LIBRO VII REPÚBLICA
Comentario1
(514a-521c)

514ª-521c
El libro VII comienza con la descripción de otro simil: el mito de la caverna. Sócrates lo describe inmediatamente despues y como clara continuación del simil de la linea. En este contexto pide a Glaucón que compare con la seguiente escena que va a describir el estado con que, respecto a la educación y a la falta de ella, en que se halla nuestra naturaleza. Imagina –señala Sócrates- una especie de caverna subterranea provista de una larga entrada, abierta a la luz exterior y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia delante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, se encuentra la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior; entre el fuego y los encadenados existe un camino situado en alto; a lo largo del camino ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de los cuales exhiben aquéllos sus maravillas. A lo largo de la paredilla del tabiquillo unos hombres transportan toda clase de objetos,cuya altura sobrepasa la de la paredilla, estatuas o animales hechos de piedra y de madera. Además entre estos porteadores unos van hablando y otros están callados. Pues bien, Sócrates afirma que parece evidente que tales prisioneros no han visto otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente de ellos. Ello implica que no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados. A continuación –continúa Sócrates- examinémos que pasaría si uno de los prisioneros fuera liberado de sus cadenas, es decir, curado de su ignorancia, y conforme a naturaleza iniciara una ascensión (retorno a la verdadera naturaleza del alma) y salida de la caverna (lugar antinatural y prisión del alma). Cuando uno de ellos fuera desatado habría que obligarle a levantarse y volver el cuello. Tambien tendría que aprender a andar y mirar a la luz lo que implicararía dolor en los ojos y en las piernas. Además se sentiría perplejo y confuso al ir descubriendo, al volver la cara a objetos más reales, que lo que veía antes no eran más que sombras de otra realidad. Si, por otro lado, se le obligara a fijar la vista en la luz misma es evidente que le dolerían todavía más los ojos e intentaría escaparse volviéndose hacia los objetos que puede contemplar considerando a éstos más claros que los que le muestran. Por último, si se lo llevan de allí a la fuerza y le obligan a recorrer las áspera y escarpada subida arrastrándole hasta la luz del sol, parece evidente que tendría los ojos tan llenos de luz que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas. Para ello necesitaría acostumbrarse. Así lo que vería más facilmente serían, ante todo las sombras; luego las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y, más tarde, los objetos mismos. Despues de esto, le sería más facil contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver directamente y, de día, el sol. Al final, sin embargo, sería capaz de ver el propio sol en su propio domino y tal cual es. A partir de ahí, el mismo colegiría que el sol es quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible, y es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que vemos. Es evidente tambien, señala Sócrates, que cuando se acordara de su anterior habitáculo y de la ciencia que allí hay, así como de sus compañeros de prisión, se consideraría feliz por haber cambiado y sentiría compasión por ellos. Ahora bien, supón, afirma Sócrates, que se le ocurre volver a la caverna para ocupar de nuevo el mismo asiento que había dejado. Es evidente que, ahora, se le llenarían los ojos de tinieblas como a quien subitamente deja de ver la luz del sol. Pero, además, si le diese por intentar convencer a sus compañeros de que lo veían eran unicamente sombras de otra auténtica realidad, no sería de extrañar que se rieran y burlaran de él e, incluso, si se ponía muy pesado, le dieran muerte. A continuación el mismo Sócrates se encarga de hacer una interpretación del significado del mito de la caverna que acaba de relatar. Señala que la vivienda-prisión es sinónimo del mundo visible; la luz del fuego que hay en la caverna lo compara con la luz del sol.En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contempación de las cosas de éste, representa la ascensión del alma hacia la región de lo inteligible. En el mundo inteligible lo último que se percibe es la idea del bien. Una vez percibida hay que colegir que ella es la causa de lo todo lo recto y lo bello que hay en las cosas. Además ha engendrado –como su hijo- en el mundo visible a la luz y al soberano del tal mundo, es decir, al sol (hijo del bien) y, en el mundo inteligible, es el bien es el soberano y productor de la verdad y del conocimiento. Afirma tambien que el que quiera proceder correctamente en la vida privada y pública debe necesariamente que ver a tal idea de bien.
{Ver Texto1a}
A continuación, Sócrates, afirma que no sería de extrañar que aquellos que han llegado a este punto no quieran ocuparse en asuntos humanos ya que sus almas tenderían siempre a permanecer en las alturas. Además no sería de extrañar que al pasar de las contemplaciones divinas a las miserias humanas se mostraran torpes, ridículos y poco acostumbrados a las tinieblas que ahora les rodean lo que haría que les resultara sumamente dificil, por ejemplo, discutir en los tribunales acerca de las sombras de lo justo o de las imágenes de las que son ellas reflejo. Y es que, señala Platón, son dos las maneras y dos las causas por las cuales se ofuscan los ojos: al pasar de la luz a la tiniebla y al pasar de la tiniebla a la luz. En este contexto, Sócrates aprovecha para atacar a aquellos que proclaman (sofistas) poseer el arte de la educación lo que les permite proporcionar ciencia al alma que no la tiene, del mismo modo que si infundieran vista a un ciego. Sócrates niega que el alma sea ciega. Lo que sucede es que puede estar mal enfocada, es decir, vuelta hacia lo que nace y perece. Se trataría de hacerla girar hacia la contemplanción del ser e incluso la parte más brillante del ser, que es aquello que se denomina como el bien. Para ello se necesita de un arte (dialéctica) que descubra la manera más fácil y eficaz para que éste órgano se vuelva; pero ello no quiere decir, como piensan los sofistas, que haya que infundirle visión, sino unicamente el procurar que se corrija. Y es, afirma Sócrates, que las virtudes del alma pueden incluso producirse mediante la costumbre y el ejercicio; sin embargo, la virtud de conocimiento parece que es algo fijo y divino. Ello no quiere decir que en nosotros, una mala educación, no la pueda hacer girar hacia abajo, es decir, hacia el mundo de la gula y otros apetitos semejantes. Pero tambien es cierto que una buena educación puede hacer que el alma vuelva su cara hacia lo verdadero. Pues bien, despues de conseguir, mediante la educación, que el alma de los auténticos gobernantes vuelva su cara hacia la verdad sería labor de los fundadores de la ciudad el obligar a las mejores naturalezas que lleguen al conocimiento de la luz, viendo el bien despues de realizar la ascensión, a que no se queden en lo alto y accedan a bajar de nuevo junto a los antiguos compañeros de la caverna. Y eso –contra lo que objeta Glaucón- no significaría perjudicarles pues, como ya se ha establecido anteriormente (419ª), no tiene sentido una ciudad en donde exista unicamente una clase que goce de particular felicidad sino que eso tiene que sucederle a la ciudad entera. Por todo ello, a los mejores dotados para la filosofía debería obligárseles con palabras razonables a bajar uno tras otro a la vivienda de los demás y aconstumbrarse a ver en la oscuridad. Una vez acostumbrados es evidente que verían infinitamente mejor que los de allí ya que conocerían la luz de lo que todo lo que ven es imagen. Y la conocerían porque habrían ya contemplado la verdad con respecto a lo bello y a lo justo y a lo bueno. Y así, continúa Sócrates, la ciudad podría vivir a la luz del día y no entre sueños. Ante la posiblidad -planteada por Glaucón- de que pudieran desobedecer, Sócrates, afirma que sería algo imposible porque son hombres justos. Ahora bien, lo que tambien es evidente, afirma, que participarían en los asuntos de la ciudad como algo inevitable y nunca como amantes del poder. {Texto2a}

Presentación

























Texto1a
(514a-521c)

Simil de la Caverna

Y a continuación -seguí- compara con la siguiente escena el estado en que, con respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza.Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada ,abierta a la luz,que se èxtiende a lo ancho de toda la caverna y unos hombres que están en ella desde niños,atados por las piernas y el cuello de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior,y entre el fuego y los encadenados,un camino situado en alto; y a lo largo del camino suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público,por encima de las cuales exhiben aquéllos sus maravillas.
-Ya lo veo -dijo.
-Pues bien,contempla ahora,a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos,cuya altura sobrepasa la de la pared y estatuas de hombres o animales hechas de toda clase de materias; entre estos portadores habra,como es natural,unos que vayan hablando y otros que estén callados.
-¡Qué extraña escena describes -dijo- y qué extraños prisioneros!
-Iguales que nosotros -dije-, porque, en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?
-¿Cómo -dijo-, si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?
-¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?
-¿Qué otra cosa van a ver?
-Y,si pudieran hablar los unos con los otros,¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?
-Forzosamente.
-¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que,cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?
-No,¡por Zeus! -dijo.
-Entonces no hay duda -dije yo- de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.
-Es enteramente forzoso -dijo.
-Examina,pues -dije-,qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia y si,conforme a naturaleza,les ocurriera lo siguiente.Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz y cuando,al hacer todo esto,sintiera dolor y,por causa de las chiribitas,no fuera capaz de ver aquellos ojetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando,hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales,goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos.? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?
-Mucho más -dijo.
-Y, si se le obligara a fijar su vista en la luz misma ¿no crees que le dolerían los ojos y que se escaparía volviéndose hacia aquellos objetos que puede contemplar, y que consideraría que éstos son realmente más claros que los que le muestran?
-Así es -dijo.
-Y, si se lo llevaran de allí a la fuerza -dije-,obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado y, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?
-No,no sería capaz -dijo-, al menos por el momento.
-Necesitaría acostumbrarse,creo yo,para poder llegar a ver las cosas de arriba . Lo que vería más fácilmente serían, ante todo,las sombras; luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas,y más tarde, los cuerpos mismos.Y después de esto le sería más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo,fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.
-¿Cómo no?
-Y por último,creo yo, seria el sol,pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él,sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo,lo que él estaría en condiciones de mirar y contemplar.
-Necesariamente -dijo.
-Y, después de esto,colegiría ya con respecto al sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible y es,en cierto modo,el autor de todas aquellas cosas que ellos veían.
-Es evidente -dijo- que después de aquello vendría a pensar en eso otro. -¡Y qué!Cuando se acordara de su anterior habitación y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de cárcel,¿no crees que se consideraría feliz por haber cambiado y que les compadecería a ellos?
-Efectivamente.
-Y,si hubiese habido entre ellos algunos honores o alabanzas o recompensas que concedieran los unos a aquellos otros que, por discernir con mayor penetración las sombras que pasaban y acordarse mejor de cuáles de entre ellas eran las que solían pasar delante o detrás junto con otras, fuesen más capaces que nadie de profetizar,basados en ello, lo que iba a suceder, ¿crees que sentiría aquél nostalgia de estas cosas o que envidiaría a quienes gozaran de honores y poderes entre aquéllos, o bien que le ocurriría lo de Homero,es decir,que preferiría decididamente «ser siervo en el campo de cualquier labrador sin caudal»o sufrir cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de lo opinable?
-Eso es lo que creo yo -dijo-:que preferiría cualquier otro destino antes que aquella vida.
-Ahora fíjate en esto -dije-: si, vuelto el tal allá abajo,ocupáse de nuevo el mismo asiento, ¿no crees que se le llenarían los ojos de tinieblas como a quien deja súbitamente la luz del sol?
-Ciertamente -dijo.
-Y, si tuviese que competir de nuevo con los que habían permanecido constantemente encadenados, opinando acerca de las sombras aquellas que,por no habérsele asentado todavía los ojos, ve con dificultad -y no sería muy corto el tiempo que necesitara para acostumbrarse-, ¿no daría que reír y no se diría de él que,por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aun de intentar una semejante ascensión? ¿Y no matarían , si encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir?
-Claro que sí--dijo.
-Pues bien -dije-, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh, amigo Glaucón!,a lo que se ha dicho antes; hay que comparar la región revelada por medio de la vista con la vivienda-prisión y la luz del fuego que hay en ella con el poder del sol.En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de éste, si las comparas con la ascensión del alma hasta la región inteligible no errarás con respecto a mi vislumbre,que es lo que tú deseas conocer y que sólo la divinidad sabe si por acaso está en lo cierto.En fin,he aquí lo que a mí me parece:en el mundo inteligible lo último que se percibe,y con trabajo,es la idea del bien pero,una vez percibida,hay que colegir que ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas; que, mientras en el mundo visible ha engendrado la luz y al soberano de ésta, en el inteligible es ella la soberana y productora de verdad y conocimiento,y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder correctamente en su vida pública o privada.
-También yo estoy de acuerdo -dijo-, en el grado en que puedo estarlo.
Comentario1
Cuestionario
Presentación
























TEXTO2A
(517d-521c)

