MAS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL
(Secciones 6ª,7ª,8ª,9ª y Epodo)


SECCIÓN SEXTA:NOSOTROS LOS DOCTOS

A riesgo de que el moralizar manifieste ser también aquí lo que siempre ha sido - a saber, un intrépido montreu ses plaies [mostrar las propias llagas], según Balzac -, yo me atrevería a oponerme a un indebido y pernicioso desplazamiento de rango que hoy, de manera completamente inadvertida y como con la mejor conciencia, amenaza con establecerse entre la ciencia y la filosofía. Quiero decir que, partiendo de nuestra experiencia, - ¿experiencia significa siempre, según me parece a mí, mala experiencia? - hemos de tener derecho a intervenir en la discusión sobre esa elevada cuestión de rango: para no hablar como hablan del color los ciegos o como hablan contra la ciencia las mujeres y los artistas (« ¡ay, esa perversa ciencia!, suspiran el instinto y el pudor de éstos, ¡ella averigua siempre lo quehay detrás de las cosas!» -). La declaración de independencia del hombre científico, su emancipación de la filosofía, constituye una de las repercusiones más sutiles del orden y desorden democráticos: por todas partes la autoglorificación y autoexaltación del docto encuéntranse hoy en pleno florecimiento Y en su mejor primavera, - con lo cual no queremos decir que en este caso la albanza de sí mismo huela de modo agradable «¡Nada de dueño » - eso es lo que quiere también aquí el instinto del hombre plebeyo; y después de que la ciencia se ha liberado, con el más feliz éxito de la teología, de la cual fue «sierva» durante mucho tiempo, aspira ahora con completa altanería e insensatez a dictar leyes a la filosofía y a representar ella por su parte el papel de «señor» - ¡qué digo!, de filósofo. Mi memoria - ¡memoria de un hombre científico, permítaseme decirlo! - rebosa de las ingenuidades, basadas en la soberbia; que sobre la filosofía y los filósofos he oído decir a los los jovenes investigadores de la naturaleza y a los viejos médicos (para no hablar de los más cultos y más engreídos de todos los doctos, los filólogos y pedagogos que son ambas cosas por profesión -) Unas veces era especialista y mozo de esquina el que instintivamente se ponía en guardia contra todas las tareas y capacidades sintéticas; otras, el obrero diligente el que había percibido un olor de otium [ocio] y de aristocrática exuberancia en la economía anímica del filósofo, y que por ello se sentía menoscabado y empequeñecido. Otras veces era ese daltonismo del hombre utilitario que no ve en la filosofía más que una serie de sístemas refutados y un lujo derrochador que a nadie «aprovecha». Otras, lo que resaltaba era el miedo a una mística disfrazada y a una rectificación de las fronteras del conocer; a veces en la desestimación de algunas filosofías la que se había generalizado arbitrariamente, convirtiéndose en desestimación de la filosofía misma. Con muchísima frecuencia, en fin, encontré en jóvenes doctos, detrás del soberbio menosprecio de la filosofía, la perversa repercusión de un filósofo al cual se le había negado ciertamente obediencia en conjunto, pero sin haber escapado al hechizo de sus despreciativas valoraciones de otros filósofos: - lo que tenía como resultado una disposición global de ánimo opuesta a toda filosofía. (Tal me parece ser, por ejemplo, la repercusión de Schopenhauer sobre la Alemania más reciente: - con su poco inteligente furia contra Hegel ha conseguido que la última generación entera de alemanes se separe de la conexión con la cultura alemana, cultura que, bien sopesadas todas las cosas, ha representado una cima y una sutileza adivinatoria del sentido
históricol pero Schopenhauer mismo era, justo en este punto, tan pobre, tan poco receptivo, tan poco alemán, que llegaba a la genialidad.) Hablando en general, acaso ha sido principalmente lo humano, demasiado humano, en suma, la miseria misma de los filósofos recientes lo que de modo más radical haya dañado al respeto a la filosofía y haya abierto las puertas al instinto del hombre de la plebe. Confesémonos, pues, hasta qué punto le falta a nuestro mundo moderno la especie entera de los Heráclitos, Platones, Empédocles y como se hayan denominado todos esos regios y magníficos eremitas del espíritu; y con cuánta razón, a la vista de los representantes de la filosofía que hoy, gracias a la moda, están tanto por encima como por debajo - en Alemania, por ejemplo, los dos leones de Berlín, el anarquista Eugen Dühring y el amalgamista Eduard von Hartmann , le es licito a un honesto hombre de ciencia sentirse de una especie y una ascendencia mejores. Es en especial el espectáculo de esos filósofos del revoltijo que a sí mismos se denominan «filósofos de la realidad» o «positivistas» el que consigue introducir una peligrosa desconfianza en el alma de un docto joven, ambicioso: éstos son, en efecto, en el mejor de los casos, doctos y especialistas, ¡eso se palpa! - éstos son, en efecto, todos ellos, hombres vencidos y sometidos de nuevo al dominio de la ciencia, que alguna vez han querido de sí algo más, sin tener derecho a ese «más» y a la responsabilidad de ese «más» - y que ahora, honorables, furiosos, vengativos, representan con sus palabras y sus hechos la falta de fe en la tarea señorial y en la soberanía de 1a filosofía. En fin: ¡cómo podría ser de otro modo! Hoy la ciencia florece y muestra en su rostro con abundancia la buena conciencia, mientras que aquello a lo que ha venido a parar poco a poco toda la filosofía alemana reciente, ese residuo de filosofla de hoy, suscita contra sí desconfianza y fastidio cuando no burla y compasión. La filosofía reducida a «teoría del conocimientoa, y que ya no es de hecho más que una tímida epojística y doctrina de la abstinencia: una filosofía que no llega más que hasta el umbral y que se prohíbe escrupulosamente el derecho a entrar - ésa es una filosofía que está en las últimas, un final, una agonía, algo que produce compasión. ¡Cómo podría semejante filosofía - dominar!

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Los peligros que amenazan al desarrollo del filósofo son hoy en verdad tan múltiples que se dudaría de que ese fruto pueda llegar aún en absoluto a madurar. La extensión de las ciencias la torre construida por ellas han crecido de modo gigantesco, con lo cual ha aumentado también la probabilidad de que el filósofo se canse ya mientras aprende o se deje retener en un lugar cualquiera y «especializarse»: de modo que no llegue ya en absoluto hasta su altura, es decir, que no tenga una mirada desde arriba, a la redonda, hacia abajo. O que llegue arriba demasiado tarde, cuando ya su mejor época y su mejor fuerza han pasado; o que llegue dañado, embrutecido, degenerado, de modo que su mirada, su juicio global de valor signifiquen ya poco. Acaso sea precisamente la finura de su conciencia intelectual la que le haga dudar en el camino y retrasarse; tiene miedo de la seducción que lo incita a convertirse en diletante, en ciempiés y en ciententáculos, sabe demasiado bien que quien se haya perdido el respeto a sí mismo no es ya, tampoco en cuanto hombre de conocimiento, el que manda, el que grita: tendría, pues, que queer convertirse en el gran comediante, en el Cagliostro y cazarratas filosófico de los espíritus, en suma, en seductor. Esta es, en última instancia, una cuestión de conciencia. A lo cual se añade, para redoblar más aún la dificultad del filósofo, que éste se exige a sí mismo dar un juicio, un sí o un no, no sobre las ciencias, sino sobre la vida y el valor de la vida, - que le cuesta aprender a creer que él tenga derecho o incluso deber de pronunciar ese juicio, y que sólo partiendo de las vivencias más extensas - acaso las más perturbadoras, las más destructoras - y a menudo vacilando, dudando, enmudeciendo, es como él tiene que buscar su camino hacia ese juicio y esa creencia. De hecho durante largo tiempo la multitud no ha comprendido al filósofo y lo ha confundido con otros, bien con el hombre científico y con el docto ideal, bien con el iluso y ebrio de Díos, religiosamente elevado, desensualizado, «desmundanizado»; y cuando hoy oímos que se alaba a alguien diciendo que vive sabiamente» o «como un filósofo», eso no significa casi nada más que vive «de modo inteligente y apartado». Sabiduría: a la plebe le parece ésta una especie de huida, un medio y artificio para escapar bien a un mal juego; pero el filósofo verdadero - ¿no nos parece así a nosotros, amigos míos? - vive de manera «no filosófica» y «no sabia», sobre todo de manera no inteligente, y siente el peso y deber de cien tentativas y tentaciones de la vida: - se arriesga a si mismo constantemente, juega el juego malo...

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En relación con un genio, es decir, con un ser que o bien fecunda a otro, o bien da a luz, tomadas ambas expresiones en su máxima extensión, - el docto, el hombre de ciencia medio, tiene siempre algo de solterona: pues, como ésta, no entiende nada de las dos funciones más valiosas del ser humano. De hecho a ambos, a doctos y a solteronas, a modo de indemnización, por asi decirlo, se les reconoce respetabilidad - se subraya en estos casos la respetabilidad -, y la forzosidad de ese reconocimiento proporciona idéntica dosis de fastidio. Míremos las cosas con más detalle: ¿qué es el hombre científico? Por lo pronto, una especie no aristocrática de hombre, con las virtudes de una especie no aristocrática de hombre, es decir, no dominante, no autoritaria y tampoco contenta de sí misma: el hombre científico tiene laboriosidad, paciencia para ocupar su sitio en la fila, regularidad y mesura en sus capacidades y necesidades, tiene el instinto para reconocer cuáles son sus iguales y qué es lo que sus iguales necesitan, por ejemplo aquella dosis de independencia y de prado verde sin la cual no hay tranquilidad en el trabaio, aquella pretensión de que se le honre y reconozca (la cual presupone primero y ante todo conocimiento, cognoscibilidad -), aquel rayo de sol de un buen nombre, aquella constante insistencia en su valor y en su utilidad, con la que es necesario superar una y otra vez la desconfianza íntima que hay en el fondo del corazón de todos los hombres dependientes y animales de rebaño. El docto tiene también, como es obvio, las enfermedades y defectos de una especie no aristocrática: tiene mucha envidia pequeña y posee un ojo de lince para ver cuanto de bajo hay en las naturalezas a cuyas alturas él no puede ascender.
Es confiado, mas sólo como uno que se deja ir paso a paso, pero no fluir como una corriente; y justo frente al hombre de la gran corriente el docto adopta una actitud tanto más fija y cerrada, - su ojo es entonces como un lago liso y disgustado, en el cual ya no aparece la onda de ningún embeleso, de ninguna simpatía. Las cosas peores y más peligrosas que un docto es capaz de hacer le vienen del instinto de mediocridad de su especie: de aquel jesuitismo de la mediocridad que trabaja instintivamente para aniquilar al hombre no usual y que intenta romper o - ¡mejor aún! - aflojar todo arco tenso. Aflojarlo, claro está, con consideración, con mano indulgente -, aflojarlo con cariñosa compasión: éste es el auténtico arte del jesuitismo, que ha sabido siempre presentarse
como religión de la compasión. -

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Por grande que sea el agradecimiento con que acojamos el espíritu objetivo - ¡y quién no habría estado ya alguna vez harto hasta la muerte de todo lo subjetivo y de su maldita ipsissimosidad! -, al final tenemos que aprender a tener cautela también con nuestro agradecimiento y poner freno a la exageración con que la renuncia del espíritu a sí mismo y su despersonalización vienen siendo ensalzadas últimamente, cual si fueran, por así decirlo, una meta en sí, una redención y transfiguración: cosa que suele ocurrir sobre todo en el interior de la escuela de los pesimistas, escuela que, por su parte, tiene también buenas razones para otorgar los máximos honores al «conocer desinteresado». El hombre objetivo, que ya no lanza maldiciones e injurias como el pesimista, el docto ideal, en el cual el instinto científico consigue florecer y prosperar tras miles de fracasos totales y de fracasos a medias, es con toda seguridad uno de los instrumentos más preciosos que existen: pero debe ser manejado por alguien más poderoso. El es tan sólo un instrumento, digamos: un espejo, - no una «finalidad por sí misma». El hombre objetivo es de hecho un espejo: habituado a someterse a todo lo que quiere ser conocido, sin ningún otro placer que el que le proporciona el conocer, el «reflejar», - ese hombre aguarda hasta que algo llega, y entonces se extiende con delicadeza, para que sobre su superficie y piel no se pierdan tampoco las huellas ligeras y el fugaz deslizarse de seres fantasmales. El resto de «persona» que todavía le queda parécele algo casual, algo con frecuencia arbitrario y, con más frecuencia aún, perturbador: hasta tal punto se ha convertido a sí mismo en lugar de paso y en reflejo de figuras y acontecimientos njenos. Le cuesta reflexionar sobre «sí mismo», y no raras veces yerra al hacerlo; fácilmente se confunde a sí mismo con otros, se equivoca en lo referente a sus propias necesidades, y esto es lo único en que se muestra burdo y negligente. Tal vez le atormenten la salud, o la mezquintind y ell aire enrarecido
de mujeres y amigos, o la fnlta de compañeros y compañía, más aún, se fuerza a sí mismo a reflexionar sobre su tormento: ¡en vano! Ya su pensamiento divaga lejos, yendo hacia el caso más general, y mañana sabe tan poco como sabía ayer de qué modo se le ha de ayudar. Ha perdido la seriedad para consigo mismo, también el tiempo: es jovial, no por falta de penas, sino por falta de dedos y de manos para tocar sus penas. La condescendencia habitúal con toda cosa y acontecimiento, la alegre e imparcial hospitalidad con que acoge todo lo que choca con él, su especie de inconsiderada benevolencia, de peligrosa despreocupación por el sí y el no: ¡ay, se dan bastantes casos en que tiene que expiar esas virtudes suyas! - y en cuanto ser humano conviértese con demasiada facilidad en el caput mortuum [cabeza muerta] de esas virtudes. Si se quiere de él amor y odio, quiero decir amor y odio tal como los entienden Dios, la mujer y el animal-: él hará lo que pueda, y dará lo que pueda. Pero no debemos extrañarnos de que no sea mucho, - de que justo en esto se muestre inauténtico, frágil, equívoco y podrido. Su amor es querido, su odio es artificial y más bien un tour de force [prueba de fuerza], una pequeña vanidad y exageración. En efecto, él es auténtico nada más que en la medida en que le es lícito ser objetivo: únicamente en su jovial totalismo continúa siendo «naturaleza» y «natural». Su alma reflectante y que eternamente está alisándose no sabe ya afirmar, no sabe ya negar; no da órdenes; tampoco destruye. Je ne méprise presque rien [yo no desprecio casi nada] - dice con Leibniz : ¡no se pase por alto ni se infravalore el presque [casi]! Tampoco es un hombre modelo; no va delante de nadie, ni detrás de nadie; se sitúa en general demasiado lejos como para tener motivo de tomar partido entre el bien y el mal. Al confundirle durante tanto tiempo con el filósofo, con el cesáreo disciplinador y violentador de la cultura: se le han otorgado honores demasiado elevados y se ha dejado de ver lo más esencial que hay en él, - él es un instrumento, un ejemplar de esclavo, aunque también, ciertamente, la especie más sublime de esclavo, pero, en sí mismo, nada, presque rien! [¡casi nada!]. El hombre objetivo es un instrumento, un instrumento de medida y una obra maestra de espejo, precioso, fácil de romper y de empañar, al que se le debe tratar con cuidado y honrar; pero no es una meta, un resultado y elevación, un hombre complementario en el cual se justifique la restante existencia, no es una conclusión - y menos aún es un comienzo, una procreación y causa primera, no es algo rudo, poderoso, plantado en sí mismo, que quiere ser señor: antes bien, es sólo un delicado, hinchado, fino, móvil recipiente formal, que tiene que aguarda a un contenido y a una sustancia cualesquiera para «configurarse» a sí mismo de acuerdo con ellos, - de ordinario es un hombre sin contenido ni sustancia, un hombre «sin sí mismo». En consecuencia, tampoco es una cosa para mujeres, in parenthesi [dicho sea entre paréntesis]. -

