LA ÉTICA DE PLATÓN EN EL LIBRO IV REPÚBLICA
Las virtudes de la Prudencia, el Valor y la Templanza
(427d-432b)

427d-432b

Comenzamos nuestra exposición situándonos en los versículos 427d-432b de la República. Estamos en el momento en que Sócrates ha dado ya por fundada su ciudad ideal. A partir de ahora intentara averigüar en que lugar, dentro de tal ciudad ideal,  estaría situada la justicia y en cuál la injusticia y en que se diferencia la una de la otra y cuál de las dos debe alcanzar el que ha de ser feliz. Para averiguar todo ello Sócrates le pide a Adimánto que comience tal investigación procurándose, de dónde sea, la luz necesaria, y, si es necesario, que llame en su auxilio a su hermano Glaucón así como a Polemárco y a los demás personajes presentes en el diálogo de la República. Adimánto protesta contra esta sugerencia de Sócrates y le recuerda que ha sido él mismo quien había prometió llevar a cabo tal investigación. Sócrates reconoce que es verdad lo que Adimánto dice. Solicita, sin embargo, ayuda a los presentes para llevar a cabo tal investigación. A partir de ahí, Sócrates, inicia su investigación para descubrir la esencia de la justicia y la injusticia en una ciudad. Para lograrlo, comienza hablando de las cuatro virtudes que deben acompañar a toda realidad que sea considerada como absolutamente buena: prudencia, valor, templanza, justicia.
Comienza su estudio por el análisis de la Prudencia. En primer lugar afirma que una ciudad prudente es aquella que acierta en sus determinaciones y que tal acierto es un modo de ciencia, es decir, un tipo de saber. A continuación analiza a quienes, dentro de la ciudad, pertenece tal tipo de saber. Va descartando toda una serie de oficios  (constructores, carpinteros, broncistas, agricultores) para acabar afirmando que, a partir de los análisis realizados anteriormente en relación con ciudad recientemente fundada, parecen existir determinados ciudadanos (los guardianes perfectos) que no se preocupan por aspectos particulares de la ciudad sino por ella entera en lo que se refiere a llevar lo mejor posible sus relaciones en el interior y con las demás ciudades. Afirma que poseen la ciencia de la preservación y que, en virtud de tal ciencia, ello permite que la ciudad acierte en sus determinaciones y sea, con ello, verdaderamente prudente. Finaliza señalando que curiosamente, en comparación con los representantes de los otros oficios dentro de la ciudad, es mucho menor el número de los sujetos poseedores de la virtud de la prudencia. Ello le lleva a concluir que una ciudad fundada conforme a naturaleza puede ser toda entera prudente por la clase de gente más reducida que en ella hay, que es la que la preside y gobierna y a la que propiamente pertenece el nombre de prudente.
{Ver texto1e}
A continuación analiza Sócrates el Valor. Señala que una ciudad es valerosa gracias a la existencia de una clase o estamento que la defiende. Define la virtud del valor como aquella que es capaz de mantener en toda circunstancia la opinión acerca de las cosas que se han de temer en el sentido de que éstas son siempre las mismas y tales cuales el legislador las prescribió en la educación. Es decir constancia en las opiniones que se han de temer y obediencia. En este contexto, afirma que el valor es una especie de conservación y ello por lo siguiente: mantenerse firme en las opiniones sobre las cuestiones que se han de temer sin desecharlas jamás implica un gran valor interno de conservar lo adquirido. Describe también un ejemplo que ayude a entender lo que quiere decir: los tintoreros cuando tiñen las lanas para que queden de color púrpura, eligen primeramente las de color blanco y las cuidan con esmero para que adquieran el mayor brillo posible. Después las tiñen y lo que queda teñido por este procedimiento conserva de modo indeleble su tinte. Pues bien, del mismo modo debería educarse, primeramente, con gran esmero a los jóvenes guardianes en la música y la gimnasia. Ello les permite les permite brillar para recibir una especie de teñido que se conserve también de modo indeleble en relación con las cosas que se han de temer y las que no. Tal teñido no deberían llevárselo ni los placeres, ni los miedos, ni la concupiscencia. Pues bien, esta fuerza de preservación en las opiniones rectas, en todo tipo de circunstancias, acerca de las cosas que deben ser temidas es la virtud del valor. Y tal cualidad, presente también en una clase reducida de la ciudad, es lo que hace a ésta realmente valerosa.
{Ver texto2e}
Ahora comienza Sócrates el estudio de la virtud de la templanza. Comienza señalando que se parece más que las anteriores a la armonía musical ya que esta virtud se define como un orden y dominio de los placeres y de la concupiscencia. Además suele afirmarse también que quien posee la virtud de la templanza posee también un dominio sobre sí mismo lo que, a primera vista, resulta paradójico pues el que es dueño de sí mismo es también esclavo y el esclavo resulta que es también dueño de sí mismo. Sócrates señala, sin embargo, que la solución ante esta aparente paradoja pasa por entender realmente lo que se quiere decir con ello; y es que en el alma del un mismo hombre existe algo que es mejor y algo que es peor; y cuando lo que por naturaleza es mejor domina a lo peor, se dice que aquel es dueño de sí mismo. Pues bien, sobre esta definición de templanza Sócrates propone echar una ojeada a la ciudad que podría definirse como templada y señala que, en coherencia con lo establecido hasta ahora, debería ser aquella que se proclama dueña de sí misma debido a que en ella lo mejor se sobrepone a lo peor. Ahora bien, en la ciudad recién fundada nos encontramos con que los llamados a gobernar, por ser los mejores. son aquellos que han logrado vencer lo peor en sus almas y sobreponerse sobre los apetitos de los menos capacitados para gobernar, pero que, a su vez, reconocen el dominio de los mejores. Por lo tanto parece que una ciudad así (como la defendida por Sócrates) es dueña de sus concupiscencias y apetitos, y, por tanto, temperante. Ahora bien, en una ciudad temperante la virtud de la templanza no es propiedad y característica, como sucede con la prudencia y el valor, únicamente de los llamados a gobernar (dueños de sí mismos por gobernar en ellos lo mejor) sino también de los gobernados (que aceptan dejarse gobernar por los más templados). Por ello, afirma Sócrates, la templanza se extiende por la ciudad entera, logrando que canten lo mismo (de ahí su parecido con la armonía musical) los más débiles, los más fuertes y los de en medio. En definitiva, la templanza es concordia y armonía entre las distintas clases o estamentos de la ciudad. En conclusión: la templanza es en la ciudad una virtud general de todos los ciudadanos; los guardianes auxiliares han de poseer también la virtud del valor; y los guardianes perfectos (gobernantes) deben poseer, además de la templanza y del valor, la virtud de la prudencia. De este modo cada clase tiene su virtud propia y diferencial.
{Ver texto3e}
Presentación
















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































 TEXTO1E
(427d-429a)

-Da, pues, ya por fundada a la ciudad, ¡oh, hijo de Aristón -dije-, y lo que a continuación has de hacer es mirar bien en ella procurándote de donde sea la luz necesaria; y llama en tu auxilio a tu hermano y tambien a Polemarco y a los demás, por si podemos ver en que sitio está la justicia y en cuál la injusticia y en qué se diferencia la una de la otra y cuál de las dos debe alcanzar el que ha de ser feliz, lo vean o no los dioses y los hombres.
-Nada de eso --objetó Glaucón-, porque prometiste hacer tú mismo la investigación
, alegando que no te era lícito dejar de dar favor a la justicia en la medida de tus fuerzas y por todos los medios.
-Verdad es lo que me recuerdas -repuse yo- y así se ha de hacer; pero es preciso que vosotros me ayudéis en la empresa.
-Así lo haremos -replicó.
-Pues por el procedimiento que sigue -dije- espero hallar lo que buscamos: pienso que nuestra ciudad, si está rectamente fundada, será completamente buena.
-Por fuerza -replicó.
-Claro es, pues, que será prudente, valerosa, moderada y justa.
-Claro.
-¿Por tanto, sean cualesquiera las que de estas cualidades encontremos en ella, el resto será lo que no hayamos encontrado?
-¿Qué otra cosa cabe?
-Pongo por caso: si en un asunto cualquiera de cuatro a cosas buscamos una, nos daremos por satisfechos una vez que la hayamos, reconocido, pero, si ya antes habíamos llegado a reconocer las otras tres, por este mismo hecho quedará patente la que nos falta; pues es manifiesto que no era otra la que restaba
..
-Dices bien --observó.
-¿Y así, respecto a las cualidades enumeradas, pues que son también cuatro, se ha de hacer la investigación
del mismo modo?
-Está claro.
-Y me parece que la primera que salta a la vista es la prudencia; y algo extraño se muestra en relación con ella.
-¿Qué es ello? -preguntó.
-Prudente en verdad me parece la ciudad de que hemos venido hablando; y esto por ser acertada en sus determinaciones. ¿No es así?
-Sí.
-Y esto mismo, el acierto, está claro que es un modo de ciencia, pues por ésta es por la que se acierta y no por la ignorancia.
-Está claro.
-Pero en la ciudad hay un gran número y variedad de ciencias.
-¿Cómo no?
-¿Y acaso se ha de llamar a la ciudad prudente y acertada por el saber de los constructores?
-Por ese. saber no se la llamará así -dijo-, sino maestra en construcciones.
-Ni tampoco habrá que llamar prudente a la ciudad por la ciencia de hacer muebles, si delibera sobre la manera de que éstos resulten lo mejor posible.
-No por cierto.
-¿Y qué? ¿Acaso por el saber de los broncistas o por algún otro semejante a éstos?
-Por ninguno de ésos --contestó.
-Ni tampoco la llamaremos prudente por la producción de los frutos de la tierra, sino ciudad agrícola.
-Eso parece.
-¿Cómo, pues? ----dije-. ¿Hay en la ciudad fundada hace un momento por nosotros algún saber en determinados ciudadanos con el cual no resuelve sobre este o el otro particular de la ciudad, sino sobre la ciudad entera, viendo el modo de que ésta lleve lo mejor posible sus relaciones en el interior y con las demás ciudades?
-Sí, lo hay.
-¿Y cuál es --dije- y en quiénes se halla?
-Es la ciencia de la preservación --,dijo- y se halla en aquellos jefes que ahora llamábamos perfectos guardianes.
-¿Y cómo llamaremos a la ciudad en virtud de esa ciencia?
-Acertada en sus determinaciones -repuso- y verdaderamente prudente.
-¿Y de quiénes piensas -pregunté- que habrá mayor número en nuestra ciudad, de broncistas o de estos verdaderos guardianes?
-Mucho mayor de broncistas -respondió.
-¿Y así también --dije- estos guardianes serán los que se hallen en menor número de todos aquellos que por su ciencia reciben una apelación determinada?
-En mucho menor número.
-Por lo tanto, la ciudad fundada conforme a naturaleza podrá ser toda entera prudente por la clase de gente más reducida que en ella hay, que es aquella que la preside y gobierna; y éste, según parece, es el linaje que por
  fuerza natural resulta más corto y al cual corresponde el a participar de este saber, único que entre todos merece el nombre de prudencia.
-Verdad pura es lo que dices --observó.
-Hemos hallado, pues, y no sé cómo, esta primera de las cuatro cualidades y la parte de la ciudad donde se encuentra.
-A mí, por lo menos -dijo-, me parece que la hemos hallado satisfactoriamente.
Resumen1
Presentación
