-Pues bien -dije-, dame también la razón en esto otro: no te extrañes de que los que han llegado a ese punto quieran ocuparse en asuntos humanos; antes bien, sus almas tienden siempre a permanecer en las alturas, y es natural, creo yo, que así ocurra, al menos si también esto concuerda con la imagen de que se ha hablado.
-Es natural, desde luego -dijo.
-¿Y qué? ¿Crees -dije yo- que haya que extrañarse de que, al pasar un hombre de las contemplaciones divinas a las miserias humanas, se muestre torpe y sumamente ridículo cuando, viendo, todavía mal y no hallándose aún suficientemente acostumbrado a las tinieblas que le rodean, se ve obligado a discutir, en los tribunales o en otro lugar cualquiera, acerca de las sombras de lo justo o de las imágenes de que son ellas reflejo y a contender acerca del modo en que interpretan estas cosas los que jamás han visto injusticia en sí?
-No es nada extraño -dijo.
-Antes bien -dije-, toda persona razonable debe recordar que son dos las maneras y dos las causas por las cuales se ofuscan los ojos: al pasar de la luz a la tiniebla y al pasar de la tiniebla a la luz. Y, una vez haya pensado que también le ocurre lo mismo al alma, no se reirá insensatamente cuando vea a alguna que, por estar ofuscada, no es capaz de discernir los objetos, sino que averiguará si es que, viniendo de una vida más luminosa, está cegada por falta de costumbre o si, al pasar de una mayor ignorancia a una mayor luz, se ha deslumbrado por el exceso de ésta y así considerará dichosa a la primera alma, que de tal manera se conduce y vive, y compadecerá a la otra, o bien, si quiere reírse de ella, esa su risa será menos ridícula que si se burlara del alma que desciende de la luz.
-Es muy razonable -asintió- lo que dices.
-Es necesario, por tanto -dije-, que, si esto es verdad, nosotros consideremos lo siguiente acerca de ello- que la educación no es tal como proclaman algunos que es. En efecto, dicen, según creo, que ellos proporcionan ciencia al alma que no la tiene del mismo modo que si infundieran vista a unos ojos ciegos.
-En efecto, así lo dicen -convino.
-Ahora bien, la discusión de ahora -dije- muestra que esta facultad, existente en el alma de cada uno, y el órgano con que cada cual aprende deben volverse, apartándose de lo que nace, con el alma entera -del mismo modo que el ojo no es capaz de volverse hacia la luz, dejando la tiniebla, sino en compañía del cuerpo entero- hasta que se hallen en condiciones de afrontar la contemplación del ser e incluso de la parte más brillante del ser, que es aquello a lo que llamamos bien.
¿No es eso?
-Eso es.
-Por consiguiente -dije- puede haber un arte de descubrir cuál será la manera más fácil y eficaz para que este órgano se vuelva; pero no de infundirle visión, sino de procurar que se corrija lo que, teniéndola ya, no está vuelto adonde debe ni mira adonde es menester.
-Tal parece -dijo.
-Y así, mientras las demás virtudes, las llamadas virtudes del alma, es posible que sean bastante parecidas a las del cuerpo -pues, aunque no existan en un principio, pueden realmente ser más tarde producidas por medio de la costumbre y el ejercicio-, en la del conocimiento se da el caso de que parece pertenecer a algo ciertamente más divino que jamás pierde su poder y que, según el lugar a que se vuelva, resulta útil y ventajoso o, por el contrario, inútil y nocivo. ¿O es que no has observado con cuánta agudeza percibe el alma miserable de aquellos de quienes se dice que son malos, pero inteligentes, y con qué penetración discierne aquello hacia lo cual se vuelve, porque no tiene mala vista y está obligada a servir a la maldad, de manera que, cuanto mayor sea la agudeza de su mirada, tantos más serán los males que cometa el alma?
-En efecto -dijo.
-Pues bien -dije yo-, si el ser de tal naturaleza hubiese sido, ya desde niño, sometido a una poda y extirpación de esa especie de excrecencias plúmbeas, emparentadas con la generación, que, adheridas por medio de la gula y de otros placeres y apetitos semejantes, mantienen vuelta hacia abajo la visión del alma; si, libre ésta de ellas, se volviera de cara a lo verdadero, aquella misma alma de aquellos mismos hombres lo vería también con la mayor penetración de igual modo que ve ahora aquello hacia lo cual está vuelta.
-Es natural -dijo.
-¿Y qué? -dije yo-. ¿No es natural y no se sigue forzosamente de lo dicho que ni los ineducados y apartados de la verdad son jamás aptos para gobernar una ciudad ni tampoco aquellos a los que se permita seguir estudiando hasta el fin; los unos, porque no tienen en la vida ningún objetivo particular apuntando al cual deberían obrar en todo cuanto hiciesen durante su vida pública y privada y los otros porque, teniéndose por transportados en vida a las islas de los bienaventurados, no consentirán en actuar?
-Es cierto -dijo.
-Es, pues, labor nuestra -dije yo-, labor de los fundadores, el obligar a las mejores naturalezas a que lleguen al conocimiento del cual decíamos antes que era el más excelso y vean el bien y verifiquen la ascensión aquella; y, una vez que, después de haber subido, hayan gozado de una visión suficiente, no permitirles lo que ahora les está permitido.
-¿Y qué es ello?
-Que se queden allí -dije- y no accedan a bajar de nuevo junto a aquellos prisioneros ni a participar en sus trabajos ni tampoco en sus honores, sea mucho o poco lo que éstos valgan.
-Pero entonces -dijo-, ¿les perjudicaremos y haremos que vivan peor siéndoles posible el vivir mejor?
-Te has vuelto a olvidar, querido amigo -dije-, de que a la ley no le interesa nada que haya en la ciudad una clase que goce de particular felicidad, sino que se esfuerza por que ello le suceda a la ciudad entera y por eso introduce armonía entre los ciudadanos por medio de la persuasión o de la fuerza, hace que unos hagan a otros partícipes de los beneficios con que cada cual pueda ser útil a la comunidad y ella misma forma en la ciudad hombres de esa clase, pero no para dejarles que cada uno se vuelva hacia donde quiera, sino para usar ella misma de ellos con miras a la unificación del Estado.
-Es verdad -dijo-. Me olvidé de ello.
-Pues ahora -dije- observa, ¡oh, Glaucón!, que tampoco vamos a perjudicar a los filósofos que haya entre nosotros, sino a obligarles, con palabras razonables, a que se cuiden de los demás y les protejan. Les diremos que es natural que las gentes tales que haya en las demás ciudades no participen de los trabajos de ellas, porque se forman solos, contra la voluntad de sus respectivos gobiernos, y, cuando alguien se forma solo y no debe a nadie su crianza, es justo que tampoco se preocupe de reintegrar a nadie el importe de ella. Pero a vosotros os hemos engendrado nosotros, para vosotros mismos y para el resto de la ciudad, en calidad de jefes y reyes, como los de las colmenas, mejor y más completamente educados que aquéllos y más capaces, por tanto, de participar de ambos aspectos. Tenéis, pues, que ir bajando uno tras otro a la vivienda de los demás y acostumbraras a ver en la oscuridad. Una vez acostumbrados, veréis infinitamente mejor que los de allí y conoceréis lo que es cada imagen y de qué lo es, porque habréis visto ya la verdad con respecto a lo bello y a lo justo y a lo bueno. Y así la ciudad nuestra y vuestra vivirá a la luz del día  y no entre sueños, como viven ahora la mayor parte de ellas por obra de quienes luchan unos con otros por vanas sombras o se disputan el mando como si éste fuera algún gran bien. Mas la verdad es, creo yo, lo siguiente: la ciudad en que estén menos ansiosos por ser gobernantes quienes hayan de serlo, ésa ha de ser forzosamente la que viva mejor y con menos disensiones que ninguna; y la que tenga otra clase de gobernantes, de modo distinto.
-Efectivamente -dijo.
-¿Crees, pues, que nos desobedecerán los pupilos cuando oigan esto y se negarán a compartir por turno los trabajos de la comunidad viviendo el mucho tiempo restante todos juntos y en el mundo de lo puro?
-Imposible -dijo-. Pues son hombres justos a quienes ordenaremos cosas justas. Pero no hay duda de que cada uno de ellos irá al gobierno como a algo inevitable al revés que quienes ahora gobiernan en las distintas ciudades.
-Así es, compañero -dije yo-. Si encuentras modo de proporcionar a los que han de mandar una vida mejor que la del gobernante, es posible que llegues a tener una ciudad bien gobernada, pues ésta será la única en que manden los verdaderos ricos, que no lo son en oro, sino en lo que hay que poseer en abundancia para ser feliz: una vida buena y juiciosa. Pero donde son mendigos y hambrientos de bienes personales los que van a la política creyendo que es de ahí de donde hay que sacar las riquezas, allí no ocurrirá así. Porque, cuando el mando se convierte en objeto de luchas, esa misma guerra doméstica e intestina los pierde tanto a ellos como al resto de la ciudad.
-Nada más cierto -dijo.
-Pero ¿conoces-dije-otra vida que desprecie los cargos políticos excepto la del verdadero filósofo?
-No, ¡por Zeus! -dijo.
-Ahora bien, no conviene que se dirijan al poder en calidad de amantes de él, pues, si lo hacen, lucharán con ellos otros pretendientes rivales.
-¿Cómo no?
-Entonces, ¿a qué otros obligarás a dedicarse a la guarda de la ciudad sino a quienes, además de ser los más entendidos acerca de aquello por medio de lo cual se rige mejor el Estado, posean otros honores y lleven una vida mejor que la del político?
-A ningún otro -dijo.

Comentario1
Presentación






































LIBRO VII REPÚBLICA
COMENTARIO2
(521a-526c)

521c-526c
A continuación Sócrates plantea analizar la manera en que deben educarse estos regentes filósofos encargados de mostrar la luz y la verdad a la ciudad. Señala que tal educación no es cosa baladí, como un lance de tejuelo, sino algo mucho más serio que implica un volverse del alma desde el día nocturno hacia el verdadero; una ascensión hacia el ser y en donde tal ascensión representa a la auténtica filosofía. Pues bien, se trataría de investigar que tipo de enseñanza tiene el poder de hacer girar el alma hacia la luz y la verdad haciéndola ir desde lo que nace hasta lo que existe. En su investigación acerca de la búsqueda de las ciencias que deberían educar a los gobernantes, Sócrates, parte del hecho de que tales gobernantes son, a su vez, de aquellos que en su juventud se han elegido para ser atletas guerreros educados en la gimnasia y en la música. Por consiguiente, afirma, este nuevo saber que se anda buscando no debería ser tampoco inútil para tales espíritus guerreros transformados a los que, ahora, se persigue en transforman tambien en auténticos filósofos. Recuerda como anteriormente se ha establecido la importancia de la gimnasia y de la música en la formación del espíritu de tales guerreros. Rechaza, sin embargo, que tales ciencias sean en las que sustentar la educación de los filósofos. Y es, afirma Sócrates, que la gimnasia educa principalmente aquello que está relacionado con lo que nace y muere (cuerpo). Por su parte la música, es una contrapartida de la gimnasia que procura, por medio de la armonía, cierta proporción en el carácter de los guardianes pero no proporciona, lo que ahora estamos buscando, es decir, conocimiento. Pues bien, si no es la música ni la gimnasia ni ninguna de las otras artes concretas, debería de ser una de las que aplican a todas ellas, y ésta sería, según Sócrates, la ciencia del número y del cálculo. Según Sócrates, esta ciencia es fundamental como ciencia militar ya que mal general sería el que no supiera contar y ordenar numericamente sus tropas. A continuación Sócrates analiza la naturaleza de este tipo de conocimiento del número y del cálculo. Comienza afirmando que, a pesar de que parece ser un conocimiento que es absolutamente apto para atraer hacia la esencia, nadie se sirve de él debidamente. Para explicar lo que quiere decir con ello establece una diferencia entre los objetos de la sensación que no invitan para nada a la inteligencia a examinarlos, y los objetos, tambien de la sensación, que si invitan a la inteligencia a examinarlos porque producen en ella perplejidad a causa de que los sentidos no dicen sobre ellos nada aceptable. Señala tambien que los que no invitan a la inteligencia a la investigación son aquellos objetos de la sensación que no desembocan en dos sensaciones contradictorias y lo que si la invitan son los que desembocan en contradicción. Y es que en este último caso los sentidos no indican que el objeto sea más bien esto que lo contrario.Con el objeto de aclarar mejor lo que acaba de decir, Sócrates, se sirve del simil de los tres dedos (anular-indice-pulgar): cada uno, señala se nos presenta igualmente con un dedo y nada importa que se vea al anular siendo más grande que el meñique y a éste más pequeño que el mayor. En este caso, la inteligencia no se ve obligada, en la mayoría de los casos, a preguntarse acerca de que cosa sea un dedo ya que la vista en ningún momento le ha mostrado que el dedo sea lo contrario de un dedo. Por lo tanto, una cosa así es lógico que no conduzca a la perplejidad del entendimiento. Ahora bien, cuando se refiere no al objeto concreto sino a sus cualidades, entonces los sentidos comienza a proceder de manera deficiente a la hora de revelar el sentido de las mismas. Y es que es la misma vista es quien tiene que encargarse de algo que es grande y pequeño (por ejemplo el dedo es grande pero tambien tambien es pequeño). Si alguien dijera si es cierto pero que tambien es cierto que los dedos son distintos, entonces habría que analizar lo siguiente:¿la vista ve un dedo o ve lo distinto? En definitiva, parece que nos encontramos con casos en que el mismo sentido se ocupa de lo grande y de lo pequeño o de lo blando y lo duro y comunica, con ello, al alma que percibe cómo la misma cosa es a la vez grande y pequeña o dura y blanda. Pues bien, en estos casos es forzoso que el alma se pregunte con perplejidad qué entiende esta sensación por lo grande cuando está diciendo, acerca de lo mismo, que tambien es blando.
Pues bien, son estos últimos casos los que reclaman una consideración del alma la cual se ve obligada a usar del cálculo y de la inteligencia con el objeto de investigar si son una o dos las cosas anunciadas por los sentidos. En el análisis racional que la inteligencia de Sócrates realiza señala que si efectivamente una misma cosa (dedo) es grande y pequeña al mismo tiempo, es evidente, que no solamente estaríamos antes dos realidades sino tambien ante dos cosas distintas y separadas. Ahora bien, la vista tambien veía (como señalamos) lo grande y lo pequeño, pero no separado sino confundido. (Es decir, se ve algo que la vista dice es un dedo grande. A continuación dice ver un dedo pero afirma que es pequeño). Por su parte, la mente es quien aclara esta confusión estableciendo la diferencia y la separación entre lo grande y lo pequeño superando así la confusión. Pues bien, es a partir de aquí cuando ciertas personas utilizan su capacidad de pensamiento para preguntarse qué es lo grande y qué es lo pequeño. Es tambien a partir de aquí cuando se establece realmente la diferencia entre lo visible y inteligible. Y es tambien a partir de aquí cuando se comprende mejor que hay cosas que provocan la perplejidad de la inteligencia mientras que otras no lo hacen. {Ver Texto1b}
A partir de ahora, Sócrates, se pregunta si lo relacionado con el mundo de la aritmética (el número y la unidad) despierta o no la perplejidad de la inteligencia y la necesidad de investigación. Para responder a esta cuestión se pregunta si en la unidad hay algo contrario que sea visto al mismo tiempo que ella, de modo que no parezca más la unidad que lo opuesto a ella con lo que el alma se vería forzada a dudar y a investigar, preguntándose qué cosa es la unidad en sí. Glaucón percibe claramente –tanto lo que Sócrates quiere decir- que con la visión de la unidad, solemos ver la misma cosa no simplemente como una sino tambien como múltiple. Sócrates señala que si efectivamente ocurre así con la unidad lo mismo debería suceder con todos los números. Pero nos encontraamos con que la aritmética es precisamente la ciencia que tiene por objeto al número. Por lo tanto, parece que es una ciencia que pertenece al grupo despertador del alma y, consiguientemente, resulta apta para conducir a la verdad. Por todo ello, el conocimiento de estas cosas –afirma Sócrates- le es indispensable al guerrero a causa de táctica y al filósofo por la necesidad de tocar la esencia emergiendo del mar de la generación, sin la cual no llegará a ser jamás un ser calculador. Por lo tanto, hemos encotrado una ciencia que es útil tanto para el guerrero como para el filósofo. En este contexto, Sócrates propone implantar por ley la enseñanza de la matemática para los gobernantes e intentar persuadir a quienes vayan a participar en las más altas funciones de la ciudad para que se acerquen a la logística y se apliquen a ella no de una manera superficial, sino hasta que lleguen a contemplar la naturaleza de los números con la sola ayuda de la inteligencia y no ejercitarla con vistas a las ventan o comprar sino a la guerra y a la mayor facilidad con que el alma misma puede volverse de la generación a la verdad y la esencia. Por lo tanto, concluye Sócrates, la ciencia relativa a los números es absolutamente beneficiosa para los guerreros y los filósofos-regentes aunque siempre que se practique con vistas al conocimiento y no al trapicheo. Y es beneficiosa porque permite elevar el alma muy arriba y la obliga a discurrir sobre los números en sí no tolerando en ningún caso que nadie discuta con ella aduciendo números dotados de cuerpos visibles, sino que unicamente acepta aquello que petenece al ámbito de lo inteligible como medio para alcanzar la verdad en sí. Por consiguiente, los mejor dotados han de ser educados en ella.
{Ver Texto2b}
Presentación






