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Cuando un filósofo da a entender hoy que él no es un escéptico, - yo espero que se haya percibido eso en la descripción que acabo de hacer del espirítu objetivo - todo el mundo oye eso con disgusto; se le examina con cierto recelo, se querría preguntarle y preguntarle muchas cosas..., más aún, entre los oyentes tímidos, que ahora existen en gran cantidad, se le califica, desde ese momento, de peligroso. Les parece como si, en el repudio del escepticismo por parte de aquel, ellos escuchasen desde lejos un ruido malvado y amenazador, como si en alguna parte se estuviera ensayando una nueva sustancia explosiva, una dinamita del espíritu, quizá una nihilina rusa recién descubierta, un pesimismo bonae voluntatis  [de buena voluntad] que no se limita a decir no, a querer no, sino - ¡cosa horrible de pensar! - a hacer no.  Contra esa especie de «buena voluntad» - una
no voluntad de negación real y efectiva de la vida - no hay hoy, según es reconocido por todos. mejor somnífero que la suave, amable, tranquilizante adormidera del escepticismo; el mismo Hamlet es recetado hoy, por los médicos de la época, como un medicamento contra el «espíritu» y sus rumores subterraneos. «¿No tenemos ya enteramente llenos los oídos de rumores perversos? - dice el escéptico, presentándose como amigo de la tranquilidad y casi como una especie de policía de seguridad: - ¡ese no subterráneo es horrible! ¡Callaos por fin, topos pesimistas! » En efecto, el escéptico, esa criatura delicada, se horroriza con demasiada facilidad; su conciencia está amaestrada para sobresaltarse y sentir algo así como una mordedura cuando oye cuálquier no, es incluso cuando oye un sí duro y decidido. ¡Sí! y ¡no! - esto repugna a su moral; por el contrario, le gusta agasajar a su virtud con la noble abstención, diciendo acaso con Montaigne: «¿Qué sé yo?» O con Sócrates: «Yo sé que no sé nada.» O: «Aquí no me fío de mí, aquí no esta abierta ninguna
puerta para mí.» O: «Suponiendo que estuviera abierta,para qué entrar en seguida! » O: ¿de qué sirven todas las hipótesis apresuradas? No hacer hipótesis podría fácilmente formar parte del buen gusto. ¿Es que teneis que enderezar inmediatamente lo torcido? ¿Que tapar todo agujero con una estopa cualquiera? ¿No tiene esto su tiempo? ¿No tiene tiempo el tiempo? Oh muchachos del diablo, ¿no podéis aguardar en modo alguno? También lo incierto tiene sus atractivos, también la Esfinge es una Circe, también Circe fue una filósofa.» - Así se consuela a sí mismo un escéptico; y es cierto que tiene necesidud de algún consuelo. En efecto, el escepticismo es la expresón más espiritual de una cierta constitución psicológica compleja a la que, en el lenguaje vulgar, se le da el nombre dc debilidad nerviosa y constitución enfermiza; el escepticismo surge siempre que razas o estamentos largo tiempo separados entre sí se entrecruzan de manera decidida y súbita. En la nueva estirpe, la cual, por así decirlo, acoge en su sangre por herencia medidas y valores diferentes, todo es inquietud, turbación, duda, ensayo; las fuerzas mejores producen un efecto inhibitorio, las virtudes mismas no se dejan unas a otras crecer ni fortalecerse, en el cuerpo y en el alma faltan el equilibrio, el centro de gravedad, la segurídad perpendicular. Pero lo que más hondamente enferma y degenera en esos mestizos es la voluntad: ellos ya no conocen en absoluto la independencia en la resolución,
el valiente sentimiento de placer en el querer, - incluso en sus sueños dudan de la «libertad de la voluntad». Nuestra Europa de hoy, escenario de un ensayo absurdo y repentino de mezclar radicalmente entre sí los estamentos y, en consecuencia, las razas, es por ello escéptica tanto arriba como abajo, exhibiendo unas veces ese móvil escepticismo que salta, impaciente y ávido, de una rama a otra, y presentándose otras torva cual una nube cargada de signos de interrogación, - ¡y a menudo mortalmente harta de su voluntad! Parálisis de la voluntad: ¡en qué lugar no encontramos hoy sentado a ese tullido! ¡Y a menudo, incluso, muy ataviado! ¡Qué seductoramente engalanado! Para esta enfermedad existen los más hermosos vestidos de gala y de mentira; y que, por ejemplo, la mayor parte de lo que hoy se exhibe a sí mismo en los escaparates como «objetividad», «cientificismo», l'art pour l'art, «conocer puro, independiente de la volnntad», no es otra cosa que escepticismo y parálisis de la voluntad engalanados, - ése es un diagnóstico de la enfermedad europea del que yo quiero salir responsable. - La enfermedad de la voluntad se ha extendido sobre Europa de una manera no uniforme: donde más amplia y compleja se muestra es allí donde más tiempo hace que la cultura está aposentada, y desaparece en la medida en que «el bárbaro» hace valer todavía - o de nuevo - su derecho bajo la desaliñada vestimenta de la cultura occidental. En la Francia actual es, por tanto, y esto es cosa tan fácil de deducir como de palpar con la mano, donde más enferma se encuentra la voluntad; y Francia, que siempre ha tenido una habilidad magistral para transformar en algo atractivo y seductor incluso los giros más fatales de su espíritu, muestra hoy propiamente su preponderancia cultural sobre Europa en su calidad de escuela y escaparate de todas las magias del escepticismo. La fuerza de querer, y de querer, en verdad, una voluntad única durante largo tiempo, es ya un poco más fuerte en Alemania, y en el norte alemán es, a su vez, más fuerte que en el centro; considerablemente más fuerte es en Inglaterra, en España y Córcega, ligada en el primer caso a la flema, y en el segundo a los cráneos duros, - para no hablar de Italia, la cual es demasiado joven como para saber lo que quiere, y que tiene que demostrar primero si es capaz de querer -, pero donde más fuerte y más asombrosa se muestra es en aquel imperio intermedio en el que Europa, por así decirlo, refluye hacia Asia, en Rusia. Allí la fuerza de querer ha venido siendo reservada y acumulada desde hace mucho tiempo, allí la voluntad - quién sabe si como voluntad de afirmación o de negación - aguarda amenazadoramente el momento en que se la accione, para tomar prestado a los físicos de hoy su palabra preferida. Para que Europa quede libre de su máximo peligro acaso sean necesarias no sólo guerras en India y complicaciones en Asia, sino revoluciones internas, la desmembración del Reich en pequeños cuerpos y, sobre todo, la introducción de la imbecilidad parlamentaria, además de la obligación para todo el mundo de leer su periódico durante el desayuno. Yo no digo esto porque lo desee: antes bien, yo desearía lo contrario, - quiero decir, un aumento tal de la amenaza representada por Rusia que Europa tuviera que decidirse a volverse amenazadora en esa misma medida, esto es, a adquirir una voluntad única mediante el instrumento de una nueva casta que dominase sobre Europa, a adquirir una voluntad propia prolongada, terrible, que pudiera proponerse metas para milenios: - para que por fin acabasen tanto la comedia, que ha durado demasiado, de su división en pequeños Estados como sus veleidades dinásticas y democráticas. El tiempo de la política pequeña ha pasado: ya el próximo siglo trae consigo la lucha por el dominio de la tierra, - la coacción a hacer una política grande.

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Hasta qué punto la nueva edad bélica en que nosotros los europeos hemos manifiestamente entrado va a favorecer quizá también el desarrollo de una especie distinta y más fuerte de escepticismo es cosa sobre la cual yo quisiera expresarme por el momento nada más que mediante una imagen, que los amigos de la historia alemana comprenderán. Aquel irreflexivo entusiasta de los granaderos guapos y altos que, como rey de Prusia, dio vida a un genio militar y escéptico - y con ello, en el fondo, a ese nuevo tipo de alemán que justo ahora aparece victoriosamente en el horizonte -, el ambiguo y loco padre de Federico el Grande, tuvo también en un único punto la zarpa y la garra afortunada del genio: supo qué era lo que faltaba entonces en Alemania, y cuál era la falta que resultaba cien veces más angustiosa y urgente que, por ejemplo, la falta de cultura y de forma social, - su aversión por el joven Federico provenía de la angustia de un instinto profundo. Faltaban varones; y él recelaba, para amarguísimo fastidio suyo, que su propio hijo no era suficientemente varón. En esto se engañó: mas ¿quién no se habría engañado en su lugar? Veía a su hijo víctima del ateísmo, del Esprit [espíritu]l de la deleitosa frivolidad de franceses llenos de ingenio: - veia en el trasfondo la gran chupadora de sangre, la araña del escepticismo, sospechaba la incurable miseria de un corazón que ya no es bastante fuerte ni para el bien ni para el mal, de una voluntad rota que ya no da órdenes, que ya no puede dar órdenes. Pero entre tanto se desarrolló en su hijo aquella especie nueva, más peligrosa y más dura, de escepticismo, - ¿quién sabe hasta qué punto favorecida precisamente por el odio del padre y por la gélida melancolía de una voluntad que se había hecho solitaria? - el escepticismo de la virilidad temeraria, que está estrechamente emparentado con el genio para la guerra y para la conquista y que hizo su primera entrada en Alemania bajo la figura del gran Federico. Este escepticismo desprecia y, sin embargo, atrae hacia sí; socava y se posesiona; no cree, pero no se pierde en eso; otorga al espíritu una libertad peligrosa, pero al corazón lo sujeta con rigor; es la forma alemana del escepticismo, que, en forma de un fredericianismo prolongado y elevado hasta lo más espiritual, ha tenido sometida durante largo tiempo a Europa bajo el dominio del espíritu alemán y de su desconfianza crítica e histórica. Gracias al indomable, fuerte y tenaz carácter viril de los grandes filólogos y críticos de la historia alemanes (los cuales, si se los mira bien fueron todos ellos también artistas de la destrucción y de la disgregación) se estableció poco a poco, pese a todo el romanticismo en música o en filosofía, un nuevo concepto del espíritu alemán, en el que destacaba decisivamente la tendencia al escepticismo viril: ya, por ejemplo, como intrepidez de la mirada, ya como valentía y dureza de la mano al descomponer cosas, ya como tenaz voluntad de emprender peligrosos viajes de descubrimiento, espiritualizadas expediciones al polo norte bajo cielos desolados y peligrosos. Sin duda está bien justificado el que hombres humanitarios, de sangre fría, superficiales, se santigüen precisamente ante ese espíritu: cet esprit fataliste, ironique, rnéphistophéliqe [ese espíritu fatalista, irónico, mefistofélico] lo denomina, no sin estremecimientos, Michelet. Pero si alguien quiere percibir qué distinción tan grande representa ese miedo al avarón» existente en el espíritu alemán, que despertó a Europa de su «somnolencia dogmática», recuerde el antiguo concepto que fue necesario superar con él, - y cómo no hace tanto tiempo que a una mujer masculinizada le fue lícito, con una desbocada presunción, osar recomendar los alemanes a la simpatía de Europa, como cretinos suaves y poéticos, huecos de corazón y débiles de voluntad.
Entiéndase por fin con suficiente profundidad el asombro de Napoleón cuando vio a Goethe: ese asombro delata lo que durante siglos se había entendido por «espíritu alemán». «Voilà un homme»-. quería decir: «¡Eso es un varón! ¡Y yo había aguardado únicamente un alemán!»-

