MAS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL
(Secciones 6ª,7ª,8ª,9ª y Epodo)
SECCIÓN SEXTA:NOSOTROS LOS DOCTOS
A riesgo de que el moralizar manifieste ser también aquí lo que siempre ha
sido - a saber, un intrépido montreu ses plaies [mostrar las propias llagas], según
Balzac -, yo me atrevería a oponerme a un indebido y pernicioso desplazamiento de rango
que hoy, de manera completamente inadvertida y como con la mejor conciencia, amenaza con
establecerse entre la ciencia y la filosofía. Quiero decir que, partiendo de nuestra
experiencia, - ¿experiencia significa siempre, según me parece a mí, mala experiencia?
- hemos de tener derecho a intervenir en la discusión sobre esa elevada cuestión de
rango: para no hablar como hablan del color los ciegos o como hablan contra la ciencia las
mujeres y los artistas (« ¡ay, esa perversa
ciencia!, suspiran el instinto y el pudor de éstos, ¡ella averigua siempre lo quehay
detrás de las cosas!» -). La declaración de independencia del hombre científico, su
emancipación de la filosofía, constituye una de las repercusiones más sutiles del orden
y desorden democráticos: por todas partes la autoglorificación y autoexaltación del
docto encuéntranse hoy en pleno florecimiento Y en su mejor primavera, - con lo cual no
queremos decir que en este caso la albanza de sí mismo huela de modo agradable «¡Nada de dueño » - eso es lo que quiere
también aquí el instinto del hombre plebeyo; y después de que la ciencia se ha
liberado, con el más feliz éxito de la teología, de la cual fue «sierva» durante
mucho tiempo, aspira ahora con completa altanería e insensatez a dictar leyes a la
filosofía y a representar ella por su parte el papel de «señor» - ¡qué digo!, de
filósofo. Mi memoria - ¡memoria de un hombre científico, permítaseme decirlo! - rebosa
de las ingenuidades, basadas en la soberbia; que sobre la filosofía y los filósofos he
oído decir a los los jovenes investigadores de la naturaleza y a los viejos médicos
(para no hablar de los más cultos y más engreídos
de todos los doctos, los filólogos y pedagogos que son ambas cosas por profesión -) Unas
veces era especialista y mozo de esquina el que instintivamente se ponía en guardia
contra todas las tareas y capacidades sintéticas; otras, el obrero diligente el que
había percibido un olor de otium [ocio] y de aristocrática exuberancia en la
economía anímica del filósofo, y que por ello se sentía menoscabado y empequeñecido.
Otras veces era ese daltonismo del hombre utilitario que no ve en la filosofía más que
una serie de sístemas refutados y un lujo derrochador que a nadie «aprovecha». Otras,
lo que resaltaba era el miedo a una mística disfrazada y a una rectificación de las
fronteras del conocer; a veces en la desestimación de algunas filosofías la que se
había generalizado arbitrariamente, convirtiéndose en desestimación de la filosofía
misma. Con muchísima frecuencia, en fin, encontré en jóvenes doctos, detrás del
soberbio menosprecio de la filosofía, la perversa repercusión de un filósofo al cual se
le había negado ciertamente obediencia en conjunto, pero sin haber escapado al hechizo de
sus despreciativas valoraciones de otros filósofos: - lo que tenía como resultado una
disposición global de ánimo opuesta a toda filosofía. (Tal me parece ser, por ejemplo,
la repercusión de Schopenhauer sobre la Alemania más reciente: - con su poco inteligente
furia contra Hegel ha conseguido que la última generación entera de alemanes se separe
de la conexión con la cultura alemana, cultura que, bien sopesadas todas las cosas, ha
representado una cima y una sutileza adivinatoria del sentido
históricol pero Schopenhauer mismo era, justo en este punto, tan pobre, tan poco
receptivo, tan poco alemán, que llegaba a la genialidad.) Hablando en general, acaso ha
sido principalmente lo humano, demasiado humano, en suma, la miseria misma de los
filósofos recientes lo que de modo más radical haya dañado al respeto a la filosofía y
haya abierto las puertas al instinto del hombre de la plebe. Confesémonos, pues, hasta
qué punto le falta a nuestro mundo moderno la especie entera de los Heráclitos,
Platones, Empédocles y como se hayan denominado todos esos regios y magníficos eremitas
del espíritu; y con cuánta razón, a la vista de los representantes de la filosofía que
hoy, gracias a la moda, están tanto por encima como por debajo - en Alemania, por
ejemplo, los dos leones de Berlín, el anarquista Eugen
Dühring y el amalgamista Eduard von Hartmann ,
le es licito a un honesto hombre de ciencia sentirse de una especie y una ascendencia
mejores. Es en especial el espectáculo de esos filósofos del revoltijo que a sí mismos
se denominan «filósofos de la realidad» o «positivistas» el que consigue introducir
una peligrosa desconfianza en el alma de un docto joven, ambicioso: éstos son, en efecto,
en el mejor de los casos, doctos y especialistas, ¡eso se palpa! - éstos son, en efecto,
todos ellos, hombres vencidos y sometidos de nuevo al dominio de la ciencia, que alguna
vez han querido de sí algo más, sin tener derecho a ese «más» y a la responsabilidad
de ese «más» - y que ahora, honorables, furiosos, vengativos, representan con sus
palabras y sus hechos la falta de fe en la tarea señorial y en la soberanía de 1a
filosofía. En fin: ¡cómo podría ser de otro modo! Hoy la ciencia florece y muestra en
su rostro con abundancia la buena conciencia, mientras que aquello a lo que ha venido a
parar poco a poco toda la filosofía alemana reciente, ese residuo de filosofla de hoy,
suscita contra sí desconfianza y fastidio cuando no burla y compasión. La filosofía
reducida a «teoría del conocimientoa, y que ya no es de hecho más que una tímida epojística y doctrina de la abstinencia: una
filosofía que no llega más que hasta el umbral y que se prohíbe escrupulosamente el
derecho a entrar - ésa es una filosofía que está en las últimas, un final, una
agonía, algo que produce compasión. ¡Cómo podría semejante filosofía - dominar!
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Los peligros que amenazan al desarrollo del filósofo son hoy en verdad tan múltiples que
se dudaría de que ese fruto pueda llegar aún en absoluto a madurar. La extensión de las
ciencias la torre construida por ellas han crecido de modo gigantesco, con lo cual ha
aumentado también la probabilidad de que el filósofo se canse ya mientras aprende o se
deje retener en un lugar cualquiera y «especializarse»: de modo que no llegue ya en
absoluto hasta su altura, es decir, que no tenga una mirada desde arriba, a la redonda,
hacia abajo. O que llegue arriba demasiado tarde, cuando ya su mejor época y su mejor
fuerza han pasado; o que llegue dañado, embrutecido, degenerado, de modo que su mirada,
su juicio global de valor signifiquen ya poco. Acaso sea precisamente la finura de su
conciencia intelectual la que le haga dudar en el camino y retrasarse; tiene miedo de la
seducción que lo incita a convertirse en diletante, en ciempiés y en ciententáculos,
sabe demasiado bien que quien se haya perdido el respeto a sí mismo no es ya, tampoco en
cuanto hombre de conocimiento, el que manda, el que grita: tendría, pues, que queer
convertirse en el gran comediante, en el Cagliostro y cazarratas filosófico de los
espíritus, en suma, en seductor. Esta es, en última instancia, una cuestión de
conciencia. A lo cual se añade, para redoblar más aún la dificultad del filósofo, que
éste se exige a sí mismo dar un juicio, un sí o un no, no sobre las ciencias, sino
sobre la vida y el valor de la vida, - que le cuesta aprender a creer que él tenga
derecho o incluso deber de pronunciar ese juicio, y que sólo partiendo de las vivencias
más extensas - acaso las más perturbadoras, las más destructoras - y a menudo
vacilando, dudando, enmudeciendo, es como él tiene que buscar su camino hacia ese juicio
y esa creencia. De hecho durante largo tiempo la multitud no ha comprendido al filósofo y
lo ha confundido con otros, bien con el hombre científico y con el docto ideal, bien con
el iluso y ebrio de Díos, religiosamente elevado, desensualizado, «desmundanizado»; y
cuando hoy oímos que se alaba a alguien diciendo que vive sabiamente» o «como un
filósofo», eso no significa casi nada más que vive «de modo inteligente y apartado».
Sabiduría: a la plebe le parece ésta una especie de huida, un medio y artificio para
escapar bien a un mal juego; pero el filósofo verdadero - ¿no nos parece así a
nosotros, amigos míos? - vive de manera «no filosófica» y «no sabia», sobre todo de
manera no inteligente, y siente el peso y deber de cien tentativas y tentaciones de la
vida: - se arriesga a si mismo constantemente, juega el juego malo...
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En relación con un genio, es decir, con un ser que o
bien fecunda a otro, o bien da a luz, tomadas ambas expresiones en su máxima extensión,
- el docto, el hombre de ciencia medio, tiene siempre algo de solterona: pues, como ésta,
no entiende nada de las dos funciones más valiosas del ser humano. De hecho a ambos, a
doctos y a solteronas, a modo de indemnización, por asi decirlo, se les reconoce
respetabilidad - se subraya en estos casos la respetabilidad -, y la forzosidad de ese
reconocimiento proporciona idéntica dosis de fastidio. Míremos las cosas con más
detalle: ¿qué es el hombre científico? Por lo pronto, una especie no aristocrática de
hombre, con las virtudes de una especie no aristocrática de hombre, es decir, no
dominante, no autoritaria y tampoco contenta de sí misma: el hombre científico tiene
laboriosidad, paciencia para ocupar su sitio en la fila, regularidad y mesura en sus
capacidades y necesidades, tiene el instinto para reconocer cuáles son sus iguales y qué
es lo que sus iguales necesitan, por ejemplo aquella dosis de independencia y de prado
verde sin la cual no hay tranquilidad en el trabaio, aquella pretensión de que se le
honre y reconozca (la cual presupone primero y ante todo conocimiento, cognoscibilidad -),
aquel rayo de sol de un buen nombre, aquella constante insistencia en su valor y en su
utilidad, con la que es necesario superar una y otra vez la desconfianza íntima que hay
en el fondo del corazón de todos los hombres dependientes y animales de rebaño. El docto
tiene también, como es obvio, las enfermedades y defectos de una especie no
aristocrática: tiene mucha envidia pequeña y posee un ojo de lince para ver cuanto de
bajo hay en las naturalezas a cuyas alturas él no puede ascender.
Es confiado, mas sólo como uno que se deja ir paso a paso, pero no fluir como una
corriente; y justo frente al hombre de la gran corriente el docto adopta una actitud tanto
más fija y cerrada, - su ojo es entonces como un lago liso y disgustado, en el cual ya no
aparece la onda de ningún embeleso, de ninguna simpatía. Las cosas peores y más
peligrosas que un docto es capaz de hacer le vienen del instinto de mediocridad de su
especie: de aquel jesuitismo de la mediocridad que trabaja instintivamente para aniquilar
al hombre no usual y que intenta romper o - ¡mejor aún! - aflojar todo arco tenso.