TEXTO1B
(521c-524d)

-¿Quieres, pues, que a continuación examinemos de qué manera se formarán tales personas y cómo se les podrá sacar a la luz, del mismo modo que, según se cuenta, ascendieron algunos desde el Hades hasta los dioses?
 -¿Cómo no he de querer? -dijo.
 -Pero esto no es, según parece, un simple lance de tejuelo, sino un volverse el alma desde el día nocturno hacia el verdadero; una ascensión hacia el ser de la cual diremos que es la auténtica filosofía.
-Efectivamente.
-¿No hay, pues, que investigar cuál de las enseñanzas tiene un tal poder?
-¿Cómo no?
-Pues bien, ¿cuál podrá ser, oh, Glaucón, la enseñanza que atraiga el alma desde lo que nace hacia lo que existe? Mas al decir esto se me ocurre lo siguiente. ¿No afirmamos que era forzoso que éstos fuesen en su juventud atletas de guerra?
-Tal dijimos, en efecto.
-Por consiguiente es necesario que la enseñanza que buscamos tenga, además de aquello, esto otro.
-¿Qué?
-El no ser inútil para los guerreros.
-Desde luego -dijo-; así debe ser si es posible.
-Ahora bien, antes les educamos por medio de la gimnástica y la música.
-Así es -dijo.
-En cuanto a la gimnástica, ésta se afana en torno a lo que nace y muere, pues es el crecimiento y decadencia del cuerpo lo que ella preside.
-Tal parece.
-Entonces no será esta la enseñanza que buscamos.
-No, no lo es.
-¿Acaso lo será la música tal como en un principio la describimos?
-Pero aquélla -dijo- no era, si lo recuerdas, más que una contrapartida de la gimnástica: educaba a los guardianes por las costumbres; les procuraba, por medio de la armonía, cierta proporción armónica, pero no conocimiento, y por medio del ritmo, la eurritmia; y en lo relativo a las narraciones, ya fueran fabulosas o verídicas, presentaba algunos otros rasgos -siguió diciendo- semejantes a éstos. Pero no había en ella ninguna enseñanza que condujera a nada tal como lo que tú investigas ahora.
-Me lo recuerdas con gran precisión -dije-. En efecto, no ofrecía nada semejante. Pues entonces, ¿cuál podrá ser, oh, bendito Glaucón, esa enseñanza? Porque como nos ha parecido, según creo, que las artes eran todas ellas innobles...
-¿Cómo no? ¿Pues qué otra enseñanza nos queda ya, aparte de la música y de la gimnástica y de las artes?
-Si no podemos dar con ninguna -dije yo- que no esté incluida entre éstas, tomemos, pues, una de las que se aplican a todas ellas.
-¿Cuál?
-Por ejemplo, aquello tan general de que usan todas las artes y razonamientos  y ciencias; lo que es forzoso que todos aprendan en primer lugar.
-¿Qué es ello? -dijo.
-Eso tan vulgar ~dije- de conocer el uno y el dos y el tres. En una palabra, yo le llamo número y cálculo. ¿O no ocurre con esto que toda arte y conocimiento se ven obligados a participar de ello?
-Muy cierto.
-¿No lo hace también -dije- la ciencia militar? -Le es absolutamente forzoso -dijo.
-En efecto -dije-, es un general enteramente ridículo el Agamenón que Palamedes nos presenta una y otra vez en las tragedias. ¿No has observado que Palamedes dice haber sido él quien, por haber inventado los números, asignó los puestos al ejército que acampaba ante Ilión y contó las naves y todo lo demás, y parece como si antes de él nada hubiese sido contado y como si Agamenón no pudiese decir, por no saber tampoco contar, ni siquiera cuántos pies tenía. Pues entonces, ¿qué clase de general piensas que fue?
-Extraño ciertamente -dijo- si eso fuera verdad.
-¿No consideraremos, pues -dije-, como otro conocimiento indispensable para un hombre de guerra el hallarse en condiciones de calcular y contar?
-Más que ningún otro -dijo- para quien quiera entender algo, por poco que sea, de organización o, mejor dicho, para quien quiera ser un hombre.
-Pues bien -dije-, ¿observas lo mismo que yo con respecto a este conocimiento?
-¿Qué es ello?
-Podría bien ser uno de los que buscamos y que conducen naturalmente a la comprensión; pero nadie se sirve debidamente de él a pesar de que es absolutamente apto para atraer hacia la esencia.
-¿Qué quieres decir? -preguntó.
-Intentaré enseñarte -dije- lo que a mí al menos me parece. Ve contemplando junto conmigo las cosas que yo voy a ir clasificando entre mí como aptas o no aptas para conducir adonde decimos y afirma o niega a fin de que veamos con mayor evidencia si esto es como yo lo imagino.
-Enséñame -dijo.
-Pues bien -dije-, te enseño, si quieres contemplarlas, que, entre los objetos de la sensación, los hay que no invitan a la inteligencia a examinarlos, por ser ya suficienteniente juzgados por los sentidos; y otros, en cambio, que la invitan insistentemente a examinarlos, porque los sentidos no dan nada aceptable.
-Es evidente -dijo- que te refieres a las cosas que se ven de lejos y a las pinturas con sombras.
-No has entendido bien -contesté- lo que digo.
-¿Pues a qué te refieres? -dijo.
-Los que no la invitan -dije- son cuantos no desembocan al mismo tiempo en dos sensaciones contradictorias. Y los que desembocan los coloco entre los que la invitan, puesto que, tanto si son impresionados de cerca como de lejos, los sentidos no indican que el objeto sea más bien esto que lo contrario. Pero comprenderás más claramente lo que digo del siguiente modo. He aquí lo que podríamos llamar tres dedos: el más pequeño, el segundo y el medio.
-Desde luego -dijo.
-Fíjate en que hablo de ellos como de algo visto de cerca. Ahora bien, obsérvame lo siguiente con respecto a ellos.
-¿Qué?
-Cada uno se nos muestra igualmente como un dedo y en esto nada importa que se le vea en medio o en un extremo, blanco o negro, grueso o delgado, o bien de cualquier otro modo semejante. Porque en todo ello no se ve obligada el alma de los más a preguntar a la inteligencia qué cosa sea un dedo, ya que en ningún caso le ha indicado la vista que el dedo sea al mismo tiempo lo contrario de un dedo.
-No, en efecto -dijo.
-De modo que es natural -dije- que una cosa así no llame ni despierte al entendimiento.
-Es natural.
-¿Y qué? Por lo que toca a su grandeza o pequeñez, ¿las distingue acaso suficientemente la vista y no le importa a ésta nada el que uno de ellos esté en medio o en un extremo? ¿Y le ocurre lo mismo al tacto con el grosor y la delgadez o la blandura y la dureza? Y los demás sentidos, ¿no proceden acaso de manera deficiente al revelar estas cosas? ¿O bien es del siguiente modo como actúa cada uno de ellos, viéndose ante todo obligado a encargarse también de lo blando el sentido que ha sido encargado de lo duro y comunicando éste al alma que percibe cómo la misma cosa es a la vez dura y blanda?
-De ese modo -dijo.
-Pues bien -dije-, ¿no es forzoso que, en tales casos, el alma se pregunte por su parte con perplejidad qué entiende esta sensación por duro, ya que de lo mismo dice también que es blando, y qué entiende la de lo ligero y pesado por ligero y pesado, puesto que llama ligero a lo pesado y pesado a lo ligero?
-Efectivamente -dijo-, he ahí unas comunicaciones extrañas para el alma y que reclaman consideración.
-Es, pues, natural -dije yo- que en caso semejante comience el alma por llamar al cálculo y la inteligencia e intente investigar con ellos si son una o dos las cosas anunciadas en cada caso.
-¿Cómo no?
-Mas, si resultan ser dos, ¿no aparecerá cada una de ellas como una y distinta de la otra?
-Sí.
-Ahora bien, si cada una de ellas es una y ambas juntas son dos, las concebirá a las dos como separadas, pues si no estuvieran separadas no las concebiría como dos, sino como una.
-Bien.
-Así, pues, la vista también veía, según decimos, lo grande y lo pequeño, pero no separado, sino confundido. ¿No es eso?
-Sí.
-Y para aclarar esta confusión, la mente se ha visto obligada a ver lo grande y lo pequeño no confundido, sino separado, al contrario que aquélla.
-Cierto.
-Pues bien, ¿no es de aquí de donde comienza a venirnos el preguntar qué es lo grande y qué lo pequeño?
-En un todo.
-Y de la misma manera llamamos a lo uno inteligible , a lo otro visible.
-Muy exacto -dijo.