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Suponiendo, pues, que en la imagen de los filósofos del futuro haya algún rasgo que permita adivinar que acaso ellos tengan que ser escépticos en el sentido recién insinuado, con esto no habríamos designado más que algo en ellos - y no a ellos mismos. Idéntico derecho tienen a hacerse llamar críticos; y sin ninguna duda serán hombres de experimentos. Mediante el nombre con que he osado bautizarlos he subrayado ya de modo expreso el experimentar y el placer de experimentar:¿ lo he hecho porque a ellos, en cuanto críticos de los pies a la cabeza, les gusta servirse del experimento en un sentido nuevo, quizá más amplio, quizá más peligroso? En su pasión de conocimiento, ¿tienen ellos que llegar, con sus temerarios y dolorosos experimentos, más allá de lo que puede aprobar el reblandecido y debilitado gusto de un siglo democrático? - No hay duda: a esos venideros es a los que menos les será lícito abstenerse de aquellas propiedades serias y no exentas de peligro que diferencian al crítico del escéptico, quiero decir, la seguridad de los criterios valorativos, el manejo consciente de una unidad de método, el coraje alertado, el estar solos y el poder responder de sí mismos; más aún, admiten la existencia en ellos de un placer en el decir no y en el desmembrar las cosas, y de una cierta crueldad juiciosa que sabe manejar el cuchillo con seguridad · finura, aun cuando el corazón sangre. Serán más duros (y quizá no sólo siempre contra sí mismos) de lo que las personas humanitarias pensarían, no establecerán relaciones con la «verdad» para que ésta les «agrade» o los «eleve» o los «entusiasme»: - antes bien, será parca su creencia de que precisamente la verdad comporta tales placeres para el sentimiento. Sonreirán, estos espíritus rigurosos, cuando alguien diga ante ellos. «Ese pensamiento me levanta: ¿cómo no iba a ser él verdadero?» O: «Esa obra me encanta: ¿cómo no iba a ser ella hermosa?» O: «Ese artista me engrandece: ¿cómo no iba a ser él grande?» - acaso tengan preparada no sólo una sonrisa, sino una auténtica náusea frente a todo lo que de ese modo sea iluso, idealista, femenino, hermafrodita, y quien supiera seguirlos hasta las cámaras ocultas de su corazón difícilmente encontraría allí el propósito de conciliar los «sentimientos cristianos» con el «gusto antiguo» y menos aún con el «parlamentarismo moderno» (propósito conciliador que, en nuestro muy inseguro y, por consiguiente, muy conciliador siglo, se encontrará incluso entre los filósofos). Esos filósofos del futuro se exigirán a sí mismos no sólo una disciplina crítica y todos los hábitos que conducen a la limpieza y al rigor en los asuntos del espíritu: les será lícito ex-hibirse a sí mismos como su especie de ornamento, - a pesar de ello, no por esto quieren llamarse todavía críticos. Paréceles una afrenta no pequeña que se hace a la filosofía el que se decrete, como hoy se gusta de hacer: «la filosofía misma es crítica y ciencia crítica - ¡y nada más que eso!» Aunque esta valoración de la filosofía goce del aplauso de todos los positivistas de Francia y de Alemania (- y sería posible que hubiese halagado incluso al corazón y al gusto de Kant recuérdese el título de sus obras capitales -): nuestros nuevos filósofos dirán a pesar de eso: ¡los críticos son instrumentos del filósofo, y precisamente por eso, por ser instrumentos, no son aún, ni de lejos, filósofos! También el gran chino de Königsberg era únicamente un gran crítico. -

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Insisto en que se deje por fin de confundir a los obreros filosóficos y, en general, a los hombres científicos con los filósofos, - en que justo aquí se dé rigurosamente «a cada uno lo suyo», a los primeros no demasiado, y a los segundos no demasiado poco. Acaso para la educación del verdadero filósofo se necesite que él mismo haya estado alguna vez también en todos esos niveles en los que permanecen, en los que tienen que permanecer sus servidores, los obreros científicos de la filosofía; él mismo tiene que haber sido tal vez crítico y escéptico y dogmático e historiador y, además, poeta y coleccionista y viajero y adivinador de enigmas y moralista y vidente y «espíritu libre» y casi todas las cosas, a fin de recorrer el círculo entero de los valores y de los sentimientos de valor del hombre y a fin de poder mirar con muchos ojos y conciencias, desde la altura hacia toda lejanía, desde la profundidad hacia toda altura, desde el rincón hacia toda amplitud. Pero todas estas cosas son únicamente condiciones previas de su tarea: esta misma quiere algo distinto, - exige que él crec valoves. Aquellos obreros filosóficos modelados según el noble patrón de Kant y de Hegel tienen que establecer y que reducir a fórmulas cualquier gran hecho efectivo de valoraciones - es decir, de anteriores posiciones de valor, creaciones de valor que llegaron a ser dominantes y que durante algún tiempo fueron llamadas «verdades» - bien en el reino de lo lógico, bien en el de lo político (moral), bien en el de lo artístico. A estos investigadores les incumbe el volver aprehensible, manejable, dominable con la mirada, dominable con el pensamiento todo lo que hasta ahora ha ocurrido y ha sido objeto de aprecio, el acortar todo lo largo, más aún, «el tiempo» mismo, y el sojuzgar el pasado entero: inmensa y maravillosa tarea en servir a la cual pueden sentirse satisfechos con seguridad todo orgullo sutil, toda voluntad tenaz. Pero los anténticos filósofos
son hombres que dan órdenes y legislan: dicen «¡así debe ser! », son ellos los que determinan el «hacia dónde» y el «para qué» del ser humano, disponiendo aquí del trabajo previo de todos los obreros filosóficos, de todos los sojuzgadores del pasado, - ellos extienden su mano creadora hacia el futuro, y todo lo que es y ha sido conviértese para ellos en medio, en instrumento, en martillo. Su «conocer» es crear, su crear es legislar, su voluntad de verdad es - voluntad de poder, - ¿Existen hoy tales filósofos? ¿Han existido ya tales filósofos? ¿No tienen qué existir tales filósofos?....

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Va pareciéndome cada vez más que el filósofo, en cuanto es un hombre necesario del mañana y del pasado manana, se ha encontrado y ha tenido que encontrarse siempre en contradicción con su hoy: su enemigo ha sido siempre el ideal de hoy. Hasta ahora todos esos extraordinarios promotores del hombre a los que se les da el nombre de filósofos, y que raras veces se han sentido a sí mismos como amigos de la sabiduría, sino más bien como necios desagradables y como peligrosos signos de interrogación, - han encontrado su tarea, su dura, involuntaria, inevitable tarea, pero finalmente la grandeza de su tarea, en ser la conciencia malvada de su tiempo. Al poner su cuchillo, para viviseccionarlo, precisamente sobre el pecho de las virtudes de su tiempo, delataban cuál era su secreto propio: conocer una nueva grandeza del hombre, un nuevo y no recorrido camino hacia su engrandecimiento. Siempre han puesto al descubierto cuánta hipocresía, espíritu de comodidad. dejarse ir y dejarse caer, cuánta mentira yace oculta bajo los tipos más venerados de la moralidad contemporánea, cuánta virtud estaba anticuada, siempre dijeron: «Nosotros tenemos que ir allá, allá fuera, donde hoy vosotros menos os sentís como en vuestra casa.» A la vista de un mundo de «ideas modernas», el cual confinaría a cada uno a un rincón y «especialidad», un filósofo, en el caso de que hoy pueda haber filósofos, se vería forzado a situar la grandeza del hombre, el concepto «grandeza», precisamente en su amplitud y multiplicidad, en su totalidad en muchas cosas: incluso determinaría el valor y el rango por el número y diversidad de cosas que uno solo pudiera soportar y tomar sobre sí, por la amplitud que uno solo pudiera dar a su responsabilidad. Hoy el gusto de la época y la virtud de la época debilitan y enflaquecen la voluntad, nada está tan en armonía con la época como la debilidad de la voluntad: por tanto, en el ideal del filósofo tienen que formar parte del concepto «grandeza» justo la fortaleza de la voluntad, justo la dureza y capacidad para adoptar resoluciones largas; con el mismo derecho con que la doctrina opuesta y el ideal de una humanidad idiota, abnegada, humilde, dcsinteresada serían adecuados a una época opuesta, a una época que, como el siglo XVI, sufriese a causa de su acumulada energía de voluntad y a causa de las aguas y mareas totalmente salvajes del egoísmo. En la época de Sócrates, entre hombres de instinto fatigado, entre viejos atenienses conservadores que se dejaban ir - «hacia la felicidad», según ellos decían, hacia el placer, según ellos obraban - y que, al hacerlo, continuaban empleando las antiguas y espléndidas palabras a las cuales no les daba derecho alguno su vida desde hacía mucho tiempo, quizá fuese necesaria, para la grandeza del alma, la ironia, aquella maliciosa ironía socrática del viejo médico y plebeyo que sajaba sin misericordia tanto su propia carne como la carne y el corazón del «aristócrata», con una mirada que decía bastante inteligiblemente: «¡No os disfracéis delante de mí! ¡Aquí - somos iguales! » Hoy, a la inversa, cuando en Europa es el animal de rebaño el único que recibe y que reparte honorcs, cuando la «igualdad de derechns» podría transformarse con demasiada facilidad en la igualdad en la injusticia: yo quiero decir, combatiendo conjuntamente todo lo raro, extraño, privilegiado del hombre superior, del deber superior, de la responsabilidad superior, de la plenitud de poder y el dominio superiores, - que hoy el ser aristócrata, el querer ser para sí, el poder ser distinto, el estar solo y el tener que vivir por sí mismo forman parte del concepto «grandeza»; y el filósofo delatará algo de su propio ideal cuando establezca: «El más grande será el que pueda ser el más solitario, el más oculto, el más divergente, el hombre más allá del bien y del mal, el señor de sus virtudes, el sobrado de voluntad; grandeza debe llamarse precisamente el poder ser tan múltiple como entero, tan amplio como pleno.» Y hagamos una vez más la pregunta: ¿es hoy - posible la grandeza?

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Lo que un filósofo es, eso resulta difícil de aprender, pues no se puede enseñar: hay que «saberlo», por experiencia, - o se debe tener el orgullo de no saberlo. Pero que hoy todo el mundo habla de cosas con respecto a las cuales no puede tener experiencia alguna, eso es algo que se aplica ante todo y de la peor manera a los filósofos y a los estados de ánimo filosóficos: - poquísimos son los que los conocen, poquísimos son aquellos a los que les es lícito conocerlos, y todas las opiniones populares sobre ellos son falsas. Así, por ejemplo, la mayor parte de los pensadores y doctos no conocen por experiencia propia esa coexistencia genuinamente filosófica entre una espiritualidad audaz y traviesa, que corre presto, y un rigor y necesidad dialécticos que no dan ningún paso en falso, y por ello, en el caso de que alguien quisiera hablar de esto delante de los mismos, resultaría indigno de fe. Ellos se representan toda necesidad como una pena,como un penoso tener-que-seguir y ser-forzado; y el mismo pensar lo conciben como algo lento, vacilante, casi como una fatiga, y, con bastante frecuencia, como «digno del sudor de los nobles» - ¡pero no, en modo alguno, como algo ligero, divino, estrechamente afín al baile, a la petulancia! «Pensar» y «tomar en serio», «tomar con gravedad» una cosa - en ellos esto va junto: únicamente así lo han «vivido» ellos - Acaso los artistas tengan en esto un olfato más sutil: ellos, que saben demasiado bien que justo cuando no hacen ya nada «voluntariamente», sino todo necesariamente, es cuando llega a su cumbre su sentimiento de libertad, de finura, de omnipotencia, de establecer, disponer, configurar creadoramente, - en suma, que entonces es cuando la necesidad y la «libertad de la voluntad» son en ellos una sola cosa. Hay, finalmente, una jerarquía de estados anímicos a la cual corresponde la jerarquía de los problemas; y los problemas supremos rechazan sin piedad a todo aquel que se atreve a acercarse a ellos sin estar predestinado, por la altura y el poder de su cspiritualiad a darles solución. ¡De que sirve el que flexibles cabezas universales o mecánicos y empíricos desmañados y bravos se esfuercen, como hoy sucede de tantos modos, por acercarsc: a ellos con su ambición de plebeyos y por penetrar, si cabe la expresion, en esa «corte de las cortes»! Pero a los pies groseros nunca les es lícito pisar tales alfombras: de eso ha cuidado la ley primordial de las cosas; las puertas permanecen cerradas para estos intrusos, aunque se den de cabeza contra ellas y se la rompan! Para entrar en un mundo elevado hay que haber nacido, o dicho con más claridad, hay que haber sido cuiado para él: derecho a la filosofía - tomando esta palabra en el sentido grande - sólo se tiene gracias a la ascendencia, también aquí son los antecesores, la «sangre»  los que deciden. Muchas generaciones tienen que haber trabajado anticipadamente para que surja el filósofo; cada una de sus virtudes tiene que haber sido adquirida, cultivada, heredada, apropiada individualmente, y no sólo el paso y carrera audaces, ligeros, delicados de los pensamientos, sino sobre todo la prontitud para las grandes responsabilidades, la soberanía de las miradas dominadoras, de las miradas hacia abajo, el sentirse a sí mismo separado de la multitud y de sus deberes y virtudes, el afable proteger y defender aquello que es malentendido y calumniado, ya sea Dios, ya sea el demonio, el placer. Si la ejercitación en la gran justicia, el arte de mandar, la amplitud de la voluntad, el ojo lento, que raras veces admira, raras veces mira hacia arriba, raras veces ama...


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Presentación
















ARTISTAS:
Vease, antes, nota 66.


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ALABANZAS AGRADABLES:
Nietzsche alude aquí al provervio alemán Eigenlob stinkt [La alabanza de sí mismo hiede].


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ENGREIDOS:
En alemán hace Nietzsche un juego de palabras con los términos gebildet [culto] y eingebildet [engreido].


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EUGEN DÜHRING:
En repetidas ocasiones insiste Nietzsche en calificar de ese modo a E. Dühring. Así, en La genealogia de la moral, II, 11, lo llama «agitador», y más adelante, III, 14,  «apóstol berlinés de la venganza». En III, 26, vuelve a hablar de su anarquismo.


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EDUARD von HARTMANN:
La calificación de amalgamista», aplicada aquí por Nietzsche a Eduard von Hartmann (1842-1906), filósofo alemán, cuya obra principal es La filosofía del inconsciente (1869), se refiere al intento de este filósofo de fundir o amalgamar a Hegel (el espíritu), Schelling (el inconsciente) y Schopenhauer (la voluntad).


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EPOJÍSTICA:
Nietzsche acuña el término alemán Epochistik derivándolo del griego Épojé (inhibición, suspensión del juicio), usado por los escépticos antiguos. Según Sexto el Empírico, la Èpojé consiste en «un estado de reposo mental en el cual ni afirmamos ni negamos».


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EL GENIO:
Nietzsche repite este mismo pensamiento más tarde, en el aforismo 248 . La concepción nietzscheana del genio puede verse en innumerables pasajes de sus obras, y de manera muy especial en Crepúsculo de los ídolos, «Incursiones de un intempestivo», aforismo 44, titulado «Mi concepto del genio».