Aflojarlo, claro está, con consideración, con mano indulgente -, aflojarlo con cariñosa
compasión: éste es el auténtico arte del jesuitismo, que ha sabido siempre presentarse
como religión de la compasión. -
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Por grande que sea el agradecimiento con que acojamos el espíritu objetivo - ¡y quién
no habría estado ya alguna vez harto hasta la muerte de todo lo subjetivo y de su maldita
ipsissimosidad! -, al final tenemos que
aprender a tener cautela también con nuestro agradecimiento y poner freno a la
exageración con que la renuncia del espíritu a sí mismo y su despersonalización vienen
siendo ensalzadas últimamente, cual si fueran, por así decirlo, una meta en sí, una
redención y transfiguración: cosa que suele ocurrir sobre todo en el interior de la
escuela de los pesimistas, escuela que, por su parte, tiene también buenas razones para
otorgar los máximos honores al «conocer desinteresado». El hombre objetivo, que ya no
lanza maldiciones e injurias como el pesimista, el docto ideal, en el cual el instinto
científico consigue florecer y prosperar tras miles de fracasos totales y de fracasos a
medias, es con toda seguridad uno de los instrumentos más preciosos que existen: pero
debe ser manejado por alguien más poderoso. El es tan sólo un instrumento, digamos: un
espejo, - no una «finalidad por sí misma». El hombre objetivo es de hecho un espejo:
habituado a someterse a todo lo que quiere ser conocido, sin ningún otro placer que el
que le proporciona el conocer, el «reflejar», - ese hombre aguarda hasta que algo llega,
y entonces se extiende con delicadeza, para que sobre su superficie y piel no se pierdan
tampoco las huellas ligeras y el fugaz deslizarse de seres fantasmales. El resto de
«persona» que todavía le queda parécele algo casual, algo con frecuencia arbitrario y,
con más frecuencia aún, perturbador: hasta tal punto se ha convertido a sí mismo en
lugar de paso y en reflejo de figuras y acontecimientos njenos. Le cuesta reflexionar
sobre «sí mismo», y no raras veces yerra al hacerlo; fácilmente se confunde a sí
mismo con otros, se equivoca en lo referente a sus propias necesidades, y esto es lo
único en que se muestra burdo y negligente. Tal vez le atormenten la salud, o la
mezquintind y ell aire enrarecido
de mujeres y amigos, o la fnlta de compañeros y compañía, más aún, se fuerza a sí
mismo a reflexionar sobre su tormento: ¡en vano! Ya su pensamiento divaga lejos, yendo
hacia el caso más general, y mañana sabe tan poco como sabía ayer de qué modo se le ha
de ayudar. Ha perdido la seriedad para consigo mismo, también el tiempo: es jovial, no
por falta de penas, sino por falta de dedos y de manos para tocar sus penas. La
condescendencia habitúal con toda cosa y acontecimiento, la alegre e imparcial
hospitalidad con que acoge todo lo que choca con él, su especie de inconsiderada
benevolencia, de peligrosa despreocupación por el sí y el no: ¡ay, se dan bastantes
casos en que tiene que expiar esas virtudes suyas! - y en cuanto ser humano conviértese
con demasiada facilidad en el caput mortuum [cabeza muerta] de esas virtudes. Si se quiere
de él amor y odio, quiero decir amor y odio tal como los entienden Dios, la mujer y el
animal-: él hará lo que pueda, y dará lo que pueda. Pero no debemos extrañarnos de que
no sea mucho, - de que justo en esto se muestre inauténtico, frágil, equívoco y
podrido. Su amor es querido, su odio es artificial y más bien un tour de force [prueba de
fuerza], una pequeña vanidad y exageración. En efecto, él es auténtico nada
más que en la medida en que le es lícito ser objetivo: únicamente en su jovial
totalismo continúa siendo «naturaleza» y «natural». Su alma reflectante y que
eternamente está alisándose no sabe ya afirmar, no sabe ya negar; no da órdenes;
tampoco destruye. Je ne méprise presque rien [yo no
desprecio casi nada] - dice con Leibniz : ¡no se pase por alto ni se infravalore el
presque [casi]! Tampoco es un hombre modelo; no va delante de nadie, ni detrás de nadie;
se sitúa en general demasiado lejos como para tener motivo de tomar partido entre el bien
y el mal. Al confundirle durante tanto tiempo con el filósofo, con el cesáreo
disciplinador y violentador de la cultura: se le han otorgado honores demasiado elevados y
se ha dejado de ver lo más esencial que hay en él, - él es un instrumento, un ejemplar
de esclavo, aunque también, ciertamente, la especie más sublime de esclavo, pero, en sí
mismo, nada, presque rien! [¡casi nada!]. El hombre objetivo es un instrumento, un
instrumento de medida y una obra maestra de espejo, precioso, fácil de romper y de
empañar, al que se le debe tratar con cuidado y honrar; pero no es una meta, un resultado
y elevación, un hombre complementario en el cual se justifique la restante existencia, no
es una conclusión - y menos aún es un comienzo, una procreación y causa primera, no es
algo rudo, poderoso, plantado en sí mismo, que quiere ser señor: antes bien, es sólo un
delicado, hinchado, fino, móvil recipiente formal, que tiene que aguarda a un contenido y
a una sustancia cualesquiera para «configurarse» a sí mismo de acuerdo con ellos, - de
ordinario es un hombre sin contenido ni sustancia, un hombre «sin sí mismo». En
consecuencia, tampoco es una cosa para mujeres, in parenthesi [dicho sea entre
paréntesis]. -
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Cuando un filósofo da a entender hoy que él no es un escéptico, - yo espero que se haya
percibido eso en la descripción que acabo de hacer del espirítu objetivo - todo el mundo
oye eso con disgusto; se le examina con cierto recelo, se querría preguntarle y
preguntarle muchas cosas..., más aún, entre los oyentes tímidos, que ahora existen en
gran cantidad, se le califica, desde ese momento, de peligroso. Les parece como si, en el
repudio del escepticismo por parte de aquel, ellos escuchasen desde lejos un ruido malvado
y amenazador, como si en alguna parte se estuviera ensayando una nueva sustancia
explosiva, una dinamita del espíritu, quizá una nihilina rusa recién descubierta, un
pesimismo bonae voluntatis [de buena voluntad]
que no se limita a decir no, a querer no, sino - ¡cosa horrible de pensar! - a hacer
no. Contra esa especie de «buena voluntad» - una
no voluntad de negación real y efectiva de la vida - no hay hoy, según es reconocido por
todos. mejor somnífero que la suave, amable, tranquilizante adormidera del escepticismo;
el mismo Hamlet es recetado hoy, por los médicos de la época, como un medicamento contra
el «espíritu» y sus rumores subterraneos. «¿No tenemos ya enteramente llenos los
oídos de rumores perversos? - dice el escéptico, presentándose como amigo de la
tranquilidad y casi como una especie de policía de seguridad: - ¡ese no subterráneo es
horrible! ¡Callaos por fin, topos pesimistas! » En efecto, el escéptico, esa criatura
delicada, se horroriza con demasiada facilidad; su conciencia está amaestrada para
sobresaltarse y sentir algo así como una mordedura cuando oye cuálquier no, es incluso
cuando oye un sí duro y decidido. ¡Sí! y ¡no! - esto repugna a su moral; por el
contrario, le gusta agasajar a su virtud con la noble abstención, diciendo acaso con
Montaigne: «¿Qué sé yo?» O con Sócrates: «Yo sé que no sé nada.» O: «Aquí no
me fío de mí, aquí no esta abierta ninguna
puerta para mí.» O: «Suponiendo que estuviera abierta,para qué entrar en seguida! »
O: ¿de qué sirven todas las hipótesis apresuradas? No hacer hipótesis podría
fácilmente formar parte del buen gusto. ¿Es que teneis que enderezar inmediatamente lo torcido? ¿Que tapar todo
agujero con una estopa cualquiera? ¿No tiene esto su tiempo? ¿No tiene tiempo el tiempo?
Oh muchachos del diablo, ¿no podéis aguardar en modo alguno? También lo incierto tiene
sus atractivos, también la Esfinge es una Circe, también Circe fue una filósofa.» -
Así se consuela a sí mismo un escéptico; y es cierto que tiene necesidud de algún
consuelo. En efecto, el escepticismo es la expresón más espiritual de una cierta
constitución psicológica compleja a la que, en el lenguaje vulgar, se le da el nombre dc
debilidad nerviosa y constitución enfermiza; el escepticismo surge siempre que razas o
estamentos largo tiempo separados entre sí se entrecruzan de manera decidida y súbita.
En la nueva estirpe, la cual, por así decirlo, acoge en su sangre por herencia medidas y
valores diferentes, todo es inquietud, turbación, duda, ensayo; las fuerzas mejores
producen un efecto inhibitorio, las virtudes mismas no se dejan unas a otras crecer ni
fortalecerse, en el cuerpo y en el alma faltan el equilibrio, el centro de gravedad, la
segurídad perpendicular. Pero lo que más hondamente enferma y degenera en esos mestizos
es la voluntad: ellos ya no conocen en absoluto la independencia en la resolución,
el valiente sentimiento de placer en el querer, - incluso en sus sueños dudan de la
«libertad de la voluntad». Nuestra Europa de hoy, escenario de un ensayo absurdo y
repentino de mezclar radicalmente entre sí los estamentos y, en consecuencia, las razas,
es por ello escéptica tanto arriba como abajo, exhibiendo unas veces ese móvil
escepticismo que salta, impaciente y ávido, de una rama a otra, y presentándose otras
torva cual una nube cargada de signos de interrogación, - ¡y a menudo mortalmente harta
de su voluntad! Parálisis de la voluntad: ¡en qué lugar no encontramos hoy sentado a
ese tullido! ¡Y a menudo, incluso, muy ataviado! ¡Qué seductoramente engalanado! Para
esta enfermedad existen los más hermosos vestidos de gala y de mentira; y que, por
ejemplo, la mayor parte de lo que hoy se exhibe a sí mismo en los escaparates como
«objetividad», «cientificismo», l'art pour l'art,
«conocer puro, independiente de la volnntad», no es otra cosa que escepticismo y
parálisis de la voluntad engalanados, - ése es un diagnóstico de la enfermedad europea
del que yo quiero salir responsable. - La enfermedad de la voluntad se ha extendido sobre
Europa de una manera no uniforme: donde más amplia y compleja se muestra es allí donde
más tiempo hace que la cultura está aposentada, y desaparece en la medida en que «el
bárbaro» hace valer todavía - o de nuevo - su derecho bajo la desaliñada vestimenta de
la cultura occidental. En la Francia actual es, por tanto, y esto es cosa tan fácil de
deducir como de palpar con la mano, donde más enferma se encuentra la voluntad; y
Francia, que siempre ha tenido una habilidad magistral para transformar en algo atractivo
y seductor incluso los giros más fatales de su espíritu, muestra hoy propiamente su
preponderancia cultural sobre Europa en su calidad de escuela y escaparate de todas las
magias del escepticismo. La fuerza de querer, y de querer, en verdad, una voluntad única
durante largo tiempo, es ya un poco más fuerte en Alemania, y en el norte alemán es, a
su vez, más fuerte que en el centro; considerablemente más fuerte es en Inglaterra, en
España y Córcega, ligada en el primer caso a la flema, y en el segundo a los cráneos
duros, - para no hablar de Italia, la cual es demasiado joven como para saber lo que
quiere, y que tiene que demostrar primero si es capaz de querer -, pero donde más fuerte
y más asombrosa se muestra es en aquel imperio intermedio en el que Europa, por así
decirlo, refluye hacia Asia, en Rusia. Allí la fuerza de querer ha venido siendo
reservada y acumulada desde hace mucho tiempo, allí la voluntad - quién sabe si como
voluntad de afirmación o de negación - aguarda amenazadoramente el momento en que se la
accione, para tomar prestado a los físicos de hoy su palabra preferida. Para que Europa
quede libre de su máximo peligro acaso sean necesarias no sólo guerras en India y
complicaciones en Asia, sino revoluciones internas, la desmembración del Reich en
pequeños cuerpos y, sobre todo, la introducción de la imbecilidad parlamentaria, además
de la obligación para todo el mundo de leer su periódico durante el desayuno. Yo no digo
esto porque lo desee: antes bien, yo desearía lo contrario, - quiero decir, un aumento
tal de la amenaza representada por Rusia que Europa tuviera que decidirse a volverse
amenazadora en esa misma medida, esto es, a adquirir una voluntad única mediante el
instrumento de una nueva casta que dominase sobre Europa, a adquirir una voluntad propia
prolongada, terrible, que pudiera proponerse metas para milenios: - para que por fin
acabasen tanto la comedia, que ha durado demasiado, de su división en pequeños Estados
como sus veleidades dinásticas y democráticas. El tiempo de la política pequeña ha
pasado: ya el próximo siglo trae consigo la lucha por el dominio de la tierra, - la
coacción a hacer una política grande.
209
Hasta qué punto la nueva edad bélica en que nosotros los europeos hemos manifiestamente
entrado va a favorecer quizá también el desarrollo de una especie distinta y más fuerte
de escepticismo es cosa sobre la cual yo quisiera expresarme por el momento nada más que
mediante una imagen, que los amigos de la historia alemana comprenderán. Aquel
irreflexivo entusiasta de los granaderos guapos y altos que, como rey de Prusia, dio vida a un genio militar y escéptico - y
con ello, en el fondo, a ese nuevo tipo de alemán que justo ahora aparece victoriosamente
en el horizonte -, el ambiguo y loco padre de Federico el Grande, tuvo también en un
único punto la zarpa y la garra afortunada del genio: supo qué era lo que faltaba
entonces en Alemania, y cuál era la falta que resultaba cien veces más angustiosa y
urgente que, por ejemplo, la falta de cultura y de forma social, - su aversión por el
joven Federico provenía de la angustia de un instinto profundo. Faltaban varones; y él
recelaba, para amarguísimo fastidio suyo, que su propio hijo no era suficientemente
varón. En esto se engañó: mas ¿quién no se habría engañado en su lugar? Veía a su
hijo víctima del ateísmo, del Esprit [espíritu]l de la deleitosa frivolidad de
franceses llenos de ingenio: - veia en el trasfondo la gran chupadora de sangre, la araña
del escepticismo, sospechaba la incurable miseria de un corazón que ya no es bastante
fuerte ni para el bien ni para el mal, de una voluntad rota que ya no da órdenes, que ya
no puede dar órdenes. Pero entre tanto se desarrolló en su hijo aquella especie nueva,
más peligrosa y más dura, de escepticismo, - ¿quién sabe hasta qué punto favorecida
precisamente por el odio del padre y por la gélida melancolía de una voluntad que se
había hecho solitaria? - el escepticismo de la virilidad temeraria, que está
estrechamente emparentado con el genio para la guerra y para la conquista y que hizo su
primera entrada en Alemania bajo la figura del gran Federico. Este escepticismo desprecia
y, sin embargo, atrae hacia sí; socava y se posesiona; no cree, pero no se pierde en eso;
otorga al espíritu una libertad peligrosa, pero al corazón lo sujeta con rigor; es la forma alemana del escepticismo,
que, en forma de un fredericianismo prolongado y elevado hasta lo más espiritual, ha
tenido sometida durante largo tiempo a Europa bajo el dominio del espíritu alemán y de
su desconfianza crítica e histórica. Gracias al indomable, fuerte y tenaz carácter
viril de los grandes filólogos y críticos de la historia alemanes (los cuales, si se los
mira bien fueron todos ellos también artistas de la destrucción y de la disgregación)
se estableció poco a poco, pese a todo el romanticismo en música o en filosofía, un
nuevo concepto del espíritu alemán, en el que destacaba decisivamente la tendencia al
escepticismo viril: ya, por ejemplo, como intrepidez de la mirada, ya como valentía y
dureza de la mano al descomponer cosas, ya como tenaz voluntad de emprender peligrosos
viajes de descubrimiento, espiritualizadas expediciones al polo norte bajo cielos
desolados y peligrosos. Sin duda está bien justificado el que hombres humanitarios, de
sangre fría, superficiales, se santigüen precisamente ante ese espíritu: cet esprit
fataliste, ironique, rnéphistophéliqe [ese espíritu fatalista, irónico, mefistofélico]
lo denomina, no sin estremecimientos, Michelet. Pero
si alguien quiere percibir qué distinción tan grande representa ese miedo al avarón»
existente en el espíritu alemán, que despertó a Europa de su «somnolencia dogmática», recuerde el antiguo
concepto que fue necesario superar con él, - y cómo no hace tanto tiempo que a una mujer
masculinizada le fue lícito, con una desbocada
presunción, osar recomendar los alemanes a la simpatía de Europa, como cretinos suaves y
poéticos, huecos de corazón y débiles de voluntad.
Entiéndase por fin con suficiente profundidad el asombro de Napoleón cuando vio a
Goethe: ese asombro delata lo que durante siglos se había entendido por «espíritu
alemán». «Voilà un homme»-. quería decir: «¡Eso
es un varón! ¡Y yo había aguardado únicamente un alemán!»-
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Suponiendo, pues, que en la imagen de los filósofos del futuro haya algún rasgo que
permita adivinar que acaso ellos tengan que ser escépticos en el sentido recién
insinuado, con esto no habríamos designado más que algo en ellos - y no a ellos mismos.