Comentario2
Presentación






































TEXTO2B
(524d-526c)

-Pues bien, eso es lo que yo quería decir cuando afirmaba hace un momento que hay cosas provocadoras de la inteligencia y otras no provocadoras y cuando a las que penetran en los sentidos en compañía de las opuestas a ellas las definía como provocadoras y a las que no como no despertadoras de la inteligencia.
-Ya me doy cuenta -dijo- y así opino también.
-¿Y qué? El número y la unidad, ¿de cuáles te parece que son?
-No tengo idea -dijo.
-Pues juzga -dije- por lo expuesto. Si la unidad es contemplada -o percibido por cualquier otro sentido- de manera suficiente y en sí misma, no será de las cosas que atraen hacia la esencia, como decíamos del dedo; pero, si hay siempre algo contrario que sea visto al mismo tiempo que ella, de modo que no parezca más la unidad que lo opuesto a ésta, entonces hará falta ya quien decida y el alma se verá en tal caso forzada a dudar y a investigar, poniendo en acción dentro de ella el pensamiento, y a preguntar qué cosa es la unidad en sí, y con ello la aprehensión de la unidad será de las que conducen y hacen volverse hacia la contemplación del ser.
-Pero esto -dijo- ocurre en no pequeño grado con la visión de ella, pues vemos la misma cosa como una y como infinita multitud.
-Pues si tal ocurre a la unidad -dije yo-, ¿no les ocurrirá también lo mismo a todos los demás números?
-¿Cómo no?
-Ahora bien, toda la logística y aritmética tienen por objeto el número.
-En efecto.
-Y así resultan aptas para conducir a la verdad.
-Sí, extraordinariamente aptas.
-Entonces parece que son de las enseñanzas que buscamos. En efecto, el conocimiento de estas cosas le es indispensable al guerrero a causa de la táctica y al filósofo por la necesidad de tocar la esencia emergiendo del mar de la generación, sin lo cual no llegará jamás a ser un calculador.
-Así es -dijo.
-Ahora bien, se da el caso de que nuestro guardián es guerrero y filósofo.
-¿Cómo no?
-Entonces, ¡oh, Glaucón!, convendría implantar por ley esta enseñanza e intentar persuadir a quienes vayan a participar en las más altas funciones de la ciudad para que se acerquen a la logística y se apliquen a ella no de una manera superficial, sino hasta que lleguen a contemplar la naturaleza de los números con la sola ayuda de la inteligencia y no ejercitándola con miras a las ventas o compras, como los comerciantes y mercachifles, sino a la guerra y a la mayor facilidad con que el alma misma pueda volverse de la generación a la verdad y la esencia.
-Muy bien dicho -contestó.
-Y he aquí -dije yo- que, al haberse hablado ahora de la ciencia relativa a los números, observo también cuán sutil es ésta y cuán beneficiosa en muchos aspectos para nosotros con relación a lo que perseguimos; eso siempre que uno la practique con miras al conocimiento, no al trapicheo.
 -¿Por qué? -dijo.
 -Por lo que ahora decíamos: porque eleva el alma muy arriba y la obliga a discurrir sobre los números en sí no tolerando en ningún caso que nadie discuta con ella aduciendo números dotados de cuerpos visibles o palpables. Ya sabes, creo yo, que quienes entienden de estas cosas se ríen de que en una discusión intenta dividir la unidad en sí y no lo admiten; antes bien, si tú la divides, ellos la multiplican, porque temen que vaya a aparecer la unidad no como unidad, sino como reunión de varias partes.
-Gran verdad -asintió- la que dices.
-¿Qué crees, pues, oh, Glaucón? Si alguien les preguntara: «¡Oh, hombres singulares! ¿Qué números son esos sobre que discurrís, en los que las unidades son tales como vosotros las suponéis, es decir, son iguales todas ellas entre sí, no difieren en lo más mínimo las unas de las otras y no contienen en sí ninguna parte?» ¿Qué crees que responderían?
-Yo creo que dirían que hablan de cosas en las cuales no cabe más que pensar sin que sea posible manejarlas de ningún otro modo.
-¿Ves, pues, oh, mi querido amigo -dije yo-, cómo este conocimiento parece sernos realmente necesario, puesto que resulta que obliga al alma a usar de la inteligencia para alcanzar la verdad en si?
-Efectivamente -dijo-, sí que lo hace.
-¿Y qué? ¿Has observado que a aquellos a los que la naturaleza ha hecho calculadores les ha dotado también de prontitud para comprender todas o casi todas las ciencias y que, cuando los espíritus tardos son educados y ejercitados en esta disciplina, sacan de ella, si no otro provecho, al menos el hacerse todos más vivaces de lo que antes eran?
-Así es -dijo.
-Y verdaderamente creo yo que no te sería fácil encontrar muchas enseñanzas que cuesten más trabajo que ésta a quien la aprende y se ejercita en ella.
-No, en efecto.
-Razones todas por las cuales no hay que dejarla; antes bien, los mejor dotados deben ser educados en ella.
-De acuerdo -dijo.

Comentario2
Presentación































LIBRO VII REPÚBLICA
COMENTARIO3
(526c-531e)

526c-531e
A continuación Sócrates se propone analizar la segunda disciplina que debería ser objeto de educación por parte de los regentes filósofos: la geometría. En principio, Glaucón le atribuye su importancia atendiendo exclusivamente a su lado práctico y, por ello, cita a la guerra como ejemplo. Una misma persona, señala Glaucón, procederá en asuntos militares de manera diferente si es geómetra que si no lo es. Sócrates le hace ver que si la geometría tuviera importancia unicamente por su lado práctico entonces sería suficiente con el estudio de una pequeña parte de la geometría y el cálculo. Y lo que que Sócrates quiere analizar es precisamente la mayor y más avanzada parte de ella con el objeto de averigüar si ayuda a contemplar más facilmente la idea del bien. Por todo ello, para Sócrates, la importancia de la geometría en la educación de los regentes filósofos unicamente se puede medir en tanto en cuanto ayuda al alma a contemplar la esencia y el lugar en donde está lo más dichoso de cuanto es. Lo que sucede es que –critica Sócrates- la mayoría considera la geometría desde un punto de vista eminentemente práctico y por ello emplean términos como "cuadrar" o "medir". Sin embargo, Sócrates considera que es una disciplina que se define esencialmente por cultivar el conocimiento de lo que siempre existe y en, ningún momento, de lo que nace o perece. Por lo tanto, si se enfoca de ese modo su enseñanza es evidente que ayudará a la vuelta del alma hacia la verdad formando mentes filosóficas que dirijan hacia arriba aquello que ahora se dirije indebidamente hacia abajo. A partir de lo dicho Sócrates plantea establecer, por tanto, la geometría como segunda enseñanza para los jóvenes destinados a ser regentes filósofos.
{Ver Texto1c}
A contininuación plantea analizar una tercera disciplina: la astronomía. De nuevo Glaucón sitúa su importancia en el ámbito práctico afirmando que, gracias a ella, se pueden reconocer bien los tiempos del mes o del año siendo útil para la labranza y el pilotaje, asi como para el arte estratégico. Sócrates intenta poner de nuevo en su lugar la importancia de la astronomía como ciencia educativa. Para ello, en primer lugar, y de modo deliberado, parece retractarse de algo dicho anteriormente. Afirma que despues de la geometría (superficies) pasan a analizar el sólido que ya está en movimimento (astronomía) cuando lo lógica sería estudiar el sólido en sí mismo. Por ello afirma, debería tratarse inmediatamente despues del segundo (geometría), el tercero que versa sobre el desarrollo de los cubos y sobre lo que participa de profundidad (sterometría). Glaucón hace referencia a que todos estos problemas no están en absoluto resueltos. Sócrates reconoce que efectivamente es así y señala las razones: las ciudades no dan importancia a este tipo de investigaciones y, además, en tales investigaciones se necesita un director. Por todo ello, por lógica, despues de las superficies deberían estudiarse los sólidos (antes de la astronomía). Sin embargo, como el estudio en profundidad sobre el tema de los sólidos solamente ha dado lugar a investigaciones ridículas, anteriormente, lo pasé por alto, y, por ello, despues de la geometría situa a la astronomía que trata del movimiento de los sólidos en profundidad. Por lo tanto, aunque sólo citamos a la sterometría, esta debería ser realmente la tercera disciplina que los jóvenes regentes deberían estudiar, aunque habrá que esperar a mejores tiempos.En este contexto, por tanto, Sócrates, sitúa a la astronomía como cuarta enseñanza aunque dando por supuesto que la ciudad, en un futuro, contará con la disciplina que ahora se ha omitido.
{Ver Texto2c}
Sócrates alaba a la astronomía no simplemente porque obligue al alma a mirar hacia las cosas de arriba. Supongamos, afirma, que una persona observara algo al contemplar, mirando hacia arriba, por ejemplo, la decoración de un techo; sería absurdo decir que, por mirar hacia arriba, contempla con la inteligencia y no con los ojos. Por ello, la astronomía no tiene importancia porque nos permite observar empiricamente las cosas de arriba. Si no ayuda tambien a ponerse en contacto con lo invisible, pobre sería su función. En este contexto, Sócrates señala que una persona, tanto si mira arriba con la boca abierta como hacia abajo con ella cerrada, jamás la conocerá, porque ninguna de esas cosas es objeto de conocimiento, y su alma no mira realmente hacia lo alto. Según Sócrates para que la astronomía fuera realmente útil como enseñanza debería partir de la aceptación de la premisa siguiente: las tracerías de las que está bordado el cielo son lo más bello y perfecto que en su género existe; sin embargo, por estar labradas en materia visible, desmerecen en mucho de sus modelos verdaderos.Por todo ello, el cielo visible no es más que una hermosa esfera armilar dotada de movimiento del que podemos servirnos para el estudio de la verdadera astronomía. Pero sería absurdo estudiar seriamente los fenómenos visibles de tal esfera pues sería lo mismo que intentar buscar la verdad geométrica y astronómica en unos dibujos. Por lo tanto, debemos servirnos del cielo unicamente como de un ejemplo que nos facilite la comprensión real del mismo. En este contexto, por tanto, un auténtico astrónomo sería, según Sócrates, aquel que, al considerar los movimientos de los astros, está convencido que el artífice del cielo ha reunido en él la mayor belleza que es posible reunir en semejantes obras. Sabrá tambien que la auténtica verdad no reside en sus movimientos ni en sus cuerpos visibles. Por ello, la astronomía, del mismo modo que la geometría, debería practicarse valiéndose de problemas que ayuden a la investigación de la realidad en sí y se dejará, en un segundo lugar, las cosas visibles del cielo. En relación con la astronomía, Sócrates, trae a colación tambien ciertas teorías de su época relacionadas con el estudio de la astronomía. Señala que para los astrónomos la vista es lo mismo que, por ejemplo, para los pitagóricos, es el oido en la música. Critica, sin embargo, que los astrónomos se dediquen a estudiar unicamente los movimientos visibles y los pitagóricos al estudio de los movimientos audibles, desatendiendo, en cambio, el estudio de los números y movimientos ideales. Sócrates señala que mucho más importante encaminar todas estas disciplinas al descubrimiento de la armonía y el movimiento escondidos detrás de lo que se nos manifiesta en el movimiento físico o en el sonido físico.
{Ver Texto3c}
Presentación






























TEXTO1C
(526c-527d)

-Pues bien -dije-, dejemos ya sentada esta primera cosa. Pero hay una segunda que sigue a ella de la que debemos considerar si tal vez nos interesa.
-¿Qué es ello? ¿Te refieres acaso -dijo- a la geometría?
-A eso mismo-dije yo.
-Pues en cuanto de ella se relaciona con las cosas de la guerra -dijo-, es evidente que sí que nos interesa. Porque en lo que toca a los campamentos y tomas de posiciones y concentraciones y despliegues de tropas y a todas las demás maniobras que, tanto en las batallas mismas como en las marchas, ejecutan los ejércitos, una misma persona procederá de manera diferente si es geómetra que si no lo es.
-Sin embargo -dije-, para tales cosas sería suficiente una pequeña parte de la geometría y del cálculo. Pero es precisamente la mayor y más avanzada parte de ella la que debemos examinar para ver si tiende a aquello que decíamos, a hacer que se contemple más fácilmente la idea del bien. Y tienden a ese fin, decimos, todas las cosas que obligan al alma a volverse hacia aquel lugar en que está lo más dichoso de cuanto es, lo que a todo trance tiene ella que ver.
-Dices bien -asintió.
-De modo que si obliga a contemplar la esencia, conviene; y si la generación, no conviene.
 -Tal decimos, en efecto.
-Pues bien -dije yo-, he aquí una cosa que cuantos sepan algo, por poco que sea, de geometría no nos irán a discutir: que con esta ciencia ocurre todo lo contrario de lo que dicen de ella cuantos la practican.
-¿Cómo? -dijo.
-En efecto, su lenguaje es sumamente ridículo y forzado, pues hablan como si estuvieran obrando y como si todas sus explicaciones las hicieran con miras a la práctica, y emplean toda clase de términos tan pomposos como «cuadrar», «aplicar» y «adicionar», sin embargo, toda esta disciplina es, según yo creo, de las que se cultivan con miras al conocimiento.
 -Desde luego -dijo.
-¿Y no hay que convenir también en lo siguiente?
-¿En qué?
 -En que es cultivada con miras al conocimiento de lo que siempre existe, pero no de lo que en algún momento nace o muere.
-Nada cuesta convenir en ello -dijo-; en efecto, la geometría es conocimiento de lo que siempre existe.
-Entonces, ¡oh, mi noble amigo!, atraerá el alma hacia la verdad y formará mentes filosóficas que dirijan hacia arriba aquello que ahora dirigimos indebidamente hacia abajo.
-Sí, y en gran manera -dijo.
-Pues bien -repliqué-, en gran manera también hay que ordenar a los de tu Calípolis que no se aparten en absoluto de la geometría. Porque tampoco son exiguas sus ventajas accesorias.
 -¿Cuáles? -dijo.
-No sólo -dije- las que tú mismo citaste con respecto a la guerra, sino que también sabemos que, por lo que toca a comprender más fácilmente en cualquier otro estudio, existe una diferencia total y absoluta entre quien se ha acercado a la geometría y quien no.
-Sí, ¡por Zeus!, una diferencia absoluta -dijo.
-¿Establecemos, pues, ésta como segunda enseñanza para los jóvenes?
-Establezcámosla -dijo.