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IPSISSIMOSIDAD:
Ipsissimosität es término acuñado por Nietzsche, derivándolo del latín ipsissimus [mismísimo], superlativización de ipse [el mismol. Tal vez se podría castellanizar también por «mismisimosidad».


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JE NE MÉPRISE PRESQUE RIEN:
El contexto en que aparece esta expresión en Leibniz es el siguiente: «Yo no desprecio casi nada, y nadie es menos crítico que yo. Suena raro: pero yo apruebo casi todo lo que leo, pues sé bien que las cosas se pueden concebir de modos muy distintos, y, por eso, mientras leo, encuentro muchas cosas que toman bajo su protección o defienden al autor


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PESIMISMO DE LA BONAE VOLUNTATIS:
Las expresiones Nein sagen [decir no], Nein wollen [querer no] y Nein tun [hacer no], verdaderamente violentadoras del lenguaje, ya las habia empleado Nietzsche varias veces en Asi habló Zaratustra. Véase también Ecce homo. Mantenemos su violencia en esta traducción, en lugar de suavizarla.


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ENDEREZAR LO TORCIDO:
Nietzsche adapta aquí, empleándola a su manera, una expresión biblica (Miqueas, 3, 9: «Escuchad vosotros los que volvéis torcido todo lo derecho»). En Asi habló Zaratustra, «En las islas afortunadas», habia dicho Nietzsche: «Dios es un pensamiento que vuelve torcido todo lo derecho


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L' ART POUR L' ART:
«El arte por el arte» es frase acuñada en 1836 por el filósofo francés V. Cousin (1792-1867) y difundida sobre todo por Th. Gautier (1811-1872) en el prólogo a su novela Mademoiselle
de Maupin
. Con ella se rechaza toda heteronomia del arte. Nietzsche alude a ella también más tarde, en el aforismo 254.


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POLÍTICA GRANDE:
Sobre la «política grande» véase Aurora, aforismo 189, «De la gran política». Véase asimismo Ecce homo, «Por qué soy un destíno»,1 : «Sólo a partir de mí existe en la tierra la gran política.»


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REY DE PRUSIA:
Nietzsche alude al rey de Prusia Federico Guillermo I (1688-1740), llamado «el rey sargento», padre de Federico el Grande; el enfrentamíento de éste con su padre (al que luego alude Nietzsche) fue tan grande que, tras una tentativa de fuga, el hijo fue encarcelado en 1730, en Küstrin, y su amigo Katte, ejecutado.


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CORAZÓN SUJETO:
Véanse, antes, nota 60, y aforismo 87 de esta obra.


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MICHELET:
Jules Michelet (1798-1874). Uno de los más grandes historiadores franceses del siglo pasado. Su obra fundamental es Historia de Francia, en 17 tomos (publicada desde 1833 hasta 1867). La derrota de Francía a manos de Alemania en 1870 le hizo escribir uno de sus libros más conocidos: Francia ante Europa.


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SOMNOLENCIA DOGMÁTICA:
Nietzsche toma prestada de Kant la expresión dogmatischer Schlummer con que éste (Prolegómenos, introducción) califica su situación filosófica anterior a la lectura de Hume. El texto de Kant es el siguiente: «Lo confieso con franqueza: la advertencia de David Hume fue precisamente la que, hace muchos años, interrumpió en primer término mi somnolencia dogmática, y la que dio una dirección completamente distinta a mis investigaciones en el campo de la filosofia especulativa


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MUJER MASCULINIZADA:
La «mujer masculinizada» a que Nietzsche alude es la escritora francesa baronesa de Staël (1766-1817), quien con su obra De l'Allemagne (1810) creó en Francia la imagen de una Alemania habitada por pensadores ajenos al mundo y por poetas soñadores. En Asi habló Zaratustra, «De la virtud empequeñecedora») había empleado Nietzsche una expresión similar: «Hay aquí pocos hombres: por ello se masculinizan sus mujeres.» Más adelante, aforismos 232  y 233, vuelve Nietzsche a referirse a la baronesa de Staël.


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VOILA UN HOMME:
El encuentro de Goethe con Napoleón tuvo lugar en Erfurt, el 2 de octubre de 1808, en presencia de Talleyrand y de otros dignatarios. En él ambos hablaron del Werther, del Mahoma de Voltaire, y del teatro clásico. La escena y las palabras exactas de Napoleón, tal como las narra Goethe en sus recuerdos, se desarrollaron de este modo: «A las doce del día estaba citado con el emperador... Me introducen... El emperador está sentado a una gran mesa redonda, almorzando... El emperador me indica por señas que me acerque. Yo me mantengo en pie, a la debida distancia. Luego me mira atentamente Y me dice: Vous étes un homme! Yo me inclino...»


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EL GRAN CHINO:
En esta extraña fórmula culmina, por asi decirlo, la siempre viva relación, mezcla de admiración y de insatisfacción, de Nietzsche frente a Kant. Desde los tiempos (1868) en que quiso hacer una tesis doctoral sobre el tema «El concepto de lo orgánico a partir de Kant» (influido por la detenida lectura del Kant de K. Fischer), pasando por el magnífico homenaje que le rinde en El nacimiento de la tragedia, 18, hasta los sarcasmos de La gaya ciencia, aforismo 335 (Kant como una zorra que, habiendo conseguido romper los barrotes de su jaula, vuelve a entrar por error en ella), y los de esta misma obra (véanse antes aforismo 5,  y aforismo 11), Nietzsche alaba y censura constantemente a Kant, pero lo tiene presente en todo instante. Lo que aquí quiere decir «chino» (Níetzsche vuelve a emplear otra vez ese mismo adjetivo para calificar a Kant en El Anticristo, aforismo 11) puede aclararse leyendo el aforismo 267 del libro que el lector tiene en sus manos, y recordando que en La gaya ciencia, aforismo 377, «chineria» equivale a «mediocrización», asi como lo que dice en La genealogia de la moral, I, 16, donde afirma que chinos, alemanes y judíos tienen cualidades análogas, pero que estos últimos son de primer rango, mientras que los dos primeros lo son de quinto.


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SUDOR DE LOS NOBLES:
La frase citada por Nietzsche es de F. G. Klopstock (1724-1803), quien dice repetidas veces en su oda El lago de Zurich que la inmortalidad del poeta es «digna del sudor de los nobles».


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SECCIÓN SEPTIMA:Nuestras virtudes

¿Nuestras virtudes? - Es probable que también nosotros sigamos teniendo nuestras virtudes, aunque, como es obvio, no serán aquellas candorosas y macizas virtudes en razón de las cuales honramos a nuestros abuelos, pero también los mantenemos un poco distanciados de nosotros. Nosotros los europeos de pasado mañana, nosotros primicias del siglo xx, - con toda nuestra peligrosa curiosidad, con nuestra complejidad y nuestro arte del disfraz, con nuestra reblandecida y, por-así decirlo, endulzada crueldad de espíritu y de sentidos, - nosotros, si es que debíeramos tener virtudes, tendremos presumiblemente sólo aquellas que hayan aprendido a armonizarse de manera óptima con nuestras inclinaciones más secretas e íntimas, con nuestras necesidades más ardientes: ¡bien, busqué moslas de una vez en nuestros laberintos!- en los cuales, como es sabido, son muchas las cosas que se extravían, muchas las cosas que se pierden del todo. ¿Y hay algo más hermoso que buscar nuestras propias virtudes? ¿No significa esto ya casi: creer en nuestra propia virtud? Pero este «creer en nuestra virtud» - ¿no es en el fondo lo mismo que en otro tiempo se llamaba nuestra «buena conciencia», aquella venerable trenza conceptual de larga cola que nuestros abuelos se colgaban detrás de su cabeza y, con bastante frecuencia, también detrás de su entendimiento? Parece, pues, que, aunque nosotros nos consideremos muy poco pasados de moda y muy poco respetables a la manera de nuestros abuelos, hay una cosa en la que, sin embargo, somos los dignos nietos de tales abuelos, nosotros los últimos europeos con buena conciencia: también nosotros seguimos llevando la trenza de ellos. - ¡Ay! ¡Si supieseis qué pronto, qué pronto ya - las cosas serán distintas!

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Así como en el reino de los astros son a veces dos los soles que determinan la órbita de un único planeta, así como en determinados casos soles de color diverso iluminan un único planeta, unas veces con luz roja, otras con luz verde, y luego lo iluminan de nuevo los dos a la vez y lo inundan de una luz multicolor: así nosotros los hombres modernos, gracias a la complicada mecánica de nuestro «cíelo estrellado», estamos determinados - por morales diferentes; nuestras acciones brillan alternativamente con colores distintos, raras veces son unívocas, - y hay bastantes casos en que realizamos acciones multicolores.

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¿Amar a nuestros enemigos? Yo creo que eso se ha aprendido bien: hoy eso ocurre de mil maneras, en lo grande y en lo pequeño; más aún, a veces ocurre ya algo más elevado y más sublime - nosotros aprendemos a despreciar cuando amamos, y precisamente cuando mejor amamos: - pero todo esto ocurte de manera inconsciente, sin ruido, sin pompa, con aquel pudor y ocultamiento de la bondad que prohíben a la boca decir la palabra solemne y la fórmula de la virtud. La moral como afectación - repugna hoy a nuestro gusto. Esto es también un progreso: como el progreso de nuestros padres fue el que a su busto acabase por repugnarle la religión como afectación, incluidas la hostilidad y la acritud volteriana contra la religión (y todo lo que en aquel tiempo formaba parte del lenguaje de gestos de los librepensadores). Con la música que hay en nuestra conciencia, con el baile que hay en nuestro espíritu es con lo que no quieren armonizar ninguna letanía puritana, ningún sermón moral y ninguna probidad.

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¡Ponerse en guardia contra quienes dan mucho valor a que se confíe en su tacto y sutileza morales en materia de distinciones morales! Ellos no nos perdonan jamás el haberse equivocado alguna vez en presencia nuestra (y, más aún, a propósito de nosotros), - inevitablemente se convierten en nuestros calumniadores y detractores instintivos, aun cuando continúen siendo «amigos» nuestros. - Bienaventurados los olvidadizos: pues «digerirán» incluso sus estupideces.

218
Los psicólogos de Francia - ¿y en qué otro lugar existen hoy
psicólogos?  - no han acabado aún de saborear el amargo y multiforme placer que encuentran en la bêtise bourgeoise [estupidez burguesa], como si, por así decirlo..., basta, con esto ellos delatan una cosa. Flaubert, por ejemplo, el honrado burgués de Rouen, no vio, ni oyó, ni saboreó, en última instancia, más que esto: constituía su especie propia de autotortura y de sutil crueldad. Ahora bien, yo recomiendo, para variar - pues la cosa se vuelve aburrida-, algo maravillosamente distinto: la astucia inconsciente con que todos los buenos,
gordos y honrados espíritus de la mediocridad se comportan respecto de los espíritus superiores y las tareas de éstos, aquella astucia sutil, ganchuda, jesuítica, que resulta mil veces más sutil que el entendimiento y el gusto de esa clase media en sus mejores instantes - más sutil incluso que el entendimiento de sus victimas -: para que quede reiteradamente demostrado que el «instinto» es la más inteligente de todas las especies de inteligencia descubiertas hasta ahora. En suma, estudiad, psicólogos, la filosofía de la «regla» en lucha con la «excepción»: ¡ahí tenéis un espectáculo que resulta bastante bueno para los dioses y para la malicia divina! O, dicho de modo más actual: ¡viviseccionad al «hombre bueno», al homo bonae voluntatis [hombre de buena voluntad]..., a nosotros!

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El juicio y la condena morales constituyen la venganza favorita de los hombres espiritualmente limitados contra quienes no lo son tanto, y también una especie de compensación por el hecho de haber sido mal dotados por la naturaleza, y, en fin, una ocasión de adquirir espíritu y volverse sutiles: - la maldad espiritualiza. En el fondo de su corazón les agrada que exista un criterio frente al cual incluso los hombres colmados de bienes y privilegios del espíritu se equiparan a ellos: - luchan por la «igualdad de todos ante Dios», y para esto casi necesitan ya la fe en Dios. Entre ellos se encuentran los adversarios más vigorosos del ateísmo. Quien les dijera «una espiritualidad elevada no tiene comparación con ninguna probidad ni respetabilidad de un hombre que sea precisamente sólo moral», los pondría furiosos: - yo me guardaré de hacerlo. Quisiera, antes bien, halagarlos con mi tesis de que una espiritualidad elevada subsíste tan sólo como último aborto de cualidades morales; que ella constituye una síntesis de todos aquellos estados atribuidos a los hombres «sólo morales», una vez que se los ha conquistado, uno a uno, mediante una disciplina y un ejercicio prolongados, tal
vez en cadenas enteras de generaciones; que la espiritualidad elevada es precisamente la espiritualización de la justicia y de aquel rigor bonachón que se sabe encargado de mantener en el mundo el orden del rango, entre las cosas mismas - y no sólo entre los hombres.

220
Dado que la alabanza del «desinteresado» es tan popular ahora, tenemos que cobrar consciencia, tal vez no sin algún peligro, de qué es aquello por lo que el pueblo se interesa propiamente y de cuáles son en general las cosas de que el hombre vulgar se preocupa por principio y a fondo: incluidos los hombres cultos, incluso los doctos, y, si no me equivoco del todo, casi también los filósofos. El hecho que aquí sale a luz es que la mayor parte de las cosas que interesan y atraen a gustos más sutiles y exigentes, a toda naturaleza superior, ésas le parecen completamente «no interesantes» al hombre medio: - y si éste, a pesar de todo, observa una dedicación a ellas, la califica de désintéressé [desinteresada] y se asombra de que sea posible actuar «desinteresadamente». Ha habido filósofos que han sabido dar una expresión seductora y místicamente ultraterrenal a ese asombro popular (- ¿acaso porque no conocían por experiencia la naturaleza superior?)- en lugar de establecer la verdad desnuda e íntimamente justa de que la acción  «desinteresada» es una acción muy interesante e interesada, presuponiendo que... «¿Y el amor?» - ¡Cómo! ¿También una accción realizada por amor será «no egoísta»? ¡Pero, cretinos! - «¿Y la alabanza del que se sacrifica?» - Mas quien ha realizado verdaderamente sacrificios sabe que él quería algo a cambio de ellos, y que lo consiguió, - tal vez algo de sí a cambio de algo de sí - que dio algo en un sitio para tener más en otro, acaso para ser más o para sentirse a sí mismo como «más». Es éste, sin embargo, un reino de preguntas y respuestas en el que a un espíritu exigente no le gusta detenerse: hasta tal punto necesita aquí la verdad imprimir el bostezo cuando tiene que dar respuesta. En última instancia es la verdad una mujer: no se le debe hacer violencia.