Idéntico derecho tienen a hacerse llamar críticos; y sin ninguna duda serán hombres de
experimentos. Mediante el nombre con que he osado bautizarlos he subrayado ya de modo
expreso el experimentar y el placer de experimentar:¿ lo he hecho porque a ellos, en
cuanto críticos de los pies a la cabeza, les gusta servirse del experimento en un sentido
nuevo, quizá más amplio, quizá más peligroso? En su pasión de conocimiento, ¿tienen
ellos que llegar, con sus temerarios y dolorosos experimentos, más allá de lo que puede
aprobar el reblandecido y debilitado gusto de un siglo democrático? - No hay duda: a esos
venideros es a los que menos les será lícito abstenerse de aquellas propiedades serias y
no exentas de peligro que diferencian al crítico del escéptico, quiero decir, la
seguridad de los criterios valorativos, el manejo consciente de una unidad de método, el
coraje alertado, el estar solos y el poder responder de sí mismos; más aún, admiten la
existencia en ellos de un placer en el decir no y en el desmembrar las cosas, y de una
cierta crueldad juiciosa que sabe manejar el cuchillo con seguridad · finura, aun cuando
el corazón sangre. Serán más duros (y quizá no sólo siempre contra sí mismos) de lo
que las personas humanitarias pensarían, no establecerán relaciones con la «verdad»
para que ésta les «agrade» o los «eleve» o los «entusiasme»: - antes bien, será
parca su creencia de que precisamente la verdad comporta tales placeres para el
sentimiento. Sonreirán, estos espíritus rigurosos, cuando alguien diga ante ellos. «Ese
pensamiento me levanta: ¿cómo no iba a ser él verdadero?» O: «Esa obra me encanta:
¿cómo no iba a ser ella hermosa?» O: «Ese artista me engrandece: ¿cómo no iba a ser
él grande?» - acaso tengan preparada no sólo una sonrisa, sino una auténtica náusea
frente a todo lo que de ese modo sea iluso, idealista, femenino, hermafrodita, y quien
supiera seguirlos hasta las cámaras ocultas de su corazón difícilmente encontraría
allí el propósito de conciliar los «sentimientos cristianos» con el «gusto antiguo»
y menos aún con el «parlamentarismo moderno» (propósito conciliador que, en nuestro
muy inseguro y, por consiguiente, muy conciliador siglo, se encontrará incluso entre los
filósofos). Esos filósofos del futuro se exigirán a sí mismos no sólo una disciplina
crítica y todos los hábitos que conducen a la limpieza y al rigor en los asuntos del
espíritu: les será lícito ex-hibirse a sí mismos como su especie de ornamento, - a
pesar de ello, no por esto quieren llamarse todavía críticos. Paréceles una afrenta no
pequeña que se hace a la filosofía el que se decrete, como hoy se gusta de hacer: «la
filosofía misma es crítica y ciencia crítica - ¡y nada más que eso!» Aunque esta
valoración de la filosofía goce del aplauso de todos los positivistas de Francia y de
Alemania (- y sería posible que hubiese halagado incluso al corazón y al gusto de Kant
recuérdese el título de sus obras capitales -): nuestros nuevos filósofos dirán a
pesar de eso: ¡los críticos son instrumentos del filósofo, y precisamente por eso, por
ser instrumentos, no son aún, ni de lejos, filósofos! También el gran chino de Königsberg era únicamente un gran crítico. -
211
Insisto en que se deje por fin de confundir a los obreros filosóficos y, en general, a
los hombres científicos con los filósofos, - en que justo aquí se dé rigurosamente «a
cada uno lo suyo», a los primeros no demasiado, y a los segundos no demasiado poco. Acaso
para la educación del verdadero filósofo se necesite que él mismo haya estado alguna
vez también en todos esos niveles en los que permanecen, en los que tienen que permanecer
sus servidores, los obreros científicos de la filosofía; él mismo tiene que haber sido
tal vez crítico y escéptico y dogmático e historiador y, además, poeta y coleccionista
y viajero y adivinador de enigmas y moralista y vidente y «espíritu libre» y casi todas
las cosas, a fin de recorrer el círculo entero de los valores y de los sentimientos de
valor del hombre y a fin de poder mirar con muchos ojos y conciencias, desde la altura
hacia toda lejanía, desde la profundidad hacia toda altura, desde el rincón hacia toda
amplitud. Pero todas estas cosas son únicamente condiciones previas de su tarea: esta
misma quiere algo distinto, - exige que él crec valoves. Aquellos obreros filosóficos
modelados según el noble patrón de Kant y de Hegel tienen que establecer y que reducir a
fórmulas cualquier gran hecho efectivo de valoraciones - es decir, de anteriores
posiciones de valor, creaciones de valor que llegaron a ser dominantes y que durante
algún tiempo fueron llamadas «verdades» - bien en el reino de lo lógico, bien en el de
lo político (moral), bien en el de lo artístico. A estos investigadores les incumbe el
volver aprehensible, manejable, dominable con la mirada, dominable con el pensamiento todo
lo que hasta ahora ha ocurrido y ha sido objeto de aprecio, el acortar todo lo largo, más
aún, «el tiempo» mismo, y el sojuzgar el pasado entero: inmensa y maravillosa tarea en
servir a la cual pueden sentirse satisfechos con seguridad todo orgullo sutil, toda
voluntad tenaz. Pero los anténticos filósofos
son hombres que dan órdenes y legislan: dicen «¡así debe ser! », son ellos los que
determinan el «hacia dónde» y el «para qué» del ser humano, disponiendo aquí del
trabajo previo de todos los obreros filosóficos, de todos los sojuzgadores del pasado, -
ellos extienden su mano creadora hacia el futuro, y todo lo que es y ha sido conviértese
para ellos en medio, en instrumento, en martillo. Su «conocer» es crear, su crear es
legislar, su voluntad de verdad es - voluntad de poder, - ¿Existen hoy tales filósofos?
¿Han existido ya tales filósofos? ¿No tienen qué existir tales filósofos?....
212
Va pareciéndome cada vez más que el filósofo, en cuanto es un hombre necesario del
mañana y del pasado manana, se ha encontrado y ha tenido que encontrarse siempre en
contradicción con su hoy: su enemigo ha sido siempre el ideal de hoy. Hasta ahora todos
esos extraordinarios promotores del hombre a los que se les da el nombre de filósofos, y
que raras veces se han sentido a sí mismos como amigos de la sabiduría, sino más bien
como necios desagradables y como peligrosos signos de interrogación, - han encontrado su
tarea, su dura, involuntaria, inevitable tarea, pero finalmente la grandeza de su tarea,
en ser la conciencia malvada de su tiempo. Al poner su cuchillo, para viviseccionarlo,
precisamente sobre el pecho de las virtudes de su tiempo, delataban cuál era su secreto
propio: conocer una nueva grandeza del hombre, un nuevo y no recorrido camino hacia su
engrandecimiento. Siempre han puesto al descubierto cuánta hipocresía, espíritu de
comodidad. dejarse ir y dejarse caer, cuánta mentira yace oculta bajo los tipos más
venerados de la moralidad contemporánea, cuánta virtud estaba anticuada, siempre
dijeron: «Nosotros tenemos que ir allá, allá fuera, donde hoy vosotros menos os sentís
como en vuestra casa.» A la vista de un mundo de «ideas modernas», el cual confinaría
a cada uno a un rincón y «especialidad», un filósofo, en el caso de que hoy pueda
haber filósofos, se vería forzado a situar la grandeza del hombre, el concepto
«grandeza», precisamente en su amplitud y multiplicidad, en su totalidad en muchas
cosas: incluso determinaría el valor y el rango por el número y diversidad de cosas que
uno solo pudiera soportar y tomar sobre sí, por la amplitud que uno solo pudiera dar a su
responsabilidad. Hoy el gusto de la época y la virtud de la época debilitan y
enflaquecen la voluntad, nada está tan en armonía con la época como la debilidad de la
voluntad: por tanto, en el ideal del filósofo tienen que formar parte del concepto
«grandeza» justo la fortaleza de la voluntad, justo la dureza y capacidad para adoptar
resoluciones largas; con el mismo derecho con que la doctrina opuesta y el ideal de una
humanidad idiota, abnegada, humilde, dcsinteresada serían adecuados a una época opuesta,
a una época que, como el siglo XVI, sufriese a causa de su acumulada energía de voluntad
y a causa de las aguas y mareas totalmente salvajes del egoísmo. En la época de
Sócrates, entre hombres de instinto fatigado, entre viejos atenienses conservadores que
se dejaban ir - «hacia la felicidad», según ellos decían, hacia el placer, según
ellos obraban - y que, al hacerlo, continuaban empleando las antiguas y espléndidas
palabras a las cuales no les daba derecho alguno su vida desde hacía mucho tiempo, quizá
fuese necesaria, para la grandeza del alma, la ironia, aquella maliciosa ironía
socrática del viejo médico y plebeyo que sajaba sin misericordia tanto su propia carne
como la carne y el corazón del «aristócrata», con una mirada que decía bastante
inteligiblemente: «¡No os disfracéis delante de mí! ¡Aquí - somos iguales! » Hoy, a
la inversa, cuando en Europa es el animal de rebaño el único que recibe y que reparte
honorcs, cuando la «igualdad de derechns» podría transformarse con demasiada facilidad
en la igualdad en la injusticia: yo quiero decir, combatiendo conjuntamente todo lo raro,
extraño, privilegiado del hombre superior, del deber superior, de la responsabilidad
superior, de la plenitud de poder y el dominio superiores, - que hoy el ser aristócrata,
el querer ser para sí, el poder ser distinto, el estar solo y el tener que vivir por sí
mismo forman parte del concepto «grandeza»; y el filósofo delatará algo de su propio
ideal cuando establezca: «El más grande será el que pueda ser el más solitario, el
más oculto, el más divergente, el hombre más allá del bien y del mal, el señor de sus
virtudes, el sobrado de voluntad; grandeza debe llamarse precisamente el poder ser tan
múltiple como entero, tan amplio como pleno.» Y hagamos una vez más la pregunta: ¿es
hoy - posible la grandeza?
213
Lo que un filósofo es, eso resulta difícil de aprender, pues no se puede enseñar: hay
que «saberlo», por experiencia, - o se debe tener el orgullo de no saberlo. Pero que hoy
todo el mundo habla de cosas con respecto a las cuales no puede tener experiencia alguna,
eso es algo que se aplica ante todo y de la peor manera a los filósofos y a los estados
de ánimo filosóficos: - poquísimos son los que los conocen, poquísimos son aquellos a
los que les es lícito conocerlos, y todas las opiniones populares sobre ellos son falsas.
Así, por ejemplo, la mayor parte de los pensadores y doctos no conocen por experiencia
propia esa coexistencia genuinamente filosófica entre una espiritualidad audaz y
traviesa, que corre presto, y un rigor y necesidad dialécticos que no dan ningún paso en
falso, y por ello, en el caso de que alguien quisiera hablar de esto delante de los
mismos, resultaría indigno de fe. Ellos se representan toda necesidad como una pena,como
un penoso tener-que-seguir y ser-forzado; y el mismo pensar lo conciben como algo lento,
vacilante, casi como una fatiga, y, con bastante frecuencia, como «digno del sudor de los nobles» - ¡pero no, en modo alguno, como
algo ligero, divino, estrechamente afín al baile, a la petulancia! «Pensar» y «tomar
en serio», «tomar con gravedad» una cosa - en ellos esto va junto: únicamente así lo
han «vivido» ellos - Acaso los artistas tengan en esto un olfato más sutil: ellos, que
saben demasiado bien que justo cuando no hacen ya nada «voluntariamente», sino todo
necesariamente, es cuando llega a su cumbre su sentimiento de libertad, de finura, de
omnipotencia, de establecer, disponer, configurar creadoramente, - en suma, que entonces
es cuando la necesidad y la «libertad de la voluntad» son en ellos una sola cosa. Hay,
finalmente, una jerarquía de estados anímicos a la cual corresponde la jerarquía de los
problemas; y los problemas supremos rechazan sin piedad a todo aquel que se atreve a
acercarse a ellos sin estar predestinado, por la altura y el poder de su cspiritualiad a
darles solución. ¡De que sirve el que flexibles cabezas universales o mecánicos y
empíricos desmañados y bravos se esfuercen, como hoy sucede de tantos modos, por
acercarsc: a ellos con su ambición de plebeyos y por penetrar, si cabe la expresion, en
esa «corte de las cortes»! Pero a los pies groseros nunca les es lícito pisar tales
alfombras: de eso ha cuidado la ley primordial de las cosas; las puertas permanecen
cerradas para estos intrusos, aunque se den de cabeza contra ellas y se la rompan! Para
entrar en un mundo elevado hay que haber nacido, o dicho con más claridad, hay que haber
sido cuiado para él: derecho a la filosofía - tomando esta palabra en el sentido grande
- sólo se tiene gracias a la ascendencia, también aquí son los antecesores, la
«sangre» los que deciden. Muchas generaciones tienen que haber trabajado
anticipadamente para que surja el filósofo; cada una de sus virtudes tiene que haber sido
adquirida, cultivada, heredada, apropiada individualmente, y no sólo el paso y carrera
audaces, ligeros, delicados de los pensamientos, sino sobre todo la prontitud para las
grandes responsabilidades, la soberanía de las miradas dominadoras, de las miradas hacia
abajo, el sentirse a sí mismo separado de la multitud y de sus deberes y virtudes, el
afable proteger y defender aquello que es malentendido y calumniado, ya sea Dios, ya sea
el demonio, el placer. Si la ejercitación en la gran justicia, el arte de mandar, la
amplitud de la voluntad, el ojo lento, que raras veces admira, raras veces mira hacia
arriba, raras veces ama...
ARTISTAS:
Vease, antes, nota 66.
ALABANZAS AGRADABLES:
Nietzsche alude aquí al provervio alemán Eigenlob
stinkt [La alabanza de sí mismo hiede].
ENGREIDOS:
En alemán hace Nietzsche un juego de palabras
con los términos gebildet [culto] y eingebildet [engreido].
EUGEN DÜHRING:
En repetidas ocasiones insiste Nietzsche en
calificar de ese modo a E. Dühring. Así, en La genealogia de la moral,
II, 11, lo llama «agitador», y más adelante, III, 14, «apóstol berlinés de la
venganza». En III, 26, vuelve a hablar de su anarquismo.
EDUARD von HARTMANN:
La calificación de amalgamista», aplicada
aquí por Nietzsche a Eduard von Hartmann (1842-1906), filósofo
alemán, cuya obra principal es La filosofía del inconsciente (1869), se refiere
al intento de este filósofo de fundir o amalgamar a Hegel (el espíritu), Schelling (el
inconsciente) y Schopenhauer (la voluntad).
EPOJÍSTICA:
Nietzsche acuña el término alemán Epochistik derivándolo del griego Épojé
(inhibición, suspensión del juicio), usado por los escépticos antiguos. Según Sexto
el Empírico, la Èpojé consiste en «un estado de reposo mental en el cual
ni afirmamos ni negamos».
EL GENIO:
Nietzsche repite este mismo pensamiento más
tarde, en el aforismo 248 . La concepción nietzscheana del genio puede verse en
innumerables pasajes de sus obras, y de manera muy especial en Crepúsculo de los
ídolos, «Incursiones de un intempestivo», aforismo 44, titulado «Mi concepto del
genio».