Comentario3
Presentación






























TEXTO2C
(527d-529a)

-¿Y qué? ¿Establecemos como tercera la astronomía? ¿O no estás de acuerdo?
-Sí por cierto -dijo-. Pues el hallarse en condiciones de reconocer bien los tiempos del mes o del año no sólo es útil para la labranza y el pilotaje, sino también no menos para el arte estratégico.
-Me haces gracia -dije-, porque pareces temer al vulgo, no crean que prescribes enseñanzas inútiles. Sin embargo, no es en modo alguno despreciable, aunque resulte difícil de creer, el hecho de que por estas enseñanzas es purificado y reavivado, cuando está corrompido y cegado por causa de las demás ocupaciones, el órgano del alma de cada uno que, por ser el único con que es contemplada la verdad, resulta más digno de ser conservado que diez mil ojos. Ahora bien, los que profesan esta misma opinión juzgarán que es imponderable la justeza con que hablas; pero quienes no hayan reparado en ninguna de estas cosas pensarán, como es natural, que no vale nada lo que dices, porque no ven que estos estudios produzcan ningún otro beneficio digno de mención. Considera, pues, desde ahora mismo con quiénes estás hablando; o si tal vez no hablas ni con unos ni con otros, sino que eres tú mismo a quien principahnente diriges tus argumentos, sin llevar a mal, no obstante, que haya algún otro que pueda acaso obtener algún beneficio de ellos.
-Eso es lo que prefiero -dijo-: hablar, preguntar y responder sobre todo para provecho mío.
-Entonces -dije yo- vuelve hacia atrás, pues nos hemos equivocado cuando, hace un momento, tomamos lo que sigue a la geometría.
-¿Pues cómo lo tomamos? -dijo.
-Después de las superficies -dije yo- tomamos el sólido que está ya en movimiento sin haberío considerado antes en sí mismo. Pero lo correcto es tomar, inmediatamente después del segundo desarrollo, el tercero. Y esto versa, según creo, sobre el desarrollo de los cubos y sobre lo que participa de profundidad.
-Así es -dijo-. Mas esa es una cuestión, ¡oh, Sócrates!, que me parece no estar todavía resuelta.
-Y ello, por dos razones -dije yo-: porque, al no haber ninguna ciudad que los estime debidamente, estos conocimientos, ya de por sí difíciles, son objeto de una investigación poco intensa; y porque los investigadores necesitan de un director, sin el cual no serán capaces de descubrir nada, y este director, en primer lugar, es difícil que exista, y en segundo, aun suponiendo que existiera, en las condiciones actuales no le obedecerían, movidos de su presunción, los que están dotados para investigar sobre estas cosas. Pero, si fuese la ciudad entera quien, honrando debidamente estas cuestiones, ayudase en su tarea al director, aquéllos obedecerían y, al ser investigadas de manera constante y enérgica, las cuestiones serían elucidadas en cuanto a su naturaleza, puesto que aun ahora, cuando son menospreciadas y entorpecidas por el vulgo e incluso por los que las investigan sin darse cuenta de cuál es el aspecto en que son útiles, a pesar de todos estos obstáculos, medran, gracias a su encanto, y no sería nada sorprendente que salieran a la luz.
-En efecto -dijo-, su encanto es extraordinario. Pero repíteme con más claridad lo que decías hace un momento. Ponías ante todo, si mal no recuerdo, el estudio de las superficies, es decir, la geometría.
-Sí -dije yo.
-Y después -dijo-, al principio pusiste detrás de ella la astronomía; pero luego te volviste atrás.
-Es que -dije- el querer exponerlo todo con demasiada rapidez me hace ir más despacio. Pues a continuación viene el estudio del desarrollo en profundidad; pero como no ha originado sino investigaciones ridículas, lo pasé por alto y, después de la geometría, hablé de la astronomía, es decir, del movimiento en profundidad.
-Bien dices -asintió.
-Pues bien -dije-, pongamos la astronomía como cuarta enseñanza dando por supuesto que la ciudad contará con la disciplina que ahora hemos omitido tan pronto como quiera ocuparse de ella.

Comentario3
Presentación






























TEXTO3C
(529a-531e)

 -Es natural -dijo él-. Pero como hace poco me reprendías, ¡oh, Sócrates!, por alabar la astronomía en forma demasiado cargante, ahora lo voy a hacer desde el punto de vista en que tú la tratas. En efecto, me parece evidente para todos que ella obliga al alma a mirar hacia arriba y la lleva de las cosas de aquí a las de allá.
 -Quizá -contesté- sea evidente para todos, pero no para mí. Porque yo no creo lo mismo.
-¿Pues qué crees? -dijo.
 -Que, tal como la tratan hoy los que quieren elevarnos hasta su filosofia, lo que hace es obligar a mirar muy hacia abajo.
-¿Cómo dices? -preguntó.
 -Que no es de mezquina de lo que peca, según yo creo -dije-, la idea que te formas sobre lo que es la disciplina referente a lo de arriba. Supongamos que una persona observara algo al contemplar, mirando hacia arriba, la decoración de un techo; tú pareces creer que este hombre contempla con la inteligencia y no con los ojos. Quizá seas tú el que juzgues rectamente y estúpidamente yo; pero, por mi parte, no puedo creer que exista otra ciencia que haga al alma mirar hacia arriba sino aquella que versa sobre lo existente e invisible; pero, cuando es una de las cosas sensibles la que intenta conocer una persona, yo afirmo que, tanto si mira hacia arriba con la boca abierta como hacia abajo con ella cerrada, jamás la conocerá, porque ninguna de esas cosas es objeto de conocimiento, y su alma no mirará hacia lo alto, sino hacia abajo ni aun en el caso de que intente aprenderlas nadando boca arriba por la tierra o por el mar.
-Lo tengo bien merecido -dijo-; con razón me reprendes. Pero ¿de qué manera, distinta de la usual, decías que era menester aprender la astronomía para que su conocimiento fuera útil con respecto a lo que decimos?
-Del modo siguiente -dije yo-: de estas tracerías con que está bordado el cielo hay que pensar que son, es verdad, lo más bello y perfecto que en su género existe; pero también que, por estar labradas en materia visible, desmerecen en mucho de sus contrapartidas verdaderas, es decir, de los movimientos con que, en relación la una con la otra y según el verdadero número y todas las verdaderas figuras, se mueven, moviendo a su vez lo que hay en ellas, la rapidez en sí y la lentitud en sí; movimientos que son perceptibles para la razón y el pensamiento, pero no para la vista. ¿O es que crees otra cosa ?
-En modo alguno -dijo.
-Pues bien -dije-, debemos servirnos de ese cielo recamado como de un ejemplo que nos facilite la comprensión de aquellas cosas, del mismo modo que si nos hubiésemos encontrado con unos dibujos exquisitamente trazados y trabajados por mano de Dédalo o de algún otro artista o pintor. En efecto, me figuro yo que cualquiera que entendiese de geometría reconocería, al ver una tal obra, que no la había mejor en cuanto a ejecución; pero consideraría absurdo el ponerse a estudiarla en serio con idea de encontrar en ella la verdad acerca de lo igual o de lo doble o de cualquier otra proporción.
-¿Cómo no va a ser absurdo? -dijo.
-Pues bien, al que sea realmente astrónomo -dije yo-, ¿no crees que le ocurrirá lo mismo cuando mire a los movimientos de los astros? Considerará, en efecto, que el artífice del cielo ha reunido, en él y en lo que hay en él, la mayor belleza que es posible reunir en semejantes obras; pero, en cuanto a la proporción de la noche con respecto al día y de éstos con respecto al mes y del mes con respecto al año y de los demás astros relacionados entre sí y con aquéllos, ¿no crees que tendrá por un ser extraño a quien opine que estas cosas ocurren siempre del mismo modo y que, aun teniendo cuerpos y siendo visibles, no varían jamás en lo más mínimo, e intente por todos los medios buscar la verdad sobre ello?
-Tal es mi opinión -contestó- ahora que te lo oigo decir.
-Entonces -dije yo- practicaremos la astronomía del mismo modo que la geometría, valiéndonos de problemas, y dejaremos las cosas del cielo si es que queremos tornar de inútil en útil, por medio de un verdadero trato con la astronomía, aquello que de inteligente hay por naturaleza en el alma.
-Verdaderamente -dijo- impones una tarea muchas veces mayor que la que ahora realizan los astrónomos.
-Y creo también -dije yo- que si para algo servimos en calidad de legisladores, nuestras prescripciones serán similares en otros aspectos.
-Pero ¿puedes recordarme alguna otra de las enseñanzas adecuadas?
-No puedo -dijo-, al menos así, de momento.
 -Pues no es una sola -contesté-, sino muchas las formas que, en mi opinión, presenta el movimiento. Todas ellas las podría tal vez nombrar el que sea sabio; pero las que nos saltan a la vista incluso a nosotros son dos.
-¿Cuáles?
-Además de la citada -dije yo~, la que responde a ella.
-¿Cuál es ésa?
-Parece -dije- que, así como los ojos han sido constituidos para la astronomía, del mismo modo los oídos lo han sido con miras al movimiento armónico y estas ciencias son como hermanas entre sí, según dicen los pitagóricos, con los cuales, ¡oh, Glaucón!, estamos de acuerdo también nosotros. ¿O de qué otro modo opinamos?
-Así -dijo.
-Pues bien -dije yo-, como la labor es mucha, les preguntaremos a ellos qué opinan sobre esas cosas y quizá sobre otras; pero sin dejar nosotros de mantener constantemente nuestro principio
-¿Cuál?
-Que aquellos a los que hemos de educar no vayan a emprender un estudio de estas cosas que resulte imperfecto o que no llegue infaliblemente al lugar a que es preciso que todo llegue, como decíamos hace poco de la astronomía. ¿O no sabes que también hacen otro tanto con la armonía? En efecto, se dedican a medir uno con otro los acordes y sonidos escuchados y así se toman, como los astrónomos, un trabajo inútil.
-Sí, por los dioses -dijo-, y también ridículo, pues hablan de no sé qué espesuras y aguzan los oídos como para cazar los ruidos del vecino, y, mientras los unos dicen que todavía oyen entremedias un sonido y que éste es el más pequeño intervalo que pueda darse, con arreglo al cual hay que medir, los otros sostienen, en cambio, que del mismo modo han sonado ya antes las cuerdas, y tanto unos como otros prefieren los oídos a la inteligencia.
-Pero tú te refieres -dije yo- a esas buenas gentes que dan guerra a las cuerdas y las torturan, retorciéndolas con las clavijas; en fin, dejaré esta imagen, que se alargaría demasiado si hablase de cómo golpean a las cuerdas con el plectro y las acusan y ellas niegan y desafían a su verdugo y diré que no hablaba de ésos, sino de aquellos a los que hace poco decíamos que íbamos a consultar acerca de la armonía. Pues éstos hacen lo mismo que los que se ocupan de astronomía. En efecto, buscan números en los acordes percibidos por el oído; pero no se remontan a los problemas ni investigan qué números son concordes y cuáles no y por qué lo son los unos y no los otros.
-Es propia de un genio -dijo- la tarea de que hablas.
-Pero es un estudio útil -dije yo- para la investigación de lo bello y lo bueno, aunque inútil para quien lo practique con otras miras.
-Es natural -dijo.
-Y yo creo -dije-, con respecto al estudio de todas estas cosas que hemos enumerado, que, si se llega por medio de él a descubrir la comunidad y afinidad existentes entre una y otras y a colegir el aspecto en que son mutuamente afines, nos aportará alguno de los fines que perseguimos y nuestra labor no será inútil; pero en caso contrario lo será.
-Eso auguro yo también -dijo-. Pero es un enorme trabajo el que tú dices, ¡oh, Sócrates!