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































TEXTO2E
(429a-430c)

-Pues si pasamos al valor y a la parte de la ciudad en que reside y por la que toda ella ha de ser llamada valerosa, no me parece que la cosa sea muy difícil de percibir.
-¿Y cómo?
-¿Quién ---dije yo-- podría llamar a la ciudad cobarde o valiente mirando a otra cosa que no fuese la parte de ella que la defiende y se pone en campaña a su favor?
-Nadie podría darle esos nombres mirando a otra cosa -replicó.
-En efecto -agregué-, los demás que viven en ella, sean cobardes o valientes, no son dueños, creo yo, de hacer a aquélla de una manera u otra.
-No, en efecto.
-Y así, la ciudad es valerosa por causa de una clase de ella, porque en dicha parte posee una virtud tal como para mantener en toda circunstancia la opinión acerca de las cosas que se han de temer en el sentido de que éstas son siempre las mismas y tales cuales el legislador las prescribió en la educación. ¿O no es esto lo que llamas valor?
-No he entendido del todo lo que has dicho --contestó.
-Afirmo --dije- que el valor es una especie de conservación.
-¿Qué clase de conservación?
-La de la opinión formada por la educación bajo la ley acerca de cuáles y cómo son las cosas que se han de temer. Y dije que era conservación en toda circunstancia porque la lleva adelante, sin desecharla jamás, el que se halla entre dolores y el que entre placeres y el que entre deseos y el que entre espantos. Y quiero representarte, si lo permites, a qué me parece que es ello semejante.
-Sí, quiero.
-Sabes --dije-- que los tintoreros, cuando han de teñir lanas para que queden de color de púrpura, eligen primero, de entre tantos colores como hay, una sola clase, que es la de las blancas; después las preparan previamente, con prolijo esmero, cuidando de que adquieran el mayor brillo posible, y así las tiñen. Y lo que queda teñido por este procedimiento resulta indeleble en su tinte, y el lavado, sea con detersorios o sin ellos, no puede quitarle su brillo; y también sabes cómo resulta lo que no se tiñe así, bien porque se empleen lanas de otros colores o porque no se preparen estas mismas previamente.
-Sí --contestó--; queda desteñido y ridículo.
-Pues piensa -repliqué yo- que otro tanto hacemos nosotros en la medida de nuestras fuerzas cuando elegimos los soldados y los educamos en la música y en la gimnástica: no creas que preparamos con ello otra cosa sino el que, obedeciendo lo mejor posible a las leyes, reciban una especie de teñido, para que, en virtud de su índole y crianza obtenida, se haga indeleble su opinión acerca de las cosas que hay que temer y las que, no; y que tal teñido no se lo puedan llevar esas otras lejías tan fuertemente dísolventes que son el placer, más terrible en ello que cualquier sosa o lejía, y el pesar, el miedo y la concupiscencia, más poderosos que cualquier otro detersorio. Esta fuerza  y preservación en toda circunstancia de la opinión recta y legítima acerca de las cosas que han de ser temidas y de las que no es lo que yo llamo valor y considero como tal si tú no dices otra cosa.
-No por cierto ---,dijo-; y, en efecto, me parece que a esta misma recta opinión acerca de tales cosas que nace sin educación, o sea, a la animal y servil, ni la consideras enteramente legítima ni le das el nombre de valor, sino otro distinto.
-Verdad pura es lo que dices ---observé.
-Admito, pues, que eso es el valor.
-Y admite -agregué,-- que es cualidad propia de la ciudad y acertarás con ello. Y en otra ocasión, si quieres, trataremos mejor acerca del asunto, porque ahora no es eso lo que estábamos investigando, sino la justicia; y ya es bastante, según creo, en cuanto a la búsqueda de aquello otro.
-Tienes razón --dijo.
valor y a la parte de la ciudad en que reside y por la que toda ella ha de ser llamada valerosa, no me parece que la cosa sea muy difícil de percibir.
-¿Y cómo?
-¿Quién ---dije yo-- podría llamar a la ciudad cobarde o valiente mirando a otra cosa que no fuese la parte de ella que la defiende y se pone en campaña a su favor?
-Nadie podría darle esos nombres mirando a otra cosa -replicó.
-En efecto -agregué-, los demás que viven en ella, sean cobardes o valientes, no son dueños, creo yo, de hacer a aquélla de una manera u otra.
-No, en efecto.
-Y así, la ciudad es valerosa por causa de una clase de ella, porque en dicha parte posee una virtud tal como para mantener en toda circunstancia la opinión acerca de las cosas que se han de temer en el sentido de que éstas son siempre las mismas y tales cuales el legislador las prescribió en la educación. ¿O no es esto lo que llamas valor?
-No he entendido del todo lo que has dicho --contestó.
-Afirmo --dije- que el valor es una especie de conservación.
-¿Qué clase de conservación?
-La de la opinión formada por la educación bajo la ley acerca de cuáles y cómo son las cosas que se han de temer. Y dije que era conservación en toda circunstancia porque la lleva adelante, sin desecharla jamás, el que se halla entre dolores y el que entre placeres y el que entre deseos y el que entre espantos. Y quiero representarte, si lo permites, a qué me parece que es ello semejante.
-Sí, quiero.
-Sabes --dije-- que los tintoreros, cuando han de teñir lanas para que queden de color de púrpura, eligen primero, de entre tantos colores como hay, una sola clase, que es la de las blancas; después las preparan previamente, con prolijo esmero, cuidando de que adquieran el mayor brillo posible, y así las tiñen. Y lo que queda teñido por este procedimiento resulta indeleble en su tinte, y el lavado, sea con detersorios o sin ellos, no puede quitarle su brillo; y también sabes cómo resulta lo que no se tiñe así, bien porque se empleen lanas de otros colores o porque no se preparen estas mismas previamente.
-Sí --contestó--; queda desteñido y ridículo.
-Pues piensa -repliqué yo- que otro tanto hacemos nosotros en la medida de nuestras fuerzas cuando elegimos los soldados y los educamos en la música y en la gimnástica: no creas que preparamos con ello otra cosa sino el que, obedeciendo lo mejor posible a las leyes, reciban una especie de teñido, para que, en virtud de su índole y crianza obtenida, se haga indeleble su opinión acerca de las cosas que hay que temer y las que, no; y que tal teñido no se lo puedan llevar esas otras lejías tan fuertemente dísolventes que son el placer, más terrible en ello que cualquier sosa o lejía, y el pesar, el miedo y la concupiscencia, más poderosos que cualquier otro detersorio. Esta fuerza  y preservación en toda circunstancia de la opinión recta y legítima acerca de las cosas que han de ser temidas y de las que no es lo que yo llamo valor y considero como tal si tú no dices otra cosa.
-No por cierto ---,dijo-; y, en efecto, me parece que a esta misma recta opinión acerca de tales cosas que nace sin educación, o sea, a la animal y servil, ni la consideras enteramente legítima ni le das el nombre de valor, sino otro distinto.
-Verdad pura es lo que dices ---observé.
-Admito, pues, que eso es el valor.
-Y admite -agregué,-- que es cualidad propia de la ciudad y acertarás con ello. Y en otra ocasión, si quieres, trataremos mejor acerca del asunto, porque ahora no es eso lo que estábamos investigando, sino la justicia; y ya es bastante, según creo, en cuanto a la búsqueda de aquello otro.
-Tienes razón --dijo.