IPSISSIMOSIDAD:
Ipsissimosität es término
acuñado por Nietzsche, derivándolo del latín ipsissimus [mismísimo],
superlativización de ipse [el mismol. Tal vez se podría castellanizar también por
«mismisimosidad».
JE NE MÉPRISE PRESQUE RIEN:
El contexto en que aparece esta expresión en Leibniz
es el siguiente: «Yo no desprecio casi nada, y nadie es menos crítico
que yo. Suena raro: pero yo apruebo casi todo lo que leo, pues sé bien que las cosas se
pueden concebir de modos muy distintos, y, por eso, mientras leo, encuentro muchas cosas
que toman bajo su protección o defienden al autor.»
PESIMISMO DE LA BONAE VOLUNTATIS:
Las expresiones Nein sagen [decir no], Nein
wollen [querer no] y Nein tun [hacer no],
verdaderamente violentadoras del lenguaje, ya las habia empleado Nietzsche varias
veces en Asi habló Zaratustra. Véase también Ecce homo. Mantenemos su
violencia en esta traducción, en lugar de suavizarla.
ENDEREZAR LO TORCIDO:
Nietzsche adapta aquí, empleándola a su
manera, una expresión biblica (Miqueas, 3, 9: «Escuchad vosotros los que
volvéis torcido todo lo derecho»). En Asi habló Zaratustra, «En
las islas afortunadas», habia dicho Nietzsche: «Dios es un pensamiento que
vuelve torcido todo lo derecho.»
L' ART POUR L' ART:
«El arte por el arte» es frase acuñada en
1836 por el filósofo francés V. Cousin (1792-1867) y difundida sobre todo por Th.
Gautier (1811-1872) en el prólogo a su novela Mademoiselle
de Maupin. Con ella se rechaza toda heteronomia del arte. Nietzsche alude a
ella también más tarde, en el aforismo 254.
POLÍTICA GRANDE:
Sobre la «política grande» véase Aurora,
aforismo 189, «De la gran política». Véase asimismo Ecce homo, «Por qué soy
un destíno»,1 : «Sólo a partir de mí existe en la tierra la gran política.»
REY DE PRUSIA:
Nietzsche alude al rey de Prusia Federico
Guillermo I (1688-1740), llamado «el rey sargento», padre de Federico el Grande; el
enfrentamíento de éste con su padre (al que luego alude Nietzsche) fue tan
grande que, tras una tentativa de fuga, el hijo fue encarcelado en 1730, en Küstrin, y su
amigo Katte, ejecutado.
CORAZÓN SUJETO:
Véanse, antes, nota 60, y aforismo 87 de esta obra.
MICHELET:
Jules Michelet (1798-1874). Uno de los más
grandes historiadores franceses del siglo pasado. Su obra fundamental es Historia de
Francia, en 17 tomos (publicada desde 1833 hasta 1867). La derrota de Francía a
manos de Alemania en 1870 le hizo escribir uno de sus libros más conocidos: Francia
ante Europa.
SOMNOLENCIA DOGMÁTICA:
Nietzsche toma prestada de Kant la
expresión dogmatischer Schlummer con que éste (Prolegómenos,
introducción) califica su situación filosófica anterior a la lectura de Hume.
El texto de Kant es el siguiente: «Lo confieso con franqueza: la advertencia
de David Hume fue precisamente la que, hace muchos años, interrumpió en primer término
mi somnolencia dogmática, y la que dio una dirección completamente distinta a mis
investigaciones en el campo de la filosofia especulativa.»
MUJER MASCULINIZADA:
La «mujer masculinizada» a que Nietzsche alude
es la escritora francesa baronesa de Staël (1766-1817), quien con su obra De
l'Allemagne (1810) creó en Francia la imagen de una Alemania habitada por pensadores
ajenos al mundo y por poetas soñadores. En Asi habló Zaratustra, «De la virtud
empequeñecedora») había empleado Nietzsche una expresión similar: «Hay
aquí pocos hombres: por ello se masculinizan sus mujeres.» Más adelante,
aforismos 232 y 233, vuelve Nietzsche a referirse a la baronesa de
Staël.
VOILA UN HOMME:
El encuentro de Goethe con Napoleón
tuvo lugar en Erfurt, el 2 de octubre de 1808, en presencia de Talleyrand y de otros
dignatarios. En él ambos hablaron del Werther, del Mahoma de Voltaire,
y del teatro clásico. La escena y las palabras exactas de Napoleón, tal como las narra Goethe
en sus recuerdos, se desarrollaron de este modo: «A las doce del día estaba
citado con el emperador... Me introducen... El emperador está sentado a una gran mesa
redonda, almorzando... El emperador me indica por señas que me acerque. Yo me mantengo en
pie, a la debida distancia. Luego me mira atentamente Y me dice: Vous étes un
homme! Yo me inclino...»
EL GRAN CHINO:
En esta extraña fórmula culmina, por asi decirlo, la
siempre viva relación, mezcla de admiración y de insatisfacción, de Nietzsche
frente a Kant. Desde los tiempos (1868) en que quiso hacer una tesis doctoral
sobre el tema «El concepto de lo orgánico a partir de Kant» (influido por la detenida
lectura del Kant de K. Fischer), pasando por el magnífico homenaje que le rinde en El
nacimiento de la tragedia, 18, hasta los sarcasmos de La gaya ciencia,
aforismo 335 (Kant como una zorra que, habiendo conseguido
romper los barrotes de su jaula, vuelve a entrar por error en ella), y los de esta misma
obra (véanse antes aforismo 5, y aforismo 11), Nietzsche alaba y censura
constantemente a Kant, pero lo tiene presente en todo instante. Lo que aquí
quiere decir «chino» (Níetzsche vuelve a emplear otra vez ese
mismo adjetivo para calificar a Kant en El Anticristo, aforismo 11) puede
aclararse leyendo el aforismo 267 del libro que el lector tiene en sus manos, y recordando
que en La gaya ciencia, aforismo 377, «chineria»
equivale a «mediocrización», asi como lo que dice en La
genealogia de la moral, I, 16, donde afirma que chinos, alemanes y judíos tienen
cualidades análogas, pero que estos últimos son de primer rango, mientras que los dos
primeros lo son de quinto.
SUDOR DE LOS NOBLES:
La frase citada por Nietzsche es de F. G.
Klopstock (1724-1803), quien dice repetidas veces en su oda El lago de Zurich
que la inmortalidad del poeta es «digna del sudor de los nobles».
SECCIÓN SEPTIMA:Nuestras virtudes
¿Nuestras virtudes? - Es probable que también nosotros sigamos teniendo
nuestras virtudes, aunque, como es obvio, no serán aquellas candorosas y macizas virtudes
en razón de las cuales honramos a nuestros abuelos, pero también los mantenemos un poco
distanciados de nosotros. Nosotros los europeos de pasado mañana, nosotros primicias del
siglo xx, - con toda nuestra peligrosa curiosidad, con nuestra complejidad y nuestro arte
del disfraz, con nuestra reblandecida y, por-así decirlo, endulzada crueldad de espíritu
y de sentidos, - nosotros, si es que debíeramos tener virtudes, tendremos presumiblemente
sólo aquellas que hayan aprendido a armonizarse de manera óptima con nuestras
inclinaciones más secretas e íntimas, con nuestras necesidades más ardientes: ¡bien,
busqué moslas de una vez en nuestros laberintos!- en los cuales, como es sabido, son
muchas las cosas que se extravían, muchas las cosas que se pierden del todo. ¿Y hay algo
más hermoso que buscar nuestras propias virtudes? ¿No significa esto ya casi: creer en
nuestra propia virtud? Pero este «creer en nuestra virtud» - ¿no es en el fondo lo
mismo que en otro tiempo se llamaba nuestra «buena conciencia», aquella venerable trenza
conceptual de larga cola que nuestros abuelos se colgaban detrás de su cabeza y, con
bastante frecuencia, también detrás de su entendimiento? Parece, pues, que, aunque
nosotros nos consideremos muy poco pasados de moda y muy poco respetables a la manera de
nuestros abuelos, hay una cosa en la que, sin embargo, somos los dignos nietos de tales
abuelos, nosotros los últimos europeos con buena conciencia: también nosotros seguimos
llevando la trenza de ellos. - ¡Ay! ¡Si supieseis qué pronto, qué pronto ya - las
cosas serán distintas!
215
Así como en el reino de los astros son a veces dos los soles que determinan la órbita de
un único planeta, así como en determinados casos soles de color diverso iluminan un
único planeta, unas veces con luz roja, otras con luz verde, y luego lo iluminan de nuevo
los dos a la vez y lo inundan de una luz multicolor: así nosotros los hombres modernos,
gracias a la complicada mecánica de nuestro «cíelo estrellado», estamos determinados -
por morales diferentes; nuestras acciones brillan alternativamente con colores distintos,
raras veces son unívocas, - y hay bastantes casos en que realizamos acciones
multicolores.
216
¿Amar a nuestros enemigos? Yo creo que eso se ha aprendido bien: hoy eso ocurre de mil
maneras, en lo grande y en lo pequeño; más aún, a veces ocurre ya algo más elevado y
más sublime - nosotros aprendemos a despreciar cuando amamos, y precisamente cuando mejor
amamos: - pero todo esto ocurte de manera inconsciente, sin ruido, sin pompa, con aquel
pudor y ocultamiento de la bondad que prohíben a la boca decir la palabra solemne y la
fórmula de la virtud. La moral como afectación - repugna hoy a nuestro gusto. Esto es
también un progreso: como el progreso de nuestros padres fue el que a su busto acabase
por repugnarle la religión como afectación, incluidas la hostilidad y la acritud
volteriana contra la religión (y todo lo que en aquel tiempo formaba parte del lenguaje
de gestos de los librepensadores). Con la música que hay en nuestra conciencia, con el
baile que hay en nuestro espíritu es con lo que no quieren armonizar ninguna letanía
puritana, ningún sermón moral y ninguna probidad.
217
¡Ponerse en guardia contra quienes dan mucho valor a que se confíe en su tacto y
sutileza morales en materia de distinciones morales! Ellos no nos perdonan jamás el
haberse equivocado alguna vez en presencia nuestra (y, más aún, a propósito de
nosotros), - inevitablemente se convierten en nuestros calumniadores y detractores
instintivos, aun cuando continúen siendo «amigos» nuestros. - Bienaventurados los
olvidadizos: pues «digerirán» incluso sus estupideces.
218
Los psicólogos de Francia - ¿y en qué otro lugar existen hoy psicólogos? - no han acabado aún de saborear el
amargo y multiforme placer que encuentran en la bêtise bourgeoise [estupidez burguesa],
como si, por así decirlo..., basta, con esto ellos delatan una cosa. Flaubert, por
ejemplo, el honrado burgués de Rouen, no vio, ni oyó, ni saboreó, en última instancia,
más que esto: constituía su especie propia de autotortura y de sutil crueldad. Ahora
bien, yo recomiendo, para variar - pues la cosa se vuelve aburrida-, algo maravillosamente
distinto: la astucia inconsciente con que todos los buenos,
gordos y honrados espíritus de la mediocridad se comportan respecto de los espíritus
superiores y las tareas de éstos, aquella astucia sutil, ganchuda, jesuítica, que
resulta mil veces más sutil que el entendimiento y el gusto de esa clase media en sus
mejores instantes - más sutil incluso que el entendimiento de sus victimas -: para que
quede reiteradamente demostrado que el «instinto» es la más inteligente de todas las
especies de inteligencia descubiertas hasta ahora. En suma, estudiad, psicólogos, la
filosofía de la «regla» en lucha con la «excepción»: ¡ahí tenéis un espectáculo
que resulta bastante bueno para los dioses y para la malicia divina! O, dicho de modo más
actual: ¡viviseccionad al «hombre bueno», al homo bonae voluntatis [hombre de buena
voluntad]..., a nosotros!
219
El juicio y la condena morales constituyen la venganza favorita de los hombres
espiritualmente limitados contra quienes no lo son tanto, y también una especie de
compensación por el hecho de haber sido mal dotados por la naturaleza, y, en fin, una
ocasión de adquirir espíritu y volverse sutiles: - la maldad espiritualiza. En el fondo
de su corazón les agrada que exista un criterio frente al cual incluso los hombres
colmados de bienes y privilegios del espíritu se equiparan a ellos: - luchan por la
«igualdad de todos ante Dios», y para esto casi necesitan ya la fe en Dios. Entre ellos
se encuentran los adversarios más vigorosos del ateísmo. Quien les dijera «una
espiritualidad elevada no tiene comparación con ninguna probidad ni respetabilidad de un
hombre que sea precisamente sólo moral», los pondría furiosos: - yo me guardaré de
hacerlo. Quisiera, antes bien, halagarlos con mi tesis de que una espiritualidad elevada
subsíste tan sólo como último aborto de cualidades morales; que ella constituye una
síntesis de todos aquellos estados atribuidos a los hombres «sólo morales», una vez
que se los ha conquistado, uno a uno, mediante una disciplina y un ejercicio prolongados,
tal
vez en cadenas enteras de generaciones; que la espiritualidad elevada es precisamente la
espiritualización de la justicia y de aquel rigor bonachón que se sabe encargado de
mantener en el mundo el orden del rango, entre las cosas mismas - y no sólo entre los
hombres.
220
Dado que la alabanza del «desinteresado» es tan popular ahora, tenemos que cobrar
consciencia, tal vez no sin algún peligro, de qué es aquello por lo que el pueblo se
interesa propiamente y de cuáles son en general las cosas de que el hombre vulgar se
preocupa por principio y a fondo: incluidos los hombres cultos, incluso los doctos, y, si
no me equivoco del todo, casi también los filósofos. El hecho que aquí sale a luz es
que la mayor parte de las cosas que interesan y atraen a gustos más sutiles y exigentes,
a toda naturaleza superior, ésas le parecen completamente «no interesantes» al hombre
medio: - y si éste, a pesar de todo, observa una dedicación a ellas, la califica de
désintéressé [desinteresada] y se asombra de que sea posible actuar
«desinteresadamente». Ha habido filósofos que han sabido dar una expresión seductora y
místicamente ultraterrenal a ese asombro popular (- ¿acaso porque no conocían por
experiencia la naturaleza superior?)- en lugar de establecer la verdad desnuda e
íntimamente justa de que la acción «desinteresada» es una acción muy
interesante e interesada, presuponiendo que... «¿Y el amor?» - ¡Cómo! ¿También una
accción realizada por amor será «no egoísta»? ¡Pero, cretinos! - «¿Y la alabanza
del que se sacrifica?» - Mas quien ha realizado verdaderamente sacrificios sabe que él
quería algo a cambio de ellos, y que lo consiguió, - tal vez algo de sí a cambio de
algo de sí - que dio algo en un sitio para tener más en otro, acaso para ser más o para
sentirse a sí mismo como «más». Es éste, sin embargo, un reino de preguntas y
respuestas en el que a un espíritu exigente no le gusta detenerse: hasta tal punto
necesita aquí la verdad imprimir el bostezo cuando tiene que dar respuesta. En última
instancia es la verdad una mujer: no se le debe hacer
violencia.
