLINEO Y LO DIONISÍACO EN EL MUNDO GRIEGO
(Antítesis y Reconciliación)
Tras estos presupuestos y contraposiciones generales acerquémonos ahora a los griegos
para conocer en qué grado y hasta qué altura se desarrollaron en ellos esos
instintos artísticos de la naturaleza: lo cual nos pondrá cn condiciones de entender y
apreciar con más hondura la relación del artista griego con sus arquetipos, o, según la
expresión aristotélica, «la imitación de la naturaleza». De los sueños de los
griegos, pese a toda su literatura onírica y a las numerosas anécdotas sobre ellos,
sólo puede hablarse con conjeturas, pero, sin embargo, con bastante seguridad: dada la
aptitud plástica de su ojo, increíblemente precisa y segura, así como su luminoso y
sincero placer por los colores............ No precisamos, en cambio, hablar sólo con
conjeturas cuando se trata de poner al descubierto el abismo enorme que separa a los
griegos dionisiacos de los bárbaros dionisíacos. En todos los confines del mundo antiguo
- para dejar aquí de lado el mundo moderno -, desde Roma hasta Babilonia, podemos
demostrar la existencia de festividades dionisíacas, cuyo tipo, en el mejor de los casos,
mantiene con el tipo de las griegas la misma relación que el sátiro barbudo, al que el
macho cabrío prestó su nombre y sus atributos, mantiene con Dioniso mismo. Casi en todos
los sitios la parte central de esas festividades consistía en un desbordante desenfreno
sexual, cuyas olas pasaban por encima de toda institución familiar y de sus estatutos
venerables; aquí eran desencadenadas precisamente las bestias más salvajes de la
naturaleza, hasta llegar a aquella atroz mezcolanza de voluptuosidad y crueldad que a mí
me ha parecido siempre el auténtico «bebedizo de las brujas». Contra las febriles
emociones de esas festividades, cuyo conocimiento penetraba hasta los griegos por todos
los caminos de la tierra y del mar, éstos, durante algún tiempo, estuvieron
completamente asegurados y protegidos, según parece, por la figura, que aquí
se yergue en todo su orgullo, de Apolo, el cual no podía oponer la cabeza de Medusa a ningún poder más peligroso que a ese poder
dionisíaco, grotescamente descomunal. En el arte dórico ha quedado eternizada esa
actitud de mayestática repulsa de Apolo.Más dificultosa e incluso imposible se hizo esa
resistencia cuando desde la raíz más honda de lo helénico se abrieron paso finalmente
instintos similares: ahora la actuación del dios délfico se limitó a quítar de las
manos de su poderoso adversario, mediante una reconciliación concertada a tiempo, sus
aniquiladoras armas. Esta reconciliación es el momento más importante en la
historia del culto griego: a cualquier lugar a que se mire, son visibles las revoluciones
provocadas por ese acontecimiento. Fue la reconciliación de dos adversarios, con
determinación nítida de sus líneas fronterizas, que de ahora en adelante tenían que
ser respetadas, y con envío periódico de regalos honoríficos; en el fondo, el abismo no
había quedado salvado. Mas si nos fijamos en el modo como el poder dionisíaco se reveló
bajo la presión de ese tratado de paz, nos daremos cuenta ahora de que, en comparación
con aquellos saces babilónicos y su regresión desde el ser humano al tigre y al mono,
las orgías dionisíacas de los griegos tienen el significado de festividades de
redención del mundo y de días de transfiguración. Sólo en ellas alcanza la naturaleza
su júbilo artístico, sólo en ellas el desgarramiento del principium individuationis se
convierte en un fenómeno artístico. Aquel repugnante bebedizo de brujas hecho de
voluptuosidad y crueldad carecía aquí de fuerza: sólo la milagrosa mezcla y duplicidad
de afectos de los entusiasmos dionisíacos recuerdan aquel bebedizo - como las
medicinas nos traen a la memoria los venenos mortales -, aquel fenómemo de que los
dolores susciten placer, de que el júbilo a rranque al pecho sonidos atormentados. En la
alegría más alta resuenan el grito del espanto o el lamento nostálgico por una pérdida
insustituible. En aquellas festividades griegas prorrumpe, por así decirlo, un rasgo
sentimental de la naturaleza, como si ésta hubiera de sollozar por su despedazamiento en