Resumen1
Presentación
















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































TEXTO3E
(430c-432b)

-Dos, pues, son las cosas --dije- que nos quedan por observar en la ciudad: la templanza y aquella otra por la que hacemos toda nuestra investigación, la justicia.
-Exactamente.
-¿Y cómo podríamos hallar la justicia para no hablar todavía acerca de la templanza?
-Yo, por mi parte --dijo-, no lo sé, ni querría que se declarase lo primero la justicia, puesto que aún no hemos examinado la templanza; y, si quieres darme gusto, pon la atención en ésta antes que en aquélla.
-Quiero en verdad -repliqué- y no llevaría razón en negarme.
-Examínala, pues ---dijo.
-La voy a examinar -contesté-. Y ya a primera vista, se parece más que todo lo anteriormente examinado a una especie de modo musical o armonía.
-¿Cómo?
-La templanza -repuse- es un orden y dominio de placeres y concupiscencia según el dicho de los que hablan, no sé en qué sentido, de ser dueños de sí mismos; y también hay otras expresiones que se muestran como rastros de aquella cualidad. ¿No es así?
-Sin duda ninguna --contestó.
-Pero ¿eso de «ser dueño de sí mismos» no es ridículo? Porque el que es dueño de sí mismo es también esclavo, y el que es esclavo, dueño; ya que en todos estos dichos se habla de una misma persona.
-¿Cómo no?
-Pero lo que me parece --dije- que significa esa expresión es que en el alma del mismo hombre hay algo que es mejor y algo que es peor; y cuando lo que por naturaleza es mejor domina a lo peor, se dice que «aquél es dueño de sí mismo», lo cual es una alabanza, pero cuando, por mala crianza o companía, lo mejor queda en desventaja y resulta dominado por la multitud de lo peor, esto se censura como oprobio, y del que así se halla se dice que está dominado por sí mismo y que es un intemperante.
-Eso parece, en efecto --observó.
  -Vuelve ahora la mirada -dije- a nuestra recién fundada ciudad y encontrarás dentro de ella una de estas dos cosas; y dirás que con razón se la proclama dueña de sí misma si es que se ha de llamar bien templado y dueño de sí mismo a todo aquello cuya parte mejor se sobrepone a lo peor.
-La miro, en efecto -respondió-, y veo que dices verdad.
-Y de cierto, los más y los más varios apetitos, concupiscencias y desazones se pueden encontrar en los niños y en las mujeres y en los domésticos y en la mayoría de los hombres que se llaman libres, aunque carezcan de valía.
-Bien de cierto.
-Y, en cambio, los afectos más sencillos y moderados, los que son conducidos por la razón con sensatez y recto juicio, los hallarás en unos pocos, los de mejor índole y educación.
-Verdad es --dijo.
-Y así ¿no ves que estas cosas existen también en la ciudad y que en ella los apetitos de los más y más ruines son vencidos por los apetitos y la inteligencia de los menos y más aptos?
-Lo veo ---dijo.

-Sí hay, pues, una ciudad a la que debarnos llamar dueña de sus concupiscencias y apetitos y dueña  también ella de sí misma, esos títulos hay que darlos a la nuestra.
-Enteramente --- dijo.
-¿Y conforme a todo ello no habrá que llamarla asimismo temperante?
-En alto grado -contestó.
-Y si en alguna otra ciudad se hallare una sola opínión, lo mismo en los gobernantes que en los gobernados, respecto a quiénes deben gobernar, sin duda se hallará también en ésta. ¿No te parece?
-Sin la menor duda --dijo.
-¿Y en cuál de las dos clases  de ciudadanos dirás que reside la templanza cuando ocurre eso? ¿En los gobernantes o en los gobernados?
-En unos y otros, creo -repuso.
-¿Ves, pues -dije yo--, cuán acertadamente predecíamos hace un momento que la templanza se parece a una cierta armonía musical?
-¿Y por qué?
-Porque, así como el valor y la prudencia, residiendo en una parte de la ciudad, la hacen a toda ella el uno valerosa y la otra prudente, la templanza no obra igual, sino que se extiende por la ciudad entera, logrando que canten lo mismo y en perfecto unísono los más débiles, los más fuertes y los de en medio, ya los clasifiques por su inteligencia, ya por su fuerza, ya por su número o riqueza o por cualquier otro semejante respecto; de suerte que podríamos con razón afirmar que es templanza esta concordia, esta armonía entre lo que es inferior y lo que es superior por naturaleza sobre cuál de esos dos elementos debe gobernar ya en la ciudad, ya en cada individuo.
-Así me parece en un todo -repuso.

Resumen1
Presentación













































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































LIBRO IV REPÚBLICA
LA JUSTICIA
(432b-434d)

432b-434d
A partir de ahora Sócrates y Adimanto se centrarán en búsqueda y análisis de la virtud que falta: La Justicia.
Sócrates comienza su investigación de un modo algo misterioso y con el objeto de excitar la curiosidad de los oyentes. Habla de la justicia como de algo que sabemos que tiene que estar ya presente y la compara con una pieza de caza a la cual, aún teniéndola a la vista, no somos capaces de reconocer. Después habla de un rastro que conduce a ella y finaliza afirmando que la justicia es algo que tenemos ante nuestras narices y que con ella nos sucede lo mismo que aquellos, que teniendo algo en la mano, buscan lo mismo que  ya tienen en su poder.
{Ver texto1f}
Después de esta puesta en escena un tanto misteriosa Sócrates hace referencia a algo que ya desde el principio habían establecido como elemento básico de la ciudad: cada uno debe atender a una sola de las cosas de la ciudad, es decir, a aquello para lo que su naturaleza esté mejor dotada. Señala también que en hacer cada uno lo suyo y en no multiplicar sus actividades era, precisamente, en lo que consistía la justicia. La justicia=hacer cada uno lo suyo. A continuación Sócrates señala que ha inferido tal afirmación como un residuo del estudio de las otras virtudes. Y es que después de haber descubierto las virtudes de la prudencia, el valor y la templanza, faltaría la virtud que les da vigor y las conserva después de su nacimiento. Y es que si alguien tuviera que responder a la pregunta de cual de todas las virtudes hace con su presencia totalmente buena a una ciudad, no sería muy correcto afirmar que es aquella que mantiene a los soldados en la opinión legítima sobre lo que es realmente temible; o la que se asienta en el niño, la mujer, el esclavo, el hombre libre, el artesano o el gobernante y gobernado; o la que permite la igualdad de opiniones entre gobernantes y gobernados. Y es que estas virtudes, aunque hacen a una ciudad entera prudente, valerosa y templada, no pertenecen por igual a todos los ciudadanos. Sin embargo, el que dentro de una ciudad cada uno haga en ella lo que es propio parece que generaliza y sintetiza las otras virtudes en una sóla. Y ello parece que se corresponde con la justicia. En definitiva, según Sócrates la posesión y la práctica de lo que a cada uno es propio constituye la justicia. Por lo tanto, si un carpintero se dedica hacer el trabajo del zapatero y viceversa o un artesano pretende entrar en la clase de los guerreros, o uno de los guerreros en las de los consejeros o guardianes, sin tener merito para ello, es evidente que tal trueque en las funciones sería ruinoso para una ciudad. El entrometimiento y trueque mutuo de estas tres clases, afirma Sócrates, en el mayor daño de la ciudad y su mayor crimen. Y tal crimen no sería otra cosa que la injusticia. Por consiguiente, concluye Sócrates, parece que hemos cazado no solamente la justicia, como sinónimo de actuación en lo que le es propio a cada uno de los linajes de la ciudad, sino también a la injusticia como sinónimo del entrometimiento, y, por tanto, el hacer dejación de sus funciones propias como estamento social. En definitiva, según el Sócrates de la Republica, las virtudes de la prudencia, valor y templaza se resumen en la justicia y ésta representa la virtud única de donde brotan las otras.
{Ver texto2f}
Presentación






















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































TEXTO1F
(432b-433a)