221
Ocurre, decía un pedante y doctrinario moralista, que yo honro y trato con distinción a un hombre desinteresado: pero no porque éste sea desinteresado, síno porque me parece que tiene derecho a ser, a costa suya, útil a otro hombre. Bien, la cuestión está siempre en saber quién es aquél y quién es éste. En un hombre destinado y hecho para mandar, por ejemplo, el negarse sí mismo y el posponerse modestamente no sería una virtud, sino la disipación de una virtud: asi me parece a mí. Toda moral no egoísta que se considere a sí misma incondicional y que se dirija a todo el mundo no peca solamente contra el gusto: es una incitación a cometer pecados  de omisor:. es una seducción más, bajo máscara de filantropía - y cabalmente una seducción y un daño de los hombres superiores, más raros, más privilegiados. A las morales hay que forzarlas a que se inclinen sobre todo ante la jerarquía, hay que meterles en la conciencia su presunción, - hasta que todas acaben viendo con claridad que es inmoral decir: «Lo que es justo para uno es justo para otro.» - Así dice mi pedante y bonhomme [buen hombre moralista]: ¿merecería sin duda que nos riésemos de él cuando así predicaba moralidad a las morales? Más si queremos tener de nuestro lado a los que rien no debemos tener demasiada razón; una pizca de falta de razór forma parte incluso del buen gusto.

222
En los lugares en que hoy se predica compasión - y, si se escucha bien, ahora no se predica ya ninguna otra religión -, abra el psicólogo sus oídos: a través de toda la vanidad, a través de todo el ruido que son propios de tales predicadores (como de todos los predicadores), oirá un ronco, quejoso, genuino acento de autodesprecio. Este forma parte de aquel ensombrecimiento y afeamiento de Europa que desde hace un siglo no hace más que aumentar (y cuyos primeros síntomas están consignados ya en una pensativa carta de Galiani a madame D' Epinay): ¡si es que no es la causa de ellos! El hombre de las «ideas modernas», ese mono orgulloso, está inmensamente descontento consigo mismo: esto es seguro. Padece: y su vanidad quiere que él sólo «com-padezca»...

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El mestizo hombre europeo -. Un plebeyo bastante feo, en conjunto - necesita desde luego un disfraz: necesita la ciencia histórica como guardarropa de disfraces. Es cierto que se da cuenta de que ninguno de éstos cae bien a su cuerpo, - cambia y vuelve a cambiar. Examínese el siglo xix en lo que respecta a esas predilecciones y variaciones rápidas de las mascaradas estilísticas; también en lo que se refiere a los instantes de desesperación porque «nada nos cae bien». - Inútil resulta exhibirse con traje romántico, o clásico, o cristiano, o florentino, o barroco, o «nacional» in moribus et artibus [en las costumbres y en las artes]: ¡nada «viste»! Pero el «espintu», en especial el «espíritu histórico», descubre su ventaja incluso en esa desesperación: una y otra vez un nuevo fragmento de prehistoria y de extranjero es ensayado, adaptado, desechado, empaquetado y, sobre todo,
estudiado - nosotros somos la primera época estudiada in puncto [en asunto] de «disfraces», quiero decir, de morales, de artículos de fe, de gustos artisticos y de religiones, nosotros estamos preparados, como ningún otro tiempo lo estuvo, para el carnaval de gran estilo, para la más espiritual petulancia y risotada de carnaval, para la altuta trascendental de la estupidez suprema y de la irrisión aristofanesca del mundo. Acaso nosotros hayamos descubierto justo aquí el reino de nuestra invención, aquel reino donde también nosotros podemos ser todavía originales, como parodistas, por ejemplo, de la historia universal y como bufones de Dios, - ¡tal vez, aunque ninguna otra cosa de hoy tenga futuro, téngalo, sin embarge, precisamente nuestra risa!

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El sentido histórico (o capacidad de adivinar con rapidez la jerarquía de las valoraciones según las cuales han vivido un pueblo, una sociedad, un ser humano, el «instinto adivinatorio» de las relaciones existentes entre esas valoraciones, de la relación entre la autoridad de los valores y la autoridad de las fuerzas efectivas): ese sentido histórico que nosotros los europeos reivindicamos como nuestra peculiaridad lo ha traído a nosotros la encantadora y loca semibarbarie en que la mezcolanza democrática de estamentos y razas ha precipitado a Europa, - el siglo xix ha sido el primero en conocer ese sentido como su sexto sentido. El pasado de cada forma y de cada modo de vivir, de culturas que antes se hallaban duramente yuxtapuestas, superpuestas, desemboca gracias a esa mezcolanza, en nosotros, «almas modernas», a partir de ahora nuestros instintos corren por todas partes hacia atrás, nosotros mismos somos una especie de caos -: finalmente, como hemos dicho, «el espíritu» descubre en esto su ventaja. Gracias a nuestra semibarbarie de cuerpo y de deseos tenemos accesos secretos a todas partes, accesos no poseídos nunca por ninguna época aristocrática, sobre todo los accesos al laberinto de las culturas incompletas y a toda semibarbarie que alguna vez haya existido en la tierra; y en la medida en que la parte muy considerable de la cultura humana ha sido hasta ahora precisamente semibarbarie, el «sentido histórico» significa casi el sentido y el instinto para percibir todas las cosas, el gusto y la lengua para saborear todas las cosas: con lo que inmediatamente revela ser un sentido no aristocrático. Volvemos a gozar, por ejemplo, a Homero: quizá nuestro avance más afortunado sea el que sepamos saborear a Homero, al que los hombres de una cultura arístocrática (por ejemplo, los franceses del siglo xvii, como Saint-Evremond, que le reprocha el esprit vaste [espíritu vastol e incluso todavía Voltaire, acorde final de aquélla) no saben ni han sabido apropiárselo con tanta facilidad. El sí y el no, muy precisos, de su paladar, su náusea fácil de aparecer, su vacilante reserva con relación a todo lo heterogéneo, su miedo a la falta de gusto que puede haber incluso en la curiosidad más viva, y, en general, aquella mala voluntad de toda cultura aristocrática y autosatisfecha para confesarse un nuevo deseo, una insatisfacción en lo propio, una admiración de lo extraño: todo eso predispone y previene desfavorablemente a estos aristócratas aun frente a las mejores cosas del mundo que no sean propiedad suya o que no puedan convertirse en presa suya, - y ningún sentido resulta más ininteligible a tales hombres que justo el sentido histórico y su curiosidad sumisa, propia de plebeyos. Lo mismo ocurre con Shakespeare, esa asombrosa síntesis hispano-moro-sajona del gusto, del cual se habría reído o con el cual se habría enojado casi hasta morir un ateniense antiguo,
amigo de Esquilo; pero nosotros - aceptamos precisamente, con una familiaridad y cordialidad secretas, esa salvaje policromía; esa mezcla de lo más delicado sero y artificial, nosotros gozamos a Shakespeare considerándolo como el refinamiento del arte reservado precisamente a nosotros, y al hacerlo dejamos que las exhalaciones repugnantes y la cercanía de la plebe inglesa, en medio de las cuales viven el arte y el gusto de Shakespeare, nos incomoden tan poco como nos incomodan por ejemplo, en la Chiaja de Nápoles: donde nosotros seguimos nuestro camino llevando todos los sentidos abiertos, fascinados y dóciles, aunque el olor de las cloacas de los barrios plebeyos llene el aire. Nosotros los hombres del «sentido histórico»: en cuanto tales, poseemos nuestras virtudes, no puede negarse, - carecemos de pretensiones, somos desinteresados, modestos, valerosos, llenos de autosuperación, llenos de abnegación, muy agradecidos, muy pacientes, muy acogedores: - con todo esto, quizá no tengamos mucho «buen gusto». Confesémonoslo por fin: lo que a nosotros los hombres del «sentido histórico» más difícil nos resulta captar, sentir, saborear, amar, lo que en el fondo nos encuentra prevenidos y casi hostiles, es justo lo perfecto y lo definitivamente maduro en toda cultura y en todo arte, lo auténticamente aristocrático en obras y en seres humanos, su instante de mar liso y de autosatisfacción alciónica, la condición áurea y fría que muestran todas las cosas que han alcanzado su perfección. Tal vez nuestra gran virtud del sentido histórico consista en una necesaria antítesis del buen gusto, al menos del óptimo gusto, y sólo de mala manera, sólo con vacilaciones, sólo por coacción somos capaces de reproducir en nosotros precisamente aquellas pequeñas, breves y supremas jugadas de suerte y transfiguraciones de la vida humana que acá y allá resplandecen: aquellos instantes y prodigios en que una gran fuerza se ha detenido voluntariamente ante lo desmedido e ilimitado -, en que gozamos de una sobreabundancia de sutil placer en el repentino domeñarnos y quedarnos petrificados, en el establecernos y fijarnos sobre un terreno que todavía tiembla. La moderación se nos ha vuelto extraña, confesémoslo; nuestro prurito es
cabalmente el prurito de lo infinito, desmesurado. Semejantes al jinete que, montado sobre un corcel, se lanza hacia adelante, asi nosotros dejamos caer las riendas ante lo infinito, nosotros los hombres modernos, nosotros los semibárbaros - y no tenemos nuestra bienaventuranza más que allí donde más - peligro corremos.

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Lo mismo el hedonismo que el pesimismo lo mismo el utilitarismo que el eudemonismo: todos esos modos de pensar que miden el valor de las cosas por el placer y el sufrimiento que éstas producen, es decir, por estados concomitantes y cosas accesorias, son ingenuidades y modos superficiales de pensar, a los cuales no dejará de mirar con burla, y también con compasión, todo aquel que se sepa poseedor de fuerzas configuradoras y de una conciencia de artista. ¡Compasión para con vosotros! no es, desde luego, la compasión tal como vosotros la entendéis: no es compasión para con la «miseria» social, para con la «sociedad» y sus enfermos y lisiados, para con los viciosos y arruinados de antemano, que yacen por tierra a nuestro alrededor; y menos aún es compasión para con esas murmurantes, oprimidas, levantiscas capas de esclavos que aspiran al dominio - ellas lo llaman libertad - Nuestra compasión es una compasión más elevada, de vision más larga: - ¡nosotros vemos cómo el hombre se empequeñece, cómo vosotros lo empequeñecéis- y hay instantes en los que contemplamos precisamente vuestra compasión con una ansiedad indescriptible, en los que nos defendemos de esa compasión --, en los que encontramos que vuestra seriedad es más peligrosa que cualquier ligereza. Vosotros quereis, en lo posible, eliminar el sufrimiento - y no hay ningún «en lo posible» más loco que ése -; ¿y nosotros? - ¡parece cabalmente que nosotros preferimos que el sufrimiento sea más grande y peor que lo ha sido nunca! El bienestar, tal como vosotros lo entendéis - ¡eso no es, desde luego, una meta, eso a nosotros nos parece un final! Un estado que en seguida vuelve ridículo y despreciable al hombre, - ¡que hace desear el ocaso de éste! La disciplina del sufrimiento, del gran sufrimiento - ¿no sabéis que únicamente esa disciplina es la que ha creado hasta ahora todas las elevaciones del hombre? Aquella tensión del alma en la infelicidad, que es la que le inculca su fortaleza, los estremecimientos del alma ante el espectáculo de la gran ruina, su ínventiva y valentía en el soportar, perseverar, ínterpretar, aprovechar la desgracia, así como toda la profundidad, misterio, máscara, espíritu, argucia, grandeza que le han sido donados al alma: - ¿no le han sido donados bajo sufrimientos, bajo la disciplina del gran sufrimiento? Criatura y creador están unidos en el hombre: en el hombre hay materia, fragmento, exceso, fango, basura, sinsentido, caos; pero en el hombre hay también un creador, un escultor, dureza de martillo, dioses-espectadores y séptimo día: - ¿entendéis esa antítesis? ¿Y que vuestra compasión se dirige a la «criatura en el hombre», a aquello que tiene que ser configurado, quebrado, forjado, arrancado, quemado, abrasado, purificado, a aquello que necesariamente tiene que sufrir y que debe sufrir? Y nuestra compasión - ¿no os dais cuenta de a qué se dirige nuestra opuesta compasión, cuando se vuelve contra vuestra compaslon, considerándola como el más perverso de todos los reblandecimientos y debilidades? - ¡Así, pues, compasión contra compasión! - Pero, dicho una vez más, hay problemas más altos que todos los problemas del placer, del sufrimiento y de la compasión; y toda filosofía que no aboque a ellos es una ingenuidad. -

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¡Nosotros los inmoralistas! - Ese mundo que nos concierne a nosotros, en el cual nosotros hemos de sentir miedo y sentir amor, ese mundo casi invisille e inaudible del mandato sutll, de la obediencia sutil, un mundo del «casi» en todos los sentidos de la palabra, ganchudo, insidioso, agudo, delicado: ¡sí, ese mundo está bien defendido contra los espectadores obtusos y contra la curiosidad confianzuda! Nosotros nos hallamos encarcelados en una rigurosa red y camisa de deberes, y no podemos salir de ella -, ,en eso precisamente somos, también nosotros, ¡hombres del deber»! A veces, es verdad, bailamos en nuestras «cadenas» y entre nuestras «espadas»; con mayor frecuencia aún, no es menos verdad, rechinamos los dientes bajo ellas y estamos impacientes a causa de la secreta dureza de nuestro destino. Pero hagamos lo que hagamos: los cretinos y la apariencia visible dicen contra nosotros «ésos son hombres sin deber» - ¡nosotros tenemos siempre en contra nuestra a los cretinos y a la apariencia visible!