221
Ocurre, decía un pedante y doctrinario moralista, que yo honro y trato con distinción a
un hombre desinteresado: pero no porque éste sea desinteresado, síno porque me parece
que tiene derecho a ser, a costa suya, útil a otro hombre. Bien, la cuestión está
siempre en saber quién es aquél y quién es éste. En un hombre destinado y hecho para
mandar, por ejemplo, el negarse sí mismo y el posponerse modestamente no sería una
virtud, sino la disipación de una virtud: asi me parece a mí. Toda moral no egoísta que
se considere a sí misma incondicional y que se dirija a todo el mundo no peca solamente
contra el gusto: es una incitación a cometer pecados de omisor:. es una seducción
más, bajo máscara de filantropía - y cabalmente una seducción y un daño de los
hombres superiores, más raros, más privilegiados. A las morales hay que forzarlas a que
se inclinen sobre todo ante la jerarquía, hay que meterles en la conciencia su
presunción, - hasta que todas acaben viendo con claridad que es inmoral decir: «Lo que
es justo para uno es justo para otro.» - Así dice mi pedante y bonhomme [buen hombre
moralista]: ¿merecería sin duda que nos riésemos de él cuando así
predicaba moralidad a las morales? Más si queremos tener de nuestro lado a los que rien
no debemos tener demasiada razón; una pizca de falta de razór forma parte incluso del
buen gusto.
222
En los lugares en que hoy se predica compasión - y, si se escucha bien, ahora no se
predica ya ninguna otra religión -, abra el psicólogo sus oídos: a través de toda la
vanidad, a través de todo el ruido que son propios de tales predicadores (como de todos
los predicadores), oirá un ronco, quejoso, genuino acento de autodesprecio. Este forma
parte de aquel ensombrecimiento y afeamiento de Europa que desde hace un siglo no hace
más que aumentar (y cuyos primeros síntomas están consignados ya en una pensativa carta
de Galiani a madame D' Epinay): ¡si es que no es la causa de ellos! El hombre de las
«ideas modernas», ese mono orgulloso, está inmensamente descontento consigo mismo: esto
es seguro. Padece: y su vanidad quiere que él sólo «com-padezca»...
223
El mestizo hombre europeo -. Un plebeyo bastante feo, en conjunto - necesita desde luego
un disfraz: necesita la ciencia histórica como guardarropa de disfraces. Es cierto que se
da cuenta de que ninguno de éstos cae bien a su cuerpo, - cambia y vuelve a cambiar.
Examínese el siglo xix en lo que respecta a esas predilecciones y variaciones rápidas de
las mascaradas estilísticas; también en lo que se refiere a los instantes de
desesperación porque «nada nos cae bien». - Inútil resulta exhibirse con traje
romántico, o clásico, o cristiano, o florentino, o barroco, o «nacional» in moribus et
artibus [en las costumbres y en las artes]: ¡nada «viste»! Pero el «espintu», en
especial el «espíritu histórico», descubre su ventaja incluso en esa desesperación:
una y otra vez un nuevo fragmento de prehistoria y de extranjero es ensayado, adaptado,
desechado, empaquetado y, sobre todo,
estudiado - nosotros somos la primera época estudiada in puncto [en asunto] de
«disfraces», quiero decir, de morales, de artículos de fe, de gustos artisticos y de
religiones, nosotros estamos preparados, como ningún otro tiempo lo estuvo, para el
carnaval de gran estilo, para la más espiritual petulancia y risotada de carnaval, para
la altuta trascendental de la estupidez suprema y de la irrisión aristofanesca del mundo.
Acaso nosotros hayamos descubierto justo aquí el reino de nuestra invención, aquel reino
donde también nosotros podemos ser todavía originales, como parodistas, por ejemplo, de
la historia universal y como bufones de Dios, - ¡tal vez, aunque ninguna otra cosa de hoy
tenga futuro, téngalo, sin embarge, precisamente nuestra risa!
224
El sentido histórico (o capacidad de adivinar con rapidez la jerarquía de las
valoraciones según las cuales han vivido un pueblo, una sociedad, un ser humano, el
«instinto adivinatorio» de las relaciones existentes entre esas valoraciones, de la
relación entre la autoridad de los valores y la autoridad de las fuerzas efectivas): ese
sentido histórico que nosotros los europeos reivindicamos como nuestra peculiaridad lo ha
traído a nosotros la encantadora y loca semibarbarie en que la mezcolanza democrática de
estamentos y razas ha precipitado a Europa, - el siglo xix ha sido el primero en conocer
ese sentido como su sexto sentido. El pasado de cada forma y de cada modo de vivir, de
culturas que antes se hallaban duramente yuxtapuestas, superpuestas, desemboca gracias a
esa mezcolanza, en nosotros, «almas modernas», a partir de ahora nuestros instintos
corren por todas partes hacia atrás, nosotros mismos somos una especie de caos -:
finalmente, como hemos dicho, «el espíritu» descubre en esto su ventaja. Gracias a
nuestra semibarbarie de cuerpo y de deseos tenemos accesos secretos a todas partes,
accesos no poseídos nunca por ninguna época aristocrática, sobre todo los accesos al
laberinto de las culturas incompletas y a toda semibarbarie que alguna vez haya existido
en la tierra; y en la medida en que la parte muy considerable de la cultura humana ha sido
hasta ahora precisamente semibarbarie, el «sentido histórico» significa casi el sentido
y el instinto para percibir todas las cosas, el gusto y la lengua para saborear todas las
cosas: con lo que inmediatamente revela ser un sentido no aristocrático. Volvemos a
gozar, por ejemplo, a Homero: quizá nuestro avance más afortunado sea el que sepamos
saborear a Homero, al que los hombres de una cultura arístocrática (por ejemplo, los
franceses del siglo xvii, como Saint-Evremond, que le
reprocha el esprit vaste [espíritu vastol e incluso todavía Voltaire, acorde final de
aquélla) no saben ni han sabido apropiárselo con tanta facilidad. El sí y el no, muy
precisos, de su paladar, su náusea fácil de aparecer, su vacilante reserva con relación
a todo lo heterogéneo, su miedo a la falta de gusto que puede haber incluso en la
curiosidad más viva, y, en general, aquella mala voluntad de toda cultura aristocrática
y autosatisfecha para confesarse un nuevo deseo, una insatisfacción en lo propio, una
admiración de lo extraño: todo eso predispone y previene desfavorablemente a estos
aristócratas aun frente a las mejores cosas del mundo que no sean propiedad suya o que no
puedan convertirse en presa suya, - y ningún sentido resulta más ininteligible a tales
hombres que justo el sentido histórico y su curiosidad sumisa, propia de plebeyos. Lo
mismo ocurre con Shakespeare, esa asombrosa síntesis hispano-moro-sajona del gusto, del
cual se habría reído o con el cual se habría enojado casi hasta morir un ateniense
antiguo,
amigo de Esquilo; pero nosotros - aceptamos precisamente, con una familiaridad y
cordialidad secretas, esa salvaje policromía; esa mezcla de lo más delicado sero y
artificial, nosotros gozamos a Shakespeare considerándolo como el refinamiento del arte
reservado precisamente a nosotros, y al hacerlo dejamos que las exhalaciones repugnantes y
la cercanía de la plebe inglesa, en medio de las cuales viven el arte y el gusto de
Shakespeare, nos incomoden tan poco como nos incomodan por ejemplo, en la Chiaja de Nápoles: donde nosotros seguimos nuestro camino
llevando todos los sentidos abiertos, fascinados y dóciles, aunque el olor de las cloacas
de los barrios plebeyos llene el aire. Nosotros los hombres del «sentido histórico»: en
cuanto tales, poseemos nuestras virtudes, no puede negarse, - carecemos de pretensiones,
somos desinteresados, modestos, valerosos, llenos de autosuperación, llenos de
abnegación, muy agradecidos, muy pacientes, muy acogedores: - con todo esto, quizá no
tengamos mucho «buen gusto». Confesémonoslo por fin: lo que a nosotros los hombres del
«sentido histórico» más difícil nos resulta captar, sentir, saborear, amar, lo que en
el fondo nos encuentra prevenidos y casi hostiles, es justo lo perfecto y lo
definitivamente maduro en toda cultura y en todo arte, lo auténticamente aristocrático
en obras y en seres humanos, su instante de mar liso y de autosatisfacción alciónica, la
condición áurea y fría que muestran todas las cosas que han alcanzado su perfección.
Tal vez nuestra gran virtud del sentido histórico consista en una necesaria antítesis
del buen gusto, al menos del óptimo gusto, y sólo de mala manera, sólo con
vacilaciones, sólo por coacción somos capaces de reproducir en nosotros precisamente
aquellas pequeñas, breves y supremas jugadas de suerte y transfiguraciones de la vida
humana que acá y allá resplandecen: aquellos instantes y prodigios en que una gran
fuerza se ha detenido voluntariamente ante lo desmedido e ilimitado -, en que gozamos de
una sobreabundancia de sutil placer en el repentino domeñarnos y quedarnos petrificados,
en el establecernos y fijarnos sobre un terreno que todavía tiembla. La moderación se
nos ha vuelto extraña, confesémoslo; nuestro prurito es
cabalmente el prurito de lo infinito, desmesurado. Semejantes al jinete que, montado sobre
un corcel, se lanza hacia adelante, asi nosotros dejamos caer las riendas ante lo
infinito, nosotros los hombres modernos, nosotros los semibárbaros - y no tenemos nuestra
bienaventuranza más que allí donde más - peligro corremos.
225
Lo mismo el hedonismo que el pesimismo lo mismo el utilitarismo que el eudemonismo: todos
esos modos de pensar que miden el valor de las cosas por el placer y el sufrimiento que
éstas producen, es decir, por estados concomitantes y cosas accesorias, son ingenuidades
y modos superficiales de pensar, a los cuales no dejará de mirar con burla, y también
con compasión, todo aquel que se sepa poseedor de fuerzas configuradoras y de una
conciencia de artista. ¡Compasión para con vosotros! no es, desde luego, la compasión
tal como vosotros la entendéis: no es compasión para con la «miseria» social, para con
la «sociedad» y sus enfermos y lisiados, para con los viciosos y arruinados de antemano,
que yacen por tierra a nuestro alrededor; y menos aún es compasión para con esas
murmurantes, oprimidas, levantiscas capas de esclavos que aspiran al dominio - ellas lo
llaman libertad - Nuestra compasión es una compasión más elevada, de vision más larga:
- ¡nosotros vemos cómo el hombre se empequeñece, cómo vosotros lo empequeñecéis- y
hay instantes en los que contemplamos precisamente vuestra compasión con una ansiedad
indescriptible, en los que nos defendemos de esa compasión --, en los que encontramos que
vuestra seriedad es más peligrosa que cualquier ligereza. Vosotros quereis, en lo
posible, eliminar el sufrimiento - y no hay ningún «en lo posible» más loco que ése
-; ¿y nosotros? - ¡parece cabalmente que nosotros preferimos que el sufrimiento sea más
grande y peor que lo ha sido nunca! El bienestar, tal como vosotros lo entendéis - ¡eso
no es, desde luego, una meta, eso a nosotros nos parece un final! Un estado que en seguida
vuelve ridículo y despreciable al hombre, - ¡que hace desear el ocaso de éste! La
disciplina del sufrimiento, del gran sufrimiento - ¿no sabéis que únicamente esa
disciplina es la que ha creado hasta ahora todas las elevaciones del hombre? Aquella
tensión del alma en la infelicidad, que es la que le inculca su fortaleza, los
estremecimientos del alma ante el espectáculo de la gran ruina, su ínventiva y valentía
en el soportar, perseverar, ínterpretar, aprovechar la desgracia, así como toda la
profundidad, misterio, máscara, espíritu, argucia, grandeza que le han sido donados al
alma: - ¿no le han sido donados bajo sufrimientos, bajo la disciplina del gran
sufrimiento? Criatura y creador están unidos en el hombre: en el hombre hay materia,
fragmento, exceso, fango, basura, sinsentido, caos; pero en el hombre hay también un
creador, un escultor, dureza de martillo, dioses-espectadores y séptimo día: -
¿entendéis esa antítesis? ¿Y que vuestra compasión se dirige a la «criatura en el
hombre», a aquello que tiene que ser configurado, quebrado, forjado, arrancado, quemado,
abrasado, purificado, a aquello que necesariamente tiene que sufrir y que debe sufrir? Y
nuestra compasión - ¿no os dais cuenta de a qué se dirige nuestra opuesta compasión,
cuando se vuelve contra vuestra compaslon, considerándola como el más perverso de todos
los reblandecimientos y debilidades? - ¡Así, pues, compasión contra compasión! - Pero,
dicho una vez más, hay problemas más altos que todos los problemas del placer, del
sufrimiento y de la compasión; y toda filosofía que no aboque a ellos es una ingenuidad.
-
226
¡Nosotros los inmoralistas! - Ese mundo que nos concierne a nosotros, en el cual nosotros
hemos de sentir miedo y sentir amor, ese mundo casi invisille e inaudible del mandato
sutll, de la obediencia sutil, un mundo del «casi» en todos los sentidos de la palabra,
ganchudo, insidioso, agudo, delicado: ¡sí, ese mundo está bien defendido contra los
espectadores obtusos y contra la curiosidad confianzuda! Nosotros nos hallamos
encarcelados en una rigurosa red y camisa de deberes, y no podemos salir de ella -, ,en
eso precisamente somos, también nosotros, ¡hombres del deber»! A veces, es verdad,
bailamos en nuestras «cadenas» y entre nuestras «espadas»; con mayor frecuencia aún,
no es menos verdad, rechinamos los dientes bajo ellas y estamos impacientes a causa de la
secreta dureza de nuestro destino. Pero hagamos lo que hagamos: los cretinos y la
apariencia visible dicen contra nosotros «ésos son hombres sin deber» - ¡nosotros
tenemos siempre en contra nuestra a los cretinos y a la apariencia visible!