-Bien -dije yo-; tenemos vistas tres cosas de la ciudad según parece; pero ¿cuál será la cualidad restante por la que aquélla alcanza su virtud? Es claro que la justicia.
-Claro es.
-Así, pues, Claucón, nosotros tenemos que rodear la mata, como unos cazadores, y aplicar la atención, no sea que se nos escape la justicia y, desapareciendo de nuestros ojos, no podamos verla más. Porque es manifiesto que está aquí; por tanto, mira y esfuérzate en observar por sí la ves antes que yo y puedes enseñármela.
-¡Ojalá! --dijo él-, pero mejor te serviré si te sigo y alcanzo a ver lo que tú me muestres.
-Haz, pues, conmigo la invocación y sígueme ---dije.
-Así haré -replicó- , pero atiende tú a darme guía.
-Y en verdad --,dije yo- que estamos en un lugar difícil y sombrío, porque es oscuro y poco penetrable a la vista. Pero, con todo, habrá que ir.
-Vayamos, pues -exclamó.
Entonces yo, fijando la vista, dije: -¡Ay, ay, Glaucón! Parece que tenemos un rastro y creo que no se nos va a escapar la presa.
-¡Noticia feliz! --dijo él.
-En verdad ---dije-- que lo que me ha pasado es algo estúpido.
-¿Y qué es ello?
-A mi parecer, bendito amigo, hace tiempo que está la cosa rodando ante nuestros pies y no la veíamos incurriendo en el mayor de los ridículos. Como aquellos que, teniendo algo en la mano, buscan a veces lo mismo que tienen, así nosotros no mirábamos a ello, sino que dirigíamos la vista a lo lejos y por eso quizá no lo veíamos.
-¿Qué quieres decir? -preguntó.
-Quiero decir -repliqué- que en mi opinión hace tiempo que estábamos hablando y oyendo hablar de nuestro asunto sin darnos cuenta de que en realidad de un modo u otro hablábamos de él.
-Largo es ese proemio -dijo- para quien está deseando escuchar.
justicia.
-Claro es.
-Así, pues, Claucón, nosotros tenemos que rodear la mata, como unos cazadores, y aplicar la atención, no sea que se nos escape la justicia y, desapareciendo de nuestros ojos, no podamos verla más. Porque es manifiesto que está aquí; por tanto, mira y esfuérzate en observar por sí la ves antes que yo y puedes enseñármela.
-¡Ojalá! --dijo él-, pero mejor te serviré si te sigo y alcanzo a ver lo que tú me muestres.
-Haz, pues, conmigo la invocación y sígueme ---dije.
-Así haré -replicó- , pero atiende tú a darme guía.
-Y en verdad --,dije yo- que estamos en un lugar difícil y sombrío, porque es oscuro y poco penetrable a la vista. Pero, con todo, habrá que ir.
-Vayamos, pues -exclamó.
Entonces yo, fijando la vista, dije: -¡Ay, ay, Glaucón! Parece que tenemos un rastro y creo que no se nos va a escapar la presa.
-¡Noticia feliz! --dijo él.
-En verdad ---dije-- que lo que me ha pasado es algo estúpido.
-¿Y qué es ello?
-A mi parecer, bendito amigo, hace tiempo que está la cosa rodando ante nuestros pies y no la veíamos incurriendo en el mayor de los ridículos. Como aquellos que, teniendo algo en la mano, buscan a veces lo mismo que tienen, así nosotros no mirábamos a ello, sino que dirigíamos la vista a lo lejos y por eso quizá no lo veíamos.
-¿Qué quieres decir? -preguntó.
-Quiero decir -repliqué- que en mi opinión hace tiempo que estábamos hablando y oyendo hablar de nuestro asunto sin darnos cuenta de que en realidad de un modo u otro hablábamos de él.
-Largo es ese proemio -dijo- para quien está deseando escuchar.

Resumen2
Presentación




















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































TEXTO2F
(433a-434d)

-Oye, pues -le advertí-, por si digo algo a que valga. Aquello que desde el principio, cuando fundábamos la ciudad, afirmábamos que había que observar en toda circunstancia, eso mismo o una forma de eso es a mi parecer la justicia. Y lo que establecimos y repetimos muchas veces, si bien te acuerdas, es que cada uno debe atender a una sola de las cosas de la ciudad: a aquello para lo que su naturaleza esté mejor dotada.
-En efecto, eso decíamos.
-Y también de cierto oíamos decir a otros muchos y dejábamos nosotros sentado repetidamente que el hacer cada uno lo suyo y no multiplicar sus actividades era la justicia.
-Así de cierto lo dejamos sentado.
-Esto, pues, amigo ---dije-, parece que es en cierto modo la justicia: el hacer cada uno lo suyo. ¿Sabes de dónde lo infiero?
-No lo sé; dímelo tú -replicó.
-Me parece a mí ---dije- que lo que faltaba en la ciudad después de todo eso que dejamos examinado -la templanza, el valor y la prudencia- es aquello otro que a todas tres da el vigor necesario a su nacimiento y que, después de nacidas, las conserva mientras subsiste en ellas. Y dijimos que si encontrábamos aquellas tres, lo que faltaba era la justicia.
-Por fuerza --,dijo.
-Y si hubiera necesidad -añadí- de decidir cuál de estas cualidades constituirá principalmente con su presencia la bondad de nuestra ciudad, sería difícil determinar si será la igualdad de opiniones de los gobernantes y de los gobernados o el mantenimiento en los soldados de la opinión legítima sobre lo que es realmente temible y lo que no o la inteligencia y la vigilancia existente en los gobernantes o si, en fin, lo que mayormente hace buena a la ciudad es que se asiente en el niño y en la mujer y en el esclavo y en el hombre libre y en el artesano y en el gobernante y en el gobernado eso otro de que cada uno haga lo suyo y no se dedique a más.
-Cuestión difícil ---dijo-. ¿Cómo no?
-Por ello, según parece, en lo que toca a la excelencia de la ciudad esa virtud de que cada uno haga en ella lo que le es propio resulta émula de la prudencia, de la templanza y del valor.
-Desde luego -dijo.
-Así, pues, ¿tendrás a la justicia como émula de e aquéllas para la perfección de la ciudad?
-En un todo.
-Atiende ahora a esto otro y mira si opinas lo mismo: ¿será a los gobernantes a quienes atribuyas en la ciudad el juzgar los procesos?
-¿Cómo no?
-¿Y al juzgar han de tener otra mayor preocupación que la de que nadie posea lo ajeno ni sea privado de lo propio?
-No, sino ésa.
-¿Pensando que es ello justo?
-Sí.
-Y así, la posesión y práctica de lo que a cada uno es propio será reconocida como justicia.
-Eso es.
-Mira, por tanto, si opinas lo mismo que yo: el que el carpintero haga el trabajo del zapatero o el zapatero el del carpintero o el que tome uno los instrumentos y prerrogativas del otro o uno solo trate de hacer lo de los dos trocando todo lo demás ¿te parece que podría dañar gravemente a la ciudad?
-No de cierto -dijo.
-Pero, por el contrario, pienso que, cuando un artesano u otro que su índole destine a negocios privados, engreído por su riqueza o por el número de los que le siguen o por su fuerza o por otra cualquier cosa semejante, pretenda entrar en la clase de los guerreros, o uno de los guerreros en la de los consejeros o guardianes, sin tener mérito para ello, y así cambien entre sí sus instrumentos y honores, o cuando uno solo trate de hacer a un tiempo los oficios de todos, entonces creo, como digo, que tú también opinarás que semejante trueque y entrometimiento ha de ser ruinoso para la ciudad.
-En un todo.
-Por tanto, el entrometimiento y trueque mutuo de estas tres clases es el mayor daño de la ciudad y más que ningún otro podría ser con plena razón calificado de crimen.
-Plenamente.
-¿Y al mayor crimen contra la propia ciudad no habrás de calificarlo de injusticia?
-¿Qué duda cabe?
-Eso es, pues, injusticia. Y a la inversa, diremos: la actuación en lo que les es propio de los linajes de los traficantes, auxiliares y guardianes, cuando cada uno haga lo suyo en la ciudad, ¿no será justicia, al contrario de aquello otro, y no hará justa a la ciudad misrna?
-Así me parece y no de otra manera -dijo él.
principio, cuando fundábamos la ciudad, afirmábamos que había que observar en toda circunstancia, eso mismo o una forma de eso es a mi parecer la justicia. Y lo que establecimos y repetimos muchas veces, si bien te acuerdas, es que cada uno debe atender a una sola de las cosas de la ciudad: a aquello para lo que su naturaleza esté mejor dotada.
-En efecto, eso decíamos.
-Y también de cierto oíamos decir a otros muchos y dejábamos nosotros sentado repetidamente que el hacer cada uno lo suyo y no multiplicar sus actividades era la justicia.
-Así de cierto lo dejamos sentado.
-Esto, pues, amigo ---dije-, parece que es en cierto modo la justicia: el hacer cada uno lo suyo. ¿Sabes de dónde lo infiero?
-No lo sé; dímelo tú -replicó.
-Me parece a mí ---dije- que lo que faltaba en la ciudad después de todo eso que dejamos examinado -la templanza, el valor y la prudencia- es aquello otro que a todas tres da el vigor necesario a su nacimiento y que, después de nacidas, las conserva mientras subsiste en ellas. Y dijimos que si encontrábamos aquellas tres, lo que faltaba era la justicia.
-Por fuerza --,dijo.
-Y si hubiera necesidad -añadí- de decidir cuál de estas cualidades constituirá principalmente con su presencia la bondad de nuestra ciudad, sería difícil determinar si será la igualdad de opiniones de los gobernantes y de los gobernados o el mantenimiento en los soldados de la opinión legítima sobre lo que es realmente temible y lo que no o la inteligencia y la vigilancia existente en los gobernantes o si, en fin, lo que mayormente hace buena a la ciudad es que se asiente en el niño y en la mujer y en el esclavo y en el hombre libre y en el artesano y en el gobernante y en el gobernado eso otro de que cada uno haga lo suyo y no se dedique a más.
-Cuestión difícil ---dijo-. ¿Cómo no?
-Por ello, según parece, en lo que toca a la excelencia de la ciudad esa virtud de que cada uno haga en ella lo que le es propio resulta émula de la prudencia, de la templanza y del valor.
-Desde luego -dijo.
-Así, pues, ¿tendrás a la justicia como émula de e aquéllas para la perfección de la ciudad?
-En un todo.
-Atiende ahora a esto otro y mira si opinas lo mismo: ¿será a los gobernantes a quienes atribuyas en la ciudad el juzgar los procesos?
-¿Cómo no?
-¿Y al juzgar han de tener otra mayor preocupación que la de que nadie posea lo ajeno ni sea privado de lo propio?
-No, sino ésa.
-¿Pensando que es ello justo?
-Sí.
-Y así, la posesión y práctica de lo que a cada uno es propio será reconocida como justicia.
-Eso es.
-Mira, por tanto, si opinas lo mismo que yo: el que el carpintero haga el trabajo del zapatero o el zapatero el del carpintero o el que tome uno los instrumentos y prerrogativas del otro o uno solo trate de hacer lo de los dos trocando todo lo demás ¿te parece que podría dañar gravemente a la ciudad?
-No de cierto -dijo.
-Pero, por el contrario, pienso que, cuando un artesano u otro que su índole destine a negocios privados, engreído por su riqueza o por el número de los que le siguen o por su fuerza o por otra cualquier cosa semejante, pretenda entrar en la clase de los guerreros, o uno de los guerreros en la de los consejeros o guardianes, sin tener mérito para ello, y así cambien entre sí sus instrumentos y honores, o cuando uno solo trate de hacer a un tiempo los oficios de todos, entonces creo, como digo, que tú también opinarás que semejante trueque y entrometimiento ha de ser ruinoso para la ciudad.
-En un todo.
-Por tanto, el entrometimiento y trueque mutuo de estas tres clases es el mayor daño de la ciudad y más que ningún otro podría ser con plena razón calificado de crimen.
-Plenamente.
-¿Y al mayor crimen contra la propia ciudad no habrás de calificarlo de injusticia?
-¿Qué duda cabe?
-Eso es, pues, injusticia. Y a la inversa, diremos: la actuación en lo que les es propio de los linajes de los traficantes, auxiliares y guardianes, cuando cada uno haga lo suyo en la ciudad, ¿no será justicia, al contrario de aquello otro, y no hará justa a la ciudad misrna?
-Así me parece y no de otra manera -dijo él.