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La honestidad, suponiendo que ella sea nuestra virtud, de la cual no podemos desprendernos nosotros los espíritus libres - bien, nosotros queremos laborar en ella con toda malicia y con todo amor y no cansarnos de «perfeccionarnos» en nuestra virtud, que es la única que nos ha quedado: ¡que alguna vez su brillo se extienda, cual una dorada, azul, sarcástica luz de atardecer, sobre esta cultura envejecida y sobre su obtusa y sombría seriedad! Y si, a pesar de todo, algún día nuestra honestidad se cansase y suspirase y estirase los miembros y nos considerase demasiado duros y quisiera ser tratada mejor, de un modo más ligero, más delicado, cual un vicio agradable: ¡permanezcamos duros, nosotros los últimos estoicos!,y enviemos en su ayuda todas las cosas demoníacas que aún nos quedan - nuestra náusea frente a lo burdo e impreciso, nuestro nitimur in vetitum [nos lanzamos a lo prohibido], nuestro valor de aventureros, nuestra curiosidad aleccionada y exigente, nuestra más sutil, más enmascarada, más espiritual voluntad  de poder y de superación del mundo, la cual merodea y yerra ansiosa en torno a todos los reinos del futuro, ¡acudamos en ayuda de nuestro «dios» con todos nuestros «demonios»! Es probable que a causa de esto no nos reconozcan y nos confundan con otros: ¡qué importa! Dirán: «Su 'honestidad' - ¡es su demonismo, y nada más que eso!» ¡Qué importa! ¡Aun cuando tuviesen razón! ¿No han sido todos los dioses hasta ahora demonios rebautizados y declarados santos? ¿Y qué sabemos nosotros, en última instancia, de nosotros? ¿Y cómo quiere llamarse el espíritu que nos guía! (es una cuestión de nombres). ¿Y cuántos espíritus albergamos nosotros? Nuestra honestidad, nosotros los espíritus lires, - ¡cuidemos de que no se convierta en nuestra vanidad, en nuestro adorno y vestido de gala, en nuestra limitación, en nuestra estupidez! Toda virtud se inclina a la estupidez, toda estupidez, a la virtud; «estúpido hasta la santidad», dícese en Rusia, ¡tengamos cuidado de no acabar nosotros convirtiéndonos, por honestidad, en santos ) aburridos! ¿no es la vida cien veces demasiado corta - para aburrirse en ella? En la vida eterna tendríamos que creer para...

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Perdóneseme el descubrimiento de que toda la filosofía moral ha sido hasta ahora aburrida y ha constituido un somnífero - y de que, a mi ver, ninguna otra cosa ha perjudicado más a «la virtud» que ese aburrimiento de sus abogados; con lo cual no quisiera yo haber dejado de reconocer la utilidad general de éstos. Importa mucho que sean los menos posibles los hombres que reflexionen sobre moral, - ¡importa mucho, por tanto, que la moral no deje un día a hacerse interesante! ¡Pero no se tenga cuidado! Las cosas continúan estando también hoy como han estado siempre: no veo a nadie en Europa que tenga (o que dé) una idea de que la reflexión sobre la moral podría ser cultivada de un modo peligroso, capcioso, seductor, - ¡de que en ello podría haber una «fatalidad»! Contémplese, por ejemplo, a los incansables, inevitables utilitaristas ingleses, de qué modo tan burdo y venerable caminan y marchan tras las huellas de Bentham (una comparación homérica lo dice con más claridad'), de igual modo que éste caminó va tras las huellas del venerable Helvetius     (¡no, un hombre peligroso no lo fue ese Helvetius! ). Ni un pensamiento nuevo, ni un giro y un pliegue más sutiles dados a un pensamiento antiguo, ni siquiera una verdadera historia de lo pensado con anterioridad: una literatura imposible en conjunto, suponiendo que no se sea experto en sazonarla con un poco de malicia. También en estos moralistas, en efecto (a los que hay que leer con todas las reservas mentales, en el caso de que haya que leerlos -), se ha introducido furtivamente aquel viejo vicio inglés que se llama cant [guardar las apariencias] y que es tartufería moral, oculta esta vez bajo la nueva forma del cientificismo; tampoco falta un rechazo secreto de los remordimientos de conciencia, que padecerá obviamente una raza de antiguos puritanos, no obstante ocuparse de modo científico de la moral. (¿No es un moralista lo contrario de un puritano? ¿A saber, en cuanto es un pensador que considera la moral como algo problemático, cuestionable, en suma, como problema? ¿Moralizar no sería - inmoral?) En última instancia todos ellos quieren que se dé la razón a la moralidad inglesa: en la medida en que justamente de ese modo es como mejor se sirve a la humanidad, o al «provecho general», o a la «felicidad de los más», ¡no!, a la felicidad de Inglaterra; querrían demostrarse a sí mismos con todas sus fuerzas que el aspirar a la felicidad inglesa, quiero decir al comfort [comodidad] y a la fashion [elegancia] (y, en supremo lugar, a un puesto en el Parlamento), es a la vez también el justo sendero de la virtud, más aún, que toda la virtud que ha habido hasta ahora en el mundo ha consistido cabalmente en tal aspiración. Ninguno de esos animales de rebaño, torpes, inquietos en su conciencia (que pretenden defender la causa del egoísmo como causa del bienestar general -), quiere saber ni oler nada de que el «bienestar general» no es un ideal, ni una meta, ni un concepto aprehensible de algún modo, sino uinicamente un vomitivo, - de que lo que es justo para uno no puede ser de ningún modo justo para otro, de que exigir una moral para todos equivale a lesionar cabalmente a los hombres superiores, en suma, de que existe un orden jerárquico entre un hombre y otro hombre mas alla del blen y del mal y, en consecuencia, también entre una moral y otra moral. Constituyen una especie de hombres modesta, fundamentalmente mediocre, esos ingleses utilitaristas, y, como queda dicho: de su utilidad, por el hecho de ser aburridos, nunca podrá ser suficientemente elevada la idea que tengamos. Incluso se los debería alentar, como se ha intentado hacerlo en parte con los versos siguientes:

¡Salud a vosotros, bravos carreteros,
Siempre «cuanto más largo, tanto mejor»,
Tiesos siempre de cabeza y rodilla,
Carentes de entus!asmo, carentes de bromas,
Indestructiblemente mediocres,
Sans genie er sans esprit!
[¡sin genio y sin espíritu!].



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En esas épocas tardías que tienen derecho a estar orgullosas de su humanitarismo subsisten, sin embargo, tanto miedo, tanta superstición del miedo al «animal salvaje y cruel», cuyo sometimiento constituye cabalmente el orgullo de esas épocas más humanas, que incluso las verdades palpables permanecen inexpresadas durante siglos, como si hubiera un acuerdo sobre ello, debido a que aparentan ayudar a que aquel animal salvaje, matado por fin, vuelva a la vida Quizá yo corra algún riesgo por dejarme escapar esa verdad: que otros la capturen de nuevo y le den a beber la necesaria cantidad de «leche del modo piadoso de pensar» para que quede quieta y olvidada en su antiguo rincón. - Tenemos que cambiar de ideas acerca de la crueldad y abrir los ojos; tenemos que aprender por fin a ser impacientes, para que no continúen paseándose por ahí, con aire de virtud y de impertinencia, errores inmodestos y gordos, tales como los que, por ejemplo, han sido alimentados con respecto a la tragedia por filósofos viejos y nuevos. Casi todo lo que nosotros denominamos «cultura superior» se basa en la espiritualización y profundización de la crueldad - tal es mi tesis; aquel «animal salvaje» no ha sido matado en absoluto, vive, prospera, únicamente - se ha divinizado. Lo que constituye la voluptuosidad dolorosa de la tragedia es crueldad; lo que produce un efecto agradable en la llamada compasión trágica y, en el fondo, incluso en todo lo sublime, hasta llegar a los más altos y delicados estremecimientos de la metafisica, eso recibe su dulzura únicamente del ingrediente de crueldad que lleva mezclado. Lo que disfrutaba el romano en el circo, el cristiano en los éxtasis de la cruz, el español ante las hogueras o en las corridas de
toros, el japonés de hoy que se aglomera para ver la tragedia, el obrero del suburbio de París que tiene nostalgia de revoluciones sangrientas, la wagneriana que «aguanta», con la voluntad en vilo, Tristán e Isolda, - lo que todos ésos disfrutan y aspiran a beber con un ardor misterioso son los brebajes aromáticos de la gran Circo «crueldad». En esto, desde luego, tenemos que ahuyentar de aquí a la psicología cretina de otro tiempo, la cual únicamente sabía enseñar, acerca de la crueldad, que ésta surge ante el espectáculo del sufrimiento ajeno: también en el sufrimiento propio, en el hacerse-sufrir-a-sí-mismo se da un goce amplio, amplísimo, - y en todos los lugares en que el hombre se deja persuadir a la autonegación en el sentido religioso, o a la automutilación, como ocurre entre los fenicios y ascetas, o, en general, a la desensualización, desencarnación, contrición, al espasmo puritano de penitencia, a la vivesección de la conciencia y al pascaliano sacrifizio dell' intelletto [sacrificio del entendimiento], allí es secretamente atraido y empujado hacia adelante por su crueldad, por aquellos peligrosos estremecimientos de la crueldad vuelta contra nosotros mismos. Finalmente, considérese que incluso el hombre del conocimiento, al coaccionar a su espiritu a conocer, en contra de la inclinación del espíritu y también, con bastante frecuencia, en contra de los deseos del corazón, - es decir, al coaccionarle a decir no alli donde él querría decir sí, amar, adorar -, actúa como artista y glorificador de la crueldad; el tomar las cosas de un modo profundo y radical constituye y una violación, un querer-hacer-daño a la voluntad fundamental del espíritu, la cual quiere ir incesantemente hacia la apariencia y hacia las superficies, - en todo querer-conocer hay ya una gota de crueldad.

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Quizá no se entienda sin más lo que acabo de decir acerca de una «voluntad fundamental del espíritu»: permítaseme un esclarecimiento. - Ese algo imperioso a lo que el pueblo llama «el espíritu» quiere ser señor y sentirse señor dentro de sí mismo y a su alrededor: tiene voluntad de ir de la pluralidad a la simplicidad, una voluntad opresora, domeñadora, ávida de dominio y realmente dominadora. Sus necesidades y capacidades son en esto las mismas que los fisiólogos atribuyen a todo lo que vive, crece y se multiplica. La fuerza del espíritu para apropiarse de cosas ajenas se revela en una tendencia enérgica a asemejar lo nuevo a lo antiguo, a simplificar lo complejo, a pasar por alto o eliminar lo totalmente contradictorio: de igual manera, el espíritu subraya, destaca de modo arbitrario y más fuerte, rectifica, falseándolos, determinados rasgos y líneas de lo extraño, de todo fragmento de «mundo externo». Su propósito se orienta a incorporar a si nuevas «experiencias», a ordenar cosas nuevas bajo órdenes antiguos, -- es decir, al crecimiento, o dicho de modo más preciso aún, al sentimiento de la fuerza multiplicada. Al servicio de esa misma voluntad hállase también un instinto aparentemente contrario del espíritu, una súbita resolución de ignorar, de aislarse voluntariamente, un cerrar las propias ventanas, un decir interiormente no a esta o a aquella cosa, un no dejar que nada se nos acerque, una especie de estado de defensa contra muchas cosas de las que cabe tener un saber, un contentarse con la oscuridad con el horizonte que nos aísla, un decir si a la ignorancia y un darla por buena: todo lo cual es necesario, de acuerdo con el grado de nuestra propia fuerza de asimilación, de nuestra «fuerza digestiva», para hablar en imágenes - y en realidad a lo que más se asemeja «el espíritu» es a un estómago. Asimismo forma parte de lo dicho la ocasional voluntad del espíritu de dejarse engañar, acaso porque barrunte pícaramente que las cosas no son de este y el otro modo, que únicamente nosotros las consideramos de ese y el otro modo, un placer en toda inseguridad y equivocidad, un exultante autodisfrute de laestrechez y clandestinidad voluntarias de un rincón, de lo demasiado cerca, de la fachada, de lo agrandado, empequeñecido, desplazado, embellecido, un autodisfrute de la arbitrariedad de todas esas exteriorizaciones de poder. Forman, en fin, parte de lo dicho aquella prontitud del espíritu, que no deja de dar que pensar, para engañar a otros espíritus y disfrazarse ante ellos, aquella presión y empuje permanentes de un espíritù creador, configurador, transmutador: el espíritu goza aquí de su pluralidad de máscaras y de su astucia, goza también del sentimiento de su seguridad en ello, - ¡son cabalmente sus artes proteicas, en efecto, las que mejor le defienden
y esconden! - En contra de esa voluntad de apariencia, de simplificación, de máscara, de manto, en suma, de superficie - pues toda supeíficie es un manto - actúa aquella sublime tendencia del hombre del conocimiento a tomar y querer tomar las cosas de un modo profundo, complejo, radical: especie de crueldad de la conciencia y el gusto intelectuales que todo pensador valiente reconocerá en sí mismo, suponiendo que, como es debido, haya endurecido y afilado durante suficiente tiempo su ojo para verse a sí mismo y esté habituado a la disciplina rigurosa, también a las palabras rigurosas. Ese pensador dirá «hay algo cruel en la tendencia de mi espiritu»: - ¡que los virtuosos y amables intenten disuadirle de ello! De hecho, más agradable de oír seria el que de nosotros - de nosotros los espíritus libres, muy libres -- se dijese, se murmurase, se alabase que poseemos, por ejemplo, en lugar de crueldad, una «desenfrenada honestidad»: - ¿y acaso será eso lo que diga en realidad nuestra- fama póstuma? Entre tanto - pues hay tiempo hasta entonces - a lo que menos nos inclinamos nosotros sin duda es a adornarnos con tales brillos y guirnaldas morales de palabras: todo nuestro trabajo realizado hasta ahora nos quita las ganas cabalmente de ese gusto y de su alegre exuberancia. Palabras hermosas, resplandecientes, tintineantcs, solemnes son: honestidad, amor a la verdad, amor a la sabiduría, inmolación por el conocimiento, heroísmo del hombre veraz, - hay en ellas algo que hace hincharse a nuestro orgullo. Pero nosotros los eremitas y marmotas, nosotros hace ya mucho tiempo que nos hemos persuadido, en el secreto de una conciencia de eremita, de que también ese digno adorno de palabras forma parte de los viejos y mentidos adornos, cachivaches y polvos de oro de la inconsciente vanidad humana, de que también bajo ese color u esa capa de pintura halagadores tenemos que reconocer de nuevo el terrible texto básico homo natura [el hombre naturaleza]. Retraducir, en efecto, el hombre a la naturaleza; adueñarse de las numerosas, vanidosas e ilusas interpretaciones y significaciones secundarias que han sido garabateadas y pintadas hasta ahora sobre aquel eterno texto básico homo natura; hacer que en lo sucesivo el hombre se enfrente al hombre de igual manera que hoy, endurecido en la disciplina de la ciencia, se enfrenta ya a la otra naturaleza con impertérritos ojos de Edipo y con tapados oidos de Ulises, sordo a las atrayentes melodías de todos los viejos cazapájaros metafísicos que durante demasiado tiempo le han estado soplando con su flauta: «¡Tú eres más! ¡Tú eres superior! ¡Tú eres de otra procedencia!»- quizá sea ésta una tarea rara y loca, pero es una tarea - ¡quién iba a negarlo! ¿Por qué hemos elegido nosotros esa tarea loca? O hecha la pregunta de otro modo: «¿Por qué, en absoluto, el conocimiento?» - Todo el mundo nos preguntará por esto. Y nosotros, apremiados de ese modo, nosotros, que ya cien veces nos hemos preguntado a nosotros mismos precisamente eso, no hemos encontrado ni encontramos respuesta mejor que...