227
La honestidad, suponiendo que ella sea nuestra virtud, de la cual no podemos desprendernos
nosotros los espíritus libres - bien, nosotros queremos laborar en ella con toda malicia
y con todo amor y no cansarnos de «perfeccionarnos» en nuestra virtud, que es la única
que nos ha quedado: ¡que alguna vez su brillo se extienda, cual una dorada, azul,
sarcástica luz de atardecer, sobre esta cultura envejecida y sobre su obtusa y sombría
seriedad! Y si, a pesar de todo, algún día nuestra honestidad se cansase y suspirase y
estirase los miembros y nos considerase demasiado duros y quisiera ser tratada mejor, de
un modo más ligero, más delicado, cual un vicio agradable: ¡permanezcamos duros,
nosotros los últimos estoicos!,y enviemos en su ayuda todas las cosas demoníacas que
aún nos quedan - nuestra náusea frente a lo burdo e impreciso, nuestro nitimur in vetitum [nos lanzamos a lo prohibido],
nuestro valor de aventureros, nuestra curiosidad aleccionada y exigente, nuestra más
sutil, más enmascarada, más espiritual voluntad de poder y de superación del
mundo, la cual merodea y yerra ansiosa en torno a todos los reinos del futuro, ¡acudamos
en ayuda de nuestro «dios» con todos nuestros «demonios»! Es probable que a causa de
esto no nos reconozcan y nos confundan con otros: ¡qué importa! Dirán: «Su
'honestidad' - ¡es su demonismo, y nada más que eso!» ¡Qué importa! ¡Aun cuando
tuviesen razón! ¿No han sido todos los dioses hasta ahora demonios rebautizados y
declarados santos? ¿Y qué sabemos nosotros, en última instancia, de nosotros? ¿Y cómo
quiere llamarse el espíritu que nos guía! (es una cuestión de nombres). ¿Y cuántos
espíritus albergamos nosotros? Nuestra honestidad, nosotros los espíritus lires, -
¡cuidemos de que no se convierta en nuestra vanidad, en nuestro adorno y vestido de gala,
en nuestra limitación, en nuestra estupidez! Toda virtud se inclina a la estupidez, toda
estupidez, a la virtud; «estúpido hasta la santidad», dícese en Rusia, ¡tengamos
cuidado de no acabar nosotros convirtiéndonos, por honestidad, en santos ) aburridos!
¿no es la vida cien veces demasiado corta - para aburrirse en ella? En la vida eterna
tendríamos que creer para...
228
Perdóneseme el descubrimiento de que toda la filosofía moral ha sido hasta ahora
aburrida y ha constituido un somnífero - y de que, a mi ver, ninguna otra cosa ha
perjudicado más a «la virtud» que ese aburrimiento de sus abogados; con lo cual no
quisiera yo haber dejado de reconocer la utilidad general de éstos. Importa mucho que
sean los menos posibles los hombres que reflexionen sobre moral, - ¡importa mucho, por
tanto, que la moral no deje un día a hacerse interesante! ¡Pero no se tenga cuidado! Las
cosas continúan estando también hoy como han estado siempre: no veo a nadie en Europa
que tenga (o que dé) una idea de que la reflexión sobre la moral podría ser cultivada
de un modo peligroso, capcioso, seductor, - ¡de que en ello podría haber una
«fatalidad»! Contémplese, por ejemplo, a los incansables, inevitables utilitaristas
ingleses, de qué modo tan burdo y venerable caminan y marchan tras las huellas de Bentham (una comparación homérica lo dice con más claridad'), de igual modo que
éste caminó va tras las huellas del venerable Helvetius (¡no,
un hombre peligroso no lo fue ese Helvetius! ). Ni
un pensamiento nuevo, ni un giro y un pliegue más sutiles dados a un pensamiento antiguo,
ni siquiera una verdadera historia de lo pensado con anterioridad: una literatura
imposible en conjunto, suponiendo que no se sea experto en sazonarla con un poco de
malicia. También en estos moralistas, en efecto (a los que hay que leer con todas las
reservas mentales, en el caso de que haya que leerlos -), se ha introducido furtivamente
aquel viejo vicio inglés que se llama cant [guardar las apariencias] y que es tartufería
moral, oculta esta vez bajo la nueva forma del cientificismo; tampoco falta un rechazo
secreto de los remordimientos de conciencia, que padecerá obviamente una raza de antiguos
puritanos, no obstante ocuparse de modo científico de la moral. (¿No es un moralista lo
contrario de un puritano? ¿A saber, en cuanto es un pensador que considera la moral como
algo problemático, cuestionable, en suma, como problema? ¿Moralizar no sería -
inmoral?) En última instancia todos ellos quieren que se dé la razón a la moralidad
inglesa: en la medida en que justamente de ese modo es como mejor se sirve a la humanidad,
o al «provecho general», o a la «felicidad de los más», ¡no!, a la felicidad de
Inglaterra; querrían demostrarse a sí mismos con todas sus fuerzas que el aspirar a la
felicidad inglesa, quiero decir al comfort [comodidad] y a la fashion [elegancia] (y, en
supremo lugar, a un puesto en el Parlamento), es a la vez también el justo sendero de la
virtud, más aún, que toda la virtud que ha habido hasta ahora en el mundo ha consistido
cabalmente en tal aspiración. Ninguno de esos animales de rebaño, torpes, inquietos en
su conciencia (que pretenden defender la causa del egoísmo como causa del bienestar
general -), quiere saber ni oler nada de que el «bienestar general» no es un ideal, ni
una meta, ni un concepto aprehensible de algún modo, sino uinicamente un vomitivo, - de
que lo que es justo para uno no puede ser de ningún modo justo para otro, de que exigir
una moral para todos equivale a lesionar cabalmente a los hombres superiores, en suma, de
que existe un orden jerárquico entre un hombre y otro hombre mas alla del blen y del mal
y, en consecuencia, también entre una moral y otra moral. Constituyen una especie de
hombres modesta, fundamentalmente mediocre, esos ingleses utilitaristas, y, como queda
dicho: de su utilidad, por el hecho de ser aburridos, nunca podrá ser suficientemente
elevada la idea que tengamos. Incluso se los debería alentar, como se ha intentado
hacerlo en parte con los versos siguientes:
¡Salud a vosotros, bravos carreteros,
Siempre «cuanto más largo, tanto mejor»,
Tiesos siempre de cabeza y rodilla,
Carentes de entus!asmo, carentes de bromas,
Indestructiblemente mediocres,
Sans genie er sans esprit!
[¡sin genio y sin espíritu!].
229
En esas épocas tardías que tienen derecho a estar orgullosas de su humanitarismo
subsisten, sin embargo, tanto miedo, tanta superstición del miedo al «animal salvaje y
cruel», cuyo sometimiento constituye cabalmente el orgullo de esas épocas más humanas,
que incluso las verdades palpables permanecen inexpresadas durante siglos, como si hubiera
un acuerdo sobre ello, debido a que aparentan ayudar a que aquel animal salvaje, matado
por fin, vuelva a la vida Quizá yo corra algún riesgo por dejarme escapar esa verdad:
que otros la capturen de nuevo y le den a beber la necesaria cantidad de «leche del modo piadoso de pensar» para que quede quieta y
olvidada en su antiguo rincón. - Tenemos que cambiar de ideas acerca de la crueldad y
abrir los ojos; tenemos que aprender por fin a ser impacientes, para que no continúen
paseándose por ahí, con aire de virtud y de impertinencia, errores inmodestos y gordos,
tales como los que, por ejemplo, han sido alimentados con respecto a la tragedia por
filósofos viejos y nuevos. Casi todo lo que nosotros denominamos «cultura superior» se
basa en la espiritualización y profundización de la crueldad - tal es mi tesis; aquel
«animal salvaje» no ha sido matado en absoluto, vive, prospera, únicamente - se ha
divinizado. Lo que constituye la voluptuosidad dolorosa de la tragedia es crueldad; lo que
produce un efecto agradable en la llamada compasión trágica y, en el fondo, incluso en
todo lo sublime, hasta llegar a los más altos y delicados estremecimientos de la
metafisica, eso recibe su dulzura únicamente del ingrediente de crueldad que lleva
mezclado. Lo que disfrutaba el romano en el circo, el cristiano en los éxtasis de la
cruz, el español ante las hogueras o en las corridas de
toros, el japonés de hoy que se aglomera para ver la tragedia, el obrero del suburbio de
París que tiene nostalgia de revoluciones sangrientas, la wagneriana que «aguanta», con
la voluntad en vilo, Tristán e Isolda, - lo que todos ésos disfrutan y aspiran a beber
con un ardor misterioso son los brebajes aromáticos de la gran Circo «crueldad». En
esto, desde luego, tenemos que ahuyentar de aquí a la psicología cretina de otro tiempo,
la cual únicamente sabía enseñar, acerca de la crueldad, que ésta surge ante el
espectáculo del sufrimiento ajeno: también en el sufrimiento propio, en el
hacerse-sufrir-a-sí-mismo se da un goce amplio, amplísimo, - y en todos los lugares en
que el hombre se deja persuadir a la autonegación en el sentido religioso, o a la automutilación, como ocurre entre los fenicios y
ascetas, o, en general, a la desensualización, desencarnación, contrición, al espasmo
puritano de penitencia, a la vivesección de la conciencia y al pascaliano sacrifizio dell' intelletto [sacrificio del
entendimiento], allí es secretamente atraido y empujado hacia adelante por su crueldad,
por aquellos peligrosos estremecimientos de la crueldad vuelta contra nosotros mismos.
Finalmente, considérese que incluso el hombre del conocimiento, al coaccionar a su
espiritu a conocer, en contra de la inclinación del espíritu y también, con bastante
frecuencia, en contra de los deseos del corazón, - es decir, al coaccionarle a decir no
alli donde él querría decir sí, amar, adorar -, actúa como artista y glorificador de
la crueldad; el tomar las cosas de un modo profundo y radical constituye y una violación,
un querer-hacer-daño a la voluntad fundamental del espíritu, la cual quiere ir
incesantemente hacia la apariencia y hacia las superficies, - en todo querer-conocer hay
ya una gota de crueldad.
230
Quizá no se entienda sin más lo que acabo de decir acerca de una «voluntad fundamental
del espíritu»: permítaseme un esclarecimiento. - Ese algo imperioso a lo que el pueblo
llama «el espíritu» quiere ser señor y sentirse señor dentro de sí mismo y a su
alrededor: tiene voluntad de ir de la pluralidad a la simplicidad, una voluntad opresora,
domeñadora, ávida de dominio y realmente dominadora. Sus necesidades y capacidades son
en esto las mismas que los fisiólogos atribuyen a todo lo que vive, crece y se
multiplica. La fuerza del espíritu para apropiarse de cosas ajenas se revela en una
tendencia enérgica a asemejar lo nuevo a lo antiguo, a simplificar lo complejo, a pasar
por alto o eliminar lo totalmente contradictorio: de igual manera, el espíritu subraya,
destaca de modo arbitrario y más fuerte, rectifica, falseándolos, determinados rasgos y
líneas de lo extraño, de todo fragmento de «mundo externo». Su propósito se orienta a
incorporar a si nuevas «experiencias», a ordenar cosas nuevas bajo órdenes antiguos, --
es decir, al crecimiento, o dicho de modo más preciso aún, al sentimiento de la fuerza
multiplicada. Al servicio de esa misma voluntad hállase también un instinto
aparentemente contrario del espíritu, una súbita resolución de ignorar, de aislarse
voluntariamente, un cerrar las propias ventanas, un decir interiormente no a esta o a
aquella cosa, un no dejar que nada se nos acerque, una especie de estado de defensa contra
muchas cosas de las que cabe tener un saber, un contentarse con la oscuridad con el
horizonte que nos aísla, un decir si a la ignorancia y un darla por buena: todo lo cual
es necesario, de acuerdo con el grado de nuestra propia fuerza de asimilación, de nuestra
«fuerza digestiva», para hablar en imágenes - y en realidad a lo que más se asemeja
«el espíritu» es a un estómago. Asimismo forma
parte de lo dicho la ocasional voluntad del espíritu de dejarse engañar, acaso porque
barrunte pícaramente que las cosas no son de este y el otro modo, que únicamente
nosotros las consideramos de ese y el otro modo, un placer en toda inseguridad y
equivocidad, un exultante autodisfrute de laestrechez y clandestinidad voluntarias de un
rincón, de lo demasiado cerca, de la fachada, de lo agrandado, empequeñecido,
desplazado, embellecido, un autodisfrute de la arbitrariedad de todas esas
exteriorizaciones de poder. Forman, en fin, parte de lo dicho aquella prontitud del
espíritu, que no deja de dar que pensar, para engañar a otros espíritus y disfrazarse
ante ellos, aquella presión y empuje permanentes de un espíritù creador, configurador,
transmutador: el espíritu goza aquí de su pluralidad de máscaras y de su astucia, goza
también del sentimiento de su seguridad en ello, - ¡son cabalmente sus artes proteicas,
en efecto, las que mejor le defienden
y esconden! - En contra de esa voluntad de apariencia, de simplificación, de máscara, de
manto, en suma, de superficie - pues toda supeíficie es un manto - actúa aquella sublime
tendencia del hombre del conocimiento a tomar y querer tomar las cosas de un modo
profundo, complejo, radical: especie de crueldad de la conciencia y el gusto intelectuales
que todo pensador valiente reconocerá en sí mismo, suponiendo que, como es debido, haya
endurecido y afilado durante suficiente tiempo su ojo para verse a sí mismo y esté
habituado a la disciplina rigurosa, también a las palabras rigurosas. Ese pensador dirá
«hay algo cruel en la tendencia de mi espiritu»: - ¡que los virtuosos y amables
intenten disuadirle de ello! De hecho, más agradable de oír seria el que de nosotros -
de nosotros los espíritus libres, muy libres -- se dijese, se murmurase, se alabase que
poseemos, por ejemplo, en lugar de crueldad, una «desenfrenada honestidad»: - ¿y acaso
será eso lo que diga en realidad nuestra- fama póstuma? Entre tanto - pues hay tiempo
hasta entonces - a lo que menos nos inclinamos nosotros sin duda es a adornarnos con tales
brillos y guirnaldas morales de palabras: todo nuestro trabajo realizado hasta ahora nos
quita las ganas cabalmente de ese gusto y de su alegre exuberancia. Palabras hermosas,
resplandecientes, tintineantcs, solemnes son: honestidad, amor a la verdad, amor a la
sabiduría, inmolación por el conocimiento, heroísmo del hombre veraz, - hay en ellas
algo que hace hincharse a nuestro orgullo. Pero nosotros los eremitas y marmotas, nosotros
hace ya mucho tiempo que nos hemos persuadido, en el secreto de una conciencia de eremita,
de que también ese digno adorno de palabras forma parte de los viejos y mentidos adornos,
cachivaches y polvos de oro de la inconsciente vanidad humana, de que también bajo ese
color u esa capa de pintura halagadores tenemos que reconocer de nuevo el terrible texto
básico homo natura [el hombre naturaleza]. Retraducir, en efecto, el hombre a
la naturaleza; adueñarse de las numerosas, vanidosas e ilusas interpretaciones y
significaciones secundarias que han sido garabateadas y pintadas hasta ahora sobre aquel
eterno texto básico homo natura; hacer que en lo sucesivo el hombre se enfrente al hombre
de igual manera que hoy, endurecido en la disciplina de la ciencia, se enfrenta ya a la
otra naturaleza con impertérritos ojos de Edipo y con tapados oidos de Ulises, sordo a
las atrayentes melodías de todos los viejos cazapájaros metafísicos que durante
demasiado tiempo le han estado soplando con su flauta: «¡Tú eres más! ¡Tú eres
superior! ¡Tú eres de otra procedencia!»- quizá sea ésta una tarea rara y loca, pero
es una tarea - ¡quién iba a negarlo! ¿Por qué hemos elegido nosotros esa tarea loca? O
hecha la pregunta de otro modo: «¿Por qué, en absoluto, el conocimiento?» - Todo el
mundo nos preguntará por esto. Y nosotros, apremiados de ese modo, nosotros, que ya cien
veces nos hemos preguntado a nosotros mismos precisamente eso, no hemos encontrado ni
encontramos respuesta mejor que...