individuos. El canto y el lenguaje mímico de estos entusiastas de dobles sentimientos
fueron para el mundo de la Grecia de Homero algo nuevo e inaudito: y en especial
prodújole horror y espanto a ese mundo la música dionisíaca. Si bien, según parece, la
música era conocida ya como un arte apolíneo, lo era, hablando con rigor, tan sólo como
oleaje del ritmo, cuya fuerza figurativa fue desarrollada hasta convertirla en exposición
de estados apolíneos. La música de Apolo era arquitectura dórica en sonidos, pero en
sonidos sólo insinuados, como son los propios de la cítara. Cuidadosamente se mantuvo
apartado, como no-apolíneo, justo el elemento que constituye el carácter de la música
dionisíaca y, por tanto, de la música como, la violencia estremecedora del sonido, la
corriente unitaria de la melodía y el mundo completamente incomparable de la armonía. En
el ditirambo díonisíaco el hombre es estimulado
hasta la intensificación máxima de todas sus capacidades simbólicas; algo jamás
sentido aspira a exteriorizarse, la aniquilación del velo de Maya, la unidad como genio
de la especie, más aún, de la naturaleza. Ahora la esencia de la naturaleza debe
expresarse simbólicamente; es necesario un nuevo mundo de símbolos, por lo pronto el
simbolismo corporal entero, no sólo el simbolismo de la boca, del rostro, de la palabra,
sino el gesto pleno del baile, que mueve rítmicamente todos los miembros....El servidor
ditirámbico de Dioniso es entendido, pues, tan sólo por sus iguales. ¡Con qué estupor
tuvo que mirarle el griego apolíneo! Con un estupor que era tanto mayor cuanto que con
él se mezclaba el terror de que en realidad todo aquello no le era tan extraño a él,
más aún, de que su consciencia apolínea le ocultaba ese mundo dionisíaco sólo como un
velo.
Presentación
(El sí de los griegos, a través
de sus dioses, a una vida trágica)
¿Qué relación mantiene el mundo de los dioses olímpicos con esta sabiduría popular?
¿Qué relación mantiene la visión extasiada del martir torturado con sus suplicios?
Ahora la montaña mágica del Olimpo se abre a nosotros, por así decirlo, y nos muestra
sus raíces. El griego conoció y sintió los horrores y espantos de la existencia: para
poder vivir tuvo que colocar delante de ellos laa resplandeciente criatura onírica de los
Olímpicos. Aquella enorme desconfianza frente a los poderes titánicos de la naturaleza,
aquella moira [destino] que reinaba despiadada sobre todos los conocimientos, aquel buitre
del gran amigo de los hombres, Prometeo, aquel destino horroroso del sabio Edipo, aquella
maldición de las estirpe de los Atridas, que compele a Orestes a asesinar a su madre, en
suma, toda aquella filosofía del dios de los bosques junto con sus ejemplificaciones
míticas, por la que perecieron los melancólicos etruscos, - fue superada constantemente,
una y otra vez, por los gricgos, o, en todo caso, encubierta y sustraída a la mirada,
mediante aquel mundo intermedio artístico de los Olímpicos...... Aquel pueblo tan
excitable en sus sentimientos, tan impetuoso en sns deseos, tan excepcionalmente
capacitado para el sufrimiento, ¿de qué otro modo habría podido soportar la existencia,
si en sus dioses ésta no se le hubiera mostrado circundada de
una aureola superior?....... La existencia bajo el luminoso resplandor solar de
tales dioses es sentida como lo apetecible de suyo, y el auténtico dolor de los hombres
homéricos se réfiere a la separación de esta existencia, sobre todo a la separación
ptonta: de modo que ahora podría decirse de ellos, invirtiendo la sabiduría silénica,
«lo peor de todo es para ellos ellos el morir pronto, y lo peor en segundo lugar, el
llegar a morir alguna vez». Siempre que resuena el lamento, éste habla del Aquiles «de
corta vida». del cambio y paso del género humano cual hojas de árboles, del ocaso de la
época heróica. No es indigno del más grande de los heroes el anhelarr seguir viviendo.
aunque sea como jornalero.. En el estadio apolineo la «voluntad desea con tanto ímpetu
esta existencia, el hombre homérico se siente tan identificado con ella, que incluso el
lamento se convierte en un canto de alabanza de la misma.