Comentario3
Presentación






























LIBRO VII REPÚBLICA
COMENTARIO4
(531e-535a)

531e-535ª
Sócrates comienza afirmando que todo lo dicho acerca de la matemática, la geometría, la sterometría y la astronomía no son otra cosa que el preludio de la auténtica melodía que hay que aprender: la dialéctica. Sócrates compara la dialéctica con un viaje que el alma sirviéndose de la razón y, sin intervención de ningún sentido, se eleva hacia lo que es cada cosa en sí y, sin disistir en su análisis, llega a alcanzar, con el sólo auxilio de la inteligencia, lo que es el bien en sí. Al mismo tiempo, compara la dialéctica con un liberarse de unas cadenas ya que es quien permite volverse de las sombras hacia las imágenes y el fuego y ascender desde la caverna hasta el lugar iluminado por el sol y al poder mirar allí todavía a los animales ni a las plantas ni a la luz solar, sino unicamente a los reflejos divinos que se ven en las aguas y a las sombras de seres reales. Afirma que estos últimos son los efectos que produce todo el estudio de las ciencias enumeradas anteriormente, las cuales permiten elevar a la mejor parte del alma hacia la contemplación del mejor de los seres, del mismo modo que antes elevaba a la parte más perspicaz del cuerpo (la vista) hacia la contemplación de lo más luminoso que existe en la región material y visible. Despues de hacer referencia a los preludios de la melodía, Glaucón solicita a Sócrates que comienze a estudiar a la melodía en sí. Por eso le pide que explique cuál es la naturaleza de la facultad dialéctica y en cuántas especies se divide y cuáles son sus caminos. Sócrates de modo tajante y un tanto rudo le dice que no tiene inconveniente pero que a Glaucón le va ser imposible el seguirlo. De todos modos lo que sigue no es otra cosa que una recapitulación de lo ya dicho sobre la dialéctica en el libro VI. Comienza afirmando que la dialéctica es la única ciencia que puede marcar el camino hacia el conocimiento del bien en sí. Argumenta que ello se debe a que todas las demas artes y disciplinas versan sobre opiniones y deseos de los hombres, y siempre dedicadas al cuidado de las cosas nacidas y fabricadas. Por su parte, las más elevadas como la geometría o la astronomía no hacen más que soñar con lo que existe pero son incapaces de contemplarlo en vigilia mientras, valiéndose de hipótesis, dejan éstas intactas por no poder dar cuenta de ellas (circularidad). Por lo tanto, el método dialéctico es el único que, echando abajo las hipótesis, se encamina hacia el principio mismo para pisar allí terrreno firme; a su vez, permite que el ojo del alma, asumido en un bárbaro lodazal, pueda elevarse a las alturas, utilizando como auxiliares a las disciplinas anteriormente enumeradas ya que son algo más claras que la opinión aunque más oscuras que el conocimiento. La dialéctica debe pasar por un proceso de comprobación, revisión y anulación, es decir, examina y anula (anairei) una hipótesis tras otra hasta que por fín llega a la idea de bien. Sobre las ruinas de la primera hipótesis construimos otra nueva y mejor, que debe, a su vez, ser rigurosamente comprobada, examinada, y quizá tambien desechada antes de que pueda servir de trampolín y peldaño para llegar a otra más alta, más verdadera y mejor.En el estadio final, que es un ideal, todas las hipótesis llegan a ser contrapartidas exactas de las ideas y así hemos llegado al principio o bien. Sócrates realiza tambien, en relación con este estudio de la dialéctica, un breve resumen de lo establecido anteriormente en el simil de la linea y de la caverna. Habla de los cuatro niveles del simil de la linea: conocimiento, pensamiento, creencia e imaginación. Señala que estas dos últimas forman el mundo de la opinión y las dos primeras el mundo de la inteligencia. Afirma que la opinión se refiere a la generación mientras que la inteligencia a la esencia. Dice tambien que lo que es la esencia con relación a la generación lo es la inteligencia con relación a la opinión, el conocimiento con respecto a la creencia y el pensamiento con respecto a la imaginación. Por último, Sócrates señala la necesidad de prescribir para la ciudad el que los jovenes mejor dotados sean educados de modo particular en este método de la dialéctica de modo que sean capaces de preguntar y responder con la máxima competencia posible y todo ello basándose en la convicción de que la dialéctica es como una especie de remate de las demás disciplinas, y que no hay ninguna otra que pueda ser justamente colocada por encima de ella.
{Texto1d}
Presentación






























TEXTO1D
(531e-535a)

-¿Te refieres al preludio -dije yo- o a qué otra cosa? ¿O es que no sabemos que todas estas cosas no son más que el preludio de la melodía que hay que aprender? Pues no creo que te parezca que los entendidos en estas cosas son dialécticos.
-No, ¡por Zeus! -dijo-, excepto un pequeñísimo número de aquellos con los que me he encontrado.
-Pero entonces -dije-, quienes no son capaces de dar o pedir cuenta de nada, ¿crees que sabrán jamás algo de lo que decimos que es necesario saber?
-Tampoco eso lo creo -dijo.
-Entonces, ¡oh, Glaucón! -dije-, ¿no tenemos ya aquí la melodía misma que el arte dialéctico ejecuta? La cual, aun siendo inteligible, es imitada por la facultad de la vista, de la que decíamos que intentaba ya mirara los propios animales y luego a los propios astros y por fin, al mismo sol. E igualmente, cuando uno se vale de la dialéctica para intentar dirigirse, con ayuda de la razón y sin intervención de ningún sentido, hacia lo que es cada cosa en sí y cuando no desiste hasta alcanzar, con el solo auxilio de la inteligencia, lo que es el bien en sí, entonces llega ya al término mismo de la inteligible del mismo modo que aquél llegó entonces al de lo visible.
-Exactamente -dijo.
-¿Y qué? ¿No es este viaje lo que llamas dialéctica? -¿Cómo no?
-Y el liberarse de las cadenas -dije yo- y volverse de las sombras hacia las imágenes y el fuego y ascender desde la caverna hasta el lugar iluminado por el sol y no poder allí mirar todavía a los animales ni a las plantas ni a la luz solar, sino únicamente a los reflejos divinos que se ven en las aguas y a las sombras de seres reales, aunque no ya a las sombras de imágenes proyectadas por otra luz que, comparada con el sol, es semejante a ellas; he aquí los efectos que produce todo ese estudio de las ciencias que hemos enumerado, el cual eleva a la mejor parte del alma hacia la contemplación del mejor de los seres del mismo modo que antes elevaba a la parte más perspicaz del cuerpo hacia la contemplación de lo más luminoso que existe en la región material y visible.
-Por mi parte -dijo- así lo admito. Sin embargo me parece algo sumamente dificil de admitir, aunque es también dificil por otra parte el rechazarlo. De todos modos, como no son cosas que haya de ser oídas solamente en este momento, sino que habrá de volver a ellas otras muchas veces, supongamos que esto es tal como ahora se ha dicho y vayamos a la melodía en sí y estudiémosla del mismo modo que lo hemos hecho con el proemio. Dinos, pues, cuál es la naturaleza de la facultad dialéctica y en  cuántas especies se divide y cuáles son sus caminos, porque éstos parece que van por fin a ser los que conduzcan a aquel lugar una vez llegados al cual podamos descansar de nuestro viaje ya terminado.
-Pero no serás ya capaz de seguirme-, querido Glaucón -dije-, aunque no por falta de buena voluntad por mi parte; y entonces contemplarlas, no ya la imagen de lo que decimos, sino la verdad en sí o al menos lo que yo entiendo por tal. Será así o no lo será, que sobre eso no vale la pena de discutir; pero lo que sí se puede mantener es que hay algo semejante que es necesario ver. ¿No es eso?
-¿Cómo no?
-¿No es verdad que la facultad dialéctica es la única que puede mostrarlo a quien sea conocedor de lo que ha poco enumerábamos y no es posible llegar a ello por ningún otro medio?
-También esto merece ser mantenido -dijo.
-He aquí una cosa al menos -dije yo- que nadie podrá afirmar contra lo que decimos, y es que exista otro método que intente, en todo caso y con respecto a cada cosa en sí, aprehender de manera sistemática lo que es cada una de ellas. Pues casi todas las demás artes versan o sobre las opiniones y deseos de los hombres o sobre los nacimientos y fabricaciones, o bien están dedicadas por entero al cuidado de las cosas nacidas y fabricadas. Y las restantes, de las que decíamos que aprehendían algo de lo que existe, es decir, la geometría y las que le siguen, ya vemos que no hacen más que soñar con lo que existe, pero que serán incapaces de contemplarlo en vigilia mientras, valiéndose de hipótesis, dejen éstas intactas por no poder dar cuenta de ellas. En efecto, cuando el principio es lo que uno sabe y la conclusión y parte intermedia están entretejidas con lo que uno no conoce, ¿qué posibilidad existe de que una semejante concatenación llegue jamás a ser conocimiento?
-Ninguna -dijo.
-Entonces  -dije yo- mi método dialéctico es el único que, echando abajo las hipótesis, se encamina hacia el principio mismo para pisar allí terreno firme; y al ojo del alma, que está verdaderamente sumido en un bárbaro lodazal lo atrae con suavidad y lo eleva a las alturas, utilizando como auxiliares en esta labor de atracción a las artes hace poco enumeradas, que, aunque por rutina las hemos llamado muchas veces conocimientos, necesitan otro nombre que se pueda aplicar a algo más claro que la opinión, pero más oscuro que el conocimiento. En algún momento anterior empleamos la palabra pensamiento; pero no me parece a mí que deban discutir por los  nombres quienes tienen ante sí una investigación sobre cosas tan importantes como ahora nosotros.
-No, en efecto -dijo.
-Pero ¿bastará con que el alma emplee solamente aquel nombre que en algún modo haga ver con claridad la condición de la cosa?
-Bastará.
Bastará, pues -dije yo-, con llamar, lo mismo que antes, a la primera parte, conocimiento; a la segunda, pensamiento; a la tercera, creencia, e imaginación a la cuarta. Y a estas dos últimas juntas, opinión; y a aquellas dos primeras juntas, inteligencia. La opinión se refiere a la generación, y la inteligencia, a la esencia; y lo que es la esencia con relación a la generación, lo es la inteligencia con relación a la opinión, y lo que la inteligencia con respecto a la opinión, el conocimiento con respecto a la creencia y el pensamiento con respecto a la imaginación. En cuanto a la correspondencia de aquello a que estas cosas se refieren y a la división en dos partes de cada una de las dos regiones, la sujeta a opinión y la inteligible, dejémoslo, ¡oh, Glaucón!, para que no nos envuelvan en una discusión muchas veces más larga que la anterior.
-Por mi parte -dijo- estoy también de acuerdo con estas otras cosas en el grado en que puedo seguirte.
-Y llamas dialéctico al que adquiere noción de la esencia de cada cosa? Y el que no la tenga, ¿no dirás que tiene tanto menos conocimiento de algo cuanto más incapaz sea de darse cuenta de ello a sí mismo o darla a los demás?
-¿Cómo no voy a decirlo? -replicó.
 -Pues con el bien sucede lo mismo. Si hay alguien que no pueda definir con el razonamiento la idea del bien separándola de todas las demás ni abrirse paso, como en una batalla, a través de todas las críticas, esforzándose por fundar sus pruebas no en la apariencia, sino en la esencia, ni llegar al término de todos estos obstáculos con su argumentación invicta, ¿no dirás, de quien es de ese modo, que no conoce el bien en sí ni ninguna otra cosa buena, sino que, aun en el caso de que tal vez alcance alguna imagen del bien, la alcanzará por medio de la opinión, pero no del conocimiento; y que en su paso por esta vida no hace más que soñar, sumido en un sopor de que no despertará en este mundo, pues antes ha de marchar al Hades para dormir allí un sueño absoluto?
-Sí, ¡por Zeus! -exclamó-; todo eso lo diré, y con todas mis fuerzas.
-Entonces, si algún día hubieras de educar en realidad a esos tus hijos imaginarios a quienes ahora educas e instruyes, no les permitirás, creo yo, que sean gobernantes de la ciudad ni dueños de lo más grande que haya en ella mientras estén privados de razón como líneas irracionales.
-No, en efecto -dijo.
-¿Les prescribirás, pues, que se apliquen particularmente a aquella enseñanza que les haga capaces de preguntar y responder con la máxima competencia posible?
-Se lo prescribiré -dijo-, pero de acuerdo contigo.
-¿Y no crees -dije yo- que tenemos la dialéctica en lo más alto, como una especie de remate de las demás enseñanzas, y que no hay ninguna otra disciplina que pueda ser justamente colocada por encima de ella, y que ha terminado y a lo referente a las enseñanzas?
-Sí que lo creo -dijo.