231
El aprender nos transforma, hace lo que hace todo alimento, el cual no se limita tampoco a
«mantener» -: como sabe el fisiólogo. Pero en el fondo de nosotros, totalmente «allá
abajo», hay en verdad algo rebelde a todo aleccionamiento, una roca granítica de fatum
[hado] espiritual, de decisión y respuesta predeterminadas a preguntas predeterminadas y
elegidas. En todo problema radical habla un inmodificable «esto soy yo»; acerca del
varón y de la mujer, por ejemplo, un pensador no puede aprender nada nuevo, sino sólo
aprender hasta el final, - sólo descubrir hasta el final lo que acerca de esto «está
fijo». Muy pronto encontramos ciertas soluciones de problemas que constituyen cabalmente
para nosotros una creencia sólida; quizá las llamemos en lo sucesivo nuestras
«convicciones». Más tarde - vemos en ellas únicamente huellas que nos conducen al
conocimiento de nosotros misrnos, indicadores que nos señalan el problema que nosotros
somos, - o más exactamente, la gran estupidez que nosotros somos, nuestro fatum [hado]
espiritual, aquel algo rebelde a todo aleccionamiento que está totalmente «allá
abajo». - Teniendo en cuenta estas abundantes delicadezas que acabo de tener conmigo
mismo, acaso me estará permitido enunciar algunas verdades acerca de la «mujer en sí»:
suponiendo que se sepa de antemano, a partir de ahora, hasta qué punto son cabalmente
nada más que - mis verdades. -
232
La mujer quiere llegar a ser independiente: y para ello comienza ilustrando a los hombres
acerca de la «mujer en sí» - éste es uno de los peores progresos del afeamiento
general de Europa. ¡Pues qué habrán de sacar a luz esas burdas tentativas del
cientificismo y autodesnudamiento femeninos! Son muchos los motivos de pudor que la mujer
tiene; son muchas las cosas pedantes, superficiales, doctrinarias, mezquinamente
presuntuosas, mezquinamente desenfrenadas e inmodestas que en la mujer hay escondidas -
¡basta estudiar su trato con los niños! , cosas que, en el fondo, por lo que mejor han
estado reprimidas y domeñadas hasta ahora ha sido por el miedo al varón. ¡Ay si alguna
vez a lo «eternamente aburrido que hay en la
mujer»- ¡tiene abundancia de ello! - le es lícito atreverse a manifestarse!, ¡si ella
comienza a olvidar radicalmente y por principio su inteligencia y su arte, la inteligencia
y el arte de la gracia, del jugar, del disipar las preocupaciones, de volver ligeras las
cosas y tomárselas a la ligera, su sutil destreza para los deseos agradables! Alzanse ya
ahora voces femeninas que, ¡por San Aristófanes!, hacen temblar, se nos amenaza con
decirnos con claridad médica qué es lo que la mujer quiere ante todo y sobre todo del
varón. ¿No es de pésimo gusto que la mujer se disponga así a volverse
científica? Hasta ahora, por fortuna, el aclarar las cosas era asunto de hombres,
don de hombres - con ello éstos permanecían «por debajo de sí mismos»; y, en última
instancia, con respecto a todo lo que las muieres escriban sobre «la mujer» es lícito
reservarse una gran desconfianza acerca de si la mujer quiere propiamente aclaración
sobre sí misma - y puede quererla... Si con esto una mujer no busca un nuevo adorno para
sí - yo pienso, en efecto, que el adornarse forma parte de lo eternamente femenino -,
bien, entonces lo que quiere es despertar miedo de ella: - con esto quizá quiera dominio.
Pero no quiere la verdad: ¡qué le importa la verdad a la mujer! Desde el comienzo, nada
resulta más extraño, repugnante, hostil en la mujer quc la verdad, - su gran arte es la
mentira, su máxima preocupación son la apariencia y la belleza. Confesémoslo nosotros
los varones: nosotros honramos y amamos en la mujer cabalmente ese arte y ese instinto:
nosotros, a quienes las cosas nos resultan más difíciles y que con gusto nos juntamos,
para nuestro alivio, con seres bajo cuyas manos, miradas y delicadas tonterías
parécennos casi una tontería nuestra seriedad, nuestra gravedad y profundidad. -
Finalmente yo planteo esta pregunta: ¿alguna vez una mujer ha concedido profundidad a una
cabeza de mujer, justicia a un corazón de mujer? ¿Y no es verdad que, a grandes rasgos,
«la mujer» ha sido hasta ahora lo más desestimado por la mujer - y no, en modo alguno
por nosotros! - Nosotros los varones deseamos que la mujer no continúe desacreditándose
mediante la ilustración: así como fue preocupación y solicitud del varón por la mujer
el hecho de que la Iglesia decretase: mulier taceat in
ecclesia [¡calle la mujer en la iglesia!] Fue en provecho de la mujer por lo que
Napoleón dio a entender a la demasiado locuaz Madame de Staël: mulier taceat in politicis![:¡calle la mujer en los
asuntos políticos!] - y yo pienso que es un auténtico amigo de la mujer el que hoy les
grite a las mujeres: mulier taceat de muliere! [¡calle la
mujer acerca de la mujer!]
233
Delata una corrupción de los instintos - aun prescindiendo de que delata un mal gusto -
el que una mujer invoque cabalmente a Madame Roland o a Madame de Staël o a Monsieur George Sand como si con esto se demostrase algo a favor de la
«mujer en sí». Las mencionadas son, entre nosotros los varones, las tres mujeres
ridículas en sí - ¡nada más! - y, cabalmente, los mejores e involuntarios
contra-argumentos contra la emancipación y contra la soberania femenina.
234
La estupidez en la cocina; la mujer como cocinera; ¡el horroroso descuido con que se
prepara el alimento de la familia y del dueño de la casa! La mujer no comprende qué
significa la comida: ¡y quiere ser cocinera! ¡Si la mujer fuese una criatura pensante
habria tenido que encontrar desde hace milenios, en efecto, como cocinera, los más
grandes hechos fisiológicos, y asimismo habría tenido que apoderarse de la medicina! Las
malas cocineras - la completa falta de razón en la cocina, eso es lo que más ha
retardado, lo que más ha perjudicado el desarrollo del hombre: hoy mísmo las cosas
están únicamente un poco mejor. Un discurso para
alumnas de los cursos superiores.
235
Hay giros y ocurrencias del espíritu, hay sentencias, un pequeño puñado de palabras, en
que una cultura entera, una sociedad entera quedan cristalizadas de repente. De ellos
forma parte aquella frase incidental de Madame de Lambert a su hijo: mon ami, ne vouss
permettez jamais que de folies, qui vous feron grand plaisir
[amigo mío, no os permitáis nunca más que locuras que os produzcan un gran placer]: -
dicho sea de paso, la frase más maternal y más inteligente que se ha dirigido nunca a un
hijo.
236
Lo que Dante y Goethe creyeron de la mujer - el primero, al cantar ella guardaba suso, ed
io in lei [ella miraba hacia arriba, y yo hacia
ella], el segundo, al traducir «lo eterno femenino nos arrastra hacia arriba -: yo no
dudo de que toda mujer un poco noble se opondrá a esa creencia, pues ella cree cabalmente
eso de lo eterno masculino...
237
Siete refranillos sobre las mujeres
¡Cómo vuela el aburrimiento más prolongado cuando un hombre se arrastra hacia nosotras!
La vejez, ¡ay!, y la ciencia dan fuerza incluso a la virtud débil.
El traje negro y el mutismo visten de inteligencia a cualquier mujer.
¿A quién estoy agradecida en mi felicidad? ¡A Dios! - y a mi costurera.
Joven: caverna florida. Vieja: de ella sale un dragón.
Nombre noble, pierna bonita y, además, un varón: ¡oh si éste fuera mío!
Discurso corto, sentido largo - ¡hielo resbaladizo para la burra!
Las mujeres han sido tratadas hasta ahora por los hombres como pájaros que, desde una
altura cualquiera, han caído desorientados hasta ellos: como algo más fino, más
frágil, más salvaje, más prodigioso, más dulce, más lleno de alma, - como algo que
hay que encarcelar para que no se escape volando.
238
No acertar en el problema básico «varón y mujer», negar que aquí se dan el
antagonismo más abismal y la necesidad de una tensión eternamente hostil, soñar aquí
tal vez con derechos iguales, educación igual, exigencias y obligaciones iguales: esto
constituye un signo tipico de superficialidad, y a un pensador que en este peligroso lugar
haya demostrado ser superficial - ¡superficial de
instinto! es lícito considerarlo sospechoso, más aún, traicionado, descubierto:
probablemente será demasiado «corto» para todas las cuestiones básicas de la vida,
también de la vida futura, y no podrá descender a ninguna profundidad. Por el contrario,
un varón que tenga profundidad, tanto en su espíritu como en sus apetitos, que tenga
también aquella profundidad de la benevolencia que es capaz de rigor y dureza, y que es
fácil de confundir con éstos, no puede pensar nunca sobre la mujer más que de manera
oriental: tiene que concebir a la mujer como posesión, como propiedad encerrable bajo
llave, como algo predestinado a servir y que alcanza su perfeccción en la servidumbre, -
tiene que apoyarse aquí en la inmensa razón de Asia, en la superioridad de instintos de
Asia: como lo hicieron antiguamente los griegos, los mejores herederos y discípulos de
Asia, quienes, como es sabido, desde Homero hasta los tiempos de Pericles, conforme iba
aurmentando su cultura y extendiéndose su fuerza, se fueron haciendo también, paso a
paso, más rigurosos con la mujer, en suma, más orientales. Qué necesario, qué lógico,
qué humanamente deseable fue esto: ¡reflexionemos sobre ello en nuestro interior!
239
El sexo débil en ninguna otra época ha sido tratado por los varones con tanta estima
como en la nuestra - esto forma parte de la tendencia y del gusto básico democráticos,
lo mismo que la irrespetuosidad para con la vejez -: ¿qué de extraño tiene el que muy
pronto se vuelva a abusar de esa estima? Se quiere más, se aprende a exigir, se acaba
considerando que aquel tributo de estima es casi ofensivo, se preferiría la rivalidad por
los derechos, más aún, propiamente la lucha: en suma, la mujer pierde pudor. Añadamos
en seguida que pierde también gusto. Desaprende a temer al varón: pero la mujer que
«desaprende el temor» abandona sus instintos más femeninos. Que la mujer se vuelve
osada cuando ya no se quiere ni se cultiva aquello que en el varón infunde temor o,
digamos de manera más precisa, el varón existente en el varón, eso es bastante obvio,
también bastante comprensible; lo que resulta más difícil de comprender es que
cabalmente con eso - la mujer degenera. Esto es lo que hoy ocurre: ¡no nos engañemos
sobre ello! En todos los lugares en que el espíritu industrial obtiene la victoria sobre
el espíritu militar y aristocrático la mujer aspira
ahora a la independencia económica y jurídica de un dependiente de comercio: «la mujer
como dependiente de comercio» se halla a la puerta de la moderna sociedad que está
formándose. En la medida en que de ese modo se posesiona de nuevos derechos e intenta
convertirse en «señor» e inscribe el «progreso» de la mujer en sus banderas y
banderitas, en esa misma medida acontece, con terrible claridad, lo contrario: la mujer
retrocede. Desde la Revolución francesa el influjo de la mujer ha disminuido en Europa en
la medída en que ha crecido en derechos y exigencias; y la «emancipación de la mujer»,
en la medida en que es pedida y promovida por las mujeres mismas (y no sólo por cretinos
masculinos), resulta ser de ese modo un sintoma notabilísimo de la debilitación y el
embotamiento crecientes de los más femeninos de todos los instintos. Hay estupidez en ese
movimiento, una estupidez casi masculina, de la cual una mujer bíen constituida - que es
siempre una mujer inteligente - tendría que avergonzarse de raíz. Perder el olfato para
percibir cuál es el terreno en que con más seguridad se obtiene la victoria; desatender
la ejercitación en nuestro auténtico arte
de las armas; dejarse ir ante el varón, tal vez incluso «hasta el libro», en lugar de
observar, como antes, una disciplina y una sutil y astuta humildad; trabajar, con virtuoso
atrevimiento, contra la creencia del varón en un ideal radicalmente distinto
encubierto en la mujer, en lo eterno y necesariamente femenino; disuadir al hombre, de
manera expresa y locuaz, de que la mujer tiene que ser mantenida, cuidada, protegida,
tratada con indulgencia, cual un animal doméstico bastante delicado, extrañamente
salvaje y, a menudo, agradable; el torpe e indignado rebuscar todo lo que de esclavo y
servil ha tenido y aún tiene la posción de la mujer en el orden social vigente hasta el
momento (como si la esclavitud fuese un contraargumento y no, más bien, una condición de
toda cultura superior, de toda elevación de la cultural: - ¿qué significa todo eso más
que una disgregación de los instintos femeninos, una desfeminización? Desde
luego, hay bastantes amigos idiotas de la mujer y bastantes pervertidores idiotas de la
mujer entre los asnos doctos de sexo masculino que aconsejan a la mujer desfeminizarse de
ese modo e imitar todas las estupideces de que en Europa está enfermo el «varón», la
«masculinidad» europea, - ellos quisieran rebajar a la mujer hasta la «cultura
general», incluso hasta a leer periódicos e intervenir en la política. Aquí y allá se
quiere hacer de las mujeres librepensadores y literatos: como si una mujer sin piedad no
fuera, para un hombre profundo y ateo, algo completamente repugnante o ridículo -; casi
en todas partes se echa a perder los nervios de las mujeres con la más enfermiza y
peligrosa de todas las especies de música (nuestra musica alemana más reciente)y se las
vuelve cada día más histéricas y más incapaces para atender a su primera y última
profesión, la de dar luz hijos robustos. Se las quiere «cultivar más aún, y,
según se dice, se quiere, mediante la cultura, hacer fuerte al «sexo débil»:
como si la historia no enseñase del modo más insistente posible que el «cultivo» del
ser humano y el debilitamiento - es decir, el debilitamiento, la disgregación, el
enfermar de la fuerza de la voluntad, han marchado siempre juntos, y que las mujeres más
poderosas e influyentes del mundo (últimamente, la madre de Napoleón) han debido su
poder y su preponderancia sobre los varones precisamente a su fuerza de voluntad - ¡y no
a los maestros de escuela! - Lo que en la mujer infunde respeto y, con bastante
frecuencia, temor es su naturaleza, la cual es «más natural» que la del hombre, su
elasticidad genuina y astuta, como de animal de presa, su garra de tigre bajo el guante,
su ingenuidad en el egoísmo, su ineducabilidad y su interno salvajismo, el carácter
inaprensible, amplio, errabundo de sus apetitos y virtudes... Lo que, pese a todo el
miedo, hace tener compasión de ese peligroso y bello gato que es la «mujer» es el hecho
de que aparezca más doliente, más vulnerable, más necesitada de amor y más condenada
al desengaño que ningún otro animal. Miedo y compasión: con estos sentimientos se ha
enfrentado hasta ahora el varón a la mujer, siempre con un pie ya en la tragedia, la cual
desgarra en la medida en que embelesa -. ¿Cómo? ¿Y estará acabando esto ahora?