Presentación
(La redención)
Presentación
(Homero y Arquíloco)
Nos acercamos ahora a la auténtica meta de nuestra ínvestigación, la cual está
dirigida al conocimiento del genio dionisiaco-apolíneo y de su obra de arte, o al menos a
la comprensión llena de presentimientos del misterio de esa unidad. Ante todo vamos a
preguntar aquí cuál es el lugar donde se hace notar por vez primera en el mundo helenico
ese nuevo germen que evolucionará después hasta llegar a la tragedia y al ditirambo
dramático. Sobre esto la Antigüedad misma nos ofrece gráficamente una aclaración al
colocar juntos, en esculturas, gemas, etc., como progenitores y precursores de la poesía
griega, a Homero y Arquiloco, con el firme sentimiento de que sólo
a estos dos se los ha de reputar por naturalezas igual y plenamente originales, de las
cuales sigue fluyendo una corriente de fuego sobre toda la posteridad griega. Homero, el
anciano soñador absorto en sí mismo, el tipo de artista apolíneo, ingenuo, mira
estupefacto la apasionada cabeza de Arquíloco, belicoso :servidor de las musas..... En lo
que se refiere a Arquíloco, la investigación erudita ha descubierto que fue él quien
introdujo en la literatura la canción popular (Volkslied), y que es este hecho el que le
otorga en la estimación general de los griegos aquella posición única junto a Homero.
Mas ¿qué es la canción popular, en contraposición a la epopeya, plenamente apolínea?
No otra cosa que el perpetuum vestigíum [vestigio perpetuo] de una unión de lo apolíneo
y lo dionisiaco; su enorme difusión, que se extiende a todos los pueblos y que se
acrecienta con frutos siempre nuevos, es para nosotros un testimonio de la fueza de ese
doble ínstinto artístíco de la naturaleza: el cual deja sus huellas en la canción
popular de manera análoga a como los movimientos orgiástico de un pueblo se perpetúan
en su música.
Precisamente este Arquíloco nos asusta, junto a Homero, por el grito de su odio y de su
mofa, por las ebrias explosiones de su concupiscencia: él, el primer artista llamado
subjetivo, ¿no es, por este motivo, el no-artista propiamente dicho? ¿De dónde precede
entonces la veneración que le tributó a él, al poeta, precisamente también el oráculo
délfico, hogar del arte «objetivo». Ante todo, como artista dionisíaco identificado
plenamente con el Uno primordal, con su dolor y su contradición, y produce una réplica
de ese Uno primordial en forma de música, aun cuando, por otro lado, ésta ha sido
llamada con todo derecho una repetición del mundo y un segundo vaciado del mismo;
después esa música se le hace visible de nuevo, bajo el efecto apolíneo del sueño,
cono en una imagen simbólica...... Cuando Arquíloco, el primer lírico de los griegos,
proclama su furioso amor y a la vez su desprecio por las hijas de Licambes, no es su
pasión la que baila ante nosotros en un torbellino orgiástico: a quien vemos es a
Dioniso y a las ménades, a quien vemos es al embriagado entusiasta Arquíloco echado a
dormir -tal como Eurípides nos describe el dormir en Las bacantes, un dormir en una
elevada pradera de montaña, al sol de mediodía -: y ahora Apolo se le acerca y le toca
con el laurel. La transformación mágica dionisíaco-musical del dormido lanza ahora a su
alrededor, por así decirlo, chispas-imágenes, poesías líricas, que, en su despliegue
supremo, se llanan tragedias y ditirambos...... En verdad Arquiloco, el hombre que arde de
pasión, que ama y odia con pasión,es tan sólo una visión del genio, el cual no es ya
Arquíloco, sino el genio del mundo, que expresa simbólicamenre su dolor primordial en
ese simbolo que es el hombre Arquíloco......