Resumen2
Presentación



















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































LIBRO IV REPÚBLICA
Concordancia entre justicia individual y ciudadana
(434d-441c)

434d-441c
Al llegar a este punto Sócrates señala la necesidad de analizar si la virtud de la justicia, que acaba de definir como ideal para la ciudad buena recién fundada, se podría descubrir también si sometiéramos a examen a un hombre solo. Plantea pues la idea de trasladar al individuo lo que se nos mostró como virtud en la ciudad con el objeto de observar si existe concordancia. Y es que si en el individuo esta virtud se nos presentaran como algo distinto, entonces deberíamos volver al estudio de la ciudad para hacer la prueba de poner en contacto al sujeto y la ciudad con el objeto de hacer que en ambos brille la justicia como fuego de enjutos.... El punto de partida acerca del porque no tiene porque existir gran diferencia entre ciudad justa e individuo justo es, de alguna forma, la creencia en la ley de la tendencia de lo igual hacia lo igual, es decir, Sócrates afirma que cuando se predica algo de una cosa que es lo mismo que en otra, ya sea más grande o más pequeña, parece evidente que ese algo será semejante tanto en una cosa como en la otra. Por consiguiente, si ese algo es la idea de justicia, parece la justicia no diferirá en nada en un hombre justo y en una ciudad justa. Por otro lado, continúa Sócrates, anteriormente hemos establecido que una ciudad justa aparece cuando los tres linajes de naturalezas que hay en ella hacía cada uno lo suyo propio; y, al mismo tiempo, se nos mostró como temperada, valerosa y prudente por otras condiciones presentes en estos mismos linajes. Pues bien, ahora se trataría de analizar si el individuo tiene en su propia alma estas mismas especies con el objeto de ver si se nos aparecen los mismos calificativos que en la ciudad. Este planteamiento lleva a Sócrates a analizar si es posible descubrir en el alma humana estas tres especies de linajes ya que si ello es cierto entonces tendríamos que reconocer que en cada uno de nosotros se dan las mismas especies y modos de ser que en la ciudad. Afirma también que tal tipo de investigación no es un absurdo ya que a las ciudades las hacen los individuos lo que explicaría que se hablase de ciudades de índole arrebatada como Tracia y Escitia; o ciudades amantes del saber como la misma Atenas; o ciudades en donde reina la avaricia como suele decirse de los fenicios y de los habitantes de Egipto.
{Ver Texto1g}
Pues bien teniendo todo esto presente, Sócrates comienza analizando si las diferentes funciones del alma - pensar, encolerizarse, apetecer - las hacemos por medio de una única especie de alma o mediante tres. Es decir, Sócrates intenta averiguar si existe un alma responsable de la cólera como algo distinto de la responsable del pensamiento y éstas dos como distintas de la responsable de los apetitos; o, por el contrario, si obramos con el alma entera. La argumentación usada para intentar aclarar estos puntos es la siguiente: comienza formulando ( por primera vez en el pensamiento griego ) el principio de contradicción, es decir, señalando que es imposible que un mismo ser admita hacer o sufrir cosas contrarias al mismo tiempo. Es decir, es imposible entender que una misma cosa se esté quieta y se mueva al mismo tiempo en una misma parte de sí misma. Sócrates intenta fundamentar la seguridad de este principio con el objetivo de no dudar en absoluto de él ante los ataques y argucias de los sofistas. Así analiza críticamente los ataques a este principio, por ejemplo, a partir de aquellos que podrían afirmar que es posible que un hombre se mueva y esté quieto al mismo tiempo, ya que podría estar quieto y, al mismo tiempo, mover las manos y la cabeza. Y es que, según Sócrates, en este caso no habría alteración en el principio de contradicción ya que una parte de él estaría quieta y otra estaría moviéndose. Y el principio establece que no puede ser que algo se mueva y esté quieto al mismo tiempo en una misma parte de sí misma. También analiza el ejemplo de las peonzas que están en reposo y se mueven enteras cuando bailan con la púa fija en un punto sin salirse de su sitio. Tampoco valdría este caso como ejemplo de principio de contradicción ya que no permanecen y se mueven al mismo tiempo en la misma parte de sí mismos sino que en ellos hay una línea recta y una circunferencia y que están quietos por su línea recta, puesto que no se inclinan a ningún lado, pero que por lo que se refiere a su circunferencia se mueven en redondo. Por lo tanto, en este caso, no estarían quietos y, al mismo tiempo, moviéndose en una misma parte de la peonza. Por otro lado, cuando la línea recta se inclina a la derecha o a la izquierda, hacia delante o hacia atrás al mismo tiempo que gira circularmente, entonces ocurre que no están quietos en ningún respecto. En definitiva, Sócrates quiere dejar claramente establecido lo siguiente: no debemos dejarnos nunca conmover ni persuadir por estas argucias acerca que algo pueda sufrir ni ser ni obrar dos cosas contrarias al mismo tiempo.
{Ver texto2g}
Pues bien, a continuación Sócrates aplica este principio a la cuestión que se encuentra en esos momentos analizando, es decir, si es el alma entera quien gobierna al individuo o si existen tres partes (mere), especies (eíde) o linajes (géne) dentro de la misma. Para ello comienza haciendo referencia acciones y pasiones que parecen ser contrarias entre sí (asentir-negar, desear-rehusar). También hace referencia a apetitos contrarios entre sí (hambre-sed; querer-rechazar). A continuación se centra en el análisis de apetitos básicos como son el hambre y la sed como deseos de bebida y comida. Señala que lo de menos son las cualidades que acompañan a esos deseos, como puede ser que la comida sea fría o la bebida caliente. Cada apetito no es apetito más que de aquello que le conviene por naturaleza; y cuando le apetece de tal o cual cualidad, ello depende de algo accidental que se le agrega. Sócrates hace referencia a esto último teniendo también presentes las argucias de los sofistas que podrían afirmar que nadie apetece bebida, sino buena bebida, ni comida sino buena comida; para concluir que los apetitos son el deseo de algo bueno y placentero. Sócrates rechaza esta posición para señalar que cada apetito desea realmente aquello que le conviene por naturaleza (la sed desea la bebida; el hambre la comida....). Los añadidos son algo accidental. Pero no solamente cada apetito tiende hacia lo que desea por naturaleza sino que tiene también su propio objeto, es decir, un objeto en sí mismo y diferente de los demás. Tal objeto, además, podrá ser general o específico. Así, por ejemplo, decimos que la ciencia en sí tiene por objeto general el conocimiento en sí. Ahora bien, también puede haber una ciencia que tenga su objeto específico. Así, por ejemplo, una vez que se creó la ciencia de hacer edificios, ésta quedó separada de las demás ciencias y recibió el nombre de arquitectura, es decir, quedó calificada como ciencia que posee un objeto específico. En definitiva, una vez que una ciencia ya no tiene por objeto el de la ciencia en sí, sino otro determinado, ella misma queda determinada como ciencia y eso hace que no sea llamada ya ciencia a secas, sino ciencia especial de algo que se le ha agregado.
{Ver Texto3g}
A continuación Sócrates vuelve al estudio los apetitos y se refiere a la sed en sí. Señala que el objeto de la sed en si es la bebida, pero no como caliente o fría, dulce o amarga. Pues bien el alma del sediento, en cuanto tiene sed, no desea otra cosa que beber y hacia ello tiende. Ahora bien, si algo la retiene en su sed tendrá que haber alguna cosa distinta a aquello que la impulsa a desear beber, ya que como hemos establecido anteriormente, una misma cosa no puede hacer lo que es contrario en la misma parte de sí misma en relación con el mismo objeto y al mismo tiempo. Sucedería lo mismo que a un arquero al que sería imposible el que, al mismo tiempo, sus manos rechacen y atraigan el arco al mismo tiempo, sino que mientras que una lo rechaza, la otra la atrae. Pues bien, establecido todo lo anterior, Sócrates plantea a Adimánto si acaso no es cierto que existen algunos que tienen sed y, al mismo tiempo, no quieren beber. Adimánto responde que sí. Pues bien, según Sócrates, ello significa que tiene que haber en su alma un objeto específico, relacionado con lo que les impulsa a beber y otro relacionado con algo que los retiene en tal impulso. Además, parece que este segundo es no sólo diferente sino también más poderoso.
Pues bien, el objeto relacionado con la retención nace del razonamiento. Por ello, afirma Sócrates, llamaré a aquello con lo que se razona, lo racional del alma, y a aquello con lo que se desea y siente hambre o sed, lo irracional y concupiscible. Pero no finaliza aquí el análisis ya que, tanto Sócrates como Adimanto, son conscientes de que tienen que descubrir en el individuo no dos sino tres linajes dentro del alma individual. Por ello, Sócrates pregunta tambien acerca de si la cólera y aquello que nos permite hacerlo será una tercera especie o será de la misma naturaleza que las otras dos especies descritas. En principio Adimanto señala que parece ser de la misma naturaleza que lo concupiscible. Sócrates no lo tiene tan claro y para demostrarlo se sirve de una anécdota: un cierto Leoncio subía al Pireo por la parte exterior del muro norte cuando advierte la presencia de unos cadáveres que estaban en tierra al lado del vérdugo. Comienza a sentir deseos de verlos, pero, al mismo tiempo, una repugnancia que le retraía a hacerlo. Así estuvo luchando y cubriéndose el rostro hasta que, vencido por su apetencia, abrió enteramente los ojos y corriendo hacia los muertos dijo: ¡Ahí los teneis, malditos, saciaos de hermoso espectáculo! La conclusión que Sócrates deduce aparece ahora clara: la historia nos muestra que cólera combate a veces los apetitos como algo distinta a ellos. Señala tambien que la experiencia interior nos demuestra que cuando entran en conflicto los deseos concupiscibles y la razón, la cólera se hace aliada de la razón no haciendo nunca causa común con las concupiscencias. En este contexto compara la cólera con un perro que obedece a su pastor y con los auxiliares que, como perros de raza, están siempre al servicio de los gobernantes. Por consiguiente, en este último análisis, señala Sócrates, se nos ha revelado la cólera como lo contrario de lo que podíamos pensar hace un momento. Entonces pensábamos que era algo concupiscible y ahora confesamos que en la lucha del alma hace armas a favor de la razón.  Por eso, Sócrates, concluye afirmando que, de momento, parece que hemos descubierto lo siguiente: del mismo modo que en la ciudad eran tres los linajes que la mantenía, el traficante, el auxiliar y el deliberante, así parece que existen tres linajes dentro del alma humana, el racional, el concupiscible y el irascible. Este último se nos manifiesta como un auxiliar por naturaleza del racional, siempre, claro está, que no ser pervierta por una mala crianza. Socrates afirma tambien que ya se ha señalado el porque lo irascible es diferente de lo concupiscible. Ahora señala tambien el porque de su diferencia con lo racional. Para ello se sirve de ejemplos tomados del mundo de los niños y de los animales. Parece evidente que los niños cuando nacen están llenos de cólera y la razón parece que no la alcanzan hasta muchos más tarde, e incluso, muchos no llegan a alcanzarla nunca. Lo mismo sucede en las bestias. Cita tambien como prueba de que cólera y razón son cosas distintas la frase de Homero:Pero a su alma increpó golpeándose el pecho y le dijo.... Es evidente, según Platón, que son dos cosas distintas el que increpa y el que es increpado.
{Ver Texto4g}
Presentación




