¿Y se trabaja para desencantar a la mujer? ¿Aparece lentamente en el horizonte la
aburridificación de la muier? ¡Oh Europa! ¡Europa! ¡Es conocido el animal con cuernos que más atractivo ha sido siempre para ti del
cual te viene siempre el peligro! Tu vieja fábula podría volver a convertirse en
«historia», - ¡la estupidez podría volver a adueñarse de ti y a arrebatarte! Y bajo
ella no se escondería un dios, ¡no!, ¡sino únicamente una «idea», una «idea
moderna»
PSICÓLOGOS:
En el prólogo de 1886 al primer tomo de Humano,
demasiado humano, pregunta también Nietzsche: «Pero ¿dónde
existen hoy psicólogos? En Francia, con toda certeza; tal vez
en Rusia; con toda seguridad, no en Alemania.» Véase tambien Ecce homo:
«No veo en absoluto en qué siglo de la historia resultaria posible pescar de
un solo golpe psicólogos tan curiosos y a la vez tan delicados como en el Paris de hoy.»
LA VERDAD COMO MUJER:
Sobre la verdad concebida como mujer
véase, antes, nota 1.
SAINT-EVREMOND:
Carlos de Marguetel de Saint-Denis, senor de
Saint-Evremond (1610-1703), cortesano, militar y literato francés, es uno de los
precursores de Voltaie y Montesquieu, y el crítico literario francés más importante
anterior a Diderot. En sus Dissertations sur la tragédie ancienne et moderne et sur
les poemes de anciens (1685) dice a propósito de la palabra «vaste»: «Respecto
a Homero, es maravilloso en cuanto es puramente natural: justo en los caracteres, natural
en las pasiones, admirable en conocer bien y en expresar bien lo que depende de nuestra
naturaleza. Cuando su espíritu vasto se ha extendido sobre la naturaleza de los dioses,
ha hablado tan extravagantemente que Platón le ha expulsado de su República como a un
loco.»
LA CHIAJA:
La Chiaja es un barrio popular de Nápoles que
se extiende en dirección a Posilipo. Nietzsche visitó estos lugares a mediados
de febrero de 1877, durante su estancia en Sorrento.
NITIMUR IN VETITUM:
Expresión de Ovidio (3 Amores, 4, 17),
repetida por Nietzsche en otros muchos lugares. El contexto en Ovidio
es: Nitimur in vetitum semper cupimusque negata; sic interdictis imminet aeger
aquis [Nos lanzamos siempre hacia lo prohibido y deseamos lo que se nos
niega; asi el enfermo acecha las aguas prohibidas]. Para Nietzsche
llegó a ser casi un lema.
BENTHAM:
J. Bentham (1748-1832),
filósofo y economista inglés, fundador del utilitarismo como sistema de moral.
COMPARACIÓN HOMÉRICA:
Sin duda, Nietzsche se refiere a la Ilíada, VI, 424,
donde Homero habla de los Bousiv Eilipódessiv (bueyes de paso tardo). La
clásica traducción alemana de Voss dice: schwerhinwandelndes Hornvieh;
también Nietzsche usa aquí el verbo hinwandeln.
HELVETIUS:
A. Helvetius (1715-1771),
fil6sofo francés de la época de la Ilustración, defensor del sensualismo en teoría del
conocimiento y del hedonismo en la moral. En su ejemplar de Más allá del bien y del
mal, Nietzsche, tras «ese Helvetius,, añadió las siguientes palabras: «ce
senateur Pococurante, para decirlo con Galiani».
LECHE DEL MODO PIADOSO DE PENSAR:
Die Milch der frommen Denkart es un conocido verso de Schiller en Guillermo Tell (acto IV, escena III; monólogo de Guillermo Tell mientras espera matar a Geszler). Nietzsche vuelve a emplearlo en La genealogía de la moral
AUTOMUTILACIÓN:
Vease, antes, nota 45.
SACRIFICIO DEL INTELECTO:
Véanse, antes, notas 30 y 44.
EL ESPÍRITU COMO ESTÓMAGO:
También en Así habló Zaratustra, dice
Nietzsche que «el espiritu es un estómago».
LO ETERNAMENTE ABURRIDO DE LA MUJER:
Das Ewig-Langweilige am Weibe es evidente parodia de los dos versos finales del Fausto, de Goethe, apoyada en la similitud entre weiblich (femenino)y langweiblich (aburrido):
Das Ewig-Weibliche
Zieht uns hinan
[Lo eterno femenino
nos arrastra hacia lo alto]
MULIER TACEAT IN ECCLESIA:
La frase citada por Nietzsche procede de Pablo,
Primera carta a los Corintios, 14, 34: Mulieres in ecclessiis taceant
[las mujeres están calladas en las reuniones o asambleas]. Suele usarse esta
frase, sin embargo, no en plural, sino en singular, como hace Nietzsche. Quien
dio popularidad a tal expresión en Alemania fue Goethe, con uno de sus Zahnie Xenien
[Epigramas suaves], libro VII:
Was werden das für Zeiten:
In Ecclesia mulier taceat!
Jetzt, da eine Jegliche Stimme hat,
was will Ecclesia bedeuten?
¡Qué tiempos aquellos!:
In Ecclesia mulier taceat.
Ahora, cuando cualquier mujer tiene voz,
¿qué va a significar Ecclesia)
Probablemente, Nietzsche conoce esta expresión a través de Goethe.
MULIER TACEAT IN POLITICIS:
Son conocidas las disputas entre Napoleón y
la baronesa de Staël. El primero, en 1802, desterró de París a la segunda,
irritado por sus continuas intromisiones en politica, y en 1810 mandó destruir la primera
edición del libro de ésta De 1'Allemagne, que fue reimpreso en Londres en 1819.
MADAMES ROLAND-STAËL-SAND:
Las tres mujeres citadas aquí por Nietzsche
eran consideradas en su tiempo como símbolos de la emancipación femenina. Madame
Roland (1754-1793) fue la esposa de un político girondino, en los tiempos
de la Revolución francesa. Ganada por el estudio de la Antigüedad para la causa de la
República, ejerció en París, desde 1791, una gran influencia sobre los jefes de los
girondinos. Al fracasar este partido, fue condenada a muerte y guillotinada. Suya es la
frase, pronunciada al subir al cadalso: «¡Oh libertad, cuántos crímenes se
cometen en tu nombre!» De Madame de Staël ya se
ha hablado antes, en las notas 111 y 129. En cuanto a la tercera mujer, sarcásticamente
llamada por Nietzsche Monsieur, George Sand es el
seudónimo de la escritora francesa Aurora Dupin (1804-1876), célebre tanto por
sus amores como por sus escritos. En sus novelas ataca la moral burguesa y defiende el
derecho de la mujer al amor extramatrimonial. En Crepúsculo de los ídolos Nietzsche
se ensañó con ella; así, en el apartado «Incursiones de un intempestivo», 1, dice:«George
Sand: lactea ubertas [abundancia de leche], o dicho en alemán: la vaca de leche
con 'bello estilo'.» Y en el 6, dedicado enteramente a ella, la califica de
«fecunda vaca de escribir».
COCINA Y MUJER:
Sobre la importancia que Nietzsche atribuía a
la cocina y a los problemas de la alimentación véase sobre todo el capítulo «Por qué
soy tan inteligente», 1, de Ecce homo.
MADAME DE LAMBERD:
A. T. de Lambert (1647-1733),
escritora y moralista francesa, escribe la citada frase en su obra Avis d' une mere a
son fils (1726). La cita exacta es: Mon ami, ne vous permettez jamais que des
folies qui vous fassent plaisir.
MIRAR HACIA ARRIBA Y HACIA ABAJO:
La frase de Dante se encuentra en la Divína
Comedia, «Paraíso», II, 22: Beatrice in suso, ed io in lei guardava.
LO ETERNO FEMENINO NOS ARRASTRA HACIA ARRIBA::
Con estos dos versos, como es sabido, concluye el Fausto,
de Goethe. Parodiando estos versos, ha hablado antes Nietzsche de «lo eterno
aburrido en la mujer». Véase también nota 127.
SIETE REFRANILLOS SOBRE LAS MUJERES:
En las siete sentencias que siguen Nietzsche imita
otros tantos refranes alemanes.
MEMO Y SUPERFICIAL:
La palabra Flachköpfigkeit (literal: cabeza
poco honda), empleada por Nietzsche, y que hemos traducido por «superficialidad», tíene
también el significado de «memez».
ESPÍRITU INDUSTRIAL MILITAR Y ARISTOCRÁTICO:
La relación entre el espíritu industrial, por un
lado, y el espíritu militar y aristocrático, por otro, es tema tratado por Nietzsche
en otros lugares. Véase, por ejemplo, La gaya ciencia, aforismo 31, titulado
«Comercio y noblaa», y antes, Humano, demasiado humano, I, aforismo 441,
titulado «De sangre». Sobre la llamada «cultura industrial», véase La gaya
ciencia, aforismo 40, «De la falta de forma aristocrática».
EUROPA Y EL TORO:
El «animal con cuernos» es, claro está, el mitológico toro de
inmaculada blacura (o Zeus animalizado en figura de toro) que raptando a la princesa
Europa, se la llevó consigo a Creta.
SECCIÓN OCTAVA:Pueblos y Patrias
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He vuelto a oír, por vez primera, _ la obertura de Richard Wlagner para Los maestros cantores: es éste un arte suntuoso,
sobrecargado, grave y tardío, el cual tiene el orgullo de presuponer que, para
comprenderlo, continúan estando vivos dos siglos de música: - ¡honra a los alemanes el
que semejante orgullo no se haya equivocado en el cálculo! ¡Qué savias y fuerzas, qué
estaciones y climas están aquí mezclados! Unas veces nos parece anticuado, otras,
extranjero, áspero y superjoven, es tan caprichoso como pomposamente tradicional, no
raras veces es pícaro y, con más frecuencia aún, rudo y grosero, - tiene fuego y coraje
y, a la vez, la reblandecida y amarillenta piel de los frutos que han madurado demasiado
tarde. Corre ancho y lleno: y de repente surge un instante de vacilación inexplicable,
como un vacío que se abre entre causa y efecto, una opresión que nos hace soñar, casi
una pesadilla -, pero ya vuelve a fluir, ancha y
extensa, la vieja corriente de bienestar, de un bienestar sumamente complejo, de una
felicidad vieja y nueva, en cuya cuenta se incluye, y mucho, la felicidad que el artista
siente en sí mismo, de la cual no quiere hacer un secreto, su asombrada y feliz
consciencia de artisticos nuevos, recién adquiridos y no probados antes, como parece
darnos a entender. Vistas las cosas en conjunto, no hay aquí belleza, ni sur, ni la
meridional y fina luminosidad del cielo, ni gracia, ni baile, ni apenas voluntad de
lógica; incluso hay una cierta torpeza, que además es subrayada, como si el artista
quisiera decirnos: «ella forma parte de mi intención»; un aderezo pesado, una cosa
voluntariamente bárbara y solemne, un centelleo de preciosidades y recamados doctos y
venerables; una cosa alemana en el mejor y en el peor sentido de la palabra, una cosa
compleja, informe e inagotable a la manera alemana; una cierta potencialidad y
sobreplenitud alemanas del alma, que no tienen miedo de esconderse bajo los refinamientos
de la decadencia, - que acaso sea allí donde más a gusto se encuentren; un exacto y
auténtico signo característico del alma alemana, que es a la vez joven y senil,
extraordinaïiamente madura y extraordinariamente rica todavía de futuro. Esta especie de
música es la que mejor expresa lo que yo pienso de los alemanes: son de antes de ayer y
de pasado mañana, - aun no tienen hoy.
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Nosotros «los buenos europeos»: también nosotros tenemos horas en las que nos
permitimos una patriotería decidida, un batacazo y una recaída en viejos amores y
estrecheces - acabo de dar una prueba de ello - horas de hervores nacionales, de ahogos
patrióticos y de todos los demás anticuados desbordamientos sentimentales. Espíritus
más tardos que nosotros tardarán acaso amplios espacios de tiempo en desembarazarse de
eso que en nosotros se limita a unas horas y en unas horas concluye, unos tardarán medio
año, otros, media vida, según la rapidez y fuerza de su digestión y de su
«metabolismo». Más aún, yo podría imaginarme razas torpes, vacil