Presentación
Con este coro es con el que se consuela el heleno dotado de sentimientos profundos y de
una capacidad única para el sufrimiento más delicado y más pesado, el heleno que ha
penetrado con su incisiva mirada tanto en el terríble proceso de destrucción propio de
la denominada historia universal como en la crueldad de la naturaleza, y que corre peligro
de anhelar una negación budista de la voluntad. A ese heleno lo salva el arte, y mediante
el arte lo salva para sí - la vida....... El éxtasis del estado dionisíaco, con su
aniquilación de las barreras y límites habituales de la existencia, contiene su efecto,
mientras dura, un elemento letárgico, en el que se sumergen todas las vivencias
personales del pasado.....El hecho de que, sin embargo, el coro estuviese compuesto de
seres bajos y serviles, más aún, al principio sólo de sátiros cabrunos,....
ahora hemos comprendido que en el fondo, el escenario, junto con la acción, fue pensado
originariamente sólo como una visión, que la única «realidad» es cabalmente el coro,
el cual genera de sí la visión y habla de ella con el simbolismo total del baile, de la
música y de la palabra. Este coro contempla en su visión a su señor y maestro Dioniso,
y por: ello es eternamente el coro servidor: él ve cómo aquél, el dios que sufre y se
glorifica, y por ello él mismo no actúa. En esta situación de completo servicio al dios
el coro es, sin embargo, la expresión suprema, es decir, dionisíaca de la de la
naturaleza, y por ello, al igual que ésta pronuncia en su entusiasmo oráculos y
sentencias de sabiduria: por ser el coro que participa del sufrimiento es a la vez el coro
sabio, que proclama la verdad desde el corazón del mundo. Así es como surgre
aquella figura fantasmagórica que parece tan escandalosa, del sátiro sabio y
entusiasmado, que es a la vez el hombre en contraposición al dios, reflejo de la
naturaleza y de sus instintos más fuertes, más aún, símbolo de la misma, y a la vez
pregonero de su sabiduría y de su arte: músico, poeta, bailarín, visionario en
una sola persona. Según este conocimiento y según la tradición, al principio, en el
período más antiguo de la tragedia, Dioniso, héroe genuino del escenario y punto
central de la visión, no está verdaderamente presente, sino que sólo es representado
como presente: es decir, en su origen la tragedia es sólo «coro» y no «drama». Más
tarde se hace el ensayo de mostrar como real al dios y de representar como visible a
cualquier ojo la figura de la visión, junto con todo el marco transfigurador: así es
como comienza el «drama» en sentido estricto. Ahora se le encomienda al coro
ditirámbico la tarea de excitar dionisíacamente hasta tal grado el estado de ánimo de
los oyentes, que cuando el héroe trágico aparezca en la escena éstos no vean acaso el
hombre cubierto con una máscara deforme, sino la figura de una visión, nacida, por así
decirlo, de su propio éxtasis.. Imaginémonos a Admeto recordando en profunda meditación
a su esposa Alcestis que acaba de fallecer, y consumiéndose totalmente en la
contemplación espiritual de la misma - cómo de repente conducen hacia él, albierta por
un velo. una figura femenina de formas semejantes a las de aquella, de andar parecido:
imaginémonos su súbita y trémula inquietud, su impetuoso comparar, su convicción
instintiva y tendremos así algo análogo al sentimiento con que el espectador agitado por
la excitación dionisíaca veía avanzar por el escenario al dios con cara sufrimiento se
había ya identificado..... Este es el estado apolíneo del sueño, en el cual el mundo
del día queda cubierto por un velo, y ante nuestros ojos nace, en un continno combio, un
mundo nuevo, más claro, más comprensible, más conmovedor que aquél, y, sin embargo,
mas parecido a las sombras. Según esto, nosotros recibimos en la tragedia una antítesis
radical: en la lírica dionisíaca del coro y, por otro lado, en el onírico mundo
apolineo de la escena. Las apariencias apolineas, en las cuales Dionisio se objetiva, no
son ya "un mar eterno, un cambiante mecerse, un ardiente vivir", como lo es la
música del coro.... ahora son la claridad....ya que Dionisio no habla ya por medio de
fuerzas, sino como heroe épico.