Comentario4
Presentación






























LIBRO VII REPÚBLICA
COMENTARIO5
(535a-541b)

535ª-541b
Sócrates afirma que ahora toca designar a quiénes se han de dar las enseñanzas descritas y de qué manera se han de impartir. Comienza recordando lo establecido en el libro III (412b y sigs.) acerca de la primera elección de los gobernantes destacando aquellas naturalezas más firmes y valientes. Tambien se había establecido que estos elegidos deberían poseer vivacidad para los estudios pues resulta que las almas flaquean mucho más en los estudios arduos que en los ejercicios gimnásticos. Por ello deberían ser personas memoriosas, infatigables y amantes de toda clase de trabajos. Según Sócrates el descrédito que en su tiempo tenía la filosofía se debía precisamente a que los que se acercaban a ella no son dignos de la misma. Ahora se trata de escoger muy bien entre aquella naturalezas que son amantes del trabajo en la mitad de las cosas y no amantes en la otra mitad, lo que sucede cuando uno ama, por ejemplo, la gimnasia y gusta de realizar toda clase de trabajos corporales sin ser, en cambio, amigo de aprender ni de escuchar ni de investigar, sino oiador de todos los trabajos de esta especie. Y es que este caso estaríamos ante un alma lisiada no digna para recibir las enseñanzas que se han propuesto para aquellos que deberían gobernar la ciudad. Tambien, con respecto a la templanza, afirma Sócrates, hemos ya establecido la importancia de vigilar este tipo de educación con el objeto de distinguir el bastardo del bien nacido. Por ello se ha de tener sumo cuidado con todo esto porque si se es capaz de educar a hombres bien dispuestos en cuerpo y alma entonces estaremos consiguiendo un buen reflejo del modelo ideal de justicia. Ahora bien, ¿con qué grupos de edad comenzar la selección?. En este contexto, Sócrates comienza señalando no estar de acuerdo con Sólón al afirmar que uno es capaz de aprender muchas cosas mientras envejece. Por todo ello, afirma que en lo concerniente al estudio de los números y de la geometría, predecesora de la dialéctica, hay que aplicarla a los mejor dotados cuando sean niños aunque huyendo del aprendizaje por medio de la fuerza ya que no hay ninguna disciplina que deba aprender el hombre libre por medio de la esclavitud. Y es que el alma no conserva ningún conocimiento que haya penetrado en ella por la fuerza. En su lugar, Sócrates, propone instruir a los niños para que se eduquen jugando; y recuerda lo que anteriormente se había dicho acerca de que los hijos de los guerreros debían ser llevados a la guerra en calidad de espectadores montados a caballo, de la cual debían participar siempre que no hubiese peligro, haciendo como los cachorros que ya desde pequeños prueban la sangre. Pues bien, según Sócrates, a los que demuestren una mayor agilidad en estos menesteres es a los que habría que incluir dentro del primer grupo selecto. Señala que la edad de selección debería coincidir al terminar el período de gimnasia obligatoria (los jovenes atenienses estaban sometido al servicio militar obligatorio entre los 18 y 20 años). Despues de este período los elegidos entre los veintenarios obtendría mayores honras que los demás. Además se procurará que los conocimientos adquiridos separadamente de todas las disciplinas que han estudiado comenzaran a percibirlas de modo unitario adquiriendo así una visión general de las relaciones que existen entre ellas y, tambien, con la naturaleza del ser. Esto último nos ayudará a distinguir las naturalezas dialécticas de aquellas que no lo son. Porque el que tiene una visión de conjunto es dialéctico; pero el que no, ése no lo es.
{Ver Texto1e}
Despues de separar las naturalezas dialécticas de las que no los son se establecerá una nueva selección tan pronto como hubieran rebasado los 30 años para hacerles objetos de honores todavía más grandes investigando, por medio del poder dialéctico, quienes son capaces de encaminarse hacia el ser mismo en compañía de la verdad y sin ayuda de la vista ni de los demás sentidos. Es ésta, sin embargo, una labor que requiere grandes precauciones, según Sócrates. Y es que, afirma Sócrates, la enseñanza de la dialéctica corre gran peligro desde el momento en que la educación que se recibe desde niños choca siempre con valores contradictorios. Por un lado recibimos educación sobre lo justo y lo honroso; sin embargo, por otro existen otras enseñanzas, prometedoras de placer, contrapuestas que adulan a nuestra alma e intentan atraerla hacia sí. Pues bien, señala Sócrates, supongamos que una persona así educada en tales valores contrapuestos se le interroga y se pregunta acerca de que es, por ejemplo, lo honroso, y, al responder él lo que ha oido decir a unos, alguien le refuta sus argumentos, le hace dudar de lo que está diciendo y le lleva a pensar que aquello no es más honroso que deshonroso y que ocurre lo mismo con lo justo y lo bueno y todas las cosas por las que sentía la mayor devoción. ¿Qué sucederá- se pregunta Sócrates- en estos casos?. Parece evidente- responde- que de obediente para con las leyes se vuelva rebelde y despreciador de las mismas. Pues bien, con el objeto de hacer frente a esta posibilidad habría que lograr –según Sócrates- que los treintañales procediesen con la máxima precaución y seriedad al estudio de la dialéctica. En este contexto plantea la necesidad de que no gusten de la dialéctica mientras son jovenes porque cuando uno es adolescente se usa de los argumentos como si de un juego se tratase y así, a imitación de quienes les confunden, ellos a su vez refutan a otros y gozan de ello. Pero una vez que han refutado a muchos y sufrido tambien muchas refutaciones, caen rapidamente en la incredulidad con respecto a todo aquello en que antes creían. Por ello es preferible que sean ya adultos los que comienzen, despues de pasar por los otros estudios, los que se dediquen con seriedad al arte de la dialéctica con el objeto de investigar la verdad y no de divertirse como si de un juego se tratara. En este contexto, Sócrates propone que los adultos treintañeros comienzen practicar a esa edad la dialéctica con el mismo ahinco que antes habían puestos en los ejercicios corporales. Propone que tales estudios dialécticos abarquen un período de 5 años. Pasados los mismos tendrían que bajar de nuevo a la caverna obligándolos a ocupar los cargos atañaderos a la guerra y otros menesteres. Deberían ser probados tambien en estos cargos para ver si se van a mantener firmes cuando se intente arrastrarles en todas direcciones o sí se moverían algo. Este período de prueba –ya dentro de la caverna- ejerciendo sus cargos debería durar un período de 15 años.
{Ver Texto2e}
Una vez que hayan llegado a cincuentenarios, a los que hayan sobrevivido y descollado siempre y por todos los conceptos en la práctica y en el estudio hay que conducirlos ya hasta el fín y obligarles a elevar el ojo de su alma y mirar de frente a lo que proporciona luz para todos. Cuando hayan visto el bien en sí, se servirán de él como modelo durante el resto de su vida, en que gobernarán, cada cual en su día, tanto a la ciudad como a los particulares en sí mismos; pues aunque dediquen la mayor parte del tiempo a la filosofía, tendrán que cargar, cuando les llegué su vez, con el peso de los asuntos políticos. Finalmente, despues de ser reemplazados por sucesores tan bien formados como ellos, se irán a morar en las islas de de los bienaventurados y la ciudad les dedicará monumentos y sacrificios públicos honrándoles como a demones si lo aprueba asi la pitonisa, y si no, como seres beatos y divinos. Pero –afirma tambien Sócrates- no solamente serán los gobernantes sino las gobernantas las que puedan encargarse de los asuntos de la ciudad y ser honradas por ella. Entre las mujeres guerreras mejor dotadas se escojerán tambien,del mismo modo que a los hombres, a las mejor capacitadas para la dialéctica y para gobernar. Sócrates finaliza el libro VII señalando estar convencido de que todo lo que lleva dicho hasta ahora sobre la ciudad no es una mera quimera. Reconoce que es dificil llevarla a cabo pero no irrealizable. Para ello, sin embargo, tiene que haber en la ciudad uno o varios gobernantes /as que, siendo verdaderos filósofos/as, desprecien las honras de ahora, por considerarlas indignas, y, en su lugar, tengan la mayor estima por lo recto y las honras que de ello derivan. Además, sobre la base de la idea de lo justo, es como deben organizar la ciudad. Para ello, enviarán al campo a todos cuantos mayores de 10 años haya en la ciudad y se harán cargo de los hijos de estos, subtrayéndolos a las costumbres de sus mayores, para educarlos de acuerdo con sus propias costumbres y leyes. Ello será el comienzo de de la más feliz y beneficiosa de las ciudades existentes hasta el momento. Glaucón dice estar conforme con todo lo dicho y que ha entendido muy bien todo lo que Sócrates ha dicho acerca de la ciudad y su funcionamiento. Lo que no tiene claro –señala- es si alguna vez llega a realizarse en la práctica.  El libro VII finaliza señalando que sobre estas cuestiones relacionadas con la ciudad justa y su gobierno todo está terminado. {Ver Texto3e}
Presentación






























TEXTO 1E
(535a-537d)

-Pues bien -dije yo-, ahora te falta designar a quiénes hemos de dar estas enseñanzas y de qué manera.
-Evidente -dijo.
-¿Te acuerdas de la primera elección de gobernantes y de cuáles eran los que elegimos?
-¿Cómo no? -dijo.
-Entonces -dije- considera que son aquéllas las naturalezas que deben ser elegidas también en otros aspectos. En efecto, hay que preferir a los más firmes y a los más valientes, y, en cuanto sea posible, a los más hermosos. Además hay que buscarlos tales que no sólo sean generosos y viriles en sus caracteres, sino que tengan también las prendas naturales adecuadas a esta educación.
-¿Y cuáles dispones que sean?
-Es necesario, ¡oh, bendito amigo! -dije-, que haya en ellos vivacidad para los estudios y que no les sea difícil aprender. Porque las almas flaquean mucho más en los estudios arduos que en los ejercicios gimnásticos, pues les afecta más una fatiga que les es propia y que no comparten con el cuerpo.
-Cierto -dijo.
-Y hay que buscar personas memoriosas, infatigables y amantes de toda clase de trabajos. Y si no, ¿cómo crees que iba nadie a consentir en realizar, además de los trabajos corporales, un semejante aprendizaje y ejercicio?
-Nadie lo haría -dijo- a no ser que gozase de todo género de buenas dotes.
-En efecto, el error que ahora se comete -dije yo- y el descrédito le han sobrevenido a la filosofía, como antes decíamos, porque los que se le acercan no son dignos  de ella, pues no se le deberían acercar los bastardos, sino los bien nacidos.
-¿Cómo? -dijo.
-En primer lugar -dije yo-, quien se vaya a acercar a ella no debe ser cojo en cuanto a su amor al trabajo, es decir, amante del trabajo en la mitad de las cosas y no amante en la otra mitad. Esto sucede cuando uno ama la gimnasia y la caza y gusta de realizar toda clase de trabajos corporales sin ser, en cambio, amigo de aprender ni de escuchar ni de investigar, sino odiador de todos los trabajos de esta especie. Y es cojo también aquel cuyo amor del trabajo se comporta de modo enteramente opuesto.
-Gran verdad es la que dices -contestó.
-Pues bien -dije yo-, ¿no consideraremos igualmente como un alma lisiada con respecto a la verdad a aquella que, odiando la mentira voluntaria y soportándola con dificultad en sí misma e indignándose sobremanera cuando otros mienten, sin embargo acepta tranquilamente lo involuntario y no se disgusta si alguna vez es sorprendida en delito de ignorancia, antes bien, se revuelca a gusto en ella como una bestia porcina?
-Desde luego -dijo.
-También con respecto a la templanza -dije yo- y al valor y a la magnanimidad y a todas las partes de la virtud hay que vigilar no menos para distinguir el bastardo del bien nacido. Porque cuando un particular o una ciudad no saben discernir este punto y se ven en el caso de utilizar a alguien con miras a cualquiera de las virtudes citadas, en calidad de amigo el primero o de gobernante la segunda, son cojos y bastardos aquellos de que inconscientemente se sirven.
-Efectivamente -dijo-, tal sucede.
-Así, pues, hemos de tener -dije yo- gran cuidado con todo eso. Porque, si son hombres bien dispuestos en cuerpo y alma los que eduquemos aplicándoles a tan importantes enseñanzas y ejercicios, la justicia misma no podrá echarnos nada en cara y salvaremos la ciudad y el sistema político; pero, si los aplicados a ello son de otra índole, nos ocurrirá todo lo contrario y cubriremos a la filosofía de un ridículo todavía mayor.
-Sería verdaderamente vergonzoso -dijo.
-Por completo -dije-. Pero me parece que también a mí me está ocurriendo ahora algo risible.
-¿Qué? -dijo.
 -Me olvidé -dije- de que estábamos jugando y hablé con alguna mayor vehemencia. Pero es que, mientras hablaba, miré a la filosofía, y creo que fue al verla tan indignamente afrentada cuando me indigné y, encolerizado contra los culpables, puse demasiada seriedad en lo que dije.
-No, ¡por Zeus! -exclamó-, no es esa la opinión de quien te escucha.
-Pero sí la de quien habla -dije-. Mas no olvidemos esto: que, si bien en la primera elección escogíamos a ancianos, en esta segunda no será posible hacerlo. Pues no creamos a Solón cuando dice que uno es capaz de aprender muchas cosas mientras envejece; antes podrá un viejo correr que aprender y propios son de jóvenes todos los trabajos grandes y múltiples.
-Por fuerza -dijo.
-De modo que lo concerniente a los números y a la geometría y a toda la instrucción preliminar que debe preceder a la dialéctica hay que ponérselo por delante cuando sean niños, pero no dando a la enseñanza una forma que les obligue a aprender por la fuerza.
-¿Por qué?
-Porque no hay ninguna disciplina -dije yo- que deba aprender el hombre libre por medio de la esclavitud. En efecto, si los trabajos corporales no deterioran más el cuerpo por el hecho de haber sido realizados obligadamente, el alma no conserva ningún conocimiento que haya penetrado en ella por la fuerza.
-Cierto -dijo.
-No emplees, pues, la fuerza, mi buen amigo -dije-, para instruir a los niños; que se eduquen jugando  y así  podrás también conocer mejor para qué está dotado cada uno de ellos.
-Es natural lo que dices -respondió.
-Pues bien ¿te acuerdas -pregunté- de que dijimos que los niños habían de ser también llevados a la guerra en calidad de espectadores montados a caballo y que era menester acercarlos a ella, siempre que no hubiese peligro, y hacer que, como los cachorros, probasen la sangre?
 -Me acuerdo -dijo.
 -Pues bien ~dije-, al que demuestre siempre una mayor agilidad en todos estos trabajos, estudios y peligros, a ése hay que incluirlo en un grupo selecto.
-¿A qué edad? -dijo.
-Cuando haya terminado -dije- ese período de gimnasia obligatoria que, ya sean dos o tres los años que dure, les impide dedicarse a ninguna otra cosa; pues el cansancio y el sueño son enemigos del estudio. Además una de las pruebas, y no la menos importante, será esta de cómo demuestre ser cada cual en los ejercicios gimnásticos.
-¿Cómo no? -dijo.
-Y después de este período -dije yo- los elegidos de entre los veintenarios obtendrán mayores honras que los demás y los conocimientos adquiridos separadamente por éstos durante su educación infantil habrá que dárselos reunidos en una visión general de las relaciones que existen entre unas y otras disciplinas y entre cada una de ellas y la naturaleza del ser.
-Ciertamente -dijo-, es el único conocimiento que se mantiene firme en aquellos en que penetra.
-Además -dije yo- es el que mejor prueba si una naturaleza es dialéctica o no. Porque el que tiene visión de conjunto es dialéctico; pero el que no, ése no lo es.
-Lo mismo pienso -dijo.