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































TEXTO1G
(434d-436a)

-No lo digamos todavía con voz muy recia --observó--; antes bien, si, trasladando la idea formada a cada uno de los hombres, reconocemos que allí es también justicia, concedámoslo sin más, porque ¿qué otra cosa cabe oponer? Pero, si no es así, volvamos a otro lado nuestra atención. Y ahora terminemos nuestro examen en el pensamiento de que, si tomando algo de mayor extensión entre los seres que poseen la justicia, nos esforzáramos por intuirla allí, sería luego más fácil observarla en un hombre solo. Y de cierto nos pareció que ese algo más extenso es la ciudad y así la fundamos con la mayor excelencia posible, bien persuadidos de que en la ciudad buena era donde precisamente podría hallarse la justicia. Traslademos, pues, al individuo lo que allí se nos mostró y, si hay conformidad, será ello bien; y, si en el individuo aparece como algo distinto, volveremos a la ciudad a hacer la prueba, y así, mirando al uno junto a la otra y poniéndolos en contacto y roce, quizá conseguiremos que brille la justicia como fuego de enjutos y, al hacerse visible, podremos afirmarla en nosotros mismos.
-Ese es buen camino -dijo- y así hay que hacerlo.
-Ahora bien --,dije-; cuando se predica de una cosa que es lo mismo que otra, ya sea más grande o más pequeña, ¿se entiende que le es semejante o que le es desemejante en aquello en que tal cosa se predica?
-Semejante --contestó.
-De modo que el hombre justo no diferirá en nada de la ciudad justa en lo que se refiere a la idea de justicia, sino que será semejante a ella.
-Lo será -replicó.
-Por otra parte, la ciudad nos pareció ser justa cuando los tres linajes de naturalezas que hay en ella hacían cada una lo propio suyo; y nos pareció temperada, valerosa y prudente por otras determinadas condiciones y dotes de estos mismos linajes.
-Verdad es.
-Por lo tanto, amigo mío, juzgaremos que el individuo que tenga en su propia alma estas mismas especies merecerá, con razón, los mismos calificativos que la ciudad cuando tales especies tengan las mismas condiciones que las de aquélla.
-Es ineludible --dijo.
-Y henos aquí -dije---, ¡oh, varón admirable!, que hemos dado en un ligero problema acerca del alma, el de si tiene en sí misma esas tres especies o no.
-No me parece del todo fácil -replícó--; acaso, Sócrates, sea verdad aquello que suele decirse, de que lo bello es difícil.
-Tal se nos muestra --dije-. Y has de saber, Glaucón, que, a mi parecer, con métodos tales como los que ahora venimos empleando en nuestra discusión no vamos a alcanzar nunca lo que nos proponemos, pues el camino que a ello lleva es otro más largo y complicado; aunque éste quizá no desmerezca de nuestras pláticas e investigaciones anteriores.
-¿Hemos, pues, de conformarnos? --dijo-. A mí me basta, a lo menos por ahora.
-Pues bien ---dije-, para mí será también suficiente en un todo.
-Entonces - dijo- sigue tu investigación sin desmayo.
-¿No nos será absolutamente necesario -proseguí- el reconocer que en cada uno de nosotros se dan las mismas especies y modos de ser que en la ciudad? A ésta, en efecto, no llegan de ninguna otra parte sino de nosotros mismos. Ridículo sería pensar que, en las ciudades a las que se acusa de índole arrebatada, como las de Tracía y de Escitia y casi todas las de la región norteña, este arrebato no les viene de los individuos; e igualmente el amor al saber que puede atribuirse principalmente a nuestra región y no menos la avaricia que suele a achacarse a los fenicios o a los habitantes de Egipto.
-Bien seguro --dijo.
-Así es, pues, ello --dije yo- y no es difícil reconocerlo.
-No de cierto.
Traslademos, pues, al individuo lo que allí se nos mostró y, si hay conformidad, será ello bien; y, si en el individuo aparece como algo distinto, volveremos a la ciudad a hacer la prueba, y así, mirando al uno junto a la otra y poniéndolos en contacto y roce, quizá conseguiremos que brille la justicia como fuego de enjutos y, al hacerse visible, podremos afirmarla en nosotros mismos.
-Ese es buen camino -dijo- y así hay que hacerlo.
-Ahora bien --,dije-; cuando se predica de una cosa que es lo mismo que otra, ya sea más grande o más pequeña, ¿se entiende que le es semejante o que le es desemejante en aquello en que tal cosa se predica?
-Semejante --contestó.
-De modo que el hombre justo no diferirá en nada de la ciudad justa en lo que se refiere a la idea de justicia, sino que será semejante a ella.
-Lo será -replicó.
-Por otra parte, la ciudad nos pareció ser justa cuando los tres linajes de naturalezas que hay en ella hacían cada una lo propio suyo; y nos pareció temperada, valerosa y prudente por otras determinadas condiciones y dotes de estos mismos linajes.
-Verdad es.
-Por lo tanto, amigo mío, juzgaremos que el individuo que tenga en su propia alma estas mismas especies merecerá, con razón, los mismos calificativos que la ciudad cuando tales especies tengan las mismas condiciones que las de aquélla.
-Es ineludible --dijo.
-Y henos aquí -dije---, ¡oh, varón admirable!, que hemos dado en un ligero problema acerca del alma, el de si tiene en sí misma esas tres especies o no.
-No me parece del todo fácil -replícó--; acaso, Sócrates, sea verdad aquello que suele decirse, de que lo bello es difícil.
-Tal se nos muestra --dije-. Y has de saber, Glaucón, que, a mi parecer, con métodos tales como los que ahora venimos empleando en nuestra discusión no vamos a alcanzar nunca lo que nos proponemos, pues el camino que a ello lleva es otro más largo y complicado; aunque éste quizá no desmerezca de nuestras pláticas e investigaciones anteriores.
-¿Hemos, pues, de conformarnos? --dijo-. A mí me basta, a lo menos por ahora.
-Pues bien ---dije-, para mí será también suficiente en un todo.
-Entonces - dijo- sigue tu investigación sin desmayo.
-¿No nos será absolutamente necesario -proseguí- el reconocer que en cada uno de nosotros se dan las mismas especies y modos de ser que en la ciudad? A ésta, en efecto, no llegan de ninguna otra parte sino de nosotros mismos. Ridículo sería pensar que, en las ciudades a las que se acusa de índole arrebatada, como las de Tracía y de Escitia y casi todas las de la región norteña, este arrebato no les viene de los individuos; e igualmente el amor al saber que puede atribuirse principalmente a nuestra región y no menos la avaricia que suele a achacarse a los fenicios o a los habitantes de Egipto.
-Bien seguro --dijo.
-Así es, pues, ello --dije yo- y no es difícil reconocerlo.
-No de cierto.