Presentación
A la aureola de la pasividad contrapongo yo ahora la aureola de la actividad, que con su
resplandor circunda al Prometeo de Ésquilo..... Con Prometeo, alzándose hasta
lo titánico, conquista el hombre su propia cultura y compele a los dioses a aliarse con
él, pues en sus manos tiene, con su sabiduría, la existencia y los límites de éstos.
Pero lo más maravilloso en esa poesía sobre Prometeo, que por su pensamiento básico
constituye el auténtico himno de la impiedad, es la profunda tendencia esquilea a la
justicia: el inconmensurable sufrimiento del «individuo» audaz, por un lado, y, por
otro, la indigencia divina, más aún: el presentimiento de un crepúsculo de los dioses,
el poder propio de aquellos dos mundos de sufrimiento, que los constriñe a establecer una
reconciliación, una unificación metafísica- todo esto trae con toda fuerza a la memoria
el punto central y la tesis capital de la consideración esquilea del mundo, que ve a la
Moira reinar como justicia eterna sobre dioses y hombres..... Con respecto a las
divinidades el artista griego en especial experimentaba un oscuro sentimiento de
dependencia recíproca: y justo en el Prometeo de Ésquilo está simbolizado ese
sentimiento. El artista titánico encontraba en sí la altiva creencia de que a los
hombres él podía crearlos, y a los dioses olímpicos, al menos aniquilarlos: y esto,
gracias a su superior sabiduría, que él estaba obligado a expiar, de todos modos, con un
sufrimiento eterno. El magnífico «poder» del gran genio, que ni siquiera al precio de
un sufrimiento eterno resulta caro, el rudo orgullo del artista ese es el contenido y el
alma de la poesía esquilea, mientras que, en su Edipo, Sófocles entona, como en un
preludio, la canción victoriosa del santo. Pero tampoco con aquella interpretación dada
por Ésquilo al mito queda escrutada del todo la asombrosa profundidad de su horror: antes
bien, el placer del artista por el devenir, la jovialidad del crear artístico, que
desafía toda desgracia, son sólo una nube y un cielo luminoso que se reflejan en un
negro lago de tristeza..... Quien comprenda el núcleo más íntimo de la leyenda de
Prometeo - a saber, la necesidad del sacrilegio, impuesta al individuo de aspiraciones
titánicas -, tendrá que sentir también a la vez lo no-apolíneo de esa concepción
pesimista; pues a los seres individuales Apolo quiere conducirlos al sosiego precisamente
trazando líneas fronterizas entre ellos y recordando una y otra vez, con sus exigencias
de conocerse a sí mismo y de tener moderación, que esas líneas fronterizas son las
leyes más sagradas del mundo. De todos modos es lo dionisíaco quien toma sobre sus
espaldas las pequeñas ondulaciones particulares que son los individuos, de igual manera
que el hermano de Prometeo, el titán Atlas, tomó sobre las suyas la tierra. en su afán
titánico de llegar a ser, por así decirlo, el Atlas de todos los individuos y de
llevarlos con anchas espaldas cada vez más alto y cada vez más lejos. Esto es lo que hay
de común entre lo prometeico y lo dionisíaco. Así considerado, el Prometeo de Ésquilo
es una máscara dionisíaca, mientras que con aquella profunda tendencia antes mencionada
hacia la justicia Ésquilo le da a entender al hombre inteligente que por parte del padre
desciende Apolo, dios de la individuación y los límites de la justicia. Y de este modo
la dualidad del Prometeo de Ésquilo, su naturaleza a la vez dionisiaca y apolinea,
podría ser expresada, en una fórmula conceptual, del modo siguiente: «Todo lo que
existe es justo e injusto, y en ambos casos está ígualmente justificado.»
¡Ese es tu mundo! ¡Eso se llama un mundo!