Comentario5
Presentación






























TEXTO2E
(537d-540a)

-Será, pues, necesario -dije yo- que consideres esto y que a quienes, además de aventajar a los otros en ello, se muestren también firmes en el aprendizaje y firmes en la guerra y en las demás actividades, a éstos los separes nuevamente de entre los ya elegidos, tan pronto como hayan rebasado los treinta años, para hacerles objeto de honores aún más grandes e investigar, probándoles por medio del poder dialéctico, quién es capaz de encaminarse hacia el ser mismo en compañía de la verdad y sin ayuda de la vista ni de los demás sentidos. Pero he aquí una labor que requiere grandes precauciones, ¡oh, amigo mío!
-¿Por qué? -preguntó.
-¿No observas -dije yo- cuán grande se hace el mal   que ahora afecta a la dialéctica?
-¿Cuál? ~dijo.
-Creo -dije- que se ve contaminada por la iniquidad.
-En efecto -dijo.
-¿Consideras, pues, sorprendente lo que les ocurre -dije- y no les disculpas?
-¿Por qué razón? -dijo.
 -Esto es -dije- como si un hijo putativo se hubiese criado entre grandes riquezas, en una familia numerosa e importante y rodeado de multitud de aduladores y, al llegar a hombre, se diese cuenta de que no era hijo de aquellos que decían ser sus padres, pero no pudiese hallar a quienes realmente le habían engendrado. ¿Puedes adivinar en qué disposición se hallaría con respecto a los aduladores y a sus supuestos padres en aquel tiempo en que no supiera lo de la impostura y en aquel otro en que, por el contrario, la conociera ya? ¿O prefieres escuchar lo que yo imagino?
-Lo prefiero -dijo.
-Pues bien, supongo -dije- que honraría más al padre y a la madre y a los demás supuestos parientes que a los aduladores, y toleraría menos que estuviesen privados de nada, y les haría o diría menos cosas con que pudiera faltarles, y en lo esencial desobedecería menos a aquéllos que a los aduladores durante el tiempo en que no conociese la verdad.
-Es natural -dijo.
-Ahora bien, una vez se hubiese enterado de lo que ocurría, me imagino que sus lazos de respeto y atención se relajarían para con aquéllos y se estrecharían para con los aduladores; que obedecería a éstos de manera más señalada que antes y acomodaría su vida futura a la conducta de ellos, con los cuales conviviría abiertamente; y, al no estar dotado de un natural muy bueno, no se preocuparía en absoluto de aquel su padre ni de los demás parientes supositicios.
-Sí; sucedería todo lo que dices -respondió-. Pero ¿en qué se relaciona esta imagen con los que se aplican a la dialéctica?
-En lo siguiente. Tenemos desde niños, según creo, unos principios sobre lo justo y lo honroso dentro de los cuales nos hemos educado obedeciéndoles y respetándoles a fuer de padres.
-Así es.
-Pero hay también, en contraposición con éstos, otros principios prometedores de placer que adulan a nuestra alma e intentan atraerla hacia sí sin convencer, no obstante, a quienes tengan la más mínima mesura; pues éstos honran y obedecen a aquellos otros principios paternos.
-Así es.
-¿Y qué? -dije yo-. Si al hombre así dispuesto viene una interrogación y le pregunta qué es lo honroso, y al responder él lo que ha oído decir al legislador le refuta la argumentación y, confutándole mil veces y de mil maneras, le lleva a pensar que aquello no es más honroso que deshonroso y que ocurre lo mismo con lo justo y lo bueno y todas las cosas por las que sentía la mayor estimación, ¿qué crees que, después de esto, hará él con ellas en lo tocante a honrarles y obedecerlas?
-Es forzoso -dijo- que no las honre ya ni les obedezca del mismo modo.
-Pues bien -dije yo-, cuando ya no crea, como antes, que son preciosas ni afines a su alma, pero tampoco haya encontrado todavía la verdad, ¿existe alguna otra vida a que naturalmente haya de volverse sino aquella que le adula?
-No existe -dijo.
-Entonces se advertirá, creo yo, que de obediente para con las leyes se ha vuelto rebelde a ellas.
-Por fuerza.
-¿No es, pues, natural -dije- lo que les sucede a quienes de tal modo se dan a la dialéctica y no son como antes decía yo, muy dignos de que se les disculpe?
-Y de que se les compadezca -dijo.
-Pues bien, para que no merezcan esa compasión tus treintañales, ¿no hay que proceder con la máxima precaución en su contacto con la dialéctica?
-Efectivamente -dijo.
-¿Y no es una gran precaución la de que no gusten de la dialéctica mientras sean todavía jóvenes? Porque creo que no habrás dejado de observar que, cuando los adolescentes han gustado por primera vez de los argumentos, se sirven de ellos como de un juego, los emplean siempre para contradecir y, a imitación de quienes les confunden, ellos a su vez refutan a otros y gozan como cachorros dando tirones y mordiscos verbales a todo el que se acerque a ellos .
-Sí, gozan extraordinariamente -dijo.
-Y una vez que han refutado a muchos y sufrido también muchas refutaciones, caen rápidamente en la incredulidad con respecto a todo aquello en que antes creían y como consecuencia de esto desacreditan ante los demás no sólo a sí mismos, sino también a todo lo tocante a la filosofia.
-Muy cierto -dijo.
-En cambio -dije yo-, el adulto no querrá acompañarles en semejante manía e imitará más bien a quien quiera discutir para investigar la verdad que a quien por divertirse haga un juego de la contradicción; y así no sólo se comportará él con mayor mesura, sino que convertirá la profesión de deshonrosa en respetable.
-Exactamente -dijo.
-¿Y no es por precaución por lo que ha sido dicho todo cuanto precedió, a esto, lo de que sean disciplinados y firmes en sus naturalezas aquellos a quienes se vaya a hacer partícipes de la dialéctica de modo que no pueda aplicarse a ella, como ahora, el primer recién llegado que carezca de aptitud?
-Es cierto -dijo.
-¿Será, pues, suficiente que cada uno se dedique al estudio de la dialéctica de manera asidua e intensa, sin hacer ninguna otra cosa, sino practicando con el mismo ahínco que en los ejercicios corporales durante un número de años doble que antes?
-¿Son seis -dijo- o cuatro los que dices?
-No te preocupes -dije-: pon cinco. Porque después de esto les tendrás que hacer bajar de nuevo a la caverna aquella y habrán de ser obligados a ocupar los cargos atañederos a la guerra y todos cuantos sean propios de jóvenes para que tampoco en cuanto a experiencia queden por bajo de los demás. Y habrán de ser también probados en estos cargos para ver si se van a mantener firmes cuando se intente arrastrarles en todas direcciones o si se moverán algo.
-¿Y cuánto tiempo fijas para esto? -dijo.
-Quince años -contesté-.
Comentario5
Presentación






























TEXTO3E
(540a-541b)

Y una vez hayan llegado a cincuentenarios, a los que hayan sobrevivido y descollado siempre y por todos conceptos en la práctica y en  el estudio hay que conducirlos ya hasta el fin y obligarles a que, elevando el ojo de su alma, miren de frente a lo que proporciona luz a todos; y, cuando hayan visto el bien en sí, se servirán de él como modelo durante el resto de su vida, en que gobernarán, cada cual en su día, tanto a la ciudad y a los particulares como a sí mismos; pues, aunque dediquen la mayor parte del tiempo a la filosofía, tendrán que cargar, cuando les llegue su vez, con el peso de los asuntos políticos y gobernar uno tras otro por el bien de la ciudad y teniendo esta tarea no tanto por honrosa como por ineludible. Y así, después de haber formado cada generación a otros hombres como ellos a quienes dejen como sucesores suyos en la guarda de la ciudad, se irán a morar en las islas de los bienaventurados y la ciudad les dedicará monumentos y sacrificios públicos honrándoles como a demones si lo aprueba así la pitonisa, y si no, como seres beatos y divinos.
-¡Qué hermosos son, oh, Sócrates -exclamó-, los gobernantes que, como un escultor, has modelado.
-Y las gobernantas, Glaucón -dije yo-. Pues no creas que en cuanto he dicho me refería más a los hombres que a aquellas de entre las mujeres que resulten estar suficientemente dotadas.
-Nada más justo -dijo-, si, como dejamos sentado, todo ha de ser igual y común entre ellas y los hombres.
-¿Y qué? -dije-. ¿Reconocéis que no son vanas quimeras lo que hemos dicho sobre la ciudad y su gobierno, sino cosas que, aunque dificiles, son en cierto modo realizables, pero no de ninguna otra manera que como se ha  ha expuesto, es decir, cuando haya en la ciudad uno y varios gobernantes que, siendo verdaderos filósofos, desprecien las honras de ahora, por considerarlas innobles e indignas del menor aprecio, y tengan, por el contrario, en la mayor estima lo recto, con las honras que de ello dimanan, y, por ser la cosa más grande y necesaria, lo justo, a lo cual servirán y lo cual fomentarán cuando se pongan a organizar su ciudad?
-¿Cómo? --dijo.
-Enviarán al campo --dije- a todos cuantos mayores de diez años haya en la ciudad y se harán cargo de los hijos de éstos, sustrayéndolos a las costumbres actuales y practicadas también por los padres de ellos, para educarlos de acuerdo con sus propias costumbres y leyes, que serán las que antes hemos descrito. ¿No es este el procedimiento más rápido y simple para establecer el sistema que exponíamos de modo que, siendo feliz el Estado, sea también causa de los más grandes beneficios para el pueblo en el cual se dé?
-Sí, y con mucho -dijo-. Me parece, Sócrates, que has hablado muy bien de cómo se realizará, si es que alguna vez llega a realizarse.
-¿Y no hemos dicho ya -pregunté yo- demasiadas palabras acerca de esta comunidad y del hombre similar a ella? Pues también está claro, según yo creo, cómo diremos que debe ser ese hombre.
-Está claro --dijo-. Y con respecto a lo que preguntas, me parece que esto se ha terminado.

Comentario5
Presentación







































SIMIL DE LA CAVERNA
Aun siendo tanto y tanto lo que se ha escrito sobre la caverna, no estará de más alguna pequeña nota a este respecto. La caverna -se ha repetido muchas veces- puede compararse a una especie de cinematógrafo subterráneo rectangular en que los prisioneros (desmotai) están sentados de espaldas a la puerta y de cara a una pared (tó katantikry) .Detrás de ellos, a cierta distancia y en plano algo superior -pero dentro del local-, hay un fuego (fhos) encendido, y entre el fuego y los espectadores corta transversalmente la sala un camino (hodós) algo elevado al lado del cual -entre el camino y el público- discurre,también transversalmente, una mampara (teichíon) tan alta como un hombre. De este modo, al pasar personas cargadas por el camino, tan sólo serán proyectadas por el fuego sobre la pared del fondo las sombras de las cargas que ellos transporten, pero no sus propias sombras.Además la pared del fondo tiene eco, de modo que las palabras pronunciadas por los porteadores parecen venir de ella (un Platón de nuestro suelo hubiera supuesto un micrófono conectado con un altavoz).Queda un punto algo oscuro: la larga entrada, (eísodos) abierta a la luz,que se extiende a lo ancho de toda la caverna.Es decir,que es posible salir a la luz del sol desde la cueva- en otro caso,los encadenados estarían condenados a la cautividad perpetua-, pero para ello hay que recorrer un largo y escarpado camino ;cosa natural,pues si la entrada de la caverna estuviera cercana al fuego,la luz del sol que por ella penetrase haría inútil el empleo de la hoguera como medio de proyección.
Simil Caverna
Cuestionario



































CAVERNOSA
Mediante el Simil de la Caverna,Platón,expone realmente lo mismo que hace en el Simil de la Linea,es decir,nos muestra los diferentes niveles de conocimiento desde los inferiores a los superiores. Existe,sin embargo,una novedad en el Simil de la Caverna: Platón no se limita ahora a señalar,unicamente,tales diferentes niveles en el conocer sino que nos muestra como la mente puede ascender desde las secciones inferiores a las superiores y como tal ascensión implica dificultades y conversiones del alma que convulsionan al sujeto que las experimenta.

Cavernosa
Cuestionario




































ENTRADA.
La Caverna que describe Platón consta de una larga entrada (eísodos),bierta a la luz exterior,y que posibilita,por tanto,la salida de los prisioneros aunque despues de recorrer un largo y escarpado camino.Por otro lado,si no existiese una larga entrada,entonces la luz del sol podría penetrar en ella haciendo inutil la existencia de la hoguera como medio de proyección.
Entrada
Cuestionario