Resumen3
Presentación



















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































TEXTO2G
(436a-437b)

-Lo que ya es más difícil es saber si lo hacemos todo por medio de una sola especie o sí, siendo éstas tres, hacemos cada cosa por una de ellas. ¿Entendemos con un cierto elemento, nos encolerizamos con otro distinto de los existentes en nosotros y apetecemos con un tercero los placeres de la comida y de la generación y otros parejos o bien obramos con el alma entera en cada una de estas cosas cuando nos ponemos a ello? Esto es lo difícil de determinar de manera conveniente.
-Eso me parece a mí también --dijo.
-He aquí, pues, cómo hemos de decidir si esos elementos son los mismos o son diferentes.
-¿Cómo?
-Es claro que un mismo ser no admitirá el hacer o sufrir cosas contrarías al mismo tiempo, en la misma parte de sí mismo y con relación al mismo objeto; de modo que, si hallamos que en dichos elementos ocurre eso, vendremos a saber que no son uno solo, sino varios.
-Conforme.
-Atiende, pues, a lo que voy diciendo.
-Habla -dijo.
-¿Es acaso posible -dije- que una misma cosa se esté quieta y se mueva al mismo tiempo en una misma parte de sí misma?
-De ningún modo.
-Reconozcámoslo con más exactitud para no vacilar en lo que sigue: si de un hombre que está parado en un sitio, pero mueve las manos y la cabeza, dijera alguien que está quieto y se mueve al mismo tiempo, juzgaríamos que no se debe decir así, sino que una parte de él está quieta y otra se mueve; ¿no es eso?
-Eso es.
-Y si el que dijere tal cosa diera pábulo a sus facecias pretendiendo que las peonzas están en reposo y se mueven enteras cuando bailan con la púa fija en un punto o que pasa lo mismo con cualquier otro objeto que da vueltas sin salirse de un sitio, no se lo admitiríamos, porque no permanecen y se mueven en la misma parte de sí mismos. Diríamos que hay en ellos una línea recta y una circunferencia y que están quietos por su línea recta puesto que no se inclinan a ningún lado, pero que por su circunferencia se mueven en redondo; y que, cuando inclinan su línea recta a la derecha o a la izquierda o hacia adelante o hacia atrás al mismo tiempo que giran, entonces ocurre que no están quietos en ningún respecto.
-Y eso es lo exacto ---dijo.
-Ninguno, pues, de semejantes dichos nos conmoverá ni nos persuadirá en lo más mínimo de que haya algo que pueda sufrir ni ser ni obrar dos cosas contrarias al mismo tiempo en la misma parte de sí mismo y a en relación con el mismo objeto.
-A mí por lo menos no -aseveró.
-No obstante --dije-, para que no tengamos que alargarnos saliendo al encuentro de semejantes objeciones y sosteniendo que no son verdaderas, dejemos sentado que eso es así y pasemos adelante reconociendo que, si en algún modo se nos muestra de modo distinto que como queda dicho, todo lo que saquemos de acuerdo con ello quedará vano.
-Así hay que hacerlo -aseguró.
difícil es saber si lo hacemos todo por medio de una sola especie o sí, siendo éstas tres, hacemos cada cosa por una de ellas. ¿Entendemos con un cierto elemento, nos encolerizamos con otro distinto de los existentes en nosotros y apetecemos con un tercero los placeres de la comida y de la generación y otros parejos o bien obramos con el alma entera en cada una de estas cosas cuando nos ponemos a ello? Esto es lo difícil de determinar de manera conveniente.
-Eso me parece a mí también --dijo.
-He aquí, pues, cómo hemos de decidir si esos elementos son los mismos o son diferentes.
-¿Cómo?
-Es claro que un mismo ser no admitirá el hacer o sufrir cosas contrarías al mismo tiempo, en la misma parte de sí mismo y con relación al mismo objeto; de modo que, si hallamos que en dichos elementos ocurre eso, vendremos a saber que no son uno solo, sino varios.
-Conforme.
-Atiende, pues, a lo que voy diciendo.
-Habla -dijo.
-¿Es acaso posible -dije- que una misma cosa se esté quieta y se mueva al mismo tiempo en una misma parte de sí misma?
-De ningún modo.
-Reconozcámoslo con más exactitud para no vacilar en lo que sigue: si de un hombre que está parado en un sitio, pero mueve las manos y la cabeza, dijera alguien que está quieto y se mueve al mismo tiempo, juzgaríamos que no se debe decir así, sino que una parte de él está quieta y otra se mueve; ¿no es eso?
-Eso es.
-Y si el que dijere tal cosa diera pábulo a sus facecias pretendiendo que las peonzas están en reposo y se mueven enteras cuando bailan con la púa fija en un punto o que pasa lo mismo con cualquier otro objeto que da vueltas sin salirse de un sitio, no se lo admitiríamos, porque no permanecen y se mueven en la misma parte de sí mismos. Diríamos que hay en ellos una línea recta y una circunferencia y que están quietos por su línea recta puesto que no se inclinan a ningún lado, pero que por su circunferencia se mueven en redondo; y que, cuando inclinan su línea recta a la derecha o a la izquierda o hacia adelante o hacia atrás al mismo tiempo que giran, entonces ocurre que no están quietos en ningún respecto.
-Y eso es lo exacto ---dijo.
-Ninguno, pues, de semejantes dichos nos conmoverá ni nos persuadirá en lo más mínimo de que haya algo que pueda sufrir ni ser ni obrar dos cosas contrarias al mismo tiempo en la misma parte de sí mismo y a en relación con el mismo objeto.
-A mí por lo menos no -aseveró.
-No obstante --dije-, para que no tengamos que alargarnos saliendo al encuentro de semejantes objeciones y sosteniendo que no son verdaderas, dejemos sentado que eso es así y pasemos adelante reconociendo que, si en algún modo se nos muestra de modo distinto que como queda dicho, todo lo que saquemos de acuerdo con ello quedará vano.
-Así hay que hacerlo -aseguró.

Resumen3
Presentación



















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































TEXTO3G
(437b-439a)