MITO DE PROMETO versus MITO PECADO ORIGINAL
La leyenda de Prometeo es posesión originaria de la comunidad entera de los pueblos
arios y documento de su aptitud para lo trágico y profundo, más aún, no sería
inverosímil que ese mito tuviese para el ser ario el mismo significado característico
que el mito del pecado origínal tiene para el ser semítico, y que entre ambos mitos
existiese un grado de parentesco igual al que existe entre hermano y hermana. El
presupuesto de ese mito de Prometeo es el inmenso valor que una humanidad ingenua otorga
al fuego, verdadero Paladio de toda cultura
ascendente: pero que el hombre disponga libremente del fuego, y no lo reciba tan sólo por
un regalo del cielo, como rayo incendiario o como quemadura del sol que da calor, eso es
algo que a aquellos contemplativos hombres primeros les parecía un sacrilegio, un robo
hecho a la naturaleza divina. Y de este modo el primer problema filosófico establece
inmediatamente una contradicción penosa e insoluble entre hombre y dios, y coloca esa
contradicción como un peñasco a la puerta de toda cultura. Mediante un sacrilegio
conquista la humanidad las cosas óptimas y supremas de que ella puede participar, y tiene
que aceptar por su parte las consecuencias, a saber, todo el diluvio de sufrimientos y de
dolores con que los Celestes ofendidos se ven obligados a afligir al género humano que
noblemente aspira hacia lo alto: es éste un pensamiento aspero, que, por la dignidad que
confiere al sacrilegio, contrasta extrañamente con el mito semitico del pecado original,
en el cual se considera como origen del mal la curiosidad, el engaño mentiroso, la
facilidad para dejarse seducir, la concupiscencia, en suma, una serie de afecciones
preponderantemente femeninas. Lo que distingue a la visión aria es la idea sublime del
pecado activo como virtud genuinamente prometeica: con lo cual ha sido encontrado a la vez
el sustrato ético de la tragedia pesimista, como justificación del mal humano, es decir,
tanto de la culpa humana como del sufrimiento causado por ella.... En el afán heroico del
individuo por acceder a lo universal, en el intento de rebasar el sortilegio de la
individuación y de querer ser él mismo la esencia única del mundo, el individuo padece
en sí la contradicción primordial oculta en las cosas, es decir, comete sacrilegios y
sufre. Y así los arios conciben el sacrilegio como un varón, y los semitas el pecado
como una mujer, de igual manera que el varón el que comete el primer sacrilegio y
la mujer la que comete el primer pecado.
Presentación
Presentación
Presentación
Que en su tendencia Sócrates se halla estrechamente relacionado con Eurípides es cosa
que no se le escapó a la Antigüedad de su tiempo; y la expresión más elocuente de esa
afortunada sagacidad es aquella leyenda que
circulaba por Atenas, según la cual Sócrates ayudaba a Eurípides a escribir sus obras.
Ambos nombres eran pronunciados a la vez por los partidarios de los «buenos tiempos
viejos» cuando se trataba de enumerar a los seductores del pueblo en aquella
época.....Aristófanes pasó a demostrar, basándome en la sensibilidad antigua, la
estrecha conexión que existe entre Sócrates y Eurípides; en este sentido hay que
recordar especialmente que Sócrates, como adversario del arte trágico, se abstenía de
concurrir a la tragedia, y sólo se incorporaba a los espectadores cuando se representaba
una nueva obra de Eurípides. Lo más famoso es, sin embargo, la aproximación de ambos
nombres en la sentencia del oráculo délfico, el cual dijo que Sócrates era el más
sabio de los hombres, pero a la vez sentenció que a Eurípides le correspondía el segundo premio en el certamen de la sabiduría. Tercero
en esa graduación quedó Sófocles.......
Pero la frase más aguda a favor de aquel nuevo e inaudito aprecio del saber y de la
inteligencia la pronunció Sócrates cuando encontró que él era el único en confesarse
que no sabía nada; mientras que, en su deambular
crítico por Atenas, por todas partes topaba, al hablar con los más grandes hombres de
Estado, oradores, poetas y artistas, con la presunción del saber. Con estupor advertía
que todas aquellas celebridades no tenian una idea correcta y segura ni siquiera de su
profesión, y que la ejercían únicamente por instinto. «Unicamente por instinto»: con
esta expresión tocamos el corazón y el punto central de la tendencia socrática. Con
ella el socratismo condena tanto el arte vigente como la ética vigente: cualquiera que
sea el sitio a que dirija sus miradas inquisidoras, lo que ve es la falta de inteligencia
y el poder de la ilusión, y de esa falta infiere que lo existente es íntimamente absurdo
y repudiable. Partiendo de ese único punto Sócrates creyó tener que corregir la
existencia..... Esta es la enorme perplejidad que con respecto a Sócrates se apodera
siempre de nosotros, y que una y otra vez nos estimula a conocer el sentido y el
propósito de esa aparición, la más ambigua de la Antigüedad. ¿Quién es este que se
permite atreverse a negar. él solo, el ser griego?....