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El aprender nos transforma, hace lo que hace todo alimento, el cual no se limita tampoco a «mantener» -: como sabe el fisiólogo. Pero en el fondo de nosotros, totalmente «allá abajo», hay en verdad algo rebelde a todo aleccionamiento, una roca granítica de fatum [hado] espiritual, de decisión y respuesta predeterminadas a preguntas predeterminadas y elegidas. En todo problema radical habla un inmodificable «esto soy yo»; acerca del varón y de la mujer, por ejemplo, un pensador no puede aprender nada nuevo, sino sólo aprender hasta el final, - sólo descubrir hasta el final lo que acerca de esto «está fijo». Muy pronto encontramos ciertas soluciones de problemas que constituyen cabalmente para nosotros una creencia sólida; quizá las llamemos en lo sucesivo nuestras «convicciones». Más tarde - vemos en ellas únicamente huellas que nos conducen al conocimiento de nosotros misrnos, indicadores que nos señalan el problema que nosotros somos, - o más exactamente, la gran estupidez que nosotros somos, nuestro fatum [hado] espiritual, aquel algo rebelde a todo aleccionamiento que está totalmente «allá abajo». - Teniendo en cuenta estas abundantes delicadezas que acabo de tener conmigo mismo, acaso me estará permitido enunciar algunas verdades acerca de la «mujer en sí»: suponiendo que se sepa de antemano, a partir de ahora, hasta qué punto son cabalmente nada más que - mis verdades. -

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La mujer quiere llegar a ser independiente: y para ello comienza ilustrando a los hombres acerca de la «mujer en sí» - éste es uno de los peores progresos del afeamiento general de Europa. ¡Pues qué habrán de sacar a luz esas burdas tentativas del cientificismo y autodesnudamiento femeninos! Son muchos los motivos de pudor que la mujer tiene; son muchas las cosas pedantes, superficiales, doctrinarias, mezquinamente presuntuosas, mezquinamente desenfrenadas e inmodestas que en la mujer hay escondidas - ¡basta estudiar su trato con los niños! , cosas que, en el fondo, por lo que mejor han estado reprimidas y domeñadas hasta ahora ha sido por el miedo al varón. ¡Ay si alguna vez a lo «eternamente aburrido que hay en la mujer»- ¡tiene abundancia de ello! - le es lícito atreverse a manifestarse!, ¡si ella comienza a olvidar radicalmente y por principio su inteligencia y su arte, la inteligencia y el arte de la gracia, del jugar, del disipar las preocupaciones, de volver ligeras las cosas y tomárselas a la ligera, su sutil destreza para los deseos agradables! Alzanse ya ahora voces femeninas que, ¡por San Aristófanes!, hacen temblar, se nos amenaza con decirnos con claridad médica qué es lo que la mujer quiere ante todo y sobre todo del varón. ¿No es de pésimo gusto que la mujer se disponga así a volverse científica?  Hasta ahora, por fortuna, el aclarar las cosas era asunto de hombres, don de hombres - con ello éstos permanecían «por debajo de sí mismos»; y, en última instancia, con respecto a todo lo que las muieres escriban sobre «la mujer» es lícito reservarse una gran desconfianza acerca de si la mujer quiere propiamente aclaración sobre sí misma - y puede quererla... Si con esto una mujer no busca un nuevo adorno para sí - yo pienso, en efecto, que el adornarse forma parte de lo eternamente femenino -, bien, entonces lo que quiere es despertar miedo de ella: - con esto quizá quiera dominio. Pero no quiere la verdad: ¡qué le importa la verdad a la mujer! Desde el comienzo, nada resulta más extraño, repugnante, hostil en la mujer quc la verdad, - su gran arte es la mentira, su máxima preocupación son la apariencia y la belleza. Confesémoslo nosotros los varones: nosotros honramos y amamos en la mujer cabalmente ese arte y ese instinto: nosotros, a quienes las cosas nos resultan más difíciles y que con gusto nos juntamos, para nuestro alivio, con seres bajo cuyas manos, miradas y delicadas tonterías parécennos casi una tontería nuestra seriedad, nuestra gravedad y profundidad. - Finalmente yo planteo esta pregunta: ¿alguna vez una mujer ha concedido profundidad a una cabeza de mujer, justicia a un corazón de mujer? ¿Y no es verdad que, a grandes rasgos, «la mujer» ha sido hasta ahora lo más desestimado por la mujer - y no, en modo alguno por nosotros! - Nosotros los varones deseamos que la mujer no continúe desacreditándose mediante la ilustración: así como fue preocupación y solicitud del varón por la mujer el hecho de que la Iglesia decretase: mulier taceat in ecclesia [¡calle la mujer en la iglesia!] Fue en provecho de la mujer por lo que Napoleón dio a entender a la demasiado locuaz Madame de Staël: mulier taceat in politicis![:¡calle la mujer en los asuntos políticos!] - y yo pienso que es un auténtico amigo de la mujer el que hoy les grite a las mujeres: mulier taceat de muliere!      [¡calle la mujer acerca de la mujer!]

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Delata una corrupción de los instintos - aun prescindiendo de que delata un mal gusto - el que una mujer invoque cabalmente a Madame Roland o a Madame de Staël o a Monsieur George Sand como si con esto se demostrase algo a favor de la «mujer en sí». Las mencionadas son, entre nosotros los varones, las tres mujeres ridículas en sí - ¡nada más! - y, cabalmente, los mejores e involuntarios contra-argumentos contra la emancipación y contra la soberania femenina.

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La estupidez en la cocina; la mujer como cocinera; ¡el horroroso descuido con que se prepara el alimento de la familia y del dueño de la casa! La mujer no comprende qué significa la comida: ¡y quiere ser cocinera! ¡Si la mujer fuese una criatura pensante habria tenido que encontrar desde hace milenios, en efecto, como cocinera, los más grandes hechos fisiológicos, y asimismo habría tenido que apoderarse de la medicina! Las malas cocineras - la completa falta de razón en la cocina, eso es lo que más ha retardado, lo que más ha perjudicado el desarrollo del hombre: hoy mísmo las cosas están únicamente un poco mejor. Un discurso para alumnas de los cursos superiores.

235
Hay giros y ocurrencias del espíritu, hay sentencias, un pequeño puñado de palabras, en que una cultura entera, una sociedad entera quedan cristalizadas de repente. De ellos forma parte aquella frase incidental de Madame de Lambert a su hijo: mon ami, ne vouss permettez jamais que de folies, qui vous feron grand plaisir [amigo mío, no os permitáis nunca más que locuras que os produzcan un gran placer]: - dicho sea de paso, la frase más maternal y más inteligente que se ha dirigido nunca a un hijo.

236
Lo que Dante y Goethe creyeron de la mujer - el primero, al cantar ella guardaba suso, ed io in lei [ella miraba hacia arriba, y yo hacia ella], el segundo, al traducir «lo eterno femenino nos arrastra hacia arriba -: yo no dudo de que toda mujer un poco noble se opondrá a esa creencia, pues ella cree cabalmente eso de lo eterno masculino...

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Siete refranillos sobre las mujeres

¡Cómo vuela el aburrimiento más prolongado cuando un hombre se arrastra hacia nosotras!

La vejez, ¡ay!, y la ciencia dan fuerza incluso a la virtud débil.

El traje negro y el mutismo visten de inteligencia a cualquier mujer.

¿A quién estoy agradecida en mi felicidad? ¡A Dios! - y a mi costurera.

Joven: caverna florida. Vieja: de ella sale un dragón.

Nombre noble, pierna bonita y, además, un varón: ¡oh si éste fuera mío!

Discurso corto, sentido largo - ¡hielo resbaladizo para la burra!

Las mujeres han sido tratadas hasta ahora por los hombres como pájaros que, desde una altura cualquiera, han caído desorientados hasta ellos: como algo más fino, más frágil, más salvaje, más prodigioso, más dulce, más lleno de alma, - como algo que hay que encarcelar para que no se escape volando.


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No acertar en el problema básico «varón y mujer», negar que aquí se dan el antagonismo más abismal y la necesidad de una tensión eternamente hostil, soñar aquí tal vez con derechos iguales, educación igual, exigencias y obligaciones iguales: esto constituye un signo tipico de superficialidad, y a un pensador que en este peligroso lugar haya demostrado ser superficial - ¡superficial de instinto! es lícito considerarlo sospechoso, más aún, traicionado, descubierto: probablemente será demasiado «corto» para todas las cuestiones básicas de la vida, también de la vida futura, y no podrá descender a ninguna profundidad. Por el contrario, un varón que tenga profundidad, tanto en su espíritu como en sus apetitos, que tenga también aquella profundidad de la benevolencia que es capaz de rigor y dureza, y que es fácil de confundir con éstos, no puede pensar nunca sobre la mujer más que de manera oriental: tiene que concebir a la mujer como posesión, como propiedad encerrable bajo llave, como algo predestinado a servir y que alcanza su perfeccción en la servidumbre, - tiene que apoyarse aquí en la inmensa razón de Asia, en la superioridad de instintos de Asia: como lo hicieron antiguamente los griegos, los mejores herederos y discípulos de Asia, quienes, como es sabido, desde Homero hasta los tiempos de Pericles, conforme iba aurmentando su cultura y extendiéndose su fuerza, se fueron haciendo también, paso a paso, más rigurosos con la mujer, en suma, más orientales. Qué necesario, qué lógico, qué humanamente deseable fue esto: ¡reflexionemos sobre ello en nuestro interior!

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El sexo débil en ninguna otra época ha sido tratado por los varones con tanta estima como en la nuestra - esto forma parte de la tendencia y del gusto básico democráticos, lo mismo que la irrespetuosidad para con la vejez -: ¿qué de extraño tiene el que muy pronto se vuelva a abusar de esa estima? Se quiere más, se aprende a exigir, se acaba considerando que aquel tributo de estima es casi ofensivo, se preferiría la rivalidad por los derechos, más aún, propiamente la lucha: en suma, la mujer pierde pudor. Añadamos en seguida que pierde también gusto. Desaprende a temer al varón: pero la mujer que «desaprende el temor» abandona sus instintos más femeninos. Que la mujer se vuelve osada cuando ya no se quiere ni se cultiva aquello que en el varón infunde temor o, digamos de manera más precisa, el varón existente en el varón, eso es bastante obvio, también bastante comprensible; lo que resulta más difícil de comprender es que cabalmente con eso - la mujer degenera. Esto es lo que hoy ocurre: ¡no nos engañemos sobre ello! En todos los lugares en que el espíritu industrial obtiene la victoria sobre el espíritu militar y aristocrático la mujer aspira ahora a la independencia económica y jurídica de un dependiente de comercio: «la mujer como dependiente de comercio» se halla a la puerta de la moderna sociedad que está formándose. En la medida en que de ese modo se posesiona de nuevos derechos e intenta convertirse en «señor» e inscribe el «progreso» de la mujer en sus banderas y banderitas, en esa misma medida acontece, con terrible claridad, lo contrario: la mujer retrocede. Desde la Revolución francesa el influjo de la mujer ha disminuido en Europa en la medída en que ha crecido en derechos y exigencias; y la «emancipación de la mujer», en la medida en que es pedida y promovida por las mujeres mismas (y no sólo por cretinos masculinos), resulta ser de ese modo un sintoma notabilísimo de la debilitación y el embotamiento crecientes de los más femeninos de todos los instintos. Hay estupidez en ese movimiento, una estupidez casi masculina, de la cual una mujer bíen constituida - que es siempre una mujer inteligente - tendría que avergonzarse de raíz. Perder el olfato para percibir cuál es el terreno en que con más seguridad se obtiene la victoria; desatender la ejercitación en nuestro auténtico arte
de las armas; dejarse ir ante el varón, tal vez incluso «hasta el libro», en lugar de observar, como antes, una disciplina y una sutil y astuta humildad; trabajar, con virtuoso atrevimiento, contra la creencia del varón  en un ideal radicalmente distinto encubierto en la mujer, en lo eterno y necesariamente femenino; disuadir al hombre, de manera expresa y locuaz, de que la mujer tiene que ser mantenida, cuidada, protegida, tratada con indulgencia, cual un animal doméstico bastante delicado, extrañamente salvaje y, a menudo, agradable; el torpe e indignado rebuscar todo lo que de esclavo y servil ha tenido y aún tiene la posción de la mujer en el orden social vigente hasta el momento (como si la esclavitud fuese un contraargumento y no, más bien, una condición de toda cultura superior, de toda elevación de la cultural: - ¿qué significa todo eso más que una disgregación de los instintos femeninos, una desfeminización?   Desde luego, hay bastantes amigos idiotas de la mujer y bastantes pervertidores idiotas de la mujer entre los asnos doctos de sexo masculino que aconsejan a la mujer desfeminizarse de ese modo e imitar todas las estupideces de que en Europa está enfermo el «varón», la «masculinidad» europea, - ellos quisieran rebajar a la mujer hasta la «cultura general», incluso hasta a leer periódicos e intervenir en la política. Aquí y allá se quiere hacer de las mujeres librepensadores y literatos: como si una mujer sin piedad no fuera, para un hombre profundo y ateo, algo completamente repugnante o ridículo -; casi en todas partes se echa a perder los nervios de las mujeres con la más enfermiza y peligrosa de todas las especies de música (nuestra musica alemana más reciente)y se las vuelve cada día más histéricas y más incapaces para atender a su primera y última profesión, la de dar luz hijos robustos. Se las quiere «cultivar  más aún, y,   según se dice, se quiere, mediante la cultura, hacer fuerte al «sexo débil»: como si la historia no enseñase del modo más insistente posible que el «cultivo» del ser humano y el debilitamiento - es decir, el debilitamiento, la disgregación, el enfermar de la fuerza de la voluntad, han marchado siempre juntos, y que las mujeres más poderosas e influyentes del mundo (últimamente, la madre de Napoleón) han debido su poder y su preponderancia sobre los varones precisamente a su fuerza de voluntad - ¡y no a los maestros de escuela! - Lo que en la mujer infunde respeto y, con bastante frecuencia, temor es su naturaleza, la cual es «más natural» que la del hombre, su elasticidad genuina y astuta, como de animal de presa, su garra de tigre bajo el guante, su ingenuidad en el egoísmo, su ineducabilidad y su interno salvajismo, el carácter inaprensible, amplio, errabundo de sus apetitos y virtudes... Lo que, pese a todo el miedo, hace tener compasión de ese peligroso y bello gato que es la «mujer» es el hecho de que aparezca más doliente, más vulnerable, más necesitada de amor y más condenada al desengaño que ningún otro animal. Miedo y compasión: con estos sentimientos se ha enfrentado hasta ahora el varón a la mujer, siempre con un pie ya en la tragedia, la cual desgarra en la medida en que embelesa -. ¿Cómo? ¿Y estará acabando esto ahora?   ¿Y se trabaja para desencantar a la mujer?  ¿Aparece lentamente en el horizonte la aburridificación de la muier?  ¡Oh Europa! ¡Europa! ¡Es conocido el animal con cuernos que más atractivo ha sido siempre para ti del cual te viene siempre el peligro! Tu vieja fábula podría volver a convertirse en «historia», - ¡la estupidez podría volver a adueñarse de ti y a arrebatarte! Y bajo ella no se escondería un dios, ¡no!, ¡sino únicamente una «idea», una «idea moderna»