-¿Y acaso -proseguí- el asentir y el negar, el desear algo y el rehusarlo, el atraerlo y el rechazarlo y todas las cosas de este tenor las pondrás entre las que son contrarias unas a otras sin distinguir si son acciones y pasiones? Porque esto no hace al caso.
-Sí -dijo-; entre las contrarias las pongo.
-¿Y qué? - continué --, ¿El hambre y la sed y en general todos los apetitos y el querer y el desear, no referirás todas estas cosas a las especies que quedan mencionadas? ¿No dirás, por ejemplo, que el alma del que apetece algo tiende a aquello que apetece o que atrae a  sí aquello que desea alcanzar o bien que, en cuanto quiere que se le entregue, se da asentimiento a sí misma como si alguien le preguntara, en el afán de conseguirlo?
-Así lo creo.
-¿Y qué? ¿El no desear ni querer ni apetecer no lo pondrás, con el rechazar y el despedir de sí mismo, entre los contrarios de aquellos otros términos?
-¿Cómo no?
-Siendo todo ello así, ¿no admitiremos que hay una clase especial de apetitos y que los que más a la vista están son los que llamamos sed y hambre?
-Lo admitiremos --dijo.
-¿Y no es la una apetito de bebida y la otra de comida?
-Sí.
-¿Y acaso la sed, en cuanto es sed, podrá ser en el alma apetito de algo más que de eso que queda dicho,como, por ejemplo, la sed será sed de una bebida caliente o fría o de mucha o poca bebida o, en una palabra, de una determinada clase de bebida? ¿O más bien, cuando a la sed se agregue un cierto calor, traerá éste consigo que el apetito sea de bebida fría y, cuando se añada un cierto frío, hará que sea de bebida caliente? ¿Y asimismo, cuando por su intensidad sea grande la, sed, resultará sed de mucha bebida, y cuando pequeña, de poca? ¿Y la sed en sí no será en manera alguna apetito de otra cosa sino de lo que le es natural, de la bebida en sí, como el hambre lo es de la comida?
-Así es -dijo-; cada apetito no es apetito más que de aquello que le conviene por naturaleza; y cuando le apetece de tal o cual calidad, ello depende de algo accidental que se le agrega.
-Que no haya, pues -añadí yo-, quien nos coja de sorpresa y nos perturbe diciendo que nadie apetece bebida, sino buena bebida, ni comida, sino buena comida. Porque todos, en efecto, apetecernos lo bueno; por tanto, si la sed es apetito, será apetito de algo bueno, sea bebida u otra cosa, e igualmente los demás apetitos.
-Pues acaso ---dijo- piense decir cosa de peso el que tal habla.
-Como quiera que sea -concluí-, todas aquellas cosas que por su índole tienen un objeto, en cuanto son de tal o cual modo se refieren, en mi opinión, a tal o cual clase de objeto; pero ellas por sí mismas, sólo a su objeto propio.
-No he entendido - dijo.
-¿No has entendido -pregunté- que lo que es mayor lo es porque es mayor que otra cosa?
-Bien seguro.
-¿Y esa otra cosa será algo más pequeño?
-Sí.
-Y lo que es mucho mayor será mayor que otra cosa mucho más pequeña. ¿No es así?
-Sí.
-¿Y lo que en un tiempo fue mayor, que lo que fue más pequeño; y lo que en lo futuro ha de ser mayor, que lo que ha de ser más pequeño?
-¿Cómo no? -replicó.
-¿Y no sucede lo mismo con lo más respecto de lo menos y con lo doble respecto de la mitad y con todas las cosas de este tenor y también con lo más pesado respecto de lo más ligero e igualmente con lo caliente respecto de lo frío y con todas las cosas semejantes a éstas?
-Enteramente.
-¿Y qué diremos de las ciencias? ¿No ocurre lo mismo? La ciencia en sí es ciencia del conocimiento en sí o de aquello, sea lo que quiera, a que deba asignarse ésta como a su objeto; una ciencia o tal o cual ciencia lo es de uno y determinado conocimiento. Pongo por ejemplo: ¿no es cierto que, una vez que se creó la ciencia de hacer edificios, quedó separada de las demás ciencias y recibió con ello el nombre de arquitectura?
-¿Cómo no?
-¿Y no fue así por ser una ciencia especial distinta de todas las otras?
-Sí.
-Así, pues, ¿no quedó calificada cuando se la entendió como ciencia de un objeto determinado? ¿Y no ocurre lo mismo con las otras artes y ciencias?
-Así es.
-Reconoce, pues -dije yo-, que eso era lo que yo quería decir antes, si es que lo has entendido verdaderamente ahora: que las cosas que se predican como propias de un objeto lo son por sí solas de este objeto solo; y de tales o cuales objetos, tales determinadas cosas. Y no quiero decir con ello que como sean los objetos, así serán también ellas, de modo que la ciencia de la salud y la enfermedad sea igualmente sana o enferma, sino que, una vez que esta ciencia no tiene por objeto el de la ciencia en sí, sino otro determinado, y que éste es la enfermedad y la salud, ocurre que ella misma queda determinada como ciencia y eso hace que no sea llamada ya ciencia a secas ., sino ciencia especial de algo que se ha agregado, y se la nombra medicina.
-Lo entiendo -dijo- y me parece que es así.

Resumen3
Presentación



















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































TEXTO4G
(439a-441c)

-¿Y la sed? -pregunté---. ¿No la pondrás por su a naturaleza entre aquellas cosas que tienen un objeto? Porque la sed lo es sin duda de...
-Sí ---,dijo-; de bebida.
-Y así, según sea la sed de una u otra bebida será también ella de una u otra clase; pero la
sed en sí no es de mucha ni poca ni buena ni mala bebida ni, en una palabra, de una bebida especial, sino que por su naturaleza lo es sólo de la bebida en sí.
 -Conforme en todo.
-El alma del sediento, pues, en cuanto tiene sed no desea otra cosa que beber y a ello tiende y hacia ello se lanza.
-Evidente.
Por lo tanto, si algo alguna vez la retiene en su sed tendrá que haber en ella alguna cosa distinta de aquella que siente la sed y la impulsa como a una bestia a que beba, porque, como decíamos, una misma cosa, no puede hacer lo que es contrario en la misma parte de sí misma, en relación con el mismo objeto y al mismo tiempo.
-No de cierto.
--Como, por ejemplo, respecto del arquero no sería bien, creo yo, decir que sus manos rechazan y atraen el arco al mismo tiempo, sino que una lo rechaza y la otra lo atrae.
-Verdad todo -dijo.
-¿Y hemos de reconocer que algunos que tienen sed no quieren beber?
-De cierto --dijo-, muchos y en muchas ocasiones.
-¿Y qué -pregunté yo-- podría decirse acerca de esto? ¿Que no hay en sus almas algo que les impulsa a beber y algo que los retiene, esto último diferente y más poderoso que aquello?
-Así me parece --,dijo.
-¿Y esto que los retiene de tales cosas no nace, cuando nace, del razonamiento, y aquellos otros impulsos que les mueven y arrastran no les vienen, por el contrario, de sus padecimientos y enfermedades?
-Tal se muestra.
-No sin razón, pues --dije-, juzgaremos que son dos cosas diferentes la una de la otra, llamando, a aquello con que razona, lo racional del alma, y a aquello con que desea y siente hambre y sed y queda perturbada por los demás apetitos, lo irracional y concupiscible, bien avenido con ciertos hartazgos y placeres.
-No; es natural --dijo- que los consideremos así.
-Dejemes, pues, definidas estas dos especies que se dan en el alma -seguí yo-. Y la cólera y aquello con que nos encolerizamos, ¿será una tercera especie o tendrá la misma naturaleza que alguna de esas dos?
-Quizá --dijo- la misma que la una de ellas, la concupiscible.
-Pues yo -repliqué- oí una vez una historia a la que me atengo como prueba, y es ésta: Leoncio, hijo de Aglayón, subía del Pireo por la parte exterior del muro del norte cuando advirtió unos cadáveres que estaban
 echados por tierra al lado del verdugo. Comenzó entonces a sentir deseos de verlos, pero al mismo tiempo le repugnaba y se retraía; y así estuvo luchando y cubriéndose el rostro hasta que, vencido de su apetencia, abrió enteramente los ojos y, corriendo hacía los muertos, dijo: «¡Ahí los tenéis, malditos, saciaos del hermoso espectáculo!
-Yo también lo había oído --dijo.
-Pues esa historia -observé- muestra que la cólera combate a veces con los apetitos como cosa distinta de ellos.
-Lo muestra, en efecto ---dijo.
-¿Y no advertimos también en muchas otras ocasiones ---dije-, cuando las concupiscencias tratan de hacer fuerza a alguno contra la razón, que él se insulta a sí mismo y se irrita contra aquello que le fuerza en su interior y que, como en una reyerta entre dos enemigos, la cólera se hace en el tal aliada de la razón? En cambio, no creo que puedas decir que hayas advertido jamás- ni en ti mismo ni en otro, que, cuando la razón determine que no se ha de hacer una cosa, la cólera se oponga a ello haciendo causa común con las concupiscencias.
-No, por Zeus --dijo.
-¿Y qué ocurre -pregunté- cuando alguno cree obrar injustamente? ¿No sucede que, cuanto más gene-
cuando alguno cree obrar injustamente? ¿No sucede que, cuanto más generosa sea su índole, menos puede irritarse aunque sufra hambre o frío u otra cualquier cosa de este género por obra de quien en su concepto le aplica la justicia y que, como digo, su cólera se resiste a levantarse contra éste?
-Verdad es ---dijo.
-¿Y qué sucede, en cambio, cuando cree que padece injusticia? ¿No hierve esa cólera en él y se enoja y se alía con lo que se le muestra como justo y, aun pasando hambre y frío y todos los rigores de esta clase, los soporta hasta triunfar de ellos y no cesa en sus nobles resoluciones hasta que las lleva a término o perece o se aquieta, llamado atrás por su propia razón como un perro por el pastor?
 -Exacta es esa comparación que has puesto --dijo-; y, en efecto, en nuestra ciudad pusimos a los auxiliares como perros a disposición de los gobernantes, que son los pastores de aquélla.
-Has entendido perfectamente -observé- lo que quise decir; ¿y observas ahora este otro asunto?
-¿Cuál es él?
-Que viene a revelársenos acerca de la cólera lo contrario de lo que decíamos hace un momento; entonces pensábamos que era algo concupiscible y ahora confesamos que, bien lejos de ello, en la lucha del alma hace armas a favor de la razón.
-Enteramente cierto --dijo.
-¿Y será algo distinto de esta última o un modo de ella de suerte que en el alma o resulten tres especies, sino dos sólo, la racional y la concupiscible? ¿O bien, así como en la ciudad eran tres los linajes que la mantenían, el traficante, el auxiliar y el deliberante, así habrá  también un tercero en el alma, el irascible, auxiliar por naturaleza del racional cuando no se pervierta por una mala crianza?
-Por fuerza ---dijo-- tiene que ser ése el tercero.
-Sí -aseveré - con tal de que se nos revele distinto del racional como ya se nos reveló distinto del concupiscible.
-Pues no es difícil percibirlo --dijo-. Cualquiera puede ver en niños pequeños que, desde el punto en que nacen, están llenos de cólera; y, en cuanto a la razón, algunos me parece que no la alcanzan nunca y los más de ellos bastante tiempo después.
-Bien dices, por Zeus --ob