Una clave para entender él ser de Sócrates ofrécenosla aquel milagroso fenómeno
llamado «demón de Sórates» En situaciones especiales, en las que vacilaba su enorme
entendimiento, éste encontraba un firme sostén gracias a una voz divina que en tales
momentos se dejaba oir. Cuando viene, esa voz siempre disuade.
En esta naturaleza del todo anormal la sabiduría instintiva se muestra únicamente
para enfrentarse acá y allá al conocer consciente, poniendo obstáculos. Mientras que en
todos los hombres productivos el instinto es precisamente la fuerza creadora y afirmativa,
y la consciencia adopta una actitud crítica y disuasiva: en Sócrates el instinto se
convierte en un crítico, la consciencia. en un creador - ¡una verdadera monstruosidad
per defectum! Y, ciertamente, aqui advertimos un monstruoso defectus de toda disposidón
mistica, hasta el punto de que a Sócrates habría que llamarlo el. no-mistico
específico, en el cual, por una superfetación, la naturaleza lógica tuvo un
desarrollo tan excesivo como en el místico lo tiene aquella sabiduría instintiva....
La enorme rueda motriz del socratismo lógico está en marcha, por así decirlo, detrás
de Sócrates, y que hay que intuirla a través de éste como a través de una
sombra....Cuando Sócrates fue conducido ante el foro del Estado griego, sólo una forma
de condena era aplicable, el destierro;..... Pero el que se le sentenciase a muerte, y no
a destierro únicamente, eso parece haberlo impuesto el mismo Sócrates, con completa
claridad y sin el horror natural a la muerte: se dirijió a ésta con la misma calma con
que, según la descripción de Platón, es el último de los bebedores en abandonar el
simposio al amanecer, para comenzar un nuevo día; mientras a sus espaldas quedan, sobre
los bancos y por el suelo. los adormecidos
comensales, para soñar con Sócrates, el verdadero
erótico. El Sócrates moribundo se convirtió en el nuevo ideal, jamás visto antes
en parte alguna, de la noble juventud griega: ante esa imagen se postró, con todo
ardiente fervor de su alma de entusiasmo, sobre todo Platón, el joven heleno típico.....
De todos modos aquel lógico despótico tenía a veces, en efecto, fente al arte, el
sentimiento de una laguna, de un vacío, de un semirreproche, de un deber acaso
desatendido. Con mucha frecuencia se le presentaba en sueños, como él cuenta en la
cárcel a sus amigos, una y la misma aparición, que siempre le decía igual cosa:
«¡Sócrates, cultiva la música!» Hasta sus últimos días Sócrates se tranquiliza con
la opinión de que su filosofar es el arte supremo de las musas, y no cree que una
divinidad le invite a cultivar aquella «música vulgar, popular». Finalmente, en la
cárcel, para descargar del todo su conciencia moral, decidese a cultivar también aquella
música tan poco apreciada por él. Y con esos sentimientos compone un proemio en honor de
Apolo y pone en verso algunas fábulas de Esopo. Lo que
le empujó a realizar esos ejercicios fue algo semeiante a aquella demónica voz
admonitoria, fue su intuición apolínea de no comprender, lo mismo que si fuera un rey
bárbaro, una noble estatua de un dios, y de correr peligro de pecar contra su
divinidad-por su incomprensión.