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Presentación
















PSICÓLOGOS:
En el prólogo de 1886 al primer tomo de Humano, demasiado humano, pregunta también Nietzsche: «Pero ¿dónde existen hoy psicólogos? En Francia, con toda certeza; tal vez en Rusia; con toda seguridad, no en Alemania.» Véase tambien Ecce homo: «No veo en absoluto en qué siglo de la historia resultaria posible pescar de un solo golpe psicólogos tan curiosos y a la vez tan delicados como en el Paris de hoy


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LA VERDAD COMO MUJER:
Sobre la verdad concebida como mujer véase, antes, nota 1.


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SAINT-EVREMOND:
Carlos de Marguetel de Saint-Denis, senor de Saint-Evremond (1610-1703), cortesano, militar y literato francés, es uno de los precursores de Voltaie y Montesquieu, y el crítico literario francés más importante anterior a Diderot. En sus Dissertations sur la tragédie ancienne et moderne et sur les poemes de anciens (1685) dice a propósito de la palabra «vaste»: «Respecto a Homero, es maravilloso en cuanto es puramente natural: justo en los caracteres, natural en las pasiones, admirable en conocer bien y en expresar bien lo que depende de nuestra naturaleza. Cuando su espíritu vasto se ha extendido sobre la naturaleza de los dioses, ha hablado tan extravagantemente que Platón le ha expulsado de su República como a un loco


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LA CHIAJA:
La Chiaja es un barrio popular de Nápoles que se extiende en dirección a Posilipo. Nietzsche visitó estos lugares a mediados de febrero de 1877, durante su estancia en Sorrento.


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NITIMUR IN VETITUM:
Expresión de Ovidio (3 Amores, 4, 17), repetida por Nietzsche en otros muchos lugares. El contexto en Ovidio es: Nitimur in vetitum semper cupimusque negata; sic interdictis imminet aeger aquis [Nos lanzamos siempre hacia lo prohibido y deseamos lo que se nos niega; asi el enfermo acecha las aguas prohibidas]. Para Nietzsche llegó a ser casi un lema.


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BENTHAM:
J. Bentham (1748-1832), filósofo y economista inglés, fundador del utilitarismo como sistema de moral.


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COMPARACIÓN HOMÉRICA:
Sin duda, Nietzsche se refiere a la Ilíada, VI, 424, donde Homero habla de los Bousiv Eilipódessiv (bueyes de paso tardo). La clásica traducción alemana de Voss dice: schwerhinwandelndes Hornvieh; también Nietzsche usa aquí el verbo hinwandeln.


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HELVETIUS:
A. Helvetius (1715-1771), fil6sofo francés de la época de la Ilustración, defensor del sensualismo en teoría del conocimiento y del hedonismo en la moral. En su ejemplar de Más allá del bien y del mal, Nietzsche, tras «ese Helvetius,, añadió las siguientes palabras: «ce senateur Pococurante, para decirlo con Galiani».


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LECHE DEL MODO PIADOSO DE PENSAR:
Die Milch der frommen Denkart es un conocido verso de Schiller en Guillermo Tell (acto IV, escena III; monólogo de Guillermo Tell mientras espera matar a Geszler). Nietzsche vuelve a emplearlo en La genealogía de la moral


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AUTOMUTILACIÓN:
Vease, antes, nota 45.


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SACRIFICIO DEL INTELECTO:
Véanse, antes, notas 30 y 44.


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EL ESPÍRITU COMO ESTÓMAGO:
También en Así habló Zaratustra, dice Nietzsche que «el espiritu es un estómago».


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LO ETERNAMENTE ABURRIDO DE LA MUJER:
Das Ewig-Langweilige am Weibe es evidente parodia de los dos versos finales del Fausto, de Goethe, apoyada en la similitud entre weiblich (femenino)y langweiblich (aburrido):
Das Ewig-Weibliche
Zieht uns hinan
[Lo eterno femenino
nos arrastra hacia lo alto]


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MULIER TACEAT IN ECCLESIA:
La frase citada por Nietzsche procede de Pablo, Primera carta a los Corintios, 14, 34: Mulieres in ecclessiis taceant [las mujeres están calladas en las reuniones o asambleas]. Suele usarse esta frase, sin embargo, no en plural, sino en singular, como hace Nietzsche. Quien dio popularidad a tal expresión en Alemania fue Goethe, con uno de sus Zahnie Xenien [Epigramas suaves], libro VII:
Was werden das für Zeiten:
In Ecclesia mulier taceat!
Jetzt, da eine Jegliche Stimme hat,
was will Ecclesia bedeuten?
¡Qué tiempos aquellos!:
In Ecclesia mulier taceat.
Ahora, cuando cualquier mujer tiene voz,
¿qué va a significar Ecclesia)
Probablemente, Nietzsche conoce esta expresión a través de Goethe.


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MULIER TACEAT IN POLITICIS:
Son conocidas las disputas entre Napoleón y la baronesa de Staël. El primero, en 1802, desterró de París a la segunda, irritado por sus continuas intromisiones en politica, y en 1810 mandó destruir la primera edición del libro de ésta De 1'Allemagne, que fue reimpreso en Londres en 1819.


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MADAMES ROLAND-STAËL-SAND:
Las tres mujeres citadas aquí por Nietzsche eran consideradas en su tiempo como símbolos de la emancipación femenina. Madame Roland (1754-1793) fue la esposa de un político girondino, en los tiempos de la Revolución francesa. Ganada por el estudio de la Antigüedad para la causa de la República, ejerció en París, desde 1791, una gran influencia sobre los jefes de los girondinos. Al fracasar este partido, fue condenada a muerte y guillotinada. Suya es la frase, pronunciada al subir al cadalso: «¡Oh libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!» De Madame de Staël ya se ha hablado antes, en las notas 111 y 129. En cuanto a la tercera mujer, sarcásticamente llamada por Nietzsche Monsieur, George Sand es el seudónimo de la escritora francesa Aurora Dupin (1804-1876), célebre tanto por sus amores como por sus escritos. En sus novelas ataca la moral burguesa y defiende el derecho de la mujer al amor extramatrimonial. En Crepúsculo de los ídolos Nietzsche se ensañó con ella; así, en el apartado «Incursiones de un intempestivo», 1, dice:«George
Sand: lactea ubertas
[abundancia de leche], o dicho en alemán: la vaca de leche con 'bello estilo
'.» Y en el 6, dedicado enteramente a ella, la califica de «fecunda vaca de escribir».


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COCINA Y MUJER:
Sobre la importancia que Nietzsche atribuía a la cocina y a los problemas de la alimentación véase sobre todo el capítulo «Por qué soy tan inteligente», 1, de Ecce homo.


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MADAME DE LAMBERD:
A. T. de Lambert (1647-1733), escritora y moralista francesa, escribe la citada frase en su obra Avis d' une mere a son fils (1726). La cita exacta es: Mon ami, ne vous permettez jamais que des folies qui vous fassent plaisir.


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MIRAR HACIA ARRIBA Y HACIA ABAJO:
La frase de Dante se encuentra en la Divína Comedia, «Paraíso», II, 22: Beatrice in suso, ed io in lei guardava.


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LO ETERNO FEMENINO NOS ARRASTRA HACIA ARRIBA::
Con estos dos versos, como es sabido, concluye el Fausto, de Goethe. Parodiando estos versos, ha hablado antes Nietzsche de «lo eterno aburrido en la mujer». Véase también nota 127.


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SIETE REFRANILLOS SOBRE LAS MUJERES:
En las siete sentencias que siguen Nietzsche imita otros tantos refranes alemanes.


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MEMO Y SUPERFICIAL:
La palabra Flachköpfigkeit (literal: cabeza poco honda), empleada por Nietzsche, y que hemos traducido por «superficialidad», tíene también el significado de «memez».


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ESPÍRITU INDUSTRIAL MILITAR Y ARISTOCRÁTICO:
La relación entre el espíritu industrial, por un lado, y el espíritu militar y aristocrático, por otro, es tema tratado por Nietzsche en otros lugares. Véase, por ejemplo, La gaya ciencia, aforismo 31, titulado «Comercio y noblaa», y antes, Humano, demasiado humano, I, aforismo 441, titulado «De sangre». Sobre la llamada «cultura industrial», véase La gaya ciencia, aforismo 40, «De la falta de forma aristocrática».


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EUROPA Y EL TORO:
El «animal con cuernos» es, claro está, el mitológico toro de inmaculada blacura (o Zeus animalizado en figura de  toro) que raptando a la princesa Europa, se la llevó consigo a Creta.


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SECCIÓN OCTAVA:Pueblos y Patrias

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He vuelto a oír, por vez primera, _ la obertura de Richard Wlagner para Los
maestros cantores: es éste un arte suntuoso, sobrecargado, grave y tardío, el cual tiene el orgullo de presuponer que, para comprenderlo, continúan estando vivos dos siglos de música: - ¡honra a los alemanes el que semejante orgullo no se haya equivocado en el cálculo! ¡Qué savias y fuerzas, qué estaciones y climas están aquí mezclados! Unas veces nos parece anticuado, otras, extranjero, áspero y superjoven, es tan caprichoso como pomposamente tradicional, no raras veces es pícaro y, con más frecuencia aún, rudo y grosero, - tiene fuego y coraje y, a la vez, la reblandecida y amarillenta piel de los frutos que han madurado demasiado tarde. Corre ancho y lleno: y de repente surge un instante de vacilación inexplicable, como un vacío que se abre entre causa y efecto, una opresión que nos hace soñar, casi una pesadilla -, pero ya vuelve a fluir, ancha y extensa, la vieja corriente de bienestar, de un bienestar sumamente complejo, de una felicidad vieja y nueva, en cuya cuenta se incluye, y mucho, la felicidad que el artista siente en sí mismo, de la cual no quiere hacer un secreto, su asombrada y feliz consciencia de artisticos nuevos, recién adquiridos y no probados antes, como parece darnos a entender. Vistas las cosas en conjunto, no hay aquí belleza, ni sur, ni la meridional y fina luminosidad del cielo, ni gracia, ni baile, ni apenas voluntad de lógica; incluso hay una cierta torpeza, que además es subrayada, como si el artista quisiera decirnos: «ella forma parte de mi intención»; un aderezo pesado, una cosa voluntariamente bárbara y solemne, un centelleo de preciosidades y recamados doctos y venerables; una cosa alemana en el mejor y en el peor sentido de la palabra, una cosa compleja, informe e inagotable a la manera alemana; una cierta potencialidad y sobreplenitud alemanas del alma, que no tienen miedo de esconderse bajo los refinamientos de la decadencia, - que acaso sea allí donde más a gusto se encuentren; un exacto y auténtico signo característico del alma alemana, que es a la vez joven y senil, extraordinaïiamente madura y extraordinariamente rica todavía de futuro. Esta especie de música es la que mejor expresa lo que yo pienso de los alemanes: son de antes de ayer y de pasado mañana, - aun no tienen hoy.

241
Nosotros «los buenos europeos»: también nosotros tenemos horas en las que nos permitimos una patriotería decidida, un batacazo y una recaída en viejos amores y estrecheces - acabo de dar una prueba de ello - horas de hervores nacionales, de ahogos patrióticos y de todos los demás anticuados desbordamientos sentimentales. Espíritus más tardos que nosotros tardarán acaso amplios espacios de tiempo en desembarazarse de eso que en nosotros se limita a unas horas y en unas horas concluye, unos tardarán medio año, otros, media vida, según la rapidez y fuerza de su digestión y de su «metabolismo». Más aún, yo podría imaginarme razas torpes, vacil