Presentación
Esta antítesis enorme que se abre como un abismo entre el arte plástico, en cuanto arte
apolíneo, y la múslca, en cuanto arte dionisíaco, se le ha vuelto tan manifiesta a uno
solo de los grandes pensadores, que aun careciendo de esta guía del simbolismo de los
dioses helénicos, reconoció a la música un carácter y un origen diferentes con
respecto a todas las demás artes, porque ella no es, como éstas, reflejo de la
apariencia, sino de manera inmediata reflejo de la voluntad misma, y por tanto representa,
con respecto a todo lo fisico del mundo, lo metafisico, y con respecto a toda apariencia,
la cosa en si (Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación). Sobre este
conocimiento, que es el más importante de toda la estética, y sólo con el cual comienza
ésta, tomada en un sentido realmente serio, ha impreso Richard Wagner su sello,
para corroborar su eterna verdad, cuando en su Beethoven establece que la música ha de
ser juzgiada según unos principios estéticos completamente distlntos a todas las artes
figurativas, y, desde luego, no según la categoría de la belleza: aunque una estética
errada, de la mano de un arte extraviado y degenerado, se haya habituado a exigir de la
música, partiendo de aquel concepto de belleza vigente en el mundo figurativo, un efecto
similar al exigido a las obras del arte figurativo, a saber, la excitación del agrado por
las formas bellas. Tras el conocimiento de aquella antítesis enorme yo senti una fuerte
necesidad de acercarme a la esencia de la tragedia griega, y con ello a la revelación
más honda del genio helénico..... ¿qué efecto estético surge cuando aquellos dos
poderes artísticos, de suyo separados, de lo apolíneo y de lo dionisíaco, entran juntos
en actividad?....... Siguiendo la doctrina de Schopenhauer nosotros concebimos la música
como el lenguaje inmediato de la voluntad y sentimos incitada nuestra fantasía a dar
forma a aquel mundo de espíritus quc nos habla, mundo invisible y, sin embargo, tan
vivamente agitado... bajo el influjo de una música verdaderamente adecuada la imagen y el
concepto alcanzan una significatividad más alta. Dos clases de efectos son, pues, los que
la música dionisíaca suele ejercer sobre la facultad artística apolínea: la música
incita a intuir simbolicamente la universalidad dionisíaca, y la música hace aparecer
además la imagen simbólica era una significatividad suprerna. De estos hechos, en sí
comprensibles y no inasequibles a una observación un poco profunda, infiero yo la aptitud
de la música para hacer nacer el mito, es decir, el eiemplo significativo, y precisamente
el mito trágico: el mito que habla en símbolos acerca del conocimiento dionisíaco..
..... Lo trágico no es posible derivarlo honestamente en modo alguno de la esencia del
arte, tal como se concibe comúnmente éste, según la categoría única de la apariencia
y de la belleza; sólo partiendo del espíritu de la música comprendemos la alegría por
la aniquilación del individuo. Pues es en los ejemplos individuales de tal aniquilación
donde se nos hace comprensible el fenómeno del arte dionisíaco, el cual expresa la
voluntad en su omnípotencia, por así decirlo, detrás del principio individzudtionis
(principio de individuación), la vida eterna más allá de toda apariencia y a pesar de
toda aniquilación. La alegría metafísica por lo trágico es una trasposción de la
sabiduría dionisíaca instintivamente inconsciente al lenguaie de la imagen: el héroe,
apariencia suprema de la voluntad, es negado, para placer nuestro, porque es sólo
apariencia, y la vida eterna de la voluntad no es afectada por su aniquilación.
«Nosotros creemos en la vida eterna», así esclama la tragedia; mientras que la música
es la Idea inmediata de esa vida. Una meta completamente distinta tiene el arte del
escultor: el sufrimiento del individuo lo supera Apolo aquí mediante la glorificación
luminosa de la eternidad de la apaviencia, la belleza triunfa aquí sobre el sufrimiento
inherente a la vida, el dolor queda en cierto sentido borrado de los rasgos de la
naturaleza gracias a una mentira. En el arte dionisíaco y en su simbolismo trágico la
naturaleza misma nos interpela con su voz verdadera, no cambiada: «¡Sed como yo! ¡Sed,
bajo el cambio incesante de las apariencias, la madre primordial que eternamente crea, que
eternamente compele a existir, que eternamente se apacigua con este cambio de las
apariencias!»
que emprende su camino de espanto, sin que lo